lunes, 22 de abril de 2019

MAYO: MES DE MARÍA


MAYO: MES DE MARÍA


Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular


San Pablo VI en la carta Encíclica “Mense Maio”, atribuye de manera impresionante la belleza de este mes a la virgen María. Hay en él un “éxitus” y un “reditus”. Según él, “el mes de mayo es el mes en el que los templos y en las casas particulares sube a María desde el corazón de los cristianos el más ferviente y afectuoso homenaje de su oración y de su veneración. Y es también el mes en el que desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la divina misericordia”.
No podemos afirmar que los católicos muestran su sentido de veneración a la Virgen María únicamente en el mes de mayo, sino que lo especial de este mes es que, toda la Iglesia pone su atención a la contemplación del papel de la madre de Dios en la historia de nuestra salvación. Para ello, el mes de mayo es tiempo de intensificar nuestras oraciones a Dios a través de María por las necesidades propias y las del mundo entero. Es tiempo en el que la Iglesia invita a todos los fieles a interiorizar e imitar las virtudes de María tanto a nivel personal como comunitario. Así que, el rezo del rosario se vuelve muy importante durante este mes. A través de la contemplación de diferentes misterios del rosario, María nos trae a Jesús a nuestras vidas como lo trajo al mundo durante la Encarnación.
Es importante tener en cuenta que, desde la Edad Media se consagró el mes de las flores a la madre de Dios con el fin de rendirle culto a las virtudes y belleza de la Santísima Virgen María. Ahora bien, ¿por qué María es tan especial para los cristianos católicos en el mes de mayo? Lo especial de Ella se halla en su trascendentalidad en la Iglesia y en la historia de nuestra salvación.
Fuera del amor que los católicos le tienen a la Madre de Dios, ella es considerada siempre como camino seguro y corto que nos lleva a Jesús. De hecho, muchos católicos popularmente certifican esta certeza con esta afirmación: “A Jesús por María.” Quiere decir, para llegar a Jesús de manera segura, es importante pasar por su Madre. El papa Pablo VI en su carta Encíclica “Mense Maio” claramente atestigua esta realidad al afirmar que “todo encuentro con Ella no puede menos de terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa significa el continuo recurso a María si no un buscar entre sus brazos, en Ella, por Ella y con Ella, a Cristo nuestro Salvador, a quien los hombres en los desalientos y peligros de aquí abajo tienen el deber y experimentar sin cesar la necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente trascendente de vida?”.
María es un camino intermediario a través del cual el Salvador del mundo nos llega y nos concede favores todos los que acudimos a Él por medio de su Madre. Es preciso recordar la intervención de María durante las bodas de Caná con sus palabras intercesoras: “Haced lo que Él os diga”. Ella dirigió esas palabras consoladoras y esperanzadoras a los sirvientes de la boda en el momento tan difícil, tan estresante, y tan dilemático por la carencia del vino, bebida que alegraba la vida en cualquier boda judía. Esas palabras de contienen todo el anhelo, la vivencia y la misión de María, es decir, conducirnos a la identificación con Jesucristo.
María es el camino por excelencia hacia Jesucristo. El camino por el que Cristo llegó al hombre debe también ser el camino por el que nosotros llegamos a Cristo. Cristo vino a nosotros a través de la Virgen María. Por eso, le damos a María un lugar privilegiado en nuestra vida y confiamos a Ella nuestra entrega y donación en el seguimiento de Jesucristo. Si la amamos, también amamos al Salvador del mundo porque Jesús y María son inseparables. Los santos aprueban con su vida la importancia de pasar por María para llegar a Jesús. Pues han sido hombres y mujeres con gran devoción a Ella y muchos se han consagrado a Ella para que su Hijo les condujera a la santidad.
La Santísima Virgen María es educadora del pueblo cristiano en la oración y en el encuentro con Dios. Ella oraba sin desfallecer y la oración era la vida de su alma y toda su vida era oración. En el cenáculo ejerciendo su función maternal, se reunía con los apóstoles y discípulos de su Hijo, perseverando con ellos en la oración ensenándoles a disponer sus corazones para acoger el Espíritu Santo, regalo prometido de Jesucristo. En este sentido, María es Maestra de oración y ejemplo de cercanía a Dios.
Así que, no hay lugar a dudas que el mes de mayo es tiempo de intensa y confiada oración a Dios de parte de nosotros por medio de María. La oración no es otra cosa que la relación personal de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones. Normalmente es el dialogo entre Dios misericordioso y el ser humano que reconoce a Él como su creador. En resumen, la oración tiene que ver con caminar en la presencia de Dios, escuchar y obedecer su voz que suena en la consciencia del ser humano.
En este mes, los católicos acuden frecuentemente a Dios a través de María por medio del Rosario: Ver los misterios de Jesús con los ojos de María. La Virgen María siempre juega el papel de mediadora, aunque este rol no quita nada ni agrega algo a la eficacia de Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. Acerca de esto, el concilio Vaticano II precisa que, la Santísima Virgen María “(…) continua alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que peregrina, se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Eso explica el por qué la Bienaventurada Virgen María es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora”.
Al tener en cuenta que la Santísima Virgen María es camino corto y seguro hacia Jesús, los fieles católicos acuden a Ella con frecuencia con el motivo de conseguir favores del Salvador del mundo. Ella es intercesora por antonomasia por la Iglesia y por todo el pueblo de Dios salvado por su Hijo. Se acude a Ella, entre otras cosas, para poder combatir el pecado, superar los dilemas que se presentan en el diario vivir de la existencia humana, mantener la fidelidad a su Hijo y obtener la conversión. Todo ello, hace que el mes de mayo sea especial para la Iglesia que peregrina aquí en la tierra.
María es, además, ejemplo de los que escuchan la Palabra de Dios con un corazón generoso y dan fruto con perseverancia. Se ubica la fe de María en el marco de la escucha de la Palabra de Dios. Ella puso su confianza en Dios y colocó su porvenir en las manos del Todopoderoso para que en Ella se cumpliera su voluntad. Podemos decir que la fe impulsó a María a vivir la Palabra de Dios al pie de la letra. En la Encíclica “Lumen Fidei” el papa Francisco hace hincapié en la fe inquebrantable de la madre de Dios al explicar que “en la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María y ella la acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en Ella y naciese como luz para los hombres.”
En la actitud de fe de la Santísima Virgen, se ha concentrado toda la esperanza del Antiguo Testamento en la llegada del Salvador. Vale decir que en María se cumple la larga historia de fe del Antiguo Testamento, que incluye la historia de tantas mujeres fieles, comenzando por Sara, mujeres que, junto a los patriarcas, fueron testigos del cumplimiento de las promesas de Dios y del surgimiento de la vida nueva. Al igual que Abraham que dejó su tierra confiado en la promesa de Dios, María se abandona con total confianza en la palabra que le anuncia el Ángel, convirtiéndose así en modelo de todos los creyentes y salvados por su Hijo.
No hay duda de que, por la fe la Santísima Virgen María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios. En la visita a santa Isabel entonó el canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él. Junto con san José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes. Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario. Esos episodios muestran que la Virgen es la mejor maestra de la fe, pues siempre se mantuvo en una actitud de confianza y de visión sobrenatural. Ella guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón. Su camino de fe, aunque en modo diverso, es parecido al de cada uno de nosotros: hay momentos de luz, pero también momentos de cierta incertidumbre respecto a la Voluntad divina. Cuando encontraron a Jesús en el Templo, María y José no comprendieron lo que les dijo.
Ahora bien, ¿Cómo responder siempre con una fe tan firme como María, sin perder la confianza en Dios? La respuesta es sencilla: imitar sus virtudes. La imitación de las virtudes de María es tratar de que, en la vida de cada creyente esté presente esa actitud suya de fondo ante la cercanía de Dios. Al igual que Ella, procuremos reunir en nuestro corazón todos los acontecimientos que nos suceden, reconociendo que todo proviene de la Voluntad de Dios. María mira en profundidad y así entiende los diferentes acontecimientos desde la comprensión que solo la fe puede dar y solucionar los dilemas de nuestra vida. Imitar a María implica contemplar su vida con el ejemplo de una vida coherente que muestra la autenticidad y veracidad de nuestra vocación de seguidores de Jesucristo y de hijos de Dios.


