lunes, 19 de abril de 2021

VIA LUCIS

 

VIA LUCIS PASCUAL

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

 

Primera estación

CRISTO HA RESUCITADO Y EL AMANECER SE HA LLENADODE LUZ Y DE CLARIDAD

 

Lectura del Evangelio Lucas 24, 1-12

 

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día». Y las mujeres recordaron sus palabras. Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron.

 

Es domingo. Ha amanecido y es una mañana llena de claridad, porque Cristo ya no está en la tumba y cuando las mujeres han ido a buscarle se han encontrado que allí no había nadie y los rayos de luz, aún estaban en el aire. Después de varios días de tristeza, oscuridad de miedo y de muerte, de desesperanzas y preguntas, el ángel vestido de blanco resplandeciente, ha anunciado que Cristo ya no está allí y que la alegría de la Pascua ha entrado por todas las ventanas del alma, de quienes le buscan, para que vivan en la luz más radiante, pues la muerte no ha vencido a la vida y la vida si que ha vencido a la muerte y ahora todo es fiesta y esperanza, ya que todo se ha hecho luminoso para que tú camines en la luz. ¡Cristo vive en ti! ¡Alegría y Aleluya!, pues va a tu lado en el camino de tu vida y te acompaña siempre y en todo momento, para que vivas como resucitado y anuncies a todos los que están contigo que Él vive en cada corazón y que nos quiere felices. Es una mañana luminosa, como nunca la hubo y desde ahora, sabemos que siempre amanece y que por muy largas que sean las noches y por grandes que sean los sufrimientos, siempre amanece.

 

 

Segunda estación

JESÚS SE APARECE A MARÍA MAGDALENA.

 

Lectura del Evangelio según San Juan: 20, 11-17

 

Los discípulos se volvieron a casa. María estaba frente al sepulcro, afuera, llorando. Llorosa se inclinó hacia el sepulcro y ve dos ángeles vestidos de blanco, sentados: uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cadáver de Jesús. Le dicen: ---Mujer, ¿por qué lloras? Responde: ---Porque se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, se dio media vuelta y ve a Jesús de pie; pero no lo reconoció. Jesús le dice: ---Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le dice: - --Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo. Jesús le dice: - --¡María! Ella se vuelve y le dice en hebreo: ---Rabbuni --que significa maestro--. Le dice Jesús: ---Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: ---He visto al Señor y me ha dicho esto. María Magdalena, va al frente de las mujeres que se dirigen al sepulcro para terminar de embalsamar el cuerpo de Jesús. Llora su ausencia porque ama, pero Jesús no se deja ganar en generosidad y sale a su encuentro.

 

María Magdalena fue a la tumba, pero se quedó fuera llorando, porque desde que había conocido a Jesús su vida era seguirle a donde fuera Él y en estos momentos sentía que todo se había venido abajo y que sin Él, ya no era lo mismo; por eso y mientras lloraba, rota por el dolor, oyó una voz que le llamaba por su nombre y ella creyó que era el encargado de la finca, pero cuando se dio cuenta que era Jesús saltó de alegría, pues en Jesús había encontrado la amistad verdadera, y por eso, quiso retenerle, pues de nuevo recobraba la esperanza y la alegría, sin embargo su misión ahora era anunciar a los apóstoles y a sus hermanos lo que había visto para que todos se llenarán de su misma alegría y lo anunciaran por todos los lugares, pues no había noticia mejor. Cristo había resucitado y todo se llenaba de sentido y futuro. De nuevo había amanecido en su alma y la felicidad volvía a brillar en su corazón. La amistad es un don del cielo y por eso tener amigos es una bendición, que no dejar de maravillarnos y nos ayuda a ser mejores y a pasar por la vida como Jesús haciendo siempre el bien. No hay nada más importante que hacer siempre el bien. Jesús vivió la amistad como algo esencial y tuvo buenos amigos, por eso en Betania y con sus amigos siempre se sentía feliz. Pocas veces vemos a Jesús llorar, pero cuando Lázaro murió, lloró como se llora la muerte de un amigo.

 

 

Tercera estación

LOS DISCÍPULOS BUSCAN A JESÚS.

 

Lectura del Evangelio según San Juan: 20, 3-8

 

Salió Pedro con el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio los lienzos en el suelo, pero no entró. Después llegó Simón Pedro, detrás de él, y entró en el sepulcro. Observó los lienzos en el suelo y el sudario que le había envuelto la cabeza, no en el suelo con los lienzos, sino enrollado en lugar aparte. Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó.

 

Todos los discípulos de Jesús estaban llenos de tristeza por lo que había pasado y no eran capaces de entender, que siendo Jesús una persona tan buena y tan llena de Dios y de los demás, hubiera acabado así y parecía que todo había terminado definitivamente, pero algo en sus corazones les decía que aquello no podía acabar así cuando había tantas esperanzas e ilusiones sin cumplir y que la vida tenía que renacer y aunque no sabían bien lo que les estaba pasando, algo en sus almas les decía que había futuro en abundancia y que lo sembrado no se podía perder, que algo tenía que cambiar y por eso cuando algunos fueron a la tumba y vieron las vendas por el suelo y que allí no había nada ni nadie, el corazón les dio un salto y empezaron a comprender que algo nuevo estaba naciendo y de este modo empezaron a creer. Ellos que habían vivido con Él, que habían escuchado sus enseñanzas de vida, que habían soñado y esperado y que creían en un reino nuevo no se resistían a pensar que todo hubiera sido un fracaso y que el futuro se hubiera terminado, por eso creyeron y la vida volvió a renacer y así se unieron más que nunca y los que habían sido amigos y discípulos volvieron a esperar.

 

 

Cuarta estación

JESÚS RESUCITADO SE APARECE A LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS.

 

Del Evangelio según San Lucas 24, 13-28

 

Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús. Iban comentando todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: --- ¿De qué vais conversando por el camino? Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: --¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? Jesús preguntó: --¿Qué? Le contestaron: --Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado; ellas fueron de madrugada al sepulcro y volvieron diciendo que había resucitado. Jesús les dijo: --- ¡Qué necios y torpes para creer cuanto dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.

