martes, 25 de noviembre de 2025

 

 

SAN MATEO: DE PECADOR A APÓSTOL Y EVANGELIZADOR

 

 

En el corazón del Evangelio palpita siempre una historia de encuentro, de conversión y de gracia. Ninguna muestra mejor esa fuerza transformadora que la de San Mateo, también llamado Leví, recaudador de impuestos, hombre público y, según la mentalidad de su tiempo, pecador sin remedio. Sin embargo, fue precisamente a él —no a los piadosos ni a los “perfectos”— a quien Cristo dirigió su mirada y su palabra liberadora: “Sígueme” (Mt 9,9).

En ese breve imperativo se encierra toda una teología de la gracia: el amor de Dios que se adelanta, que busca y transforma. San Mateo nos recuerda que la conversión no es mérito humano, sino don divino que nos levanta del polvo para hacernos discípulos.

Esta reflexión propone contemplar ese paso de Mateo —del pecado al seguimiento, de la codicia a la caridad— como signo de esperanza para todo cristiano llamado hoy a renovar su corazón, a dejarse mirar por Jesús y a anunciar su misericordia al mundo.

 

El Evangelio de Mateo nos dice escuetamente: “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Y él se levantó y lo siguió” (Mt 9,9).

Detrás de esa simplicidad narrativa se esconde un misterio profundo: la mirada de Cristo que despierta el alma dormida. Mateo no se levanta por un esfuerzo moral, sino porque ha sido tocado por la gracia. La iniciativa no parte del hombre, sino de Dios, que “nos amó primero” (1 Jn 4,19).

Los Padres de la Iglesia comprendieron bien este dinamismo. San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre Mateo, comenta: “Cristo no se avergüenza de llamar al publicano, para mostrarnos que no hay pecado que pueda vencer su amor.”

Así, la conversión de Mateo es símbolo de la potencia de la gracia divina que no destruye la naturaleza, sino que la sana y la eleva. Como enseña Santo Tomás de Aquino, “la gracia no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona” (S.Th. I-II, q. 109, a. 1).

El recaudador de impuestos no dejó de ser hombre de números y escritura; esas mismas capacidades, redimidas, las pondrá al servicio del Evangelio.

El Magisterio de la Iglesia reafirma que la llamada del Señor nunca deja al discípulo igual. Juan Pablo II, en “Evangelica testificatio”, recordaba: “La llamada del Señor es siempre una fuerza transformadora que introduce en el corazón del hombre una novedad de vida.” (n. 23)

En Mateo descubrimos que la gracia no solo perdona el pasado, sino que abre un futuro nuevo. Convertirse es levantarse y ponerse en camino.

 

Mateo, transformado por el encuentro con Jesús, no se encierra en un retiro de arrepentimiento. Al contrario, su casa se convierte en lugar de misión: “Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores acudieron a comer con Él” (Mt 9,10). La conversión auténtica no aísla, sino que contagia. Quien ha experimentado la misericordia desea comunicarla. El antiguo recaudador se convierte en evangelista.

Según la tradición, Mateo escribió su Evangelio para los cristianos de origen judío, mostrando que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Orígenes afirma en su Comentario al Evangelio de Mateo: “Mateo quiso mostrar que el Evangelio no destruye la Ley, sino que la lleva a su plenitud en Cristo.”

Así, su vida y su obra expresan dos dimensiones inseparables del discipulado cristiano: pertenecer a Cristo y anunciarlo a los demás. El papa Benedicto XVI lo subrayó con belleza: “En la figura de Mateo se nos revela que los que parecen más alejados pueden convertirse en testigos luminosos de la misericordia divina.” (Audiencia general, 30 de agosto de 2006).

También autores contemporáneos como Scott Hahn o Edward Sri, dentro de la teología bíblica, insisten en este punto destacando que san Mateo es el testimonio vivo de que Dios puede llamar incluso en los ambientes más oscuros, allí donde la religiosidad superficial o la indiferencia parecen dominar.

Evangelizar, en Mateo, no es una tarea añadida: es la consecuencia natural de haber sido amado y perdonado. El pecador redimido se convierte en misionero.

El testimonio de Mateo sigue siendo actual. Su figura interpela a quienes piensan que su pasado los descalifica, a los que se sienten indignos de acercarse a Dios o inútiles para su obra. En él resuena la verdad de las palabras del papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.” (Evangelii Gaudium, 3)

La conversión de Mateo no fue un momento puntual, sino una fidelidad cotidiana. Seguir a Cristo implicó para él aprender cada día a dejar atrás el egoísmo, a vivir en pobreza, a confiar, a servir. Su Evangelio se ha convertido en una escuela permanente de discipulado: es el texto más litúrgico, más eclesial, más orientado a la práctica del seguimiento. Como afirma Santo Tomás, “la fe sin obras está muerta, pero la fe viva actúa por la caridad” (S. Th. II-II, q. 4, a. 7).

En tiempos de nueva evangelización, san Mateo nos enseña que el anuncio del Evangelio nace de un corazón convertido, no de estrategias o campañas. El misionero es, ante todo, un testigo de la misericordia recibida. Por eso, la Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de peregrinos en proceso de conversión, que anuncian desde su fragilidad la fuerza de la gracia.

La historia de san Mateo no es un simple episodio del pasado, sino una parábola viva del poder transformador de la gracia. De recaudador a apóstol; de hombre de cuentas a hombre del Evangelio. En su vida se cumplen las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

También hoy, Cristo pasa junto a nuestras “mesas de impuestos”: nuestros trabajos, nuestras rutinas, nuestros pecados y cansancios. Su voz sigue diciendo: “Sígueme”. Responder a esa llamada es entrar en una historia nueva, dejar que la misericordia reconstruya lo que parecía perdido.

Que san Mateo Apóstol y Evangelista nos inspire a levantarnos y seguir a Cristo con la alegría de los redimidos; a ser testigos creíbles de su perdón; y a vivir con la certeza de que ningún pasado es obstáculo para la gracia de Dios, cuando el corazón se deja mirar por su amo.