jueves, 18 de abril de 2019

JESÚS MOLESTA







Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular


Siempre por estas fechas de Semana Santa escuchamos o leemos noticias desagradables que se producen en diversos puntos de nuestro país. Se trata de incidentes o enfrentamientos entre ciudadanos que expresan públicamente su fe y otros que la rechazan o vituperan.
Se trata, en una sociedad adulta y democrática, ciertos actos deplorables referentes a lugares de culto o al paso de las procesiones. Se trata de la Cristianofobia: un tabú que ya causa el 77% de las agresiones a la libertad religiosa en España. Según el Informe 2018 del Observatorio sobre Intolerancia y Discriminación contra los cristianos en Europa, Francia está a la cabeza con 153 casos. Les siguen de cerca España con 96, Alemania 54 y Reino Unido 53 y, a media distancia, Italia, Bélgica, Austria y Suecia.
Ante estos actos de intolerancia, las voces de alarma se levantan.
No son pocos los que afirman que nos encontramos en una época de crisis para la fe cristiana en general y para la Semana Santa, en particular proporcionada por la falta de respeto de algunos. Otros comparan dichos actos vandálicos con tristes épocas pasadas, y hay quien prácticamente predice el final de las procesiones.
Sin embargo, creo que no debemos dejarnos llevar por una serie de actos que, si bien gravísimos, condenables y continuados (puesto que son ya varios los años en los que escuchamos estas noticias), no dejan de ser puntuales. Quiero decir que no debemos dar más importancia de la que tiene al árbol que cae en el bosque, que a todos los demás que se mantienen en pie. O si queremos hacer más cofrades estas palabras: no centrarnos en los cirios que se apagaron o rompieron, sino mirar la larga teoría de nazarenos que, con una seriedad y templanza dignas de encomiar, ofrecieron su otra mejilla manteniendo los suyos derechos y encendidos. Debemos, por tanto, intentar poner los medios para que este tipo de acciones no se repitan ni proliferen, sin darles un protagonismo tal que ponga en peligro la continuación de una tradición tan nuestra como es la de la Semana Santa.
Pero al hilo de estas consideraciones y con el dolor que me produce el enterarme de la mayoría de estas noticias, me vene a la mente la idea de que Jesús molesta. Molestó en vida, molesta hoy y molestará en un futuro, simplemente porque nos pone delante de nosotros una manera de vivir que no queremos aceptar, además de que, con su vida intachable, deja manifiestas todas nuestras incongruencias y contradicciones.
Jesús molestó en vida. Quizá hubiera sido mejor que se hubiese contentado con ser simplemente el humilde carpintero de Nazaret. Pero no, él quiso cumplir con radicalidad la voluntad de Dios. Y por ello, por poner a Dios y al prójimo siempre en el centro, se granjeó la enemistad de las autoridades civiles y religiosas de su época, y en no pocas ocasiones también del propio pueblo. Todo ello le llevó a una muerte ignominiosa que fue celebrada por muchos que al eliminarlo creyeron haberse quitado de encima un gran problema. Su manera de ser le condujo a esa cruz en la que le veneramos en lo alto de nuestros pasos procesionales.
Jesús molesta hoy. Es cierto, su imagen, su Evangelio, su doctrina, sus seguidores… molestan a muchos que exigen un respeto que no practican. Su cruz en las calles o en los espacios públicos resulta hiriente para aquellos que no la ven como un símbolo del amor de Dios para con los hombres, sino como un instrumento de conquista y opresión en épocas pasadas. Su rostro ensangrentado y su cuerpo lacerado hieren curiosamente la sensibilidad de aquellos que se encuentran inmunizados ante la violencia que presentan diariamente los medios de comunicación. Y por ello algunos deciden hacer con él lo que otros ya hicieron en la primera madrugada del Viernes Santo de la historia: insultarlo, faltarle al respeto, asustar y dispersar a sus discípulos y tratar de borrar de la sociedad todo lo que tenga que ver con él. Los que actúan así, realmente conocen poco de Jesús y su mensaje de amor que ha sido capaz de soportar y sobrevivir a las situaciones más adversas y complicadas.
Pero Jesús también molesta a los creyentes y a los cofrades. Sus palabras y su ejemplo nos incomodan a nosotros, cristianos y cofrades del siglo XXI, cuando nos ponen de manifiesto que no vivimos lo que predicamos. Que no dejamos que Dios sea el centro de nuestra vida, que no luchamos porque nuestros prójimos puedan vivir dignamente y que convertimos de nuevo la casa de su Padre en una cueva de ladrones. Jesús molesta cuando vivimos un cristianismo vacío y descafeinado de Ramos a Pascua, y también cuando nos creemos superiores, o mejores cristianos convirtiendo nuestra fe y nuestras obras en armas arrojadizas contra los demás.
Y por último, Jesús molestará en el futuro, puesto que su vida y su mensaje seguirán siendo contraculturales en todos los tiempos y en todas las circunstancias. Porque su apuesta radical por Dios y el prójimo seguirá haciendo heridas a nuestros planes y cálculos humanos. Y también porque seguirá poniendo la otra mejilla y dando una oportunidad tras otra a todos los que le ofenden, rechazan o traicionan.
Jesús molesta, sí, pero a la vez atrae. Puesto que nos muestra un camino de felicidad tan plena y tan inabarcable, que preferimos contentarnos con pequeñas dosis y porciones que podamos controlar. Ojalá Jesús no deje de molestar nunca nuestra vida y nuestros planes y así podamos parecernos cada día un poco más a él.


