miércoles, 27 de mayo de 2026

 

CRISTO-EUCARISTÍA SALE A NUESTRAS CALLES

 

(1326-2026)

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Cuando la primavera está en pleno auge, con la naturaleza exultante de vitalidad, la Iglesia celebra la festividad del Corpus Christi. La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, se celebra de manera solemne en los templos, y de forma vistosa por calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.

El Corpus, la fiesta católica por excelencia vino a realzar uno de los misterios de fe más queridos por los cristianos: la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fiesta cristológica de gran raigambre popular, desde sus orígenes en el siglo XIII hasta nuestros días, donde han existido etapas que se alternaron de espectacularidad, sobriedad, y ostentación, junto a decadencia, bullicio y recogimiento, pasión y apatía.

Los orígenes de la celebración del Corpus Christi parecen remontarse a los primeros siglos del segundo milenio y hay que situarlos en el contexto de las heterodoxias y polémicas religiosas que se produjeron entonces.

La Eucaristía no ocupó un lugar concreto en la historia de la salvación, sino que es el centro de ella ya que está presente en el Antiguo Testamento como figura, y en el Nuevo Testamento como acontecimiento. En el presente, en el tiempo de la Iglesia, en el que vivimos nosotros, la vivimos como sacramento. La figura anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento prolonga y actualiza el acontecimiento.

Las primeras noticias que se conservan sobre esta festividad se hallan en el calendario de Polemius Silvius (448), en el que se hace mención de la celebración, ya entonces, del Natalis Calicis (nacimiento del Cáliz), festividad que se celebraba el Jueves Santo. Debido a que la Semana Santa era lógicamente época de dolor y tristeza, durante la cual, tanto entonces como ahora, se requiere que los fieles se centren en rememorar la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, el papa Urbano IV consideró la necesidad de extraer de dicha semana la celebración del Natalis Calicis para vivir la fiesta tal como lo conocemos hoy.

El instrumento de que se valió la Divina Providencia para instaurar la festividad del Corpus Christi tal y como ahora la conocemos y celebramos fue santa Juliana de Monte Cornillon, monja nacida en Retines, pequeña localidad cercana a Lieja (Bélgica) en (1193-1258).

Juliana, desde su temprana juventud, tuvo una gran veneración por el Santísimo Sacramento, y siempre anheló una fiesta especial en su honor. Se afirma haberse incrementado este deseo por una visión de la Iglesia bajo la apariencia de la luna llena que tenía un punto negro, el cual significaba la ausencia de tal solemnidad. La fiesta del Santísimo Sacramento debía ser instituida para reanimar la fe de los fieles y para expiar las faltas cometidas contra este Sacramento. A partir de estas revelaciones, intentó por todos los medios la institución de una fiesta solemne en honor al Santo Sacramento.

Para tal empeño dio a conocer sus visiones e intenciones principalmente a Robert de Thirete, entonces Obispo de Lieja, al erudito Dominico Hugo, más tarde cardenal legado en los Países Bajos.y a Jacques Pantaléon, entonces Archidiácono de Lieja, después Obispo de Verdún, Patriarca de Jerusalén y finalmente papa Urbano IV.

El Obispo Robert quedó favorablemente impresionado, y, puesto que los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, convocó un Sínodo en 1246 y ordenó que la primera celebración se realizara el siguiente año, encargando a un monje de nombre Juan que escribiera el Oficio para la ocasión.

Jacques Pantaléon, uno de los confidentes de santa Juliana, fue nombrado Papa el 29 de agosto de 1261, tomando el nombre de Urbano IV, hecho que aprovechó la ermitaña Eva, después beata, con quien Juliana había pasado algún tiempo, y también ferviente adoradora de la Sagrada Eucaristía, para urgir encarecidamente a Enrique de Guelders, nuevo Obispo de Lieja, a que solicitara al nuevo Papa la extensión de la festividad al mundo entero.

Todo ello coincidió con un hecho portentoso que animó a Urbano IV. El caso fue que Urbano IV, por aquél entonces tenía su corte pontificia en Orvieto, al norte de Roma y muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, en 1264 se producía el denominado «Milagro de Bolsena»; primer milagro eucarístico conocido. Un sacerdote que celebraba la Eucaristía tuvo dudas de que la consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

Urbano IV, estimulado por estos nuevos acontecimientos y consciente de combatir eficazmente la herejía de Berengario, decidiera establecer la fiesta del Santísimo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, fijandola en su Bula Transiturus de hoc mundum (8 de septiembre de 1264), ordenó que se extendiera la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia.

El papa Clemente V retomó el asunto y, en el Concilio General de Viena (1311), ordenó la implantación ya definitiva de la festividad, publicando un nuevo decreto que incorporaba la bula de Urbano IV. Más tarde Juan XXII, sucesor de Clemente V, recomendó con insistencia su observancia.

Aunque ninguno de los decretos citados habla de la procesión teofórica como una característica de la celebración, parece que dicha procesión se celebró desde casi los primeros momentos, haciéndose ya habitual sobre todo desde el siglo XIV.

La festividad del Corpus Christi fue aceptada en 1306 en Colonia; Worms la adoptó en 1315; Estrasburgo en 1316. En Inglaterra fue introducida desde Bélgica entre 1320 y 1325.

El Corpus Christi, como expresión pública de la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, arraigó muy pronto en España, incluso antes del Concilio de Viena. Así, empezó en Toledo (1280), después Sevilla (1282), para seguir por Pamplona (1317), Barcelona (1319), Valencia (1326), Madrid (1482) y Granada, a finales del XV.

La primera procesión en Valencia y punto de arranque de la fiesta se celebró el 4 de junio de 1355 auspiciada por el obispo Hugo de Fenollet (1348-1356). Hasta entonces las celebraciones del Corpus Christi las realizaba cada parroquia de manera particular y en el ámbito de su demarcación. Hugo de Fenollet determinó la realización de una Procesión General: Sesenta días después del domingo de Resurrección. Se celebra el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, la cual se lleva a cabo el domingo siguiente a Pentecostés. El día anterior (miércoles) se realizaba una "cridà” o pregón invitando a los ciudadanos a participar en la misma.

Con anterioridad el año 1348 había tenido lugar en el Barranco de Carraixet-Alboraya-Valencia el conocido como "Miracle dels Peixets". Corría el año 1348 y, según relata la leyenda, un hombre de Almàssera que se encontraba al borde de la muerte avisó al de Alboraya para confesarse por última vez en lugar de llamar al cura de su pueblo.

El sacerdote acudió a la llamada tomando el camino por el barranco del Carraixet, con tan mala fortuna que cayó al agua junto a su caballo y la arqueta donde guardaba las hostias debido a la crecida del barranco por las tormentas. El accidente desanimó al sacerdote, quien decidió volver a Alboraya.

Posteriormente las hostias consagradas que habían caído a las aguas del Barranco del Carraixet, fueron salvadas y devueltas al sacerdote al que se la habían caído, por unos peces que las llevaban en su boca.

