domingo, 12 de abril de 2026

                 

SAN VICENTE FERRER,

ARTESANO DE LA PAZ

 

 

 

(Homilía, 13 abril, 2026, fiesta de san Vicente Ferrer)

 

 

Invoquemos al Resucitado para que nos de su paz.

La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia.

La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita!

En cada uno de nosotros, en cada ser humano, Jesús nos educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

El deseo de paz acompaña a la condición humana y abarca tanto lo interior como lo exterior de la persona; sin ella no hay auténtica vida personal, familiar o social. Pero, como estamos sufriendo actualmente, por desgracia los conflictos y guerras han asolado y continúan asolando la existencia del ser humano, como en Ucrania. Afortunadamente, han surgido hombres y mujeres que han buscado y trabajado por la paz y han servido de puente entre quienes estaban enfrentados y han puesto las bases para el diálogo y el entendimiento entre las partes en conflicto.

Hoy celebramos la fiesta de san Vicente Ferrer.

Si preguntáramos por qué es conocido este santo, las respuestas más probables serían por sus sermones y por sus milagros; y quizá unas pocas personas se referirían también a su implicación en la vida sociopolítica de su tiempo.

Profundicemos en la figura y mensaje de san Vicente Ferrer, y situémoslo en nuestro hoy.

Porque san Vicente Ferrer, en su tiempo, fue un trabajador incansable en favor de la Paz. Su trayectoria misionera se puede considerar también un itinerario de pacificación. San Vicente Ferrer fue un auténtico “artesano de paz”. Un artesano es alguien que realiza o fabrica algo personalmente, con sus manos, sirviéndose de herramientas comunes. No es un trabajador “en serie” que actúa de manera mecánica e impersonal, utilizando moldes y plantillas prediseñados.

San Vicente Ferrer asumió personalmente y vivió la Buena Noticia del Reino de Dios, e intentó que penetrase en todas las facetas de la sociedad de su tiempo.

Por medio de su predicación, adaptándola a sus oyentes, hizo llegar la presencia amorosa y pacificadora de Dios a todos los ámbitos de lo humano. Su principal atención la dirigió a la conversión de la gente para pacificar los corazones, como primer paso necesario para alcanzar la paz en otros ámbitos, porque la paz personal no puede separarse de la familiar, social o política.

El Evangelio no es algo que quede reservado para la intimidad de la persona. El Evangelio es una Buena Noticia que cambia a las personas y que se concreta en un nuevo modo de entender el mundo, en lo personal, familiar, social, político, económico… a partir de Jesucristo.

Y así, intervino también en cuestiones relacionadas con la vida familiar, en enfrentamientos sociales como los producidos entre dos bandos familiares en la ciudad de Valencia; en la salvaguarda de derechos de colectivos marginados, como las mujeres que querían abandonar la prostitución o los niños huérfanos… Sin olvidar los grandes problemas de los que dependía la paz política y eclesial de su tiempo.

Por eso, también participó en el Compromiso de Caspe, donde se solucionó la sucesión al trono de la Corona de Aragón, y en la resolución del Cisma de Occidente, donde san Vicente, a pesar de sentirse muy cercano a una de las partes, supo cambiar de postura por el bien y la paz de la Iglesia.

La paz, siempre pero especialmente en estos tiempos, es frágil y quebradiza. San Vicente Ferrer fue un mensajero infatigable de la paz, anunció y trabajó por la paz. Y construir la paz es también una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro tiempo, y que corresponde a su misión en el mundo.

San Vicente Ferrer es un punto de referencia para nosotros, que también estamos llamados a ser artesanos de paz en nuestros ambientes y en nuestra sociedad.

Como él, cada uno debemos interiorizar y hacer vida el Evangelio de Jesucristo, para encontrar paz en nuestro corazón y para vivir de otra manera. Como predicó san Vicente Ferrer, necesitamos volver a Dios, convertirnos a Él, porque sin Dios no es posible la convivencia ni, por tanto, la paz.

