viernes, 2 de julio de 2021

DESDE EL MONTE CARMELO, MARÍA ILUMINA

 

 

DESDE EL MONTE CARMELO, MARÍA ILUMINA

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

El Carmelo es el Monte de María. Parece que Dios sentía predilección por pregonar sus bandos desde la cúspide de las montañas: Sinaí, Tabor, Bienaventuranzas, Gólgota... El monte Carmelo, con cuya extraordinaria belleza compara a su Esposa el Cantar de los Cantares, es de sabor netamente bíblico. Hay que ir hasta el Libro de los Reyes o más arriba para dar con su origen. Dos son los montes que en Palestina llevan este nombre. El de Judea es árido y seco, parece que pesa sobre él la maldición de Cristo contra el pueblo deicida. Y el de Galilea, por el contrario, es fértil y fecundo en toda clase de frutos. Está junto al mar Mediterráneo y fue el teatro donde se deslizó la vida del profeta de Dios, Elias Tesbita.

Esta fiesta, a toda la Iglesia en 1726 por Benedicto XIII, y recoge la narración bíblica que se entreteje entre Ellas, el Carmelo y María. El pueblo de Israel había vuelto a pecar. Dios envió a Elias para castigarle. Este profeta, en cuyo corazón y labios ardía el fuego del culto al verdadero Dios, cerró el cielo con el poder de su oración. Tres años y medio sin caer una gota de agua sobre la tierra. Arrepentidos, vuelve Elias a interceder por ellos y el Señor escucha su oración. Elías sube a la cumbre del Carmelo. Se postra en tierra y ora con fervor. Manda a su criado que mire hacia el mar. Sube y mira. No hay nada. Vuelve a subir hasta siete veces. A la séptima dice: “Divísase una nubecilla, pequeña como la palma de la mano de un hombre, la cual sube del mar [...] Y en brevísimo tiempo el cielo se cubrió de nubes con viento, y cayó una gran lluvia”. Algunos autores, sobre todo a partir del siglo XIV, vieron en esta nubecilla, en figura o tipos bíblicos, a la Virgen Inmaculada, mediadora universal. La Iglesia así lo ha aceptado en su liturgia. El monte Carmelo es un abultado volumen de historia. Ha visto pasar a su vera los pueblos más diversos. Desde muy antiguo habitaron los carmelitas en él y en él comenzaron a dar culto a la Virgen Inmaculada.

A ella, a Santa María, tal cual la celebraban en la alta Edad Media, sobre todo a partir del concilio de Calcedonia, los ermitaños del monte Carmelo levantaron una célebre capilla, meta de peregrinaciones a fines del siglo XI, o principios del XII. Con ello no hacían más que ponerse bajo su patronato, o, como entonces se decía, bajo su título. Más adelante se unirá, formando una sola, la doble idea: María-Carmelo. En el siglo XX, se hicieron excavaciones para buscar restos arqueológicos de esta venerada capilla.

En marzo de 1958 el conocido arqueólogo franciscano Belarmino Bagatti comenzó las excavaciones junto a la llamada “Fuente de Elias” y unos meses después descubría los cimientos y parte de los muros de una capilla de 22,30 por 6,25 metros, y junto a ella una pared de 2,5 metros de ancha que parece ser los restos del primitivo monasterio de San Brocardo. La simbólica interpretación de la nubecilla, que no es más que una hermosa figura para significar a la humilde y pura Virgen María como mediadora universal de todas las gracias por su divina maternidad corredentora, contribuyó a aumentar el profundo marianismo que impregnó, desde sus orígenes, la historia, liturgia y espiritualidad del Carmelo. El monte Carmelo ha ido pasando de unas manos a otras, aunque sus pacíficos y legítimos moradores son los hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Poco después de la milagrosa aprobación de la regla carmelitana por Honorio III en 1226 vinieron los carmelitas a Occidente. El pueblo los recibió como llovidos del cielo. Eran los llamados: Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

Pronto comenzó una negra persecución contra ellos. El general de la Orden, san Simón Stock (1165-1265), acudía con lágrimas de dolor a la Santísima Virgen para que viniera en auxilio de su Orden. Hasta llegó a componerle algunas fervorosas plegarias que rezaba con seráfico fervor. He aquí la redacción breve de la aparición, entrega y promesa del santo escapulario. Es una de las más críticas y antiguas que se conocen: “El noveno fue San Simón de Inglaterra, sexto general de la Orden, el cual suplicaba todos los días a la gloriosísima Madre de Dios que diera alguna muestra de su protección a la Orden de los carmelitas, que gozaban del singular título de la Virgen, diciendo con todo el fervor de su alma estas palabras: "Flor del Carmelo, vid florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular, ¡oh Madre dulce, de varón no conocida!, a los carmelitas da privilegios, estrella del mar".

Se le apareció la Bienaventurada Virgen acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el Escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: "Este será privilegio para ti y todos los carmelitas, quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará"“.

Desde este momento comienza María a obrar prodigios por medio del santo escapulario. Todo esto sucedía a finales del siglo XII y principios del XIII. El santo patriarca Alberto les ordenará que se instalen junto a la Fuente de Elías, que construyan un pequeño oratorio en medio de sus celdas donde se habrían de reunir diariamente para oír la santa misa y rezar las horas canónicas.

Consta que la capilla fue construida y dedicada a Santa María, en cuyo altar se veneraba un icono de la Virgen como titular de la misma; de ahí les vendrá el nombre con el que serán conocidos, incluso jurídicamente: “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo”, o simplemente Carmelitas, y así se les seguirá llamando hasta el día de hoy.