jueves, 4 de abril de 2019

Mirando la historia del Viacrucis



Mirando la historia del Viacrucis


Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Hacia el año 33, se desencadenó la primera persecución por parte de la mayoría judía hacia la comunidad cristiana, concretada sobre todo en sus miembros de procedencia helenística o en los principales cabecillas (Esteban, Pedro, Juan, Santiago, y demás apóstoles...). Esto produjo una primera dispersión de quienes se llevaban consigo la memoria de los hechos, la fe pascual, pero no los escenarios de la pasión, ni los objetos relacionados con la vida o la muerte de Jesús, hacia los que no pusieron ningún interés.
Años después, la tensión con el poder romano cobró fuerza en la rebelión de los zelotas, que se alzaron contra los soldados de Roma. La reacción no se hizo esperar y Tito, al frente de las legiones acantonadas en Siria, se desplazó hacia el sur arrasando sistemáticamente todo a su paso. Los legionarios no se pararon a considerar si eran o no cristianos, pues todos corrieron igual suerte. Fueron numerosos los que buscaron refugio, a la desesperada, tras las murallas sólidas de Jerusalén, que incrementó su población hasta el límite.
Los dos episodios más conocidos de aquella guerra fueron la toma de Jerusalén, tras enconada resistencia (año 70), y la del reducto de Masada (año 74). Tras la destrucción, Jerusalén quedó arrasada y los “santos lugares” irreconocibles. (Para los judíos, el “lugar santo” era el templo; para los que han querido asegurar después la localización de espacios relacionados con la pasión de Jesús, los “lugares santos” cristianos eran otros). Pero todos quedaron arrasados.
Al cesar las hostilidades, algunos supervivientes —no todos— regresaron a Jerusalén, y de nuevo se restableció allí una comunidad cristiana, obligada por la necesidad a reconstruir viviendas o un espacio para su culto minoritario. No se empeñaron en excavaciones arqueológicas para reconstruir los escenarios de la pasión de Jesús. Por otro lado, eran un número reducido, pues en el cristianismo se había producido un desplazamiento del centro de gravedad hacia Grecia primero y hacia Roma después.
Cuando los cristianos de la primera generación, particularmente quienes residían en Jerusalén, constituyen una inicial comunidad, saben de primera mano —algunos como testigos oculares— lo que ha sucedido con Jesús. Pero los relatos conservados jamás ponen el más mínimo acento, ni el más mínimo interés, en referir que preservan como valiosos tesoros objetos relacionados directamente con Jesús: ni con su vida (ropas, sandalias, manto, herramientas, cosas usadas por él), ni tampoco con su muerte (cruz, corona de espinas, clavos, sudario...). La reflexión que hacen tiene claramente dos estilos: Uno consiste en narrar los hechos escuetos, que culminan con el testimonio de su encuentro con el Resucitado; el otro, en la línea del ahondamiento teológico, consiste en caer en la cuenta de que su muerte nos ha salvado, que no es una muerte inútil y absurda, sino cargada de sentido salvador: Muerte para engendrar y repartir vida, como hace el apóstol Pablo. Este, cristiano de segunda generación, repite los hechos que no ha conocido, pero enseña el sentido que ha descubierto en la muerte de Jesús. Pero nadie puede dar con un solo vestigio de interés por conocer lugares, poseer objetos, fijar relatos, preservar memorias o vínculos que tengan que ver con la pasión de Jesús.
Todo lo que se sale de ahí está envuelto en la leyenda, a pesar de que haya quien lo pretende legitimar con supuestos datos históricos (sudario, síndone o sábana santa, grial, cruz...). La primera comunidad cristiana de Palestina no se ocupó en absoluto de detalles de este tipo, y su interés es muy ajeno a estas particularidades: Gira en transmitir el fabuloso descubrimiento de que Jesús Dios se ha hecho presente en el mundo; de ahí, conservar la fe en él, su mensaje, sus propuestas, la fidelidad a su estilo de relación con Dios. Para aquella comunidad, ese era el valioso tesoro que era preciso conservar y transmitir a toda costa.
Por si fuera poco el notable desastre bélico y sus consecuencias, la situación se repitió: Durante los años 132 a 135 los judíos se volvieron a levantar en armas contra Roma acaudillados por Bar Kokeba. De nuevo fue asediada y tomada sesenta años después la medio reconstruida Jerusalén el año 134.
El emperador Aelius Hadrianus construyó una nueva ciudad sobre las ruinas de la antigua, que llamó Colonia Aelia Capitolina, conocida como simplemente Aelia; en la parte norte residían los colonos civiles (soldados veteranos licenciados) y al sur la Legio X Fretensis. Si algo pudiera haber quedado en pie del primer asedio y destrucción, no resistió el embate de la nueva conquista y la construcción de una colonia romana. Los vestigios quedaron enterrados a la espera de los arqueólogos, que llegarían siglos después. Es intento vano echar mano de la memoria de los primeros cristianos de Jerusalén, o de la socorrida tradición.
Al cambiar la situación con Constantino primero y Teodosio después (años 313 y 380, respectivamente) hubo cristianos que, movidos de devoción, acudieron a Jerusalén. Otros, como el caso de san Jerónimo, unió motivos de estudio. Se invocan sus palabras para aducir un testimonio que pretende poner en pie lo que había sido arrasado. He aquí sus expresiones: “Os animo y ruego por la caridad del Señor, que lleguemos a veros, y que no os retraséis tanto por otras circunstancias [en la visita] de los santos lugares. Pues aunque pudiera resultaros incómoda nuestra compañía, constituye una parte de la fe haber adorado donde estuvieron los pies del Señor, y haber visto las huellas de su reciente nacimiento y de su cruz y pasión”.
Igualmente, se ha invocado el testimonio de Egeria (Eteria) a fin de asegurar los vestigios de la práctica del viacrucis. Sospecho que en la mayor parte de las ocasiones se ha repetido de memoria, sin haber consultado sus escritos, lo que da poca garantía a los que proceden así. Eteria visitó Jerusalén a finales del siglo IV: Es una de las personas que se sintieron impulsadas al viaje por su fe. Cuando estuvo allá, constató la existencia de una comunidad cristiana, con su obispo al frente, acompañado de un conjunto de presbíteros y diáconos. Llegó a Jerusalén a mediados del año 381, y el obispo era Cirilo —conocido como Cirilo de Jerusalén—. Da fe de las celebraciones ordinarias y más en particular de la semana mayor, en la que en la mañana del viernes, antes de la salida del sol, se reúnen los cristianos en el lugar en el que se repite de unos a otros que Jesús fue flagelado. Allí se coloca una cruz que sostiene el obispo rodeado de sus diáconos; los fieles se acercan a besar la cruz. También besan el anillo que perteneció al rey Salomón, y el cuerno de aceite con que eran ungidos los reyes de Israel. En comunidad se recitan salmos, lecturas de las cartas apostólicas, del evangelio y los profetas que tienen relación con la pasión de Señor; luego se lee la pasión siguiendo el relato de Juan. Finalmente, se anuncia que habrá una vigilia (celebración) en la Anástasis (Resurrección), para completar las celebraciones de la semana. No es posible, por consiguiente, deducir orígenes del viacrucis en el testimonio de Egeria, que consigna la práctica celebrativa de la comunidad de Jerusalén.
Si esta constancia ha quedado por escrito, a lo largo de la Edad Media otros testimonios variados fueron transmitidos oralmente por parte de los peregrinos que acudían a los tres centros de peregrinación: a Roma (romeros) o a Jerusalén (palmeros), y más tarde a Santiago (concheros), así como también a otros lugares, deseosos de contacto y cercanía cuando se aseguraba la presencia en el pasado de algún apóstol o del mismo Jesús.
