miércoles, 6 de mayo de 2026

 

MARÍA: MEMORIA VISUAL

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La “religiosidad popular” es un hecho eclesial de gran relevancia y de carácter universal, que emerge de la fe y el amor del pueblo fiel a Jesucristo y del reconocimiento de María Virgen como aquella a quien Dios le encomendó una misión especial dentro de su plan salvífico, teniéndola, no solo como Madre del Señor y del Salvador, sino, además, como la mujer llena de gracia y Madre de toda la humanidad

Para los fieles, la Virgen María es su Madre, ya que comprenden de manera fácil y sencilla la relación intima que une al Hijo que es Dios mismo con la Madre, de aquí brota el deseo de venerarla como hijos suyos, como Reina del universo y gran intercesora que escucha y lleva nuestras suplicas al Señor.

El Magisterio eclesial, en el Directorio de Piedad Popular y Liturgia” (núm. 183) menciona las causas por la cuales el pueblo de Dios, venera a la Virgen Santísima, le tiene una admirable devoción e implora siempre su maternal compañía y protección: Los más pobres la sienten especialmente cercana. Saben que fue pobre como ellos, que sufrió mucho, que fue paciente y mansa. Sienten compasión por su dolor en la crucifixión y muerte del Hijo, se alegran con ella por la Resurrección de Jesús. Celebran con gozo sus fiestas, participan con gusto en sus procesiones, acuden en peregrinación a sus santuarios, les gusta cantar en su honor, le presentan ofrendas votivas. No permiten que ninguno la ofenda e instintivamente desconfían de quien no la honra.

Para honrar a la Virgen María, el mismo pueblo de Dios ha creado una serie de expresiones devocionales que van ligadas a lo tradicional de su cultura respectiva, éstas incluyen actos de piedad oracionales como el rezo del Santo Rosario, las novenas a las distintas advocaciones marianas, las fiestas patronales a honor a la Virgen, los septenarios, los trisagios, las jaculatorias, la celebración del mes de María (mayo), entre otros. Ella es “memoria visual” de nuestra fe.

A estos actos hay que añadir los corpóreos como las procesiones, las peregrinaciones, la veneración de imágenes de la Virgen tanto en los templos y santuarios marianos como en los altares familiares que se preparan en cada hogar como signo de amor y devoción a la Madre de Dios.

De igual manera, son expresiones religiosas tangibles: el uso de los símbolos marianos como camándulas, escapularios, medallas, denarios, imágenes, estampas, mantillas, velas; y los distintos e innumerables rituales que, de manera más privada, como las consagraciones y los retiros espirituales, se hacen en torno a María. Todas estas manifestaciones nos llevan a descubrir que la devoción mariana, se ha ido estructurando y estableciendo de manera permanente en la identidad religiosa y espiritual de nuestros pueblos. Por esto, toda la comunidad eclesial debe velar por la conservación de esta riqueza patrimonial de nuestra fe, que como hemos señalado, necesita siempre de un debido acompañamiento, que garantice la sana práctica de esta espiritualidad, evitando cualquier clase de distorsión, engaño o ingenuidad del verdadero sentido de honrar, venerar e invocar a la Santa Madre del Señor.

La Santísima Virgen María, cuenta con un lugar privilegiado en la “religiosidad popular”. Podríamos posicionar a María como uno de los principales motores de la religiosidad del pueblo, porque es tenida como el referente principal de intercesión ante Dios y el ejemplo más claro y cercano de caridad y sencillez. La fe y el amor a la Virgen María vivida en nuestros contextos es altamente notoria gracias a la “mariología popular”, que es la manera como el pueblo, haciendo uso de su propia cultura, expresa su devoción a la Madre de Dios. Esta “mariología” que es netamente vivencial, se muestra en el ser y quehacer del pueblo, cuando busca el amor, el consuelo y la ayuda de parte de Dios a través de la intercesión de la Madre. En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un “Padrenuestro” musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al cielo, en medio de una sencilla alegría.