Muchos años más tarde se construyó en la zona residencial de Port Saplaya de Alboraya, donde se conserva el cáliz, una ermita (1907) en conmemoración de este suceso, construida sobre los restos de otra más antigua. En cambio, la arqueta se guarda en Almàssera, donde se levantó una parroquia dedicada al Santísimo Sacramento, así como la llamada “capella” (casalicio) del Miracle dels Peixets, en el lugar en el que cayeron las formas sagradas.

En Almàssera dicen que son dos “els peixets”, mientras que para Alboraya son tres. La disparidad de criterios gira en torno a si ocurrió el hecho antes o después de haber dado la comunión al enfermo en peligro de muerte, un moro converso de nombre Hassán-Arda, habitante de una alquería en Almàssera.

El conocimiento de este hecho milagroso por parte del obispo Hugo de Fenollet, le llevó a consolidad y a instaurar una procesión general en Valencia en honor al Santísimo Sacramento.

Finalmente fue el concilio de Trento quien declararía que todos los años, el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, se celebrase este excelso y venerable Sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente fuese llevado el Corpus Christi en procesión por las calles y lugares públicos.

Valencia acogió con una gran alegría esta fiesta del Corpus Christi, que fue poco a poco arraigando en nuestras comunidades. Y es el año 1355 cuando se hacía público el primer “pregón” o “crida” por el que se convocaba a clérigos, religiosos y fieles en general para participar en la solemne procesión en honor y reverencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Fue el obispo de la diócesis de Valencia Hugo de Fenollet quien llegó a un acuerdo con la ciudad, por el que el patrocinio de la fiesta correría en adelante a cargo de la Autoridad Municipal e invitó al pueblo valenciano a engalanar las calles y a participar en la procesión.

A partir de este momento la festividad del Corpus se convirtió en Valencia en la más importante del año, oscilando entre épocas de mayor esplendor, una de cuyas cumbres se alcanzó en 1528, y otras de evidente declive, el cual se inició en 1836, a causa de la “desamortización” llevada a cabo por Juan Álvarez de Mendizábal. Las cotas ascensionales de los fiesta del Corpus se alcanzaron en 1875, y sobre todo en 1977, fecha en la que surgió la asociación que luego se denominaría de “Los amigos del Corpus de la ciudad de Valencia”, cuya principal tarea sería la de repristinar y mantener el esplendor y decoro de la fiesta.

La fiesta del Corpus Christi es una jornada grande para la Iglesia, y en cada pueblo y lugar adopta un rostro particular,--desde la pobreza a la majestuosidad-- enriquecido por la diversidad de carismas y la rica pluralidad de las comunidades cristianas, que es una sola reunida en torno al Banquete de su Señor.

Al mirar a Jesucristo-Eucaristía pasear por nuestras calles de Valencia en su hermosa “custodia de los pobres”, obra de Francisco Pajarón Suay, y diseño del arquitecto Vicente Traver Tomás, toda ella es un poema labrado en plata cuyo argumento es la glorificación de Jesucristo-Eucaristía, reconocemos al Dios que se entrega y que ha querido quedarse a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo”. Y con él aprendemos a ofrecernos al Padre como sacrificio agradable con nuestra vida santa.

Contemplar a Cristo-Eucaristía por nuestras calles no es un “espectáculo”. Contemplar a Cristo-Eucaristía es un acto de fe. Al contemplar o acompañar a Jesús-Eucaristía los cristianos nos sentimos discípulos y dejamos que la Palabra y la acción del Señor modele nuestro corazón como fue modelado el corazón de los Apóstoles.

La mirada de Cristo desde la custodia es una llamada a la conversión, acogiéndonos a la infinita misericordia de Dios y convirtiéndonos en auténticos heraldos de la misericordia en nuestros propios ambientes.

El amor más grande manifestado en el Misterio Eucarístico nos lleva a “eucaristizar” nuestra vida viviendo de manera heroica la caridad, que es el amor de Dios recibido y comunicado a nuestro prójimo, especialmente aquel que está más necesitado.

miércoles, 6 de mayo de 2026

 

MARÍA: MEMORIA VISUAL

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La “religiosidad popular” es un hecho eclesial de gran relevancia y de carácter universal, que emerge de la fe y el amor del pueblo fiel a Jesucristo y del reconocimiento de María Virgen como aquella a quien Dios le encomendó una misión especial dentro de su plan salvífico, teniéndola, no solo como Madre del Señor y del Salvador, sino, además, como la mujer llena de gracia y Madre de toda la humanidad

Para los fieles, la Virgen María es su Madre, ya que comprenden de manera fácil y sencilla la relación intima que une al Hijo que es Dios mismo con la Madre, de aquí brota el deseo de venerarla como hijos suyos, como Reina del universo y gran intercesora que escucha y lleva nuestras suplicas al Señor.

El Magisterio eclesial, en el Directorio de Piedad Popular y Liturgia” (núm. 183) menciona las causas por la cuales el pueblo de Dios, venera a la Virgen Santísima, le tiene una admirable devoción e implora siempre su maternal compañía y protección: Los más pobres la sienten especialmente cercana. Saben que fue pobre como ellos, que sufrió mucho, que fue paciente y mansa. Sienten compasión por su dolor en la crucifixión y muerte del Hijo, se alegran con ella por la Resurrección de Jesús. Celebran con gozo sus fiestas, participan con gusto en sus procesiones, acuden en peregrinación a sus santuarios, les gusta cantar en su honor, le presentan ofrendas votivas. No permiten que ninguno la ofenda e instintivamente desconfían de quien no la honra.

Para honrar a la Virgen María, el mismo pueblo de Dios ha creado una serie de expresiones devocionales que van ligadas a lo tradicional de su cultura respectiva, éstas incluyen actos de piedad oracionales como el rezo del Santo Rosario, las novenas a las distintas advocaciones marianas, las fiestas patronales a honor a la Virgen, los septenarios, los trisagios, las jaculatorias, la celebración del mes de María (mayo), entre otros. Ella es “memoria visual” de nuestra fe.

A estos actos hay que añadir los corpóreos como las procesiones, las peregrinaciones, la veneración de imágenes de la Virgen tanto en los templos y santuarios marianos como en los altares familiares que se preparan en cada hogar como signo de amor y devoción a la Madre de Dios.

De igual manera, son expresiones religiosas tangibles: el uso de los símbolos marianos como camándulas, escapularios, medallas, denarios, imágenes, estampas, mantillas, velas; y los distintos e innumerables rituales que, de manera más privada, como las consagraciones y los retiros espirituales, se hacen en torno a María. Todas estas manifestaciones nos llevan a descubrir que la devoción mariana, se ha ido estructurando y estableciendo de manera permanente en la identidad religiosa y espiritual de nuestros pueblos. Por esto, toda la comunidad eclesial debe velar por la conservación de esta riqueza patrimonial de nuestra fe, que como hemos señalado, necesita siempre de un debido acompañamiento, que garantice la sana práctica de esta espiritualidad, evitando cualquier clase de distorsión, engaño o ingenuidad del verdadero sentido de honrar, venerar e invocar a la Santa Madre del Señor.