Los peregrinos a Jerusalén, al retornar a sus orígenes, contaban lo que habían visto, y lo que les habían dicho, pero que no habían podido comprobar por sí mismos, dado que todo lo que veían sus ojos no existía en el momento de la vida de Jesús, salvo algunas ruinas (muro de las lamentaciones, por ejemplo). Lo que les habían referido no tenía ninguna exactitud histórica, aunque saliera de labios de cristianos convencidos; lo que ellos narraban a su regreso podía perfectamente ser deformado, magnificado, alterado o preterido ante unos oyentes que no tenían otro recurso que admitir lo que venían contando quienes habían estado en Jerusalén (o quienes decían haber estado). La verosimilitud de la tradición oral a los países cristianos de occidente no tenía otra base. Con tan débiles cimientos, la exactitud y el rigor se tambalean.
Aún es preciso añadir otro acontecimiento que hace zozobrar todavía más la exactitud: En el siglo VII desde Arabia, se produjo la invasión musulmana, que hacia el norte de África se extendió por Palestina, Egipto y Libia sin especial resistencia. Los cristianos que permanecieron allí fueron vistos por los dominadores como población sometida, obligada a pagar impuestos, y a tener restricciones en la manifestación pública de su fe. Los peregrinos que continuaron acudiendo se vieron, según los casos, tolerados, respetados u hostigados. No era más grave que a un peregrino aislado le asaltaran en su camino a Santiago o a Jerusalén; pero si en el primer caso los asaltantes eran otros cristianos, en el segundo eran unos musulmanes, que no compartían la misma fe. Esto hizo posible que se incubara una hostilidad religiosa que fue creciendo, junto con el riesgo político y militar de copar la cuenca del Mediterráneo en una pinza que abarcaba desde la España musulmana hasta la Turquía islámica de los seléucidas (seldyúcidas).
El papa Gregorio VII pensó en 1074 organizar una ayuda militar a los cristianos de Oriente, que, aunque separados por el cisma (1054), eran cristianos. Veinte años después, en el concilio de Clermont de 1095 surge el lema “Dios lo quiere” como eslogan para convocar la primera de las cruzadas al año siguiente. Desde 1096 hasta 1270 se sucedieron siete cruzadas, con muy diversa suerte cada una de ellas. Tan solo la primera llegó a conquistar Jerusalén y, en cierto modo, garantizar la seguridad de los peregrinos (órdenes militares). Tanto estos como los que regresaron de las expediciones militares narraban en los países occidentales lo que les habían dicho, o lo que habían visto directamente. Pero es seguro que nada o muy poco tenía que ver realmente con los acontecimientos de la pasión de Jesús.
Es entonces, a partir del siglo XII, cuando los relatos en países occidentales prenden en el ánimo del pueblo cristiano y cuando se empiezan a consolidar, relato sobre relato, unas historias que parecen tener una certeza: La que aportan los testigos. Entonces se empieza a fomentar una devoción hacia la pasión, que se pretende transportar, llevando a Occidente los recuerdos de lo que había sucedido en los lejanos días de la pasión de Jesús. Los recuerdos se tornan más vívidos y permanentes cuando se construyen pequeñas capillas que albergan escenas o tablas en las que se ha dibujado, pintado o esculpido tal o cual momento de la pasión. Quienes están imposibilitados para peregrinar tienen de esta forma un recuerdo próximo a sus viviendas. En cada país, en cada región, en cada lugar en que esto se lleva a cabo, obedece a una tradición anárquica que emana de quien había hecho el relato, cuya palabra testimonial no se ponía en duda.
En 1342 se encomendó a los franciscanos el mantenimiento del culto de los que se consideraban lugares santos para los cristianos. De la certeza de muchos de ellos es posible albergar serias dudas; pero, si lo narraba un religioso, el peregrino dudaba menos; y el oyente en el oeste de Europa ni se lo planteaba.
Cuando alguien, desconocido, propone hacer un recorrido por los diversos lugares que se narraban como relacionados con la pasión, surge el viacrucis. Cuando alguien cuenta en su país de origen la práctica de devoción en que ha participado cuando estuvo en Jerusalén, este se implanta en la Europa cristiana. Se efectúa además un cambio en la sensibilidad religiosa en relación con la pasión: Consiste en recordarla con dolor, mirarla con compasión, como queriendo aliviar a Jesús en sus dolores al participar de ellos. La combinación de estos elementos da como resultado una devoción particular a los diversos lugares donde Cristo sufrió los tormentos de su pasión y muerte.
No hay nada reglado. El recorrido puede llevarse a cabo en el orden sucesivo de los acontecimientos de la pasión, tal como los narra el evangelio; pero también se admite el orden inverso, retrocediendo desde el Gólgota hacia atrás. Como además cada uno de los cuatro relatos evangélicos no proporciona los mismos detalles, según la guía que se siga, o según el narrador que relate, se rememoran unos u otros hechos.
Se pretenden ver precedentes seguros del Viacrucis en narraciones de viajeros que peregrinaron a Palestina. Así, se cita a Riccoldo di Monte Croce, nacido en Florencia en 1243. Ingresó en los dominicos en el convento de Santa María de Novella. En 1288 peregrinó hacia el Este: hasta Acre, Galilea y Bagdag, de cuyo viaje dejó un escrito, con el nombre de “Itinerarium”, en que aparecen algunos vestigios de lo que alcanzó a ver en su peregrinación. Su obra más célebre es “Imputatio alcorani” (también citada como “Confutatio alcorani”), que tira por tierra las afirmaciones y usos de los musulmanes. Falleció en Florencia el 31 de octubre de 1320. Poco después de su viaje, el también dominico Francisco Pipinus, del convento de Bolonia, redactó por mandato de sus superiores el relato titulado “Iter orientale”, que le ocupó los años 1250 a 1266 y de 1269 a 1295: Su escrito refleja las impresiones de su peregrinación anterior, de la que los superiores no deseaban que quedase en el olvido.
El beato Henri de Suso, muerto en 1366, preconizó en el siglo XIV una especie de recorrido espiritual (sin desplazamiento físico, por tanto), consistente en una serie de meditaciones para recordar algunos momentos de lo acontecido en la pasión. Los franciscanos introdujeron en Europa y propagaron una serie de representaciones de momentos de la pasión, a los que se dio el nombre de “pasiones”, pues aún no había surgido el más moderno nombre de “viacrucis”. En esa misma línea, la beata Eustoquia, clarisa de Messina, fallecida en 1498, organizó en su ámbito una serie de representaciones que iban desde el nacimiento hasta la pasión y muerte, abarcando diversos momentos de la vida de Jesús; es claro que está en la misma dirección que las representaciones centradas en los “nacimientos”, fomentadas por los franciscanos. También contribuyó a fomentar el “vía crucis”, a principios del siglo XV, el beato Álvaro de Córdoba. No se conoce con certeza su origen ni su fecha de nacimiento. Sí, en cambio, que fue profesor en San Pablo, de Valladolid. Pasó a Italia y además peregrinó a Jerusalén. A su retorno, junto con Rodrigo de Valencia, adquirió la Torre Berlanga, en la serranía de Córdoba, y allí edificó un convento dominico reformado al que llamó de Santo Domingo de Escalaceli, donde murió hacia 1430. En él organizó unas representaciones pintadas con algunas de las escenas de la pasión, además de denominar a ciertos parajes del recinto con nombres que evocaban su estancia en Palestina. El hecho de tener que recorrer las escenas una a una comportaba el desplazamiento de las personas de un lugar a otro, remarcando siempre el sentido espiritual; se introduce insensiblemente el sentido procesional. Esto lleva a intercalar marchas, paradas, contemplación, comentario, oración, canto... Sin embargo, resulta pretencioso ver en esas rememoraciones un precedente del actual viacrucis.