 

Todos los discípulos y amigos de Jesús se habían quedado, no solamente llenos de tristeza, sino también desilusionados, deprimidos, abatidos y desolados, como quien ya no espera nada. Todo había terminado y ya no había ni futuro ni esperanza y algunos como los de Emaús se habían marchado ya de Jerusalén para volver a las tareas de siempre y para retomar la vida diaria en sus pueblos y en sus campos o en el lago y en el mar. Todo había sido un sueño precioso, pero al final no había sido posible, con lo cual había que volver a la realidad y dejar de soñar. Y es en ese momento cuando Jesús resucitado se va a encontrar con ellos y van a sentir que algo nuevo les ardía en el corazón y que sus almas se encendían cuando escuchaban las palabras de aquel caminante, que había hecho el camino con ellos, que había entrado en su casa, que se había quedado y que al partir el pan les dio un salto de vida y le reconocieron, y fue de tal manera, tan asombrosa y maravillosa, que todo comenzó de nuevo, pues era verdad que había resucitado, que estaba vivo y que la vida renacía y el cielo se llenaba otra vez de imposibles y de sueños nuevos y luminosos, que ahora eran definitivamente y para siempre posibles partiendo el pan. ¡Era el momento de partir y compartir!

 

 

 

Quinta estación

LE RECONOCIERON AL PARTIR EL PAN.

 

Del Evangelio según San Lucas 24, 28-35

 

Se acercaban a la aldea adonde se dirigían, y él fingió seguir adelante. Pero ellos le insistieron: ---Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va de caída. Entró paraquedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lopartió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero éldesapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: --- ¿No ardía nuestro corazón mientrasnos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? Al punto se levantaron, volvierona Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que decían: ---Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

 

Los discípulos de Emaús habían comprendido muchísimas cosas en un momento, que fue fundamental para ellos y para nosotros, como fue el partir el pan. Sintieron que la alegría renacía de nuevo en sus vidas y en sus caminos y fueron lo más deprisa que pudieron a Jerusalén, para compartir con los demás discípulos lo que habían vivido y que les había parecido tan maravilloso y que desde entonces cada uno de nosotros puede si quiere celebrar, participando en la eucaristía y saboreando ese pan que a ellos les hizo ser personas nuevas, llenas de esperanza y fortalecidas en el cuerpo y en el alma por el alimento recibido y que Jesús había regalado en la última cena del jueves santo, a sus amigos y discípulos y también a cada uno de nosotros paraqué tengamos vida y la tengamos en abundancia. Dios hecho pan para ti, para que nunca tengas hambre ni sed y para que participes de su vida, gustando su bondad tan inmensa que le puedes comer cada día y alimentarte de Él. ¡Maravilla de maravillas y regalo divino al alcance de cada uno de nosotros para andar el camino con alegría y esperanza, pues alimentados con su pan todo es posible!

 

 

 

Sexta estación

JESÚS RESUCITADO SE LES APARECE A LOS DISCÍPULOS.

 

Del Evangelio según San Lucas 24, 36-39

 

Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

 

Los apóstoles que estaban atemorizados y que no eran capaces de vivir sin miedo y que estaban encerrados en Jerusalén, recibieron a Jesús resucitado, que les trajo la paz que necesitaban. Sin salir del asombro por lo que estaban viendo, sintieron que sus almas se llenaban no sólo de luz, sino de paz, porque el saludo era precisamente la paz en persona que Jesús les regalaba cuando aún era más importante que el aire que respiraban y aunque sorprendidos y desbordados por lo que estaban contemplando ante un Jesús, todavía con las llaga s recientes, empezaron a descansar en lo más hondo de sus corazones. Había llegado la paz y con ella, la luz y la esperanza, la vida y la palabra, la presencia y la resurrección. Brotaba la vida a raudales y aquellos hombres que habían vivido el mayor de los desconciertos, volvían a vivir en quien es la vida y ahora estaba allí, para que no tuvieran miedo nunca más, al saber que Él está con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Jerusalén se vistió de nuevo de paz y de luz con esta llegada de Jesús y toda la ciudad volvió a ser luminosa y radiante, brillante y resplandeciente, pues la claridad ilumina de nuevo las calles por las que pasó la luz que no se apaga y la paz que serena las almas de todos los que la habitan.

 

 

 

Séptima estación

JESÚS RESUCITADO DA LA PAZ Y EL PERDÓN.

 

 

Del Evangelio según San Juan 20, 21-23

 

Luego Jesús dijo de nuevo:

– ¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: –Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar.

 

Llenos de paz, como don esencial de la vida, que Jesús resucitado ha regalado a sus discípulos, sabedores que sin paz no se puede vivir y que con ella la vida es siempre nueva, comienzan a vivir en paz, pues su presencia lo ha serenado todo y en él han descubierto a quien puede quitar todos los miedos y dar comienzo a todos los sueños que habían quedado paralizados. Todo renace a ahora de una manera nueva, pues la esperanza es más fuerte que nunca, con la llegada de quien lo llena todo y hace que la vida recobre de nuevo sentido. Jesús tiene otro regalo, que ellos van a recibir y que les va a llenar de fuerza para ser misericordiosos, pues van a recibir el poder de perdonar los pecados y sanar heridas, haciendo que los corazones rotos y las vidas destrozadas sean curadas con este perdón que Él les ha traído para siempre y por los siglos de los siglos. Y desde entonces el perdón es un regalo para la humanidad, siempre necesitada de reconciliación y de ternura, porque Dios sabe que necesitamos su misericordia y su acogida.

 

 

Octava estación

JESÚS RESUCITADO SE APARECE A TOMÁS.

 

 

Del Evangelio según San Juan 20, 26-29

 

Ocho días después se hallaban los discípulos reunidos de nuevo en una casa, y esta vez también estaba Tomás. Tenían las puertas cerradas, pero Jesús entró, y poniéndose en medio de ellos los saludó diciendo: – ¡Paz a vosotros! Luego dijo a Tomás: –Mete aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado. ¡No seas incrédulo, sino cree! Tomás exclamó entonces: – ¡Mi Señor y mi Dios! Jesús le dijo: – ¿Crees porque me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto!

 

Cuando Jesús resucitado se apareció a los discípulos en Jerusalén, Tomás no estaba en la comunidad y cuando le contaron la alegría que sentían y lo que habían visto, él no les creyó, pues le parecía demasiado bonito para ser verdad y dijo que si no lo veía con sus ojos no lo podía creer. Y como Jesús siempre nos da todas las oportunidades que necesitemos, se apareció de nuevo y ahora Tomás se rindió ante Jesús y solo pudo decir: " ¡Señor mío y Diosmío! ", a pesar de que Jesús le dijo que metiera sus dedos en las llagas y en el costado. Es una maravilla fiarse de Dios, de los demás, de uno mismo y de tantas realidades que, aunque no se ven ahí están, como el aire, el amor, la amistad, las emociones, los afectos, el cariño, la presencia en la ausencia y un sinfín de cosas que hacen que nuestra vida sea una fiesta, porque siempre es mejor confiar que desconfiar y fiarse de la bondad de todo lo que nos rodea y de tanta gente que nos quiere, aunque no lo sepamos o no nos demos cuenta.

