lunes, 16 de marzo de 2026

 Contemplemos al Crucificado

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar.

La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda.

Desde aquí proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y

escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.

“No habiendo podido encontrar remedio a la muerte, a la miseria, a la ignorancia, los hombres para ser felices han tomado la decisión de no pensar en ello”, decía Pascal en los albores de la ilustración.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre

se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad. El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Recuerdo cómo leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la cruz a través de los ojos de Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz). Esta joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía: “Mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa cruz asumida libremente muestra

el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre.

La cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto.

La Cruz es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una cruz amándonos

 

EL CRISTO DE LA PALMA ILUMINA NUESTRA FE

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Presidente de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular.

 

 

En el evangelio de Lucas encontramos la narración de la experiencia pascual de los discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas: “Que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc 24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.

La sagrada imagen del Cristo de la Palma, un Cristo Crucificado y muerto, ha iluminado la vida de fe de los fieles de esta Hermandad, y de tantas personas que llegan a contemplar la bella imagen guiados por la luz de la fe, que descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos.

Esta hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden, peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de la vida.

Por medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado; para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34). El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Za 12,10; cf. Jn 19,37).

El hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.

Es el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza, transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora. Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador, porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido “rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).

La devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos.

Cristo ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la Eucaristía. Es allí donde el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el pan de la vida.

 

 

SAN VICENTE FERRER Y SANTA MARÍA DEL ROSARIO

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

San Vicente no es santo de una sola cara. Es una figura poliendrica. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la predicación.

En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba encarnada la figura del segundo “ángel del apocalipsis”. El hombre componedor y consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a desaparecer.

Queremos poner de relieve, la dimensión mariológica en su predicación. La Virgen María, como buen dominico, está muy presente en la vida y en la predicación de San Vicente Ferrer. Es buen conocedor de la mariología. Sus sermones tienen un espíritu eminentemente mariano y que su quehacer deseaba que estuviera siempre presidido por la Madre de Dios.

Sus sermones estaban siempre precedidos por el saludo del ángel a la Virgen María. Algo parecido a esos escritores que ponen el “Ave” en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo del ángel a María es algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar bien Santo, o un tema que le parece difícil y misterioso, o para que, una vez explicado, lo entiendan debidamente los oyentes.

En cuanto a las enseñanzas mariológicas en sus sermones, San Vicente Ferrer habla de: la maternidad divina de María; la santificación de la Virgen María (Inmaculada Concepción decimos hoy); la perpetua Virginidad de María y las virtudes de la Virgen María como la fe, la esperanza y el amor. También de las que podríamos denominar “virtudes de la convivencia” tales como: humildad; preocupación de vivir y actuar de suerte que vieran en ella un buen ejemplo los demás; las virtudes de una mujer perfecta; también fue modélico en su comportamiento con los Apóstoles cuando convivió con ellos.

Además hablaba de su glorificación tal como se presentaban en aquel tiempo: su muerte, su resurrección y traslado glorioso al Cielo. También hablaba de las relaciones de la Virgen María con nosotros, los redimidos: María entrega a los hombres a Cristo Redentor; María actúa por los hombres con Cristo Salvador; María es medianera que distribuye las gracias a los hombres; y nos vienen por ella las gracias sacramentales. Sus dos grandes principios mariológicos fueron: la maternidad divina y la asociación de María con Cristo, arraigada profundamente en su visión de la obra de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Santo Domingo de Guzmán, (1170-1211), fundador de la Orden de Predicadores de la que San Vicente era miembro, viendo los escasos frutos de conversión que producía con sus predicaciones, pidió a la Santísima Virgen María un método o medio de obtener resultados más positivos y duraderos.

Fue la misma Madre de Dios quien inspiró al Santo esta devoción, que tan maravillosamente conjuga la meditación de las verdades más fundamentales de la vida de Nuestro Señor y los misterios más trascendentes de su Santísima Madre, con la sencilla recitación del Padrenuestro y el Avemaría.

