domingo, 12 de abril de 2026

                 

SAN VICENTE FERRER,

ARTESANO DE LA PAZ

 

 

 

(Homilía, 13 abril, 2026, fiesta de san Vicente Ferrer)

 

 

Invoquemos al Resucitado para que nos de su paz.

La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia.

La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita!

En cada uno de nosotros, en cada ser humano, Jesús nos educa a la paz, impulsa al encuentro, inspira la invocación. ¡Alcemos entonces la mirada! ¡Volvamos a levantarnos de entre los escombros! Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.

El deseo de paz acompaña a la condición humana y abarca tanto lo interior como lo exterior de la persona; sin ella no hay auténtica vida personal, familiar o social. Pero, como estamos sufriendo actualmente, por desgracia los conflictos y guerras han asolado y continúan asolando la existencia del ser humano, como en Ucrania. Afortunadamente, han surgido hombres y mujeres que han buscado y trabajado por la paz y han servido de puente entre quienes estaban enfrentados y han puesto las bases para el diálogo y el entendimiento entre las partes en conflicto.

Hoy celebramos la fiesta de san Vicente Ferrer.

Si preguntáramos por qué es conocido este santo, las respuestas más probables serían por sus sermones y por sus milagros; y quizá unas pocas personas se referirían también a su implicación en la vida sociopolítica de su tiempo.

Profundicemos en la figura y mensaje de san Vicente Ferrer, y situémoslo en nuestro hoy.

Porque san Vicente Ferrer, en su tiempo, fue un trabajador incansable en favor de la Paz. Su trayectoria misionera se puede considerar también un itinerario de pacificación. San Vicente Ferrer fue un auténtico “artesano de paz”. Un artesano es alguien que realiza o fabrica algo personalmente, con sus manos, sirviéndose de herramientas comunes. No es un trabajador “en serie” que actúa de manera mecánica e impersonal, utilizando moldes y plantillas prediseñados.

San Vicente Ferrer asumió personalmente y vivió la Buena Noticia del Reino de Dios, e intentó que penetrase en todas las facetas de la sociedad de su tiempo.

Por medio de su predicación, adaptándola a sus oyentes, hizo llegar la presencia amorosa y pacificadora de Dios a todos los ámbitos de lo humano. Su principal atención la dirigió a la conversión de la gente para pacificar los corazones, como primer paso necesario para alcanzar la paz en otros ámbitos, porque la paz personal no puede separarse de la familiar, social o política.

El Evangelio no es algo que quede reservado para la intimidad de la persona. El Evangelio es una Buena Noticia que cambia a las personas y que se concreta en un nuevo modo de entender el mundo, en lo personal, familiar, social, político, económico… a partir de Jesucristo.

Y así, intervino también en cuestiones relacionadas con la vida familiar, en enfrentamientos sociales como los producidos entre dos bandos familiares en la ciudad de Valencia; en la salvaguarda de derechos de colectivos marginados, como las mujeres que querían abandonar la prostitución o los niños huérfanos… Sin olvidar los grandes problemas de los que dependía la paz política y eclesial de su tiempo.

Por eso, también participó en el Compromiso de Caspe, donde se solucionó la sucesión al trono de la Corona de Aragón, y en la resolución del Cisma de Occidente, donde san Vicente, a pesar de sentirse muy cercano a una de las partes, supo cambiar de postura por el bien y la paz de la Iglesia.

La paz, siempre pero especialmente en estos tiempos, es frágil y quebradiza. San Vicente Ferrer fue un mensajero infatigable de la paz, anunció y trabajó por la paz. Y construir la paz es también una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro tiempo, y que corresponde a su misión en el mundo.

San Vicente Ferrer es un punto de referencia para nosotros, que también estamos llamados a ser artesanos de paz en nuestros ambientes y en nuestra sociedad.

Como él, cada uno debemos interiorizar y hacer vida el Evangelio de Jesucristo, para encontrar paz en nuestro corazón y para vivir de otra manera. Como predicó san Vicente Ferrer, necesitamos volver a Dios, convertirnos a Él, porque sin Dios no es posible la convivencia ni, por tanto, la paz.

Celebrando a san Vicente Ferrer, todos debemos sentirnos corresponsables en promover la paz. Desde nuestro Bautismo, tenemos la posibilidad de ser artesanos de la paz y, en este tiempo, ser de los “bienaventurados que trabajan por la paz”, predicándola con palabras y obras en medio de un mundo con tanta violencia, destrucción y muerte.

 

