MARÍA: MEMORIA
VISUAL
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de
Religiosidad Popular
La “religiosidad popular” es un
hecho eclesial de gran relevancia y de carácter universal, que emerge de la fe
y el amor del pueblo fiel a Jesucristo y del reconocimiento de María Virgen
como aquella a quien Dios le encomendó una misión especial dentro de su plan
salvífico, teniéndola, no solo como Madre del Señor y del Salvador, sino,
además, como la mujer llena de gracia y Madre de toda la humanidad
Para los fieles, la Virgen María
es su Madre, ya que comprenden de manera fácil y sencilla la relación intima
que une al Hijo que es Dios mismo con la Madre, de aquí brota el deseo de
venerarla como hijos suyos, como Reina del universo y gran intercesora que
escucha y lleva nuestras suplicas al Señor.
El Magisterio eclesial, en el
Directorio de Piedad Popular y Liturgia” (núm. 183) menciona las causas por la
cuales el pueblo de Dios, venera a la Virgen Santísima, le tiene una admirable
devoción e implora siempre su maternal compañía y protección: Los más pobres la
sienten especialmente cercana. Saben que fue pobre como ellos, que sufrió
mucho, que fue paciente y mansa. Sienten compasión por su dolor en la
crucifixión y muerte del Hijo, se alegran con ella por la Resurrección de
Jesús. Celebran con gozo sus fiestas, participan con gusto en sus procesiones,
acuden en peregrinación a sus santuarios, les gusta cantar en su honor, le
presentan ofrendas votivas. No permiten que ninguno la ofenda e instintivamente
desconfían de quien no la honra.
Para honrar a la Virgen María, el
mismo pueblo de Dios ha creado una serie de expresiones devocionales que van
ligadas a lo tradicional de su cultura respectiva, éstas incluyen actos de
piedad oracionales como el rezo del Santo Rosario, las novenas a las distintas
advocaciones marianas, las fiestas patronales a honor a la Virgen, los
septenarios, los trisagios, las jaculatorias, la celebración del mes de María
(mayo), entre otros. Ella es “memoria visual” de nuestra fe.
A estos actos hay que añadir los corpóreos
como las procesiones, las peregrinaciones, la veneración de imágenes de la
Virgen tanto en los templos y santuarios marianos como en los altares
familiares que se preparan en cada hogar como signo de amor y devoción a la
Madre de Dios.
De igual manera, son expresiones
religiosas tangibles: el uso de los símbolos marianos como camándulas,
escapularios, medallas, denarios, imágenes, estampas, mantillas, velas; y los
distintos e innumerables rituales que, de manera más privada, como las
consagraciones y los retiros espirituales, se hacen en torno a María. Todas
estas manifestaciones nos llevan a descubrir que la devoción mariana, se ha ido
estructurando y estableciendo de manera permanente en la identidad religiosa y
espiritual de nuestros pueblos. Por esto, toda la comunidad eclesial debe velar
por la conservación de esta riqueza patrimonial de nuestra fe, que como hemos
señalado, necesita siempre de un debido acompañamiento, que garantice la sana
práctica de esta espiritualidad, evitando cualquier clase de distorsión, engaño
o ingenuidad del verdadero sentido de honrar, venerar e invocar a la Santa
Madre del Señor.
La Santísima Virgen María, cuenta
con un lugar privilegiado en la “religiosidad popular”. Podríamos posicionar a
María como uno de los principales motores de la religiosidad del pueblo, porque
es tenida como el referente principal de intercesión ante Dios y el ejemplo más
claro y cercano de caridad y sencillez. La fe y el amor a la Virgen María
vivida en nuestros contextos es altamente notoria gracias a la “mariología
popular”, que es la manera como el pueblo, haciendo uso de su propia cultura,
expresa su devoción a la Madre de Dios. Esta “mariología” que es netamente
vivencial, se muestra en el ser y quehacer del pueblo, cuando busca el amor, el
consuelo y la ayuda de parte de Dios a través de la intercesión de la Madre. En
distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo
del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para
acompañar a un hijo en su enfermedad, un “Padrenuestro” musitado entre
lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa
dirigida al cielo, en medio de una sencilla alegría.
Recurrir siempre al amparo y
protección de Nuestra Señora será siempre un signo de amor y devoción hacia
ella, donde se reconoce la presencia del Espíritu Santo como el impulsor del
corazón del creyente y el propiciador de todas las expresiones populares de fe.
