lunes, 16 de marzo de 2026

 Contemplemos al Crucificado

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar.

La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda.

Desde aquí proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y

escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.

“No habiendo podido encontrar remedio a la muerte, a la miseria, a la ignorancia, los hombres para ser felices han tomado la decisión de no pensar en ello”, decía Pascal en los albores de la ilustración.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre

se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad. El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Recuerdo cómo leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la cruz a través de los ojos de Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz). Esta joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía: “Mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa cruz asumida libremente muestra

el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre.

La cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto.

La Cruz es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una cruz amándonos

 

EL CRISTO DE LA PALMA ILUMINA NUESTRA FE

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Presidente de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular.

 

 

En el evangelio de Lucas encontramos la narración de la experiencia pascual de los discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas: “Que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc 24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.

La sagrada imagen del Cristo de la Palma, un Cristo Crucificado y muerto, ha iluminado la vida de fe de los fieles de esta Hermandad, y de tantas personas que llegan a contemplar la bella imagen guiados por la luz de la fe, que descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos.

Esta hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden, peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de la vida.

Por medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado; para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34). El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10; cf. Jn 19,37).

El hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.

Es el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza, transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora. Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador, porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido “rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).

La devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos.

Cristo ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la Eucaristía. Es allí donde el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el pan de la vida.

 

 

SAN VICENTE FERRER Y SANTA MARÍA DEL ROSARIO

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

San Vicente no es santo de una sola cara. Es una figura poliendrica. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la predicación.

En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba encarnada la figura del segundo “ángel del apocalipsis”. El hombre componedor y consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a desaparecer.

Queremos poner de relieve, la dimensión mariológica en su predicación. La Virgen María, como buen dominico, está muy presente en la vida y en la predicación de San Vicente Ferrer. Es buen conocedor de la mariología. Sus sermones tienen un espíritu eminentemente mariano y que su quehacer deseaba que estuviera siempre presidido por la Madre de Dios.

Sus sermones estaban siempre precedidos por el saludo del ángel a la Virgen María. Algo parecido a esos escritores que ponen el “Ave” en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo del ángel a María es algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar bien Santo, o un tema que le parece difícil y misterioso, o para que, una vez explicado, lo entiendan debidamente los oyentes.

En cuanto a las enseñanzas mariológicas en sus sermones, San Vicente Ferrer habla de: la maternidad divina de María; la santificación de la Virgen María (Inmaculada Concepción decimos hoy); la perpetua Virginidad de María y las virtudes de la Virgen María como la fe, la esperanza y el amor. También de las que podríamos denominar “virtudes de la convivencia” tales como: humildad; preocupación de vivir y actuar de suerte que vieran en ella un buen ejemplo los demás; las virtudes de una mujer perfecta; también fue modélico en su comportamiento con los Apóstoles cuando convivió con ellos.

Además hablaba de su glorificación tal como se presentaban en aquel tiempo: su muerte, su resurrección y traslado glorioso al Cielo. También hablaba de las relaciones de la Virgen María con nosotros, los redimidos: María entrega a los hombres a Cristo Redentor; María actúa por los hombres con Cristo Salvador; María es medianera que distribuye las gracias a los hombres; y nos vienen por ella las gracias sacramentales. Sus dos grandes principios mariológicos fueron: la maternidad divina y la asociación de María con Cristo, arraigada profundamente en su visión de la obra de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Santo Domingo de Guzmán, (1170-1211), fundador de la Orden de Predicadores de la que San Vicente era miembro, viendo los escasos frutos de conversión que producía con sus predicaciones, pidió a la Santísima Virgen María un método o medio de obtener resultados más positivos y duraderos.

Fue la misma Madre de Dios quien inspiró al Santo esta devoción, que tan maravillosamente conjuga la meditación de las verdades más fundamentales de la vida de Nuestro Señor y los misterios más trascendentes de su Santísima Madre, con la sencilla recitación del Padrenuestro y el Avemaría.

Santo Domingo solía reunir al pueblo en las plazas y en los templos, y después de una instrucción doctrinal pertinente sobre las verdades de la fe les invitaba a recitar un número determinado de veces la salutación angélica, y de esta forma encomendar a la gracia y eficacia del amor y compasión de María el fruto de la predicación. Los resultados fueron maravillosos. Y muy pronto se hizo popular esta devoción y la adoptaron los compañeros del Santo y después los más insignes devotos de María.

En la mente del glorioso Santo Domingo quería que el rezo del Santo rosario fuera para los seglares lo que el rezo del Oficio Divino para los sacerdotes y religiosos obligados a coro, o sea el deber principal de alabanza y glorificación a Dios por medio de su Santísima Madre; por eso él le denominó el «salterio mariano».

