martes, 7 de abril de 2020

VÍA CRUCIS PENITENCIAL EN TIEMPO DE PANDEMIA


VÍA CRUCIS PENITENCIAL EN TIEMPO DE PANDEMIA



Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular






ORACIÓN INICIAL

V/ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R/ Amén.

Señor Jesús, nos disponemos a meditar las estaciones de tu Vía Crucis en este tiempo de dolor, enfermedad y pandemia por el coronavirus que nos ataca. Queremos seguir los pasos de tu entrega hasta el final por amor a nosotros. No queremos ser meros espectadores de tu Pasión. Nos unimos a ti. Queremos vivir tu vía crucis, sentir tu vía crucis y que toque profundamente nuestro corazón.
Hoy queremos revivir las últimas horas de tu vida terrena, Señor Jesús, hasta que, suspendido en la cruz, gritaste tu: “Todo está cumplido”. Queremos ahora recorrer esta “vía dolorosa” junto a los nuevos crucificados de nuestra historia actual. Formamos una gran familia de hijos de Dios, unida por la enfermedad. Una enfermedad, que también sufrimos nosotros, los cristianos. Que tu cruz, Señor Jesús, instrumento de muerte pero también de vida nueva, nos una a todos e ilumine la conciencia de todos los hombres.
Señor, que al meditar cada estación, nos sintamos heridos por tu inmenso amor de tal forma que nos dispongamos a seguirte con más fidelidad y verdadero compromiso. Virgen María, Madre Dolorosa que seguiste en camino de la cruz hasta la muerte de tu Hijo, acompáñanos, guíanos en este vía crucis y ayúdanos para que en esta meditación se vayan imprimiendo en nosotros los sentimientos vivos del corazón de tu Hijo: humildad, mansedumbre, bondad y perdón. Amén.


I Estación
Jesús es condenado a muerte

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21)

Condenado a muerte. Y nosotros condenados a vivir con esa enfermedad del coronavirus que es nuestra cruz. Una cruz que puede llegar a trastocar todos los ámbitos de nuestra existencia: el ámbito personal, el familiar, el social e incluso el mundial, como está ocurriendo. Es una invitación a asumir la cruz como cuna del cristiano; y las cunas, más que de muerte nos hablan de vida, de futuro, de esperanza.
Estamos llamados a recorrer el mismo camino: Tú y nosotros. Parece un mismo camino y es también un camino diferente para todos, porque cada uno estamos llamados a seguirte desde nuestra propia realidad. Nadie como el que sufre comprende la realidad del camino de la cruz, porque nadie como él sabe cuánto pesa el madero del dolor y de la enfermedad.
Señor que encontremos luz y paz en nuestra cruz junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Que nos des la capacidad de decir sí a nuestros sufrimientos, como tú dijiste sí a tu condena a muerte.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….



II Estación:
Jesús con la cruz a cuestas

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23)

Señor Tú llevas la cruz sobre tus espaldas. Nosotros ponemos nuestras espaldas sobre nuestra cruz. Tú llevas la cruz. A nosotros nos lleva nuestra cruz. Tú y nosotros caminamos por la vida pegados a la cruz.
A veces quisiéramos desapegarnos de ella, tirarla lejos, no volver a verla más. Pero cuanto más la rechazamos más nos duele. Pensamos que la única manera de hacerla menos pesada es amarla, abrazarla, convertirla en nuestro propio camino.
Te pedimos por las autoridades sanitarias que les toca cargar a sus espaldas la cruz de velar por la salud de tantas y tantas personas. Que tu luz, Señor, les ilumine y les guíe en la toma de decisiones. Que sepan poner siempre sus vidas al servicio de los demás.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….



III Estación:
Jesús cae por primera vez

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 53,4)

Señor Jesús, en el camino empinado que conduce al Calvario has querido experimentar la fragilidad y la debilidad humana.
Pensábamos que solamente nosotros éramos débiles ante el dolor y la enfermedad. No sentimos alegría por tu debilidad. Pero sí sentimos la alegría espiritual de verte a ti tan parecido a nosotros: hombre como nosotros.
Señor, ante esta enfermedad que padece nuestra sociedad te agradecemos la presencia de tantos nuevos samaritanos del tercer milenio que viven hoy la experiencia del camino, inclinándose con amor y compasión sobre las numerosas heridas físicas y morales de los que viven en el miedo y el terror de la oscuridad, de la soledad y de la indiferencia.
Te pedimos que no caigamos en la tentación de la frivolidad, de no tomarnos en serio las recomendaciones que se nos hacen para evitar posibles caídas o contagios, poniendo en riesgo nuestra salud y la salud de los demás. Cuando sintamos que el desaliento, el cansancio, el aburrimiento o la impotencia quieran adueñarse de nosotros tu caída bajo la cruz será para nosotros un aliento para luchar y salir de nuestra depresión.
Señor, queremos pedirte por todos nuestros hermanos enfermos, por todos aquellos que como nosotros se cansan de su enfermedad, para que encuentren una palabra de aliento.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