La Santísima Virgen María, cuenta con un lugar privilegiado en la “religiosidad popular”. Podríamos posicionar a María como uno de los principales motores de la religiosidad del pueblo, porque es tenida como el referente principal de intercesión ante Dios y el ejemplo más claro y cercano de caridad y sencillez. La fe y el amor a la Virgen María vivida en nuestros contextos es altamente notoria gracias a la “mariología popular”, que es la manera como el pueblo, haciendo uso de su propia cultura, expresa su devoción a la Madre de Dios. Esta “mariología” que es netamente vivencial, se muestra en el ser y quehacer del pueblo, cuando busca el amor, el consuelo y la ayuda de parte de Dios a través de la intercesión de la Madre. En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un “Padrenuestro” musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al cielo, en medio de una sencilla alegría.

Recurrir siempre al amparo y protección de Nuestra Señora será siempre un signo de amor y devoción hacia ella, donde se reconoce la presencia del Espíritu Santo como el impulsor del corazón del creyente y el propiciador de todas las expresiones populares de fe. Es en el rostro de la Virgen donde se encuentran la ternura y el amor de Dios y ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Por tanto, no debemos subestimar los gestos y las palabras de veneración y honra de las personas a María Santísima, al contrario, debemos valorarlas, ya que son muestras de fe de cada ser humano y de su colectivo social, que se transmiten por acciones de culto popular, como el rezo del Santo Rosario o de una novena, el encender velas, el pagar promesas u ofrecer penitencias, y se conservan por su insondable riqueza teológica y cultural. Mantener a María como impulso de la “religiosidad popular”, implica un constante y convencido reconocimiento de Ella como santuario del Espíritu Santo, Madre de Dios y Madre de toda la humanidad. El papa Francisco concluye su exhortación Evangelii Gaudium, (núm. 288) diciendo que “hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. [Porque] cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes”.

Es así, que el proceso evangelizador de la Virgen, que cautiva por convicción, como lo podemos comprobar en los santuarios marianos, nos conduce a contemplar en silencio el obrar de Dios que supera siempre nuestras expectativas y proyectos organizados para ponernos en movimiento y seguir el camino de la fe.

En este punto podemos describir cómo hoy los creyentes comprenden, asumen y viven la devoción a la Virgen María. Por ejemplo, los cristianos valencianos aclaman a su patrona la Virgen de los Desamparados: “En terres valencianes / la fe per Vos no mor / i vostra Imatge Santa / portem sempre en lo cor”.

El amor y la fe expresada a Nuestra Señora seguirá siendo una base fundamental de la dimensión religiosa de nuestros pueblos. Esta devoción sigue creciendo gracias a la figura de María que se ha ido elaborando desde la experiencia espiritual de las personas, donde se acoge como Madre nuestra, como intercesora ante Dios y como ejemplo para ser un autentico discípulo de Cristo. Toda la devoción mariana, se está enmarcando en lo místico y en lo contemplativo, sin dejar de lado las tradicionales prácticas de piedad, que se han ido estableciendo en la cultura religiosa de nuestra sociedad.

Hoy se sigue manifestando el culto a María por medio de las fiestas y las novenas de las distintas advocaciones, las peregrinaciones a los santuarios marianos, la veneración de las imágenes de María en los hogares y sitios públicos como parques, colegios, hospitales, y otra serie de acciones que permiten determinar que la devoción a María Santísima sigue viva y está adquiriendo fuerza y popularidad entre el pueblo de Dios. Cabe mencionar ciertos fenómenos que podemos evidenciar en nuestro ambiente, en torno a la vivencia actual de la devoción a la Virgen María. Por un lado, está la tendencia que busca lo sobrenatural y fantástico, son quienes necesitan signos claros de la Virgen en sus vidas, es decir, su espiritualidad es movida por las apariciones, las revelaciones y los acontecimientos de carácter extraordinario. Estas personas se quedan en lo simbólico y lo visible, sin dejar impactar su corazón por lo verdaderamente esencial: el verdadero modelo de cristiano, el amor maternal y la protección fiel de nuestra Madre María. Por otro lado, están aquellos “devotos” que han colocado a María como un “dios”, la sobresaltan y la elevan a una categoría divina, diciendo que ella es quien cura, salva, sana y libera; la ven como ser supremo con poderes magníficos que superan los de su poderosa intercesión y protección, esta tendencia de tipo fanático llega al extremo de colocar a María como centro en todo el plan de Salvación. A pesar de encontrarnos con tendencias que desvirtúan el verdadero amor y devoción a la Madre de Dios y Madre nuestra, es impresionante observar cómo muchos devotos viven experiencias profundas con María de forma intimida, humilde y reservada. La sencillez con la que muchos fieles viven su relación con la Virgen, es ejemplo de caridad y conversión, ya que, desde lo sencillo se fortalece lo trascendente, siendo la “religiosidad popular” un medio que garantiza este propósito espiritual y permite vivenciar una autentica, trasparente y sensata devoción a María Santísima.

domingo, 12 de abril de 2026

                 

SAN VICENTE FERRER,

ARTESANO DE LA PAZ

 

 

 

(Homilía, 13 abril, 2026, fiesta de san Vicente Ferrer)

 

 

Invoquemos al Resucitado para que nos de su paz.

La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia.

La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita!

En cada uno de nosotros, en cada ser humano, Jesús nos educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

El deseo de paz acompaña a la condición humana y abarca tanto lo interior como lo exterior de la persona; sin ella no hay auténtica vida personal, familiar o social. Pero, como estamos sufriendo actualmente, por desgracia los conflictos y guerras han asolado y continúan asolando la existencia del ser humano, como en Ucrania. Afortunadamente, han surgido hombres y mujeres que han buscado y trabajado por la paz y han servido de puente entre quienes estaban enfrentados y han puesto las bases para el diálogo y el entendimiento entre las partes en conflicto.

Hoy celebramos la fiesta de san Vicente Ferrer.

Si preguntáramos por qué es conocido este santo, las respuestas más probables serían por sus sermones y por sus milagros; y quizá unas pocas personas se referirían también a su implicación en la vida sociopolítica de su tiempo.

Profundicemos en la figura y mensaje de san Vicente Ferrer, y situémoslo en nuestro hoy.

Porque san Vicente Ferrer, en su tiempo, fue un trabajador incansable en favor de la Paz. Su trayectoria misionera se puede considerar también un itinerario de pacificación. San Vicente Ferrer fue un auténtico “artesano de paz”. Un artesano es alguien que realiza o fabrica algo personalmente, con sus manos, sirviéndose de herramientas comunes. No es un trabajador “en serie” que actúa de manera mecánica e impersonal, utilizando moldes y plantillas prediseñados.

San Vicente Ferrer asumió personalmente y vivió la Buena Noticia del Reino de Dios, e intentó que penetrase en todas las facetas de la sociedad de su tiempo.

Por medio de su predicación, adaptándola a sus oyentes, hizo llegar la presencia amorosa y pacificadora de Dios a todos los ámbitos de lo humano. Su principal atención la dirigió a la conversión de la gente para pacificar los corazones, como primer paso necesario para alcanzar la paz en otros ámbitos, porque la paz personal no puede separarse de la familiar, social o política.