Desde entonces han sido muchos hombres de Dios que lo han estimado, extendido y enseñado como la devoción más hermosa y delicada que podemos ofrecer a Nuestra Madre la Virgen María. Además de Santo Domingo de Guzmán, su fundador y propagador principal, San Vicente Ferrer, San Alfonso María de Ligorio, que afirmaba «que entre los obsequios que se tributan a María, ninguno le es tan agradable como el Santo Rosario; San José de Calasanz lo legó a todos sus hijos como testamento y última voluntad; San Luis María Grignon de Montfor le prodigó tales alabanzas que rayan en lo increíble; San Antonio María Claret, según sus piadosas manifestaciones, fue escogido por la misma Reina del Cielo para restaurar y propagar esta devoción, decaída en el siglo anterior, lo mismo que en Francia lo fue para el siglo XV el beato Alano de la Roche, a quien la Virgen María le señaló como principal adalid para propagarla y extenderla por todas partes, diciendo de ella que «era un arma poderosísima para extirpar las herejías, un instrumento el más apto para arrancar los vicios y plantar las virtudes y un medio seguro para alcanzar la misericordia de Dios».

Dios sigue enviando a la Iglesia grandes profetas y santos modernos como en otras épocas de la historia que invitan a propagar el rezo del Santo rosario: san Juan Pablo II, san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta, el siervo de Dios padre Peyton, san Andrés Bessette, san Pío de Pietrelcina, san Maximiliano María Kolbe, santa Faustina Kowalska, santa Teresa del Niño Jesús y tantos otros. Dios sigue actuando en el mundo: los santos, aunque estén ya en el cielo, siguen bendiciendo a sus devotos en la tierra. Ellos están vivos y nos aman e interceden por nosotros.

El carácter misionero de la fe, que encarna perfectamente san Vicente Ferrer, no pierde nunca actualidad. Supone un desafío que también llega hasta nosotros.

Vicente Ferrer nació en Valencia en 1350 y a los diecisiete años tomó el hábito de dominico en su cercano Real Convento de Predicadores, emitiendo su profesión religiosa al año siguiente. El propugnaba llevar una “vida religiosa reformada”, o sea de vuelta a las primitivas tradiciones y costumbres de su Orden dominicana a diferencia de otros miembros y conventos de ella, y así lo enseñó por ejemplo en su “Tratado de la Vida Espiritual”.

La visión que tuvo san Vicente Ferrer estando enfermo en el convento dominico de Aviñón el 3 de octubre de 1398, determinó su vida como predicador itinerante.

Su estancia en Aviñón se prolongó cuatro años, y en 1398, tras su visión, inició su periplo como legado de Cristo (a latere Christi, según el mismo lo reconoce). Esta actividad se prolongó hasta su muerte en la ciudad bretona de Vannes el 5 de abril de 1419 y ha dejado un rastro indeleble. No solo se conoce su itinerario y numerosos documentos que atañen a su biografía, sino los resúmenes de muchos de sus sermones.

San Vicente Ferrer reúne en su persona los rasgos del perfil del evangelizador. Fue modelo en su tiempo de una predicación centrada en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; predicación mediadora de un encuentro salvador con Dios, verificable en la sinceridad de la conversión de sus oyentes.

San Vicente Ferrer es paradigma de predicador cercano a la gente, que emplea todos los medios y recursos a su alcance para que el mensaje cale con amabilidad y claridad entre sus oyentes. Era capaz de hacerse entender por gentes de procedencias muy diversas. Actualizaba la experiencia de la iglesia de Pentecostés. Se ponía al nivel de su auditorio, al nivel de la gente sencilla, Justamente por ello, el mensaje llegaba. A causa de esta habilidad entre la gente del pueblo, san Vicente también es un referente de la predicación y la piedad popular.

San Vicente Ferrer fue ejemplo de testimonio coherente. Fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe, que con su vida acreditaba lo que decía.

Además, parece ser que tuvo muy presente a un “precursor del Rosario”, o contador de oraciones, como Santo Domingo de Guzmán pues sus sermones nos muestran que no conocía el Santo Rosario, como lo rezamos hoy. Sin embargo según la tradición Santo Domingo de Guzmán lo propagó en la primera mitad del siglo XIII, y no tenía la estructuración que conocemos nosotros hasta tiempos después de san Vicente Ferrer.

Este “salterio mariano” se fue propagando desde la segunda mitad del siglo XIV, concretamente en los territorios de la Corona de Aragón donde proliferaron los gozos o “goigs” a Nuestra Señora del Rosario, así como las cofradías del Rosario bajo el titulo de Santa María.

Con esta proliferación del rezo del Santo rosario y de las cofradías, se implanta esta advocación mariana en el pueblo de Dios, convirtiéndose en una de las más importantes del orbe cristiano, dado que la orden de predicadores la nombra patrona y protectora de la Orden, como principales propagadores de esta devoción.

Nos detenemos en dos manifestaciones artísticas del amor y devoción que san Vicente Ferrer tenía a la Virgen María. Una los gozos a Nuestra Señora del Rosario y otra un cuadro de mediados del siglo XV del pintor Nicolo Antonio Colantonio.

Tras la canonización de san Vicente Ferrer, el 30 de junio de 1455, por el papa Calisto III, Isabel de Chiaromonte duquesa de Calabria y futura Reina de Nápoles, mandó construir una capilla en la iglesia de los dominicos de san Pedro Mártir, dedicada al Santo; capilla que visitaba a diario, según crónicas contemporáneas.

La devoción de esta Reina por la iglesia de san Pedro Mártir era muy grande, y en particular por la capilla que dedicó al Santo, confesor de la orden de predicadores. Para esta capilla, la duquesa de Calabria encargó al pintor napolitano más importante de la época, Nicolo Antonio Colantonio, maestro del famoso Antonello da Messina, la creación del gran retablo dedicado a san Vicente Ferrer.

