SAN VICENTE FERRER Y SANTA MARÍA DEL ROSARIO
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
San Vicente no es santo de una sola cara. Es una
figura poliendrica. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha
caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en
la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la
predicación.
En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene
devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba
encarnada la figura del segundo “ángel del apocalipsis”. El hombre componedor y
consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a
desaparecer.
Queremos poner de relieve, la dimensión mariológica en
su predicación. La Virgen María, como buen dominico, está muy presente en la
vida y en la predicación de San Vicente Ferrer. Es buen conocedor de la
mariología. Sus sermones tienen un espíritu eminentemente mariano y que su
quehacer deseaba que estuviera siempre presidido por la Madre de Dios.
Sus sermones estaban siempre precedidos por el saludo
del ángel a la Virgen María. Algo parecido a esos escritores que ponen el “Ave”
en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada
página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo del ángel a María es
algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le
dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar
bien Santo, o un tema que le parece difícil y misterioso, o para que, una vez
explicado, lo entiendan debidamente los oyentes.
En cuanto a las enseñanzas mariológicas en sus
sermones, San Vicente Ferrer habla de: la maternidad divina de María; la
santificación de la Virgen María (Inmaculada Concepción decimos hoy); la
perpetua Virginidad de María y las virtudes de la Virgen María como la fe, la
esperanza y el amor. También de las que podríamos denominar “virtudes de la
convivencia” tales como: humildad; preocupación de vivir y actuar de suerte que
vieran en ella un buen ejemplo los demás; las virtudes de una mujer perfecta;
también fue modélico en su comportamiento con los Apóstoles cuando convivió con
ellos.
Además hablaba de su glorificación tal como se
presentaban en aquel tiempo: su muerte, su resurrección y traslado glorioso al
Cielo. También hablaba de las relaciones de la Virgen María con nosotros, los
redimidos: María entrega a los hombres a Cristo Redentor; María actúa por los
hombres con Cristo Salvador; María es medianera que distribuye las gracias a
los hombres; y nos vienen por ella las gracias sacramentales. Sus dos grandes
principios mariológicos fueron: la maternidad divina y la asociación de María
con Cristo, arraigada profundamente en su visión de la obra de Dios Padre, Dios
Hijo y Dios Espíritu Santo.
Santo Domingo de Guzmán, (1170-1211), fundador de la
Orden de Predicadores de la que San Vicente era miembro, viendo los escasos frutos
de conversión que producía con sus predicaciones, pidió a la Santísima Virgen
María un método o medio de obtener resultados más positivos y duraderos.
Fue la misma Madre de Dios quien inspiró al Santo esta
devoción, que tan maravillosamente conjuga la meditación de las verdades más
fundamentales de la vida de Nuestro Señor y los misterios más trascendentes de
su Santísima Madre, con la sencilla recitación del Padrenuestro y el Avemaría.
Santo Domingo solía reunir al pueblo en las plazas y
en los templos, y después de una instrucción doctrinal pertinente sobre las
verdades de la fe les invitaba a recitar un número determinado de veces la
salutación angélica, y de esta forma encomendar a la gracia y eficacia del amor
y compasión de María el fruto de la predicación. Los resultados fueron
maravillosos. Y muy pronto se hizo popular esta devoción y la adoptaron los
compañeros del Santo y después los más insignes devotos de María.
En la mente del glorioso Santo Domingo quería que el
rezo del Santo rosario fuera para los seglares lo que el rezo del Oficio Divino
para los sacerdotes y religiosos obligados a coro, o sea el deber principal de
alabanza y glorificación a Dios por medio de su Santísima Madre; por eso él le
denominó el «salterio mariano».
Desde entonces han sido muchos hombres de Dios que lo
han estimado, extendido y enseñado como la devoción más hermosa y delicada que
podemos ofrecer a Nuestra Madre la Virgen María. Además de Santo Domingo de
Guzmán, su fundador y propagador principal, San Vicente Ferrer, San Alfonso
María de Ligorio, que afirmaba «que entre los obsequios que se tributan a
María, ninguno le es tan agradable como el Santo Rosario; San José de Calasanz
lo legó a todos sus hijos como testamento y última voluntad; San Luis María Grignon
de Montfor le prodigó tales alabanzas que rayan en lo increíble; San Antonio
María Claret, según sus piadosas manifestaciones, fue escogido por la misma
Reina del Cielo para restaurar y propagar esta devoción, decaída en el siglo
anterior, lo mismo que en Francia lo fue para el siglo XV el beato Alano de la
Roche, a quien la Virgen María le señaló como principal adalid para propagarla
y extenderla por todas partes, diciendo de ella que «era un arma poderosísima
para extirpar las herejías, un instrumento el más apto para arrancar los vicios
y plantar las virtudes y un medio seguro para alcanzar la misericordia de
Dios».