El Evangelio no es algo que quede reservado para la intimidad de la persona. El Evangelio es una Buena Noticia que cambia a las personas y que se concreta en un nuevo modo de entender el mundo, en lo personal, familiar, social, político, económico… a partir de Jesucristo.

Y así, intervino también en cuestiones relacionadas con la vida familiar, en enfrentamientos sociales como los producidos entre dos bandos familiares en la ciudad de Valencia; en la salvaguarda de derechos de colectivos marginados, como las mujeres que querían abandonar la prostitución o los niños huérfanos… Sin olvidar los grandes problemas de los que dependía la paz política y eclesial de su tiempo.

Por eso, también participó en el Compromiso de Caspe, donde se solucionó la sucesión al trono de la Corona de Aragón, y en la resolución del Cisma de Occidente, donde san Vicente, a pesar de sentirse muy cercano a una de las partes, supo cambiar de postura por el bien y la paz de la Iglesia.

La paz, siempre pero especialmente en estos tiempos, es frágil y quebradiza. San Vicente Ferrer fue un mensajero infatigable de la paz, anunció y trabajó por la paz. Y construir la paz es también una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro tiempo, y que corresponde a su misión en el mundo.

San Vicente Ferrer es un punto de referencia para nosotros, que también estamos llamados a ser artesanos de paz en nuestros ambientes y en nuestra sociedad.

Como él, cada uno debemos interiorizar y hacer vida el Evangelio de Jesucristo, para encontrar paz en nuestro corazón y para vivir de otra manera. Como predicó san Vicente Ferrer, necesitamos volver a Dios, convertirnos a Él, porque sin Dios no es posible la convivencia ni, por tanto, la paz.

Celebrando a san Vicente Ferrer, todos debemos sentirnos corresponsables en promover la paz. Desde nuestro Bautismo, tenemos la posibilidad de ser artesanos de la paz y, en este tiempo, ser de los “bienaventurados que trabajan por la paz”, predicándola con palabras y obras en medio de un mundo con tanta violencia, destrucción y muerte.

 

 LA CRUZ, UN RECUERDO PELIGROSO

Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Los holocaustos humanos no han desaparecido. Sigue habiendo campos de concentración. Sigue habiendo infiernos como la masacre de Niza, los apuñalamientos de Würburgo, las matanzas de Siria, o Ruanda o Irak., el ataque a Suecia o las muertes en Egipto. Sigue habiendo guerras. Sigue habiendo millones de refugiados. Y millones de muertes prematuras a causa del hambre y sus secuelas. La pasión y la muerte del hombre siguen llenando la historia como un aullido interminable. La historia humana sigue teniendo su reverso. Hay vencedores y vencidos, verdugos y víctimas, crucificadores y crucificados.
Esta experiencia de la historia no se da sólo a nivel individual. Se da al nivel colectivo de los pueblos. Hay pueblos crucificadores y pueblos crucificados. Pero esto no es un destino inexorable. Es consecuencia de la libertad y de las decisiones humanas. Leído teológicamente es “el pecado estructural” que se va desfigurando y configurando en los procesos humanos.
La historia del sufrimiento humano es una memoria peligrosa. Nos desestabiliza de nuestras seguridades. Pone de manifiesto nuestros mecanismos de disculpa. Es una memoria acusadora.
La señal de la cruz, la aprendemos desde niños, de labios de nuestros padres. Es, también, una síntesis formidable de la fe cristiana. La cruz está asociada al Dios revelado. Y la revelación de Dios está vinculada al acontecimiento de la cruz. Pero hay un proceso de lectura e interpretación de la cruz que la ha ido convirtiendo en un nuevo símbolo de nuestra redención. La ha sacado de la trama histórica. Su necesidad parece impuesta desde fuera. Es el precio de un rescate, de una deuda.
A medida que la pasión se ha ido leyendo sólo como el gran acontecimiento de la gracia de Dios, la cruz ha ido perdiendo su suelo histórico. Se ha visto reducida a la dimensión de símbolo de la redención, de su carácter violento y doloroso. A medida que se ha ido teologizando, de hecho, ha perdido la trama intrahistórica de la violencia. Todo va pasando al plano intrateológico. El Crucificado muere víctima de la justicia de Dios. Es la víctima inocente de un sacrificio por los demás.
Progresivamente la cruz se vacía de Cristo. Se reduce a significar el carácter paradójico de la reconciliación del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Supone que hay una distancia y una rivalidad de Dios y el hombre. El hombre es enemigo de Dios. Lo busca por caminos torcidos. Está encorvado y tiene que enderezarse con dolor. La cruz simboliza esa dimensión costosa de la redención por parte de Cristo
Lo que acontece cuando la cruz se vacía de Cristo y pierde la perspectiva personal e histórica es que se transforma en una exaltación del dolor. La redención pierde el sentido de la relación personal. Desaparece su dimensión de acusación y denuncia. Se va reduciendo a una mística del dolor y del amor. Van quedando esos “cristos” dolientes y trágicos. Esos héroes caídos. Invitan a la admiración y a la compasión. Conmueven, pero no convierten.
En cambio, la cruz de Jesús está enraizada en la tierra y en la historia. No puede ser absorbida en la resurrección, ni en el símbolo. Constituye un recuerdo peligroso y salvador. Sigue siendo la acusadora muerte de un inocente. No nos invita a escapar de la historia. Nos sumerge en el reverso de la misma.
La pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret es el centro de los acontecimientos bíblicos. Es el tema central del Nuevo Testamento. Pero no se le puede aislar como si fuera un acontecimiento desligado de los anteriores y los siguientes. Es cierto que, por una parte, no se le puede descrucificar y transmitir la imagen de un Jesús blando o de un Jesús dulcísimo. Pero también es verdad que la cruz no es lo único de su vida. Constituye el final de una historia. No se entiende la pasión y la muerte de Jesús sin la vida y el camino que conduce hacia ella. Toda la trayectoria histórica del Mesías es una explicación de su muerte.
La pasión y la crucifixión de Jesús es la abreviatura de toda su vida. Resume y condensa su actitud y su mensaje. Es la consecuencia de una apasionada esperanza y de su praxis mesiánica. Jesús es el hombre de la gran esperanza del reino. Vive un amor apasionado por la causa de los pobres, de los excluidos, de los oprimidos y de los enfermos. Crea vida donde hay enfermedad y muerte. Confiere esperanza a las personas que no tienen nada que esperar. Es un hombre libre que contagia libertad y liberación. Por los caminos empieza a reunir la nueva familia del reino.
La muerte de Jesús de Nazaret, como la de cualquier ser humano, está ya inscrita en la encarnación. Asumir nuestra condición humana implica asumir nuestra mortalidad. Jesús muere porque nosotros morimos.
La muerte de Jesús no es indolora. No es una muerte natural por la que se van sucediendo las generaciones de la vida. No es un error, un malentendido. No es una mera casualidad histórica. Tampoco se puede atribuir sólo a la maldad o a la torpeza personal de Caifás y de Poncio Pilato.
Jesús muere una muerte específica. Muere la muerte de un condenado a muerte. No es la suya una muerte bella. Es una muerte infame. Le acontece en plena juventud como ejecución de una sentencia de pena de muerte.
El Mesías muere la pasión y la muerte de un condenado. Su pretensión y su misión no cabía en los estrechos límites de la ley. A su Dios le quedan muy pequeños los límites del judaísmo. La praxis y la palabra de Jesús desbordan las esperas. Jesús se presenta como el Mesías antimesías. Termina siendo el Mesías rechazado. El que muere en el madero es un maldito de Dios. Era evidente que Dios no estaba de su parte.
Vista con los ojos de Jesús, la crucifixión es el culmen de su identificación con los crucificados. Radicaliza y verifica su solidaridad con las víctimas. En la cruz Jesús se identifica con todos los que sufren. Es una identificación misteriosa pero real. Gustando hasta el fondo la amargura de nuestra pasión y muerte, el Mesías las trasforma. Las vive desde la absoluta confianza en el Padre. Las sufre como realización de su amor que es más fuerte que la muerte. De esta suerte el Mesías crea vida en medio de la muerte, libera del dolor en medio del dolor, libera de las cruces como crucificado.
La cruz que era signo de la maldición humana, de su esclavización, se convierte por obra del Mesías en signo de amor y de fidelidad a toda prueba, en signo de comunión con todos los que sufren. Además, la cruz de Jesús se convierte en el lugar donde se realiza la liberación definitiva de los hombres. En la muerte de cruz Jesús hace surgir la vida; en el fracaso y la desesperanza hace surgir el nuevo comienzo y la esperanza. De esta manera Jesús crucificado recupera totalmente la existencia humana