 

(21 septiembre 2025)

 

HOMILIA FIESTA DE NTRA. SEÑORA DEL CARMEN

 

Lecturas:

Proverbios 8, 22-31;

Gálatas 4, 4-7;

Juan 2, 1-11

 

1. Alegres y con traje de fiesta estamos reunidos en torno al altar, porque queremos alabar y bendecir a nuestro Dios por haber hecho tan grande, tan santa y tan guapa a la mujer que es su Madre y también nuestra, y porque queremos honrarla y venerarla con todo el corazón, bajo la advocación de Nuestra Sra. del Carmen, Patrona de nuestro pueblo.

2. La advocación Virgen del Carménanos conecta con el monte Carmelo en Israel. Se trata de una cordillera sobre el Mediterráneo que tiene 26 Kms, de largo, 7 Kms, de ancho, y 550 m, en su parte más alta. En sus faldas existen muchas cuevas naturales, en lasque vivían los eremitas, entre ellos, el gran profeta Elías, que vivió nueve siglos antes del nacimiento de Cristo. En tiempos del profeta, hubo una sequía que duró tres años seguidos con lo que eso llevaba consigo de miseria para el pueblo judío.

Postrado en tierra, en la falda del monte Carmelo, Elías oró fervientemente al Señor, para que viniera la lluvia. Al terminar su oración, mandó a su criado que subiera a la parte que da al mar para comprobar si venía la lluvia. El criado informó al profeta: una nube...como la palma de la mano de un hombre sube del mar. Poco después, la lluvia llegó y desapareció

La sequía. Según una tradición, esa nubecilla era símbolo de la Virgen, detrás de la cual, vino Cristo con la lluvia de la gracia.

3. Inspirándose en el espíritu de Elías, un grupo de devotos de Tierra Santa, procedentes de Occidente, se estableció en el Carmelo, antes del siglo XI, para hacer oración y penitencia. Movidos por su gran amor a la Virgen, la escogieron como Patrona y construyeron el primer templo del Carmelo en su honor. A causa de la persecución musulmana, algunos huyeron a Europa y, de ellos, surgió la Orden Carmelita.

Y fue el año 1246, cuando eligieron como general de la Orden al que sería san Simón Stock, el cual vio que, sin una intervención de la Virgen, la Orden desaparecería pronto. Para que esto no ocurriera, recurrió a María y puso la Orden bajo su protección, llamándola en so oración Flor del Carmelo y Estrella del Mar.

En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251, se le apareció la Santísima Virgen y le dio el escapulario con esta promesa: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno.

Aunque, en principio, el escapulario era para los carmelitas, la Iglesia lo extendió a todos los católicos. El mismo p apa Juan  Pablo II manifestó en una ocasión: también yo llevo mi escapulario desde hace mucho tiempo.

4. Al rememorar la historia del la Virgen del Carmen dándonos el escapulario y, al estar celebrándola como Patrona de nuestro pueblo, todos, por amor a la Virgen del Carmen, podíamos sacar éstos o parecidos compromisos:

En primer lugar, alabar a Dios y darle gracias por haber hecho tan grande y tan santa a la Virgen, Virgen del Carmen, teniendo en cuenta estas frases del Evangelio:

· Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderosa hecho obras grandes por mí.

· Bendita tú entre todas las mujeres.

· Bienaventurada tú que has creído

Con gozo, con fuerza y con entusiasmo le decimos a la Virgen del Carmen para gloria de Dios: ¡Bendita, bienaventurada, dichosa tú que creíste y, por eso, el que lo puede todo hizo en ti cosas grandes por encima de todas la mujeres!

Pero, como no nos conformamos con ensalzarla, nos comprometemos, además, a amarla entrañablemente, más que en este año que ha pasado. Amor que intentaremos que se traduzca en...

· Procurar ser todo de la Virgen. Como Juan Pablo II, totus tuus.

· Imitarla en sus virtudes. Hemos de tener a gala el parecernos a nuestra Madre del cielo.

· Acudir a Ella con confianza, como San Simón Stock, y como enseña san Bernardo: Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, invoca a María

Si la ira, la avaricia, el placer carnal arrastra con violencia la barquilla de tu alma, mira a María

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María...Si te tiene de su mano, no caerás. Por último, aceptar y cumplir su invitación: haced lo que Él os diga.

El escapulario y su promesa no son una protección mágica, ni una dispensa de las exigencias del Evangelio.

Son, más bien, un compromiso de hacer siempre y en todo lo que Jesús nos enseñó y nos manda.

La Virgen del Carmen y el mismo escapulario nos piden una mayor exigencia en el modo de vivir la vida cristiana

5. A la Virgen del Carmen le decimos cada uno:

Madre del Carmelo:

A tus manos ponemos nuestras plegarias: acógelas.

Tenemos mil dificultades: ayúdanos.

De los enemigos del alma: sálvanos.

En nuestros desaciertos: ilumínanos.

En nuestras dudas y penas: confórtanos.

En nuestras enfermedades: fortalécenos.

Cuando nos desprecien por ser fieles a tu Hijo: anímanos.

En las tentaciones: defiéndenos.

En horas difíciles: consuélanos.

Con tu corazón maternal: ámanos.

Con tu inmenso poder: protégenos.

Y en tus brazos al expirar: recíbenos.

Virgen del Carmen, ruega por nosotros

Ahora y en la hora nuestra muerte.

Amén

 

domingo, 5 de octubre de 2025

 

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar. La Cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la Cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda. Esto es totalmente cierto, pero no queremos detenernos en esta contemplación del Crucificado, al menos por ahora.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La Cruz como necedad y escándalo. En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la Cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la Resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la Cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la Cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la Cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad.

