jueves, 9 de marzo de 2023

MARIA VIVE EL VIA CRUCIS DE SU HIJO

 

MARIA VIVE EL VIA CRUCIS DE SU HIJO

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

La piedad popular a la Santísima Virgen, diversa en sus expresiones y profunda en sus causas, es un hecho eclesial relevante y universal, sobre todo en estos días cuaresmales.

““Vía Matris””, o el camino al Calvario de la Madre acompañando al Hijo, es una hermosa metáfora de la vida como camino que vale también para María; más aún, a ella se aplica en modo inminente. La vida de la Virgen fue un camino de madre, de discípula, de mujer inmersa en el dolor.

Esta devoción a la Madre Dolorosa brota de la fe y del amor del pueblo de Dios a Cristo, Redentor del género humano, y de la percepción de la misión salvífica que Dios ha confiado a María: La Virgen no es sólo la Madre del Señor y del Salvador, sino también, en el plano de la gracia, la Madre de todos los hombres.

No cabe duda de que la meditación en los momentos postreros de la Pasión de Cristo hizo ver en qué profunda soledad quedaba la Madre tras su muerte y sepultura, a pesar de que en la Cruz se la encomendara a Juan, el discípulo predilecto.

Tras asistir al pie de la Cruz a la muerte de su Hijo y a su posterior entierro en el sepulcro, María permanece en soledad contemplando interiormente los acontecimientos mientras aguarda la Resurrección

La soledad de María conlleva dolor, tristeza, angustia y sufrimiento porque su corazón de Madre ha sufrido mística pero realmente todos los tormentos de la Pasión de su Hijo, completados con el desgarro inevitable de la asistencia al descendimiento y sepultura del cadáver. Por ello pudo referirse san Lorenzo Justiniano al corazón de la Virgen como espejo clarísimo de la Pasión de Cristo. Comenzó de nuevo para María una nueva Pasión desde la lanzada hasta el sepulcro, y del sepulcro a la soledad, que le duró hasta la Resurrección.

Este culto mariano a María en su “pasión” siempre ha tenido un lugar privilegiado en la Iglesia. Pero rotundamente, la edad de oro de la devoción a la Virgen en su acompañamiento a su Hijo a la Cruz, tuvo lugar a partir del siglo XIII, heredando la corriente de siglos anteriores.

La religiosidad mariana siempre estuvo ligada a la devoción a Jesús. Pues bien, en los siglos de la plena Edad Media se produjo en la espiritualidad occidental un auténtico “redescubrimiento de Cristo”. La Alta Edad Media había privilegiado más la figura de Dios omnipotente, Padre y Juez, con una sintonía mayor con el Antiguo Testamento. Y a Jesucristo se le había venerado más como Salvador. Se representaba en las iglesias románicas a Jesús como el “Pantócrator”, participando de la soberanía del Padre sobre la creación y como artífice del juicio final, y Jesús en los crucifijos del siglo XI era un Cristo en majestad más que sufriente. Pero esto cambió, en la plena Edad Media, que ha sido llamada la edad de Cristo. La figura de Cristo se humanizó progresivamente, y fue creciendo la devoción a su naturaleza humana.

En este tiempo la devoción a la Virgen ganó tanto terreno que se produjo una auténtica “feminización de la piedad”. Anselmo de Canterbury escribía su “Cur Deus homo” que exaltaba la encarnación y el común de las gentes se venía familiarizando con su vida terrenal. Había divulgado la piedad hacia “Cristo, nuestra madre”, una devoción intimista y delicada.

También la gran mística alemana Hildegarda de Bingen, en su “Scivias”, había hablado del amor de Dios como un amor maternal, lleno de dulzura y de misericordia. Esta feminización devocional se ha puesto en relación con una nueva consideración de la mujer en la Edad Media que afectó sobre todo a las capas aristocráticas.

Todo ello conectaba con la lírica trovadoresca, el amor cortés y su exaltación de la mujer. A la devoción mariana se le aplicaron los códigos feudales de la relación entre señor y vasallo y los esquemas líricos del amor cortés, y así, la Virgen pasaba a ser la dama y, sobre todo, Nuestra Señora, y sus devotos enamorados que le cantaban, sus fieles vasallos.

