jueves, 30 de noviembre de 2023

MARIA: BENDITA TÚ ERES

 

MARIA: BENDITA TÚ ERES

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

María es un manantial inagotable. De ella se pintan cuadros, se haces esculturas, se escriben poemas. Esta reflexión ha estado regada con el agua del seno de María Inmaculada. Nos hemos acercado a María en su Concepción desde la sencillez y la humildad de la poesía mística.

Nos trasladamos a Roma, para escuchar a Pío IX como define como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen: “La beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción”.

Contemplemos, ahora, la silueta de esta Mujer marcada por el amor y la plenitud de gracia junto al canto litúrgico de las vísperas de la fiesta solemne de la Inmaculada, en los monasterios o en los conventos de clausura.

El gregoriano se viste de azul. Y los contemplativos quieren describirnos y explicarnos en qué consiste la palabra y el dogma de la Inmaculada.

Las palabras que salen de sus labios, las dirigen a María. Dice el himno de vísperas: “De Adán el primer pecado/ no vino en vos a caer; / que quiso Dios preservaros/ limpia como para Él/. De vos el Verbo encarnado/ recibió el humano ser/ y quiere toda pureza/ quien todo puro es también/. Si es Dios autor de leyes/ que rigen la humana grey/, para engendrar a su madre/ ¿no pudo cambiar la ley? Decir que pudo y no quiso/ parece cosa cruel/, y, si es todopoderoso/, ¿con vos no lo habrá de ser/ Que honrar al hijo en la madre/ derecho de todos es/, y ese derecho tan justo/, ¿Dios no lo debe tener?/ Porque es justo, porque os ama/, porque vais su madre a ser/, os hizo Dios tan purísima/g como Dios merece y es”.

Tras escuchar el Magisterio de la Iglesia y la Liturgia, los poetas convierten sus versos en campanarios marianos, evocando con más luz la silueta de María. Es el poeta Gerardo Diego quien habla sobre la Inmaculada: “Era ella/ y nadie lo sabía/ Pero cuando pasaba/ los árboles se arrodillaban/. Anidaba en sus ojos/ el Ave María/ y en su cabellera/ se trenzaban las letanías/. Era ella/. Era ella/. Me desmayé en sus manos/, como una hoja muerta/, en sus manos ojivales/ que daban de comer a las estrellas/. Por el aire volaban/ romanzas sin sonido/, y en su almohada de pasos/ me quedé dormido”.

El sueño del poeta Gerardo Diego, enlaza con el “despertar” de otro poeta, Dámaso Alonso, quien se siente triste y solo, con una soledad tan profunda que necesita gritar. He aquí sus versos apesadumbrados: “Como hoy estaba abandonado de todos, / como el veneno ya me llegaba al corazón, / mi corazón rompió en un grito/y era tu nombre, / Virgen María, Madre/. No, yo no sé quién eres:/Pero eres una gran ternura”.

Y nos preguntamos como hombres de pequeñita fe que alguien nos explique para qué sirve un “corazón virginal” o “una madre virginal”. Y nadie mejor que el jesuita Cándido Pozo. Este teólogo lo hace desde las profundidades teológicas, pero con un lenguaje claro, diáfano, filial. “María, la madre virginal de Jesús, vuelca sobre cada uno de los discípulos de su Hijo su corazón virginal. Precisamente el amor virginal recae sobre la persona amada sin dividirse. La virginidad de María tenía la finalidad, querida por Dios, de hacer posible a María una plena concentración de su amor en Jesús, sin que división alguna de su corazón lo dispersara. Esa misma concentración de amor por parte de María se produce sobre cada uno de nosotros, a los que María nos mira como a Jesús”.

Y termina diciendo el padre Cándido Pozo: “Nuestra confianza en María pierde así todo límite. No sólo podemos apelar ante ella a que Jesús nos ha puesto bajo su protección, sino a que el encargo ultimo del Señor moribundo a ella fue que nos mirara, a cada uno, como a Jesús. Con alegre audacia (“parresía” es la palabra griega que usa en estos casos el Nuevo Testamento) puedo presentarme ante ella y decirle: Escúchame Madre, soy Jesús que viene a Ti; cuida de mi como cuidaste de Él en Belén o Nazaret, y haz que te sienta cercana en mis horas difíciles con aquella misma solicitud con que lo acompañaste al Calvario”.

Satisfechas nuestras interrogantes teológicas,  es el poeta Francisco Pino quien se encarga de ofrecernos este listado, tomado de su “Letanía de los pobres a María”:

María, la pobre. Trono de ningún trono. Causa de la alegría de los que no la tienen. Vaso en el que la materia se hace ala. Vaso del agua, rosa del hambriento. Chabola sin paredes. Chabola en vilo. Casa de adobes azules. Arca soñada de un ajuar soñado. Puerta sin puerta. Tragaluz que ilumina el abrazo de la pareja. Almohada de los encarcelados. Chacha arrodillada sobre la baldosa de los pobres. Nodriza de los que no esperan comer mañana. Ruega por nosotros”.

A la pregunta de un cristiano de a pie: ¿Quién es la Virgen María?

Me respondo, también, con acento poético: María es un sueño de Dios, pero un sueño realizado. Porque el primer sueño de Dios que fue el hombre fracasó. María nos deja el encargo de imitarla, siendo también, cada hombre y mujer de la historia, sueños realizados de Dios.

Proclamemos bienaventurada a María Inmaculada porque el Creador puso su mirada en ti y fuiste la llena de gracia; porque con tu silencio fecundo --gozosa contemplación-- hiciste posible el nacimiento de la Luz. Porque en el encuentro amargo de la vía dolorosa con el Dios-Hijo, el don de tu mirada abrió de nuevo un cielo con estrellas y porque aquella mañana que esperaron los siglos, nueva Pascua perenne, te pusiste en camino, en busca del prodigio, estrenaste alegría y comenzó la fiesta.

viernes, 20 de octubre de 2023

LAS COFRADÍAS DE “ÁNIMAS”

 

 

 

 

LAS COFRADÍAS DE “ÁNIMAS”

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

La muerte y cuanto la rodea está siempre presente en nuestras vidas. Este ha sido uno de los grandes miedos en la sociedad y se sufre, sobre todo, por no saberse qué será de nosotros tras el fallecimiento. La preocupación por los difuntos que penan sus culpas, hasta cumplir un tiempo de purificación, ha formado parte de la mentalidad colectiva desde antiguo. Este miedo existencial generó una praxis que derivaría en gracias, privilegios y beneficios para los fallecidos y, sobre todo, para ser recordado por los que aún viven.

La Escritura no menciona a las “ánimas”, pero existen referencias que el cristianismo utilizará para darle carta de naturaleza. Son aquellas almas que, en vida, cometieron algún pecado cuya penitencia no se saldó de forma suficiente para poder entrar directamente en el cielo y que, por ello, deben permanecer transitoriamente penando en el llamado “Purgatorio” para purificarse.

La Iglesia incidió en la necesidad de realizar sufragios por los difuntos y, desde san Agustín y san Gregorio Magno, se orientaron hacia las misas, oraciones, limosnas y obras piadosas, como el ayuno y la abstinencia. En el terreno espiritual, corresponde al siglo XII la aparición del “Purgatorio”, entendido como un más allá intermedio en el que algunos muertos sufren una prueba que puede llegar a acortarse gracias a los sufragios y a la ayuda espiritual de los vivos. Este sería el estado transitorio de purificación para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios y teniendo segura su salvación, necesitan purgar ciertos pecados, de carácter menos grave --los veniales, que no permitían la salvación inmediata pero tampoco condenaban eternamente a quienes los hubieran cometido--, para llegar a la santidad y ganar el cielo. Se trata de un más allá intermedio, antesala del Paraíso.