El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la Cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Si extendemos nuestra mirada a este universo que antaño se creía eterno e infinito vemos que lleva en sí la marca de la Cruz como aquella señal de la que Caín nunca pudo desprenderse. La señal de la caducidad. Toda la realidad es tu morada, si se me permite el neologismo, por la nada, su devenir es consumirse a sí misma, acabar, perecer, morir. Engels, el gran colaborador de Marx, pensaba erróneamente en la eternidad de la materia. Pura ilusión, fue necesaria la ciencia de finales del siglo XIX y del siglo XX, para mostrar lo vano de este planteamiento. Cuando el gran crítico del cristianismo Bertrand Russell tuvo conciencia de las implicaciones filosóficas de los desarrollos últimos de la física, cayó en un profundo vacío existencial. Nada permanecería, lo único eterno era la muerte. Anticipándose “al de más” sartriano nos cuenta como toda la realidad empezó a tambalearse bajo sus pies, el valor de todo el universo era el mismo que el de una estrella fugaz que se apaga en un instante. Todo se consumiría en su propia nada. Con el agravante de que no quedaría ninguna inteligencia que pudiera contemplar el último gesto de agonía del universo. Todo lo material tiene clavada la espina de la parca, y si la realidad del espíritu no es más que una ilusión, o a lo sumo una vaga sombra, nada puede escapar a la corrupción.

Qué decir de la vida, una vida que evoluciona a costa de una enorme cantidad de dolor y muerte. Una vida que aparece como un lugar de agonía. Como escribe Holmes Rolston: “La naturaleza es aleatoria, ciega, catastrófica, derrochadora, indiferente, egoísta, cruel, llena de sufrimiento y, en último término, muerte”. San Pablo contemplaba esta realidad y reflexionando sobre ella decía “que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente”. Es cierto que, desde lo que suponía la resurrección del Señor, la veía como una parturienta esforzándose por dar a luz la nueva creación pues también sería liberada de la servidumbre de la corrupción, algo que nosotros no nos permitimos vislumbrar todavía. El mundo natural se nos presenta como cruciforme y su proceso evolutivo como un vía crucis.

Ahora miremos el aspecto cruciforme de hombre. Invito a contemplar el cuadro Angelus Novus de Paul Klee. A la acuarela de Klee llegué por un texto de Walter Benjamin, él la consideraba una metáfora de la historia, especialmente de los dramáticos tiempos que le tocó vivir. Es el ángel de la historia que tiene un ojo fijo en el pasado. Es el ángel asustado, aterrorizado, que contempla esa historia que se va construyendo ruina tras ruina y a cuya espalda se alza el futuro ignoto. Sus alas desplegadas por el impetuoso viento le arrastran de modo inexorable. Al final él se liberó de su propia historia al suicidarse en Port-Bou antes de caer en manos nazis, “Sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie” había escrito. La historia del hombre ha sido y es una historia marcada por el dolor, la limitación, el sufrimiento y la Cruz.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la Cruz. Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la Cruz), aquella joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía:“mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una Cruz. Porque la Cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa Cruz asumida libremente muestra el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre. La Cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto. Es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una Cruz amándonos.

Siendo así que en la historia de la salvación se nos ha ido desvelando un Dios misericordioso, es en la historia de Jesús donde esta revelación adquiere una profundidad insospechada más allá de toda lógica humana. Israel en su  propia historia fue descubriendo que la misericordia no era una realidad abstracta. En la historia de Jesús esto adquiere proporciones abisales, incomprensibles. Aquí se hace añicos toda la lógica racional y se desvela una extraña lógica que nos habla de un abismo de amor que nos desborda totalmente.

 “Todo comenzó con un encuentro”, según la frase elocuente de Schillebeeckx. El recuerdo de su enseñanza y su trato con la gente, transmitida por los discípulos y conservado por las comunidades que creyeron en Él, quedó escrito en forma de diversos evangelios, éstos presentan un fascinante retrato de una persona vibrante, apasionadamente enamorada de Dios, que acentuaba el cuidado que Dios dispensaba a todos. A la luz de la Pascua, los discípulos comenzaron a entender que Jesús había corporeizado  los modos de ese reinado de un modo intensamente original. Como sostuvo Gregersten,  la interpretación estaba clara: “ si éste es Dios, así es Dios”. Su historia inscribe en el tiempo la revelación del corazón de Dios. La vida de Jesús fue un despliegue de amor y de misericordia frente a la miseria humana, con todos aquellos que tenían necesidad de amor y compasión, de sostén y de ayuda, de comprensión y perdón, lo que le llevó a enfrentarse a la estrecha y hostil mentalidad ambiente con tal de hacer el bien y sanar. Aquellos hombres comprendieron que la sabiduría de Dios en Jesús había venido hasta nosotros, que en adelante la gloria de Dios no podía ser vista junto a la carne ni a través de la carne, sino en la carne y en ningún otro lugar . “El clímax de la historia de la salvación, nos dirá Rahner, no es la separación del ser humano en cuanto espíritu respecto a la tierra para llegar a Dios, sino el descenso de Dios al mundo y su irreversible entrada en él, el advenimiento del logos divino a la materia, de modo que esta se convierte en una realidad permanente en Dios”.

 

domingo, 15 de junio de 2025

 

EL CORPUS: MISTERIO, MEMORIA Y PRESENCIA

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

En nuestro tiempo la fiesta del Corpus Christi, con su procesión por las calles de pueblos y ciudades, es la de mayor significado público y se convierte en referencia de las demás fiestas populares de nuestra cultura cristiana.

Los orígenes de la celebración del Corpus Christi se remontan al siglo XIII, y hay que situarlo en el contexto de las heterodoxias y las polémicas religiosas que se produjeron en aquella época. En este tiempo aparecieron pensadores, como Berengario de Tours, que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Coincidiendo con todo esto, ocurrieron una serie de sucesos que contribuirán al establecimiento de esta fiesta. Uno de ellos fue las revelaciones eucarísticas de Santa Juliana de Retina, priora de un monasterio cercano a Lieja. Otro suceso fue el milagro de las formas de Bolsena, así como el milagro de los Corporales de Daroca (milagro en el que las hostias se habían convertido en auténtica carne y no se podían separar de los corporales o tela litúrgica que los envolvía, debido a la sangre coagulada).

Los corporales se llevaron a Urbano IV, quien estimulado por esto y consciente de la necesidad de combatir eficazmente la herejía de Berengario, estableció en 1264 la fiesta del Corpus Christi en toda la Iglesia. Clemente V la confirmó en 1311, y desde entonces se difundió por todo el mundo católico.

