miércoles, 27 de mayo de 2026

 

CRISTO-EUCARISTÍA SALE A NUESTRAS CALLES

 

(1326-2026)

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Cuando la primavera está en pleno auge, con la naturaleza exultante de vitalidad, la Iglesia celebra la festividad del Corpus Christi. La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, se celebra de manera solemne en los templos, y de forma vistosa por calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.

El Corpus, la fiesta católica por excelencia vino a realzar uno de los misterios de fe más queridos por los cristianos: la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fiesta cristológica de gran raigambre popular, desde sus orígenes en el siglo XIII hasta nuestros días, donde han existido etapas que se alternaron de espectacularidad, sobriedad, y ostentación, junto a decadencia, bullicio y recogimiento, pasión y apatía.

Los orígenes de la celebración del Corpus Christi parecen remontarse a los primeros siglos del segundo milenio y hay que situarlos en el contexto de las heterodoxias y polémicas religiosas que se produjeron entonces.

La Eucaristía no ocupó un lugar concreto en la historia de la salvación, sino que es el centro de ella ya que está presente en el Antiguo Testamento como figura, y en el Nuevo Testamento como acontecimiento. En el presente, en el tiempo de la Iglesia, en el que vivimos nosotros, la vivimos como sacramento. La figura anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento prolonga y actualiza el acontecimiento.

Las primeras noticias que se conservan sobre esta festividad se hallan en el calendario de Polemius Silvius (448), en el que se hace mención de la celebración, ya entonces, del Natalis Calicis (nacimiento del Cáliz), festividad que se celebraba el Jueves Santo. Debido a que la Semana Santa era lógicamente época de dolor y tristeza, durante la cual, tanto entonces como ahora, se requiere que los fieles se centren en rememorar la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, el papa Urbano IV consideró la necesidad de extraer de dicha semana la celebración del Natalis Calicis para vivir la fiesta tal como lo conocemos hoy.

El instrumento de que se valió la Divina Providencia para instaurar la festividad del Corpus Christi tal y como ahora la conocemos y celebramos fue santa Juliana de Monte Cornillon, monja nacida en Retines, pequeña localidad cercana a Lieja (Bélgica) en (1193-1258).

Juliana, desde su temprana juventud, tuvo una gran veneración por el Santísimo Sacramento, y siempre anheló una fiesta especial en su honor. Se afirma haberse incrementado este deseo por una visión de la Iglesia bajo la apariencia de la luna llena que tenía un punto negro, el cual significaba la ausencia de tal solemnidad. La fiesta del Santísimo Sacramento debía ser instituida para reanimar la fe de los fieles y para expiar las faltas cometidas contra este Sacramento. A partir de estas revelaciones, intentó por todos los medios la institución de una fiesta solemne en honor al Santo Sacramento.

Para tal empeño dio a conocer sus visiones e intenciones principalmente a Robert de Thirete, entonces Obispo de Lieja, al erudito Dominico Hugo, más tarde cardenal legado en los Países Bajos.y a Jacques Pantaléon, entonces Archidiácono de Lieja, después Obispo de Verdún, Patriarca de Jerusalén y finalmente papa Urbano IV.

El Obispo Robert quedó favorablemente impresionado, y, puesto que los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, convocó un Sínodo en 1246 y ordenó que la primera celebración se realizara el siguiente año, encargando a un monje de nombre Juan que escribiera el Oficio para la ocasión.

Jacques Pantaléon, uno de los confidentes de santa Juliana, fue nombrado Papa el 29 de agosto de 1261, tomando el nombre de Urbano IV, hecho que aprovechó la ermitaña Eva, después beata, con quien Juliana había pasado algún tiempo, y también ferviente adoradora de la Sagrada Eucaristía, para urgir encarecidamente a Enrique de Guelders, nuevo Obispo de Lieja, a que solicitara al nuevo Papa la extensión de la festividad al mundo entero.

Todo ello coincidió con un hecho portentoso que animó a Urbano IV. El caso fue que Urbano IV, por aquél entonces tenía su corte pontificia en Orvieto, al norte de Roma y muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, en 1264 se producía el denominado «Milagro de Bolsena»; primer milagro eucarístico conocido. Un sacerdote que celebraba la Eucaristía tuvo dudas de que la consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

Urbano IV, estimulado por estos nuevos acontecimientos y consciente de combatir eficazmente la herejía de Berengario, decidiera establecer la fiesta del Santísimo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, fijandola en su Bula Transiturus de hoc mundum (8 de septiembre de 1264), ordenó que se extendiera la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia.

El papa Clemente V retomó el asunto y, en el Concilio General de Viena (1311), ordenó la implantación ya definitiva de la festividad, publicando un nuevo decreto que incorporaba la bula de Urbano IV. Más tarde Juan XXII, sucesor de Clemente V, recomendó con insistencia su observancia.