Es en el rostro de la Virgen donde se encuentran la ternura y el amor de Dios y
ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Por tanto, no debemos
subestimar los gestos y las palabras de veneración y honra de las personas a
María Santísima, al contrario, debemos valorarlas, ya que son muestras de fe de
cada ser humano y de su colectivo social, que se transmiten por acciones de
culto popular, como el rezo del Santo Rosario o de una novena, el encender
velas, el pagar promesas u ofrecer penitencias, y se conservan por su
insondable riqueza teológica y cultural. Mantener a María como impulso de la “religiosidad
popular”, implica un constante y convencido reconocimiento de Ella como
santuario del Espíritu Santo, Madre de Dios y Madre de toda la humanidad. El papa
Francisco concluye su exhortación Evangelii
Gaudium, (núm. 288) diciendo que “hay un estilo mariano en la actividad
evangelizadora de la Iglesia. [Porque] cada vez que miramos a María volvemos a
creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la
humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que
no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes”.
Es así, que el proceso
evangelizador de la Virgen, que cautiva por convicción, como lo podemos
comprobar en los santuarios marianos, nos conduce a contemplar en silencio el
obrar de Dios que supera siempre nuestras expectativas y proyectos organizados
para ponernos en movimiento y seguir el camino de la fe.
En este punto podemos describir
cómo hoy los creyentes comprenden, asumen y viven la devoción a la Virgen
María. Por ejemplo, los cristianos valencianos aclaman a su patrona la Virgen
de los Desamparados: “En terres
valencianes / la fe per Vos no mor / i vostra Imatge Santa / portem sempre en
lo cor”.
El amor y la fe expresada a
Nuestra Señora seguirá siendo una base fundamental de la dimensión religiosa de
nuestros pueblos. Esta devoción sigue creciendo gracias a la figura de María
que se ha ido elaborando desde la experiencia espiritual de las personas, donde
se acoge como Madre nuestra, como intercesora ante Dios y como ejemplo para ser
un autentico discípulo de Cristo. Toda la devoción mariana, se está enmarcando
en lo místico y en lo contemplativo, sin dejar de lado las tradicionales prácticas
de piedad, que se han ido estableciendo en la cultura religiosa de nuestra
sociedad.
Hoy se sigue manifestando el
culto a María por medio de las fiestas y las novenas de las distintas
advocaciones, las peregrinaciones a los santuarios marianos, la veneración de
las imágenes de María en los hogares y sitios públicos como parques, colegios,
hospitales, y otra serie de acciones que permiten determinar que la devoción a
María Santísima sigue viva y está adquiriendo fuerza y popularidad entre el
pueblo de Dios. Cabe mencionar ciertos fenómenos que podemos evidenciar en
nuestro ambiente, en torno a la vivencia actual de la devoción a la Virgen
María. Por un lado, está la tendencia que busca lo sobrenatural y fantástico,
son quienes necesitan signos claros de la Virgen en sus vidas, es decir, su
espiritualidad es movida por las apariciones, las revelaciones y los
acontecimientos de carácter extraordinario. Estas personas se quedan en lo
simbólico y lo visible, sin dejar impactar su corazón por lo verdaderamente
esencial: el verdadero modelo de cristiano, el amor maternal y la protección
fiel de nuestra Madre María. Por otro lado, están aquellos “devotos” que han
colocado a María como un “dios”, la sobresaltan y la elevan a una categoría
divina, diciendo que ella es quien cura, salva, sana y libera; la ven como ser
supremo con poderes magníficos que superan los de su poderosa intercesión y
protección, esta tendencia de tipo fanático llega al extremo de colocar a María
como centro en todo el plan de Salvación. A pesar de encontrarnos con
tendencias que desvirtúan el verdadero amor y devoción a la Madre de Dios y
Madre nuestra, es impresionante observar cómo muchos devotos viven experiencias
profundas con María de forma intimida, humilde y reservada. La sencillez con la
que muchos fieles viven su relación con la Virgen, es ejemplo de caridad y
conversión, ya que, desde lo sencillo se fortalece lo trascendente, siendo la “religiosidad
popular” un medio que garantiza este propósito espiritual y permite vivenciar
una autentica, trasparente y sensata devoción a María Santísima.
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