Esta preocupación va a propiciar el culto a las benditas ánimas del Purgatorio. La institución eclesiástica promoverá, en torno de las cofradías, una estructura de sufragios.

Se establece un círculo en el que los vivos, mediante sufragio e indulgencias, salvan las almas de los que están en el purgatorio y, a cambio, éstos, una vez salvados de las llamas purificantes, interceden por los mortales desde el cielo.

Se establecerá así una interrelación escatológica entre la Iglesia militante y la purgante mediante una ayuda mutua: la militante ofrece oraciones y misas, y la purgante su intermediación divina para con los vivos. Es una relación de socorro-mediación, esto es, de auxilio mutuo, una especie de pacto transaccional entre partes. La doctrina de las indulgencias es un concepto ligado al pecado y Purgatorio. Su formulación se fundamenta en que ciertas consecuencias del pecado, como la pena temporal del mismo, puedan ser objeto de una remisión o indulgencia concedida, bajo ciertas condiciones, por determinados representantes de la Iglesia, como administradores de la redención. No perdona el pecado en sí mismo, sino que exime de las penas de carácter temporal que, de otro modo, los fieles deberían purgar, sea durante su vida terrenal o sea tras la muerte.

El pontífice que aceptó y divulgó sin reservas el Purgatorio fue Inocencio III (1198-1216), aunque sería Bonifacio VIII quien concedió indulgencias a las ánimas con motivo del año Jubilar de 1300. El II concilio de Lyon (1274), el de Florencia (1439) y el de Trento (1545-1563) confirmarán la doctrina sobre el Purgatorio (cfr. DS 1820) contra los reformadores, sobre todo Lutero. Según la doctrina tridentina, las almas recibían su principal alivio --indulgencia-- a través del sufragio de los fieles, especialmente con la celebración de las misas.

La institución eclesiástica extendió su poder, ejerciendo su influencia y control no sólo sobre la Iglesia militante, sino también sobre la llamada purgante, con la concesión de gracias espirituales o indulgencias. Este espíritu de ayuda, cuando no de necesidad recíproca, es el que se halla en el origen de las “cofradías de Ánimas”, impulsoras de ese pacto transaccional. En una sociedad sacralizada, alcanzaron gran difusión y popularidad y se constituyeron en instituciones garantizadoras del tránsito al más allá.

Después de Trento se establece que en las parroquias se desarrollen tres directrices devocionales: el culto a Dios a través de las cofradías del Santísimo Sacramento; a la Virgen, con las cofradías de gloria; y a las ánimas penantes, con las de las “Ánimas benditas del Purgatorio”. Es el llamado tridente devocional tridentino.

Durante la modernidad, estas asociaciones de seglares sometidas a la alta dirección de la Iglesia fueron el instrumento empleado para fomentar y encauzar la religiosidad de las personas en el seno de la misma. Su rápida expansión se debe a que daban respuesta a la necesidad de ayuda recíproca y a la misteriosa comunión que se establece entre vivos y difuntos, paradigma popular del dogma de la “comunión de los santos”. Estas cofradías van a canalizar los dos niveles de culto ritual en torno a las ánimas: el externo, centrado en aquellos actos que tienen la calle como protagonista; y el culto interno, basado en las misas y en las oraciones.

Junto a la implantación de las cofradías del Santísimo Sacramento en todas las parroquias, se implantaron las de “ánimas”; hasta la edad moderna, una de las principales funciones de estas asociaciones era la de asistir a los cofrades en su muerte así como enterrar a los cofrades.

El culto de “Ánimas” siempre ha estado relacionado con la estética; por ello se ha mantenido la intención de embellecer cualquier aspecto relacionado con manifestaciones cultuales religiosas. En el catolicismo, las imágenes religiosas encarnan la realidad sobrenatural y divina que sostiene y hacia la que se dirigen los rituales. Son los referentes simbólicos. Las imágenes, cualquiera que sea su naturaleza artística, son símbolos que forman parte de la cosmovisión de los individuos, de su manera de entender e interpretar el mundo. Fue en el siglo XVIII cuando asistimos al apogeo de esta devoción, acaso al constituirse estas cofradías, y la doctrina católica que las sustentaba, en paradigma estructural de la religiosidad popular.

Una de las funciones implícitas de estas asociaciones era la realización de altares e imágenes relacionadas con el Purgatorio. Este era un lugar horrible donde se podía vivir la esperanza, y sus representaciones flamígeras van a producir un impacto emocional e inmediato sobre los feligreses. En la labor propagandística y de difusión contribuyó la imprenta con la proliferación de obras de tratadistas que influyeron y crearon el imaginario colectivo.

La Iglesia contó además con el arte para difundir de una manera eficaz y muy gráfica los horrores del Infierno y Purgatorio. El imaginario ígneo ya aparece en el medioevo, y es confirmado, posteriormente, por la estética barroca.

Se pintaron cuadros, se hicieron retablos y se fundaron capillas, sabiamente colocados por los muros de las iglesias. Estas imágenes encarnaban la realidad sobrenatural hacia la que se dirigían los rituales. Las representaciones pseudo teatrales, que en los mismos aparecían, eran el escenario para catequizar a los fieles sobre su destino final. En el Purgatorio las almas sufrientes encarnan claramente la caducidad de nuestra existencia y el esquema premio-castigo del comportamiento ético-cristiano. Aunque su iconografía se adorna de tintes infernales, en cuanto a lo conceptual, el Purgatorio llegó a ser la patria común de todos los difuntos, incluso de los elegidos, que permanecen en él un cierto tiempo.

La pastoral emanada de Trento encontraba en dicho lugar el punto de encuentro entre la Iglesia militante, purgante y triunfante, y se propone como nexo de unión, pudiendo ser redimidos los purgantes por los vivos que interceden ante la divinidad.

viernes, 29 de septiembre de 2023

MARÍA: PILAR DE NUESTRA FE

 

MARÍA: PILAR DE NUESTRA FE

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La fiesta de Nuestra Señora del Pilar es una de las devociones más antiguas y populares de las que se celebran en España e Hispanoamérica.

La Santísima Virgen es la primera y la más fiel discípula de Cristo, al adherirse total y responsablemente a la voluntad de Dios, acogiendo la Palabra y poniéndola en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; porque recorrió su propio camino de fe y acompañó a su Hijo, Jesucristo, en su sacrificio de redención del mundo.

Tal y como se recoge en unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, la historia de la devoción a la Virgen del Pilar, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo.

En el año 40 después de Cristo, los Apóstoles habían empezado a cumplir la misión evangelizadora. Y nos dicen los documentos que el Apóstol Santiago, “pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro". El Apóstol fue viendo que aquella civilización era increíblemente dura. Era muy difícil hacer llegar a esas gentes las palabras del Evangelio, por lo que, Santiago comienza a desanimarse al ver que su esfuerzo no da frutos.

Fue en la noche del 2 de enero del año 40 el apóstol Santiago, que se encontraba descansando con sus discípulos junto al río Ebro, la Santísima Virgen María, en carne mortal, vino desde Jerusalén a Zaragoza para consolar y confortar al apóstol Santiago en su misión de predicar el Evangelio.

El Apóstol de repente "oyó voces de ángeles que cantaban “Ave, María, gratia plena” y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".

Desde entonces el santo nombre de María resuena bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar.

Este hecho queda narrado en los folios finales del códice «Moralia sive Expositio in Job» datado en 1297 conservado en el archivo de la Catedral-Basílica.

Desde esa bendita hora, María se ha hecho entre los cristianos pilar y templo de nuestra fe  en la que se asienta gran parte de la espiritualidad de todo un pueblo. María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

María es el paradigma de la santidad auténtica, representando el modelo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo, pues por su inmediación rinde culto al Padre Eterno. También supone el ejemplo del amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva. María es la muestra de aquel culto que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios y de este, un compromiso de vida.