IV Estación:
Jesús encuentra a su Madre

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Una espada te traspasará el alma, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (cf. Lc 2,35)

Señor Jesús, no sólo sufrías, cargado con tu cruz, sino que eras ocasión de dolor para el corazón de tu madre, María. Tu dolor, de alguna manera también hería y santificaba el corazón de la Madre.
Cada momento de ese breve encuentro, ¿te pareció una eternidad? Como vemos tanto sufrimiento en nuestro mundo, hay veces que creemos que ya no hay esperanza. Nuestra oración ¿de qué servirá? Los enfermos se enferman más y los hambrientos se mueren de hambre. Pensamos en esa mirada entre Tú y María. La mirada que dijo: Demos este padecimiento al Padre por la salvación de las almas. El poder del Padre toma todos nuestros dolores y frustraciones y renueva las almas, los salva para una vida nueva, una vida de alegría eterna, dicha eterna. Vale la pena todo esto.
Pedimos  por intercesión de la Virgen María, y para que nos de confianza en la tarea de tantos profesionales que velan como madres por nuestra salud y nuestro bienestar. Que sepan dar siempre apoyo y consuelo, y estar presentes para ofrecer ayuda. Su atención nos consuela.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….

V Estación
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Ga 6,2)

Señor Jesús, en el camino al Calvario sentiste el peso y la dificultad de llevar esa áspera cruz de madera. En vano esperaste el gesto de ayuda de un amigo, de uno de tus discípulos o de una de las muchas personas a quienes aliviaste sus sufrimientos. Lamentablemente, solo un desconocido, Simón de Cirene, por obligación, te echó una mano.
¿Dónde están hoy los nuevos cireneos del tercer milenio? ¿Dónde los encontramos?
Te pedimos por todos los cireneos de nuestra historia.
Que los profesionales sanitarios: médicos, enfermeras, auxiliares; por todo el personal de los hospitales, los cirineos que ayudan a los enfermos a vencer la enfermedad, Dios les proteja, les cuide, les fortalezca y les ayude en esta hora difícil. Que ellos, cuando nos cansemos y desanimemos, cuando sintamos el peso de nuestra soledad nos ayuden a llevar nuestra cruz.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….

VI Estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40)

Las cosas sencillas tienen un gran valor. La Verónica limpió tu rostro, Señor Jesús, sucio por la sangre y el polvo. Cuantos son los que están junto a nuestra cama de hospital. Cuánta gente que nos atiende para lavar nuestro rostro o quitarnos el sudor. Casi nada.
Señor Jesús, limpia nuestros rostros y que sepamos descubrir el tuyo en nuestros hermanos y hermanas, especialmente en todos aquellos que, en muchos hospitales y residencias, viven en el dolor de la enfermedad.
Bendice a las personas que, de manera altruista, ayudan, colaboran, se solidarizan, aportan su tiempo y sus dones para aliviar tantas necesidades como acarrea una situación como ésta. Que aprendamos a estar siempre al lado de los que sufren, sin estigmatizar a nadie.
Señor, te pedimos que tengas piedad y compasión de este mundo enfermo y ayúdanos a redescubrir la belleza de nuestra dignidad como seres humanos, creados a tu imagen y semejanza.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


VII Estación
Jesús cae por segunda vez

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente” (1P 2,23)

El camino se hace largo y las fuerzas son cada vez más débiles. El tiempo para el que sufre es un sufrimiento más. Uno se va cansando de todo. El cuerpo ya no da para más. Todas las posturas son incómodas. La cruz de la enfermedad nos parece cada vez más dura. Tú besas por segunda vez el polvo del camino.
Señor Jesús, también tú sentiste el peso de la condena, del rechazo, del abandono, del sufrimiento ocasionado por personas que te habían encontrado, acogido y seguido. Con la certeza de que el Padre no te había abandonado, encontraste la fuerza para aceptar su voluntad perdonando, amando y ofreciendo esperanza a quien como tú recorre hoy el mismo camino de burla, desprecio, escarnio, abandono, traición y soledad.
Señor que no caigamos en el miedo, en la histeria, en la desesperanza… que no conducen a nada. Que el Señor nos dé serenidad para afrontar esta situación de emergencia que nos toca vivir.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