En este retablo existía una hermosa y sugerente representación iconográfica titulada “La aparición de la Virgen del Rosario a san Vicente Ferrer en su celda” de Colantonio que podemos fechar hacia 1460 y forma parte de un ciclo de nueve momentos de su vida y milagros “postmortem” que rodean su imagen central en el retablo para la citada iglesia napolitana y que está en el edificio que ahora aloja la Facultad de Letras de la Universidad Federico II.

Este cuadro es un óleo sobre tabla, de 69,4 x 48 cm., que se conserva en Nápoles actualmente está ubicado en las salas de arte napolitano del Quattrocento, en las Galerías Nacionales de Capodimonte (Italia).

Nicolo Antonio Colantino nos muestra a san Vicente Ferrer vestido con habito dominicano en su habitación conventual o celda. Una sencilla y austera arquitectura enmarca la escena. A nuestra izquierda, el Santo arrodillado en actitud de devotísima oración ante la Virgen con el divino Niño, que aparecen en el cielo a través de la pequeña ventana que ilumina toda la habitación. Es una hermosa presentación de la vida del Santo no muy habitual en su iconografía tanto por su ambientación --su celda--  como por su vinculación con la Virgen, si bien sus biógrafos recogen apariciones de ella como se representa en una de las pechinas de la Iglesia de la antigua Capitanía General de Valencia.

Y es que san Vicente Ferrer tenía una gran devoción a la Virgen María. Junto con su comunidad todas las noches los dominicos procesionaban al altar de la Virgen cantando la Salve Regina.

Otro aspecto de la biografía de san Vicente Ferrer son los “gozos a la Virgen del Rosario”, atribuidos tanto a san Vicente Ferrer como a su hermano Bonifacio, general de los Cartujos de la obediencia de Avignon. Estos gozos se difundieron muy tempranamente en el ámbito catalán y valenciano; los más antiguos que se conservan datan de finales del siglo XV. Este manuscrito con el texto de estos gozos es del siglo XV y se conserva en la biblioteca de Catalunya (ms. 854, folis 110 i 111).

Leemos en la tablilla con los gozos de la Virgen del Rosario:

Vostres goigs ab gran plaer / cantarèm, Vèrge María; / puix la vòstra Senyoría / es la Vèrge del Roser.

Déu plantà dins vos, Señora, / el Roser molt excel-lent, / quant vos feu mereixedora / de concèbre`l purament: / donant fe al missager, / que del cél vos trametia / Déu lo Pare que volia./ foseu Mare del Roser.

Del sant ventre produïda / la planta del Roser vérd, / fou de Àngels circuïda, / y servida amb gran concèrt: / y restà pur i sancer / vostre cos ab alegría, / quan florí en l´establía  al celestial Roser.

Quant els Reyes devots sentiren / del Roser la gran olor, / amb l´estrella ensems partiren / per adorar lo Senyor; / y trobaren ser el ver / de Baláam la profecía, / quam vòstra Senyoría / en els bracos el Roser.

Gran délit us presentaba / vostre Fill ressuscitat, /  amb cinc roses que portava / en les mans , peus y costat, / per les quals lo Llucifer, / qui dels sants l´infèrn omplia, / fonc robat en aquest dia, / que florí lo sant Roser.

Reparada la gran èrra / d´Adám, per la mòrt cruèl, / trasplantat fou de la tèrra / el Roser a dalt el cél; / y pujant amb gran poder, / el partir no us entristia, / contemplant, com Deu rebia / amb gran goig el sant Roser.

No fou de menor estima / el goig de l´Esperit Sant, / quant vingué de l´alta cima / en vòstre Col-lègi sant / y regà aquell gran planter, / que el gran Déu s´hi elegia / per estar en compañía / del celestial Roser.

Vòstra vida ya acabada, / el major dels gòigs sentís, / com a Deu sou presentada  / triomfant al Paradis: / i Senyora us volgué fer / del gran hórt que posseïa, / col-locant-vos , com devia, / sota l´ombra del Roser. / Puix mostreu vostre poder / Fent miracles cada dia: / preserveu, Vèrge María, / els cofrares del Roser.

Existen muchas representaciones conocidas de este Santo. La más célebre es aquella donde el predicador aparece revestido con el hábito dominico, con el antebrazo derecho elevado y su índice señalando al cielo, mientras que la mano izquierda porta la Biblia; coronando el nimbo luce la filacteria con la célebre inscripción apocalíptica “Timete Deum et date Illi honorem quia venit hora Judicii”

En un mundo marcado por las guerras, las injusticias, las pandemias y las crisis ecológicas, Nuestra Señora del Rosario sigue siendo signo de esperanza y consuelo para la Iglesia. Su presencia materna recuerda san Vicente que la fe no se vive desde la evasión, sino desde la confianza activa en medio del dolor.

El Rosario que ella entrega a la orden dominicana no es un objeto mágico, sino una escuela de contemplación que enseña a mantener la mirada en Cristo, a cuidar la interioridad y a traducir la oración en gestos concretos de amor y servicio.