Aunque ninguno de los decretos citados habla de la procesión teofórica como una característica de la celebración, parece que dicha procesión se celebró desde casi los primeros momentos, haciéndose ya habitual sobre todo desde el siglo XIV.

La festividad del Corpus Christi fue aceptada en 1306 en Colonia; Worms la adoptó en 1315; Estrasburgo en 1316. En Inglaterra fue introducida desde Bélgica entre 1320 y 1325.

El Corpus Christi, como expresión pública de la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, arraigó muy pronto en España, incluso antes del Concilio de Viena. Así, empezó en Toledo (1280), después Sevilla (1282), para seguir por Pamplona (1317), Barcelona (1319), Valencia (1326), Madrid (1482) y Granada, a finales del XV.

La primera procesión en Valencia y punto de arranque de la fiesta se celebró el 4 de junio de 1355 auspiciada por el obispo Hugo de Fenollet (1348-1356). Hasta entonces las celebraciones del Corpus Christi las realizaba cada parroquia de manera particular y en el ámbito de su demarcación. Hugo de Fenollet determinó la realización de una Procesión General: Sesenta días después del domingo de Resurrección. Se celebra el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, la cual se lleva a cabo el domingo siguiente a Pentecostés. El día anterior (miércoles) se realizaba una "cridà” o pregón invitando a los ciudadanos a participar en la misma.

Con anterioridad el año 1348 había tenido lugar en el Barranco de Carraixet-Alboraya-Valencia el conocido como "Miracle dels Peixets". Corría el año 1348 y, según relata la leyenda, un hombre de Almàssera que se encontraba al borde de la muerte avisó al de Alboraya para confesarse por última vez en lugar de llamar al cura de su pueblo.

El sacerdote acudió a la llamada tomando el camino por el barranco del Carraixet, con tan mala fortuna que cayó al agua junto a su caballo y la arqueta donde guardaba las hostias debido a la crecida del barranco por las tormentas. El accidente desanimó al sacerdote, quien decidió volver a Alboraya.

Posteriormente las hostias consagradas que habían caído a las aguas del Barranco del Carraixet, fueron salvadas y devueltas al sacerdote al que se la habían caído, por unos peces que las llevaban en su boca.

Muchos años más tarde se construyó en la zona residencial de Port Saplaya de Alboraya, donde se conserva el cáliz, una ermita (1907) en conmemoración de este suceso, construida sobre los restos de otra más antigua. En cambio, la arqueta se guarda en Almàssera, donde se levantó una parroquia dedicada al Santísimo Sacramento, así como la llamada “capella” (casalicio) del Miracle dels Peixets, en el lugar en el que cayeron las formas sagradas.

En Almàssera dicen que son dos “els peixets”, mientras que para Alboraya son tres. La disparidad de criterios gira en torno a si ocurrió el hecho antes o después de haber dado la comunión al enfermo en peligro de muerte, un moro converso de nombre Hassán-Arda, habitante de una alquería en Almàssera.

El conocimiento de este hecho milagroso por parte del obispo Hugo de Fenollet, le llevó a consolidad y a instaurar una procesión general en Valencia en honor al Santísimo Sacramento.

Finalmente fue el concilio de Trento quien declararía que todos los años, el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, se celebrase este excelso y venerable Sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente fuese llevado el Corpus Christi en procesión por las calles y lugares públicos.

Valencia acogió con una gran alegría esta fiesta del Corpus Christi, que fue poco a poco arraigando en nuestras comunidades. Y es el año 1355 cuando se hacía público el primer “pregón” o “crida” por el que se convocaba a clérigos, religiosos y fieles en general para participar en la solemne procesión en honor y reverencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Fue el obispo de la diócesis de Valencia Hugo de Fenollet quien llegó a un acuerdo con la ciudad, por el que el patrocinio de la fiesta correría en adelante a cargo de la Autoridad Municipal e invitó al pueblo valenciano a engalanar las calles y a participar en la procesión.

A partir de este momento la festividad del Corpus se convirtió en Valencia en la más importante del año, oscilando entre épocas de mayor esplendor, una de cuyas cumbres se alcanzó en 1528, y otras de evidente declive, el cual se inició en 1836, a causa de la “desamortización” llevada a cabo por Juan Álvarez de Mendizábal. Las cotas ascensionales de los fiesta del Corpus se alcanzaron en 1875, y sobre todo en 1977, fecha en la que surgió la asociación que luego se denominaría de “Los amigos del Corpus de la ciudad de Valencia”, cuya principal tarea sería la de repristinar y mantener el esplendor y decoro de la fiesta.

La fiesta del Corpus Christi es una jornada grande para la Iglesia, y en cada pueblo y lugar adopta un rostro particular,--desde la pobreza a la majestuosidad-- enriquecido por la diversidad de carismas y la rica pluralidad de las comunidades cristianas, que es una sola reunida en torno al Banquete de su Señor.