jueves, 28 de marzo de 2019

ACOMPAÑEMOS LA FE NUESTROS JÓVENES COFRADES


ACOMPAÑEMOS LA FE NUESTROS JÓVENES COFRADES


Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de religiosidad Popular



No existe un censo exacto de niños y jóvenes en nuestras cofradías y hermandades,  pero prácticamente todas cuentan con un buen puñado de ellos (entre diez y veinte, la mayor parte de ellas), aunque su participación no sea siempre visible. Y es que algunos son cofrades prácticamente desde que nacen, puesto que la tradición familiar sigue siendo el principal motor para que los más pequeños se integren en sus filas.
A los hermanos de paso y de fila hay que sumar una nueva categoría, por fortuna bastante abundante, los hermanos “de chupete”. A eso se llama mamar la Semana Santa desde pequeños.
No creo que el dato sea nada original, y cosa parecida sucede en todas partes. Hace tiempo que vemos a niños pequeños integrando las filas de las hermandades y cofradías de toda España, pero esa presencia se ha multiplicado extraordinariamente en los últimos años. Los niños son un porcentaje grande dentro de los que ingresan como nuevos hermanos.
Podemos arriesgarnos a decir que, si hace veinte años los motivos de ingreso en las cofradías eran fundamentalmente del entorno social –el grupo de amigos-- a lo que se añadió luego el "tirón" popular de la Semana Santa en los últimos años, hoy día el motivo fundamental de ingreso es familiar, y se manifiesta en las altas de los hijos pequeños de los propios cofrades. Ya sé que es una conclusión apresurada y provisional. Tómenla como tal.
En las cofradías nada distinto. Nada especial, sino un modo de vivir la religiosidad popular. O mejor, que hagan ellos. Y aún mejor, que no hagan, que” sean”. Menos activismo y más profundización en lo esencial. Pero la pregunta vuelve, y vuelve, y vuelve… ¿Qué hacemos con los niños y jóvenes?
En la Iglesia a los niños y jóvenes se les echa de menos y, de repente, mira uno a las cofradías y se encuentra con niños y jóvenes. Bastantes jóvenes y niños. Nuevos jóvenes. Seguramente más parecidos a los que no pisan una parroquia cualquiera un domingo cualquiera que a los que sí lo hacen. Probablemente más entusiastas de un altar de cultos con muchos candelabros y jarrones que de un coro de guitarras y un presbiterio decorado con telas de colores. Piadosamente tradicionales pero ni muy píos ni muy tradicionalistas. Y entonces, la pregunta: ¿Qué hacemos con ellos? La cuestión puede suscitarse, y a menudo se suscita, en la junta directiva de una hermandad, en la delegación de pastoral juvenil de una diócesis o en un párroco al que le ha caído en suerte una o varias cofradías en su comunidad (nunca en desgracia, aunque puede pensarlo a veces y humanamente se le comprende).
Casi todas las cofradías integradas en la Semana Santa han tenido en algún momento algo que han denominado "grupo joven".  Los ha habido o los hay hasta con una especie de equipo directivo, se han tendido lazos entre sus responsables y/o los vocales de juventud de las juntas de gobierno de las diferentes hermandades, han organizado solidarias recogidas de alimentos, han rezado alguna vez (de eso he tenido menos noticia) y hasta han anunciado excursiones. Han nacido, han crecido poco y se han disuelto. O los han enfriado para combatir calores indeseados. O se han quedado en una declaración de intenciones. De todo ha habido. También buenos frutos.
Hay en las cofradías grandes valores y significativas lagunas. Muchas de ellas, no exclusivas del ámbito cofrade, sino propias de nuestros creyentes, de la fe de nuestro tiempo. En el capítulo positivo podemos poner la riqueza ritual, la experiencia inmediata de Dios, el desarrollo de la estética y el arte sacro, y de la dimensión social en nuestras hermandades. En el negativo, la flojedad de los contenidos racionales de la fe, y de la respuesta moral que lleva aparejada. Profundizar en lo esencial, es la tarea.
Y eso es. Jesús en el centro. Para el ocio y el tiempo libre las ofertas son múltiples. Para trascender de ese fenómeno emocional, estético e identitario que reúne a los jóvenes en una cofradía la oferta la deben hacer la propia hermandad, su parroquia y su diócesis. Una oferta en la que el niño y el joven tengan voz, voto y protagonismo. Y que en frente y junto a él a quien se encuentre sea a Jesucristo. Él sabrá mejor que nosotros qué hacer con los jóvenes.
Comprender y vivir: Esas son las dos tareas fundamentales que dan cuerpo, entidad, a su pertenencia cofrade. En conjunto, podemos hablar de una "pedagogía" de lo que es la cofradía. Pedagogía en el sentido etimológico de la palabra: Guía o conducción de los niños y jóvenes. No es una mera enseñanza, no basta con llenarles la cabeza de conceptos teóricos. Es precisa una atención personal que atienda su situación, que sea de verdad un acompañamiento de esa situación, y que les encamine en la consecución de una situación nueva.
Cuando hablamos de formación cofrade, inconscientemente pensamos en los adultos, y olvidamos las actividades formativas para niños y jóvenes. Pero no son los niños y jóvenes el principal problema, sino que en buena parte son los padres, los adultos, su propia pobreza personal y de fe, su imposibilidad para transmitir algo que vaya más allá de lo estético o emocional, la que determina la situación de los pequeños. Por eso, jamás podremos hablar de formación de niños y jóvenes como algo aislado. Nunca lograremos formar a los niños si no emprendemos, al mismo tiempo, la tarea de formar a los mayores.
Si logramos unos adultos formados, conscientes de lo que supone la cofradía o hermandad, y que tratan de ser coherentes con ello, la formación de los niños estaría casi automáticamente garantizada.
Educar es, por tanto, aprender a valorar, creer, sentir y practicar. Las cuatro dimensiones deben ser trabajadas, pues un enfoque que sólo use la dimensión de los valores cae en un eticismo que es incapaz de aportar el sustento necesario para la transmisión e innovación de dichos valores; un enfoque basado puramente en las creencias (principalmente en ideologías) es un enfoque doctrinalista incapaz de orientar al sujeto en las situaciones concretas; un enfoque basado sólo en sentimientos cae en el esteticismo; un enfoque basado sólo en las prácticas peca de excesivamente pragmatista. El enfoque equilibrado tiene que contener proporcionalmente esos cuatro elementos de la cultura.
¿Es posible una pastoral infantil-juvenil cofrade? Esta es la pregunta de fondo. No solo no es una misión imposible, sino muy posible y deseable. Hay pequeñas iniciativas, pero hay que seguir caminando y poner más carne en el asador. ¿Qué caminos podemos recorrer juntos la pastoral infantil-juvenil y los jóvenes cofrades? ¿Cuáles son las claves para el éxito de la misma? Es momento de aunar fuerzas entre la pastoral infantil-juvenil y los cofrades. Ser creativos en este campo.
Los niños y los jóvenes cofrades necesitan adultos cofrades referentes en la fe. Al final, se trata de la fuerza de la comunidad, de sentirse identificados con una realidad y un proyecto que nos precede y que va más allá de nosotros, esto es, la Iglesia.
Como sucede en la mayoría de las parroquias y en nuestra Iglesia en general, se han perdido eslabones jóvenes o relativamente jóvenes que sirvan de unión entre las personas mayores y las nuevas generaciones. Y en ocasiones, los cristianos de mediana edad no son referentes reales para los más jóvenes, ya sea por la manera de vivir la fe o por la falta de empatía con estos últimos.
Los hermanos mayores y las juntas directivas constituyen un pilar fundamental en la pastoral infantil-juvenil cofrade. Para bien y para mal, son faros en los que la gente posa su mirada. Si apuestan por trabajar con los jóvenes desde la fe, con fe y para la fe se obtendrán frutos. Como siempre, surge un cuestionamiento que hemos de hacernos los agentes de pastoral con jóvenes. ¿Hasta dónde queremos implicarnos? ¿Cuáles son las apuestas reales en tiempo, personas, dinero, oración, estructuras… que estamos dispuestos a hacer cuando trabajamos con jóvenes?
El acompañamiento personal de los jóvenes cofrades es lo único que puede garantizar hacer un proceso con ellos. Por supuesto, cada cual desde donde esté y atendiendo a la diversidad de situaciones que corresponda. En este sentido, es necesaria la implicación pastoral de los consiliarios de las diferentes cofradías y hermandades. Desde las diferentes instancias diocesanas se ha de apostar decididamente por la religiosidad popular, para que los jóvenes cofrades logren alcanzar el objetivo central como cristianos, esto es, el encuentro con Jesucristo a través de una profunda catequesis.
Llevemos a nuestros niños de la mano a la aventura de ser cofrades; al menos durante un tiempo, porque luego se soltarán y seguirán caminando por sí mismos. La aventura de ser cofrade no tiene fin.