La celebración de la solemnidad litúrgica del Corpus Christi en nuestra ciudad de Valencia se remonta al siglo XIII, aunque la procesión eucarística fue introducida el año 1355 por el obispo Hugo de Fenollet (1348-1356), que convirtió a Valencia en la segunda ciudad de España, después de Barcelona, donde se celebró la fiesta.

Los jurados de la ciudad invitaron al pueblo a engalanar las calles y tomar parte en una procesión general, en la que el Santísimo Sacramento fuera manifestado en el expositor-custodia, hoy una de las más grandes del mundo, por las calles de la ciudad.

Se trata de un precioso relicario que contiene y muestra al Señor de la historia, al Dios que está aquí, como canta el pueblo cristiano. Se puede contemplar con cuánto esmero se prepara el paso del Señor por nuestras calles y plazas, expresión y grito de un deseo: “Quédate con nosotros Señor, ven a nuestras casas y a nuestras vidas”. Y se tejen alfombras, que son signo del amor de un pueblo.

Toda la procesión del Corpus Christi es una gigante catequesis sobre la Eucaristía a través de las “Rocas” o carros triunfales donde se representan misterios bíblicos. Estas representaciones, podemos calificarlas como una especie de autos sacramentales denominados “misteris”. A ello hay que añadirle los personajes bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

El Corpus Christi es una fiesta eminentemente religiosa y toda ella es una exaltación universal del Santísimo Sacramento. Lógicamente, el Corpus Christi celebra el sacramento por excelencia, es decir la Eucaristía, la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas del pan y del vino, que fue un dogma insistentemente combatido por los protestantes y otros grupos.

Todas las artes, desde las plásticas a las literarias, pasando por la música, que se desarrollan en torno a la procesión del Corpus Christi, tienen por objeto la exaltación y defensa del Sacramento. Existe también un significado de carácter teológico que se deriva de la contraposición de unas figuras que representan los siete pecados capitales y la virtud. La “Moma”, que representa la virtud, y es el personaje central de la fiesta que vestida de blanco danza luchando contra los “Momos”, o los siete pecados capitales, triunfando sobre éstos con la Eucaristía (alojada en la custodia), y que es la gran vencedora de este combate.

Este misterio del Corpus Christi es para nosotros memoria. Doce hombres alrededor de la mesa y Él en medio de ellos, las mujeres les sirven, y cuidan de que nada falte y en todo se cumpla el ritual de la Pascua. Como cada año celebran la memoria del paso del Señor, su presencia que liberó al pueblo de la opresión egipcia. Todo se desenvuelve con naturalidad, han comido, han rezado; sin embargo, en el ambiente se respira cierta inquietud, algo pasa y hace distinta esta noche del resto. La mirada de Jesús, los ojos de los apóstoles puestos en Él. Sobre la mesa hay pan, es pan ázimo, el pan de la prisa. Ahora el Maestro toma ese pan, lo bendice, da gracias a Dios con la palabras rituales; sin embargo, dice unas palabras desconcertantes, no lo entienden. “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros”. Todos miran, ninguno se atreve a preguntar qué significa esto. Y lo mismo hace con la copa llena de vino: “Tomad y bebed, esta es mi sangre que se derrama por vosotros y por muchos, la sangre de la nueva alianza para el perdón de los pecados”. Los Doce siguen sin comprender. Estas palabras sólo encontrarán la luz al cumplirse existencialmente en la pasión, muerte y resurrección del Señor.

El Corpus Christi es misterio de presencia. Impresiona la presencia de Jesucristo, saber que está ahí verdadera y realmente. Que le podemos mirar, que le podemos hablar, que le podemos gustar. Saber que está ahí, en las especies eucarísticas para nosotros que se queda en el Sagrario. ¡Qué bueno eres, Señor, que en silencio nos esperas, que estás aguardando con paciencia infinita a que vengamos a ti!  Cómo tenemos que agradecerte que desde niño nos enseñaron que en la Eucaristía estás Tú presente.

Señor, toca los corazones de los padres, de las familias, para que transmitan a sus hijos esta verdad tan hermosa; que nuestros niños aprendan que en la Eucaristía estás Tú; que los catequistas sepan anunciar esta buena noticia de tu presencia, que te muestren íntegro, sin recortes, a Ti verdadero Dios y verdadero hombre escondido en las especies eucarísticas del pan y del vino, como cantamos en el himno eucarístico: “Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad”.

La Eucaristía, pan de vida, partido y repartido para la vida del mundo. La Eucaristía es banquete donde Cristo se nos da en alimento. En Él y por Él vivimos. En la mesa eucarística hay sitio para todos, es una mesa que se extiende por todo el mundo, en ella se parte el pan de la fraternidad y se da el cáliz de la salvación. El cuerpo del Señor se reparte entre todos. El pan de Cristo que es su cuerpo es la vida del mundo, por eso quien come de su carne y bebe de su sangre vive para siempre.

Nos encontramos, pues, ante un misterio sublime y altísimo, por el que Dios se hace cercano y se comunica sin medida. Es, a la vez, el fundamento único de unas auténticas relaciones de fraternidad entre los hombres. Sin esta referencia a lo sublime y misterioso, todo se reduciría a un pintoresco folklore de participación popular en una vivencia lúcida y festiva. Sin Él todo se reduciría a unas fiestas de indudable valor cultural y celebrativo, a las que se les habría quitado el soporte y la base.

 

 

 

 

 

 

LAS “COFRADÍAS” REFLEJO DE LA VIDA EUCARÍSTICA

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

La historia del cristianismo nos habla de la interpretación del sentido del Sacramento. Las confrontaciones de carácter metafísico afectaron a diversos matices, como a la verdadera materia de las especies una vez consagradas, a las palabras adecuadas que el oficiante debía pronunciar durante la consagración, al valor espiritual y devocional de la celebración o al carácter sacrificial inherente a la eucaristía.

