MARIA VIVE EL
VIA CRUCIS DE SU HIJO
Por
Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado
Episcopal de Religiosidad Popular
La piedad popular a la Santísima
Virgen, diversa en sus expresiones y profunda en sus causas, es un hecho
eclesial relevante y universal, sobre todo en estos días cuaresmales.
““Vía Matris””, o el camino al
Calvario de la Madre acompañando al Hijo, es una hermosa metáfora de la vida
como camino que vale también para María; más aún, a ella se aplica en modo
inminente. La vida de la Virgen fue un camino de madre, de discípula, de mujer
inmersa en el dolor.
Esta devoción a la Madre Dolorosa
brota de la fe y del amor del pueblo de Dios a Cristo, Redentor del género
humano, y de la percepción de la misión salvífica que Dios ha confiado a María:
La Virgen no es sólo la Madre del Señor y del Salvador, sino también, en el
plano de la gracia, la Madre de todos los hombres.
No cabe duda de que la meditación en los momentos postreros de la
Pasión de Cristo hizo ver en qué profunda soledad quedaba la Madre tras su
muerte y sepultura, a pesar de que en la Cruz se la encomendara a Juan, el
discípulo predilecto.
Tras asistir al pie de la Cruz a la muerte de su Hijo y a su
posterior entierro en el sepulcro, María permanece en soledad contemplando
interiormente los acontecimientos mientras aguarda la Resurrección
La soledad de María conlleva dolor, tristeza, angustia y
sufrimiento porque su corazón de Madre ha sufrido mística pero realmente todos
los tormentos de la Pasión de su Hijo, completados con el desgarro inevitable
de la asistencia al descendimiento y sepultura del cadáver. Por ello pudo
referirse san Lorenzo Justiniano al corazón de la Virgen como espejo clarísimo
de la Pasión de Cristo.
Comenzó de nuevo para María una nueva Pasión desde
la lanzada hasta el sepulcro, y del sepulcro
a la soledad, que le duró hasta la Resurrección.
Este culto mariano a María en su “pasión”
siempre ha tenido un lugar privilegiado en la Iglesia. Pero rotundamente, la
edad de oro de la devoción a la Virgen en su acompañamiento a su Hijo a la
Cruz, tuvo lugar a partir del siglo XIII, heredando la corriente de siglos
anteriores.
La religiosidad mariana siempre
estuvo ligada a la devoción a Jesús. Pues bien, en los siglos de la plena Edad
Media se produjo en la espiritualidad occidental un auténtico “redescubrimiento
de Cristo”. La Alta Edad Media había privilegiado más la figura de Dios omnipotente,
Padre y Juez, con una sintonía mayor con el Antiguo Testamento. Y a Jesucristo
se le había venerado más como Salvador. Se representaba en las iglesias
románicas a Jesús como el “Pantócrator”, participando de la soberanía del Padre
sobre la creación y como artífice del juicio final, y Jesús en los crucifijos
del siglo XI era un Cristo en majestad más que sufriente. Pero esto cambió, en
la plena Edad Media, que ha sido llamada la edad de Cristo. La figura de Cristo
se humanizó progresivamente, y fue creciendo la devoción a su naturaleza
humana.
En este tiempo la devoción a la
Virgen ganó tanto terreno que se produjo una auténtica “feminización de la
piedad”. Anselmo de Canterbury escribía su “Cur
Deus homo” que exaltaba la encarnación y el común de las gentes se venía
familiarizando con su vida terrenal. Había divulgado la piedad hacia “Cristo,
nuestra madre”, una devoción intimista y delicada.
También la gran mística alemana
Hildegarda de Bingen, en su “Scivias”,
había hablado del amor de Dios como un amor maternal, lleno de dulzura y de
misericordia. Esta feminización devocional se ha puesto en relación con una
nueva consideración de la mujer en la Edad Media que afectó sobre todo a las
capas aristocráticas.
Todo ello conectaba con la lírica
trovadoresca, el amor cortés y su exaltación de la mujer. A la devoción mariana
se le aplicaron los códigos feudales de la relación entre señor y vasallo y los
esquemas líricos del amor cortés, y así, la Virgen pasaba a ser la dama y,
sobre todo, Nuestra Señora, y sus devotos enamorados que le cantaban, sus
fieles vasallos.