Esta devoción del Santo Rosario, nacida del corazón de la tradición de la Orden de Predicadores, fue confiada —según la tradición— por la misma Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para fortalecer la predicación y sostener la fe del pueblo cristiano. Desde entonces, el Rosario ha sido un camino sencillo y profundo para contemplar los misterios del Evangelio con los ojos de María, aprender de su paciencia y responder a los desafíos del mundo con esperanza y acción.

 

 

 

(5 de abril 2026)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 10 de febrero de 2026

 

 

 

EL ROSARIO, EXPRESIÓN DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

El Santo Rosario es una de las expresiones privilegiadas de oración cristiana fruto de la inculturación de la fe. No se trata solo de una expresión religiosa sino también de unos valores, criterios, conductas y actitudes que nacen del dogma católico y constituyen la sabiduría de nuestro pueblo, formando su matriz cultural.

El Santo Rosario que pertenece a la religiosidad popular forma parte del conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan. Es la manifestación en su forma cultural más característica, es expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular.

Antiguamente, los romanos y griegos solían coronar de rosas a las imágenes que representaban a sus dioses; de esta manera, ofrecían a ellos sus corazones. Razón por la cual las mujeres que eran llevadas al martirio por los romanos, adornaban sus cabezas con una corona de rosas, como símbolo de entrega de sus corazones a Dios. Por la noche, los cristianos recogían esas coronas y por cada rosa recitaban una oración que generalmente era un salmo por el eterno descanso del alma de las mártires. Es así como se le llama también al rosario: “corona de rosas”

En el siglo XII la Iglesia comenzó a recomendar el rezo del rosario, que consistía en recitar los 150 salmos de David, por obvias razones, este rezo lo hacían solo personas cultas y letradas, que no lo era la mayoría de los cristianos.

Como la Iglesia consideró que el rosario era una oración agradable a Dios, y una fuente de gracia para quienes lo rezaran, sugirió que quienes no supieran leer, reemplazaran los salmos por avemarías. A esta oración se le llamó “salterio de la Virgen”.

Se le atribuye a santo Domingo de Guzmán la propagación del rezo del rosario, pues él hacía mucha oración, penitencia y hasta se flagelaba por la conversión de la gente. En uno de estos sacrificios, se le apareció la Virgen con tres ángeles y le dijo que la mejor manera de convertir a las almas duras, no era la flagelación, sino el rezo de su salterio. Así, santo Domingo corrió hasta la catedral de Toulouse y empezó a narrar a la gente lo ocurrido y a fomentar el rezo del rosario, explicando que el rezo de las avemarías, recordaba ciento cincuenta veces el momento en que la humanidad representada por María, había aceptado a su Hijo como salvador.

Santo Domingo que murió en 1221, su vida la dedicó a predicar y hacer popular el rezo del rosario, entre la gente de todas las clases sociales. Las intenciones o razones con las que motivaba su rezo, eran el sufragio de las almas del Purgatorio, que el bien triunfe sobre el mal, que los fieles vivan cristianamente y para pedir por la Santa Madre Iglesia.

Algunos años después de la muerte de santo Domingo, empezó a olvidarse el rezo del Rosario. Fue en la Europa de 1349, cuando hubo la temible epidemia llamada “muerte negra” en la que llegaron a morir muchas personas. Esta circunstancia fue, la que hizo retomar la devoción al Rosario, guiada esta vez, por el fraile Alan de la Roche, superior de la congregación de los dominicos. Son ellos los que le dan la forma que tiene actualmente, con la aprobación de la Iglesia jerárquica. Desde 1460 se propaga la devoción por todas las iglesias del mundo. El papa Gregorio XIII, instituye la fiesta de Nuestra Señora del Rosario el 7 de Octubre de 1571, fecha en que los cristianos ganaron la batalla de Lepanto. Esta batalla, se juzgó muy importante para el cristianismo, victoria que se la atribuyó a la protección de la Virgen.

Es tal la importancia que para la Iglesia tiene el Santo Rosario, que desde el papa Pío V, de la orden de los dominicos, a quien se conoció como el “primer papa del Rosario”, hasta Juan Pablo II, esta ha multiplicado aprobaciones y escritos promoviendo el rezo del rosario, y principalmente en familia. Juan Pablo II, por ejemplo, poco después de su elección, decía a los fieles que se habían reunido en la plaza de san Pedro: “El Rosario es mi oración predilecta”. Y en su homilía en el santuario de Pompeya decía “Venimos aquí a rezar con María, para meditar junto con ella, los misterios que ella, como madre, meditaba en su corazón (Lc.2, 19). Y sigue meditando, porque estos son los misterios de la vida eterna. Están inmersos en Dios mismo…Y tan estrechamente ligados a la historia de nuestra salvación. Por eso, esta oración de María, inmersa en la luz de Dios, sigue al mismo tiempo abierta siempre hacia la tierra, hacia los problemas de cada hombre, hacia todos los problemas humanos… hacia toda la misión de la Iglesia, hacia sus dificultades y esperanzas…Esta oración de María, este rosario es precisamente así, porque desde el principio ha estado invadido por la lógica del corazón. En efecto, la madre es corazón, y la oración se formó en ese corazón mediante la experiencia más espléndida: mediante el misterio de la encarnación”.