Alcanzaron un gran éxito los relatos apócrifos sobre la infancia, la vida pública y su pasión, y creció el afán por pisar los lugares donde vivió, y aquí hay que aludir a las peregrinaciones a Tierra Santa y a las cruzadas, y a la devoción por sus reliquias, sobre todo las de la Pasión: El “Lignum Crucis”, fragmentos de sus vestidos, espinas de la corona, fragmentos del sudario del Señor y de su sangre, etc.

El fenómeno de la devoción a la humanidad de Cristo cobró fuerza a partir del siglo XIII y desde este siglo exclosionó la devoción a la Virgen María. Ésta hacía furor recogiendo el impulso que había nació en el concilio de Éfeso del 431 cuando se proclamó solemnemente a María como Madre de Dios, Virgen “Theotokos”, aunque antes de ello ya existía el culto popular a la Virgen.

En el plan salvífico de Dios vemos asociados Cristo crucificado y la Virgen dolorosa. Como Cristo es el “hombre de dolores”, por medio del cual se ha complacido Dios en reconciliar consigo todos los seres: Los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz, así María es la “mujer del dolor”, que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su pasión. Este fue el camino de la Virgen María, inmersa en el misterio del dolor. Para ella el camino fue ya sea peregrinación al templo para escuchar de los labios de Simeón, hombre temeroso de Dios, palabras oscuras sobre el destino de su Hijo y de su propia vida, que habría sido marcada por el misterio de la espada o el caminar hacia el Calvario, siguiendo las huellas del Hijo.  El camino de la Cruz de Cristo y el camino de la Madre (Vía Matris) coinciden, casi signo del vínculo de amor y del dolor que une a la Madre con el Hijo.

Sin embargo, ya que toda la vida de la Virgen --su camino-- fue marcada por el sufrimiento, el pueblo cristiano la unificó en forma conceptual y la celebró en forma cultual como el “camino del dolor”, asumiendo como clave de lectura la participación de la Madre a la pasión del Hijo y como modelo de celebración el Vía Crucis. Hasta principios del siglo XX, el ejercicio piadoso fue denominado con frecuencia: Vía Matris, o los siete ásperos dolores de María Virgen meditados en la misma forma que el Vía Crucis.

Ciertamente durante los siglos XVII y XVIII la atención en España y los países americanos dependientes entonces de la corona española hacia la pasión de Cristo y hacia los dolores de la santa Virgen era muy profunda y difundida, y muy pronto de difundió esta devoción.

Un antecedente del “Vía Matris” puede ser la procesión instituida en 1661 por los frailes Siervos de María de la Comunidad de Nuestra Señora del Buen Suceso de Barcelona: El domingo de Palmas desfilaban por las calles adyacentes a la iglesia de los Siervos siete pasos o grupos de esculturas que representaban las escenas sagradas, simbolizando los siete dolores de la Virgen.

El “Vía Matris” se detiene largamente en la contemplación amorosa del camino del dolor de Cristo y de la Virgen. El Señor Jesús, hombre nuevo y perfecto, hecho semejante “en todo a sus hermanos”  fue “probado en todo, como nosotros, excluyendo el pecado» y compartió plenamente el misterio del dolor y de la muerte. Y al igual que Él, su Madre, la mujer nueva, primicia de la humanidad sin pecado.

La misma Sagrada Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento humano. La condición del hombre sobre la tierra conoce en forma inevitable el dolor y el llanto. Efectivamente el sufrimiento es una experiencia humana universal y fundamental. Muchas mujeres y muchos hombres de toda época exclaman con el salmista: “pues se me va la vida en sufrimiento”.

Sin embargo sabemos por la fe, que Cristo, habiendo asumido en sí mismo el mal del dolor --sufrimiento físico y sufrimiento moral--, lo venció y lo redimió. “Con la pasión de Cristo – escribe san Juan Pablo II – todo sufrimiento humano se encuentra en una nueva situación. […] En la Cruz de Cristo no sólo se cumplió la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento fue redimido”... Por la condescendencia de Dios, que dispone que todo se oriente al bien de aquellos que lo aman, la pena del dolor se convierte en un instrumento de salvación.

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