Al mirar a Jesucristo-Eucaristía pasear por nuestras calles de Valencia en su hermosa “custodia de los pobres”, obra de Francisco Pajarón Suay, y diseño del arquitecto Vicente Traver Tomás, toda ella es un poema labrado en plata cuyo argumento es la glorificación de Jesucristo-Eucaristía, reconocemos al Dios que se entrega y que ha querido quedarse a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo”. Y con él aprendemos a ofrecernos al Padre como sacrificio agradable con nuestra vida santa.

Contemplar a Cristo-Eucaristía por nuestras calles no es un “espectáculo”. Contemplar a Cristo-Eucaristía es un acto de fe. Al contemplar o acompañar a Jesús-Eucaristía los cristianos nos sentimos discípulos y dejamos que la Palabra y la acción del Señor modele nuestro corazón como fue modelado el corazón de los Apóstoles.

La mirada de Cristo desde la custodia es una llamada a la conversión, acogiéndonos a la infinita misericordia de Dios y convirtiéndonos en auténticos heraldos de la misericordia en nuestros propios ambientes.

El amor más grande manifestado en el Misterio Eucarístico nos lleva a “eucaristizar” nuestra vida viviendo de manera heroica la caridad, que es el amor de Dios recibido y comunicado a nuestro prójimo, especialmente aquel que está más necesitado.

miércoles, 6 de mayo de 2026

 

MARÍA: MEMORIA VISUAL

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La “religiosidad popular” es un hecho eclesial de gran relevancia y de carácter universal, que emerge de la fe y el amor del pueblo fiel a Jesucristo y del reconocimiento de María Virgen como aquella a quien Dios le encomendó una misión especial dentro de su plan salvífico, teniéndola, no solo como Madre del Señor y del Salvador, sino, además, como la mujer llena de gracia y Madre de toda la humanidad

Para los fieles, la Virgen María es su Madre, ya que comprenden de manera fácil y sencilla la relación intima que une al Hijo que es Dios mismo con la Madre, de aquí brota el deseo de venerarla como hijos suyos, como Reina del universo y gran intercesora que escucha y lleva nuestras suplicas al Señor.

El Magisterio eclesial, en el Directorio de Piedad Popular y Liturgia” (núm. 183) menciona las causas por la cuales el pueblo de Dios, venera a la Virgen Santísima, le tiene una admirable devoción e implora siempre su maternal compañía y protección: Los más pobres la sienten especialmente cercana. Saben que fue pobre como ellos, que sufrió mucho, que fue paciente y mansa. Sienten compasión por su dolor en la crucifixión y muerte del Hijo, se alegran con ella por la Resurrección de Jesús. Celebran con gozo sus fiestas, participan con gusto en sus procesiones, acuden en peregrinación a sus santuarios, les gusta cantar en su honor, le presentan ofrendas votivas. No permiten que ninguno la ofenda e instintivamente desconfían de quien no la honra.

Para honrar a la Virgen María, el mismo pueblo de Dios ha creado una serie de expresiones devocionales que van ligadas a lo tradicional de su cultura respectiva, éstas incluyen actos de piedad oracionales como el rezo del Santo Rosario, las novenas a las distintas advocaciones marianas, las fiestas patronales a honor a la Virgen, los septenarios, los trisagios, las jaculatorias, la celebración del mes de María (mayo), entre otros. Ella es “memoria visual” de nuestra fe.

A estos actos hay que añadir los corpóreos como las procesiones, las peregrinaciones, la veneración de imágenes de la Virgen tanto en los templos y santuarios marianos como en los altares familiares que se preparan en cada hogar como signo de amor y devoción a la Madre de Dios.

De igual manera, son expresiones religiosas tangibles: el uso de los símbolos marianos como camándulas, escapularios, medallas, denarios, imágenes, estampas, mantillas, velas; y los distintos e innumerables rituales que, de manera más privada, como las consagraciones y los retiros espirituales, se hacen en torno a María. Todas estas manifestaciones nos llevan a descubrir que la devoción mariana, se ha ido estructurando y estableciendo de manera permanente en la identidad religiosa y espiritual de nuestros pueblos. Por esto, toda la comunidad eclesial debe velar por la conservación de esta riqueza patrimonial de nuestra fe, que como hemos señalado, necesita siempre de un debido acompañamiento, que garantice la sana práctica de esta espiritualidad, evitando cualquier clase de distorsión, engaño o ingenuidad del verdadero sentido de honrar, venerar e invocar a la Santa Madre del Señor.