VIII Estación
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos” (Lc 23,28)

Jesús, incluso cargando con la Cruz es capaz de olvidarse de sí mismo. Se olvida del peso de la Cruz,  se olvida de sus flaquezas y debilidades, para preocuparse de los demás.
Es la tentación del egoísmo. Es la tentación de convertir nuestro dolor en nuestra carta de derechos frente a los demás. Nuestro único derecho es ayudar y servir a los demás. Solamente sumando la pobreza de cada uno, esta puede convertirse en una gran riqueza, capaz de cambiar la mentalidad y de aliviar el sufrimiento de la humanidad.
Concédenos, Señor, a tener tus ojos. Esa mirada de bienvenida y misericordia con la que ves nuestros límites y nuestros temores. Ayúdanos a ver las diferencias de ideas, hábitos y puntos de vista. Ayúdanos a reconocernos a nosotros mismos como parte de la misma humanidad y a convertirnos en promotores de formas audaces y nuevas de acogida a los diferentes.
Señor te pedimos por tantos creyentes como en estos días rezamos para que apartes del mundo este mal del coronavirus. Señor Jesús, escucha y atiende nuestras oraciones.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


IX Estación:
Jesús cae por tercera vez

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero” (Is 53,7)

Señor Jesús, has caído por tercera vez, exhausto y humillado, bajo el peso de la cruz. Te vemos a ti, caído en tierra, una vez más. Una vez más tienen que ayudarte a levantarte, a ponerte en pie. Una vez más, necesitas de los otros para poder andar tu camino. Una vez más necesitas de la mano y la fuerza de los otros para no quedarte en el camino. Y no protestas ni gritas contra tu impotencia y flaqueza. Al contrario, agradeces la mano que se tiende.
Señor, ¿cuántas veces nos has dirigido esta pregunta incómoda: “Dónde está tu hermano, dónde está tu hermana”? ¿Cuántas veces nos has recordado que su grito desgarrador había llegado hasta ti? Ayúdanos a compartir el sufrimiento y la humillación de tantas personas tratadas como desechos.
Te pedimos por quienes sufren los daños colaterales de esta crisis. De un modo especial por los empresarios que ven peligrar su medio de subsistencia y por los obreros que, como consecuencia, se quedan sin trabajo. Que pronto todo pueda volver a la normalidad.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


X Estación
Jesús es despojado de sus vestiduras

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12)

En esta situación que vivimos la epidemia todo nos estorba. Somos despojados de la vida. Y ahora, despojados hasta de las sábanas desinfectadas que cubren nuestro cuerpo. A la muerte no nos llevamos nada. Para morir todo nos estorba. Estorban las fuerzas. Estorba el poder. Estorba la riqueza. Hasta los vestidos estorban. Cada día que se prolonga esta nuestra enfermedad tú, Señor, nos vas despojando de todo.
Que nuestros sufrimientos que no nos dejan, nos vayan despojando de nosotros mismos, de nuestros orgullos, de nuestros pecados, de nuestras rebeldías, para que cada día estemos más dispuestos a lo que tú quieras de nosotros.
Te pedimos, Señor Jesús, por los investigadores que gastan su tiempo en la investigación farmacéutica, buscando un remedio de curación eficaz, para que sus trabajos pronto puedan dar fruto, y podamos seguir alabándote descubriendo la belleza y la riqueza que toda persona encierra en sí como don tuyo, único e irrepetible

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….