Desapareció la Virgen y quedó el pilar. El apóstol Santiago y los ocho testigos, comenzaron a edificar una iglesia en aquel sitio. Pero antes que estuviese terminada, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresar a Judea.

Años más tarde, el Papa Clemente XII (siglo XVII) es consciente de esta profunda devoción e instaura el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar.

Y es el 12 de octubre de 1492 cuando Cristóbal Colón pone el primer pie en América y así queda patente que hay mundo más allá de Hispania. Por este motivo Nuestra Señora, la Virgen del Pilar es patrona de la hispanidad porque se puso bajo su manto la evangelización de las nuevas tierras.

La devoción del pueblo por la Virgen del Pilar es tan profunda entre los españoles y desde épocas tan remotas, que la Santa Sede permitió el establecimiento del Oficio e la fiesta del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como "una antigua y piadosa creencia".

La Virgen del Pilar no está dormida ni callada, nos habla en lenguaje claro y clave moderna constituyendo un elemento importante de cohesión y de identidad en España y en el mundo católico. El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como símbolo de la firmeza de fe de los españoles. No olvidemos que la fe sin obras está muerta. Aspiremos a ‘la fe que actúa por la caridad’. Que la fe de los cristianos, a imagen de la fe de María, sea fecunda y operante. Que se haga solicitud hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, marginados, minusválidos, enfermos y los que sufren en el cuerpo y en el alma.

María: Esa columna, sobre la que posa leve sus plantas tu pequeña imagen, sube hasta el cielo: puente, escala, guía de peregrinos. Cantan tus glorias las generaciones, todas te llaman bienaventurada, la roca firme, junto al Ebro enhiesta, gastan a besos. Abre tus brazos virginales, Madre, vuelve tus ojos misericordiosos, tiende tu manto, que nos acogemos bajo tu amparo.

 

sábado, 16 de septiembre de 2023

 

 

EL ROSARIO EN NUESTRAS CALLES

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Una de las devociones más extendidas de la “religiosidad popular” es la de Nuestra Señora del Santo Rosario.

Según cuenta la tradición, el origen del Santo Rosario se remonta al siglo XIII, concretamente al año 1208, momento en el que se apareció la Virgen María a Santo Domingo y le enseñó a rezarlo así como le insistió de la necesidad de llevar a cabo esta práctica contra las herejías del momento.

Aunque el proceso de creación de Cofradías y Hermandades para el rezo del Santo Rosario comienza en el siglo XV, al que dio gran impulso el apoyo prestado por san Pío V que atribuyó a la Virgen del Rosario el triunfo en Lepanto (1571) y el de Gregorio XIII que estableció su fiesta en el primer domingo de octubre; así mismo el llamamiento de Felipe IV a los obispos en1655 para que promocionaran esta práctica. Fue, sin embargo, Inocencio XI, quien impulsó esta práctica religiosa en toda la Iglesia.

He aquí algunas de las peculiaridades de este fenómeno de “religiosidad popular” que van más allá de una imagen devocional, una cofradía o una serie de manifestaciones populares. La devoción al Santo Rosario es el resultado que deriva de la práctica de una oración, vocal o mental, en la que el fiel contempla los misterios de la vida de Cristo a través de la figura de la Virgen María.

El Santo Rosario es una oración esencialmente contemplativa, cuya recitación exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezcan, en quien ora, la meditación de los misterios de la vida del Señor.

El Santo Rosario nos invita a contemplar pasajes --o misterios-- fundamentales de los Evangelios y de la vida de María, lo cual hace que nuestro modo de contemplar a Dios sea diferente a medida que avanzamos en el rezo del Santo Rosario.

Por ejemplo, no es lo mismo lo que sentimos cuando rezamos las Avemarías mientras contemplamos la Anunciación, a cuando contemplamos el Nacimiento del Señor, la Oración en el Huerto de los Olivos o a Jesús muerto en los brazos de su Madre. También interviene mucho nuestro estado anímico, pues no es igual rezar el Santo Rosario con la alegría de haber conseguido un buen puesto trabajo, a hacerlo desde la angustia de tener a un familiar gravemente enfermo. Todo eso es lo que hace del Santo Rosario un camino orante que cambia día a día.

No podemos dejar desapercibido su marcado carácter catequético y pedagógico, y su importantísima contribución a lo largo de tantos siglos a que el pueblo fiel, que por lo general era analfabeto y sin acceso a las Sagradas Escrituras, comprendiera de forma sencilla, y práctica, los principales misterios de la vida de Cristo y la Virgen.

Al subrayar sobre el valor y belleza del Santo Rosario se debemos evitar expresiones que rebajen otras formas de piedad también excelentes o no tengan en cuenta la existencia de otras devociones marianas, también aprobadas por la Iglesia, o que puedan crear un sentimiento de culpa en quien no lo recita habitualmente: El Santo Rosario es una oración excelente, pero el cristiano debe sentirse libre, atraído a rezarlo, en serena tranquilidad, por la intrínseca belleza del mismo.

Y es que, a medida que vamos tomando pericia y destreza en este rezo, notamos cómo va aunando y armonizando las dimensiones de nuestra persona --intelecto, corazón y corporalidad-- y las recoge en nuestro interior para focalizarlas en Dios. Por una parte, nos pide tener el intelecto atento en el misterio que estamos contemplando, así como en lo que le decimos a la Virgen María. Si no estamos atentos, el Santo Rosario pierde bastante de su sentido. Pero este “estar atentos” no significa que necesariamente debamos razonar el contenido de lo que estamos orando. Aunque no está contraindicado hacerlo, más que razonar, es mejor limitarnos contemplar. Por eso, en vez de meditar los misterios mientras hacemos un silencio reflexivo, lo hacemos mientras rezamos “avemarías”, porque el objetivo es contemplar los misterios con los ojos de María.

El Santo Rosario nace como oración vocal y mental que se concreta en un instrumento de cuentas, pero que pronto se hace estética palpable en las imágenes de la Virgen con esta advocación, en las Cofradías y Hermandades, pero sobre todo es un fenómeno específico de la “religiosidad popular” desde fines del siglo XVII con el uso de los “Rosarios” públicos o callejeros.

Será a partir del siglo XIX cuando el “Rosario público” o se limitara progresivamente a las procesiones de la aurora los días festivos y la devoción se irá centrando en la imagen de la Virgen de esta advocación a la que se rinde culto y se la procesiona acompañada de faroles, música y la gente comienza a salir a rezar el Santo Rosario en las primeras horas del día por las calles y plazas.

Las hermandades que salían a las calles a rezar o cantar el Santo Rosario en la madrugada antes del alba, se les empezó a conocer como de la “aurora” tanto a la institución, como al ritual e incluso a los cantos que entonaban, fuera cual fuere la advocación mariana bajo cuya protección se colocaban.

Este fenómeno del “Rosario” público tiene sus raíces en la plena Edad Media y en un ámbito mixto entre monjes cartujos y frailes dominicos principalmente, pero no se consolida y adquiere su conformación y primera expansión hasta la segunda mitad del siglo XV.

Parte indisociable de los “rosarios de la aurora” estaban los campanilleros o auroros cuya función era recordar que era llegada la misa y el Santo Rosario, y ello lo hacían con el repiqueteo de sus campanas y entonando trovos, muchos de ellos de tono satírico.

Es fundamental subrayar la unión inseparable del Santo Rosario con la Orden de Predicadores, que fue la encargada de consolidar su estructura y expandir por todo el mundo esta devoción. Y es precisamente esta Orden la abanderada del Santo Rosario, a quien debemos uno de los fenómenos socio-religiosos más importantes para la difusión del Santo Rosario por todo el mundo: la creación de Cofradías o Hermandades del Rosario.