San Ambrosio de Milán contribuyó a establecer algunos de los principios fundamentales: “Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; en cuanto sobreviene la consagración, de pan pasa a ser carne de Cristo”. Se trata de una premisa relativa a la presencia efectiva de Cristo en las especies consagradas, en la que reside la esencia de la veneración que ha de recibir la Sagrada Forma por parte de los fieles, y que ha sido ampliamente cuestionada por algunos.

Berengario de Tours fue una de las voces discordantes que más repercusión tuvieron en plena Edad Media, al manifestar su oposición a la doctrina de la transustanciación, por la cual el pan y el vino se transforman, total y absolutamente, en el cuerpo y la sangre de Cristo tras la consagración del sacerdote. Interpretaba la eucaristía como un acto simbólico, pero rechazaba la presencia de Cristo en ella. La consecuencia inmediata, después de que fuese condenada la ideología en el concilio de Burdeos en el año 1080, fue un auge del culto y la adoración eucarística en todo el Occidente cristiano.

Las creencias albigenses o cátaras difundidas por Europa entre los siglos XI y XIII, seguían una interpretación similar a la de Berengario en cuanto a la negación de que Cristo se manifestara en las especies, por considerar su existencia, únicamente, bajo el sentido simbólico. Por su parte, el francés Pedro Valdo, iniciador del llamado movimiento valdense, consideraba que la importancia de la administración eucarística radicaba en la bendición que el sacerdote imponía sobre el pan y el vino que se habrían de recibir, sin aceptar la presencia efectiva de Cristo en ellos.

Estas corrientes, algunas de las más destacadas entre aquellas que se alzaron en contra de los principios establecidos por la Iglesia durante los siglos centrales de la Edad Media, fueron condenadas y sirvieron, a su vez, para reforzar los decretos y valores eucarísticos. Esto ocurrió especialmente a partir del siglo XIII, periodo que supuso el punto de partida de un fenómeno devocional que afectaría profundamente a la espiritualidad cristiana. Trascendería hasta convertirse en una causa de organización social mediante las congregaciones devocionales y en uno de los principales motivos de creación artística durante toda la Edad Moderna, como una vía de la exaltación salvífica de la fe católica a través del Sacramento.

El IV Concilio de Letrán, celebrado en el año 1215, fue el primero de los grandes acontecimientos del siglo vinculados al crecimiento de la devoción eucarística, al declarar la transustanciación como dogma. Pocas décadas después, santo Tomás de Aquino, en su Tratado de los Sacramentos, contenido en la tercera parte de la Suma Teológica, amplió las definiciones y atendió a cada una de sus cláusulas. Asimismo, el dominico fue responsable de codificar el oficio de la fiesta del Corpus Christi.

Esta celebración también tiene su origen en las primeras décadas de la centuria, a partir de las revelaciones místicas de sor Juliana de Rétine (†1258), monja en el cenobio de Mont-Cornillon, en Lieja, relativas al fomento de una celebración dedicada al cuerpo de Cristo. El contexto histórico en el que ocurrió, en pleno apogeo de las medidas conciliares, facilitó la divulgación del mensaje y la implantación de la fiesta en el año 1264. Fue impulsada por Urbano IV, directamente implicado en la causa de la hermana Juliana como depositario de sus confesiones antes de ascender al solio pontificio.

Otra cuestión relativa al Sacramento, que afectó a su devoción en el siglo XIII, estuvo relacionada con la escasez de fieles que participaban en él, debido a la necesidad de preparación espiritual, a la exigencia de pureza del alma y a la penitencia. Estas disposiciones fueron anotadas por san Pablo: “porque el que come y bebe de manera indigna, y sin discernir el cuerpo del Señor, come y bebe para su propio castigo”, y con el objetivo de facilitar su cumplimiento se buscó una solución consistente en una modificación del ritual litúrgico. El nuevo rito estableció la elevación de la forma y del cáliz para hacerlos visibles a todos los asistentes a la celebración, fomentando de esa manera la participación espiritual del Sacramento, en lugar de recibirlo físicamente, acto reservado para el día de Pascua.

Durante el siglo XIV de acuerdo con los preceptos de la Devotio Moderna, aunque la implantación oficial del llamado rito romano no llegó hasta el año 1570 con el papa san Pío V.

A pesar de los esfuerzos de la Iglesia por fortalecer la devoción sacramental y frenar a los opositores, en el siglo XIV Juan Wiclef siguiendo el criterio de los valdenses, proclamó la interpretación de la Eucaristía solamente bajo su valor simbólico. Continuó el camino de escisión que tiempo después retomarían Ulrico Zwinglio, Juan Calvino, y Martín Lutero, como figuras cumbre del protestantismo, ya en el siglo XVI.

Sin embargo, el fervor popular hacia la Eucaristía continuó creciendo en todo Occidente, y así se pone de manifiesto con la creación de congregaciones de fieles, “hermandades y cofradías” dedicadas a su exaltación, veneración y acompañamiento cuando se llevaba a los enfermos. Las primeras “cofradías” del Santísimo Sacramento surgieron en Aviñón durante la primera mitad del siglo XIII, en relación con las noticias concernientes a las revelaciones de Juliana de Cornillon y a la posterior institucionalización de la fiesta del Corpus Christi. Desde allí se expandieron paulatinamente por toda Europa, al mismo tiempo que lo hacían las celebraciones populares y nacían nuevas formas o expresiones de culto eucarístico entre ellas las “cofradías” sacramentales.

En los reinos peninsulares las agrupaciones de devotos se remontan al siglo XIV. Algunos autores señalan que la primera se instituyó en Barcelona en 1319, y en fechas cercanas aparecieron algunas en territorio navarroaragonés, y en Valencia en 1355. Entre sus cometidos estaba la organización de las celebraciones del día del Corpus Christi, con su correspondiente procesión “extra ecclesiam”. Se trataba del acto anual de mayor relevancia pública asociado a la devoción eucarística, cuando los fieles acompañaban por las calles el Sacramento.