Alcanzaron un gran éxito los
relatos apócrifos sobre la infancia, la vida pública y su pasión, y creció el
afán por pisar los lugares donde vivió, y aquí hay que aludir a las
peregrinaciones a Tierra Santa y a las cruzadas, y a la devoción por sus
reliquias, sobre todo las de la Pasión: El “Lignum Crucis”, fragmentos de sus
vestidos, espinas de la corona, fragmentos del sudario del Señor y de su
sangre, etc.
El fenómeno de la devoción a la
humanidad de Cristo cobró fuerza a partir del siglo XIII y desde este siglo exclosionó
la devoción a la Virgen María. Ésta hacía furor recogiendo el impulso que había
nació en el concilio de Éfeso del 431 cuando se proclamó solemnemente a María
como Madre de Dios, Virgen “Theotokos”, aunque antes de ello ya existía el
culto popular a la Virgen.
En el plan salvífico de Dios vemos
asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa. Como Cristo es el “hombre de
dolores”, por medio del cual se ha complacido Dios en reconciliar consigo todos
los seres: Los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de
su cruz, así María es la “mujer del dolor”, que Dios ha querido asociar a su
Hijo, como madre y partícipe de su pasión. Este fue el camino de la Virgen
María, inmersa en el misterio del dolor. Para ella el camino fue ya sea
peregrinación al templo para escuchar de los labios de Simeón, hombre temeroso
de Dios, palabras oscuras sobre el destino de su Hijo y de su propia vida, que
habría sido marcada por el misterio de la espada o el caminar hacia el Calvario,
siguiendo las huellas del Hijo. El
camino de la Cruz de Cristo y el camino de la Madre (Vía Matris) coinciden,
casi signo del vínculo de amor y del dolor que une a la Madre con el Hijo.
Sin embargo, ya que toda la vida
de la Virgen --su camino-- fue marcada por el sufrimiento, el pueblo cristiano
la unificó en forma conceptual y la celebró en forma cultual como el “camino
del dolor”, asumiendo como clave de lectura la participación de la Madre a la pasión
del Hijo y como modelo de celebración el Vía Crucis. Hasta principios del siglo
XX, el ejercicio piadoso fue denominado con frecuencia: Vía Matris, o los siete
ásperos dolores de María Virgen meditados en la misma forma que el Vía Crucis.
Ciertamente durante los siglos
XVII y XVIII la atención en España y los países americanos dependientes
entonces de la corona española hacia la pasión de Cristo y hacia los dolores de
la santa Virgen era muy profunda y difundida, y muy pronto de difundió esta
devoción.
Un antecedente del “Vía Matris”
puede ser la procesión instituida en 1661 por los frailes Siervos de María de
la Comunidad de Nuestra Señora del Buen Suceso de Barcelona: El domingo de
Palmas desfilaban por las calles adyacentes a la iglesia de los Siervos siete pasos
o grupos de esculturas que representaban las escenas sagradas, simbolizando los
siete dolores de la Virgen.
El “Vía Matris” se detiene
largamente en la contemplación amorosa del camino del dolor de Cristo y de la
Virgen. El Señor Jesús, hombre nuevo y perfecto, hecho semejante “en todo a sus
hermanos” fue “probado en todo, como nosotros,
excluyendo el pecado» y compartió plenamente el misterio del dolor y de la
muerte. Y al igual que Él, su Madre, la mujer nueva, primicia de la humanidad
sin pecado.
La misma Sagrada Escritura es un
gran libro sobre el sufrimiento humano. La condición del hombre sobre la tierra
conoce en forma inevitable el dolor y el llanto. Efectivamente el sufrimiento
es una experiencia humana universal y fundamental. Muchas mujeres y muchos
hombres de toda época exclaman con el salmista: “pues se me va la vida en sufrimiento”.
Sin embargo sabemos por la fe,
que Cristo, habiendo asumido en sí mismo el mal del dolor --sufrimiento físico
y sufrimiento moral--, lo venció y lo redimió. “Con la pasión de Cristo –
escribe san Juan Pablo II – todo sufrimiento humano se encuentra en una nueva
situación. […] En la Cruz de Cristo no sólo se cumplió la redención mediante el
sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento fue redimido”... Por la
condescendencia de Dios, que dispone que todo se oriente al bien de aquellos
que lo aman, la pena del dolor se convierte en un instrumento de salvación.
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