martes, 18 de diciembre de 2018

NUESTRAS FIESTAS PATRONALES, ATRIO DE LOS GENTILES


NUESTRAS FIESTAS PATRONALES,
ATRIO DE LOS GENTILES



Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular


Juan Pablo II habló de los “areópagos” para la “nueva evangelización”. Benedicto XVI oficializó la expresión “el atrio de los gentiles” para urgir una “nueva evangelización”. Ambos nos urgen a considerar los nuevos contextos donde la “nueva evangelización” tiene que insertarse.
El concepto “atrio de los gentiles” viene de lejos. Corría el año 20-19 a. C., cuando el rey Herodes dio inicio a la gran obra de renovación del segundo templo de Jerusalén construido después del exilio. La particularidad de este templo era que, además de las áreas reservadas a los miembros del pueblo de Israel (hombres, mujeres, sacerdotes) se dispuso un espacio en el que todos podían entrar, judíos o no judíos, circuncisos o no, miembros del pueblo elegido o no, personas educadas en la Ley o no: Gentiles o paganos. En ese espacio, también, se reunían rabinos y maestros de la Ley dispuestos a escuchar las preguntas de la gente sobre Dios y a responder en un intercambio respetuoso y misericordioso.
Con el objetivo de crear momentos de diálogo como los que tenían lugar en el famoso atrio del templo de Jerusalén, como dice Benedicto XVI, “con aquellos para quienes la religión era algo extraño, para quienes Dios es “desconocido” y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a Él al menos como “desconocido”, creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de 'atrio de los gentiles' donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia".
“Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como desconocido”, aclaraba Benedicto XVI.
No dudamos que la “religiosidad popular” a pesar de ser un “lugar teológico” necesita encontrarse con el Dios manifestado en Jesucristo. Especialmente nuestras fiestas –tanto pasionales como de gloria—deben ser instrumentos para ser evangelizados. Deben ser ámbito que se desarrollen en el “atrio de los gentiles”. En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Pablo VI recomendaba orientar la “religiosidad popular” mediante una pedagogía de evangelización (n. 48).
En el Directorio sobre piedad popular y liturgia, publicado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, (2001) por “religiosidad popular” se entiende las diversas manifestaciones culturales, de carácter privado o comunitario, que en el ámbito de la fe cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la sagrada liturgia, sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y de su cultura (n. 9).
Siguiendo a Juan Pablo II, la “religiosidad popular” se la reconoce como un verdadero tesoro del pueblo de Dios. Ésta nace como una experiencia del corazón de la persona. En la cultura de todo pueblo y en sus manifestaciones colectivas, está siempre presente una dimensión religiosa. Se afirma, además, que no tiene relación, necesariamente, con la revelación cristiana, aunque en las regiones en que la sociedad está impregnada de algunos valores cristianos, da lugar a una especie de “catolicismo popular” en el cual coexisten, más o menos armónicamente, elementos provenientes del sentido religioso de la vida, de la cultura propia de un pueblo, de la revelación cristiana.
Esta propuesta evoca la estructura del catecismo de la Iglesia Católica, en la que se reflejan las dimensiones de la fe, de la vida cristiana y de la espiritualidad concebidas como una totalidad, más allá de cualquier posible reduccionismo.
La profesión de fe tiene, indudablemente, una dimensión dogmática, doctrinal; ofrece el fundamento firme de la verdad. El cristianismo es, por cierto, una doctrina, aunque no se puede reducir exclusivamente a ella, a una teoría, a un conjunto armonioso y coherente de ideas verdaderas. Pero es necesario, superando un cierto desprecio de lo nocional en el conocimiento de fe, reforzar la formación de nuestros fieles en los contenidos de la fe, para que puedan distinguir lo que pertenece a la religión católica y lo que no pertenece a ella, para que adquieran una serena seguridad en la fe que profesan y sepan dar razón de la esperanza que la acompaña.
Muchas veces los miembros de la Iglesia no experimentan que efectivamente lo son. No se trata de encarecer el simple “sentirse” miembros de ella con una percepción superficial; parece, no obstante, que en muchos casos esa pertenencia a la Iglesia es vivida de un modo muy débil y genérico. En realidad, podríamos establecer círculos concéntricos que señalen distintos grados de pertenecer, de experimentar y expresar esa pertenencia; grados que van desde la conciencia clara y el compromiso más cercano, hasta la marginalidad o la casi marginalidad. Sin embargo, corresponde a la esencia de la Iglesia que ella se represente y sea percibida como casa de todos, como morada y familia que acoge cordialmente a todos sus hijos, como madre que puede ocuparse solícitamente de ellos. A este propósito hemos de reconocer como fundamental el testimonio de la unidad en el amor, la fraternidad del ágape; en definitiva ese valor testimonial será el que permita a todos los miembros de la Iglesia, más cercanos o más lejanos, experimentar la maternidad de la Iglesia-Madre. El propósito de hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión (Novo millennio ineunte, 43) se concreta en tareas precisas para fortalecer la vida comunitaria de las parroquias, que son la última localización de la Iglesia, para que puedan incorporar a esa misma vida a los que llegan ocasionalmente y a los bautizados que habitan en la respectiva jurisdicción, de manera que no se sientan necesitados de buscar otras pertenencias socio-religiosas, como por ejemplo la adhesión a las sectas y a sus caricaturas de la auténtica comunidad cristiana.
