SAN MATEO: DE PECADOR A APÓSTOL Y
EVANGELIZADOR
En el corazón del Evangelio palpita siempre una
historia de encuentro, de conversión y de gracia. Ninguna muestra mejor esa
fuerza transformadora que la de San Mateo, también llamado Leví, recaudador de
impuestos, hombre público y, según la mentalidad de su tiempo, pecador sin
remedio. Sin embargo, fue precisamente a él —no a los piadosos ni a los
“perfectos”— a quien Cristo dirigió su mirada y su palabra liberadora:
“Sígueme” (Mt 9,9).
En ese breve imperativo se encierra toda una teología
de la gracia: el amor de Dios que se adelanta, que busca y transforma. San
Mateo nos recuerda que la conversión no es mérito humano, sino don divino que
nos levanta del polvo para hacernos discípulos.
Esta reflexión propone contemplar ese paso de Mateo
—del pecado al seguimiento, de la codicia a la caridad— como signo de esperanza
para todo cristiano llamado hoy a renovar su corazón, a dejarse mirar por Jesús
y a anunciar su misericordia al mundo.
El Evangelio de Mateo nos dice escuetamente: “Jesús
vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le
dijo: ‘Sígueme’. Y él se levantó y lo siguió” (Mt 9,9).
Detrás de esa simplicidad narrativa se esconde un
misterio profundo: la mirada de Cristo que despierta el alma dormida. Mateo no
se levanta por un esfuerzo moral, sino porque ha sido tocado por la gracia. La
iniciativa no parte del hombre, sino de Dios, que “nos amó primero” (1 Jn
4,19).
Los Padres de la Iglesia comprendieron bien este
dinamismo. San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre Mateo, comenta: “Cristo no
se avergüenza de llamar al publicano, para mostrarnos que no hay pecado que
pueda vencer su amor.”
Así, la conversión de Mateo es símbolo de la potencia
de la gracia divina que no destruye la naturaleza, sino que la sana y la eleva.
Como enseña Santo Tomás de Aquino, “la gracia no suprime la naturaleza, sino
que la perfecciona” (S.Th. I-II, q. 109, a. 1).
El recaudador de impuestos no dejó de ser hombre de
números y escritura; esas mismas capacidades, redimidas, las pondrá al servicio
del Evangelio.
El Magisterio de la Iglesia reafirma que la llamada
del Señor nunca deja al discípulo igual. Juan Pablo II, en “Evangelica testificatio”, recordaba: “La llamada del Señor es
siempre una fuerza transformadora que introduce en el corazón del hombre una
novedad de vida.” (n. 23)
En Mateo descubrimos que la gracia no solo perdona el
pasado, sino que abre un futuro nuevo. Convertirse es levantarse y ponerse en
camino.
Mateo, transformado por el encuentro con Jesús, no se
encierra en un retiro de arrepentimiento. Al contrario, su casa se convierte en
lugar de misión: “Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y
pecadores acudieron a comer con Él” (Mt 9,10). La conversión auténtica no
aísla, sino que contagia. Quien ha experimentado la misericordia desea
comunicarla. El antiguo recaudador se convierte en evangelista.
Según la tradición, Mateo escribió su Evangelio para
los cristianos de origen judío, mostrando que Jesús es el cumplimiento de la
Ley y los Profetas. Orígenes afirma en su Comentario
al Evangelio de Mateo: “Mateo quiso mostrar que el Evangelio no destruye la
Ley, sino que la lleva a su plenitud en Cristo.”
Así, su vida y su obra expresan dos dimensiones
inseparables del discipulado cristiano: pertenecer a Cristo y anunciarlo a los
demás. El papa Benedicto XVI lo subrayó con belleza: “En la figura de Mateo se
nos revela que los que parecen más alejados pueden convertirse en testigos
luminosos de la misericordia divina.” (Audiencia general, 30 de agosto de
2006).
También autores contemporáneos como Scott Hahn o
Edward Sri, dentro de la teología bíblica, insisten en este punto destacando
que san Mateo es el testimonio vivo de que Dios puede llamar incluso en los
ambientes más oscuros, allí donde la religiosidad superficial o la indiferencia
parecen dominar.
Evangelizar, en Mateo, no es una tarea añadida: es la
consecuencia natural de haber sido amado y perdonado. El pecador redimido se
convierte en misionero.
El testimonio de Mateo sigue siendo actual. Su figura
interpela a quienes piensan que su pasado los descalifica, a los que se sienten
indignos de acercarse a Dios o inútiles para su obra. En él resuena la verdad
de las palabras del papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar; somos
nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.” (Evangelii Gaudium, 3)
La conversión de Mateo no fue un momento puntual, sino
una fidelidad cotidiana. Seguir a Cristo implicó para él aprender cada día a
dejar atrás el egoísmo, a vivir en pobreza, a confiar, a servir. Su Evangelio
se ha convertido en una escuela permanente de discipulado: es el texto más
litúrgico, más eclesial, más orientado a la práctica del seguimiento. Como
afirma Santo Tomás, “la fe sin obras está muerta, pero la fe viva actúa por la
caridad” (S. Th. II-II, q. 4, a. 7).
En tiempos de nueva evangelización, san Mateo nos
enseña que el anuncio del Evangelio nace de un corazón convertido, no de
estrategias o campañas. El misionero es, ante todo, un testigo de la
misericordia recibida. Por eso, la Iglesia no es una comunidad de perfectos,
sino de peregrinos en proceso de conversión, que anuncian desde su fragilidad
la fuerza de la gracia.
La historia de san Mateo no es un simple episodio del
pasado, sino una parábola viva del poder transformador de la gracia. De
recaudador a apóstol; de hombre de cuentas a hombre del Evangelio. En su vida
se cumplen las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia” (Rm 5,20).
También hoy, Cristo pasa junto a nuestras “mesas de
impuestos”: nuestros trabajos, nuestras rutinas, nuestros pecados y cansancios.
Su voz sigue diciendo: “Sígueme”. Responder a esa llamada es entrar en una
historia nueva, dejar que la misericordia reconstruya lo que parecía perdido.
Que san Mateo Apóstol y Evangelista nos inspire a
levantarnos y seguir a Cristo con la alegría de los redimidos; a ser testigos
creíbles de su perdón; y a vivir con la certeza de que ningún pasado es
obstáculo para la gracia de Dios, cuando el corazón se deja mirar por su amo.
(21 septiembre 2025)