Celebrando a san Vicente Ferrer, todos debemos sentirnos corresponsables en promover la paz. Desde nuestro Bautismo, tenemos la posibilidad de ser artesanos de la paz y, en este tiempo, ser de los “bienaventurados que trabajan por la paz”, predicándola con palabras y obras en medio de un mundo con tanta violencia, destrucción y muerte.

 

 LA CRUZ, UN RECUERDO PELIGROSO

Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Los holocaustos humanos no han desaparecido. Sigue habiendo campos de concentración. Sigue habiendo infiernos como la masacre de Niza, los apuñalamientos de Würburgo, las matanzas de Siria, o Ruanda o Irak., el ataque a Suecia o las muertes en Egipto. Sigue habiendo guerras. Sigue habiendo millones de refugiados. Y millones de muertes prematuras a causa del hambre y sus secuelas. La pasión y la muerte del hombre siguen llenando la historia como un aullido interminable. La historia humana sigue teniendo su reverso. Hay vencedores y vencidos, verdugos y víctimas, crucificadores y crucificados.
Esta experiencia de la historia no se da sólo a nivel individual. Se da al nivel colectivo de los pueblos. Hay pueblos crucificadores y pueblos crucificados. Pero esto no es un destino inexorable. Es consecuencia de la libertad y de las decisiones humanas. Leído teológicamente es “el pecado estructural” que se va desfigurando y configurando en los procesos humanos.
La historia del sufrimiento humano es una memoria peligrosa. Nos desestabiliza de nuestras seguridades. Pone de manifiesto nuestros mecanismos de disculpa. Es una memoria acusadora.
La señal de la cruz, la aprendemos desde niños, de labios de nuestros padres. Es, también, una síntesis formidable de la fe cristiana. La cruz está asociada al Dios revelado. Y la revelación de Dios está vinculada al acontecimiento de la cruz. Pero hay un proceso de lectura e interpretación de la cruz que la ha ido convirtiendo en un nuevo símbolo de nuestra redención. La ha sacado de la trama histórica. Su necesidad parece impuesta desde fuera. Es el precio de un rescate, de una deuda.
A medida que la pasión se ha ido leyendo sólo como el gran acontecimiento de la gracia de Dios, la cruz ha ido perdiendo su suelo histórico. Se ha visto reducida a la dimensión de símbolo de la redención, de su carácter violento y doloroso. A medida que se ha ido teologizando, de hecho, ha perdido la trama intrahistórica de la violencia. Todo va pasando al plano intrateológico. El Crucificado muere víctima de la justicia de Dios. Es la víctima inocente de un sacrificio por los demás.
Progresivamente la cruz se vacía de Cristo. Se reduce a significar el carácter paradójico de la reconciliación del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Supone que hay una distancia y una rivalidad de Dios y el hombre. El hombre es enemigo de Dios. Lo busca por caminos torcidos. Está encorvado y tiene que enderezarse con dolor. La cruz simboliza esa dimensión costosa de la redención por parte de Cristo
Lo que acontece cuando la cruz se vacía de Cristo y pierde la perspectiva personal e histórica es que se transforma en una exaltación del dolor. La redención pierde el sentido de la relación personal. Desaparece su dimensión de acusación y denuncia. Se va reduciendo a una mística del dolor y del amor. Van quedando esos “cristos” dolientes y trágicos. Esos héroes caídos. Invitan a la admiración y a la compasión. Conmueven, pero no convierten.
En cambio, la cruz de Jesús está enraizada en la tierra y en la historia. No puede ser absorbida en la resurrección, ni en el símbolo. Constituye un recuerdo peligroso y salvador. Sigue siendo la acusadora muerte de un inocente. No nos invita a escapar de la historia. Nos sumerge en el reverso de la misma.
La pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret es el centro de los acontecimientos bíblicos. Es el tema central del Nuevo Testamento. Pero no se le puede aislar como si fuera un acontecimiento desligado de los anteriores y los siguientes. Es cierto que, por una parte, no se le puede descrucificar y transmitir la imagen de un Jesús blando o de un Jesús dulcísimo. Pero también es verdad que la cruz no es lo único de su vida. Constituye el final de una historia. No se entiende la pasión y la muerte de Jesús sin la vida y el camino que conduce hacia ella. Toda la trayectoria histórica del Mesías es una explicación de su muerte.
La pasión y la crucifixión de Jesús es la abreviatura de toda su vida. Resume y condensa su actitud y su mensaje. Es la consecuencia de una apasionada esperanza y de su praxis mesiánica. Jesús es el hombre de la gran esperanza del reino. Vive un amor apasionado por la causa de los pobres, de los excluidos, de los oprimidos y de los enfermos. Crea vida donde hay enfermedad y muerte. Confiere esperanza a las personas que no tienen nada que esperar. Es un hombre libre que contagia libertad y liberación. Por los caminos empieza a reunir la nueva familia del reino.
La muerte de Jesús de Nazaret, como la de cualquier ser humano, está ya inscrita en la encarnación. Asumir nuestra condición humana implica asumir nuestra mortalidad. Jesús muere porque nosotros morimos.
La muerte de Jesús no es indolora. No es una muerte natural por la que se van sucediendo las generaciones de la vida. No es un error, un malentendido. No es una mera casualidad histórica. Tampoco se puede atribuir sólo a la maldad o a la torpeza personal de Caifás y de Poncio Pilato.
Jesús muere una muerte específica. Muere la muerte de un condenado a muerte. No es la suya una muerte bella. Es una muerte infame. Le acontece en plena juventud como ejecución de una sentencia de pena de muerte.
El Mesías muere la pasión y la muerte de un condenado. Su pretensión y su misión no cabía en los estrechos límites de la ley. A su Dios le quedan muy pequeños los límites del judaísmo. La praxis y la palabra de Jesús desbordan las esperas. Jesús se presenta como el Mesías antimesías. Termina siendo el Mesías rechazado. El que muere en el madero es un maldito de Dios. Era evidente que Dios no estaba de su parte.
Vista con los ojos de Jesús, la crucifixión es el culmen de su identificación con los crucificados. Radicaliza y verifica su solidaridad con las víctimas. En la cruz Jesús se identifica con todos los que sufren. Es una identificación misteriosa pero real. Gustando hasta el fondo la amargura de nuestra pasión y muerte, el Mesías las trasforma. Las vive desde la absoluta confianza en el Padre. Las sufre como realización de su amor que es más fuerte que la muerte. De esta suerte el Mesías crea vida en medio de la muerte, libera del dolor en medio del dolor, libera de las cruces como crucificado.
La cruz que era signo de la maldición humana, de su esclavización, se convierte por obra del Mesías en signo de amor y de fidelidad a toda prueba, en signo de comunión con todos los que sufren. Además, la cruz de Jesús se convierte en el lugar donde se realiza la liberación definitiva de los hombres. En la muerte de cruz Jesús hace surgir la vida; en el fracaso y la desesperanza hace surgir el nuevo comienzo y la esperanza. De esta manera Jesús crucificado recupera totalmente la existencia humana