El contexto más amplio de la “nueva evangelización” es el diálogo Iglesia-mundo, la evangelización es una actitud misionera, es el fruto de una Iglesia abierta al mundo. Implica, pues, un ejercicio de diálogo sincero con el mundo, un diálogo hecho de escucha y de anuncio del mensaje cristiano. El evangelizador debe estar atento a la problemática de la gente, a la vez que adopta una actitud de comprensión y compasión.
Los organizadores de nuestras fiestas los tenemos muy cerca. No busquemos a los lejanos, ellos son los más cercanos de los lejanos. Son miembros naturales de nuestra “evangelización”. El Vaticano II pidió a toda la Iglesia pasar “del anatema al diálogo y al anuncio de la buena nueva”. Este diálogo evangeliza a la misma Iglesia: La hace más sensible y responsable en distintas áreas que también forman parte del Reino de Dios y su Justicia (la justicia, la solidaridad, los derechos humanos, la democracia participativa…).
Otro contexto de la evangelización ha de ser el ancho campo de la religiosidad popular. Esta está llena de valores y fidelidades subjetivas, y a la vez suele adolecer de numerosas falsificaciones del mensaje cristiano y de la práctica cristiana. Esas falsificaciones no son fruto de la mala voluntad de los fieles, sino de la ignorancia religiosa, que a su vez es el resultado de la ausencia o deficiencia de la evangelización y la catequesis. En este campo, como en tantos otros, el pueblo es más víctima que culpable. Por eso, merece respeto, comprensión y compasión. Y reclama nueva evangelización.
Al estar escasamente evangelizada, es lógico que la “religiosidad popular” acabe reduciendo la vida cristiana a creencias y ritos. No llega a cultivar la experiencia de gracia que está en el corazón de la vida cristiana y la buena noticia que es el Evangelio.
Un ámbito de la “nueva evangelización” es el ancho mundo de la secularización y la increencia. Desde el punto de vista religioso, esta es una situación cada vez más dramática en el llamado primer mundo (el mundo occidental, Europa, USA, Canadá…). Componen estos países una sociedad que se construye al margen de Dios. Lo que fue un ideal legítimo de secularización (respeto a la autonomía de las realidades terrenas) poco a poco ha derivado a un secularismo asfixiante, cerrado a toda trascendencia. El fracaso de los socialismos históricos, por una parte, y por otra, el desencante producido por la sociedad capitalista del bienestar… van cuestionando ya este intento de construir un mundo sin Dios. La cultura materialista de uno y otro cuño van dejando al ser humano sin respiro y sin alma. A esta situación la llama Benedicto XVI “el desierto inhóspito de la fe”.
En esta sociedad secular y laica se mantienen a veces hábitos e instituciones de origen cultural cristiano. Pero no están ya inspirados por la fe y la experiencia cristiana. El resultado de este proceso de secularización ha sido para muchas personas el ateísmo, el agnosticismo, la increencia o la indiferencia religiosa aunque las formas sean totalmente cristianas.
De tal forma que en esta sociedad el no creyente ya no es un “disidente”, sino el prototipo de la persona “normal”, ilustrada, emancipada. Y el creyente comienza a verse como todo lo contrario. Es cierto que la posmodernidad ha reaccionado contra este desierto de experiencias religiosas. Propicia la nostalgia de la mística y el retorno de lo sagrado. Pero no necesariamente se trata de una experiencia mística de inspiración cristiana.
El diálogo con estas situaciones religiosas se hace cada vez más urgente por cuanto la globalización y las migraciones van mezclando cada vez más personas y pueblos de distintos credos religiosos. El creyente de otra religión puede estar ya viviendo en nuestro propio portal, si no en nuestra propia casa.
En la perspectiva de la “nueva evangelización”, la religiosidad popular es una riqueza de la tradición católica que puede seguir representando un medio adecuado para la transmisión del cristianismo; para que este propósito se cumpla es preciso reconocer como condición la revitalización de la fe en su identidad y fervor y su arraigo en la cultura de los pueblos. Ahí los agentes de pastoral tienen un gran campo para trabajar la “nueva evangelización”. Están cerca y con predisposición de escucha y acogida.
La afirmación de la fe, fundamento de la inteligencia cristiana y de su cosmovisión, es el fundamento objetivo de la experiencia cristiana, de una triple experiencia: Experiencia de la gracia, que plasma la personalidad cristiana y acrecienta la santidad de la Iglesia en la vida litúrgica y sacramental; en ella se manifiesta la dimensión sobrenatural del cristianismo; experiencia de la praxis cristiana, a saber, el ejercicio de la libertad como obediencia de amor a la voluntad de Dios y respuesta a su amor primero según el doble precepto de la caridad. En la praxis cristiana son rescatados y cobran solidez y relieve los valores propios de la naturaleza humana. Se experimenta la intimidad con Dios, la relación personal con el Dios Trino, sin panteísmos pseudomísticos ni quietismos alienantes, verdadera coronación de la aspiración religiosa del hombre.
La “religiosidad popular”, como “atrio de los gentiles” ha de ser ayudada y orientada por una pedagogía de evangelización. Tal pedagogía implica, por una parte, superar los límites que la deforman y profundizar en sus muchos valores. Así, el cristiano será educado en la fe en orden a celebrar y vivir los sacramentos como verdaderos actos de fe, no recibiéndolos pasiva o apáticamente.
Son los agentes de pastoral quienes deben marcar las normas de conducta relativas a la misma “religiosidad popular”. Entre estas normas, subrayaríamos las siguientes: Sensibilidad, saber captar sus dimensiones interiores y sus valores innegables, estar dispuestos a ayudarla y superar sus riesgos de desviación. Cuando se la evangeliza y orienta así, “la religiosidad popular” puede convertirse en un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo.


