martes, 25 de noviembre de 2025

 

 

SAN MATEO: DE PECADOR A APÓSTOL Y EVANGELIZADOR

 

 

En el corazón del Evangelio palpita siempre una historia de encuentro, de conversión y de gracia. Ninguna muestra mejor esa fuerza transformadora que la de San Mateo, también llamado Leví, recaudador de impuestos, hombre público y, según la mentalidad de su tiempo, pecador sin remedio. Sin embargo, fue precisamente a él —no a los piadosos ni a los “perfectos”— a quien Cristo dirigió su mirada y su palabra liberadora: “Sígueme” (Mt 9,9).

En ese breve imperativo se encierra toda una teología de la gracia: el amor de Dios que se adelanta, que busca y transforma. San Mateo nos recuerda que la conversión no es mérito humano, sino don divino que nos levanta del polvo para hacernos discípulos.

Esta reflexión propone contemplar ese paso de Mateo —del pecado al seguimiento, de la codicia a la caridad— como signo de esperanza para todo cristiano llamado hoy a renovar su corazón, a dejarse mirar por Jesús y a anunciar su misericordia al mundo.

 

El Evangelio de Mateo nos dice escuetamente: “Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Y él se levantó y lo siguió” (Mt 9,9).

Detrás de esa simplicidad narrativa se esconde un misterio profundo: la mirada de Cristo que despierta el alma dormida. Mateo no se levanta por un esfuerzo moral, sino porque ha sido tocado por la gracia. La iniciativa no parte del hombre, sino de Dios, que “nos amó primero” (1 Jn 4,19).

Los Padres de la Iglesia comprendieron bien este dinamismo. San Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre Mateo, comenta: “Cristo no se avergüenza de llamar al publicano, para mostrarnos que no hay pecado que pueda vencer su amor.”

Así, la conversión de Mateo es símbolo de la potencia de la gracia divina que no destruye la naturaleza, sino que la sana y la eleva. Como enseña Santo Tomás de Aquino, “la gracia no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona” (S.Th. I-II, q. 109, a. 1).

El recaudador de impuestos no dejó de ser hombre de números y escritura; esas mismas capacidades, redimidas, las pondrá al servicio del Evangelio.

El Magisterio de la Iglesia reafirma que la llamada del Señor nunca deja al discípulo igual. Juan Pablo II, en “Evangelica testificatio”, recordaba: “La llamada del Señor es siempre una fuerza transformadora que introduce en el corazón del hombre una novedad de vida.” (n. 23)

En Mateo descubrimos que la gracia no solo perdona el pasado, sino que abre un futuro nuevo. Convertirse es levantarse y ponerse en camino.

 

Mateo, transformado por el encuentro con Jesús, no se encierra en un retiro de arrepentimiento. Al contrario, su casa se convierte en lugar de misión: “Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores acudieron a comer con Él” (Mt 9,10). La conversión auténtica no aísla, sino que contagia. Quien ha experimentado la misericordia desea comunicarla. El antiguo recaudador se convierte en evangelista.

Según la tradición, Mateo escribió su Evangelio para los cristianos de origen judío, mostrando que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas. Orígenes afirma en su Comentario al Evangelio de Mateo: “Mateo quiso mostrar que el Evangelio no destruye la Ley, sino que la lleva a su plenitud en Cristo.”

Así, su vida y su obra expresan dos dimensiones inseparables del discipulado cristiano: pertenecer a Cristo y anunciarlo a los demás. El papa Benedicto XVI lo subrayó con belleza: “En la figura de Mateo se nos revela que los que parecen más alejados pueden convertirse en testigos luminosos de la misericordia divina.” (Audiencia general, 30 de agosto de 2006).

También autores contemporáneos como Scott Hahn o Edward Sri, dentro de la teología bíblica, insisten en este punto destacando que san Mateo es el testimonio vivo de que Dios puede llamar incluso en los ambientes más oscuros, allí donde la religiosidad superficial o la indiferencia parecen dominar.

Evangelizar, en Mateo, no es una tarea añadida: es la consecuencia natural de haber sido amado y perdonado. El pecador redimido se convierte en misionero.

El testimonio de Mateo sigue siendo actual. Su figura interpela a quienes piensan que su pasado los descalifica, a los que se sienten indignos de acercarse a Dios o inútiles para su obra. En él resuena la verdad de las palabras del papa Francisco: “Dios no se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.” (Evangelii Gaudium, 3)

La conversión de Mateo no fue un momento puntual, sino una fidelidad cotidiana. Seguir a Cristo implicó para él aprender cada día a dejar atrás el egoísmo, a vivir en pobreza, a confiar, a servir. Su Evangelio se ha convertido en una escuela permanente de discipulado: es el texto más litúrgico, más eclesial, más orientado a la práctica del seguimiento. Como afirma Santo Tomás, “la fe sin obras está muerta, pero la fe viva actúa por la caridad” (S. Th. II-II, q. 4, a. 7).

En tiempos de nueva evangelización, san Mateo nos enseña que el anuncio del Evangelio nace de un corazón convertido, no de estrategias o campañas. El misionero es, ante todo, un testigo de la misericordia recibida. Por eso, la Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de peregrinos en proceso de conversión, que anuncian desde su fragilidad la fuerza de la gracia.

La historia de san Mateo no es un simple episodio del pasado, sino una parábola viva del poder transformador de la gracia. De recaudador a apóstol; de hombre de cuentas a hombre del Evangelio. En su vida se cumplen las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

También hoy, Cristo pasa junto a nuestras “mesas de impuestos”: nuestros trabajos, nuestras rutinas, nuestros pecados y cansancios. Su voz sigue diciendo: “Sígueme”. Responder a esa llamada es entrar en una historia nueva, dejar que la misericordia reconstruya lo que parecía perdido.