Dios sigue enviando a la Iglesia grandes profetas y
santos modernos como en otras épocas de la historia que invitan a propagar el
rezo del Santo rosario: san Juan Pablo II, san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta,
el siervo de Dios padre Peyton, san Andrés Bessette, san Pío de Pietrelcina,
san Maximiliano María Kolbe, santa Faustina Kowalska, santa Teresa del Niño
Jesús y tantos otros. Dios sigue actuando en el mundo: los santos, aunque estén
ya en el cielo, siguen bendiciendo a sus devotos en la tierra. Ellos están
vivos y nos aman e interceden por nosotros.
El carácter misionero de la fe, que encarna
perfectamente san Vicente Ferrer, no pierde nunca actualidad. Supone un desafío
que también llega hasta nosotros.
Vicente Ferrer nació en Valencia en 1350 y a los
diecisiete años tomó el hábito de dominico en su cercano Real Convento de
Predicadores, emitiendo su profesión religiosa al año siguiente. El propugnaba
llevar una “vida religiosa reformada”, o sea de vuelta a las primitivas
tradiciones y costumbres de su Orden dominicana a diferencia de otros miembros
y conventos de ella, y así lo enseñó por ejemplo en su “Tratado de la Vida
Espiritual”.
La visión que tuvo san Vicente Ferrer estando enfermo
en el convento dominico de Aviñón el 3 de octubre de 1398, determinó su vida
como predicador itinerante.
Su estancia en Aviñón se prolongó cuatro años, y en
1398, tras su visión, inició su periplo como legado de Cristo (a latere Christi, según el mismo lo
reconoce). Esta actividad se prolongó hasta su muerte en la ciudad bretona de
Vannes el 5 de abril de 1419 y ha dejado un rastro indeleble. No solo se conoce
su itinerario y numerosos documentos que atañen a su biografía, sino los resúmenes
de muchos de sus sermones.
San Vicente Ferrer reúne en su persona los rasgos del
perfil del evangelizador. Fue modelo en su tiempo de una predicación centrada
en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; predicación mediadora de un
encuentro salvador con Dios, verificable en la sinceridad de la conversión de
sus oyentes.
San Vicente Ferrer es paradigma de predicador cercano
a la gente, que emplea todos los medios y recursos a su alcance para que el
mensaje cale con amabilidad y claridad entre sus oyentes. Era capaz de hacerse
entender por gentes de procedencias muy diversas. Actualizaba la experiencia de
la iglesia de Pentecostés. Se ponía al nivel de su auditorio, al nivel de la
gente sencilla, Justamente por ello, el mensaje llegaba. A causa de esta
habilidad entre la gente del pueblo, san Vicente también es un referente de la
predicación y la piedad popular.
San Vicente Ferrer fue ejemplo de testimonio
coherente. Fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe,
que con su vida acreditaba lo que decía.
Además, parece ser que tuvo muy presente a un
“precursor del Rosario”, o contador de oraciones, como Santo Domingo de Guzmán pues
sus sermones nos muestran que no conocía el Santo Rosario, como lo rezamos hoy.
Sin embargo según la tradición Santo Domingo de Guzmán lo propagó en la primera
mitad del siglo XIII, y no tenía la estructuración que conocemos nosotros hasta
tiempos después de san Vicente Ferrer.
Este “salterio mariano” se fue propagando desde la
segunda mitad del siglo XIV, concretamente en los territorios de la Corona de
Aragón donde proliferaron los gozos o “goigs” a Nuestra Señora del Rosario, así
como las cofradías del Rosario bajo el titulo de Santa María.
Con esta proliferación del rezo del Santo rosario y de
las cofradías, se implanta esta advocación mariana en el pueblo de Dios,
convirtiéndose en una de las más importantes del orbe cristiano, dado que la orden
de predicadores la nombra patrona y protectora de la Orden, como principales
propagadores de esta devoción.
Nos detenemos en dos manifestaciones artísticas del
amor y devoción que san Vicente Ferrer tenía a la Virgen María. Una los gozos a
Nuestra Señora del Rosario y otra un cuadro de mediados del siglo XV del pintor
Nicolo Antonio Colantonio.
Tras la canonización de san Vicente Ferrer, el 30 de
junio de 1455, por el papa Calisto III, Isabel de Chiaromonte duquesa de
Calabria y futura Reina de Nápoles, mandó construir una capilla en la iglesia
de los dominicos de san Pedro Mártir, dedicada al Santo; capilla que visitaba a
diario, según crónicas contemporáneas.
La devoción de esta Reina por la iglesia de san Pedro
Mártir era muy grande, y en particular por la capilla que dedicó al Santo,
confesor de la orden de predicadores. Para esta capilla, la duquesa de Calabria
encargó al pintor napolitano más importante de la época, Nicolo Antonio
Colantonio, maestro del famoso Antonello da Messina, la creación del gran
retablo dedicado a san Vicente Ferrer.
En este retablo existía una hermosa y sugerente
representación iconográfica titulada “La aparición de la Virgen del Rosario a san
Vicente Ferrer en su celda” de Colantonio que podemos fechar hacia 1460 y forma
parte de un ciclo de nueve momentos de su vida y milagros “postmortem” que
rodean su imagen central en el retablo para la citada iglesia napolitana y que
está en el edificio que ahora aloja la Facultad de Letras de la Universidad
Federico II.