XI Estación
Jesús es clavado en la cruz

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Ahora te han clavado a la cruz. Irás a donde te lleve tu cruz. Clavadas las manos, que ya no pueden extenderse a otras manos para estrecharlas. Clavados los pies, que ya no pueden caminar a ninguna parte. Unos clavos y unos maderos son los únicos dueños de tu cuerpo y de tu vida. ¡Qué poca cosa basta para crucificarnos!
Cuántas personas todavía hoy son clavadas en una cruz, víctimas de una explotación deshumana, privadas de dignidad, de libertad, de futuro. Su grito de auxilio ante la enfermedad y dolor nos interpela como hombres y mujeres. Concédenos ojos para ver y un corazón para sentir los sufrimientos de tantas personas que aún hoy son clavadas en la cruz de su propia enfermedad.
Señor, ponemos ante tus ojos los nuevos crucificados de hoy, dispersos por toda la tierra, todos los que guardan cuarentena, bien por tener el virus, bien por haber convivido con personas infectadas. Concédenos,  Señor, paciencia, y que este tiempo nos sirva de provecho para reflexionar sobre la propia vida y sobre la necesidad que tenemos de Dios.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


XII Estación
Jesús muere en la cruz

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34)

Señor, has llegado al final del camino. Un final inesperado y que no te corresponde. Tú te merecías otra muerte. No la de un crucificado. Y sin embargo, es tu única muerte. La muerte por fidelidad al Padre. La muerte por fidelidad a la causa del hombre. A cada uno nos concedes nuestra propia muerte.
Tú, Señor, has sentido en la cruz el peso del abandono y de la indiferencia. Solo María, tu madre, y otras pocas discípulas, permanecieron allí, testigos de tu sufrimiento y de tu muerte.
Que tu ejemplo nos inspire a comprometernos para no hacer sentir la soledad a cuantos agonizan hoy en tantas camas de hospital dispersos por el mundo.
Queremos parecernos a ti también en el morir. Si ha llegado nuestra hora, que se haga la voluntad del Padre. ¿Qué más da morir de esta o aquella enfermedad? Que tengamos siempre cerca alguien que nos a enjugue el sudor y las lágrimas en nuestra agonía, y cerca para confortarnos con una presencia familiar y amiga como supieron hacerlo María y las otras mujeres al pie de tu cruz.
Acoge en tu reino a los que han fallecido con coronavirus, para que les acojas en el cielo donde ya no hay ni enfermedad, ni luto ni dolor.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


XIII Estación
Jesús es bajado de la cruz

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24)

Jesús, a la hora de tu muerte no estabas solo. Allí estuvo tu Madre. Ella te recibió en sus entrañas de virgen por obra del Espíritu Santo, en la encarnación. Y ella te recibe ahora en sus brazos, bajado muerto de la cruz. Es tan bello que alguien nos ame hasta darnos la vida… Y es tan bello que alguien nos ame hasta recibir nuestro cadáver en sus brazos caliente de madre…
Te pedimos por todos los familiares de quienes han padecido o están padeciendo la enfermedad del coronavirus, para que el Señor les acompañe y fortalezca en medio de la situación familiar que están viviendo.
Señor, a la hora de nuestra muerte que nuestro último suspiro sea un acto de fe en ti, Señor, un acto de fe en nuestra Madre la Iglesia.
Que nuestra muerte, como la de Jesús bajado de la cruz, no sea en vano. Confiamos, Señor, todas nuestras vidas a la misericordia del Padre nuestro y de todos, pero sobre todo Padre de los más abandonados, pobres, y desesperados.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


XIV Estación
Jesús es puesto en el sepulcro

V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“Está cumplido” (Jn 19,30)

Señor Jesús, tú mismo dijiste un día: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo y no da fruto, pero si muere dará mucho fruto”. Tú eres ese grano sepultado en la tierra. Un grano que ya está brotando en nueva vida. El domingo por la mañana, cuando las piadosas mujeres vayan a tu sepulcro, ya habrás brotado. La muerte se habrá hecho vida y el crucificado habrá resucitado.
Señor Jesús, que nuestra esperanza sea más fuerte que nuestros miedos. Que nuestros deseos de resurrección sean más grandes que nuestros miedos a morir.
Señor Jesús que aprendamos a asumir tantas realidades dolorosas como nos toca afrontar a lo largo de la vida, incluida esta del coronavirus. Desde la luz de la fe, en la esperanza de que todo es pasajero, Que confesemos que Tú, Señor, tienes siempre la última palabra.
Señor, haznos comprender que todos somos hijos del mismo Padre. Que la muerte de tu hijo Jesús haga que los jefes de las naciones y los responsables de las legislaciones tomen conciencia de su papel en defensa de toda persona creada a tu imagen y semejanza.
Señor Jesús enséñanos a velar, junto a tu Madre y a las mujeres que te acompañaron en el Calvario, en espera de tu resurrección. Que ella sea faro de esperanza, de alegría, de vida nueva, de fraternidad, de acogida y de comunión entre los hombres. Para que todos los hijos e hijas del hombre sean reconocidos verdaderamente en su dignidad de hijos e hijas de Dios nuestro Padre y nunca más tratados como esclavos.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