Las prescripciones acerca del cuidado y decencia con los que debía preservarse el Sacramento, así como la manera de proceder durante los oficios, aparecen frecuentemente en lo sínodos tardomedievales, al igual que las recomendaciones acerca del decoro y acompañamiento con que debía salir de la iglesia para administrarse a los enfermos. Este cuidado especial también puede vincularse con los frecuentes casos de sacrilegio relacionados con el tratamiento de la Sagrada Forma, que se difundieron ampliamente entre los siglos XII y XV. En ocasiones los relatos informan de que eran judíos los que apuñalaban y profanaban la hostia consagrada, pero también se habla de cristianos que la robaban por superstición o ignorancia, y de la duda del oficiante en el momento de la consagración, por lo que caían en el sacrilegio.

Las “cofradías” sacramentales adquirieron entre los siglos XVI y XVIII, una gran importancia llegando a atesorar un amplio ajuar eucarístico formado por grandes custodias, custodias que muchas desaparecieron por actuaciones iconoclastas.

jueves, 3 de abril de 2025

             

ORAR ANTE UNA IMÁGEN PASIONAL

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

¿Qué oración hacemos cuando nos encontramos ante una imagen sagrada? Tal vez no sabemos orar como nos conviene con nuestras imágenes.

La oración es un elemento fundamental en la fe y vida cristiana. Por eso en la tradición eclesial, las imágenes sagradas siguen siendo consideradas como traducción iconográfica del mensaje evangélico, en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente.

La oración es de máxima importancia para la fe cristiana. Lo mismo puede decirse del anuncio del Evangelio. Además, respecto a las obras de arte dentro de las iglesias, la idoneidad de las imágenes para la oración cristiana es esencial.

Hay argumentos antropológicos, porque la percepción humana comienza con los sentidos. Por eso, usar imágenes como medio de visualización de la “buena nueva” corresponde a la naturaleza sensible de la percepción. La observación pausada de una imagen podría realizarse como “oración de meditación”, o sea para meditar a través de ella. Este método facilita perfectamente la elevación de la mente a Dios o a los santos.

Pero no todas las obras de arte cristiano son recursos adecuados para la oración. En efecto, algunas tienen otra función. Las imágenes narrativas o simbólicas, por ejemplo, sirven más para la instrucción catequética o el razonamiento teológico. Sin embargo, hay imágenes que tienen gran valor para una reflexión orante acerca del Evangelio realizada ante ellas.

De todas formas, cabe señalar que la idoneidad de una imagen para la oración no puede tomarse como criterio objetivo para caracterizar una obra de arte como “cristiana”, porque tal idoneidad incluye también el parecer subjetivo. Hay quien puede meditar ante de cualquier tipo de imagen, mientras a otras personas les resulta difícil rezar incluso ante una imagen explícitamente creada para facilitar la oración.

Los aspectos iconográficos y estilísticos de la imagen parecen ser criterios objetivos y relevantes para la identidad cristiana de una imagen. Pero preguntar si se puede o no rezar bien ante ciertas imágenes, en realidad, no es referirse a una experiencia universal, sino más bien a experiencias subjetivas de cada observador. Depende mucho de la competencia de la persona, así como de su gusto, espiritualidad y estado de ánimo.

Sin embargo, a pesar de estos componentes subjetivos, es evidente que la contemplación de una imagen puede contribuir a la experiencia religiosa de muchas personas, también de no creyentes. Con mayor razón se puede decir de los fieles cristianos. Para ellos la oración es esencial, aunque hacen falta gran experiencia espiritual y visión de fe para poder realizar una autentica “oración de meditación” o “de contemplación”. Intervienen también la reflexión y emoción, la imaginación y el deseo.

He aquí un camino sencillo que nos puede ayudar a rezar ante una imagen. Lo mejor para aprender es, además de una buena teoría, ponerlo en práctica.

Elegid una de las imágenes de devoción de vuestras Cofradías o Hermandades –un Nazareno con la cruz a cuestas, un Crucificado, una Dolorosa, o un Yacente-- y empezad a hacerlo, seguro que os vais a sorprender. Sería bueno buscar a menudo en alguno de vuestros encuentros practicar juntos este tipo de oración delante de vuestras imágenes.

¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos acercamos a una imagen sagrada? Pues está claro, ponernos a mirar. Lo que pasa es que nuestra manera de mirar es superficial, está condicionada por el mundo, que ve las cosas desde los intereses del dinero, del poder o de las ideologías. Miramos desde la oscuridad del pecado, desde nuestros prejuicios, venimos manchados del camino de la vida, y para entrar en la oración necesitamos cambiar la mirada, necesitamos la luz de Jesús. Ya sabemos que no es lo mismo ver una imagen mal iluminada que bien, necesitamos una buena iluminación, la mejor luz: “Yo soy la luz del mundo” (Jn, 8, 12).

Antes de ponernos a mirar con nuestros pobres ojos, reconocemos su mirada, antes de mirar somos mirados por él, por medio de su imagen, que me recuerda su presencia. Para lograr esto hay que buscar tiempo al principio para recogerse, hay que pararse del ajetreo de la vida, por medio del silencio y la soledad.

Su mirada es amor, por eso, al vernos mirados por él sentimos que nos ama, nuestro corazón se llena de alegría. Su mirada de amor, cambia nuestra mirada. Pedimos ayuda al Espíritu Santo, que es el que enciende nuestros ojos con su luz e infunde el amor en los corazones. Después de este primer paso ya no vemos las cosas desde nosotros mismos, sino desde su luz, estamos preparados para orar delante de la imagen, mejor dicho, a contemplar.

Seguro que después de mirar la imagen lo siguiente que hacemos es ponernos a hablar con ella, no con la imagen en sí misma sino con aquel a quien representa, principalmente las de Jesús. Es un diálogo como con un amigo. Le contamos con sencillez, desde lo concreto, lo que nos pasa en el camino de la vida, lo que les pasa a nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con los que convivimos cada día, lo bueno y lo malo, sus gozos y sus esperanzas, sus angustias y tristezas. Reconocemos que, aunque él los conoce y ama más que nosotros, necesitamos pasarle sus nombres.

Seguro que este paso le dedicamos casi todo nuestro tiempo cuando oramos ante una imagen, y está bien lo que hacemos, siempre que lo hagamos desde su mirada previa, desde su luz. El problema es que se quede todo aquí y nada más. Así no ha dado un diálogo sino un monólogo. Hemos convertido la imagen en un objeto en sí mismo sagrado, que nos concede lo que le pedimos, podemos caer en la idolatría si nos paramos aquí.