Pío V en su Bula de 1569, define al rosario o salterio de la Virgen como:“Un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, y que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel Gabriel le dio a María, interponiendo un padre nuestro entre cada diez avemarías, e ir meditando en la vida de nuestro Señor Jesucristo”. La palabra Rosario significa “Corona de Rosas” por tanto cada misterio completo es una corona de rosas que se le da a la Virgen María; el Rosario es considerado la más importante de todas las devociones de la Iglesia.

Algunos Papas han resaltado el carácter teológico del Santo Rosario, pues es una oración que nace del misterio de la encarnación.

Los elementos teológicos sobre los que se fundamenta el rosario: Oración evangélica: Se la considera así, pues es del mismo Evangelio en donde se inspiran las oraciones y los misterios. El padre nuestro es la oración enseñada por Jesús, y el avemaría combina el saludo del ángel y el de Isabel. Los misterios son la síntesis de la vida de Cristo: encarnación, vida pública, pasión y resurrección, es decir los misterios gozosos, luminosos dolorosos y gloriosos.

Es una oración cristocéntrica: La alabanza que en el rosario se le hace a María, se fundamenta en Jesús. Alabando a María, no se hace otra cosa que proclamar y anunciar la gracia por la cual ella es Madre de Dios.

Es una oración eclesial, “porque es María quien con su amor, contribuyó a que naciese en la Iglesia los fieles que son miembro de aquella Cabeza” como recoge la Lumen Gentium inspirada en el tratado de Sacra Virginitate de San Agustín.

El Santo Rosario es la meditación sobre los hechos más importantes de la vida de Jesucristo y de su madre la Virgen María.

Misterios que contemplan la anunciación que el ángel le hiciera a María, la visitación a su prima Isabel y el nacimiento, la presentación y purificación de María en el templo y la pérdida del Niño Jesús.

Con los misterios luminosos, recorremos la vida pública de Jesús desde el bautismo, el milagro de la multiplicación del vino en la boda de Caná de Galilea, anuncio del Reino e invitación a la conversión, la transfiguración y la Eucaristía que como dice el Vaticano II “mediante ella que la Iglesia vive y crece continuamente”

Los misterios de dolor se refieren a la pasión y muerte de Jesucristo. Y los misterios gloriosos, nos revelan el triunfo de Jesús sobre la muerte: la resurrección, la ascensión, la venida del Espíritu Santo y la asunción de la Virgen y coronación de María como madre y reina de todo lo creado.

Las avemarías son el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana. Pero precisamente a la luz del Ave María, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave María, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la virgen de Nazaret. Expresan por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra – la encarnación del Hijo en el seno virginal de María análogamente a la mirada de aprobación del Génesis aquel  pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Repetir en el rosario el Ave María nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia.

El centro del Ave María, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación Apostólica Marialis cultus, la costumbre practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando.

 

Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y al mismo tiempo ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave María, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús, el único nombre del cual podemos esperar la salvación (Hch.4, 12) junto con su Madre Santísima, y como dejando que ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotokos, deriva además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

El Santo Rosario es una excelente oración popular, al alcance de todos y que une como pocas devociones a la Virgen con Cristo su Hijo.

Y que, a pesar de que con mucha frecuencia el rezo del Rosario se lo hace mecánicamente y actualmente como parte del culto a los difuntos, ésta es una oración que debemos “recrearla”, valorarla más, vivirla personalmente y extender su práctica. Es decir caer en la cuenta que es una oración con la que podemos unirnos a María y a su Hijo, meditando el gran misterio de la Encarnación que fue el inicio de nuestra redención; el misterio que nos permitió conocer el amor del Padre, conocer al Dios de Jesús, misterio que nos abrió el camino para sentir la presencia de Dios entre nosotros.

Y finalmente es una oración evangélica, pues está inspirada en los misterios de la vida de Cristo. Por tanto podemos rezar el rosario, haciendo énfasis en el texto bíblico que nos habla de la vida de Jesús y reflexionarlo. Recordemos que somos seres sensibles a los símbolos y que el tener el rosario entre las manos, nos ayuda a recordar, a evocar que el Señor nos amó hasta la locura de la cruz.

 

martes, 25 de noviembre de 2025

 

 

SAN MATEO: DE PECADOR A APÓSTOL Y EVANGELIZADOR

 

 

En el corazón del Evangelio palpita siempre una historia de encuentro, de conversión y de gracia. Ninguna muestra mejor esa fuerza transformadora que la de San Mateo, también llamado Leví, recaudador de impuestos, hombre público y, según la mentalidad de su tiempo, pecador sin remedio. Sin embargo, fue precisamente a él —no a los piadosos ni a los “perfectos”— a quien Cristo dirigió su mirada y su palabra liberadora: “Sígueme” (Mt 9,9).

En ese breve imperativo se encierra toda una teología de la gracia: el amor de Dios que se adelanta, que busca y transforma. San Mateo nos recuerda que la conversión no es mérito humano, sino don divino que nos levanta del polvo para hacernos discípulos.

Esta reflexión propone contemplar ese paso de Mateo —del pecado al seguimiento, de la codicia a la caridad— como signo de esperanza para todo cristiano llamado hoy a renovar su corazón, a dejarse mirar por Jesús y a anunciar su misericordia al mundo.