Este cuadro es un óleo sobre tabla, de 69,4 x 48 cm.,
que se conserva en Nápoles actualmente está ubicado en las salas de arte
napolitano del Quattrocento, en las Galerías Nacionales de Capodimonte (Italia).
Nicolo Antonio Colantino nos muestra a san Vicente
Ferrer vestido con habito dominicano en su habitación conventual o celda. Una
sencilla y austera arquitectura enmarca la escena. A nuestra izquierda, el
Santo arrodillado en actitud de devotísima oración ante la Virgen con el divino
Niño, que aparecen en el cielo a través de la pequeña ventana que ilumina toda
la habitación. Es una hermosa presentación de la vida del Santo no muy habitual
en su iconografía tanto por su ambientación --su celda-- como por su vinculación con la Virgen, si bien
sus biógrafos recogen apariciones de ella como se representa en una de las
pechinas de la Iglesia de la antigua Capitanía General de Valencia.
Y es que san Vicente Ferrer tenía una gran devoción a la
Virgen María. Junto con su comunidad todas las noches los dominicos procesionaban
al altar de la Virgen cantando la Salve Regina.
Otro aspecto de la biografía de san Vicente Ferrer son
los “gozos a la Virgen del Rosario”, atribuidos tanto a san Vicente Ferrer como
a su hermano Bonifacio, general de los Cartujos de la obediencia de Avignon.
Estos gozos se difundieron muy tempranamente en el ámbito catalán y valenciano;
los más antiguos que se conservan datan de finales del siglo XV. Este
manuscrito con el texto de estos gozos es del siglo XV y se conserva en la
biblioteca de Catalunya (ms. 854, folis 110 i 111).
Leemos en la tablilla con los gozos de la Virgen del
Rosario:
Vostres goigs ab gran plaer / cantarèm, Vèrge María; /
puix la vòstra Senyoría / es la Vèrge del
Roser.
Déu plantà dins vos, Señora, / el Roser molt excel-lent,
/ quant vos feu mereixedora / de concèbre`l purament: / donant fe al missager, /
que del cél vos trametia / Déu lo Pare
que volia./ foseu Mare del Roser.
Del sant ventre produïda / la planta del Roser vérd, /
fou de Àngels circuïda, / y servida amb gran concèrt: / y restà pur i sancer /
vostre cos ab alegría, / quan florí en
l´establía al celestial Roser.
Quant els Reyes devots sentiren / del Roser la gran
olor, / amb l´estrella ensems partiren / per adorar lo Senyor; / y trobaren ser
el ver / de Baláam la profecía, / quam
vòstra Senyoría / en els bracos el Roser.
Gran délit us presentaba / vostre Fill ressuscitat, / amb cinc roses que portava / en les mans ,
peus y costat, / per les quals lo Llucifer, / qui dels sants l´infèrn omplia, /
fonc robat en aquest dia, / que florí lo
sant Roser.
Reparada la gran èrra / d´Adám, per la mòrt cruèl, /
trasplantat fou de la tèrra / el Roser a dalt el cél; / y pujant amb gran
poder, / el partir no us entristia, / contemplant,
com Deu rebia / amb gran goig el sant Roser.
No fou de menor estima / el goig de l´Esperit Sant, /
quant vingué de l´alta cima / en vòstre Col-lègi sant / y regà aquell gran
planter, / que el gran Déu s´hi elegia / per
estar en compañía / del celestial Roser.
Vòstra vida ya acabada, / el major dels gòigs sentís,
/ com a Deu sou presentada / triomfant
al Paradis: / i Senyora us volgué fer / del gran hórt que posseïa, /
col-locant-vos , com devia, / sota l´ombra del Roser. / Puix mostreu vostre
poder / Fent miracles cada dia: / preserveu,
Vèrge María, / els cofrares del Roser.
Existen muchas representaciones conocidas de este Santo.
La más célebre es aquella donde el predicador aparece revestido con el hábito
dominico, con el antebrazo derecho elevado y su índice señalando al cielo,
mientras que la mano izquierda porta la Biblia; coronando el nimbo luce la
filacteria con la célebre inscripción apocalíptica “Timete Deum et date Illi honorem quia venit hora Judicii”
En un mundo marcado por las guerras, las injusticias,
las pandemias y las crisis ecológicas, Nuestra Señora del Rosario sigue siendo signo
de esperanza y consuelo para la Iglesia. Su presencia materna recuerda san
Vicente que la fe no se vive desde la evasión, sino desde la confianza activa
en medio del dolor.
El Rosario que ella entrega a la orden dominicana no
es un objeto mágico, sino una escuela de contemplación que enseña a mantener la
mirada en Cristo, a cuidar la interioridad y a traducir la oración en gestos
concretos de amor y servicio.
Esta devoción del Santo Rosario, nacida del corazón de
la tradición de la Orden de Predicadores, fue confiada —según la tradición— por
la misma Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para fortalecer la predicación y
sostener la fe del pueblo cristiano. Desde entonces, el Rosario ha sido un
camino sencillo y profundo para contemplar los misterios del Evangelio con los
ojos de María, aprender de su paciencia y responder a los desafíos del mundo
con esperanza y acción.
(5 de abril 2026)