Pero estas asociaciones de fieles no verían la luz plena hasta dos siglos más tarde de manos de dos frailes dominicos, Alano de la Roca (1428-1475), que sistematiza y populariza el rezo del Santo Rosario tal como lo conocemos hoy, y Jacobo Sprenger (1435-1495), que partiendo de las bases cimentadas por Alano de la Roca, funda la primera Cofradía del Rosario en Colonia, con la aprobación del papa Sixto IV en 1448.

Los “rosarios públicos” constituyen una de las expresiones más pujantes de la “religiosidad popular”. El fenómeno se inicia en las postrimerías del siglo XVII y alcanza su esplendor en el primer tercio de la centuria del setecientos con la fundación de nuevas hermandades y la reorientación de algunas antiguas.

Lo que convierte el “rosario público” en un acontecimiento original, a diferencia de los hitos anteriores, es la iniciativa popular, que crea una expresión nueva en el rezo y devoción del Rosario, consolidando el aspecto comunitario y abriendo la modalidad coral a un escenario eminentemente público: la calle, las plazas de la ciudad, de los pueblos, el ámbito vivencial de las gentes que, de esta manera, se sacralizaba al hacerse presente la “trascendencia” a través de la comitiva de devotos.

El “rosario público” o callejero es un fenómeno primordial y casi exclusivo español e hispanoamericano, que surge en el entorno del clima misional barroco de la segunda mitad del siglo XVII y se constituye como el más genuino exponente de la “religiosidad popular” española moderna.

El “rosario público”, uso tremendamente dinámico, convierte las calles y plazas en un auténtico templo cada día que sale al amanecer a la calle, como una misión permanente que lleva a Cristo y la Virgen María a las personas allí donde se encuentran, con la novedad de que es el propio pueblo quien los hace presentes con su oración y cantos.

Juan Pablo II sorprendía al mundo cuando, poco después de ser elegido, decía a los fieles en la plaza de San Pedro: “El Santo Rosario es mi oración predilecta” (29 de octubre de 1978). Y dando pruebas de su mentalidad, profundamente teológica, ponía en relación esta oración mariana con la orientación que el concilio Vaticano II había dado sobre la Virgen: “Se puede decir que el Santo Rosario es un comentario-oración sobre el capítulo final de la constitución “Lumen gentium”.

sábado, 1 de julio de 2023

Una mirada: La devoción de la Virgen del Carmen

 

Una mirada:

La devoción de la Virgen del Carmen

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de religiosidad Popular

 

 

La devoción a la Virgen del Carmen remonta sus orígenes al monte Carmelo, en Haifa al norte de Israel. Probablemente lo más relevante de esta devoción es aquello que nos narra sobre la existencia de los primeros monjes de vida eremítica inspirados por el profeta Elías. “El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los ‘Carmelitas’. En el monte Carmelo, en un lugar muy hermoso y sano, los eremitas latinos dedicaron un templo a nuestra Señora.

Los primeros monjes, después de vivir en Tierra Santa como eremitas, emigran Europa hacia el año 1274, pasando a ser una orden mendicante, puesto que su estilo de vida estaba motivado por la pobreza y la austeridad. Dentro de este estilo de vida mendicante uno de los apostolados que más ejercieron era la expansión de la devoción de Nuestra Señora del monte Carmelo. A medida que se expandían los primeros carmelitas, se iba expandiendo a la vez el fervor a la Santísima Virgen del monte Carmelo. El nombre con que eran conocidos y que reza en las constituciones de los carmelitas era “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del monte Carmelo”.

Más adelante estas constituciones hacen mención de sus orígenes, como la siguiente: Santa María llena con su presencia la vida de la Orden que tiene sus orígenes en el monte Carmelo, recibe su nombre de la capilla dedicada allí a nuestra Señora y ostenta como timbre de gloria del vivir”.

A lo largo de la historia de la Orden del Carmen, la devoción mariana de Nuestra Señora del monte Carmelo ocupa un lugar muy privilegiado dentro de la vida litúrgica, cultual y espiritual, gracias a los signos del escapulario y el privilegio sabatino, medios de evangelización y acercamiento a esta devoción dentro de la Iglesia. Estos signos van de la mano en la devoción a la Virgen del Carmen.

Al tratar de la devoción a la Virgen del Carmen no podemos olvidar su escapulario, signo que en la tradición de la Iglesia y del Carmelo ha tenido mucho significado. El escapulario es el signo de mayor devoción y que, por tanto, más ha calado en la vida de los fieles devotos de la Virgen del Carmen: El escapulario es un signo exterior de la relación especial, filial y confiada, que se establece entre la Virgen, Reina y Madre del Carmelo, y los devotos que se confían a Ella con total entrega y recurren con toda confianza a su intercesión maternal; recuerda la primacía de la vida espiritual y la necesidad de la oración. Este signo está ligado a la relación con la madre de Dios y es a su vez un símbolo de esperanza y confianza en las personas que lo llevan, pues para ellos es señal de protección, de patrocinio, de acercamiento a Dios.

Este signo es un símbolo de alianza que se da entre la Virgen y sus devotos. Si bien en la tradición de la Iglesia el escapulario – nos señala el directorio de piedad popular y la liturgia --es señal de exterior de la relación especial, filial y confiada, que se establece entre la Virgen, Reina y Madre del Carmelo, y los devotos que se confían a Ella con total entrega y recurren con toda confianza a su intercesión maternal; recuerda la primacía de la vida espiritual y la necesidad de la oración”.

Este signo está ligado a la relación con la madre de Dios y es a su vez un símbolo de esperanza y confianza en las personas que lo llevan, pues para ellos es señal de protección, de patrocinio, de acercamiento a Dios por medio de la compañía de su madre y compromete a las personas que lo portan a que se revistan de Cristo, así como lo recuerda el apóstol Pablo cuando le escribe a los romanos: “revestíos más bien del Señor Jesucristo”.

La confianza, hoy en día en la vida y existencia de tantas personas que lo portan sigue teniendo la misma vigencia que ha tenido a lo largo de la historia, como señal de amor y entrega de la Santísima Virgen a las personas que se acogen bajo su amparo. Bien dice Santa Teresa, “imitadla y considerad que tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien que ha detenerla por patrona”. Este signo alimenta una verdadera devoción mariana, ya que sus innumerables bienes espirituales que trae consigo a las personas sencillas que se acogen bajo su patrocinio, son un reflejo de una vida cristiana sensible a su presencia en todos los momentos de la vida. Por ello, la conciencia de que la devoción hacia Ella no puede limitarse a oraciones y obsequios en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un ‘hábito’, es decir una tesitura permanente de la propia conducta cristiana, entretejida de oración y de vida interior, mediante la frecuente práctica de los Sacramentos y el concreto ejercicio de las obras de misericordia espiritual y corporal.

El escapulario es por lo tanto un distintivo del cristiano que quiere seguir el proyecto del Reino de Dios, acogiendo sus exigencias en las prácticas de una vida que se experimenta llena de las bondades de su Hijo Jesucristo y su Madre la Reina del Carmelo.

La Virgen, como buena madre que cuida de sus hijos, los acompaña en todos los momentos de sus vidas, en especial en sus dificultades intercediendo ante su Hijo Jesucristo. Pero hay que tener claro que esta tradición tan arraigada en los pueblos donde se profesa la devoción a la Virgen del Carmen, nos lleva a profundizar los contenidos innatos dentro la devoción popular. Estos contenidos llevan a los signos a tener un peso espiritual y teológico que permiten asimilar su acción de intercesión ante la Virgen María, que conduce a las personas que le claman hacia su hijo Jesús, así como lo hizo en las Bodas de Caná de Galilea. De esta misma manera, a través de estos privilegios o regalos, la Virgen María sigue intercediendo ante su Hijo por las necesidades de las personas que se acogen bajo su amparo.

El privilegio sabatino está íntimamente ligado al escapulario del Carmen, por el cual la Virgen promete a sus seguidores que el sábado después de su muerte, los sacará del purgatorio sí allí fueren.