 

El Evangelio de Mateo nos dice escuetamente: “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Y él se levantó y lo siguió” (Mt 9,9).

Detrás de esa simplicidad narrativa se esconde un misterio profundo: la mirada de Cristo que despierta el alma dormida. Mateo no se levanta por un esfuerzo moral, sino porque ha sido tocado por la gracia. La iniciativa no parte del hombre, sino de Dios, que “nos amó primero” (1 Jn 4,19).

Los Padres de la Iglesia comprendieron bien este dinamismo. San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre Mateo, comenta: “Cristo no se avergüenza de llamar al publicano, para mostrarnos que no hay pecado que pueda vencer su amor.”

Así, la conversión de Mateo es símbolo de la potencia de la gracia divina que no destruye la naturaleza, sino que la sana y la eleva. Como enseña Santo Tomás de Aquino, “la gracia no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona” (S.Th. I-II, q. 109, a. 1).

El recaudador de impuestos no dejó de ser hombre de números y escritura; esas mismas capacidades, redimidas, las pondrá al servicio del Evangelio.

El Magisterio de la Iglesia reafirma que la llamada del Señor nunca deja al discípulo igual. Juan Pablo II, en “Evangelica testificatio”, recordaba: “La llamada del Señor es siempre una fuerza transformadora que introduce en el corazón del hombre una novedad de vida.” (n. 23)

En Mateo descubrimos que la gracia no solo perdona el pasado, sino que abre un futuro nuevo. Convertirse es levantarse y ponerse en camino.

 

Mateo, transformado por el encuentro con Jesús, no se encierra en un retiro de arrepentimiento. Al contrario, su casa se convierte en lugar de misión: “Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores acudieron a comer con Él” (Mt 9,10). La conversión auténtica no aísla, sino que contagia. Quien ha experimentado la misericordia desea comunicarla. El antiguo recaudador se convierte en evangelista.

Según la tradición, Mateo escribió su Evangelio para los cristianos de origen judío, mostrando que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Orígenes afirma en su Comentario al Evangelio de Mateo: “Mateo quiso mostrar que el Evangelio no destruye la Ley, sino que la lleva a su plenitud en Cristo.”

Así, su vida y su obra expresan dos dimensiones inseparables del discipulado cristiano: pertenecer a Cristo y anunciarlo a los demás. El papa Benedicto XVI lo subrayó con belleza: “En la figura de Mateo se nos revela que los que parecen más alejados pueden convertirse en testigos luminosos de la misericordia divina.” (Audiencia general, 30 de agosto de 2006).

También autores contemporáneos como Scott Hahn o Edward Sri, dentro de la teología bíblica, insisten en este punto destacando que san Mateo es el testimonio vivo de que Dios puede llamar incluso en los ambientes más oscuros, allí donde la religiosidad superficial o la indiferencia parecen dominar.

Evangelizar, en Mateo, no es una tarea añadida: es la consecuencia natural de haber sido amado y perdonado. El pecador redimido se convierte en misionero.

El testimonio de Mateo sigue siendo actual. Su figura interpela a quienes piensan que su pasado los descalifica, a los que se sienten indignos de acercarse a Dios o inútiles para su obra. En él resuena la verdad de las palabras del papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.” (Evangelii Gaudium, 3)

La conversión de Mateo no fue un momento puntual, sino una fidelidad cotidiana. Seguir a Cristo implicó para él aprender cada día a dejar atrás el egoísmo, a vivir en pobreza, a confiar, a servir. Su Evangelio se ha convertido en una escuela permanente de discipulado: es el texto más litúrgico, más eclesial, más orientado a la práctica del seguimiento. Como afirma Santo Tomás, “la fe sin obras está muerta, pero la fe viva actúa por la caridad” (S. Th. II-II, q. 4, a. 7).

En tiempos de nueva evangelización, san Mateo nos enseña que el anuncio del Evangelio nace de un corazón convertido, no de estrategias o campañas. El misionero es, ante todo, un testigo de la misericordia recibida. Por eso, la Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de peregrinos en proceso de conversión, que anuncian desde su fragilidad la fuerza de la gracia.

La historia de san Mateo no es un simple episodio del pasado, sino una parábola viva del poder transformador de la gracia. De recaudador a apóstol; de hombre de cuentas a hombre del Evangelio. En su vida se cumplen las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

También hoy, Cristo pasa junto a nuestras “mesas de impuestos”: nuestros trabajos, nuestras rutinas, nuestros pecados y cansancios. Su voz sigue diciendo: “Sígueme”. Responder a esa llamada es entrar en una historia nueva, dejar que la misericordia reconstruya lo que parecía perdido.

Que san Mateo Apóstol y Evangelista nos inspire a levantarnos y seguir a Cristo con la alegría de los redimidos; a ser testigos creíbles de su perdón; y a vivir con la certeza de que ningún pasado es obstáculo para la gracia de Dios, cuando el corazón se deja mirar por su amo.

 

(21 septiembre 2025)

 

HOMILIA FIESTA DE NTRA. SEÑORA DEL CARMEN

 

Lecturas:

Proverbios 8, 22-31;

Gálatas 4, 4-7;

Juan 2, 1-11

 

1. Alegres y con traje de fiesta estamos reunidos en torno al altar, porque queremos alabar y bendecir a nuestro Dios por haber hecho tan grande, tan santa y tan guapa a la mujer que es su Madre y también nuestra, y porque queremos honrarla y venerarla con todo el corazón, bajo la advocación de Nuestra Sra. del Carmen, Patrona de nuestro pueblo.

