EL
CRISTO DE LA PALMA ILUMINA NUESTRA FE
Por Antonio DÍAZ
TORTAJADA
Presidente
de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular.
En
el evangelio de Lucas encontramos la narración de la experiencia pascual de los
discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de
lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas:
“Que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc
24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la
resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe
para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el
mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.
La
sagrada imagen del Cristo de la Palma, un Cristo Crucificado y muerto, ha
iluminado la vida de fe de los fieles de esta Hermandad, y de tantas personas
que llegan a contemplar la bella imagen guiados por la luz de la fe, que
descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos.
Esta
hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden,
peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón
de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de
la vida.
Por
medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de
la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado;
para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras
proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado
herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34).
El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron”
(Za 12,10; cf. Jn 19,37).
El
hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de
cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí
los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la
solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para
superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como
dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la
resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte”
(Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se
revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al
límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.
Es
el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para
iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza,
transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del
Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque
en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora.
Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con
justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo
juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios
nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador,
porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido
“rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre
de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).
La
devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la
esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de
Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos.
Cristo
ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de
la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la Eucaristía. Es allí donde
el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el
pan de la vida.
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