Según la tradición de la Iglesia, este privilegio lo concedió Juan XXII por medio de una visión que tuvo, en la cual la Virgen le prometió la pronta liberación del purgatorio a los que guardaran castidad. Sobre este episodio de la visión del Papa Juan XXII se ha especulado mucho. Lo que interesa en este caso es que “desde Alejandro V (1409), han hablado repetidas veces de manera positiva. En 1613 se promulgó un decreto por el que se permitía la predicación de la especial asistencia de la Virgen a sus devotos en el purgatorio, particularmente el sábado” Desde esta fecha hasta nuestros días se habla de este privilegio de salvación que entre los devotos de la Virgen del Carmen tiene mucho significado: “entonces tenemos el sábado por ejemplo en nuestra liturgia ahí aparece el pedir por todos los peregrinos porque es una responsabilidad de nosotras grandísima.

Este privilegio está ligado con la salvación de las personas y la esperanza de la gente que se acerca a Ella esperando ser librada de todo mal y peligro, en concreto en el paso de esta vida mortal a la eterna. Aunque se debe clarificar que este tema del purgatorio es un tema que versó en la popularidad de la gente antes del concilio Vaticano II, “el pueblo sigue creyendo lo que hasta antes del Vaticano II se predicaba, de que ella libra de las penas del purgatorio el sábado siguiente a la muerte, a los que pertenecen a la cofradía del Carmen y lleven consigo el escapulario

Pero lo más importante de esta promesa, que aun está viva en la memoria de las personas que se acogen bajo su protección, es la confianza en que María es corredentora en la obra de salvación; por eso la invocamos y le decimos según las palabras de la encíclica “Spe Salvi”: “Santa María madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brillas obre nosotros y guíanos en nuestro camino”.

 

lunes, 12 de junio de 2023

CINCUENTA AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

 

CINCUENTA AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

 

 

 

Haré mías las palabras del novelista Morris West, que empieza su autobiografía de esta manera: “Cuando llegas a la edad de setenta y cinco años, sólo deberían quedar tres palabras en tu vocabulario: ¡gracias, gracias y gracias!”

Acabo de cumplir setenta y cinco años, y  reflexionando sobre los cincuenta de sacerdocio, afloran a mi mente muchos pensamientos y sentimientos; después de todo, la vida tiene sus estaciones. Pero el sentimiento que domina sobre todos los demás es el de gratitud: ¡gracias, gracias y gracias! Gracias a Dios, a la Iglesia, a mis parroquias,  a mi familia, a los muchos amigos que me han amado y ayudado, y a los miles de personas con las que me he encontrado en esos cincuenta años de ministerio.

Hace cincuenta años, un 9 de junio de 1973, Vigilia de Pentecostés, fuimos ordenados sacerdotes por el Siervo de Dios de José María García Lahiguera, en la Santa Iglesia Catedral de Valencia

Eran días de esperanza e ilusiones en la Iglesia, nos creíamos capaces de configurar una nueva época en una Iglesia renovada, ilusionada e ilusionante.

La Santa Iglesia Catedral estaba rebosante de sacerdotes, de amigos, de miembros de las diversas parroquias donde habíamos vividos los últimos años de convictorio sacerdotal, así como familiares.

Hace cincuenta años se encontraban junto a mí personas que me estimaban o me querían no tanto por mis meritos sino por motivos de paisanaje o familiares.

Hoy, sin embargo, me encuentro en una situación única: Al dirigir la palabra y recorrer la mirada por los hermosos templos por donde he vivido mis años sacerdotales experimento una emoción profunda: Quienes me rodean están unidos a mí por historias personales, por relaciones entrañables, porque habéis sido importantes en un momento de mi vida.

En mi vida sacerdotal se entrecruzan multitud de historias de amor, de estima y de afecto. Cuántas horas he pasado con tantos jóvenes, adultos y mayores. Cuantas ilusiones, amores incipientes y desconciertos compartíais conmigo.

He recibido tantas gratitudes de los miembros de las diversas parroquias donde he desarrollado mi actividad sacerdotal y yo asistido emocionado y asombrado a la evolución y madurez de tantos jóvenes, matrimonio y adultos

Algo parecido me ha pasado en tantos años de enseñanza en los colegios Castellano de Valencia, Nuestra señora de la asunción de Alboraya y la Escuela de Gestión Comercial Marketing (ESIC) de Valencia; pones lo mejor de ti mismo, pero nunca sabes si sirve para algo.

De repente, en tantas ocasiones, a veces muchos años después, te enteras que aquella siembra ha quedado prendida en personas que saben más que tú y actúan responsablemente en la sociedad.

Otro tanto puedo afirmar de todos los sacerdotes con quienes he tratado y colaborado de tantas maneras y ahora estáis aquí tenemos distintas sensibilidades, distintas trayectorias y actitudes tanto en la sociedad como en la Iglesia, pero creo poder afirmar que nos estimamos y nos queremos, con un afecto real que no afecta el paso del tiempo ni el vernos más o menos, según las circunstancias. Por eso, alrededor del altar, seremos capaces de celebrar el rito en su sentido más profundo de comunión. A causa de estas historias personales, este es un tiempo precioso de fraternidad compartida, y creo sentir que circula entre todos nosotros un fluido de amistad entrelazada.

Eso hace que no nos encontremos simplemente en una ceremonia sino en un encuentro de gente reunida por lazos de verdadero cariño. Gracias a todos por estos cincuenta años en los que hemos creado este tejido.

Mi llamada inicial al sacerdocio no fue cuestión de romance. No ingresé en el seminario porque me atrajera. Al contrario. Esto no era lo que yo deseaba.

Entre al Seminario Conciliar de Segorbe el año 1960. No tenía otro camino en mi pueblo para estudiar que “marchar” al Seminario; allí estuve muy pocos días, por Juan XXIII reestructuró las diócesis de Segorbe y Valencia y mi parroquia de Santa Marina de Torrebaja pasó a la diócesis de Valencia y tuve que incorporarme a al Seminario Metropolitano de Valencia. Aquí viví momentos inolvidables que fueron constituyendo mi vida y diseñando mi vocación sacerdotal. En el Seminario Menor nació mi vocación al sacerdocio. Hoy, puede ser que la gente cuestione el criterio y la libertad de tal decisión, pero mirando hacia atrás después de todos estos años, puedo decir honradamente que esta es la decisión es la más clara, pura y generosa que he tomado hasta ahora en mi vida. No tengo la menor pesadumbre. Al terminar el Bachillerato decidí dar el paso: Me incorporé a los estudios filosóficos con una vocación muy bien diseñada.

Digo esto porque, conociéndome y conociendo mis heridas, conozco también que yo no habría sido aproximadamente tan feliz en ningún otro estilo de vida. Fomento algunas profundas heridas, no morales sino heridas del corazón, y esas mismas heridas han sido, por la gracia de Dios, una fuente de riqueza en mi ministerio.

Además, he sido bendecido en los diversos ministerios que me han asignado mis superiores. Como sacerdote, en Nuestra Señora del Pilar, san Maximiliano María Kolbe, en Nuestra Señora de los Ángeles o santa María del Mar. Y ahora en San Mateó Apóstol y Evangelista. He sido acompañante de jóvenes matrimonios, de Mujeres Trabajadoras, de Adoradores Nocturnos y de cuanto vuelo suelto navegara por los alrededores. Todo esto, sin marginar mis trabajos periodísticos en Radio Nacional de España, Cadena Ser y la COPE, así como en la revista de información religiosa “Vida Nueva”.

Me parece que de distintas maneras y con agua distinta he cantado siempre el mismo verso, he enseñado siempre la apasionante historia de la vida de los creyentes, el predominio de la gracia sobre el pecado siempre presente, la fuerza creadora y purificadora del espíritu en vasijas siempre de barro. A pesar de todas las limitaciones e infidelidades que, a modo de cascada, infectan nuestra historia en todos sus niveles, podemos repetir con el cura rural de Bernanós, “todo es gracia”.