Recurrir siempre al amparo y protección de Nuestra Señora será siempre un signo de amor y devoción hacia ella, donde se reconoce la presencia del Espíritu Santo como el impulsor del corazón del creyente y el propiciador de todas las expresiones populares de fe. Es en el rostro de la Virgen donde se encuentran la ternura y el amor de Dios y ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Por tanto, no debemos subestimar los gestos y las palabras de veneración y honra de las personas a María Santísima, al contrario, debemos valorarlas, ya que son muestras de fe de cada ser humano y de su colectivo social, que se transmiten por acciones de culto popular, como el rezo del Santo Rosario o de una novena, el encender velas, el pagar promesas u ofrecer penitencias, y se conservan por su insondable riqueza teológica y cultural. Mantener a María como impulso de la “religiosidad popular”, implica un constante y convencido reconocimiento de Ella como santuario del Espíritu Santo, Madre de Dios y Madre de toda la humanidad. El papa Francisco concluye su exhortación Evangelii Gaudium, (núm. 288) diciendo que “hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. [Porque] cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes”.

Es así, que el proceso evangelizador de la Virgen, que cautiva por convicción, como lo podemos comprobar en los santuarios marianos, nos conduce a contemplar en silencio el obrar de Dios que supera siempre nuestras expectativas y proyectos organizados para ponernos en movimiento y seguir el camino de la fe.

En este punto podemos describir cómo hoy los creyentes comprenden, asumen y viven la devoción a la Virgen María. Por ejemplo, los cristianos valencianos aclaman a su patrona la Virgen de los Desamparados: “En terres valencianes / la fe per Vos no mor / i vostra Imatge Santa / portem sempre en lo cor”.

El amor y la fe expresada a Nuestra Señora seguirá siendo una base fundamental de la dimensión religiosa de nuestros pueblos. Esta devoción sigue creciendo gracias a la figura de María que se ha ido elaborando desde la experiencia espiritual de las personas, donde se acoge como Madre nuestra, como intercesora ante Dios y como ejemplo para ser un autentico discípulo de Cristo. Toda la devoción mariana, se está enmarcando en lo místico y en lo contemplativo, sin dejar de lado las tradicionales prácticas de piedad, que se han ido estableciendo en la cultura religiosa de nuestra sociedad.

Hoy se sigue manifestando el culto a María por medio de las fiestas y las novenas de las distintas advocaciones, las peregrinaciones a los santuarios marianos, la veneración de las imágenes de María en los hogares y sitios públicos como parques, colegios, hospitales, y otra serie de acciones que permiten determinar que la devoción a María Santísima sigue viva y está adquiriendo fuerza y popularidad entre el pueblo de Dios. Cabe mencionar ciertos fenómenos que podemos evidenciar en nuestro ambiente, en torno a la vivencia actual de la devoción a la Virgen María. Por un lado, está la tendencia que busca lo sobrenatural y fantástico, son quienes necesitan signos claros de la Virgen en sus vidas, es decir, su espiritualidad es movida por las apariciones, las revelaciones y los acontecimientos de carácter extraordinario. Estas personas se quedan en lo simbólico y lo visible, sin dejar impactar su corazón por lo verdaderamente esencial: el verdadero modelo de cristiano, el amor maternal y la protección fiel de nuestra Madre María. Por otro lado, están aquellos “devotos” que han colocado a María como un “dios”, la sobresaltan y la elevan a una categoría divina, diciendo que ella es quien cura, salva, sana y libera; la ven como ser supremo con poderes magníficos que superan los de su poderosa intercesión y protección, esta tendencia de tipo fanático llega al extremo de colocar a María como centro en todo el plan de Salvación. A pesar de encontrarnos con tendencias que desvirtúan el verdadero amor y devoción a la Madre de Dios y Madre nuestra, es impresionante observar cómo muchos devotos viven experiencias profundas con María de forma intimida, humilde y reservada. La sencillez con la que muchos fieles viven su relación con la Virgen, es ejemplo de caridad y conversión, ya que, desde lo sencillo se fortalece lo trascendente, siendo la “religiosidad popular” un medio que garantiza este propósito espiritual y permite vivenciar una autentica, trasparente y sensata devoción a María Santísima.