Que san Mateo Apóstol y Evangelista nos inspire a levantarnos y seguir a Cristo con la alegría de los redimidos; a ser testigos creíbles de su perdón; y a vivir con la certeza de que ningún pasado es obstáculo para la gracia de Dios, cuando el corazón se deja mirar por su amo.

 

(21 septiembre 2025)

 

HOMILIA FIESTA DE NTRA. SEÑORA DEL CARMEN

 

Lecturas:

Proverbios 8, 22-31;

Gálatas 4, 4-7;

Juan 2, 1-11

 

1. Alegres y con traje de fiesta estamos reunidos en torno al altar, porque queremos alabar y bendecir a nuestro Dios por haber hecho tan grande, tan santa y tan guapa a la mujer que es su Madre y también nuestra, y porque queremos honrarla y venerarla con todo el corazón, bajo la advocación de Nuestra Sra. del Carmen, Patrona de nuestro pueblo.

2. La advocación Virgen del Carménanos conecta con el monte Carmelo en Israel. Se trata de una cordillera sobre el Mediterráneo que tiene 26 Kms, de largo, 7 Kms, de ancho, y 550 m, en su parte más alta. En sus faldas existen muchas cuevas naturales, en lasque vivían los eremitas, entre ellos, el gran profeta Elías, que vivió nueve siglos antes del nacimiento de Cristo. En tiempos del profeta, hubo una sequía que duró tres años seguidos con lo que eso llevaba consigo de miseria para el pueblo judío.

Postrado en tierra, en la falda del monte Carmelo, Elías oró fervientemente al Señor, para que viniera la lluvia. Al terminar su oración, mandó a su criado que subiera a la parte que da al mar para comprobar si venía la lluvia. El criado informó al profeta: una nube...como la palma de la mano de un hombre sube del mar. Poco después, la lluvia llegó y desapareció

La sequía. Según una tradición, esa nubecilla era símbolo de la Virgen, detrás de la cual, vino Cristo con la lluvia de la gracia.

3. Inspirándose en el espíritu de Elías, un grupo de devotos de Tierra Santa, procedentes de Occidente, se estableció en el Carmelo, antes del siglo XI, para hacer oración y penitencia. Movidos por su gran amor a la Virgen, la escogieron como Patrona y construyeron el primer templo del Carmelo en su honor. A causa de la persecución musulmana, algunos huyeron a Europa y, de ellos, surgió la Orden Carmelita.

Y fue el año 1246, cuando eligieron como general de la Orden al que sería san Simón Stock, el cual vio que, sin una intervención de la Virgen, la Orden desaparecería pronto. Para que esto no ocurriera, recurrió a María y puso la Orden bajo su protección, llamándola en so oración Flor del Carmelo y Estrella del Mar.

En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251, se le apareció la Santísima Virgen y le dio el escapulario con esta promesa: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno.

Aunque, en principio, el escapulario era para los carmelitas, la Iglesia lo extendió a todos los católicos. El mismo p apa Juan  Pablo II manifestó en una ocasión: también yo llevo mi escapulario desde hace mucho tiempo.

4. Al rememorar la historia del la Virgen del Carmen dándonos el escapulario y, al estar celebrándola como Patrona de nuestro pueblo, todos, por amor a la Virgen del Carmen, podíamos sacar éstos o parecidos compromisos:

En primer lugar, alabar a Dios y darle gracias por haber hecho tan grande y tan santa a la Virgen, Virgen del Carmen, teniendo en cuenta estas frases del Evangelio:

· Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderosa hecho obras grandes por mí.

· Bendita tú entre todas las mujeres.

· Bienaventurada tú que has creído

Con gozo, con fuerza y con entusiasmo le decimos a la Virgen del Carmen para gloria de Dios: ¡Bendita, bienaventurada, dichosa tú que creíste y, por eso, el que lo puede todo hizo en ti cosas grandes por encima de todas la mujeres!

Pero, como no nos conformamos con ensalzarla, nos comprometemos, además, a amarla entrañablemente, más que en este año que ha pasado. Amor que intentaremos que se traduzca en...

· Procurar ser todo de la Virgen. Como Juan Pablo II, totus tuus.

· Imitarla en sus virtudes. Hemos de tener a gala el parecernos a nuestra Madre del cielo.

· Acudir a Ella con confianza, como San Simón Stock, y como enseña san Bernardo: Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, invoca a María

Si la ira, la avaricia, el placer carnal arrastra con violencia la barquilla de tu alma, mira a María

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María...Si te tiene de su mano, no caerás. Por último, aceptar y cumplir su invitación: haced lo que Él os diga.

El escapulario y su promesa no son una protección mágica, ni una dispensa de las exigencias del Evangelio.

Son, más bien, un compromiso de hacer siempre y en todo lo que Jesús nos enseñó y nos manda.

La Virgen del Carmen y el mismo escapulario nos piden una mayor exigencia en el modo de vivir la vida cristiana

5. A la Virgen del Carmen le decimos cada uno:

Madre del Carmelo:

A tus manos ponemos nuestras plegarias: acógelas.

Tenemos mil dificultades: ayúdanos.

De los enemigos del alma: sálvanos.

En nuestros desaciertos: ilumínanos.

En nuestras dudas y penas: confórtanos.

En nuestras enfermedades: fortalécenos.

Cuando nos desprecien por ser fieles a tu Hijo: anímanos.

En las tentaciones: defiéndenos.

En horas difíciles: consuélanos.

Con tu corazón maternal: ámanos.

Con tu inmenso poder: protégenos.

Y en tus brazos al expirar: recíbenos.

Virgen del Carmen, ruega por nosotros

Ahora y en la hora nuestra muerte.

Amén