Un personaje que me ha acompañado en mi camino creyente, en mi labor sacerdotal y en mi visión de la historia de la Iglesia ha sido la vocación de Jeremías: “¡Ay Señor mío! Mira que no se hablar, que soy un muchacho”. El Señor contestó: “No me digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo que yo estoy contigo”.

A menudo, en mi vida he tenido la sensación de ser dirigida y llevada y no siempre según mi voluntad, aunque nunca en contra de ella.

La vocación de Jeremías me sugiere, además, el convencimiento de que el creyente es un hombre libre y autónomo porque goza del tesoro de su conciencia y de su responsabilidad. Aunque hablamos mucho de que el Espíritu actúa en cada uno de nosotros y de que la conciencia es la última instancia responsable de nuestras decisiones, en realidad, no pocas veces desconfiamos de esa libertad absoluta del espíritu y quedamos más tranquilos si nos ceñimos a las determinaciones del Derecho Canónico y del Magisterio para dirigir nuestras conciencias.

Sin embargo, estoy convencido de que nuestra primera responsabilidad consiste en conseguir que nuestras conciencias sean capaces de discernir y decidir por sí mismas siguiendo la inspiración del Señor.

En efecto, aunque sentirse en manos de la providencia y el misterio pueda reducirse a una mera frase rutinaria, no cabe duda de que vivir y experimentar en nuestra conciencia la presencia del misterio transforma nuestra vida y libera nuestro cristianismo de fórmulas y prácticas banales y, en el fondo, vacías, y nos ayuda a mostrarnos responsables y consecuentes con lo que hemos recibido.

El sacerdote es el hermano que debiera estar en este camino con gran humildad y disponibilidad. En ese encuentro de Dios con la criatura él no es actor ni protagonista, pero puede escuchar, servir y sobre todo amar. Mientras sea capaz de amar, puede ayudar.

Nuestra historia no siempre transcurre según el proyecto de Dios, pero él es el Señor de la historia y al final de los tiempos todo se consumirá en su amor. No debemos considerarnos, pues, tan protagonistas y tan decisivos, y debemos respetar más las conciencias de los creyentes, conciencias iluminadas por el evangelio y fortalecidas por la docilidad al Espíritu mucho más de lo que aceptamos. Seamos conscientes de que cuando Dios quiere a alguien lo quiere para siempre y porque nos quiere nos creó y se encarnó.

Allí donde no hay amor, Dios no está presente. Toda la historia humana se reduce al amor y al desamor, al pecado y a la gracia, a la capacidad de sentirse hijos del Padre o, por el contrario, a la incapacidad de encontrar compañía y andar errantes y vagando por el mundo y por la Iglesia cual nuevos Caínes. Todas las posibilidades de la verdad están con el que ama, mientras que el que no ama no ha descubierto a Cristo por muchos catecismos que enseñe. Si en la comunidad cristianos hubiéramos tomado en serio las consideraciones del Apóstol, nuestra historia hubiera sido diferente y nuestras relaciones mostrarían la gozosa fraternidad de los hijos de Dios. Si en lugar de organizar hogueras para quemar a pobres ignorantes, homosexuales, masturbadores o brujas, hubiésemos señalado con coraje a los incapaces de amar, todo hubiera sido distinto; si hubiéramos proclamado que Dios quiere que los hombres sean justos y se amen los unos a los otros, al menos, tanto como que crean que El está verdadera y realmente presente en el sacramento eucarístico, nuestras palabras tendrían más autoridad. Si nuestra Iglesia fuera, fundamentalmente, una comunidad de amor y no se convirtiera, a veces, en un amasijo de clanes,  seríamos verdaderos discípulos del Maestro.

A pesar de todo, resulta gozosamente motivadora la consideración de que innumerables cristianos en la historia y ahora mismo, aquí mismo, han considerado que no había mejor medio de transmitir el amor de Dios que con cataplasmas, linimentos y apósitos, limpieza, justicia, enseñanza, escucha y solidaridad. Misericordia y protección pedimos a Dios. Misericordia, amor y cercanía es cuanto podemos ofrecer a los hermanos.

En mi vida sacerdotal he mantenido el convencimiento de que no formaba parte de una casta, de una clase de puros que administra a su arbitrio bienes que no son suyos. “Bendito seas, Padre,  porque has descubierto estas cosas a la gente sencilla” (Mt.11, 25), reconoció Jesús, haciéndonos comprender que todos podemos seguir y amar a un Dios que nos habla de familia y fraternidad, de amor, generosidad y servicio, un Dios que se hace hombre y sufre con nosotros, que participa de nuestra vida diaria sin exigirnos carnet de identidad ni libro de familia. Nuestra vida no siempre transcurre según el proyecto del Dios de la vida, pero él es el Señor de la historia y al final de los tiempos todo se consumará en su amor. Mientras tanto, nosotros, los bautizados, somos los llamados a ser testigos y de nosotros depende el desarrollo de la creación, ser sensibles a los signos de los tiempos y ser capaces de sugerir a los demás el misterio de la presencia de Dios en nuestras vidas.

 “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro y el que quiera ser primero sea esclavo vuestro. Igual que este Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos”.

La tentación del poder y del dinero permanece omnipresente en nuestras vidas. En el mundo eclesial resulta mucho más peligrosa porque jugamos con las conciencias y nos amparamos con desenvoltura en la gloria y en el nombre de Dios. “Vosotros no así”, nos advierte Cristo con claridad meridiana. El único poder del cristiano y, por supuesto, del clero, es el servicio, la escucha y el acompañamiento, sobre todo, a quienes más lo necesitan. Solo así seguimos de cerca a quien, siendo Dios, vino a servir y no a ser servido. Solo así conoceremos al hermano tal cual es, y el hermano es el papa, los obispos y sacerdotes, todos los nacidos de mujer.

A menudo, una imagen resulta más importante que mil palabras. Quiero recordar una escena brillante de la película de Zeffirelli: “Hermano Sol, hermana luna” sobre san Francisco. En la escena aparece Inocencio III, tal vez el papa más importante del Medievo, en su trono elevado al que se llega por medio de numerosos escalones. Se encuentra en la majestad de su gloria pontificia, con la mitra de piedras preciosas, su capa magna espléndida, sus blancas vestiduras de lino y puntillas, su cruz de oro y zafiros, su espléndido anillo, sus pantuflas preciosas. Los cardenales, igualmente solemnes, le acompañaban. Inocencio mira a lo lejos del salón y ve una mancha confusa que no puede individuar. Se alza y comienza a bajar los escalones y a medida que baja se le van cayendo capa, puntillas, mitra y joyas, y, a medida que se desembaraza de tal lastre, su vista es más límpida y ve con mayor y mayor claridad a Francisco de Asís. El encuentro fraterno se produce entre un Francisco con un burdo sayo y un pontífice con la simple alba. Al término del encuentro, el pontífice se encamina de espaldas a su trono y según sube los escalones vuelven a caer sobre sus hombros y sus miembros las vestiduras y joyas, al tiempo que su visión de Francisco vuelve a ser borrosa y termina desapareciendo.

Todo poder, y más el religioso, aleja, ofusca y tiraniza, sino es ejercido como lo ejerció Cristo. Toda generosidad y entrega al modo de Teresa de Calcuta, Kolbe, los hermanitos de Jesús, Oscar Arnulfo Romero y tantos otros, y, sobre todo, tanto cristiano anónimo que con su amor y ayuda consiguen que este mundo resulte más habitable y solidario, logran que el reino de los cielos esté presente en medio de nosotros. Solo así la Iglesia resultará atrayente y discípula del Maestro en un mundo tan complejo y desconcertado.

