XXV
ANIVERSARIO DE LA BEATIFICACIÓN DE LOS MÁRTIRES VALENCIANOS
HOY
LOS MÁRTIRES NOS SIGUEN HABLANDO
Por
Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado
Episcopal de Religiosidad Popular
Los mártires de nuestro tiempo son parte
de una misma historia que comenzó hace dos mil años en Jerusalén, que pasó por
Roma, que recorrió los campos de España en el siglo XX y que hoy late en las
periferias del mundo.
Los mártires son “el Evangelio vivo”. Es
decir, en ellos, Cristo mismo hace presente su fuerza salvadora en cada momento
de la historia. El tiempo de los mártires no ha terminado. Para san Juan Pablo
II, el siglo XX fue verdaderamente un “siglo de mártires”, marcado por
persecuciones ideológicas y totalitarismos que intentaron erradicar la fe
cristiana. Sin embargo, lejos de debilitar a la Iglesia, esa sangre derramada
se convirtió en semilla de fidelidad y esperanza. Recordar actualmente a esos
testigos no es un ejercicio de memoria histórica, sino un deber espiritual: su
testimonio no puede perderse.
Benedicto XVI profundizó en esta
perspectiva subrayando que el martirio es el máximo testimonio de la verdad y
de la libertad cristiana. En un contexto cultural marcado por el relativismo,
el mártir proclama que existe una verdad por la cual vale la pena dar la vida.
Su entrega no es fanatismo, sino acto supremo de conciencia y de amor a Cristo.
Hoy hay más mártires que en los primeros
siglos. Muchos cristianos siguen siendo perseguidos, asesinados o marginados
por su fe. La sangre compartida ha dado lugar a lo que el papa Francisco llamaba
un “ecumenismo de la sangre”: los perseguidores no distinguen confesiones,
matan simplemente a cristianos. Por eso, los mártires son criterio de
autenticidad para la vida cristiana presente: nos recuerdan que la fe no es
costumbre social, sino adhesión real a Cristo.
Nuestros mártires son una llamada actual
a vivir un Evangelio sencillo, valiente y fraterno, capaz de perdonar, servir y
sostener a los más vulnerables. Al recordarlos, la Iglesia no glorifica la
muerte: custodia una luz, la certeza de que el amor puede ser más fuerte que el
miedo, también en nuestros tiempos.
El siglo XX ha sido el siglo de los
mártires, pero nadie habla de ello. O apenas nadie. Es un tabú, porque tales
catástrofes y genocidios son difícilmente compatibles con la imagen idealizada
de un siglo XX presentado solamente como el de la “declaración de los derechos humanos
y de la democracia”.
Pero no queremos ni podemos olvidar a
nuestros mártires. La Iglesia no olvida a sus mártires, ni a ninguna de las
víctimas inocentes de la violencia ejercida por regímenes muy desarrollados
técnicamente, pero ateos y antihumanos.
La Iglesia define el martirio como el “supremo
testimonio de la verdad de fe y de la doctrina que profesa”. Así lo recoge
igualmente el Decreto “Ad Gentes”: Porque todos los fieles cristianos,
dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y
el testimonio de la palabra el nombre nuevo de que se revistieron por el
bautismo, y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos con
la confirmación”.
La memoria de los mártires es un signo
perenne, especialmente significativo, de la verdad del amor cristiano. Ellos
son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor.
La enseñanza de la Iglesia sigue la
lógica neotestamentaria del sufrimiento de Cristo. Quien quiera ser discípulo
ha de estar dispuesto a sufrir vejaciones, insultos, persecuciones e incluso la
muerte por causa de Jesús y de su Evangelio (identificación con el Misterio
Pascual de Cristo). En la muerte de Jesús, como la muerte del mártir, lo que
está en juego es el testimonio de Dios.
El mártir muere unido a Cristo en la
esperanza de la victoria mediante la fuerza de la Resurrección. El mártir
entrega su vida a Dios porque confiesa plenamente sus planes, y muere
perdonando. El catecismo de la Iglesia
católica lo describe como el supremo testimonio de la verdad de la fe,
insistiendo que dicha creencia llega hasta la muerte. El mártir da testimonio
de Cristo muerto y Resucitado, al cual está unido por el amor. El mártir da
prueba de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Un acto de fortaleza que
le lleva a soportar la muerte.
Es virtuoso y necesario estar prontos a
sufrir por Cristo las persecuciones, si éstas llegan, pero no es lícito buscar
estas persecuciones o provocarlas. Por otra parte, sería una temeridad provocar
a los perseguidores para que lleven a cabo un crimen.
El mártir ejercita la virtud de la
fortaleza resistiendo un mal, la muerte corporal, y no abandona la fe y la
justicia ante el peligro de muerte. Por eso la fortaleza es el hábito que reviste
al martirio. Pero el mérito del martirio le viene de la caridad porque, como
dice san Pablo, “si repartiera todos mis bienes, y si entregara mi cuerpo al
fuego, si no tengo caridad, de nada me aprovecha”.
El mártir es testigo perfecto de la fe
cristiana, pues entrega la propia vida como testimonio generoso e incondicional
de su fe. “La Iglesia sigue escribiendo su martirio”, así se expresaba san Juan
Pablo II el 30 de marzo de 1980, poco después de la muerte de monseñor Óscar
Romero. “Seréis mis mártires en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta
los confines del mundo”, es decir, seréis aquellos que se juegan su vida por
fidelidad a su compromiso cristiano. La vida es el don más precioso que posee
el hombre y renunciar a ese tesoro evidencia claramente que se tiene una fe
fuerte. El martirio existente actualmente en la Iglesia se asemeja al de los
tres primeros siglos de su historia. La persecución que anunció Jesús a sus
primeros discípulos vuelve a ser hoy una experiencia cotidiana a lo largo y ancho
de nuestro mundo.
Podemos concluir, que el siglo XX ha
sido el siglo de los mártires y de innumerables víctimas inocentes a causa de
los muchos conflictos. Las noticias contra cristianos solo por motivos
religiosos nos siguen conmoviendo en nuestros días. Queda mucho por descubrir,
sin duda, en la enorme cantidad de víctimas y mártires del siglo XX cuyas
muertes nos sirven de ejemplo y estímulo en la historia reciente, pues son
testimonio y legado de nuestra Iglesia. Su testimonio es esperanza de una nueva
sociedad. Hoy día los mártires de Jesucristo nos siguen hablando.
“En
la Cruz está la vida y el consuelo / y ella sola es el camino para el Cielo”,
versos inolvidables de la doctora de la Iglesia, santa Teresa de Jesús. Realidad
inolvidable para san Pablo y muy presente para los cristianos de nuestro
tiempo. En la Cruz de Cristo está la salvación.
Los cristianos son verdaderamente
santos, cuando viven la lucha de la fe. Es una lucha espiritual, no está
centrada en la política ni en la cultura sino una lucha contra el “padre de la
mentira”, enraizado en nuestro mundo y en nuestra carne.
El siglo XX es el siglo de las víctimas.
Por eso es también el siglo de los “testigos” de Dios. Dios manifiesta vivo a
los hombres de cada época su rostro y su presencia.