sábado, 28 de marzo de 2026

 

SEMANA SANTA:

UN MENSAJE, UNA CELEBRACIÓN

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La Semana Santa es fracaso y fiesta. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se convierte en pórtico de la Pasión y Muerte más duras e injustas de la historia. Jesús, el Hijo de Dios, obediente al Padre hasta el límite, y veraz hasta ser la Verdad misma, es condenado por blasfemo. La última reunión de Cristo con sus discípulos, amigos y confidentes, durante la tarde del Jueves Santo, fue escenario de los gestos inolvidables de amor de Jesús, y de la manifestación de la dureza del alma de Judas. Cristo, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”, les lavó los pies y les dio a comer su propio Cuerpo sacramentado. Judas, después de presenciar estas expresiones, decide abandonar la reunión con el Señor para dar cauce definitivo a su desamor hasta con sumar la traición más destacada en la historia. La entrega máxima de Jesús, que da su vida en la Cruz por el perdón de nuestras propias torpezas y pecados, es vituperada por los que se burlaban del Crucificado porque había curado enfermos y resucitados muertos y no era capaz de liberarse del patíbulo mortal. Las palabras con que Jesús vencía toda oscuridad humana y sublimaba su trayectoria terrena diciendo “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” fueron seguidas por la desbandada atemorizada de muchísimos seguidores. El cumplimiento del anuncio con que el Señor hablaba de su muerte y sepultura como trance previo a la Resurrección gloriosa, fue motivo de que muchos desconfiaran de ese final feliz.

No cabe duda, pues, de que la trayectoria aparente del Maestro, del Señor, del taumaturgo, del Hijo de Dios, del Mesías, reunió todas las características de un fracaso total a ojos humanos. Sin embargo, la realidad habla de un triunfo definitivo. El Hijo de Dios hecho hombre, que se encarnó en las entrañas de la Santísima Virgen María, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin. El fracaso aparente, destruido por la Victoria real y definitiva, se convierte en motivo del gozo más positivo y profundo y duradero para los que creemos en Cristo Jesús. Ésa es la razón de que la Iglesia celebre, con dimensión auténticamente sagrada y festiva, el curso de la Pasión, Muerte y Resurrección del Mesías, salvador del mundo. Este es el motivo de que la Semana Santa ocupa, desde el comienzo de la Iglesia, el centro del año cristiano. Una celebración: El mundo se conmueve, las calles se transforman, el Misterio que nos trasciende se familiariza con la inmanencia de una sociedad abocada a lo inmediato. Un hombre nos manifiesta a Dios porque es, a la vez, el Hijo amado del Padre que ha tomado nuestra carne para hablarnos del cielo en nuestro propio lenguaje. Dios viene a redimirnos asumiendo nuestra humanidad de pecado hasta clavarla, vencida para siempre, en la misma Cruz donde se entregó por amor. La Resurrección rompe la cerca de un mundo reducido por el hombre, y ofrece al hombre la vida por la que su corazón, aun inconscientemente, ha suspirado siempre. Dios ha devuelto al hombre su condición divina. El hombre ha podido reconocer el amor de Dios en la cercanía solidaria y doliente de Cristo, el hombre Dios, el Salvador del mundo. La Semana Santa es la celebración del Misterio de Cristo: Dios hecho hombre para que el hombre pudiera alcanzar su plenitud en Dios. La Semana Santa es la celebración del misterio del hombre: abocado al pecado por la concupiscencia y, a la vez, admirado ante el gesto infinito del amor divino; ese gesto de entrega por el que Jesús de Nazaret carga con nuestra miseria y cambia la suerte a la que nos sometió el pecado en promesa de la Vida que podemos alcanzar con su Gracia. La Semana Santa recuerda a los creyentes nuestra grave contradicción: la persona y la sociedad empeñados en el egoísmo, y, a la vez, enternecidos ante la Pasión y muerte de quien ha optado por la obediencia incondicional mediante la que se vuelca en favor nuestro con total generosidad y con el más ejemplar desprendimiento. Vivamos la Semana Santa como la ocasión que Dios nos brinda gratuitamente para contemplar el Amor de Dios al hombre; como la oportunidad para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, el camino para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, no sólo el camino hacia el amor, sino la razón de nuestra esperanza en la vida eterna: Dios cumple aquello que promete.

jueves, 26 de marzo de 2026

 

TOCAR EL MANTO DE JESÚS

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

En muchas ocasiones en los círculos de curas pastoralistas se comenta que el mundo de la religiosidad popular, las cofradías, la Semana Santa… es un mundo pastoralmente perdido, o que, al menos, no merece la pena tomárselo muy en serio.

¿Razones? Porque parece que el mundo de la religiosidad popular se centra solo en lo exterior, en lo aparente... Porque parece que la religiosidad popular tiene un fuerte contenido sentimental, el cual muy a menudo es desechado, porque parece que no sirve para nada… Porque parece que los cofrades no tienen fe, o tienen una fe muy débil, o no están comprometidos en las parroquias... Y así podríamos continuar con otras muchas razones que son bien conocidas por los sacerdotes y por todos aquellos que se mueven en el mundo de la religiosidad popular.

Pues bien, yo también era uno de esos curas de los que pensaba que la religiosidad popular no tenía mucha enjundia. Pero hete aquí que con el paso del tiempo las personas cambiamos.