No entiendo muy bien en qué consiste la nueva evangelización, pero si, con palabras de Juan Pablo II, la nueva evangelización comenzó con el Vaticano II, podríamos considerar que la nueva evangelización trata de orientarnos hacia los brazos del Padre, quien, considerándonos adultos, nos otorga el misterio y la fortaleza de nuestra conciencia individual; trata de inculcarnos el convencimiento de que allí donde se genera amor Dios está siempre presente, aunque pueda estar ausente de tantos ámbitos en los que la palabra amor y caridad permanece en los labios, pero escasea en el corazón; trata de convencernos de que solo el amor revoluciona la realidad. Esta evangelización sí es nueva porque es la de siempre, la de Jesús y la del evangelio.

Enorme fracaso, pues, si a pesar de las apariencias nos convertimos en obstáculo y causa de alejamiento. “Aquel día, muchos dirán: “Señor, Señor, ¿No hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?” Yo entonces les declararé: “Nunca os he conocido” (Mt.7, 23-24). A pesar de todo, no existe en la historia de la humanidad tal concentración de generosidad, vidas quemadas por los demás, creatividad permanente a favor de una sociedad más humana y fraterna como en el conjunto de la historia del pueblo cristiano. Como siempre, la pelota permanece en nuestro tejado.

Hermanos: Cada vida vuestra es una historia de amor, de esfuerzos y proyectos. Cincuenta años cuántas vidas gastadas en tantos ideales de todo género. Es hora de decir en voz alta que ha valido la pena creer en Cristo, ser sacerdotes, esposos, padres, colaboradores de una sociedad más acorde al proyecto divino. Es hora de abandonar tanto llanto sobre la leche derramada y recordar que hace más por la luz el que enciende una cerilla que el que abomina de las tinieblas. Vale la pena ser optimistas y centrarnos en tanto amor, complicidad y disponibilidad como existe en nuestra gente, entre nosotros, en nuestros jóvenes. Que nadie nos amargue nuestra alegría creyente.

Dejadme concluir con un comentario que oí una vez de un sacerdote que estaba celebrando su 85 cumpleaños y 60 aniversario de su ordenación sacerdotal. Preguntado cómo se sentía sobre todo ello, dijo: “¡No siempre fue fácil! Hubo algunos momentos de amargura y soledad. Muchos de los que había en mi curso de ordenación abandonaron el sacerdocio, muchos están ya en el cielo con el Padre, y yo también estuve tentado de hacerlo. Pero me mantuve y, ahora, mirando atrás después de sesenta años, ¡estoy completamente feliz con la manera como se desarrolló mi vida!”.

Para terminar estas palabras tan personales, quisiera confirmaros con sencillez y satisfacción que durante estos cincuenta años estoy completamente feliz, con la manera como se desarrolló mi vida; nunca he dudado de mi sacerdocio ni de la Iglesia, y quiero deciros con sencillez que el Señor ha estado y está conmigo, como deseo que esté siempre con vosotros.

 

 

viernes, 9 de junio de 2023

LAS FIESTAS PATRONALES, BASE DE NUESTRA ACCIÓN MISIONERA

 

LAS FIESTAS PATRONALES, BASE DE NUESTRA ACCIÓN MISIONERA

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

El verano, ese maravilloso tiempo esperado por todos, nos acerca a las vacaciones, al mar o la montaña, a los amigos, a los parientes y especialmente a las fiestas patronales de nuestros pueblos y ciudades.

Las fiestas desbordan luminosidad externa porque son luminosas en sí mismas. Las luces, la claridad festiva de los trajes y adornos, la magnificencia expresiva de las flores, la exultación de la danza y el canto populares, el clima de grata complacencia que fundan los perfumes naturales --flores, incienso--, la solemnidad de los ritos y demás elementos de la fiesta no hacen sino dar cuerpo a la luminosidad gozosa que irradia la fiesta por el mero hecho de entreverarse en ella fecundamente diversos ámbitos de gran significación. A ese entreveramiento lo llamamos encuentro.

Las fiestas dan forma visible a algo que, de modo discreto, modela nuestra vida durante todo el año. A su vez, las fiestas proyectan su luz sobre los demás días del año. Todo pueblo vive en plenitud su vida en los días de fiesta, ya que en ellos es más fácil captar la mutua interacción de los elementos que la integran. Ello explica que la lucha entablada, a veces, entre las fiestas populares y las religiosas no haya conducido a una mejor comprensión de ambas y a su mayor florecimiento, sino a su devaluación.

Vivir la fiesta es una bella y apasionante experiencia, nos acerca al encuentro de ese espacio reservado a la expresión de valores y sentimientos, la celebración y sobre todo a la tradición y al pasado.

Las fiestas patronales y las fiestas religiosas en general han sido una de las manifestaciones culturales más importantes a lo largo de la historia, y en cierto modo, todavía lo siguen siendo.

A pesar de su carácter religioso, la teología es incapaz de explicarlas de forma satisfactoria, y ha sido la antropología social y cultural la que las ha explicado con mayor acierto y profundidad, debido a su carácter popular. No obstante, esa explicación antropológica sigue sin explicar numerosos aspectos de las fiestas religiosas y patronales. Su carácter identitario, por ejemplo, no explica por qué las fiestas religiosas y patronales tienen mucho mayor arraigo popular que otros símbolos identitarios locales o nacionales, o por qué siguen teniendo tanto arraigo popular en una sociedad mayoritariamente laica.

La mayoría de las fiestas patronales actuales se celebran en honor de un Santo o de una advocación mariana, que suele ser el patrón o la patrona de la localidad. Las fiestas patronales y la mayoría de las fiestas religiosas pertenecen a lo que actualmente se denomina  “religiosidad popular”, que es la manera cómo la población vive y practica realmente la vida religiosa.

El culto a la Virgen o a los Santos, en calidad de patronas o patronos de nuestros pueblos o ciudades, es posible gracias al arraigo que tenían en la población y a la devoción con la que se veneraban ya desde épocas muy remotas, siendo la continuación de ciertas prácticas “religiosas” precristianas, normalmente de religiones politeístas (en la península ibérica, celtas y romanas, principalmente), que fueron asimiladas por el cristianismo con el fin de conseguir la mayor difusión posible de este, igual que ha ocurrido después en África y América Latina, en lo que se conoce como inculturación, en el ámbito religioso, y aculturación, en el histórico y antropológico.

La Iglesia cristianizó, ya desde el principio de su historia, las fiestas paganas, haciendo coincidir las fechas de las fiestas cristianas con las de las principales fiestas prerromanas. De esta manera, se hicieron coincidir con los solsticios de invierno (la Navidad) y de verano (san Juan), y con los equinoccios de primavera (san José y la Semana Santa) y de otoño (san Miguel). Pero, aunque las fiestas cristianas sustituyeron a las paganas, se conservaron en muchas de ellas los rituales de las antiguas fiestas precristianas (las hogueras de san Juan, por ejemplo), que a veces se continuaron celebrando solo con leves modificaciones onomásticas o simbólicas, pero conservando gran parte de aquellos rituales precristianos.

La “religiosidad popular”, por otra parte, es “utilitarista”, ya que era el remedio sobrenatural para la curación de ciertas enfermedades y epidemias, es una creencia directa y concreta, que está desprovista por completo de conceptos teológicos abstractos, y está basada en el culto a los santos y a las vírgenes como los únicos seres (sobrenaturales) que pueden solucionar y remediar los problemas sanitarios y de otra índole de la población en la sociedad preindustrial.