XV ESTACIÓN
Jesús resucita de su muerte


V/ Te adoramos, Cristo, y Te bendecimos.
R/ porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

“El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo lo anunció cuando estaba todavía en Galilea”. (Lc 24,1-6)

Señor, Jesús, hemos caminado contigo el mismo camino del sufrimiento,  y por ello nos sentimos más aliviados. Sin embargo, dolor sigue siendo el mismo. Pero tu presencia lo hace más llevadero. Al terminar nuestro vía crucis, seguimos clavados en nuestra cruz de la enfermedad del coronavirus, pero sentimos que nos duele menos. Porque tu presencia y tu compañía ponen luz y esperanza en nuestro caminar. Sabemos que tú no nos descolgarás de nuestra cruz, como tampoco tú quisiste bajar de la tuya. Pero ya es bastante saber que nuestra enfermedad y dolor no te es ajeno sino que tú mismo has querido compartirlo. Te pedimos, Señor Jesús, que así como tú compartes nuestro dolor nos enseñes a compartir tu esperanza pascual. Juntos por el mismo camino de la cruz, pero juntos también hacia la pascua.

V/. ¡Señor!, pequé:
R/. Ten piedad y misericordia de mí. Amén.

Padrenuestro….


ORACION FINAL

Dios, Padre de bondad, te damos gracias por tu Hijo muerto y resucitado. En Él ha quedado manifestado plenamente cuánto amas. Al término de este vía crucis confírmanos como discípulos tuyos que anuncien con valor por el mundo la Buena Noticia de ese amor redentor. Que nuestro ejemplo de vida atraiga muchos corazones al seguimiento de tu Hijo, para que prueben y gusten tu bondad, tu misericordia y experimenten cómo unidos a tu Hijo Jesús
La vida se transforma. Renueva tu gracia en nosotros durante este tiempo de gracia para que vivamos más de acuerdo con nuestra condición de hijos tuyos. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Por las intenciones del Romano Pontífice:

