lunes, 16 de marzo de 2026

 

SAN VICENTE FERRER Y SANTA MARÍA DEL ROSARIO

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

San Vicente no es santo de una sola cara. Es una figura poliendrica. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la predicación.

En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba encarnada la figura del segundo “ángel del apocalipsis”. El hombre componedor y consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a desaparecer.

Queremos poner de relieve, la dimensión mariológica en su predicación. La Virgen María, como buen dominico, está muy presente en la vida y en la predicación de San Vicente Ferrer. Es buen conocedor de la mariología. Sus sermones tienen un espíritu eminentemente mariano y que su quehacer deseaba que estuviera siempre presidido por la Madre de Dios.

Sus sermones estaban siempre precedidos por el saludo del ángel a la Virgen María. Algo parecido a esos escritores que ponen el “Ave” en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo del ángel a María es algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar bien Santo, o un tema que le parece difícil y misterioso, o para que, una vez explicado, lo entiendan debidamente los oyentes.

En cuanto a las enseñanzas mariológicas en sus sermones, San Vicente Ferrer habla de: la maternidad divina de María; la santificación de la Virgen María (Inmaculada Concepción decimos hoy); la perpetua Virginidad de María y las virtudes de la Virgen María como la fe, la esperanza y el amor. También de las que podríamos denominar “virtudes de la convivencia” tales como: humildad; preocupación de vivir y actuar de suerte que vieran en ella un buen ejemplo los demás; las virtudes de una mujer perfecta; también fue modélico en su comportamiento con los Apóstoles cuando convivió con ellos.

Además hablaba de su glorificación tal como se presentaban en aquel tiempo: su muerte, su resurrección y traslado glorioso al Cielo. También hablaba de las relaciones de la Virgen María con nosotros, los redimidos: María entrega a los hombres a Cristo Redentor; María actúa por los hombres con Cristo Salvador; María es medianera que distribuye las gracias a los hombres; y nos vienen por ella las gracias sacramentales. Sus dos grandes principios mariológicos fueron: la maternidad divina y la asociación de María con Cristo, arraigada profundamente en su visión de la obra de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Santo Domingo de Guzmán, (1170-1211), fundador de la Orden de Predicadores de la que San Vicente era miembro, viendo los escasos frutos de conversión que producía con sus predicaciones, pidió a la Santísima Virgen María un método o medio de obtener resultados más positivos y duraderos.

Fue la misma Madre de Dios quien inspiró al Santo esta devoción, que tan maravillosamente conjuga la meditación de las verdades más fundamentales de la vida de Nuestro Señor y los misterios más trascendentes de su Santísima Madre, con la sencilla recitación del Padrenuestro y el Avemaría.

Santo Domingo solía reunir al pueblo en las plazas y en los templos, y después de una instrucción doctrinal pertinente sobre las verdades de la fe les invitaba a recitar un número determinado de veces la salutación angélica, y de esta forma encomendar a la gracia y eficacia del amor y compasión de María el fruto de la predicación. Los resultados fueron maravillosos. Y muy pronto se hizo popular esta devoción y la adoptaron los compañeros del Santo y después los más insignes devotos de María.

En la mente del glorioso Santo Domingo quería que el rezo del Santo rosario fuera para los seglares lo que el rezo del Oficio Divino para los sacerdotes y religiosos obligados a coro, o sea el deber principal de alabanza y glorificación a Dios por medio de su Santísima Madre; por eso él le denominó el «salterio mariano».

Desde entonces han sido muchos hombres de Dios que lo han estimado, extendido y enseñado como la devoción más hermosa y delicada que podemos ofrecer a Nuestra Madre la Virgen María. Además de Santo Domingo de Guzmán, su fundador y propagador principal, San Vicente Ferrer, San Alfonso María de Ligorio, que afirmaba «que entre los obsequios que se tributan a María, ninguno le es tan agradable como el Santo Rosario; San José de Calasanz lo legó a todos sus hijos como testamento y última voluntad; San Luis María Grignon de Montfor le prodigó tales alabanzas que rayan en lo increíble; San Antonio María Claret, según sus piadosas manifestaciones, fue escogido por la misma Reina del Cielo para restaurar y propagar esta devoción, decaída en el siglo anterior, lo mismo que en Francia lo fue para el siglo XV el beato Alano de la Roche, a quien la Virgen María le señaló como principal adalid para propagarla y extenderla por todas partes, diciendo de ella que «era un arma poderosísima para extirpar las herejías, un instrumento el más apto para arrancar los vicios y plantar las virtudes y un medio seguro para alcanzar la misericordia de Dios».

Dios sigue enviando a la Iglesia grandes profetas y santos modernos como en otras épocas de la historia que invitan a propagar el rezo del Santo rosario: san Juan Pablo II, san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta, el siervo de Dios padre Peyton, san Andrés Bessette, san Pío de Pietrelcina, san Maximiliano María Kolbe, santa Faustina Kowalska, santa Teresa del Niño Jesús y tantos otros. Dios sigue actuando en el mundo: los santos, aunque estén ya en el cielo, siguen bendiciendo a sus devotos en la tierra. Ellos están vivos y nos aman e interceden por nosotros.