La función de los Santos y a las Vírgenes son para los creyentes mediadores entre Dios y los hombres, ya que ante las enfermedades o epidemias ellos han sido los intermediarios, que han tenido influencia sobre la Providencia para poder aplacar su ira, --si es que la ha habido-- para que cesara en su castigo y tuviera misericordia de sus criaturas. Y, ¿quién mejor que su Madre, la Virgen, o los Santos, como personas de vida ejemplar, para realizar esa mediación? Sin embargo, en la “religiosidad popular” no se concibe realmente esta intermediación de la Virgen o de los Santos ante Dios, sino que, a quien realmente pedían los fieles el cese de las enfermedades y epidemias, era a la Virgen o a los Santos, ya que la intermediación con Dios es un concepto demasiado abstracto para la mayoría de la población, que hasta el siglo XX era mayoritariamente analfabeta, y sobre todo para los que no tenían una formación teológica, que era la mayoría de la gente. De esta manera, cada Santo o cada Virgen era capaz de curar determinadas enfermedades o catástrofes, y no otras (santa Bárbara para las tormentas, san Gregorio contra las plagas de langosta, san Blas contra la difteria, la Virgen de las Virtudes contra la peste, etc., etc.).

Se trata, por tanto, de un auténtico “politeísmo” cristiano, que además es claramente utilitarista, ya que tiene la función de solucionar los problemas graves de la gente. Las fiestas patronales, basadas en la “religiosidad popular”, venían a ser, por tanto, la única solución que encontraba la sociedad feudal a la que aferrarse para intentar evitar las calamidades sanitarias (epidemias) o climatológicas (sequías) que sufrían cíclicamente nuestros antepasados como consecuencia de las crisis de subsistencias, escasez de alimentos y hambrunas, tan usuales en aquel tipo de sociedad.

La revelación es esencialmente interpersonal: es la manifestación de Dios al hombre. Es Dios el sujeto y el objeto de la revelación, ya que es el Dios que revela y que se revela. A través de ella el hombre es llamado a entrar en comunicación de vida con Él. Dios irrumpe en nuestra vida personal.

Pero no sólo irrumpió en los profetas y los grandes de la historia de la salvación fueron llamados. ¡Cuántos lo fueron en el Nuevo Testamento! Los Apóstoles fueron llamados, los primeros discípulos fueron llamados, y a través de los siglos, una multitud de hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos son llamados por Dios a la salvación eterna, son llamados a la santidad, son llamados a participar de la bienaventuranza eterna.

En las fiestas de nuestros pueblos sigue irrumpiendo y haciéndose presente en nuestras comunidades. Primero irrumpió en la carne y se hizo hombre como en un cuenco: a través de su estrategia amorosa de vaciamiento. Ahora irrumpe en la fiesta, a través del sonido, los colores, las formas y el movimiento extático de los cuerpos. Más que por vaciamiento por saturación. Como en un espejo.

A lo largo de su rica trayectoria histórica, la Iglesia —el Pueblo de Dios— se ha constituido en el lugar del anuncio del Reino y en imagen del Dios Trinitario. Cada pueblo, con su propia historia, sus costumbres y su cultura, ha enriquecido el mosaico de esta Iglesia multicolor, que para constituirse como tal requiere de la forma y el color específico de cada pieza que la compone. Así, cada pueblo nos puede enseñar un aspecto del rostro de Dios. Por esta razón, de buen grado la teología y el magisterio indican que, sin los pueblos, cada uno con su propia idiosincrasia, no puede existir la Iglesia Universal.

La “religiosidad popular”, en este sentido, forma parte del sustrato de la Iglesia. En la “religiosidad popular” puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al concilio Vaticano II. Fue san Pablo VI en su Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi· quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la “religiosidad popular” “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” y que “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe”. Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un “precioso tesoro de la Iglesia católica” y que en ella “aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”

A través de la “religiosidad popular”, con sus imágenes y fiestas, no sólo se expresa el genio de cada pueblo sino también se hace vida el mensaje del Evangelio. Así lo plantea el papa Francisco en “Evangelii Gaudium”, donde destaca las prácticas de la piedad popular como la encarnación de una auténtica vida teologal. Para entender esta  “religiosidad popular” hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. “Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor –-dice el papa Francisco-- podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres. Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones”.

La “religiosidad popular” nos enseña la cercanía de Dios Padre, que se manifiesta en imágenes de Cristo, la Virgen y los Santos ricamente decoradas, las cuales son celebradas durante días con trajes, música y danza. Como expresa papa Francisco con el título de su exhortación, la piedad popular nos enseña el “gozo del Evangelio”.

A su vez, las fiestas religiosas ordenan nuestro calendario como una hermosa constelación. A ellas asistimos para regenerar nuestra vida rutinaria y para hacer comunidad, y, en último término, para actualizar la alianza sellada por Cristo entre lo humano y lo divino.

Así, a lo largo de todo nuestros pueblos y durante todo el año se celebran cientos de fiestas religiosas que, junto con convertirse en un espacio de encuentro con Dios, van configurando fuertes y duraderos lazos de amistad. Porque además de transmitir la alegría de lo santo, la fiesta religiosa es profundamente eclesial. En ella la comunión se puede tocar: en el roce de los cuerpos danzantes y en la fracción del pan y el vino.

La  “religiosidad popular” nos recuerda que la comunión no es un sentimiento sino un estado de vida. En este sentido, la “religiosidad popular” nos pone ante las siguientes interrogantes: ¿Qué calidad tiene nuestra vida eclesial, más allá de la participación del ciclo litúrgico? ¿En qué gestos y prácticas concretas se traduce nuestra vida comunitaria? ¿Vivimos realmente nuestra pertenencia a la Iglesia como la participación activa en una comunidad?

La denominación “religiosidad popular” son las formas y manifestaciones tradicionales, propias de cada pueblo, que encierran la riqueza del misterio cristiano: religiosidad respetada, aunque debe alimentarse y purificarse.

El concilio Vaticano II habló de respetar en su justa medida las formas de “religiosidad popular”. No podemos convertir la “religiosidad popular” en una forma pagana de vivir la fe que se queda anclada en “algo” (ritos, procesiones, formas etc.) y no en “Alguien”.

Tras la “religiosidad popular” hay valores que hay que salvaguardar. Tal es la convivencia, la solidaridad, el compartir, la hospitalidad, el sentido intuido pero no clarificado de trascendencia. Se trata de discernir, descubrir y valorar lo que hay de positivo. Hay que partir de él para iniciar una auténtica evangelización. Es decir, no se trata tanto de eliminar como de encauzar y purificar.

¿Cómo evangelizar la “religiosidad popular”? Esta pregunta resulta tan curiosa como inútil, y que podríamos cambiarla por otra más importante y comprometida: ¿Cómo queremos que sea el futuro? Si ha de ser evangelizador, trabajemos ya por la evangelización. Aceptemos los medios pastorales de los que disponemos y hagamos de ellos un “espacio de esperanza”. Entre esos medios, contamos con la “religiosidad popular”, en la que, entre otros muchos valores, hay una genuina expresión de fe cristiana.

Por una parte, crece el número de los que se confiesan indiferentes en materia religiosa. Por otra, aumenta la participación de esas mismas personas en acontecimientos religiosos. Las asociaciones relacionadas con la “religiosidad popular” viven un pujante momento, no solo por el aumento del número de hermanos, cofrades, sino de interés por el conocimiento, la formación, el acercamiento a lo que significa esta peculiar manera de vivir la fe. Un fenómeno para estudiar: los templos vacíos y la celebraciones religiosas populares multitudinarias.

Lo religioso llega a los ámbitos más distintos, crea interés y es fuerza de convocatoria y de participación social del pueblo, que expresa su fe en un lenguaje total de palabras, gestos, música, imágenes, costumbres, vestidos... Se comparte la alegría de la fiesta religiosa y se toma nuevo aliento para vivir con mayor fidelidad la vida cristiana. Es obligado decir que, para que produzcan tan buenos frutos, es necesaria una adecuada acción pastoral y catequética. De ahí que será oportuno tener en cuenta que el pasado no ahogue el presente y el presente no quite esperanza al futuro.