sábado, 11 de julio de 2026

 

FIESTAS PATRONALES:

“ÁMBITO” DE EVANGELIZACIÓN

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Aunque no quiera, como por inercia, cada año, en las calles de pueblos y ciudades, España se redescubre católica. Y se enorgullece de serlo, al menos una o dos veces al año. Las fiestas patronales se convierten, como por arte de fe, en auténticos ríos de espiritualidad popular.

Cada vez que el calendario litúrgico se despliega ante nosotros, lo hace como un regalo que Dios ha sembrado en el tiempo para tocar nuestra historia. Celebrar una festividad cristiana no es solo recordar un hecho del pasado, es permitir que ese misterio entre en nuestra vida y la renueve. Las fiestas cristianas son momentos en los que el cielo se acerca a la tierra, y nuestra rutina se transforma en lugar de encuentro con Dios.

Las fiestas patronales constituyen una riqueza de la vida de nuestras comunidades cristianas. El mes de agosto es toda una fiesta. De los casi 19.000 pueblos que hay en España, pocos son los que en estas semanas no celebran a su patrona o patrón. Este acontecimiento de “religiosidad popular” para la Iglesia, es una oportunidad para la evangelización, pues son muchos los que vuelven a sus pueblos para estas fechas y, en no pocos casos, aunque se hayan alejado de la práctica religiosa, la fiesta les mantiene unidos “con el hilo de la fe”.

El documento de Aparecida expresa la actitud pastoral de la Iglesia madre ante estas genuinas expresiones de fe de la “religiosidad popular”: “Agradecemos a Dios la religiosidad de nuestros pueblos, que resplandece en la devoción al Cristo sufriente y a su Madre bendita, en la veneración a los Santos con sus fiestas patronales, en el amor al papa y a los demás pastores, en el amor a la Iglesia universal como gran familia de Dios que nunca puede ni debe dejar solos o en la miseria a sus propios hijos” (num., 127).

En estos tiempos de transformación de la presencia visible de la fe y de la Iglesia en nuestra sociedad, las fiestas patronales de nuestros pueblos y comunidades constituyen un lugar privilegiado para celebrar y anunciar el Evangelio de Jesucristo. Nos desafían a la creatividad en el anuncio del Evangelio y en la celebración de la fe que hemos recibido de nuestros mayores.

Nos presentan también desafíos pastorales que debemos asumir con espíritu misionero, alegría y coraje evangélicos. ¿Cuál es la identidad y naturaleza de las fiestas patronales? ¿Cómo vivirlas con autenticidad para que expresen, comuniquen y alimenten nuestra fe católica? ¿Cómo combinar las diversas dimensiones y aspectos que se conjugan en ellas?

Las fiestas patronales es la conmemoración anual que hace una comunidad cristiana de la figura evangélica (del Señor y sus misterios, de su santa Madre o de alguno de sus santos) que es titular de esta y a la que reconoce una relación especial de patronazgo.

El patronazgo del Señor, de María o de los santos sobre una concreta comunidad cristiana es una gracia particular que implica una relación especial de protección, de misión y de inspiración para la vida de fe de dicha comunidad.

En la vida de nuestras comunidades, el patronazgo ha surgido de una elección que el mismo pueblo ha hecho o, en algunos casos, de una disposición de la autoridad eclesiástica. En todo caso, siempre supone que el pueblo reconozca con espíritu de fe agradecida la particular relación de patronazgo que se establece entre la comunidad y el santo patrono o patrona.

La celebración anual de la Pascua es el corazón del Año Litúrgico, como la Eucaristía dominical lo es de la semana. En este marco celebrativo centrado en la Pascua vivimos nuestras fiestas “patronales”.

También cada año, la fiesta patronal supone para la comunidad un ejercicio de memoria de la propia historia, cuya finalidad es reavivar la fe bautismal y el compromiso misionero que brotan del bautismo y la confirmación. Suele ser antecedida por un novenario, un triduo u otras formas de preparación. De esta manera, la fiesta patronal posee un verdadero “espíritu y sabor pascual” para la comunidad que la celebra.

La fiesta patronal, se trata de un momento fuertemente evangelizador que merece ser destacado y vivido con espíritu sinodal. Será entonces ocasión de una oportuna catequesis sobre los diversos temas que pueden estar involucrados en la celebración, atentos también a las circunstancias particulares del momento en que se celebran. El uso de los medios de comunicación y de las redes sociales es también un recurso muy valioso.

El momento culminante de las fiestas patronales es la fecha de la conmemoración litúrgica del santo patrono. Se trata de una jornada especialmente significativa para la vida de nuestros pueblos, de ordinario, acompañada por el asueto a nivel civil. Las distintas actividades deben expresar claramente que el centro de la celebración es la Eucaristía, a la que sigue normalmente una procesión.

La parroquia ha de preparar con esmero las celebraciones de ese día. Se recomiendan diversos ejercicios piadosos, como también la oportuna celebración de la Liturgia de las Horas (Oficio de lecturas, laudes o vísperas). Las fiestas patronales son una expresión de la tradición viva de la Iglesia que, “de esta forma […], en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree

En la medida de lo posible, las fiestas patronales tienen que ser también un momento fuerte para visibilizar la opción preferencial por los pobres que nace de la fe en Cristo: los pobres, débiles y sufrientes deben tener un lugar privilegiado en el desarrollo y celebración de las fiestas patronales.

Las fiestas patronales, son ante todo, una celebración religiosa cristiana. Este núcleo fundamental le da su identidad y naturaleza específica. En la historia concreta de nuestras comunidades, la fiesta patronal está profundamente unida a la vida civil, política y cultural de nuestros pueblos.

La Iglesia entiende que las fiestas patronales son un “ámbito” que nos pueden ayudar a evangelizar desde ahí, desde ese apego, desde ese único vínculo que muchos aún mantienen con lo religioso. Lo que durante siglos ha sido un escaparate del sentir religioso más hondo, hoy se enfrenta al reto de purificarse, de abrirse al mundo y de convertirse en un potente instrumento evangelizador para el siglo XXI.