Estamos buscando métodos para acercarnos a la gente, métodos para la nueva evangelización, puntos en común con nuestros fieles y con la sociedad en la que vivimos, y a veces nos olvidamos de aquellas plataformas que ya están creadas y que durante muchos siglos han tenido su función. Creamos unas tuberías muy buenas pensando que por ahí va a pasar el agua (y muchas veces no es así) y nos olvidamos de todos los charcos, ríos y viejas tuberías por donde sigue corriendo el agua, quizá no el tipo de agua que nosotros quisiéramos, quizá no de la manera que a nosotros nos gustaría... pero sigue siendo agua.

A menudo nos lamentamos y criticamos que el mundo cofrade y la religiosidad popular hace esto y lo otro. Pero ahora, --siendo un poco conocedor de la religiosidad popular, de nuestra Iglesia diocesana–, me parece de todo punto injusto hacerlo, ya que como pastores nosotros, en muchas ocasiones, no hemos tenido la dedicación, ni el tiempo, ni las energías… que esta realidad merece.

Juan Pablo II nos recordaba que “la religiosidad popular no puede ser ni ignorada, ni tratada con indiferencia ni desprecio, porque es rica en valores, y ya de por sí expresa la relación religiosa frente a Dios. Pero tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, a fin de que la fe que expresa se convierta en un acto siempre más maduro y auténtico”. Pensamos que los ejercicios de piedad del pueblo cristiano, --procesiones pasionales o de gloria, fiestas patronales-- como otras formas de devoción popular, son acogidas y recomendadas mientras no sustituyan ni se mezclen en la celebración litúrgica. Una auténtica pastoral litúrgica sabrá apoyarse sobre la riqueza de la religiosidad popular, purificarla y orientarla hacia la liturgia como ofrenda del pueblo.

La religiosidad popular engloba una gran experiencia religiosa básica contenida en los símbolos y las narraciones del pueblo de Dios; se trata de la mística de los sencillos, de la fe del pueblo, y no simple explanación del desarrollo histórico de la doctrina. En cierto modo podemos decir que la religiosidad popular es fuente de reflexión teológica. Merece nuestra atención.

Y la merece porque es de nuestros fieles. Y la merece porque el centro de la religiosidad popular, con muchas sombras como pasa en otros sectores de nuestra pastoral (padres, novios, niños...), intenta ser el Señor quien actúa. Y la merece porque en nuestra Iglesia, se ha apostado por acompañar a los cristianos que viven esa religiosidad popular que tan importante es para tantos y tantos de nuestros fieles.

Entiendo que es un gran desafío pastoral, pero por eso mismo merece la pena. Ignoramos los frutos que puede dar, como asimismo las dificultades que se puede uno encontrar en el camino. Pero esto nunca ha sido obstáculo para la Iglesia –al menos para intentarlo–, empeñada siempre en buscar lo mejor para sus hijos (otra cosa es que a veces no se haya acertado en las maneras y las personas).

Como pastores no podemos permitirnos tirar la toalla. Estamos llamados a ver más allá de las apariencias, como hizo Jesús con la hemorroísa. Para esta, el manto de Jesús era su última oportunidad. Aunque quizá nunca lo hubiera escuchado en su predicación, aunque quizá nunca le hubiera seguido por los caminos, se aferró a él, al manto, como extensión de Jesús mismo, porque intuía que tocando el manto, podía acceder a la fuente no solo de la salud, sino de la salvación.

 

lunes, 23 de marzo de 2026

 ORACIÓN POR LOS INMIGRANTES MUERTOS EN EL MAR

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

 

 

Señor Dios nuestro:

Que no nos habituemos

al sufrimiento y dolor de nuestros hermanos.

Que no nos olvidemos

de la experiencia del llorar ante la muerte

por tantos subsaharianos con sus esperanzas rotas por la mar.

Te pedimos,

que nos des comprensión, acogida y solidaridad

con aquellos que buscan

un futuro mejor para sus vidas

y encontraron por los caminos del mar la muerte.

Señor Padre de todos los hombres:

Vemos clavada la Cruz de tu Hijo Jesucristo

en nuestros corazones como una espina,

por tantos hermanos nuestros inmigrantes

muertos en el mar,

desde esas barcazas,

que en lugar de ser una vía de esperanza

fueron una vía de muerte.

Deseamos poner sus vidas en tus manos,

oh, Dios misericordioso,

Dios de la luz y de la paz.

Te pedimos por todos los inmigrantes,

fallecidos trágicamente en su intento,

de acceder a una mejor vida en una nueva tierra.

Te presentamos el grito de tantos hombres,

mujeres, jóvenes y niños

que en la desesperación de la tragedia

enterraron sus sueños y sus esperanzas

en los trayectos migratorios.

Llenos de confianza te rogamos

para que tu luz perpetua los ilumine

siempre y para que encuentren la paz eterna en tu presencia.

Te pedimos también por sus familias.

Que tu amor los acompañe y los consuele en su dolor.

Y derrama sobre todos nosotros

la gracia y la fortaleza de tu Espíritu Santo,

para que sepamos construir un mundo de fraternidad y justicia,

sin exclusión de nadie.

A ti Madre María, estrella de los mares, consuelo de los afligidos

Te pedimos amparo, socorro y serenidad

para obtener felicidad y dicha

para todos los que cada día afrontan los peligros del mar

para garantizar a sus familias el sustento necesario para la vida.

Que los migrantes e itinerantes,

encuentren con nosotros y nuestros pueblos

una semilla de nuevos lazos fraternales

y una aurora de un mundo de paz.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

 

(28 de agosto de 2016)

lunes, 16 de marzo de 2026

 Contemplemos al Crucificado

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar.

La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda.

Desde aquí proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y

escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.

“No habiendo podido encontrar remedio a la muerte, a la miseria, a la ignorancia, los hombres para ser felices han tomado la decisión de no pensar en ello”, decía Pascal en los albores de la ilustración.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre

se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad. El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Recuerdo cómo leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la cruz a través de los ojos de Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz). Esta joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía: “Mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa cruz asumida libremente muestra

el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre.

La cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto.

La Cruz es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una cruz amándonos

 

EL CRISTO DE LA PALMA ILUMINA NUESTRA FE

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Presidente de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular.

 

 

En el evangelio de Lucas encontramos la narración de la experiencia pascual de los discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas: “Que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc 24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.

La sagrada imagen del Cristo de la Palma, un Cristo Crucificado y muerto, ha iluminado la vida de fe de los fieles de esta Hermandad, y de tantas personas que llegan a contemplar la bella imagen guiados por la luz de la fe, que descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos.

Esta hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden, peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de la vida.

Por medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado; para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34). El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10; cf. Jn 19,37).

El hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.

Es el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza, transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora. Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador, porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido “rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).

La devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos.

Cristo ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la Eucaristía. Es allí donde el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el pan de la vida.

 

 

SAN VICENTE FERRER Y SANTA MARÍA DEL ROSARIO

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

San Vicente no es santo de una sola cara. Es una figura poliendrica. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la predicación.

En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba encarnada la figura del segundo “ángel del apocalipsis”. El hombre componedor y consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a desaparecer.