El carácter misionero de la fe, que encarna perfectamente san Vicente Ferrer, no pierde nunca actualidad. Supone un desafío que también llega hasta nosotros.

Vicente Ferrer nació en Valencia en 1350 y a los diecisiete años tomó el hábito de dominico en su cercano Real Convento de Predicadores, emitiendo su profesión religiosa al año siguiente. El propugnaba llevar una “vida religiosa reformada”, o sea de vuelta a las primitivas tradiciones y costumbres de su Orden dominicana a diferencia de otros miembros y conventos de ella, y así lo enseñó por ejemplo en su “Tratado de la Vida Espiritual”.

La visión que tuvo san Vicente Ferrer estando enfermo en el convento dominico de Aviñón el 3 de octubre de 1398, determinó su vida como predicador itinerante.

Su estancia en Aviñón se prolongó cuatro años, y en 1398, tras su visión, inició su periplo como legado de Cristo (a latere Christi, según el mismo lo reconoce). Esta actividad se prolongó hasta su muerte en la ciudad bretona de Vannes el 5 de abril de 1419 y ha dejado un rastro indeleble. No solo se conoce su itinerario y numerosos documentos que atañen a su biografía, sino los resúmenes de muchos de sus sermones.

San Vicente Ferrer reúne en su persona los rasgos del perfil del evangelizador. Fue modelo en su tiempo de una predicación centrada en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; predicación mediadora de un encuentro salvador con Dios, verificable en la sinceridad de la conversión de sus oyentes.

San Vicente Ferrer es paradigma de predicador cercano a la gente, que emplea todos los medios y recursos a su alcance para que el mensaje cale con amabilidad y claridad entre sus oyentes. Era capaz de hacerse entender por gentes de procedencias muy diversas. Actualizaba la experiencia de la iglesia de Pentecostés. Se ponía al nivel de su auditorio, al nivel de la gente sencilla, Justamente por ello, el mensaje llegaba. A causa de esta habilidad entre la gente del pueblo, san Vicente también es un referente de la predicación y la piedad popular.

San Vicente Ferrer fue ejemplo de testimonio coherente. Fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe, que con su vida acreditaba lo que decía.

Además, parece ser que tuvo muy presente a un “precursor del Rosario”, o contador de oraciones, como Santo Domingo de Guzmán pues sus sermones nos muestran que no conocía el Santo Rosario, como lo rezamos hoy. Sin embargo según la tradición Santo Domingo de Guzmán lo propagó en la primera mitad del siglo XIII, y no tenía la estructuración que conocemos nosotros hasta tiempos después de san Vicente Ferrer.

Este “salterio mariano” se fue propagando desde la segunda mitad del siglo XIV, concretamente en los territorios de la Corona de Aragón donde proliferaron los gozos o “goigs” a Nuestra Señora del Rosario, así como las cofradías del Rosario bajo el titulo de Santa María.

Con esta proliferación del rezo del Santo rosario y de las cofradías, se implanta esta advocación mariana en el pueblo de Dios, convirtiéndose en una de las más importantes del orbe cristiano, dado que la orden de predicadores la nombra patrona y protectora de la Orden, como principales propagadores de esta devoción.

Nos detenemos en dos manifestaciones artísticas del amor y devoción que san Vicente Ferrer tenía a la Virgen María. Una los gozos a Nuestra Señora del Rosario y otra un cuadro de mediados del siglo XV del pintor Nicolo Antonio Colantonio.

Tras la canonización de san Vicente Ferrer, el 30 de junio de 1455, por el papa Calisto III, Isabel de Chiaromonte duquesa de Calabria y futura Reina de Nápoles, mandó construir una capilla en la iglesia de los dominicos de san Pedro Mártir, dedicada al Santo; capilla que visitaba a diario, según crónicas contemporáneas.

La devoción de esta Reina por la iglesia de san Pedro Mártir era muy grande, y en particular por la capilla que dedicó al Santo, confesor de la orden de predicadores. Para esta capilla, la duquesa de Calabria encargó al pintor napolitano más importante de la época, Nicolo Antonio Colantonio, maestro del famoso Antonello da Messina, la creación del gran retablo dedicado a san Vicente Ferrer.

En este retablo existía una hermosa y sugerente representación iconográfica titulada “La aparición de la Virgen del Rosario a san Vicente Ferrer en su celda” de Colantonio que podemos fechar hacia 1460 y forma parte de un ciclo de nueve momentos de su vida y milagros “postmortem” que rodean su imagen central en el retablo para la citada iglesia napolitana y que está en el edificio que ahora aloja la Facultad de Letras de la Universidad Federico II.

