SAN VICENTE FERRER,
ARTESANO DE LA PAZ
(Homilía, 13
abril, 2026, fiesta de san Vicente Ferrer)
Invoquemos al Resucitado para que nos de su paz.
La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia
pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un
poco de fe, una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad,
esta hora dramática de la historia.
La oración, de hecho, no es un refugio para eludir
nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata
tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva
a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita!
En cada uno de nosotros, en cada ser humano, Jesús nos
educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces
la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede
encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las
tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la
vida, sin derecho y sin piedad.
El deseo de paz acompaña a la condición humana y
abarca tanto lo interior como lo exterior de la persona; sin ella no hay
auténtica vida personal, familiar o social. Pero, como estamos sufriendo
actualmente, por desgracia los conflictos y guerras han asolado y continúan
asolando la existencia del ser humano, como en Ucrania. Afortunadamente, han
surgido hombres y mujeres que han buscado y trabajado por la paz y han servido
de puente entre quienes estaban enfrentados y han puesto las bases para el
diálogo y el entendimiento entre las partes en conflicto.
Hoy celebramos la fiesta de san Vicente Ferrer.
Si preguntáramos por qué es conocido este santo, las
respuestas más probables serían por sus sermones y por sus milagros; y quizá
unas pocas personas se referirían también a su implicación en la vida
sociopolítica de su tiempo.
Profundicemos en la figura y mensaje de san Vicente
Ferrer, y situémoslo en nuestro hoy.
Porque san Vicente Ferrer, en su tiempo, fue un
trabajador incansable en favor de la Paz. Su trayectoria misionera se puede
considerar también un itinerario de pacificación. San Vicente Ferrer fue un
auténtico “artesano de paz”. Un artesano es alguien que realiza o fabrica algo
personalmente, con sus manos, sirviéndose de herramientas comunes. No es un
trabajador “en serie” que actúa de manera mecánica e impersonal, utilizando
moldes y plantillas prediseñados.
San Vicente Ferrer asumió personalmente y vivió la
Buena Noticia del Reino de Dios, e intentó que penetrase en todas las facetas
de la sociedad de su tiempo.
Por medio de su predicación, adaptándola a sus
oyentes, hizo llegar la presencia amorosa y pacificadora de Dios a todos los
ámbitos de lo humano. Su principal atención la dirigió a la conversión de la
gente para pacificar los corazones, como primer paso necesario para alcanzar la
paz en otros ámbitos, porque la paz personal no puede separarse de la familiar,
social o política.
El Evangelio no es algo que quede reservado para la
intimidad de la persona. El Evangelio es una Buena Noticia que cambia a las
personas y que se concreta en un nuevo modo de entender el mundo, en lo
personal, familiar, social, político, económico… a partir de Jesucristo.
Y así, intervino también en cuestiones relacionadas
con la vida familiar, en enfrentamientos sociales como los producidos entre dos
bandos familiares en la ciudad de Valencia; en la salvaguarda de derechos de
colectivos marginados, como las mujeres que querían abandonar la prostitución o
los niños huérfanos… Sin olvidar los grandes problemas de los que dependía la
paz política y eclesial de su tiempo.
Por eso, también participó en el Compromiso de Caspe,
donde se solucionó la sucesión al trono de la Corona de Aragón, y en la
resolución del Cisma de Occidente, donde san Vicente, a pesar de sentirse muy
cercano a una de las partes, supo cambiar de postura por el bien y la paz de la
Iglesia.
La paz, siempre pero especialmente en estos tiempos,
es frágil y quebradiza. San Vicente Ferrer fue un mensajero infatigable de la
paz, anunció y trabajó por la paz. Y construir la paz es también una de las
grandes tareas de la Iglesia en nuestro tiempo, y que corresponde a su misión
en el mundo.
San Vicente Ferrer es un punto de referencia para
nosotros, que también estamos llamados a ser artesanos de paz en nuestros
ambientes y en nuestra sociedad.
Como él, cada uno debemos interiorizar y hacer vida el
Evangelio de Jesucristo, para encontrar paz en nuestro corazón y para vivir de
otra manera. Como predicó san Vicente Ferrer, necesitamos volver a Dios,
convertirnos a Él, porque sin Dios no es posible la convivencia ni, por tanto,
la paz.
Celebrando a san Vicente Ferrer, todos debemos
sentirnos corresponsables en promover la paz. Desde nuestro Bautismo, tenemos
la posibilidad de ser artesanos de la paz y, en este tiempo, ser de los “bienaventurados
que trabajan por la paz”, predicándola con palabras y obras en medio de un
mundo con tanta violencia, destrucción y muerte.