 

 

Novena estación.

JESÚS RESUCITADO SE APARECE A LOS APÓSTOLES EN EL LAGO DE TIBERÍADES.

 

Del Evangelio según San Juan 21,4-7. 10. 13

 

Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que fuera él. Jesús les preguntó: –Muchachos, ¿no habéis pescado nada?–Nada –le contestaron. Jesús les dijo: –Echad la red a la derecha de la barca y pescaréis. Así lo hicieron, y luego no podían sacar la red por los muchos peces que habían cogido. Entonces aquel discípulo a quien Jesús quería mucho le dijo a Pedro: – ¡Es el Señor! Apenas oyó Simón Pedro que era el Señor, se vistió, porque estaba sin ropa, y se lanzó al agua. Jesús les dijo: –Traed algunos peces de los que acabáis de sacar. Jesús se acercó, tomó en sus manos el pan y se lo dio; y lo mismo hizo con el pescado.

 

 

El lago Tiberíades es el lugar donde empezó todo y allí vuelve Jesús resucitado, para que recobren las ilusiones del principio y vuelvan a vivir con la misma alegría que al principio. Estaban pescando y aquella noche no habían pescado absolutamente nada y la cosa no había podido ser peor, cuando aparece Jesús y es el discípulo amado el que se da cuenta que es el Señor. Es entonces cuando Pedro salta de alegría y en el momento que les dice que echen de nuevo las redes, se fiaron y las echaron, aunque era de día, para llenarse de asombro y sorpresa cuando no podían sacar las redes de lo llenas que estaban. Aquello fue una fiesta y la esperanza renació en el lugar donde lo sueños no habían faltado y ahora de nuevo todo empezaba a brillar de una manera luminosa, porque la luz había llegado y el lago de Tiberiades no podía ser más transparente, ni sus almas más claras.

 

 

 

Décima estación

JESÚS LE PREGUNTA A PEDRO QUE SI LE AMA.

 

Del Evangelio según San Juan 21, 15

Cuando ya habían comido, Jesús preguntó a Simón Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos.

 

Después de comer y felices por la presencia de Jesús resucitado, después de la ausencia por la que tanto habían sufrido, se respiraba una paz en el lago, que dulcificaba los corazones y hacía que todo pareciera una fiesta como nunca antes lo habían sentido ni imaginado. Fue en ese momento cuando le preguntó Jesús a Pedro que si le amaba y él sin dudarlo le contestó que sí y lo mismo hizo la segunda vez, pero cuando de nuevo le hizo la misma pregunta, Pedro se sorprendió muchísimo y se quedó un poco entristecido y es cuando le dijo: Tú lo sabes todo y sabes bien que te quiero, con lo cual y en ese momento Jesús le dijo que apacentase sus ovejas. Jesús lo sabe todo y sabe que le queremos y que deseamos quererle más. Porque adónde vamos a ir sin Él, cuando tantas veces nos hemos dado cuenta que no hay mejor compañía que la suya, ni mayor esperanza que caminar a su lado o en sus hombros cuando no podemos ni con nuestra alma.

 

 

Undécima estación.

JESÚS ENVÍA A SUS DISCÍPULOS A ANUNCIAR LA BUENA NOTICIA.

 

Del Evangelio según San Mateo 28,16-20

 

Así pues, los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al ver a Jesús, le adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó a ellos y les dijo: –Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced mis discípulos a todos los habitantes del mundo; bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadles a cumplir todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

Comienza la misión de anunciar a todos los pueblos la mejor noticia que nunca se ha recibido y es que Dios nos ama y que nosotros somos sus hijos. La tarea ahora es bautizar y hacer discípulos en el nombre del Padre que es Dios y nos ama como nadie puede imaginar, del Hijo, que nos ha regalado su amor y ha muerto por nosotros, regalándonos su vida que es eterna para que vivamos siempre y del Espíritu Santo, que es la fuerza de lo Alto que nos acompaña en todo momento, para que seamos testigos y mensajeros del amor y la reconciliación y así construyamos una humanidad fraterna, cercana, acogedora y universal donde todos seamos hermanos. Y todo esto con la esperanza y la alegría de saber, porque Él nos lo ha dicho, que estará con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos, para que sintamos su presencia y sepamos que nunca estaremos solos, porque Él camina a nuestro lado con nosotros y en nosotros. Es momento de anunciar la Vida y la Resurrección, porque Él vive y la vida verdadera ha llegado a todo el que quiera vivir de verdad, por los siglos de los siglos.

 

 

Duodécima estación.

JESÚS RESUCITADO SUBIÓ A LOS CIELOS.

 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 8-11

 

Pero cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, recibiréis poder y saldréis a dar testimonio de mí en Jerusalén, en toda la región de Judea, en Samaria y hasta en las partes más lejanas de la tierra. Dicho esto, mientras ellos le estaban mirando, Jesús fue llevado arriba; una nube lo envolvió y no volvieron a verle. En tanto ellos miraban fijamente cómo Jesús subía al cielo, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: –Galileos, ¿qué hacéis ahí, mirando al cielo? Este mismo Jesús que estuvo entre vosotros y que ha sido llevado al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que le habéis visto ir allá.

 

 

Jesús los llevó a lo alto del monte de los Olivos y desde allí y en presencia de ellos subió a los cielos para prepararnos sitio, antes de enviarnos el Espíritu Santo. La misión de Jesús en la tierra había terminado y ahora eran ellos los que tenían que continuar la preciosa tarea de ser testigos de su Vida y su Resurrección y aunque en un primer momento se quedaron ensimismados mirando al cielo, un ángel les hizo ver que a partir de ese momento luminoso y glorioso, tenían que seguir con aquel sueño que empezó en Galilea, junto al lago de Tiberíades y aunque se marcharon tristes y contentos a la vez, por la ausencia que respiraba presencia, estaban convencidos que había llegado la hora en que algo importante iba a transformar sus vidas todavía más y se les veía en Jerusalén felices y alabando a Dios en el templo a la espera de que sucedieran acontecimientos que lo cambiarían todo definitivamente. Jesús no podía dejarles solos y ahora más que nunca iban a sentir algo nuevo en sus almas, que les haría confiar y esperar todavía más

 

 

Decimotercera estación.

MARÍA Y LOS DISCÍPULOS ESPERAN LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO.

 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 12-14

 

Desde el llamado monte de los Olivos, los apóstoles regresaron a Jerusalén. La distancia era corta: precisamente la que la ley permitía recorrer en sábado. Al llegar a la ciudad subieron al piso alto de la casa donde estaban alojados. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Celote y Judas hijo de Santiago. Todos ellos, junto con algunas mujeres, y con María la madre de Jesús y los hermanos de él, se reunían siempre para orar.