Santo Domingo solía reunir al pueblo en las plazas y en los templos, y después de una instrucción doctrinal pertinente sobre las verdades de la fe les invitaba a recitar un número determinado de veces la salutación angélica, y de esta forma encomendar a la gracia y eficacia del amor y compasión de María el fruto de la predicación. Los resultados fueron maravillosos. Y muy pronto se hizo popular esta devoción y la adoptaron los compañeros del Santo y después los más insignes devotos de María.

En la mente del glorioso Santo Domingo quería que el rezo del Santo rosario fuera para los seglares lo que el rezo del Oficio Divino para los sacerdotes y religiosos obligados a coro, o sea el deber principal de alabanza y glorificación a Dios por medio de su Santísima Madre; por eso él le denominó el «salterio mariano».

Desde entonces han sido muchos hombres de Dios que lo han estimado, extendido y enseñado como la devoción más hermosa y delicada que podemos ofrecer a Nuestra Madre la Virgen María. Además de Santo Domingo de Guzmán, su fundador y propagador principal, San Vicente Ferrer, San Alfonso María de Ligorio, que afirmaba «que entre los obsequios que se tributan a María, ninguno le es tan agradable como el Santo Rosario; San José de Calasanz lo legó a todos sus hijos como testamento y última voluntad; San Luis María Grignon de Montfor le prodigó tales alabanzas que rayan en lo increíble; San Antonio María Claret, según sus piadosas manifestaciones, fue escogido por la misma Reina del Cielo para restaurar y propagar esta devoción, decaída en el siglo anterior, lo mismo que en Francia lo fue para el siglo XV el beato Alano de la Roche, a quien la Virgen María le señaló como principal adalid para propagarla y extenderla por todas partes, diciendo de ella que «era un arma poderosísima para extirpar las herejías, un instrumento el más apto para arrancar los vicios y plantar las virtudes y un medio seguro para alcanzar la misericordia de Dios».

Dios sigue enviando a la Iglesia grandes profetas y santos modernos como en otras épocas de la historia que invitan a propagar el rezo del Santo rosario: san Juan Pablo II, san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta, el siervo de Dios padre Peyton, san Andrés Bessette, san Pío de Pietrelcina, san Maximiliano María Kolbe, santa Faustina Kowalska, santa Teresa del Niño Jesús y tantos otros. Dios sigue actuando en el mundo: los santos, aunque estén ya en el cielo, siguen bendiciendo a sus devotos en la tierra. Ellos están vivos y nos aman e interceden por nosotros.

El carácter misionero de la fe, que encarna perfectamente san Vicente Ferrer, no pierde nunca actualidad. Supone un desafío que también llega hasta nosotros.

Vicente Ferrer nació en Valencia en 1350 y a los diecisiete años tomó el hábito de dominico en su cercano Real Convento de Predicadores, emitiendo su profesión religiosa al año siguiente. El propugnaba llevar una “vida religiosa reformada”, o sea de vuelta a las primitivas tradiciones y costumbres de su Orden dominicana a diferencia de otros miembros y conventos de ella, y así lo enseñó por ejemplo en su “Tratado de la Vida Espiritual”.

La visión que tuvo san Vicente Ferrer estando enfermo en el convento dominico de Aviñón el 3 de octubre de 1398, determinó su vida como predicador itinerante.

Su estancia en Aviñón se prolongó cuatro años, y en 1398, tras su visión, inició su periplo como legado de Cristo (a latere Christi, según el mismo lo reconoce). Esta actividad se prolongó hasta su muerte en la ciudad bretona de Vannes el 5 de abril de 1419 y ha dejado un rastro indeleble. No solo se conoce su itinerario y numerosos documentos que atañen a su biografía, sino los resúmenes de muchos de sus sermones.

San Vicente Ferrer reúne en su persona los rasgos del perfil del evangelizador. Fue modelo en su tiempo de una predicación centrada en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; predicación mediadora de un encuentro salvador con Dios, verificable en la sinceridad de la conversión de sus oyentes.