La Santísima Virgen María, cuenta con un lugar privilegiado en la “religiosidad popular”. Podríamos posicionar a María como uno de los principales motores de la religiosidad del pueblo, porque es tenida como el referente principal de intercesión ante Dios y el ejemplo más claro y cercano de caridad y sencillez. La fe y el amor a la Virgen María vivida en nuestros contextos es altamente notoria gracias a la “mariología popular”, que es la manera como el pueblo, haciendo uso de su propia cultura, expresa su devoción a la Madre de Dios. Esta “mariología” que es netamente vivencial, se muestra en el ser y quehacer del pueblo, cuando busca el amor, el consuelo y la ayuda de parte de Dios a través de la intercesión de la Madre. En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un “Padrenuestro” musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al cielo, en medio de una sencilla alegría.

Recurrir siempre al amparo y protección de Nuestra Señora será siempre un signo de amor y devoción hacia ella, donde se reconoce la presencia del Espíritu Santo como el impulsor del corazón del creyente y el propiciador de todas las expresiones populares de fe. Es en el rostro de la Virgen donde se encuentran la ternura y el amor de Dios y ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Por tanto, no debemos subestimar los gestos y las palabras de veneración y honra de las personas a María Santísima, al contrario, debemos valorarlas, ya que son muestras de fe de cada ser humano y de su colectivo social, que se transmiten por acciones de culto popular, como el rezo del Santo Rosario o de una novena, el encender velas, el pagar promesas u ofrecer penitencias, y se conservan por su insondable riqueza teológica y cultural. Mantener a María como impulso de la “religiosidad popular”, implica un constante y convencido reconocimiento de Ella como santuario del Espíritu Santo, Madre de Dios y Madre de toda la humanidad. El papa Francisco concluye su exhortación Evangelii Gaudium, (núm. 288) diciendo que “hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. [Porque] cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes”.

Es así, que el proceso evangelizador de la Virgen, que cautiva por convicción, como lo podemos comprobar en los santuarios marianos, nos conduce a contemplar en silencio el obrar de Dios que supera siempre nuestras expectativas y proyectos organizados para ponernos en movimiento y seguir el camino de la fe.

En este punto podemos describir cómo hoy los creyentes comprenden, asumen y viven la devoción a la Virgen María. Por ejemplo, los cristianos valencianos aclaman a su patrona la Virgen de los Desamparados: “En terres valencianes / la fe per Vos no mor / i vostra Imatge Santa / portem sempre en lo cor”.

El amor y la fe expresada a Nuestra Señora seguirá siendo una base fundamental de la dimensión religiosa de nuestros pueblos. Esta devoción sigue creciendo gracias a la figura de María que se ha ido elaborando desde la experiencia espiritual de las personas, donde se acoge como Madre nuestra, como intercesora ante Dios y como ejemplo para ser un autentico discípulo de Cristo. Toda la devoción mariana, se está enmarcando en lo místico y en lo contemplativo, sin dejar de lado las tradicionales prácticas de piedad, que se han ido estableciendo en la cultura religiosa de nuestra sociedad.

Hoy se sigue manifestando el culto a María por medio de las fiestas y las novenas de las distintas advocaciones, las peregrinaciones a los santuarios marianos, la veneración de las imágenes de María en los hogares y sitios públicos como parques, colegios, hospitales, y otra serie de acciones que permiten determinar que la devoción a María Santísima sigue viva y está adquiriendo fuerza y popularidad entre el pueblo de Dios. Cabe mencionar ciertos fenómenos que podemos evidenciar en nuestro ambiente, en torno a la vivencia actual de la devoción a la Virgen María. Por un lado, está la tendencia que busca lo sobrenatural y fantástico, son quienes necesitan signos claros de la Virgen en sus vidas, es decir, su espiritualidad es movida por las apariciones, las revelaciones y los acontecimientos de carácter extraordinario. Estas personas se quedan en lo simbólico y lo visible, sin dejar impactar su corazón por lo verdaderamente esencial: el verdadero modelo de cristiano, el amor maternal y la protección fiel de nuestra Madre María. Por otro lado, están aquellos “devotos” que han colocado a María como un “dios”, la sobresaltan y la elevan a una categoría divina, diciendo que ella es quien cura, salva, sana y libera; la ven como ser supremo con poderes magníficos que superan los de su poderosa intercesión y protección, esta tendencia de tipo fanático llega al extremo de colocar a María como centro en todo el plan de Salvación. A pesar de encontrarnos con tendencias que desvirtúan el verdadero amor y devoción a la Madre de Dios y Madre nuestra, es impresionante observar cómo muchos devotos viven experiencias profundas con María de forma intimida, humilde y reservada. La sencillez con la que muchos fieles viven su relación con la Virgen, es ejemplo de caridad y conversión, ya que, desde lo sencillo se fortalece lo trascendente, siendo la “religiosidad popular” un medio que garantiza este propósito espiritual y permite vivenciar una autentica, trasparente y sensata devoción a María Santísima.