 

Los discípulos volvieron del monte de los Olivos, después de presenciar asombrados la subida de Jesús a los cielos y reunidos en lo alto de Jerusalén vivían unidos con María y esperando la llegada del Espíritu Santo que les hacía arder de esperanza en sus corazones, acompañados de María, la madre de Jesús, que siempre había estado presente y especialmente en los momentos más difíciles y que seguía estando ahora que también la necesitaban. Rezaban todos juntos y alababan a Dios que no les había dejado solos y que ahora lo sentían más presente que nunca, porque estaba llegando la hora del Espíritu Santo que sacaría de ellos lo mejor y serían personas nuevas y sin ningún miedo ni tristeza, porque el momento de la misión iba a empezar de una forma nueva, al ser fortalecidos por la fuerza que da Dios a quienes tienen la misión de ser sus testigos. Iban al templo y allí también rezaban y sentían la presencia de Dios, entre las gentes yen los acontecimientos diarios, donde descubrían que Dios está al lado y en el corazón de cada persona que camina y espera. Rezar es fundamental, porque nos abre a Dios y a los hermanos y de esta forma estamos siempre unidos como familia y comunidad, sintiendo que el Señor nos reúne siempre que lo hacemos en su nombre.

 

 

Decimocuarta estación.

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO.

 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-14

 

Cuando llegó la fiesta de Pentecostés, todos los creyentes se encontraban reunidos en un mismo lugar. De pronto, un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte, resonó en toda la casa donde estaban. Y se les aparecieron lenguas como de fuego, repartidas sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen.

 

Maria y los apóstoles estaban reunidos en la casa, en Jerusalén y de repente un ruido tremendo resonó de una forma increíble, apareciendo unas lenguas de fuego sobre sus cabezas, que transformó totalmente sus vidas. Era el Espíritu Santo, que a partir de ahora sería su fuerza y aquellos apóstoles que en algún momento habían sido cobardes y miedosos, eran para siempre hombre nuevos, llenos del Espíritu Santo, hablando en todas las lenguas posibles y anunciando a todas las gentes las maravillas de Dios, que había resucitado en su Hijo Jesús y que ahora era viento fresco y aire renovador para todos los pueblos Era la hora de Espíritu para ellos y para todos y hoy lo es para ti, que estás invitado a ser testigo de la vida y la Resurrección, porque Él vive en ti y lo ha llenado todo de claridad, para que tú también seas luz, pues Cristo arde en tu corazón y tú necesitas llevar su fuego luminoso por todos los caminos, diciendo que la Alegría que no se apaga, te llena de felicidad y tú necesitas anunciarla a todo el que se encuentra contigo cada mañana. Dios sigue llamando cada día personas que lo anuncien, para hacer que su Reino, que es un regalo para todos siga siendo la mejor noticia de todos los tiempos, pues ensancha el alma y llena el corazón de todos los que generosamente quieren ser sus amigos y enviados.

 

lunes, 30 de noviembre de 2020

LA “RELIGIOSIDAD POPULAR” COMO PERIFERIA EXISTENCIAL DE LA PARROQUIA

 

 

 

 

 

 

LA “RELIGIOSIDAD POPULAR” COMO PERIFERIA EXISTENCIAL DE LA PARROQUIA

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de religiosidad Popular. Valencia

 

 

 

La realidad de la Parroquia posee una larga historia y ha tenido desde los inicios un papel fundamental en la vida de los cristianos y en el desarrollo y en la acción pastoral de la Iglesia.[1]

Desde su surgimiento, por tanto, la Parroquia se plantea como respuesta a una precisa exigencia pastoral: acercar el Evangelio al pueblo a través del anuncio de la fe y de la celebración de los sacramentos. La parroquia es una casa en medio de las casas y responde a la lógica de la Encarnación de Jesucristo, viva y activa en la comunidad humana. Así pues, visiblemente representada por el edificio de culto, es signo de la presencia permanente del Señor Resucitado en medio de su Pueblo. Y por tanto, es la casa de la “religiosidad popular”. La  “religiosidad popular” es un fenómeno que atraviesa todos los pueblos y que influye en todas las culturas.

La Parroquia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.[2]

La Parroquia debe acoger los desafíos del tiempo presente, para adecuar su propio servicio a las exigencias de los fieles y de los cambios históricos. Es preciso un renovado dinamismo, que permita redescubrir la vocación de cada bautizado a ser discípulo de Jesús y misionero del Evangelio, a la luz de los documentos del concilio Vaticano II y del Magisterio posterior.

Es en la parroquia donde el Pueblo Dios vive la fe cristiana, expresa sus convicciones religiosas y se relaciona con Dios, Jesús, la Virgen y los santos desde la sencillez, por vía de lo intuitivo y lo imaginativo, no sólo en el ámbito privado e íntimo, sino en el comunitario y eclesial.

Es en la Parroquia donde se viven las hondas creencias en Dios, las actitudes básicas que de esas convicciones se derivan, las motivaciones que generan las conductas humanas y a las expresiones que las manifiestan. En definitiva es en la Parroquia donde vive y proyecta toda una “religiosidad popular” o “religión del pueblo”.[3] Y es en este campo de la “religiosidad popular” donde la Parroquia debe proyectar su misión evangelizadora.

La “religiosidad popular” recoge una serie de elementos precristianos, tomados de una religiosidad ancestral, que hacen referencia a los ciclos de la naturaleza, cultos de fecundidad, etc. Para sus partidarios esto no es negativo, sino todo lo contrario: supone hacerse eco de las vivencias más auténticas del ser humano. El pueblo proyecta en ella su filosofía, pero a partir de la interpretación cristiana. Hace una síntesis vital entre lo divino y lo humano, entre Cristo y María, entre espíritu y cuerpo, entre comunión e institución, entre persona y comunidad, entre inteligencia y afecto.

Responde, desde una sabiduría cristiana y vital, a los grandes interrogantes de la existencia. Proporciona razones para la esperanza, la alegría y hasta el humor, incluso en las situaciones duras de la vida, y tiene una enorme fuerza de convocatoria.