Después de contar hay que escuchar, sino no hay diálogo, no hay trato con aquel que sabemos que nos ama. Ahora le toca a Jesús hablarnos, detrás de la imagen que le representa hay un mensaje. Cuanto más bella esté realizada la imagen, será más evidente y transformador su mensaje. Palabra e imagen se implican mutuamente. En su Palabra nos lo dice todo y nos lo da todo. Acogemos su Palabra no solo con la cabeza, sino sobre todo con el corazón, donde damos vueltas y vueltas, hasta que alcance el fondo de nuestro ser. Desde esta luz de la Palabra y la imagen reconocemos en profundidad lo que hay representado y sus símbolos.

Finalmente hay de dejarse transformar por la imagen que hemos contemplado. La belleza del Señor, plasmada en la imagen sagrada, es un anticipo de un mundo nuevo, que nos llena de esperanza, nos cambia y compromete en el hoy. El Señor nos ha dado todo su amor, por eso podemos entregarnos por entero a él. Seguro que algo concreto nos pide el Señor para darnos gratuitamente a la Iglesia y a la humanidad. Termina dando gracias a Dios.

Aquí se podría hablar de un especial valor pastoral de las imágenes, por que cuando una persona orante reza delante una imagen, puede fácilmente –en caso de distracción– volver su corazón hacia Dios. La mística bajomedieval y moderna ha reflexionado mucho sobre esta relación espiritual-comunicativa entre la imagen y el observador. En el contexto de las experiencias místicas se ha cultivado la compasión (“compassio”) y la oración (“colloquium”) ante las imágenes.

Estas experiencias místicas en la historia de la espiritualidad, y también los mencionados principios antropológicos, siguen siendo válidos hoy, por lo menos en teoría. En la práctica, no obstante, parece que durante el siglo XX se ha perdido en gran parte el interés de los artistas contemporáneos por crear imágenes de devoción, tanto como el de los fieles cristianos por hacer oración ante imágenes, con excepción de los pocos santuarios cristianos donde se pueden venerar imágenes de culto.

Ya a partir del Renacimiento aumentó considerablemente la percepción de las imágenes sagradas como objetos estéticos. Era la mirada estética de algunas élites culturales, que pudo popularizarse a partir del siglo XIX gracias a los museos públicos con su exclusiva orientación pedagógica, y aún más en el siglo XX a causa de la gran difusión de los medios de reproducción y de la expansión del turismo cultural.

De este modo, podría tener razón Georg W. F. Hegel, al decir “proféticamente” que había llegado el periodo en el que “por espléndidas que pudieran parecernos las efigies de los dioses griegos, y por mucha perfección que hallemos en las imágenes de Dios Padre, de Cristo y de la Virgen María, de nada sirve; ya no caemos de rodillas”.

 

miércoles, 5 de marzo de 2025

 

LA CUARESMA BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La Cuaresma es uno esos tiempos litúrgicos que más ha marcado la historia, la vida y la espiritualidad de la Iglesia de todos los tiempos.

En nuestras Hermandades y Cofradías este tiempo se vive de una manera más intensa dado que nos conduce a la centralidad de la celebración de la Pascua. La Cuaresma de este año es una nueva oportunidad de volver a revisar nuestras expresiones de piedad y religiosidad ‒llamada‒ popular y su imprescindible concordancia con el verdadero objetivo de nuestra vida de cristianos. No debemos ‒ni podemos‒ olvidar cuál es el genuino fin de todos nuestros actos en el marco de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor (y el resto del año, claro está). Es necesario no descuidar que nuestra participación cofrade no puede tener otra meta que la vivencia profunda y asentamiento de nuestra fe cristiana. Y solo eso.

Y este año debe ser un tiempo para la conversión a Dios y para reflexionar, en esta ocasión, desde la esperanza a la que nos llama el Jubileo de este año 2025. Un momento para volver al origen de nuestra fe: Jesús de Nazaret, la esperanza que nunca defrauda.

Cuando la fe se encarna en la cultura popular surge una religiosidad que tiene una forma propia y unas expresiones impulsadas por el pueblo que la acoge y el contexto en que se viven. Nuestros ejercicios de religiosidad popular en torno a las fiestas litúrgicas, tienen como objetivo que el pueblo cristiano se acerque al conocimiento de Dios y a su adoración.

La Cuaresma es un tiempo muy importante y central porque nos preparamos, interior y exteriormente, para renovar la vida cristiana con los misterios centrales de nuestra fe.

Este tiempo es una invitación a caminar juntos. Una procesión no es procesión con una sola persona, o mandando unos pocos sobre la mayoría, sino con los hermanos de la Cofradía o la Hermandad porque no somos viajeros solitarios, somos Iglesia, caminar codo a codo, sin pisar ni dominar a otros en la competición, sacando del corazón las envidias e hipocresías. Vamos juntos o no vamos, con amor y paciencia. Y caminamos movidos por la esperanza de que el Señor mismo nos acompañe con las imágenes de la representación de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Es decir, la religiosidad popular pone en relación las expresiones populares de la fe y los misterios centrales de la vida cristiana. Y así debe ser.

Este camino cuaresmal, camino hacia la Pascua de Jesús, debe ser un período de penitencia y mortificación que tiene como fin hacernos resurgir en Cristo, es, por naturaleza propia, un “tiempo de esperanza”.

Podemos recordar la experiencia del éxodo de los israelitas de Egipto. Al igual que el pueblo de Israel que sufrió la esclavitud en Egipto, cada uno de nosotros está llamado a hacer experiencia de liberación y a caminar por el desierto de la vida para llegar a la tierra prometida.

El Éxodo, un período largo de cuarenta años en el que el pueblo de Israel, ante las pruebas del camino, está siempre tentado de hacer marcha atrás, pero en el cual gracias a la esperanza y de la mano del Señor, finalmente es conducido de la esclavitud hacia la libertad.