Este cuadro es un óleo sobre tabla, de 69,4 x 48 cm., que se conserva en Nápoles actualmente está ubicado en las salas de arte napolitano del Quattrocento, en las Galerías Nacionales de Capodimonte (Italia).

Nicolo Antonio Colantino nos muestra a san Vicente Ferrer vestido con habito dominicano en su habitación conventual o celda. Una sencilla y austera arquitectura enmarca la escena. A nuestra izquierda, el Santo arrodillado en actitud de devotísima oración ante la Virgen con el divino Niño, que aparecen en el cielo a través de la pequeña ventana que ilumina toda la habitación. Es una hermosa presentación de la vida del Santo no muy habitual en su iconografía tanto por su ambientación --su celda--  como por su vinculación con la Virgen, si bien sus biógrafos recogen apariciones de ella como se representa en una de las pechinas de la Iglesia de la antigua Capitanía General de Valencia.

Y es que san Vicente Ferrer tenía una gran devoción a la Virgen María. Junto con su comunidad todas las noches los dominicos procesionaban al altar de la Virgen cantando la Salve Regina.

Otro aspecto de la biografía de san Vicente Ferrer son los “gozos a la Virgen del Rosario”, atribuidos tanto a san Vicente Ferrer como a su hermano Bonifacio, general de los Cartujos de la obediencia de Avignon. Estos gozos se difundieron muy tempranamente en el ámbito catalán y valenciano; los más antiguos que se conservan datan de finales del siglo XV. Este manuscrito con el texto de estos gozos es del siglo XV y se conserva en la biblioteca de Catalunya (ms. 854, folis 110 i 111).

Leemos en la tablilla con los gozos de la Virgen del Rosario:

Vostres goigs ab gran plaer / cantarèm, Vèrge María; / puix la vòstra Senyoría / es la Vèrge del Roser.

Déu plantà dins vos, Señora, / el Roser molt excel-lent, / quant vos feu mereixedora / de concèbre`l purament: / donant fe al missager, / que del cél vos trametia / Déu lo Pare que volia./ foseu Mare del Roser.

Del sant ventre produïda / la planta del Roser vérd, / fou de Àngels circuïda, / y servida amb gran concèrt: / y restà pur i sancer / vostre cos ab alegría, / quan florí en l´establía  al celestial Roser.

Quant els Reyes devots sentiren / del Roser la gran olor, / amb l´estrella ensems partiren / per adorar lo Senyor; / y trobaren ser el ver / de Baláam la profecía, / quam vòstra Senyoría / en els bracos el Roser.

Gran délit us presentaba / vostre Fill ressuscitat, /  amb cinc roses que portava / en les mans , peus y costat, / per les quals lo Llucifer, / qui dels sants l´infèrn omplia, / fonc robat en aquest dia, / que florí lo sant Roser.

Reparada la gran èrra / d´Adám, per la mòrt cruèl, / trasplantat fou de la tèrra / el Roser a dalt el cél; / y pujant amb gran poder, / el partir no us entristia, / contemplant, com Deu rebia / amb gran goig el sant Roser.

No fou de menor estima / el goig de l´Esperit Sant, / quant vingué de l´alta cima / en vòstre Col-lègi sant / y regà aquell gran planter, / que el gran Déu s´hi elegia / per estar en compañía / del celestial Roser.

Vòstra vida ya acabada, / el major dels gòigs sentís, / com a Deu sou presentada  / triomfant al Paradis: / i Senyora us volgué fer / del gran hórt que posseïa, / col-locant-vos , com devia, / sota l´ombra del Roser. / Puix mostreu vostre poder / Fent miracles cada dia: / preserveu, Vèrge María, / els cofrares del Roser.

Existen muchas representaciones conocidas de este Santo. La más célebre es aquella donde el predicador aparece revestido con el hábito dominico, con el antebrazo derecho elevado y su índice señalando al cielo, mientras que la mano izquierda porta la Biblia; coronando el nimbo luce la filacteria con la célebre inscripción apocalíptica “Timete Deum et date Illi honorem quia venit hora Judicii”

En un mundo marcado por las guerras, las injusticias, las pandemias y las crisis ecológicas, Nuestra Señora del Rosario sigue siendo signo de esperanza y consuelo para la Iglesia. Su presencia materna recuerda san Vicente que la fe no se vive desde la evasión, sino desde la confianza activa en medio del dolor.

El Rosario que ella entrega a la orden dominicana no es un objeto mágico, sino una escuela de contemplación que enseña a mantener la mirada en Cristo, a cuidar la interioridad y a traducir la oración en gestos concretos de amor y servicio.

Esta devoción del Santo Rosario, nacida del corazón de la tradición de la Orden de Predicadores, fue confiada —según la tradición— por la misma Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para fortalecer la predicación y sostener la fe del pueblo cristiano. Desde entonces, el Rosario ha sido un camino sencillo y profundo para contemplar los misterios del Evangelio con los ojos de María, aprender de su paciencia y responder a los desafíos del mundo con esperanza y acción.

 

 

 

(5 de abril 2026)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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