Aunque en la “religiosidad popular” entra todo tipo de personas, con el común denominador de cristianos, reflejan especialmente una forma de relacionarse con Dios experimentada preferentemente por los sectores más humildes del pueblo, los pobres, los sencillos, los pequeños. Estos sectores ocupan un lugar privilegiado, puesto que suelen guardar mejor la memoria histórica común, condensan bien la cultura popular, y cuando luchan por la justicia, reflejan en muchos casos la esperanza en un destino más feliz para todos. Privados de los recursos del tener, del saber y del poder, en muchas ocasiones son como el corazón del pueblo que aunque no tiene muy cultivada su fe, quiere que su expresión religiosa sea católica, y la canaliza a través de los símbolos y mediaciones propios de la Iglesia

Ante la “religiosidad popular” surge, de una parte de la Iglesia una actitud crítica con respecto a las expresiones rituales más tradicionales de ciertas élites y amplias capas de la sociedad.

Entendemos la Iglesia como pueblo de Dios universal, cuya misión en la historia humana es estar presente y evangelizar a todos los pueblos del mundo, respetando las culturas y las otras religiones y por otro reconocemos las culturas y los estilos de vida que caracterizan a cada pueblo. Como consecuencia, la Iglesia se planteó en el concilio Vaticano II una adaptación de la Liturgia[4] a cada cultura y pueblo, lo que motivó e impulsó el reconocimiento de un pluralismo legítimo en las formas y modos de expresión de las personas sencillas de la Iglesia, en sintonía con el proceso histórico de ascenso social y político generalizado de las masas populares en todas las facetas de la vida cotidiana, además aceptó la amplia variedad expresiva de las manifestaciones de la “religiosidad popular”, aunque denunciando las prácticas supersticiosas que a veces se cobijan dentro de ellas.

La vocación cristiana, que nace del hecho de ser miembro del pueblo de Dios, no puede realizarse sólo en el compromiso individual, sino que primero habrá de vivirse en las comunidades básicas y estables de la Parroquia, como Iglesia local, y en segundo lugar en grupos asociativos que le ayudan a completar su vivencia cristiana, como ocurre, por ejemplo, en el caso de las “hermandades y cofradías”.

Estas son asociaciones públicas cuyo fin es el culto público en nombre de la Iglesia, y realizar el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal. Deben ser erigidas canónicamente por el obispo del lugar. Sus estatutos y reglas, así como su revisión o cambio necesitan la aprobación de la autoridad eclesiástica. Deben adaptarse al espíritu de la legislación general de la Iglesia y a las normas promulgadas en cada Diócesis. En ellos se definen y señalan los medios para que las “hermandades y cofradías” sean realmente lugares de educación en la fe, de celebración de la misma, de caridad y comunicación de bienes, de testimonio de Jesucristo en el mundo.

Todo el pueblo de Dios debe reconocer los valores que adornan a estas asociaciones públicas de fieles. Son una importante realidad del asociacionismo católico en nuestras iglesias. Tanto más cuanto que, en la sociedad, las diversas iniciativas de asociacionismo encuentran muchas dificultades para prosperar, por falta de participación ciudadana.

Las “hermandades y cofradías” tienen mucha importancia para la evolución de nuestro catolicismo popular y para la imagen que del mismo se forma dentro y fuera de nuestros pueblos. Hay que alentar el esfuerzo renovador que ha brotado últimamente en el seno de muchas de ellas. Esto implica la renovación y actualización de los estatutos que las regulan conforme a las normas vigentes en nuestras diócesis, de forma que definan y señalen los medios para que sean realmente lugares de educación en la fe, de celebración de la misma, de caridad y comunicación de bienes, de testimonio de Jesucristo en el mundo.

Además de sus misiones más tradicionales y específicas que ya cumplen, deben adquirir y mantener estas otras, que son esenciales en toda comunidad cristiana. También deben sentirse llamadas a integrarse en los esquemas pastorales de sus Iglesias locales, integrando su acción en los planes de pastoral de conjunto y participando en los correspondientes consejos pastorales.

La comunión con la Iglesia es necesaria para la salvación. Ella es la fuente y matriz permanente de la fe. Las asociaciones y movimientos no realizan por sí solos y aisladamente el ser completo de la Iglesia. Las “hermandades y cofradías” han de sentirse en comunión con las otras asociaciones y movimientos apostólicos de la Iglesia diocesana y con las parroquias a las que pertenecen, colaborando con el párroco en la vida litúrgica y en otras tareas apostólicas o catequísticas, y estando presentes en los consejos parroquiales de pastoral. A través de la Parroquia se vinculan con la Iglesia diocesana y con la Iglesia universal, bajo el ministerio pastoral de los Obispos.

El Pueblo de Dios es el sujeto colectivo de la “religiosidad popular”, y el ser, la vida y los valores son sus fuentes de inspiración. No reduce a la divinidad al resultado de la razón y de la acción, sino que adopta una actitud respetuosa ante el misterio, y lo vincula a una experiencia de relación con el prójimo en el cual intuye una presencia paradójica de Dios, que se revela a través del rostro humano, principalmente en el de los más débiles y necesitados.

El análisis y valoración de la “religiosidad popular”, al igual que sucede en el caso de cualquier experiencia humana, no es una tarea simple ni fácil. Aparecen muchas dificultades a la hora de precisar el contenido de esta expresión, porque es algo que no existe en estado puro. En ella, junto con elementos estrictamente religiosos, coexisten otros de naturaleza socio-cultural. Son distintos los sujetos de la misma y los modos de concebirla, y se emplean presupuestos diversos. Al ser un fenómeno rico y complejo, exige la interdisciplinariedad a la hora de acometerlo, para que sea lo más riguroso, completo y satisfactorio posible

No obstante, se tiene conciencia de que refleja la sabiduría del pueblo de Dios, y constituye el objeto de un nuevo descubrimiento casi generalizado por lo que, siendo reflejo de diversas manifestaciones de la cultura, hay que saber escucharlas con amor, sin prejuicios ni actitudes de superioridad, para descubrir en ella las acciones del Espíritu.

Es importante expresar mediante categorías y gestos corporales aquello que espiritualmente se quiere vivir. Por ello, el hombre que quiere seguir a Cristo en su vida concreta lo expresa caminando tras su imagen en una procesión; el hombre que quiere, siguiendo las enseñanzas del Maestro, tomar la cruz de cada día, carga con la pesada cruz de madera en la procesión penitencial; el hombre que quiere sufrir con Cristo para ser también con Él glorificado, camina con Cristo, recordando su Pasión, por la pesada, tortuosa y difícil ascensión del calvario o Víacrucis local, situado, generalmente, en una pequeña colina a las afueras de la población. Las manifestaciones religiosas populares son expresión de la fe cristiana en un lenguaje total, son celebración de la fe de modo expresivo y comunitario, en un lenguaje que va más allá del racionalismo, y que abarca la totalidad de la persona.