Padrenuestro…
Avemaría…
Gloria…


lunes, 6 de abril de 2020

PLEGARIA PARA EL LUNES SANTO




PLEGARIA PARA EL LUNES SANTO




Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular




A seis días de la Pascua, Señor Jesús,
tu sigues compartiendo y celebrando la vida y la amistad
a través de la mesa compartida,
la amistad servicial de Marta, el perfume costoso de María,
la unción de los pies, y la fragancia que llena la casa.
Tú, Señor, quisiste celebrar el don de la vida en plenitud,
celebración que implica encuentro,
entrega de lo mejor que tenemos y somos.
A seis días de la Pascua definitiva puedes hacerlo o retirarte.
Pero ha llegado el momento de la decisión,
la última etapa de tu camino.
Señor, Jesús, hemos pasado largos ratos contigo,
llenos de aventuras, sorpresas y transformaciones.
Y sabemos que estamos en la víspera de ser testigos
de la sorpresa más grande:
Tu paso decidido hacia el ocaso de tu carne,
para alumbrar desde la humillación de tu muerte
el día de la luz definitiva.
Señor Jesús: Aunque es mediodía
se nos hace de noche cuando contemplamos tu figura
con los brazos abiertos,
desparramando amor a los afligidos,
oh Jesús, amor, sueño y vida nuestra.
Cómo sentimos tu sed y dueles en nuestra carne
donde hienden tus clavos su amargura fría
hasta romper nuestra alma desde tu abandono
Tú que solo bondad y luz nos repartías.
Somos hombres cargados de esperanzas humanas...
La inocencia de la juventud se perdió por el camino
y, no sólo eso, somos además unos reincidentes pecadores.
Queremos acercarnos a ti como aquella prostituta del Evangelio.
¿Qué estamos dispuestos a ofrecerte hoy, Señor?
¿Con qué queremos lavar los pies
de nuestro amado Dios crucificado?
¿Estamos dispuestos a darte lo mejor que tenemos?
¿Con qué perfume queremos adorarte,
el de nuestra indiferencia o con lo mejor
que hayamos guardado para Ti como son nuestros pecasdos?
Nos contamos entre los afligidos que siempre vuelven a caer
sin encontrar consuelo alguno.
Reconocemos que, en algunas ocasiones,
nos faltan fuerzas y te fallamos;
por eso nos humillamos ante Ti, ante tu poder
y clamamos para que nos mires con compasión.
Como María de Betania
quisiéramos también ponernos a tus pies
y ofrecerte el mejor de nuestros perfumes,
pero que no es otro que el puñado de desordenes,
odios, vanidades, lujurias, avaricias, envidias,
en definitiva todo aquello que nos aleja de Tí.
Nuestra cara limpia y sonriente quedó atrás;
después de la valentía vino el cansancio y la desgana.
¿No te acuerdas, Jesús, el sol que relucía
en aquella mañana que fuimos como la Magdalena
solo a buscarte, y a estar contigo?
El lago estaba azul y el prado se reía
con una primavera repleta de la gente
que buscaba al pastor con alegría.
Nos miraste de lejos
y sólo una mirada desnudó nuestras entrañas aquel día.
Teníamos la valentía de la juventud
y la angustia de nuestra alma se esfumaba
mientras nuestro ser entero se encendía.
Supimos, de pronto, que amar no es ese juego
de dar placer a cambio de una orgía,
ni tomar prestado un cuerpo por el otro,
ni recibir sin dar, ni destruir tu vida
en una dependencia que vacía.
Amar, Cristo de los afligidos, es abrazarnos todo enteros
al don gratis de irnos a la deriva;
de beber en tus labios la palabra
y entregarnos del todo en despedida.
Amar es, como tú, abrirnos desde dentro
para hundirnos en tu mar,
amar es sentir la herida de los otros que aúllan de pobreza,
querer y sin buscar jamás el ser amados o queridos.
Amar es perdonar, sentirse perdonados.
Amar es abrazar de abrazos desprendidos.
Amar es sonreír con lágrimas de gozo.
Amar es un llorar de amor hasta la risa.
Dános, Cristo de los afligidos, desde tu cruz un beso
como el mar nos lo regala con su brisa
y juntemos nuestra tierra con tu cielo
y regalemos por siempre
el abrazo de Dios-Padre que hace del hombre
un “dios de amor” nacido de una herida.
Señor, Cristo de los afligidos, ayúdanos a esparcir tu fragancia
donde quiera que vayamos;
inúndanos con tu espíritu y tu vida;
llena todo nuestro ser y toma posesión de él
de tal manera que nuestra vida
sea en adelante una irradiación de la tuya.
Quédate en nuestra vida
en una unión tan íntima
que las personas
que tengan contacto con nosotros
puedan sentir tu presencia;
y que al mirarnos se olviden que nosotros existimos.
Señor Jesús, Cristo de los afligidos,
levanta nuestra débil esperanza;
y con la fuerza de tu pasión protege nuestra fragilidad,
fragilidad de humanos pequeñitos y cobardes.
Amén.

miércoles, 11 de marzo de 2020

PLEGARIA POR INTERCESIÓN DE SAN ROQUE COMO PROTECTOR CONTRA EPIDEMIAS


PLEGARIA POR INTERCESIÓN DE SAN ROQUE COMO PROTECTOR CONTRA EPIDEMIAS



Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Padre nuestro que estás a nuestro lado:
Nuestra alma está aturdida,
la urgencia parecía muy lejana,
pero está aquí, con nosotros.
Incluso este hecho nos lleva a considerar
que somos ahora una gran familia.
Queremos llorar nuestra sorpresa,
nuestro sufrimiento, y nuestro miedo.
y presentarte nuestra impotencia.
Con profunda confianza te pedimos
que el coronavirus de Wuhan no haga más daño
y que pueda controlarse pronto la epidemia,
que devuelvas la salud a los afectados
y la paz a los lugares a los que ha llegado.
Te alabamos, adoramos y te amamos con todo nuestro corazón
y agradecemos tu entrega por nosotros en la Cruz.
Acoge a las personas que han fallecido
por esta enfermedad,
conforta a sus familias.
Sostén y protege al personal sanitario
que la combate,
e inspira y bendice a los que trabajan por controlarla.
Señor Jesús, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos,
nos sentimos desvalidos
en esta situación de emergencia sanitaria internacional
pero confiamos en Ti,
danos tu paz y la salud.
Que pueda controlarse pronto la epidemia,
devuelve la salud a los afectados
y la paz a los lugares a los que ha llegado.
Te ponemos como intercesor
al bienaventurado enfermero san Roque,
que para ejemplo de paciencia, y mayor confianza
quisiste que fuese herido de pestilencia,
y que en su cuerpo padeciese
lo que otros padecen,
y de estos males aprendió a compadecerse
de los ajenos y a socorrer
a los que están en semejante agonía y aflicción,
Padre nuestro que estás a nuestro lado:
Te suplicamos humildemente
por la intercesión de san Roque,
que si es para vuestra mayor gloria,
y provecho de nuestras almas, nos guardes
de cualquiera enfermedad y mal contagioso y pestilente,
y nos des entera salud de alma y cuerpo,
para que siempre y en todo lugar te alabemos
y perpetuamente te sirvamos.
Amén.