 LA CRUZ, UN RECUERDO PELIGROSO

Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Los holocaustos humanos no han desaparecido. Sigue habiendo campos de concentración. Sigue habiendo infiernos como la masacre de Niza, los apuñalamientos de Würburgo, las matanzas de Siria, o Ruanda o Irak., el ataque a Suecia o las muertes en Egipto. Sigue habiendo guerras. Sigue habiendo millones de refugiados. Y millones de muertes prematuras a causa del hambre y sus secuelas. La pasión y la muerte del hombre siguen llenando la historia como un aullido interminable. La historia humana sigue teniendo su reverso. Hay vencedores y vencidos, verdugos y víctimas, crucificadores y crucificados.
Esta experiencia de la historia no se da sólo a nivel individual. Se da al nivel colectivo de los pueblos. Hay pueblos crucificadores y pueblos crucificados. Pero esto no es un destino inexorable. Es consecuencia de la libertad y de las decisiones humanas. Leído teológicamente es “el pecado estructural” que se va desfigurando y configurando en los procesos humanos.
La historia del sufrimiento humano es una memoria peligrosa. Nos desestabiliza de nuestras seguridades. Pone de manifiesto nuestros mecanismos de disculpa. Es una memoria acusadora.
La señal de la cruz, la aprendemos desde niños, de labios de nuestros padres. Es, también, una síntesis formidable de la fe cristiana. La cruz está asociada al Dios revelado. Y la revelación de Dios está vinculada al acontecimiento de la cruz. Pero hay un proceso de lectura e interpretación de la cruz que la ha ido convirtiendo en un nuevo símbolo de nuestra redención. La ha sacado de la trama histórica. Su necesidad parece impuesta desde fuera. Es el precio de un rescate, de una deuda.
A medida que la pasión se ha ido leyendo sólo como el gran acontecimiento de la gracia de Dios, la cruz ha ido perdiendo su suelo histórico. Se ha visto reducida a la dimensión de símbolo de la redención, de su carácter violento y doloroso. A medida que se ha ido teologizando, de hecho, ha perdido la trama intrahistórica de la violencia. Todo va pasando al plano intrateológico. El Crucificado muere víctima de la justicia de Dios. Es la víctima inocente de un sacrificio por los demás.
Progresivamente la cruz se vacía de Cristo. Se reduce a significar el carácter paradójico de la reconciliación del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Supone que hay una distancia y una rivalidad de Dios y el hombre. El hombre es enemigo de Dios. Lo busca por caminos torcidos. Está encorvado y tiene que enderezarse con dolor. La cruz simboliza esa dimensión costosa de la redención por parte de Cristo
Lo que acontece cuando la cruz se vacía de Cristo y pierde la perspectiva personal e histórica es que se transforma en una exaltación del dolor. La redención pierde el sentido de la relación personal. Desaparece su dimensión de acusación y denuncia. Se va reduciendo a una mística del dolor y del amor. Van quedando esos “cristos” dolientes y trágicos. Esos héroes caídos. Invitan a la admiración y a la compasión. Conmueven, pero no convierten.
En cambio, la cruz de Jesús está enraizada en la tierra y en la historia. No puede ser absorbida en la resurrección, ni en el símbolo. Constituye un recuerdo peligroso y salvador. Sigue siendo la acusadora muerte de un inocente. No nos invita a escapar de la historia. Nos sumerge en el reverso de la misma.
La pasión y crucifixión de Jesús de Nazaret es el centro de los acontecimientos bíblicos. Es el tema central del Nuevo Testamento. Pero no se le puede aislar como si fuera un acontecimiento desligado de los anteriores y los siguientes. Es cierto que, por una parte, no se le puede descrucificar y transmitir la imagen de un Jesús blando o de un Jesús dulcísimo. Pero también es verdad que la cruz no es lo único de su vida. Constituye el final de una historia. No se entiende la pasión y la muerte de Jesús sin la vida y el camino que conduce hacia ella. Toda la trayectoria histórica del Mesías es una explicación de su muerte.
La pasión y la crucifixión de Jesús es la abreviatura de toda su vida. Resume y condensa su actitud y su mensaje. Es la consecuencia de una apasionada esperanza y de su praxis mesiánica. Jesús es el hombre de la gran esperanza del reino. Vive un amor apasionado por la causa de los pobres, de los excluidos, de los oprimidos y de los enfermos. Crea vida donde hay enfermedad y muerte. Confiere esperanza a las personas que no tienen nada que esperar. Es un hombre libre que contagia libertad y liberación. Por los caminos empieza a reunir la nueva familia del reino.
La muerte de Jesús de Nazaret, como la de cualquier ser humano, está ya inscrita en la encarnación. Asumir nuestra condición humana implica asumir nuestra mortalidad. Jesús muere porque nosotros morimos.
La muerte de Jesús no es indolora. No es una muerte natural por la que se van sucediendo las generaciones de la vida. No es un error, un malentendido. No es una mera casualidad histórica. Tampoco se puede atribuir sólo a la maldad o a la torpeza personal de Caifás y de Poncio Pilato.
Jesús muere una muerte específica. Muere la muerte de un condenado a muerte. No es la suya una muerte bella. Es una muerte infame. Le acontece en plena juventud como ejecución de una sentencia de pena de muerte.
El Mesías muere la pasión y la muerte de un condenado. Su pretensión y su misión no cabía en los estrechos límites de la ley. A su Dios le quedan muy pequeños los límites del judaísmo. La praxis y la palabra de Jesús desbordan las esperas. Jesús se presenta como el Mesías antimesías. Termina siendo el Mesías rechazado. El que muere en el madero es un maldito de Dios. Era evidente que Dios no estaba de su parte.
Vista con los ojos de Jesús, la crucifixión es el culmen de su identificación con los crucificados. Radicaliza y verifica su solidaridad con las víctimas. En la cruz Jesús se identifica con todos los que sufren. Es una identificación misteriosa pero real. Gustando hasta el fondo la amargura de nuestra pasión y muerte, el Mesías las trasforma. Las vive desde la absoluta confianza en el Padre. Las sufre como realización de su amor que es más fuerte que la muerte. De esta suerte el Mesías crea vida en medio de la muerte, libera del dolor en medio del dolor, libera de las cruces como crucificado.
La cruz que era signo de la maldición humana, de su esclavización, se convierte por obra del Mesías en signo de amor y de fidelidad a toda prueba, en signo de comunión con todos los que sufren. Además, la cruz de Jesús se convierte en el lugar donde se realiza la liberación definitiva de los hombres. En la muerte de cruz Jesús hace surgir la vida; en el fracaso y la desesperanza hace surgir el nuevo comienzo y la esperanza. De esta manera Jesús crucificado recupera totalmente la existencia humana