sábado, 28 de marzo de 2026

 

SEMANA SANTA:

UN MENSAJE, UNA CELEBRACIÓN

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La Semana Santa es fracaso y fiesta. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se convierte en pórtico de la Pasión y Muerte más duras e injustas de la historia. Jesús, el Hijo de Dios, obediente al Padre hasta el límite, y veraz hasta ser la Verdad misma, es condenado por blasfemo. La última reunión de Cristo con sus discípulos, amigos y confidentes, durante la tarde del Jueves Santo, fue escenario de los gestos inolvidables de amor de Jesús, y de la manifestación de la dureza del alma de Judas. Cristo, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”, les lavó los pies y les dio a comer su propio Cuerpo sacramentado. Judas, después de presenciar estas expresiones, decide abandonar la reunión con el Señor para dar cauce definitivo a su desamor hasta con sumar la traición más destacada en la historia. La entrega máxima de Jesús, que da su vida en la Cruz por el perdón de nuestras propias torpezas y pecados, es vituperada por los que se burlaban del Crucificado porque había curado enfermos y resucitados muertos y no era capaz de liberarse del patíbulo mortal. Las palabras con que Jesús vencía toda oscuridad humana y sublimaba su trayectoria terrena diciendo “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” fueron seguidas por la desbandada atemorizada de muchísimos seguidores. El cumplimiento del anuncio con que el Señor hablaba de su muerte y sepultura como trance previo a la Resurrección gloriosa, fue motivo de que muchos desconfiaran de ese final feliz.

No cabe duda, pues, de que la trayectoria aparente del Maestro, del Señor, del taumaturgo, del Hijo de Dios, del Mesías, reunió todas las características de un fracaso total a ojos humanos. Sin embargo, la realidad habla de un triunfo definitivo. El Hijo de Dios hecho hombre, que se encarnó en las entrañas de la Santísima Virgen María, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin. El fracaso aparente, destruido por la Victoria real y definitiva, se convierte en motivo del gozo más positivo y profundo y duradero para los que creemos en Cristo Jesús. Ésa es la razón de que la Iglesia celebre, con dimensión auténticamente sagrada y festiva, el curso de la Pasión, Muerte y Resurrección del Mesías, salvador del mundo. Este es el motivo de que la Semana Santa ocupa, desde el comienzo de la Iglesia, el centro del año cristiano. Una celebración: El mundo se conmueve, las calles se transforman, el Misterio que nos trasciende se familiariza con la inmanencia de una sociedad abocada a lo inmediato. Un hombre nos manifiesta a Dios porque es, a la vez, el Hijo amado del Padre que ha tomado nuestra carne para hablarnos del cielo en nuestro propio lenguaje. Dios viene a redimirnos asumiendo nuestra humanidad de pecado hasta clavarla, vencida para siempre, en la misma Cruz donde se entregó por amor. La Resurrección rompe la cerca de un mundo reducido por el hombre, y ofrece al hombre la vida por la que su corazón, aun inconscientemente, ha suspirado siempre. Dios ha devuelto al hombre su condición divina. El hombre ha podido reconocer el amor de Dios en la cercanía solidaria y doliente de Cristo, el hombre Dios, el Salvador del mundo. La Semana Santa es la celebración del Misterio de Cristo: Dios hecho hombre para que el hombre pudiera alcanzar su plenitud en Dios. La Semana Santa es la celebración del misterio del hombre: abocado al pecado por la concupiscencia y, a la vez, admirado ante el gesto infinito del amor divino; ese gesto de entrega por el que Jesús de Nazaret carga con nuestra miseria y cambia la suerte a la que nos sometió el pecado en promesa de la Vida que podemos alcanzar con su Gracia. La Semana Santa recuerda a los creyentes nuestra grave contradicción: la persona y la sociedad empeñados en el egoísmo, y, a la vez, enternecidos ante la Pasión y muerte de quien ha optado por la obediencia incondicional mediante la que se vuelca en favor nuestro con total generosidad y con el más ejemplar desprendimiento. Vivamos la Semana Santa como la ocasión que Dios nos brinda gratuitamente para contemplar el Amor de Dios al hombre; como la oportunidad para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, el camino para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, no sólo el camino hacia el amor, sino la razón de nuestra esperanza en la vida eterna: Dios cumple aquello que promete.

jueves, 26 de marzo de 2026

 

TOCAR EL MANTO DE JESÚS

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

En muchas ocasiones en los círculos de curas pastoralistas se comenta que el mundo de la religiosidad popular, las cofradías, la Semana Santa… es un mundo pastoralmente perdido, o que, al menos, no merece la pena tomárselo muy en serio.