jueves, 26 de diciembre de 2019

ORACIÓN AL RECIBIR LA LUZ DE BELÉN


ORACIÓN AL RECIBIR LA LUZ DE BELËN


Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado de Religiosidad Popular



Señor Jesús tu eres nuestra luz y eres la luz del mundo.
Nuestra vida, Señor, es un candil en medio de la casa oscura,
y los que se encuentran con nosotros necesitan
 nuestra luz para no tropezar.
Señor, que esta luz de Belén nos enseñe
a aprender a no es suficiente ser luz.
Hay que ser luz para los demás.
No es suficiente ser luz para los demás.
Hay que serlo desde el ámbito apropiado.
Al entronizar esta luz de la paz de Belén
junto a la imagen del Dios-Niño
ilumínanos, Señor, con tu Espíritu.
Y déjanos sentir el fuego de tu amor en nuestro corazón.
Señor, que guiados en tu luz demos fruto.
El Evangelio es luz de los hombres,
no es para esconderlo en los archivos de nuestras inteligencias.
El Evangelio es para llevarlo con nosotros
en el corazón y manifestarlo con obras y palabras,
y tener la misma valentía de sacarlo,
como cuando sacamos nuestra billetera
o nuestra “tarjeta de crédito”.
No por nosotros sino para que los que entran 
en nuestra vida tengan luz,
No por nuestra vanidad, 
sino para que los que andan a oscuras puedan ver.
Dejarnos iluminar, Señor, ser luz...
En medio de la oscuridad siempre viene bien
algo que nos ayude a encontrar el rumbo.
En nuestro bautismo se encendió en nosotros la luz de la fe,
no para uso individual,  sino para que quienes pongas en nuestro camino
 "tengan luz", te conozcan y te sigan.
Que sepamos ser luz para los demás 
y estar atentos y disponibles
para ayudar, cuidar y servir.
Que sepamos entregarnos cada día, en lo cotidiano, lo pequeño.
Que sepamos ser testigos del amor de Dios que es para todos.
Que nos olvidemos de nosotros mismos
y pongamos la mirada y el corazón en el otro.
Ayúdanos a mantener la esperanza.
No dejemos de soñar con un mundo de justicia y equidad.
Que con el empeño y la colaboración de todos,
hagamos brotar la justicia, la solidaridad,  la fraternidad y la fe.
Señor, danos la luz para no perdernos,  para no tener miedo,
para no tropezar,  para reconocer al otro...
Que seamos luz que guía en las noches,
que llene de esperanza los túneles de nuestros días...
Que nos dejemos iluminar por ti que dijiste:
“Yo soy la Luz del mundo”
Amén.

