FIESTAS
PATRONALES:
“ÁMBITO” DE
EVANGELIZACIÓN
Por
Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado
Episcopal de Religiosidad Popular
Aunque no
quiera, como por inercia, cada año, en las calles de pueblos y ciudades, España
se redescubre católica. Y se enorgullece de serlo, al menos una o dos veces al
año. Las fiestas patronales se convierten, como por arte de fe, en auténticos
ríos de espiritualidad popular.
Cada vez que el
calendario litúrgico se despliega ante nosotros, lo hace como un regalo que
Dios ha sembrado en el tiempo para tocar nuestra historia. Celebrar una
festividad cristiana no es solo recordar un hecho del pasado, es permitir que
ese misterio entre en nuestra vida y la renueve. Las fiestas cristianas son
momentos en los que el cielo se acerca a la tierra, y nuestra rutina se
transforma en lugar de encuentro con Dios.
Las fiestas
patronales constituyen una riqueza de la vida de nuestras comunidades
cristianas. El mes de agosto es toda una fiesta. De los casi 19.000 pueblos que
hay en España, pocos son los que en estas semanas no celebran a su patrona o
patrón. Este acontecimiento de “religiosidad popular” para la Iglesia, es una
oportunidad para la evangelización, pues son muchos los que vuelven a sus
pueblos para estas fechas y, en no pocos casos, aunque se hayan alejado de la
práctica religiosa, la fiesta les mantiene unidos “con el hilo de la fe”.
El documento de Aparecida
expresa la actitud pastoral de la Iglesia madre ante estas genuinas expresiones
de fe de la “religiosidad popular”: “Agradecemos a Dios la religiosidad de
nuestros pueblos, que resplandece en la devoción al Cristo sufriente y a su
Madre bendita, en la veneración a los Santos con sus fiestas patronales, en el
amor al papa y a los demás pastores, en el amor a la Iglesia universal como
gran familia de Dios que nunca puede ni debe dejar solos o en la miseria a sus
propios hijos” (num., 127).
En estos tiempos
de transformación de la presencia visible de la fe y de la Iglesia en nuestra
sociedad, las fiestas patronales de nuestros pueblos y comunidades constituyen
un lugar privilegiado para celebrar y anunciar el Evangelio de Jesucristo. Nos
desafían a la creatividad en el anuncio del Evangelio y en la celebración de la
fe que hemos recibido de nuestros mayores.
Nos presentan
también desafíos pastorales que debemos asumir con espíritu misionero, alegría
y coraje evangélicos. ¿Cuál es la identidad y naturaleza de las fiestas
patronales? ¿Cómo vivirlas con autenticidad para que expresen, comuniquen y
alimenten nuestra fe católica? ¿Cómo combinar las diversas dimensiones y
aspectos que se conjugan en ellas?
Las fiestas
patronales es la conmemoración anual que hace una comunidad cristiana de la
figura evangélica (del Señor y sus misterios, de su santa Madre o de alguno de
sus santos) que es titular de esta y a la que reconoce una relación especial de
patronazgo.
El patronazgo
del Señor, de María o de los santos sobre una concreta comunidad cristiana es
una gracia particular que implica una relación especial de protección, de
misión y de inspiración para la vida de fe de dicha comunidad.
En la vida de
nuestras comunidades, el patronazgo ha surgido de una elección que el mismo
pueblo ha hecho o, en algunos casos, de una disposición de la autoridad
eclesiástica. En todo caso, siempre supone que el pueblo reconozca con espíritu
de fe agradecida la particular relación de patronazgo que se establece entre la
comunidad y el santo patrono o patrona.
La celebración
anual de la Pascua es el corazón del Año Litúrgico, como la Eucaristía
dominical lo es de la semana. En este marco celebrativo centrado en la Pascua
vivimos nuestras fiestas “patronales”.
También cada
año, la fiesta patronal supone para la comunidad un ejercicio de memoria de la
propia historia, cuya finalidad es reavivar la fe bautismal y el compromiso
misionero que brotan del bautismo y la confirmación. Suele ser antecedida por
un novenario, un triduo u otras formas de preparación. De esta manera, la
fiesta patronal posee un verdadero “espíritu y sabor pascual” para la comunidad
que la celebra.
La fiesta
patronal, se trata de un momento fuertemente evangelizador que merece ser
destacado y vivido con espíritu sinodal. Será entonces ocasión de una oportuna
catequesis sobre los diversos temas que pueden estar involucrados en la
celebración, atentos también a las circunstancias particulares del momento en
que se celebran. El uso de los medios de comunicación y de las redes sociales
es también un recurso muy valioso.
El momento
culminante de las fiestas patronales es la fecha de la conmemoración litúrgica
del santo patrono. Se trata de una jornada especialmente significativa para la
vida de nuestros pueblos, de ordinario, acompañada por el asueto a nivel civil.
Las distintas actividades deben expresar claramente que el centro de la
celebración es la Eucaristía, a la que sigue normalmente una procesión.
La parroquia ha
de preparar con esmero las celebraciones de ese día. Se recomiendan diversos
ejercicios piadosos, como también la oportuna celebración de la Liturgia de las
Horas (Oficio de lecturas, laudes o vísperas). Las fiestas patronales son una
expresión de la tradición viva de la Iglesia que, “de esta forma […], en su
doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las
generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree
En la medida de
lo posible, las fiestas patronales tienen que ser también un momento fuerte
para visibilizar la opción preferencial por los pobres que nace de la fe en
Cristo: los pobres, débiles y sufrientes deben tener un lugar privilegiado en
el desarrollo y celebración de las fiestas patronales.
Las fiestas
patronales, son ante todo, una celebración religiosa cristiana. Este núcleo
fundamental le da su identidad y naturaleza específica. En la historia concreta
de nuestras comunidades, la fiesta patronal está profundamente unida a la vida
civil, política y cultural de nuestros pueblos.
La Iglesia
entiende que las fiestas patronales son un “ámbito” que nos pueden ayudar a
evangelizar desde ahí, desde ese apego, desde ese único vínculo que muchos aún
mantienen con lo religioso. Lo que durante siglos ha sido un escaparate del
sentir religioso más hondo, hoy se enfrenta al reto de purificarse, de abrirse
al mundo y de convertirse en un potente instrumento evangelizador para el siglo
XXI.