FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
Los misterios del Bautismo del Señor y
de su manifestación en las bodas de Caná están estrechamente ligados con el
acontecimiento salvífico de la Epifanía.
La fiesta del Bautismo del Señor
concluye el Tiempo de navidad. Esta fiesta, revalorizada en nuestros días, no
ha dado origen a especiales manifestaciones de la piedad popular. Sin embargo,
para que los fieles sean sensibles a lo referente al Bautismo y a la memoria de
su nacimiento como hijos de Dios, esta fiesta puede constituir un momento
oportuno para iniciativas eficaces, como: el uso del Rito de la aspersión
dominical con el agua bendita en todas las misas que se celebran con asistencia
del pueblo; centrar la homilía y la catequesis en los temas y símbolos
bautismales.
ORACION DE ACCIÓN
DE GRACIAS POR NUESTRO BAUTISMO
Señor Jesús: Hoy queremos asumir
toda la potencialidad de nuestro
bautismo.
Nuestro bautismo, como el tuyo,
fue un comienzo no un final.
Nuestro bautismo, como el tuyo,
fue una promesa no una realización.
Nuestro bautismo es un regalo porque se
da
a los que nada tienen que poner de su
parte.
Nuestro bautismo es una gracia
porque se da incluso a los pecadores y
entierra el pecado.
Nuestro bautismo es una unción
sacerdotal y regia.
Nuestro bautismo es una iluminación
porque irradia la luz divina.
Nuestro bautismo es un vestido
que cubre nuestras vergüenzas.
Nuestro bautismo es un baño que nos
purifica.
Nuestro bautismo es un sello que nos
guarda
y signo del señorío de Dios Padre sobre
nuestras vidas.
Señor Jesús: El día de tu bautismo
dejaste tu casa y te fuiste al río
Jordán
para ser bautizado por Juan en un
bautismo general.
Fue el primer día de tu vida pública y
de tu ministerio.
En tu bautismo, Jesús, descubriste quién
eras.
Tuviste la experiencia cumbre, la de
sentirse amado por Dios:
Los cielos se abrieron y el Espíritu
Santo
descendió sobre ti y se escuchó una voz
del cielo que decía:
Eres mi hijo muy amado, el predilecto.
Te imagino, en aquellas aguas, tiritando
como una hoja
y preguntándote qué había pasado.
Aquel día, descubriste quién eras,
tu identidad y tu misión.
Aquel día tu vida tenía un nuevo
significado,
una nueva dirección, un nuevo norte,
un nuevo centro y una nueva finalidad.
Tu Padre habló y tu oíste su voz.
A partir de aquel día tenías una nueva
causa
por la que luchar y un Padre con el que
conversar.
En manos de tu Padre tenías que servir
al reino del amor.
Tu bautismo en las aguas del Jordán
fue el giro copernicano en tu vida.
Dejaste todo atrás y comenzaste una vida
nueva.
Señor Jesús: El día de tu bautismo marcó
un antes y un después.
El después fue la pasión por el reino de
Dios,
la fuerza del Espíritu,
la identidad plena y nueva de Hijo de
Dios,
la vorágine de la predicación,
la irrupción del amor,
la búsqueda de los pecadores y
abandonados,
el ser puente entre Dios y los hombres,
unir cielo y tierra.
Tu marcado y lleno del Espíritu
descubriste su nuevo ser.
Tú eres el Hijo, el amado, al que mira
el Padre con cariño.
Tu Jesús, el amado, el mirado con cariño
por el Padre,
descubriste tu nueva dimensión,
no te perteneces, perteneces a Dios y
para Dios.
Y lo viviste con tal intensidad que ya
nada fue igual.
Te pusiste incondicionalmente al
servicio de Dios
hasta el final de tu vida y pudiste
decir:
Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu.
El día de tu bautismo comenzaste la
nueva creación,
la nueva alianza de Dios con los
hombres,
el nuevo bautismo en el Espíritu.
Para ti, Jesús, todo empezó
el día en que te presentaste en el río
Jordán,
junto a los pies de Juan el Bautista
quien te bautizó y saliste del agua
lleno del Espíritu,
de la fuerza y del poder de Dios,
ungido para predicar la aventura de un
nuevo amor
en el que hay salvación para todos.
Señor Jesús: Hubo un día,
siempre hay un día en la vida de cada
persona,
en que todo puede y debe cambiar.
Para todos nosotros,
discípulos y compañeros de viaje,
ese día fue el día de nuestro bautismo.
Salimos de las aguas
renovados y sellados por el hechizo del
Espíritu.
Pero el sello y la marca del hechizo
quedan poco a poco ocultas e invisibles
bajo el peso de la rutina
y de la normalidad de la vida cotidiana.
La normalidad de nuestra vida es gris,
salpicada de pequeñas anécdotas:
Una borrachera aquí, una aventura allá,
una pelea en la esquina, un hijo en la
cárcel,
un marido huido... pero siempre una vida
gris.
Hasta que un día dejamos de ser
normales...
Es el día en que despertados y quemados
por el Espíritu
asumimos nuestro bautismo y cambiamos de
rumbo.
Decimos adiós a la normalidad del mundo
y nos convertimos a la anormalidad del
evangelio.
Decimos adiós a las pasiones de la carne
y nos convertimos a la pasión por el
reino de Dios.
Decimos adiós a la vida loca del hombre
viejo
y nos convertimos a la vida del hombre
nuevo
en el Espíritu.
Decimos adiós a la esclavitud de los
vicios
y nos convertimos a la libertad de los
hijos de Dios.
¿Cuándo llegará ese día en nuestra vida?
Dios Padre quiere que sea hoy.
Nosotros, bautizados también como tú,
en las aguas bautismales de nuestra
Iglesia
estamos llenos del Espíritu Santo,
estamos llamados a servir a Dios y a
nuestros hermanos
y Dios Padre nos da el poder para vivir
como hijos suyos,
como hijos del único Padre.
Dios es nuestro enamorado.
¿Seremos capaces de dar nuestro amor
rastreando el amor que Dios nos da?
Dios es nuestro dueño.
¿Y nosotros injertados en su vida por el
bautismo
lo reconoceremos como tal?
Estar bautizado es escuchar,
día tras día, una declaración de amor:
Tú eres mi hijo, Yo te quiero.
Señor Jesús: Que también en nosotros se
inaugure como en ti
un nuevo tiempo de misión y de trabajo.
Que la presencia del Padre y del
Espíritu
y de toda tu persona,
se haga presente en nosotros de tal
manera que,
viviendo con alegría nuestra identidad
cristiana,
sea semilla de aquella gran sementera
que es tu Evangelio.
Amén.
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