La Cuaresma, como el Éxodo, es un camino que nos conduce de la esclavitud hacia la libertad donada por Cristo Jesús: Jesús nos abre el camino a través de su pasión, muerte y resurrección. Él ha debido humillarse y hacerse obediente hasta la muerte, vertiendo su sangre para librarnos de la esclavitud del pecado. Es el beneficio que recibimos de él, que debe corresponderse con nuestra acogida libre y sincera.

La esperanza infunde en nosotros la seguridad de que podremos salir adelante si nos fiamos del Señor. El Padre nos ha regenerado, mediante la Resurrección de Jesucristo, para una esperanza viva. Y esta esperanza, que es Cristo mismo, sostiene nuestro camino en todo momento, especialmente cuando se vuelve tortuoso. Cabría decir que no podemos vivir sin ella, pero es mejor decidir que queremos vivir con ella, que estamos dispuestos a que sea su esperanza la que nos encienda y llene de vida, la que nos mantenga en pie con buen espíritu, con coraje y con fortaleza.

El camino cuaresmal se nos presenta este año con el objetivo de renovar y profundizar el encuentro con Cristo, esperanza que nunca defrauda.

Por todo ello, en este Año Jubilar la “cuaresma se hace esperanza” para nosotros. Emprendemos el camino hacia la Pascua con la certeza de que, esperanzados en Cristo, podemos superar nuestros baches existenciales. Hagamos, pues, lo posible por mantener la esperanza en el Hijo de Dios como suelo firme en cada uno de nuestros pasos cuaresmales, pertrechándonos de lo necesario para este camino cuaresmal: oración de paciencia, ayuno de solipsismo y limosna de perdón.

Por todo ello, tenemos que esforzarnos mucho en evitar un peligro para que nuestras expresiones de la religiosidad popular aparezcan, a veces, contaminadas por elementos no coherentes con la doctrina de la Iglesia. O, como advertía el propio Pablo VI, “la religiosidad popular está expuesta frecuentemente a muchas deformaciones de la religión, es decir, a las supersticiones. Se queda frecuentemente a un nivel de manifestaciones culturales, sin llegar a una verdadera adhesión de fe. Puede incluso conducir a la formación de sectas y poner en peligro la verdadera comunidad eclesial”.

El papa Francisco abrió la puerta santa para la humanidad y la Iglesia con motivo de la celebración de los 2025 años del nacimiento de Jesucristo, dedicándolo al don teologal de la esperanza. Y según nos propone en su carta-bula del Jubileo, los cristianos debemos parecernos a aquellos personajes del Evangelio que buscaron y encontraron la luz en Jesús en brazos de su Madre. Por eso, se convirtieron después en peregrinos de la esperanza, es decir, regresaron a sus casas para llevar a cabo gestos nuevos, concretos y luminosos en medio de la falta de esperanza en el mundo.

Francisco enumera una serie de signos de esperanza para que no nos quedemos paralizados como siempre, divagando con nuestros sentimientos e ideas, y los pongamos ya en práctica. En total son ocho los signos que debemos vivir como una llamada actual del Señor Jesús a la justicia y la fraternidad en la Iglesia y el mundo: la paz, la vida, los presos, los enfermos, los jóvenes, los migrantes, los ancianos y los pobres. Nos invita a interiorizar personalmente, en la oración de este tiempo cuaresmal estos signos de esperanza que nos ofrece.

Nuestras Hermandades y Cofradías deberían tomar alguno de ellos, no el que más nos guste, sino aquel que más nos interpele, dependiendo a lo mejor de las advocaciones de nuestras imágenes o el sentido espiritual y material por el que existimos, para convertirlo en gesto de caridad y esperanza que nos comprometiera con verdad y autenticidad.

Vivir la Cuaresma de este año jubilar 2025 de la esperanza no es plantear un sueño irrealizable, ni tampoco un juego vano de sensaciones y emociones ayudando a los pobres y necesitados puntualmente, sino que es la Verdad que se irradia en el mundo. Porque solamente desde el Jesucristo se manifiesta la fuerza de Dios, que reúne a la humanidad de todos los siglos, para que bajo su señorío recorramos juntos el camino del servicio y el amor, que transfigura el mundo en paz, vida, libertad, sanación, porvenir, acogida, sabiduría, justicia...

La esperanza a la que nos invita este Año Santo requiere paciencia y, por tanto, necesitamos orar para pedirla y hacerla crecer. Debemos orar para que la paciencia relegue los agobios y permita que en cada uno aflore la bondad y el amor del Señor. Pidamos la paciencia que viene del Espíritu Santo y que convierte la espera en plegaria confiada. Acojamos la paciencia que mantiene viva la esperanza. Convirtámonos y creamos en la paciencia que es tierra sembrada de esperanza.

El ayuno nos ayudará a caminar ligeros de equipaje y, en este caso, a crecer en esperanza. Lo cual se traduce en un ayuno concreto: el del solipsismo, es decir, de toda forma radical de subjetivismo, que suele venir acompañada de susceptibilidad y recelo, y fácilmente degenera en rivalidad, ruptura, falta de fraternidad, afán de posesión y dominación. Este ayuno nos traerá sosiego y esperanza para avanzar en nuestro propósito de ser “como granos que hacen el mismo pan”.

La limosna cuaresmal nos impulsará también en el camino hacia la Pascua. Que nuestra limosna sea del perdón que desafía nuestro corazón cotidianamente. Sabernos perdonados debe ayudarnos a perdonar. Recibir el perdón ha de urgirnos a ofrecerlo como limosna con una medida “generosa, colmada, remecida, rebosante”. El perdón es siempre fuente de esperanza.

Iniciemos juntos, en esta Cuaresma, una peregrinación esperanzada hacia la Pascua. Descubramos la riqueza de este caminar en los rostros de nuestros hermanos y hermanas y en el nuestro propio, irradiando la esperanza en la que hemos de convertir este tiempo y a la que hemos de convertirnos los que creemos en el Evangelio de Jesús.

Que el fervor y el ansia de preparar lo circunstancial de la Semana Santa no nos lleve a olvidarlo.