Queremos poner de relieve, la dimensión mariológica en su predicación. La Virgen María, como buen dominico, está muy presente en la vida y en la predicación de San Vicente Ferrer. Es buen conocedor de la mariología. Sus sermones tienen un espíritu eminentemente mariano y que su quehacer deseaba que estuviera siempre presidido por la Madre de Dios.

Sus sermones estaban siempre precedidos por el saludo del ángel a la Virgen María. Algo parecido a esos escritores que ponen el “Ave” en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo del ángel a María es algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar bien Santo, o un tema que le parece difícil y misterioso, o para que, una vez explicado, lo entiendan debidamente los oyentes.

En cuanto a las enseñanzas mariológicas en sus sermones, San Vicente Ferrer habla de: la maternidad divina de María; la santificación de la Virgen María (Inmaculada Concepción decimos hoy); la perpetua Virginidad de María y las virtudes de la Virgen María como la fe, la esperanza y el amor. También de las que podríamos denominar “virtudes de la convivencia” tales como: humildad; preocupación de vivir y actuar de suerte que vieran en ella un buen ejemplo los demás; las virtudes de una mujer perfecta; también fue modélico en su comportamiento con los Apóstoles cuando convivió con ellos.

Además hablaba de su glorificación tal como se presentaban en aquel tiempo: su muerte, su resurrección y traslado glorioso al Cielo. También hablaba de las relaciones de la Virgen María con nosotros, los redimidos: María entrega a los hombres a Cristo Redentor; María actúa por los hombres con Cristo Salvador; María es medianera que distribuye las gracias a los hombres; y nos vienen por ella las gracias sacramentales. Sus dos grandes principios mariológicos fueron: la maternidad divina y la asociación de María con Cristo, arraigada profundamente en su visión de la obra de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Santo Domingo de Guzmán, (1170-1211), fundador de la Orden de Predicadores de la que San Vicente era miembro, viendo los escasos frutos de conversión que producía con sus predicaciones, pidió a la Santísima Virgen María un método o medio de obtener resultados más positivos y duraderos.

Fue la misma Madre de Dios quien inspiró al Santo esta devoción, que tan maravillosamente conjuga la meditación de las verdades más fundamentales de la vida de Nuestro Señor y los misterios más trascendentes de su Santísima Madre, con la sencilla recitación del Padrenuestro y el Avemaría.

Santo Domingo solía reunir al pueblo en las plazas y en los templos, y después de una instrucción doctrinal pertinente sobre las verdades de la fe les invitaba a recitar un número determinado de veces la salutación angélica, y de esta forma encomendar a la gracia y eficacia del amor y compasión de María el fruto de la predicación. Los resultados fueron maravillosos. Y muy pronto se hizo popular esta devoción y la adoptaron los compañeros del Santo y después los más insignes devotos de María.

En la mente del glorioso Santo Domingo quería que el rezo del Santo rosario fuera para los seglares lo que el rezo del Oficio Divino para los sacerdotes y religiosos obligados a coro, o sea el deber principal de alabanza y glorificación a Dios por medio de su Santísima Madre; por eso él le denominó el «salterio mariano».

Desde entonces han sido muchos hombres de Dios que lo han estimado, extendido y enseñado como la devoción más hermosa y delicada que podemos ofrecer a Nuestra Madre la Virgen María. Además de Santo Domingo de Guzmán, su fundador y propagador principal, San Vicente Ferrer, San Alfonso María de Ligorio, que afirmaba «que entre los obsequios que se tributan a María, ninguno le es tan agradable como el Santo Rosario; San José de Calasanz lo legó a todos sus hijos como testamento y última voluntad; San Luis María Grignon de Montfor le prodigó tales alabanzas que rayan en lo increíble; San Antonio María Claret, según sus piadosas manifestaciones, fue escogido por la misma Reina del Cielo para restaurar y propagar esta devoción, decaída en el siglo anterior, lo mismo que en Francia lo fue para el siglo XV el beato Alano de la Roche, a quien la Virgen María le señaló como principal adalid para propagarla y extenderla por todas partes, diciendo de ella que «era un arma poderosísima para extirpar las herejías, un instrumento el más apto para arrancar los vicios y plantar las virtudes y un medio seguro para alcanzar la misericordia de Dios».

Dios sigue enviando a la Iglesia grandes profetas y santos modernos como en otras épocas de la historia que invitan a propagar el rezo del Santo rosario: san Juan Pablo II, san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta, el siervo de Dios padre Peyton, san Andrés Bessette, san Pío de Pietrelcina, san Maximiliano María Kolbe, santa Faustina Kowalska, santa Teresa del Niño Jesús y tantos otros. Dios sigue actuando en el mundo: los santos, aunque estén ya en el cielo, siguen bendiciendo a sus devotos en la tierra. Ellos están vivos y nos aman e interceden por nosotros.

El carácter misionero de la fe, que encarna perfectamente san Vicente Ferrer, no pierde nunca actualidad. Supone un desafío que también llega hasta nosotros.

Vicente Ferrer nació en Valencia en 1350 y a los diecisiete años tomó el hábito de dominico en su cercano Real Convento de Predicadores, emitiendo su profesión religiosa al año siguiente. El propugnaba llevar una “vida religiosa reformada”, o sea de vuelta a las primitivas tradiciones y costumbres de su Orden dominicana a diferencia de otros miembros y conventos de ella, y así lo enseñó por ejemplo en su “Tratado de la Vida Espiritual”.

La visión que tuvo san Vicente Ferrer estando enfermo en el convento dominico de Aviñón el 3 de octubre de 1398, determinó su vida como predicador itinerante.

Su estancia en Aviñón se prolongó cuatro años, y en 1398, tras su visión, inició su periplo como legado de Cristo (a latere Christi, según el mismo lo reconoce). Esta actividad se prolongó hasta su muerte en la ciudad bretona de Vannes el 5 de abril de 1419 y ha dejado un rastro indeleble. No solo se conoce su itinerario y numerosos documentos que atañen a su biografía, sino los resúmenes de muchos de sus sermones.

San Vicente Ferrer reúne en su persona los rasgos del perfil del evangelizador. Fue modelo en su tiempo de una predicación centrada en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; predicación mediadora de un encuentro salvador con Dios, verificable en la sinceridad de la conversión de sus oyentes.

San Vicente Ferrer es paradigma de predicador cercano a la gente, que emplea todos los medios y recursos a su alcance para que el mensaje cale con amabilidad y claridad entre sus oyentes. Era capaz de hacerse entender por gentes de procedencias muy diversas. Actualizaba la experiencia de la iglesia de Pentecostés. Se ponía al nivel de su auditorio, al nivel de la gente sencilla, Justamente por ello, el mensaje llegaba. A causa de esta habilidad entre la gente del pueblo, san Vicente también es un referente de la predicación y la piedad popular.

San Vicente Ferrer fue ejemplo de testimonio coherente. Fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe, que con su vida acreditaba lo que decía.

Además, parece ser que tuvo muy presente a un “precursor del Rosario”, o contador de oraciones, como Santo Domingo de Guzmán pues sus sermones nos muestran que no conocía el Santo Rosario, como lo rezamos hoy. Sin embargo según la tradición Santo Domingo de Guzmán lo propagó en la primera mitad del siglo XIII, y no tenía la estructuración que conocemos nosotros hasta tiempos después de san Vicente Ferrer.