Cuando está bien orientada, sobre todo mediante una adecuada pedagogía de evangelización, contiene los valores esenciales de la vida y las motivaciones que generan las conductas humanas, y es un espacio privilegiado para que la Iglesia entregue el mensaje de la Palabra de Dios por el ministerio de la catequesis. Refleja una sed del Señor que solamente los pobres y los sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Afecta a las más profundas creencias y actitudes. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores de paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción.

La “religiosidad popular” está vinculada a la cosmovisión de la cultura del pueblo y a su escala de valores. Gira en torno a la vida, con sus diversas etapas, y a la muerte. Asume la dialéctica bíblica, que se pone de manifiesto en la creación y la alianza, y que consagra y bendice la naturaleza y la historia. Suele motivar una serie de ritos espontáneos y coloristas, en los que el pueblo participa colectivamente.

Por eso está presente en los acontecimientos del campo, especialmente en los solsticios y equinocios (fiestas agrícolas, bendiciones de los campos, siembra y recolección de frutos, peregrinaciones, romerías...). Muestra sensibilidad ecológica e interconexión de lo cósmico y de la naturaleza con las celebraciones, sea por medio de paisajes, ritmos, horarios nocturnos o diurnos, el ocaso, el crepúsculo, el claroscuro, la penumbra..., o por la colocación de ermitas y lugares de culto en valles, colinas, acantilados, montes, etc.

Y también está presente en los acontecimientos de la vida humana (sacramentos “sociales”: nacimiento-bautismo, juventud--comunión y confirmación, matrimonio--boda, bendiciones, muerte-funerales, etc.). Recoge la fabulosa sabiduría que tiene el pueblo para expresar la dialéctica muerte-vida, muy entroncada con los ritos de transición, que señalan un cambio importante de situación en la vida de una persona, sea a nivel familiar, sea a nivel de naturaleza.

No es mero ritualismo: se realiza una experiencia de encuentro con el misterio, de apertura a la trascendencia. Se asume la muerte para compartir la vida, se vence la tristeza por la opresión mediante explosiones de alegría. Por eso gran parte de los ritos populares son inseparables de la alegría colectiva, que es el modo popular común de señalar la “Pascua”, la liberación a la que se aspira. Se comparte la comida y la bebida, música, danza, oración, colores, fantasía...

El pueblo llano no queda satisfecho con una vivencia cerebral de la fe a nivel del conceptualismo hierático y de la ortodoxia abstracta de los dogmas teológicos. Tampoco con la clericalización de la Liturgia que se fue dando progresivamente en la Iglesia y que se impuso a partir de la Edad Media. Igualmente, los que llevaron a la práctica la reforma del concilio Vaticano II no supieron conectar con el pueblo. Por eso éste ha seguido cultivando sus devociones tradicionales, que están vinculadas a la experiencia sensible y corporal, y humanizan las creencias y las celebraciones litúrgicas, cuyos signos y lenguaje desconocen. Las reviste de imaginación intuitiva, sentimiento y fiesta, espectáculo y celebración comunitaria, creando sus ritos paralelos.

Esto, aunque se ha vivido como una división, favorece la mutua fecundación entre dogma y vida, Liturgia y piedad, ortodoxia e interiorización de la fe del pueblo. El eje ritual de la “religiosidad popular” está colmado de símbolos polivalentes, que saben combinar bien el tradicionalismo con la creatividad. Expresa necesidades, esperanzas, identidad humana, acontecer histórico. Lo hace, en muchas ocasiones, mediante relatos, que recuerdan, y reavivan en el tiempo presente, la superación de situaciones difíciles, gracias a la intervención del trascendente. Da menos valor al elemento sacramental, y destaca dos dimensiones fundamentales: la festiva, porque allí es donde el pueblo encuentra mayor grado de libertad y porque la fe del pobre va muy unida a la alegría. Se une a esto la dimensión devocional y mística, centrada en el culto a las imágenes: novenas, quinarios, septenarios, funciones, procesiones, romerías y peregrinaciones...

Aunque cada una de las imágenes ha de ser venerada por lo que representa y no por lo que es, el pueblo las carga de un plus de sacralidad. Son una ayuda para la humanización de los mensajes. Es la expresión de su necesidad de cercanía, de corporeizar los mensajes en ellas, de ver, de tocar. Se la decora con todo tipo de medios (flores, candelería, túnicas, mantos, bordados, etc.). Tiene un gran relieve el “imaginario colectivo” como sedimentación de todo un mundo de símbolos, mitos, leyendas, tradiciones, etc., cargados de una enorme riqueza de emociones profundas, sentimientos, afectos.

La “religiosidad popular” estructura sus celebraciones y oraciones en torno a sus tradiciones e imágenes, fundamentalmente de Cristo, a María y los santos, a las que da una gran importancia, por un lado, y en la memoria de los difuntos, por otro. En la oración predomina la petición ante necesidades urgentes o angustiantes, particularmente aquellas que afectan a los estratos más pobres y menos protegidos de la sociedad.

Da prioridad a la expresión corporal, la ascesis y la danza, que se utiliza en la peregrinación o la procesión (esfuerzo físico, ir descalzos, llevar una cruz, ir de costalero, guardar silencio, tocar una imagen, pasar una medalla por su manto...). Aprecia el vestido (hábitos, túnicas, etc.), como exteriorización de una interioridad. Utiliza técnicas de concentración de la atención a través de la repetición de palabras, al estilo de mantras orientales (letanías, jaculatorias, rosario, etc.).

La exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi[5] ha sido un hito en la reflexión sobre la “religiosidad popular” porque hace una revaloración de ella, a pesar de las carencias que puede tener, ya que los ejercicios piadosos ante todo pretenden satisfacer la búsqueda de vida interior, así como la vivencia más profunda personalizada e íntima de Dios, que los conduce a la Liturgia como fuente y culmen de toda vida cristiana. Debido a eso, es necesario recuperarlos o crear otros medios de alimento de la vida espiritual, ya que los ejercicios piadosos deben llevar sobre todo a los cristianos a Dios, a vivir en comunión con Él. De ahí la importancia de ubicarlos en los diversos tiempos litúrgicos del año. Son instrumentos que completan la formación del cristiano y, aun teniendo algunos rasgos mistagógicos, conducen a la plegaria y a las obras de penitencia y misericordia,  sobre todo si se realizan como actos personales y comunitarios.

Fue el Directorio de Religiosidad Popular (2002)[6] el que marcó la revaloración de la  “religiosidad popular” ya que trató este candente tema y lo expresó en el contexto de los medios para la comunión y la participación. El Directorio de Religiosidad Popular presenta a la “religiosidad popular” principalmente como un elemento eficaz de evangelización, que debe ser purificado y clarificado en sus conceptos. Para ser auténtica, la “religiosidad popular” debe basarse en la Palabra de Dios y descubrir con autenticidad y valentía los valores evangelizadores.