2. La advocación Virgen del Carménanos conecta con el monte Carmelo en Israel. Se trata de una cordillera sobre el Mediterráneo que tiene 26 Kms, de largo, 7 Kms, de ancho, y 550 m, en su parte más alta. En sus faldas existen muchas cuevas naturales, en lasque vivían los eremitas, entre ellos, el gran profeta Elías, que vivió nueve siglos antes del nacimiento de Cristo. En tiempos del profeta, hubo una sequía que duró tres años seguidos con lo que eso llevaba consigo de miseria para el pueblo judío.

Postrado en tierra, en la falda del monte Carmelo, Elías oró fervientemente al Señor, para que viniera la lluvia. Al terminar su oración, mandó a su criado que subiera a la parte que da al mar para comprobar si venía la lluvia. El criado informó al profeta: una nube...como la palma de la mano de un hombre sube del mar. Poco después, la lluvia llegó y desapareció

La sequía. Según una tradición, esa nubecilla era símbolo de la Virgen, detrás de la cual, vino Cristo con la lluvia de la gracia.

3. Inspirándose en el espíritu de Elías, un grupo de devotos de Tierra Santa, procedentes de Occidente, se estableció en el Carmelo, antes del siglo XI, para hacer oración y penitencia. Movidos por su gran amor a la Virgen, la escogieron como Patrona y construyeron el primer templo del Carmelo en su honor. A causa de la persecución musulmana, algunos huyeron a Europa y, de ellos, surgió la Orden Carmelita.

Y fue el año 1246, cuando eligieron como general de la Orden al que sería san Simón Stock, el cual vio que, sin una intervención de la Virgen, la Orden desaparecería pronto. Para que esto no ocurriera, recurrió a María y puso la Orden bajo su protección, llamándola en so oración Flor del Carmelo y Estrella del Mar.

En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251, se le apareció la Santísima Virgen y le dio el escapulario con esta promesa: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno.

Aunque, en principio, el escapulario era para los carmelitas, la Iglesia lo extendió a todos los católicos. El mismo p apa Juan  Pablo II manifestó en una ocasión: también yo llevo mi escapulario desde hace mucho tiempo.

4. Al rememorar la historia del la Virgen del Carmen dándonos el escapulario y, al estar celebrándola como Patrona de nuestro pueblo, todos, por amor a la Virgen del Carmen, podíamos sacar éstos o parecidos compromisos:

En primer lugar, alabar a Dios y darle gracias por haber hecho tan grande y tan santa a la Virgen, Virgen del Carmen, teniendo en cuenta estas frases del Evangelio:

· Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderosa hecho obras grandes por mí.

· Bendita tú entre todas las mujeres.

· Bienaventurada tú que has creído

Con gozo, con fuerza y con entusiasmo le decimos a la Virgen del Carmen para gloria de Dios: ¡Bendita, bienaventurada, dichosa tú que creíste y, por eso, el que lo puede todo hizo en ti cosas grandes por encima de todas la mujeres!

Pero, como no nos conformamos con ensalzarla, nos comprometemos, además, a amarla entrañablemente, más que en este año que ha pasado. Amor que intentaremos que se traduzca en...

· Procurar ser todo de la Virgen. Como Juan Pablo II, totus tuus.

· Imitarla en sus virtudes. Hemos de tener a gala el parecernos a nuestra Madre del cielo.

· Acudir a Ella con confianza, como San Simón Stock, y como enseña san Bernardo: Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, invoca a María

Si la ira, la avaricia, el placer carnal arrastra con violencia la barquilla de tu alma, mira a María

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María...Si te tiene de su mano, no caerás. Por último, aceptar y cumplir su invitación: haced lo que Él os diga.

El escapulario y su promesa no son una protección mágica, ni una dispensa de las exigencias del Evangelio.

Son, más bien, un compromiso de hacer siempre y en todo lo que Jesús nos enseñó y nos manda.

La Virgen del Carmen y el mismo escapulario nos piden una mayor exigencia en el modo de vivir la vida cristiana

5. A la Virgen del Carmen le decimos cada uno:

Madre del Carmelo:

A tus manos ponemos nuestras plegarias: acógelas.

Tenemos mil dificultades: ayúdanos.

De los enemigos del alma: sálvanos.

En nuestros desaciertos: ilumínanos.

En nuestras dudas y penas: confórtanos.

En nuestras enfermedades: fortalécenos.

Cuando nos desprecien por ser fieles a tu Hijo: anímanos.

En las tentaciones: defiéndenos.

En horas difíciles: consuélanos.

Con tu corazón maternal: ámanos.

Con tu inmenso poder: protégenos.

Y en tus brazos al expirar: recíbenos.

Virgen del Carmen, ruega por nosotros

Ahora y en la hora nuestra muerte.

Amén

 

domingo, 5 de octubre de 2025

 

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar. La Cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la Cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda. Esto es totalmente cierto, pero no queremos detenernos en esta contemplación del Crucificado, al menos por ahora.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La Cruz como necedad y escándalo. En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la Cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la Resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la Cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la Cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la Cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad.