viernes, 23 de marzo de 2018

Las hermandades, evangelio encarnado




Las hermandades, evangelio encarnado


Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Corrían los años sesenta y setenta, y frases como “hay que conseguir una fe adulta” eran moneda corriente en los círculos cristianos que ellos se autodenominaban “comprometidos”. Cierta interpretación del concilio Vaticano II era la oportunidad de eliminar todos esos aderezos infantiles que al pasar de los siglos se había ido adhiriendo al mensaje del Evangelio.
Habían llegado los tiempos de la purificación, de la esencia, de lo fundamental. Por todas partes, se desmontaron altares de otra época, se arramblaron las vetustas imágenes, se abandonaron los signos externos y, donde fue posible, se clausuraron esas asociaciones rancias, más propias del concilio Trento que del Vaticano II que eran las cofradías y hermandades.
Esas agrupaciones provenientes de la Edad Media, moldeadas en las forjas del Barroco, ya no tenían sitio en el siglo XX, camino del tercer milenio. Y los buenos cofrades debían ser redirigidos a otras actividades más profundas.
¿Cuál fue el resultado de tan apostólico celo? El desierto total. Es un hecho constatado que allí donde la religiosidad popular ha desaparecido, no ha surgido un cristianismo más puro, una fe más diáfana, sino que se ha producido un abandono masivo de la Iglesia. Y es normal que así sea, porque esa fe pura, limpia de los aderezos de los siglos, no existe, ni puede existir. Es la herejía “cátara”. El problema fue que hubo quien, de buena fe, justo es reconocerlo, confundió la necesaria poda de las ramas para que crezcan más fuertes, con la tala del árbol. Y cuando se corta el tronco, es muy difícil que rebrote.
El mismo Hijo de Dios se encarnó en un tiempo determinado, dentro de un pueblo concreto, con una lengua particular. Jesús tenía unos rasgos y unas facciones, es decir, no era un rostro abstracto, y era ese rostro de israelita del siglo I el que transparentaba el rostro mismo del Padre. Esta dinámica impregna toda la transmisión de la fe: si la fe no se encarna en una cultura y en el pueblo que la crea, no puede ser transmitida. Dios se manifiesta –quiere manifestarse– a través de signos visibles, en medio de una cultura, en medio de un pueblo.
Aquellos que reciben el anuncio del Evangelio, lo hacen suyo y crean formas propias para expresarlo. El pueblo tiene una intuición para comprender la palabra que Dios le dirige, e interpretarla. El papa Francisco es bien consciente de esto, y lo plasma en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, donde expone la importancia evangelizadora de la religiosidad popular: “Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes" (num 122)
Y este es el punto central: las cofradías y hermandades son manifestaciones de la religiosidad popular. Es decir, son manifestaciones de la fe encarnada en el pueblo. Sin esa encarnación – que en nuestras tierras se plasma en las hermandades y en nuestro particular modo de vivir la Semana Santa –, no puede haber fe. Una fe desencarnada, no es fe. Y, al mismo tiempo, pertenecen al pueblo, no a una élite culta, teológica o académica. Para seguir fieles a sí mismas, las cofradías deben mantener sus raíces populares, deben seguir latiendo con el corazón del pueblo que las crea y vive su devoción a través de ellas.
Las hermandades deben ser comprendidas desde dentro, desde su propia dinámica, incluso, como dice el Papa, llegan a ser lugares teológicos, es decir, fuentes para el conocimiento de Dios. No pueden sucumbir ante una teología o una praxis pastoral de laboratorio en busca de una falsa pureza que le niega su función evangelizadora; ni ante ámbitos intelectuales que pretenden conservarla en un museo arrebatándole su vida misma.
Las cofradías y hermandades son de forma primordial fe encarnada de un pueblo. Y esto no en abstracto. Es la fe de María, Javier, Antonio, Bea, Pedro, Asunción,... hecha imagen y camino. Y esta es una fe viva que no se encuentra en manuales de teología, o en catálogos de arte sacro, o en informes etnográficos, que también son necesarios. Este conocimiento popular de Dios se encuentra en nuestras calles al llegar, como todos los años, el Domingo de Ramos.