En 1992, en Santo Domingo, la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano[7] manifestó la importancia de la “religiosidad popular” en la línea de la inculturación, los valores cristianos presentes en ella, los criterios, las conductas y actitudes que nacen del dogma católico y son la sabiduría del pueblo; se invita a comprenderla, acompañarla, purificarla y remediar posibles desviaciones.

Una idea clara aparece a lo largo del Directorio en su contenido doctrinal y en la praxis (que no agota) de ejercicios devocionales. Se trata de la necesidad de educar para la “religiosidad popular”, ya que cuanto más se entiende la Liturgia, más se entiende en su punto de equilibrio la “religiosidad popular”.

La “religiosidad popular” es un espacio de encuentro con Jesucristo. Es el precioso tesoro de la Iglesia católica. Así quedó plasmado en el documento de Aparecida (2007)[8] y que tiene una repercusión importante para la misión, entendida como estado permanente de misión que se debe concretizar en la comunidad parroquial, y se pone como un marco de referencia el respeto y el cariño que por ella se debe tener, para que exprese su belleza e identidad y pueda ser un icono del genio de los pueblos y de la insaciable hambre y sed de Dios del pueblo pobre, sencillo y peregrino. La piedad popular, considerada justamente como un “verdadero tesoro del pueblo de Dios”, “manifiesta una sed de Dios que sólo los sencillos y los pobres pueden conocer; vuelve capaces de generosidad y de sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe; comporta un sentimiento vivo de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante; genera actitudes interiores, raramente observadas en otros lugares, en el mismo grado: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desprendimiento, apretura a los demás, devoción”[9]

También a la “religiosidad popular” en el documento de Aparecida se le llama “espiritualidad popular” o “mística popular”. Es un nuevo concepto que busca expresar la riqueza de contenido que se quiere dar a la “religiosidad popular”, ya que la espiritualidad es el camino de comunión con Cristo y ayuda en la configuración de cada creyente con el Resucitado, para poder así vivenciar la vida cristiana.

La mística marca a la persona puesto que tiene siempre como finalidad la vivencia de encuentro e intimidad con Dios. Esto únicamente se puede lograr con la sabiduría simple y los ejercicios piadosos en forma de oración, los más concretos y sencillos, para nutrir el rico patrimonio de esta espiritualidad popular con ritos, símbolos y gestos.

Las “hermandades y cofradías” responden a la costumbre de grupos de cristianos que, desde los primeros siglos de la Iglesia, se han venido asociando para conseguir fines espirituales y caritativos comunes, siendo los principales el culto público, la práctica de la caridad por medio de obras de misericordia espiritual y corporal, la santificación y el perfeccionamiento espiritual por la oración, la animación del orden temporal por el compromiso cotidiano y social y la educación en la fe por la catequesis y evangelización.

Tienen su origen en el siglo XIII, en torno a los monasterios y las órdenes mendicantes, para responder a la necesidad de ayuda y apoyo que tenían las personas de aquella época en casos de dificultad. Fundan los primeros hospitales para ejercer la caridad con los más desfavorecidos y con los peregrinos. Fueron especialmente promovidas por la predicación de los dominicos. Poco a poco se van extendiendo por Europa.

Frente a la idea de los dos “géneros de cristianos”, el superior de los clérigos dedicados a las cosas de Dios, y el inferior de los laicos, dedicados a las cosas del mundo, las cofradías vienen a proponer un camino laical de perfección, sin necesidad de que se tenga que ser clérigo o monje y a reivindicar el deseo de participar en la Iglesia y asumir responsabilidades en ella así como de una autonomía frente al dominio del clero. No son impuestas por una autoridad superior, sino que surgen de una opción libre para algunas personas.

Las “hermandades y cofradías” son una importante realidad de asociacionismo católico en nuestras iglesias, --en ocasiones han sido y aún son las únicas asociaciones existentes incluso a nivel social -- y suscitan una entusiasmada participación de los jóvenes. Han aportado un considerable caudal a la vida espiritual de nuestro pueblo y han contribuido grandemente al florecimiento de la vida cristiana. Actualmente continúan alimentando la fe muchos católicos repartidos por toda nuestra geografía.

Las “hermandades y cofradías” son asociaciones de fieles cristianos conscientes de su pertenencia a la Iglesia. Deben sentirse, ante todo, personas que han asumido libremente su bautismo, por el que están incorporados a Cristo y son miembros vivos de su Cuerpo, la Iglesia, en la que viven con otros su fidelidad al Señor. Esto exige de por sí la participación en la acción apostólica, como tarea propia de todo fiel cristiano por el mismo hecho de estar bautizado. Por ello, los cofrades, junto al fin peculiar del culto público, deben asumir las responsabilidades propias de toda la Iglesia, según las necesidades que en cada momento se vayan presentando dentro del pueblo de Dios y en el mundo donde vivimos. Pues como dice el Concilio Vaticano II, la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado, que nunca puede faltar en la Iglesia. Las circunstancias actuales les piden un apostolado mucho más intenso y más amplio.

Toda manifestación de la “religiosidad popular” se encuentra en los varios campos en los que se desarrollan los ejercicios piadosos, bien sea a nivel personal, familiar o grupal, en los Santuarios y en las peregrinaciones, así como en el ámbito de la comunidad parroquial. En efecto, la Parroquia es el lugar privilegiado para el desarrollo y la práctica de la “religiosidad popular”, de suerte que los fieles puedan tener una experiencia concreta de Cristo y de la comunidad eclesial.

Es muy importante caer en la cuenta de que dentro de la comunidad parroquial se dan múltiples experiencias de “religiosidad popular” que se deben purificar, encauzar y promover, ya que en la parroquia se dan muchas formas de ejercicios piadosos. No hay que olvidar que la “religiosidad popular” debe ayudar a que la parroquia sea una comunidad eucarística por excelencia, reunida en la fracción del pan de la Palabra y de la Eucaristía.

La parroquia debe cuidar que la praxis de la “religiosidad popular” sea realmente “escuela de vida cristiana”, para llegar así a ser una comunidad eclesial que vive, se expresa y se manifiesta con las formas que el genio de los pueblos ha concretizado en la “religiosidad popular”. Por este motivo, la experiencia y vivencia del Señor Jesús no puede ser únicamente catequética y litúrgica. Para que esté más encerrada en la vivencia cristiana, requiere de las expresiones de la “religiosidad popular” que son una ayuda para educar y celebrar la fe.