El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la Cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Si extendemos nuestra mirada a este universo que antaño se creía eterno e infinito vemos que lleva en sí la marca de la Cruz como aquella señal de la que Caín nunca pudo desprenderse. La señal de la caducidad. Toda la realidad es tu morada, si se me permite el neologismo, por la nada, su devenir es consumirse a sí misma, acabar, perecer, morir. Engels, el gran colaborador de Marx, pensaba erróneamente en la eternidad de la materia. Pura ilusión, fue necesaria la ciencia de finales del siglo XIX y del siglo XX, para mostrar lo vano de este planteamiento. Cuando el gran crítico del cristianismo Bertrand Russell tuvo conciencia de las implicaciones filosóficas de los desarrollos últimos de la física, cayó en un profundo vacío existencial. Nada permanecería, lo único eterno era la muerte. Anticipándose “al de más” sartriano nos cuenta como toda la realidad empezó a tambalearse bajo sus pies, el valor de todo el universo era el mismo que el de una estrella fugaz que se apaga en un instante. Todo se consumiría en su propia nada. Con el agravante de que no quedaría ninguna inteligencia que pudiera contemplar el último gesto de agonía del universo. Todo lo material tiene clavada la espina de la parca, y si la realidad del espíritu no es más que una ilusión, o a lo sumo una vaga sombra, nada puede escapar a la corrupción.

Qué decir de la vida, una vida que evoluciona a costa de una enorme cantidad de dolor y muerte. Una vida que aparece como un lugar de agonía. Como escribe Holmes Rolston: “La naturaleza es aleatoria, ciega, catastrófica, derrochadora, indiferente, egoísta, cruel, llena de sufrimiento y, en último término, muerte”. San Pablo contemplaba esta realidad y reflexionando sobre ella decía “que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente”. Es cierto que, desde lo que suponía la resurrección del Señor, la veía como una parturienta esforzándose por dar a luz la nueva creación pues también sería liberada de la servidumbre de la corrupción, algo que nosotros no nos permitimos vislumbrar todavía. El mundo natural se nos presenta como cruciforme y su proceso evolutivo como un vía crucis.

Ahora miremos el aspecto cruciforme de hombre. Invito a contemplar el cuadro Angelus Novus de Paul Klee. A la acuarela de Klee llegué por un texto de Walter Benjamin, él la consideraba una metáfora de la historia, especialmente de los dramáticos tiempos que le tocó vivir. Es el ángel de la historia que tiene un ojo fijo en el pasado. Es el ángel asustado, aterrorizado, que contempla esa historia que se va construyendo ruina tras ruina y a cuya espalda se alza el futuro ignoto. Sus alas desplegadas por el impetuoso viento le arrastran de modo inexorable. Al final él se liberó de su propia historia al suicidarse en Port-Bou antes de caer en manos nazis, “Sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie” había escrito. La historia del hombre ha sido y es una historia marcada por el dolor, la limitación, el sufrimiento y la Cruz.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la Cruz. Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la Cruz), aquella joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía:“mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una Cruz. Porque la Cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa Cruz asumida libremente muestra el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre. La Cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto. Es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una Cruz amándonos.

Siendo así que en la historia de la salvación se nos ha ido desvelando un Dios misericordioso, es en la historia de Jesús donde esta revelación adquiere una profundidad insospechada más allá de toda lógica humana. Israel en su  propia historia fue descubriendo que la misericordia no era una realidad abstracta. En la historia de Jesús esto adquiere proporciones abisales, incomprensibles. Aquí se hace añicos toda la lógica racional y se desvela una extraña lógica que nos habla de un abismo de amor que nos desborda totalmente.

 “Todo comenzó con un encuentro”, según la frase elocuente de Schillebeeckx. El recuerdo de su enseñanza y su trato con la gente, transmitida por los discípulos y conservado por las comunidades que creyeron en Él, quedó escrito en forma de diversos evangelios, éstos presentan un fascinante retrato de una persona vibrante, apasionadamente enamorada de Dios, que acentuaba el cuidado que Dios dispensaba a todos. A la luz de la Pascua, los discípulos comenzaron a entender que Jesús había corporeizado  los modos de ese reinado de un modo intensamente original. Como sostuvo Gregersten,  la interpretación estaba clara: “ si éste es Dios, así es Dios”. Su historia inscribe en el tiempo la revelación del corazón de Dios. La vida de Jesús fue un despliegue de amor y de misericordia frente a la miseria humana, con todos aquellos que tenían necesidad de amor y compasión, de sostén y de ayuda, de comprensión y perdón, lo que le llevó a enfrentarse a la estrecha y hostil mentalidad ambiente con tal de hacer el bien y sanar. Aquellos hombres comprendieron que la sabiduría de Dios en Jesús había venido hasta nosotros, que en adelante la gloria de Dios no podía ser vista junto a la carne ni a través de la carne, sino en la carne y en ningún otro lugar . “El clímax de la historia de la salvación, nos dirá Rahner, no es la separación del ser humano en cuanto espíritu respecto a la tierra para llegar a Dios, sino el descenso de Dios al mundo y su irreversible entrada en él, el advenimiento del logos divino a la materia, de modo que esta se convierte en una realidad permanente en Dios”.