San Vicente Ferrer es paradigma de predicador cercano a la gente, que emplea todos los medios y recursos a su alcance para que el mensaje cale con amabilidad y claridad entre sus oyentes. Era capaz de hacerse entender por gentes de procedencias muy diversas. Actualizaba la experiencia de la iglesia de Pentecostés. Se ponía al nivel de su auditorio, al nivel de la gente sencilla, Justamente por ello, el mensaje llegaba. A causa de esta habilidad entre la gente del pueblo, san Vicente también es un referente de la predicación y la piedad popular.

San Vicente Ferrer fue ejemplo de testimonio coherente. Fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe, que con su vida acreditaba lo que decía.

Además, parece ser que tuvo muy presente a un “precursor del Rosario”, o contador de oraciones, como Santo Domingo de Guzmán pues sus sermones nos muestran que no conocía el Santo Rosario, como lo rezamos hoy. Sin embargo según la tradición Santo Domingo de Guzmán lo propagó en la primera mitad del siglo XIII, y no tenía la estructuración que conocemos nosotros hasta tiempos después de san Vicente Ferrer.

Este “salterio mariano” se fue propagando desde la segunda mitad del siglo XIV, concretamente en los territorios de la Corona de Aragón donde proliferaron los gozos o “goigs” a Nuestra Señora del Rosario, así como las cofradías del Rosario bajo el titulo de Santa María.

Con esta proliferación del rezo del Santo rosario y de las cofradías, se implanta esta advocación mariana en el pueblo de Dios, convirtiéndose en una de las más importantes del orbe cristiano, dado que la orden de predicadores la nombra patrona y protectora de la Orden, como principales propagadores de esta devoción.

Nos detenemos en dos manifestaciones artísticas del amor y devoción que san Vicente Ferrer tenía a la Virgen María. Una los gozos a Nuestra Señora del Rosario y otra un cuadro de mediados del siglo XV del pintor Nicolo Antonio Colantonio.

Tras la canonización de san Vicente Ferrer, el 30 de junio de 1455, por el papa Calisto III, Isabel de Chiaromonte duquesa de Calabria y futura Reina de Nápoles, mandó construir una capilla en la iglesia de los dominicos de san Pedro Mártir, dedicada al Santo; capilla que visitaba a diario, según crónicas contemporáneas.

La devoción de esta Reina por la iglesia de san Pedro Mártir era muy grande, y en particular por la capilla que dedicó al Santo, confesor de la orden de predicadores. Para esta capilla, la duquesa de Calabria encargó al pintor napolitano más importante de la época, Nicolo Antonio Colantonio, maestro del famoso Antonello da Messina, la creación del gran retablo dedicado a san Vicente Ferrer.

En este retablo existía una hermosa y sugerente representación iconográfica titulada “La aparición de la Virgen del Rosario a san Vicente Ferrer en su celda” de Colantonio que podemos fechar hacia 1460 y forma parte de un ciclo de nueve momentos de su vida y milagros “postmortem” que rodean su imagen central en el retablo para la citada iglesia napolitana y que está en el edificio que ahora aloja la Facultad de Letras de la Universidad Federico II.

Este cuadro es un óleo sobre tabla, de 69,4 x 48 cm., que se conserva en Nápoles actualmente está ubicado en las salas de arte napolitano del Quattrocento, en las Galerías Nacionales de Capodimonte (Italia).

Nicolo Antonio Colantino nos muestra a san Vicente Ferrer vestido con habito dominicano en su habitación conventual o celda. Una sencilla y austera arquitectura enmarca la escena. A nuestra izquierda, el Santo arrodillado en actitud de devotísima oración ante la Virgen con el divino Niño, que aparecen en el cielo a través de la pequeña ventana que ilumina toda la habitación. Es una hermosa presentación de la vida del Santo no muy habitual en su iconografía tanto por su ambientación --su celda--  como por su vinculación con la Virgen, si bien sus biógrafos recogen apariciones de ella como se representa en una de las pechinas de la Iglesia de la antigua Capitanía General de Valencia.

Y es que san Vicente Ferrer tenía una gran devoción a la Virgen María. Junto con su comunidad todas las noches los dominicos procesionaban al altar de la Virgen cantando la Salve Regina.