Este “salterio mariano” se fue propagando desde la segunda mitad del siglo XIV, concretamente en los territorios de la Corona de Aragón donde proliferaron los gozos o “goigs” a Nuestra Señora del Rosario, así como las cofradías del Rosario bajo el titulo de Santa María.

Con esta proliferación del rezo del Santo rosario y de las cofradías, se implanta esta advocación mariana en el pueblo de Dios, convirtiéndose en una de las más importantes del orbe cristiano, dado que la orden de predicadores la nombra patrona y protectora de la Orden, como principales propagadores de esta devoción.

Nos detenemos en dos manifestaciones artísticas del amor y devoción que san Vicente Ferrer tenía a la Virgen María. Una los gozos a Nuestra Señora del Rosario y otra un cuadro de mediados del siglo XV del pintor Nicolo Antonio Colantonio.

Tras la canonización de san Vicente Ferrer, el 30 de junio de 1455, por el papa Calisto III, Isabel de Chiaromonte duquesa de Calabria y futura Reina de Nápoles, mandó construir una capilla en la iglesia de los dominicos de san Pedro Mártir, dedicada al Santo; capilla que visitaba a diario, según crónicas contemporáneas.

La devoción de esta Reina por la iglesia de san Pedro Mártir era muy grande, y en particular por la capilla que dedicó al Santo, confesor de la orden de predicadores. Para esta capilla, la duquesa de Calabria encargó al pintor napolitano más importante de la época, Nicolo Antonio Colantonio, maestro del famoso Antonello da Messina, la creación del gran retablo dedicado a san Vicente Ferrer.

En este retablo existía una hermosa y sugerente representación iconográfica titulada “La aparición de la Virgen del Rosario a san Vicente Ferrer en su celda” de Colantonio que podemos fechar hacia 1460 y forma parte de un ciclo de nueve momentos de su vida y milagros “postmortem” que rodean su imagen central en el retablo para la citada iglesia napolitana y que está en el edificio que ahora aloja la Facultad de Letras de la Universidad Federico II.

Este cuadro es un óleo sobre tabla, de 69,4 x 48 cm., que se conserva en Nápoles actualmente está ubicado en las salas de arte napolitano del Quattrocento, en las Galerías Nacionales de Capodimonte (Italia).

Nicolo Antonio Colantino nos muestra a san Vicente Ferrer vestido con habito dominicano en su habitación conventual o celda. Una sencilla y austera arquitectura enmarca la escena. A nuestra izquierda, el Santo arrodillado en actitud de devotísima oración ante la Virgen con el divino Niño, que aparecen en el cielo a través de la pequeña ventana que ilumina toda la habitación. Es una hermosa presentación de la vida del Santo no muy habitual en su iconografía tanto por su ambientación --su celda--  como por su vinculación con la Virgen, si bien sus biógrafos recogen apariciones de ella como se representa en una de las pechinas de la Iglesia de la antigua Capitanía General de Valencia.

Y es que san Vicente Ferrer tenía una gran devoción a la Virgen María. Junto con su comunidad todas las noches los dominicos procesionaban al altar de la Virgen cantando la Salve Regina.

Otro aspecto de la biografía de san Vicente Ferrer son los “gozos a la Virgen del Rosario”, atribuidos tanto a san Vicente Ferrer como a su hermano Bonifacio, general de los Cartujos de la obediencia de Avignon. Estos gozos se difundieron muy tempranamente en el ámbito catalán y valenciano; los más antiguos que se conservan datan de finales del siglo XV. Este manuscrito con el texto de estos gozos es del siglo XV y se conserva en la biblioteca de Catalunya (ms. 854, folis 110 i 111).

Leemos en la tablilla con los gozos de la Virgen del Rosario:

Vostres goigs ab gran plaer / cantarèm, Vèrge María; / puix la vòstra Senyoría / es la Vèrge del Roser.

Déu plantà dins vos, Señora, / el Roser molt excel-lent, / quant vos feu mereixedora / de concèbre`l purament: / donant fe al missager, / que del cél vos trametia / Déu lo Pare que volia./ foseu Mare del Roser.

Del sant ventre produïda / la planta del Roser vérd, / fou de Àngels circuïda, / y servida amb gran concèrt: / y restà pur i sancer / vostre cos ab alegría, / quan florí en l´establía  al celestial Roser.

Quant els Reyes devots sentiren / del Roser la gran olor, / amb l´estrella ensems partiren / per adorar lo Senyor; / y trobaren ser el ver / de Baláam la profecía, / quam vòstra Senyoría / en els bracos el Roser.

Gran délit us presentaba / vostre Fill ressuscitat, /  amb cinc roses que portava / en les mans , peus y costat, / per les quals lo Llucifer, / qui dels sants l´infèrn omplia, / fonc robat en aquest dia, / que florí lo sant Roser.

Reparada la gran èrra / d´Adám, per la mòrt cruèl, / trasplantat fou de la tèrra / el Roser a dalt el cél; / y pujant amb gran poder, / el partir no us entristia, / contemplant, com Deu rebia / amb gran goig el sant Roser.

No fou de menor estima / el goig de l´Esperit Sant, / quant vingué de l´alta cima / en vòstre Col-lègi sant / y regà aquell gran planter, / que el gran Déu s´hi elegia / per estar en compañía / del celestial Roser.

Vòstra vida ya acabada, / el major dels gòigs sentís, / com a Deu sou presentada  / triomfant al Paradis: / i Senyora us volgué fer / del gran hórt que posseïa, / col-locant-vos , com devia, / sota l´ombra del Roser. / Puix mostreu vostre poder / Fent miracles cada dia: / preserveu, Vèrge María, / els cofrares del Roser.

Existen muchas representaciones conocidas de este Santo. La más célebre es aquella donde el predicador aparece revestido con el hábito dominico, con el antebrazo derecho elevado y su índice señalando al cielo, mientras que la mano izquierda porta la Biblia; coronando el nimbo luce la filacteria con la célebre inscripción apocalíptica “Timete Deum et date Illi honorem quia venit hora Judicii”

En un mundo marcado por las guerras, las injusticias, las pandemias y las crisis ecológicas, Nuestra Señora del Rosario sigue siendo signo de esperanza y consuelo para la Iglesia. Su presencia materna recuerda san Vicente que la fe no se vive desde la evasión, sino desde la confianza activa en medio del dolor.

El Rosario que ella entrega a la orden dominicana no es un objeto mágico, sino una escuela de contemplación que enseña a mantener la mirada en Cristo, a cuidar la interioridad y a traducir la oración en gestos concretos de amor y servicio.

Esta devoción del Santo Rosario, nacida del corazón de la tradición de la Orden de Predicadores, fue confiada —según la tradición— por la misma Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para fortalecer la predicación y sostener la fe del pueblo cristiano. Desde entonces, el Rosario ha sido un camino sencillo y profundo para contemplar los misterios del Evangelio con los ojos de María, aprender de su paciencia y responder a los desafíos del mundo con esperanza y acción.

 

 

 

(5 de abril 2026)