EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de
Religiosidad Popular
Algunos símbolos tienen un
simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas
las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal
simbólico, y el símbolo da que pensar. La Cruz es uno de esos grandes símbolos,
símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre
abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.
En la espiritualidad
cristiana se nos invita a contemplar la Cruz, o mejor al Crucificado, desde una
perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado
serían las dos caras de una misma moneda. Esto es totalmente cierto, pero no
queremos detenernos en esta contemplación del Crucificado, al menos por ahora.
Este paso atrás es necesario
para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad
de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente
el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella
expresión paulina tan gastada por manida: La
Cruz como necedad y escándalo. En el fondo estamos acostumbrados a ver
imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes
que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.
Al final de su camino
filosófico, en su escrito “Ecce homo”,
Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se
me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la
razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder,
pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle.
El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que
reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la Cruz, si se me
permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de
“Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo
Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.
En todo pensamiento humano
subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender
tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que
mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la Resurrección. Si
como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad
de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo
que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La
Encarnación y por tanto también la Cruz tiene un significado cósmico y una
dimensión cósmica. La cátedra de la Cruz a secas está en las antípodas de toda
epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las
cruces, el hombre se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede
desvelar la Cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para
la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad.
El absurdo de toda existencia
como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo.
Leyendo la “La Nausea” de Sartre, me
encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la
nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo
está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que
se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras
paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué
humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente
vencidos. Más aún, la Cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese
“estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha
pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el
mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de
moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda
e hiriente realidad.
Si extendemos nuestra mirada
a este universo que antaño se creía eterno e infinito vemos que lleva en sí la
marca de la Cruz como aquella señal de la que Caín nunca pudo desprenderse. La
señal de la caducidad. Toda la realidad es tu morada, si se me permite el
neologismo, por la nada, su devenir es consumirse a sí misma, acabar, perecer,
morir. Engels, el gran colaborador de Marx, pensaba erróneamente en la
eternidad de la materia. Pura ilusión, fue necesaria la ciencia de finales del
siglo XIX y del siglo XX, para mostrar lo vano de este planteamiento. Cuando el
gran crítico del cristianismo Bertrand Russell tuvo conciencia de las
implicaciones filosóficas de los desarrollos últimos de la física, cayó en un
profundo vacío existencial. Nada permanecería, lo único eterno era la muerte.
Anticipándose “al de más” sartriano nos cuenta como toda la realidad empezó a
tambalearse bajo sus pies, el valor de todo el universo era el mismo que el de
una estrella fugaz que se apaga en un instante. Todo se consumiría en su propia
nada. Con el agravante de que no quedaría ninguna inteligencia que pudiera
contemplar el último gesto de agonía del universo. Todo lo material tiene
clavada la espina de la parca, y si la realidad del espíritu no es más que una
ilusión, o a lo sumo una vaga sombra, nada puede escapar a la corrupción.
Qué decir de la vida, una
vida que evoluciona a costa de una enorme cantidad de dolor y muerte. Una vida
que aparece como un lugar de agonía. Como escribe Holmes Rolston: “La
naturaleza es aleatoria, ciega, catastrófica, derrochadora, indiferente,
egoísta, cruel, llena de sufrimiento y, en último término, muerte”. San
Pablo contemplaba esta realidad y reflexionando sobre ella decía “que la
creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente”. Es
cierto que, desde lo que suponía la resurrección del Señor, la veía como una
parturienta esforzándose por dar a luz la nueva creación pues también sería
liberada de la servidumbre de la corrupción, algo que nosotros no nos
permitimos vislumbrar todavía. El mundo natural se nos presenta como cruciforme
y su proceso evolutivo como un vía crucis.
Ahora miremos el aspecto
cruciforme de hombre. Invito a contemplar el cuadro Angelus Novus de Paul Klee. A la acuarela de Klee llegué
por un texto de Walter Benjamin, él la consideraba una metáfora de la historia,
especialmente de los dramáticos tiempos que le tocó vivir. Es el ángel de la
historia que tiene un ojo fijo en el pasado. Es el ángel asustado,
aterrorizado, que contempla esa historia que se va construyendo ruina tras
ruina y a cuya espalda se alza el futuro ignoto. Sus alas desplegadas por el
impetuoso viento le arrastran de modo inexorable. Al final él se liberó de su
propia historia al suicidarse en Port-Bou
antes de caer en manos nazis, “Sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie”
había escrito. La historia del hombre ha sido y es una historia marcada por el
dolor, la limitación, el sufrimiento y la Cruz.
Cambiemos ahora de
perspectiva al contemplar la Cruz. Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la Cruz),
aquella joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo
Carmelita y murió en Auschwitz nos decía:“mientras más oscuro se va haciendo a
nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de
lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo
puede ser comprensible desde una Cruz. Porque la Cruz, como hemos visto, habla
de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz
habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa Cruz
asumida libremente muestra el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el
cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el
sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la
realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose
en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo
infinito al hombre. La Cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como
gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios,
ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia
que viene de lo alto. Es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la
muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una
Cruz amándonos.
Siendo así que en la historia
de la salvación se nos ha ido desvelando un Dios misericordioso, es en la
historia de Jesús donde esta revelación adquiere una profundidad insospechada
más allá de toda lógica humana. Israel en su propia historia fue
descubriendo que la misericordia no era una realidad abstracta. En la historia
de Jesús esto adquiere proporciones abisales, incomprensibles. Aquí se hace
añicos toda la lógica racional y se desvela una extraña lógica que nos habla de
un abismo de amor que nos desborda totalmente.
“Todo comenzó con un encuentro”, según la
frase elocuente de Schillebeeckx. El recuerdo de su enseñanza y su trato con la
gente, transmitida por los discípulos y conservado por las comunidades que
creyeron en Él, quedó escrito en forma de diversos evangelios, éstos presentan
un fascinante retrato de una persona vibrante, apasionadamente enamorada de
Dios, que acentuaba el cuidado que Dios dispensaba a todos. A la luz de la
Pascua, los discípulos comenzaron a entender que Jesús había corporeizado
los modos de ese reinado de un modo intensamente original. Como sostuvo
Gregersten, la interpretación estaba
clara: “ si éste es Dios, así es Dios”. Su historia inscribe en el tiempo la
revelación del corazón de Dios. La vida de Jesús fue un despliegue de amor y de
misericordia frente a la miseria humana, con todos aquellos que tenían
necesidad de amor y compasión, de sostén y de ayuda, de comprensión y perdón,
lo que le llevó a enfrentarse a la estrecha y hostil mentalidad ambiente con
tal de hacer el bien y sanar. Aquellos hombres comprendieron que la sabiduría
de Dios en Jesús había venido hasta nosotros, que en adelante la gloria de Dios
no podía ser vista junto a la carne ni a través de la carne, sino en la carne y
en ningún otro lugar . “El clímax de la historia de la salvación, nos dirá
Rahner, no es la separación del ser humano en cuanto espíritu respecto a la
tierra para llegar a Dios, sino el descenso de Dios al mundo y su irreversible
entrada en él, el advenimiento del logos divino a la materia, de modo que esta
se convierte en una realidad permanente en Dios”.
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