Otro aspecto de la biografía de san Vicente Ferrer son los “gozos a la Virgen del Rosario”, atribuidos tanto a san Vicente Ferrer como a su hermano Bonifacio, general de los Cartujos de la obediencia de Avignon. Estos gozos se difundieron muy tempranamente en el ámbito catalán y valenciano; los más antiguos que se conservan datan de finales del siglo XV. Este manuscrito con el texto de estos gozos es del siglo XV y se conserva en la biblioteca de Catalunya (ms. 854, folis 110 i 111).

Leemos en la tablilla con los gozos de la Virgen del Rosario:

Vostres goigs ab gran plaer / cantarèm, Vèrge María; / puix la vòstra Senyoría / es la Vèrge del Roser.

Déu plantà dins vos, Señora, / el Roser molt excel-lent, / quant vos feu mereixedora / de concèbre`l purament: / donant fe al missager, / que del cél vos trametia / Déu lo Pare que volia./ foseu Mare del Roser.

Del sant ventre produïda / la planta del Roser vérd, / fou de Àngels circuïda, / y servida amb gran concèrt: / y restà pur i sancer / vostre cos ab alegría, / quan florí en l´establía  al celestial Roser.

Quant els Reyes devots sentiren / del Roser la gran olor, / amb l´estrella ensems partiren / per adorar lo Senyor; / y trobaren ser el ver / de Baláam la profecía, / quam vòstra Senyoría / en els bracos el Roser.

Gran délit us presentaba / vostre Fill ressuscitat, /  amb cinc roses que portava / en les mans , peus y costat, / per les quals lo Llucifer, / qui dels sants l´infèrn omplia, / fonc robat en aquest dia, / que florí lo sant Roser.

Reparada la gran èrra / d´Adám, per la mòrt cruèl, / trasplantat fou de la tèrra / el Roser a dalt el cél; / y pujant amb gran poder, / el partir no us entristia, / contemplant, com Deu rebia / amb gran goig el sant Roser.

No fou de menor estima / el goig de l´Esperit Sant, / quant vingué de l´alta cima / en vòstre Col-lègi sant / y regà aquell gran planter, / que el gran Déu s´hi elegia / per estar en compañía / del celestial Roser.

Vòstra vida ya acabada, / el major dels gòigs sentís, / com a Deu sou presentada  / triomfant al Paradis: / i Senyora us volgué fer / del gran hórt que posseïa, / col-locant-vos , com devia, / sota l´ombra del Roser. / Puix mostreu vostre poder / Fent miracles cada dia: / preserveu, Vèrge María, / els cofrares del Roser.

Existen muchas representaciones conocidas de este Santo. La más célebre es aquella donde el predicador aparece revestido con el hábito dominico, con el antebrazo derecho elevado y su índice señalando al cielo, mientras que la mano izquierda porta la Biblia; coronando el nimbo luce la filacteria con la célebre inscripción apocalíptica “Timete Deum et date Illi honorem quia venit hora Judicii”

En un mundo marcado por las guerras, las injusticias, las pandemias y las crisis ecológicas, Nuestra Señora del Rosario sigue siendo signo de esperanza y consuelo para la Iglesia. Su presencia materna recuerda san Vicente que la fe no se vive desde la evasión, sino desde la confianza activa en medio del dolor.

El Rosario que ella entrega a la orden dominicana no es un objeto mágico, sino una escuela de contemplación que enseña a mantener la mirada en Cristo, a cuidar la interioridad y a traducir la oración en gestos concretos de amor y servicio.

Esta devoción del Santo Rosario, nacida del corazón de la tradición de la Orden de Predicadores, fue confiada —según la tradición— por la misma Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para fortalecer la predicación y sostener la fe del pueblo cristiano. Desde entonces, el Rosario ha sido un camino sencillo y profundo para contemplar los misterios del Evangelio con los ojos de María, aprender de su paciencia y responder a los desafíos del mundo con esperanza y acción.

 

 

 

(5 de abril 2026)