viernes, 8 de noviembre de 2019

CARTA A JUAN MIGUEL DÍAZ RODELAS


CARTA A JUAN MIGUEL DÍAZ RODELAS


Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



Mi querido amigo Juan Miguel
Para quienes tenemos fe en Jesucristo, sabemos que, como dice san Pablo, todo sucede para bien de los que aman a Dios. Existen eventos en nuestra vida, sin embargo, episodios que nos recuerdan que aceptar esta verdad no siempre es fácil. Uno de estos eventos ha sido tu muerte. Me llegó a caer de la tarde al venir de celebrar la Eucaristía en la parroquia del Pilar, en el día de la fiesta. Como periodista no di crédito a la noticia y quise confirmarla. Y por fin se confirmó. Si, Juan Miguel Díaz Rodelas habías partido a la Casa del Padre.
El Señor es nuestra luz y nuestra salvación. Así lo viviste tú, Juan Miguel y así lo creíste. Naciste para morir el año 1950 en la localidad tinerfeña de Arico Nuevo y te trasladaste a Valencia donde cursaste Teología. Y fuiste ordenado sacerdote el año 1976.
Toda tu vida, toda entera, en los diversos ministerios que como sacerdote te encomendó la Iglesia, los has vivido con esa pasión misionera que te ha caracterizado de querer dar a conocer a nuestro Señor Jesucristo, y de meter en la vida de la Iglesia esa fuerza que tiene que tener también la Iglesia del Señor para anunciar siempre a Jesucristo y su Palabra. En todo lo que hiciste, en lo que dijiste, en lo que manifestaste con tu vida y criterio fue esa pasión por dar a conocer al Señor. Toda tu vida ha sido una afirmación del sacerdocio y de la fe.
Mi amistad contigo se remonta a los años de seminarista, a mediados de los años 70, pues te formaste en nuestro Seminario Metropolitano de Valencia. Como sacerdote y profesor de Teología en nuestra Facultad animaste a muchos amigos y conocidos a acercarse a Dios y vivir una vida cristiana seria. Por la gracia de Dios, con tu gran labor apostólica ayudaste a muchos a crecer como personas y como católicos. Tu sencillez y alegría te abrían las puertas de todos los ambientes en la sociedad, la Iglesia y la vida ordinaria de quienes se acercaban a ti. Para todos eras “el canario”, por tu origen, el amigo, confesor, director espiritual y hermano.
Tu partida ha dejado entre nosotros los frutos abundantes de quien, como san Pablo, ha “corrido bien la carrera”. Tus más de veinticinco años de sacerdocio estuvieron marcados por una profunda vida de oración, la devota celebración de la santa Eucaristía y la infatigable atención a las necesidades espirituales de tantos hombres y mujeres que acudían a ti para reconciliarse con Dios mediante el sacramento de la confesión o buscar consuelo y sabiduría mediante la dirección espiritual y la formación teológica.
No hay palabras para expresarte nuestro dolor y consternación, y el de todos tus compañeros y amigos, por tu fallecimiento. Es increíble pensar que ya no te volveremos a ver y a tener entre nosotros; pero Dios no se equivoca, te tenía una mejor misión allá con Él, te necesitaba junto a Él, y no cabe duda que el cielo te recibió con aplausos.
Tenías planes para el crecimiento de la labor apostólica en nuestras parroquias y arciprestazgos con tu labor teológica. Tenías prisa por llegar a más almas y ayudar a los demás, porque estabas convencido de que tu vida espiritual de profunda e intensa intimidad con Dios, y su Palabra hecha Escritura, te llamaba a no ocuparte de ti mismo, sino de los demás.
Sin mayores pretensiones, Juan Miguel, tú nos mostraste a lo largo de tu vida, la autenticidad de una vida sacerdotal que es modelo a seguir. Pasando por altos y bajos, éxitos y aparentes fracasos; pero sin perder el entusiasmo de amar a Dios y a los demás, en un servicio desinteresado y rico en frutos de vida eterna.
Esta fe que compartimos contigo, no nos evita el dolor, el sufrimiento, la amargura; como no le evitó a Cristo en la cruz. Pero que sí nos da un consuelo, una esperanza que nos ayuda a seguir viviendo, porque sabemos que no te hemos perdido para siempre. Que volveremos a encontrarnos un día. Estoy seguro de que tú, Juan Miguel, no quieres vernos tristes. Quieres que sigamos viviendo con esperanza y con ilusión. Nos quieres ver felices, con la felicidad que tú, ahora tienes. Tú te has adelantado. Y sufrimos por tu ausencia, porque te queríamos junto a nosotros. Te necesitábamos junto a nosotros. Nosotros pedimos por ti, y tú pides por nosotros. Desde el cielo nos ves y nos animas. Seguiremos tus consejos; esos consejos que siempre nos estabas dando. Nos hubiese gustado seguir viviendo contigo. No ha podido ser así. Pero no te vamos a olvidar. Sabemos que tampoco tú nos vas a olvidar.
Nos estás esperando con los brazos abiertos.
Reposas ahora en los brazos del Altísimo, Padre de la paz, buen amigo y hermano, Juan Miguel. Nosotros acudimos a tu intercesión para que nos sigas acompañando en nuestro camino terrenal, hasta que al final de nuestra vida podamos reunirnos contigo en la presencia de Dios Nuestro Señor y la compañía de Nuestra Señora, la Virgen de los Desamparados.
Un abrazo,