¿Razones? Porque parece que el mundo de la religiosidad popular se centra solo en lo exterior, en lo aparente... Porque parece que la religiosidad popular tiene un fuerte contenido sentimental, el cual muy a menudo es desechado, porque parece que no sirve para nada… Porque parece que los cofrades no tienen fe, o tienen una fe muy débil, o no están comprometidos en las parroquias... Y así podríamos continuar con otras muchas razones que son bien conocidas por los sacerdotes y por todos aquellos que se mueven en el mundo de la religiosidad popular.

Pues bien, yo también era uno de esos curas de los que pensaba que la religiosidad popular no tenía mucha enjundia. Pero hete aquí que con el paso del tiempo las personas cambiamos.

Estamos buscando métodos para acercarnos a la gente, métodos para la nueva evangelización, puntos en común con nuestros fieles y con la sociedad en la que vivimos, y a veces nos olvidamos de aquellas plataformas que ya están creadas y que durante muchos siglos han tenido su función. Creamos unas tuberías muy buenas pensando que por ahí va a pasar el agua (y muchas veces no es así) y nos olvidamos de todos los charcos, ríos y viejas tuberías por donde sigue corriendo el agua, quizá no el tipo de agua que nosotros quisiéramos, quizá no de la manera que a nosotros nos gustaría... pero sigue siendo agua.

A menudo nos lamentamos y criticamos que el mundo cofrade y la religiosidad popular hace esto y lo otro. Pero ahora, --siendo un poco conocedor de la religiosidad popular, de nuestra Iglesia diocesana–, me parece de todo punto injusto hacerlo, ya que como pastores nosotros, en muchas ocasiones, no hemos tenido la dedicación, ni el tiempo, ni las energías… que esta realidad merece.

Juan Pablo II nos recordaba que “la religiosidad popular no puede ser ni ignorada, ni tratada con indiferencia ni desprecio, porque es rica en valores, y ya de por sí expresa la relación religiosa frente a Dios. Pero tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, a fin de que la fe que expresa se convierta en un acto siempre más maduro y auténtico”. Pensamos que los ejercicios de piedad del pueblo cristiano, --procesiones pasionales o de gloria, fiestas patronales-- como otras formas de devoción popular, son acogidas y recomendadas mientras no sustituyan ni se mezclen en la celebración litúrgica. Una auténtica pastoral litúrgica sabrá apoyarse sobre la riqueza de la religiosidad popular, purificarla y orientarla hacia la liturgia como ofrenda del pueblo.

La religiosidad popular engloba una gran experiencia religiosa básica contenida en los símbolos y las narraciones del pueblo de Dios; se trata de la mística de los sencillos, de la fe del pueblo, y no simple explanación del desarrollo histórico de la doctrina. En cierto modo podemos decir que la religiosidad popular es fuente de reflexión teológica. Merece nuestra atención.

Y la merece porque es de nuestros fieles. Y la merece porque el centro de la religiosidad popular, con muchas sombras como pasa en otros sectores de nuestra pastoral (padres, novios, niños...), intenta ser el Señor quien actúa. Y la merece porque en nuestra Iglesia, se ha apostado por acompañar a los cristianos que viven esa religiosidad popular que tan importante es para tantos y tantos de nuestros fieles.

Entiendo que es un gran desafío pastoral, pero por eso mismo merece la pena. Ignoramos los frutos que puede dar, como asimismo las dificultades que se puede uno encontrar en el camino. Pero esto nunca ha sido obstáculo para la Iglesia –al menos para intentarlo–, empeñada siempre en buscar lo mejor para sus hijos (otra cosa es que a veces no se haya acertado en las maneras y las personas).