La Parroquia, hoy por hoy, está llamada a la conversión pastoral en muchos campos, especialmente saliendo el ámbito de la “religiosidad popular” como “periferias” que hay que evangelizar.

Una de las tareas más importantes de la comunidad parroquial es su renovación, la cual se puede hacer incrementando la “religiosidad popular”, fundamentándose en aquella gran petición del concilio Vaticano II de que absolutamente todo debe revisarse.

Ante la hora histórica que vivimos, la Iglesia debe seguir anunciando el Evangelio, y estos esfuerzos pastorales deben orientar a todos hacia el encuentro con Jesucristo. Se debe destacar la renovación litúrgica a la que está anexa el incremento de las manifestaciones de la “religiosidad popular”, especialmente la piedad eucarística y la devoción mariana, que deben tener como base la verdadera fe.

Para lograr esto se necesita la formación. Aquí radica la importancia de saber conducir y clarificar la “religiosidad popular”, pues si la lex orandi es lex credendi y tiene su aplicación en la Liturgia de la Iglesia, aproximadamente algo así podemos decir de la “religiosidad popular”, que para ser una auténtica lex orandi, requiere de la iluminación desde la teología para lograr tener ideas y conceptos claros y diáfanos que manifiesten la sana y ortodoxa fe y doctrina. Es necesario que los ejercicios devocionales también cumplan la tarea de ser catequesis permanente y constante que brota de la oración cristiana y así cada expresión devocional sea una auténtica síntesis de la profesión de fe del creyente.

A los responsables de la misión parroquial les incumbe valorar y promover los ejercicios de la “religiosidad popular” para armonizarla con la Liturgia. Necesitamos crear nuevos, variados y sencillos instrumentos que sean la base de los ejercicios piadosos, con fundamentos escriturísticos y litúrgicos para ser usados a nivel personal, familiar y comunitario, ya sea para grupos nuevos o tradicionales, como para las hermandades y cofradías. Debe existir un elenco de los instrumentos, recursos o subsidios que se pueden crear para los ejercicios piadosos y el fomento de la “religiosidad popular”. Debemos seguir el cronograma del Año litúrgico, pues a lo largo de él podemos descubrir la cantidad de subsidios que podemos crear.

Uno de los cultos que más desarrollo deben tener es el que se refiere a la Virgen María. Ayudaría mucho la creación de materiales que ayuden a la devoción mariana. Existen varias vetas que tenemos que descubrir para enriquecer la piedad de los fieles. El Via Matris, una vigilia para la preparación de las memorias, conmemoraciones de la Virgen, así como de sus fiestas y solemnidades. Hace falta que exista un recurso devocional con el Rosario de la Virgen María, siguiendo el Año Litúgico, para que éste aparezca en verdad más formativo y se ore en el gran contexto que vive la liturgia de la Iglesia.

No hay que olvidar los ejercicios devocionales en torno a los difuntos para ser usados en torno a la muerte, al momento de fallecer, el rosario de los difuntos y las jornadas especiales dentro de la vida de la Iglesia

Finalmente sería conveniente tener en cuenta el acto devocional de la Peregrinación como realidad muy importante y significativa. El hecho de realizar la peregrinación como elemento devocional requiere de todos los responsables en esta área que se busque la creación de diversos subsidios para la mejor realización de las peregrinaciones, así como para los tiempos de permanencia en los Santuarios, que deben estar acompañados de diversos ejercicios piadosos.

 

 

 

 

 



[1] CONCREGACIÓN PARA EL CLERO, Instrucción La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia. 20.07.2020.

[2] Jorge Mario Bergoglio  “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” pre-cónclave ante los 114 cardenales electores, el 9 de marzo de 2013,

[3] La religiosidad popular es un fenómeno que atraviesa todos los pueblos y que influye en todas las culturas. El documento de Puebla (n. 444) nos dice con palabras sencillas que “por religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular, entendemos el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan”. Y añade: “Se trata de la forma o de la existencia cultural que la religión adopta en un pueblo determinado”. La religiosidad popular ha acompañado la liturgia de la Iglesia desde sus albores.

[4] Vaticano II,Constitución Sacrosanctum Concilium  n. 7: En ella, los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.

[5] Pablo VI, Envangelii nuntiandi, 8 diciembre 1975

[6] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, Editorial Vaticana 2002.

[7] CELAM, Las cinco conferencias generales del episcopado latinoamericano. Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Bogotá: CELAM, 2014

[8] CELAM, Las cinco conferencias generales del episcopado latinoamericano. Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Bogotá: CELAM, 2014

[9] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, Editorial Vaticana 2002, n.9.

sábado, 5 de septiembre de 2020

 

ORACIÓN A SAN VICENTE FERRER ANTE LA PANDEMIA

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

San Vicente Ferrer,

digno hijo de la Iglesia que peregrina en Valencia:

A ti acudimos, en este tiempo de dolor y tristeza,

con toda nuestra fe;

y con una gran confianza te pedimos

que el coronavirus no haga más daño

y que pueda controlarse pronto esta epidemia que nos asola;

que devuelvas la salud a los afectados

y llegue la paz a todos los hogares.

Protégenos con tu amor infinito,

ya que confiamos en ti.

Tú, que nunca dejaste sin consuelo

a los que han confiado en tu intercesión

no nos olvides en nuestras tribulaciones.

Danos la salud del alma y la salud del cuerpo.

Remedia todos nuestros males.

Tú que acompañaste tu predicación evangélica

con numerosos signos de la presencia de Dios en tu vida,

mira a tus hijos que, en este difícil momento

de desconcierto y consternación,

recurren a ti en busca de fortaleza, salvación y alivio.

Líbranos de la enfermedad y el miedo,

sana a nuestros a nuestros enfermos y consuela a sus familias,

dá sabiduría a nuestros gobernantes,

energía y recompensa a los médicos, enfermeras y voluntarios,

y vida eterna a los fallecidos.

Escúchanos, san Vicente Ferrer:

recibe con bondad nuestras súplicas;

y al concedernos los favores que te pedimos y esperamos,

bríndanos también la gran dicha

de imitarte en tus grandes virtudes,

de vida de santidad

especialmente en el amor a Jesucristo, nuestro Señor;

danos la fidelidad en la fe,

la fuerza en la esperanza,

y la constancia en el amor

para con nuestros hermanos más necesitados;

que amemos como hijos

a nuestra tierna y misericordiosa Madre de los Desamparados,

y, en fin, danos valentía para meditar continuamente en nuestra muerte

y en nuestro encuentro con Jesús nuestro Señor,

y poder acompañarte

en la gloria por toda la eternidad. Amén.