Como pastores no podemos permitirnos tirar la toalla. Estamos llamados a ver más allá de las apariencias, como hizo Jesús con la hemorroísa. Para esta, el manto de Jesús era su última oportunidad. Aunque quizá nunca lo hubiera escuchado en su predicación, aunque quizá nunca le hubiera seguido por los caminos, se aferró a él, al manto, como extensión de Jesús mismo, porque intuía que tocando el manto, podía acceder a la fuente no solo de la salud, sino de la salvación.

 

lunes, 23 de marzo de 2026

 ORACIÓN POR LOS INMIGRANTES MUERTOS EN EL MAR

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

 

 

Señor Dios nuestro:

Que no nos habituemos

al sufrimiento y dolor de nuestros hermanos.

Que no nos olvidemos

de la experiencia del llorar ante la muerte

por tantos subsaharianos con sus esperanzas rotas por la mar.

Te pedimos,

que nos des comprensión, acogida y solidaridad

con aquellos que buscan

un futuro mejor para sus vidas

y encontraron por los caminos del mar la muerte.

Señor Padre de todos los hombres:

Vemos clavada la Cruz de tu Hijo Jesucristo

en nuestros corazones como una espina,

por tantos hermanos nuestros inmigrantes

muertos en el mar,

desde esas barcazas,

que en lugar de ser una vía de esperanza

fueron una vía de muerte.

Deseamos poner sus vidas en tus manos,

oh, Dios misericordioso,

Dios de la luz y de la paz.

Te pedimos por todos los inmigrantes,

fallecidos trágicamente en su intento,

de acceder a una mejor vida en una nueva tierra.

Te presentamos el grito de tantos hombres,

mujeres, jóvenes y niños

que en la desesperación de la tragedia

enterraron sus sueños y sus esperanzas

en los trayectos migratorios.

Llenos de confianza te rogamos

para que tu luz perpetua los ilumine

siempre y para que encuentren la paz eterna en tu presencia.

Te pedimos también por sus familias.

Que tu amor los acompañe y los consuele en su dolor.

Y derrama sobre todos nosotros

la gracia y la fortaleza de tu Espíritu Santo,

para que sepamos construir un mundo de fraternidad y justicia,

sin exclusión de nadie.

A ti Madre María, estrella de los mares, consuelo de los afligidos

Te pedimos amparo, socorro y serenidad

para obtener felicidad y dicha

para todos los que cada día afrontan los peligros del mar

para garantizar a sus familias el sustento necesario para la vida.

Que los migrantes e itinerantes,

encuentren con nosotros y nuestros pueblos

una semilla de nuevos lazos fraternales

y una aurora de un mundo de paz.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

 

(28 de agosto de 2016)

lunes, 16 de marzo de 2026

 Contemplemos al Crucificado

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar.

La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda.

Desde aquí proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y

escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.

“No habiendo podido encontrar remedio a la muerte, a la miseria, a la ignorancia, los hombres para ser felices han tomado la decisión de no pensar en ello”, decía Pascal en los albores de la ilustración.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre

se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad. El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Recuerdo cómo leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la cruz a través de los ojos de Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz). Esta joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía: “Mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa cruz asumida libremente muestra

el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre.

La cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto.

La Cruz es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una cruz amándonos

 

EL CRISTO DE LA PALMA ILUMINA NUESTRA FE

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Presidente de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular.

 

 

En el evangelio de Lucas encontramos la narración de la experiencia pascual de los discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas: “Que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc 24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.

La sagrada imagen del Cristo de la Palma, un Cristo Crucificado y muerto, ha iluminado la vida de fe de los fieles de esta Hermandad, y de tantas personas que llegan a contemplar la bella imagen guiados por la luz de la fe, que descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos.

Esta hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden, peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de la vida.

Por medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado; para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34). El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10; cf. Jn 19,37).

El hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.

Es el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza, transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora. Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador, porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido “rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).

La devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos.

Cristo ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la Eucaristía. Es allí donde el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el pan de la vida.