Aquel bíblico Monte les conferirá a dichos Hermanos su propia entidad, tanto por la dimensión mariana de su espiritualidad como por la huella eliana tan presente y viva de los Hijos de los Profetas de quienes se declararon sus seguidores, considerando al gran Patriarca del Carmelo como su Padre y Fundador.

A mediados del siglo XIII y bajo la amenaza constante del Islam aquel grupo de ermitaños se vio obligado a refugiarse en lugares más seguros a la vez que se iban formando nuevas comunidades. Primero fue en San Juan de Acre, fortaleza de cristianos, y más tarde se fueron expandiendo hacia Chipre, Sicilia, Italia, Malta, Francia, Inglaterra…, fundando otros “carmelos” a semejanza del primitivo de Tierra Santa. El hecho mismo de tener su origen en la propia tierra de Jesús “en cuyo obsequio se proponen vivir”, y teniendo a la Virgen María como su Madre y Patrona, es decir, la “Señora del lugar”, configurará a aquel grupo tanto en su espiritualidad como en el carisma específico y propio, dentro del grupo de las órdenes mendicantes. De ahí que todo carmelita siempre vivirá “orientado” hacia el lugar de origen y no sólo como simple punto referencial.

La finalidad de la recién nacida orden, aunque ni oficial ni canónicamente aún lo era, la pone de manifiesto el mismo sumo pontífice Urbano IV cuando, con ocasión de exhortar a los fieles del Patriarcado Latino de Jerusalén que ayudaran con sus limosnas a la reconstrucción del monasterio destruido por los árabes, manifestaba que aquel convento se erigía “para gloria de Dios y de la predicha y gloriosa Virgen, su Patrona·. Para estas fechas ya el papa Inocencio IV había reconocido a los carmelitas como orden mendicante, dentro del grupo formado por franciscanos, dominicos y agustinos mediante la bula Quae honorem Conditoris del 1 de octubre de 1247, gracias a lo cual no solamente sobrevivieron sino que se expandieron por toda Europa como una orden recién nacida.

Porque, en realidad, esta “adaptación”, también llamada “mitigación”, fue en efecto una refundación que habría de cambiar el destino de la Orden, hecho desgraciadamente mal entendido y peor explicado al considerar esta adaptación papal no como un reconocimiento oficial por parte de la Iglesia elevándola a la categoría de orden, sino más bien como un acto de relajación, de degradación, si cabe la palabra, respecto a la austeridad de sus principios, cuando era justo todo lo contrario. En tal error cayó por ignorancia la propia Teresa de Jesús, totalmente excusable en la santa de Ávila, pero no en sus incondicionales y desorientados seguidores, quienes debieran conocer mucho mejor la verdadera y auténtica historia del Carmelo y no falsearla por intereses muy poco ortodoxos.

Tampoco en Europa fue muy bien visto aquel título de Hermanos de Santa María del Monte Carmelo dentro del mismo mundo eclesiástico, especialmente religioso, pero los carmelitas lo defendieron con toda energía hasta el punto de que se hicieron célebres las interminables diatribas en el ámbito universitario inglés. Es cierto que los carmelitas no podían probar que tuvieran un fundador jurídico y formal como Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, pero tampoco lo tenían los agustinos; de ahí las grandes polémicas muy propias de la Edad Media. Sin embargo aquellos monjes del Monte Carmelo lograron prevalecer con todo derecho. En la Constituciones de 1281 la rubrica prima declaraba con toda solemnidad y de modo oficial que, “dando testimonio de la verdad, declaramos que desde el tiempo en que los profetas Elías y Eliseo vivieron devotamente en Monte Carmelo…, nosotros, sus seguidores, servimos al Señor en diversas partes del mundo hasta el día de hoy”.

En este marco histórico podemos entender la famosa visión stockiana, es decir, la Entrega del Santo Escapulario de la Virgen a San Simón Stock, VI Prior General de la Orden, según la tradición, y la verdadera pasión de los carmelitas por su Madre y Patrona. “Esta elección del patronato mariano, leída en el contexto feudal, condiciona toda la orientación espiritual del grupo originario de los carmelitas y su actitud hacia María, porque ven en Ella la “Señora del lugar” en la Tierra de su Señor Jesús, en obsequio del cual pretenden vivir. Así el patronato, como contrato de naturaleza sinalagmática, aplicado a las relaciones del fiel con María, comporta, por parte de la “traditio personae”, el servitium y la mancipatio de los cristianos, es decir, el estar dedicados a María y honrarla…, con la mediación de dones, gracias y beneficios, por lo que, para ellos todo bien proviene de Dios a través de María”.

La primera vez que se representa la Entrega del Santo Escapulario a San Simón Stock es en el cuadro de Tomás de Vigilia que se conserva en el convento de Corleone (Sicilia) de 1492, justo bajo la media luna que aparece bajo los pies de la Virgen, como en el Apocalipsis. La más antigua representación que se conoce en cuanto a la visión stockiana se refiere, lo cual no quiere decir que hasta entonces se desconociera puesto que el santo escapulario ya era en esta época muy popular.

Según la tradición, tal aparición tuvo lugar al rayar el alba del día 16 de julio de 1251, es decir, la entrega del santo escapulario por parte de la Virgen a san Simón Stock.

Era muy notorio y bien conocido el hecho; de ahí que entre los maestros espirituales carmelitas se hablara del “habito de la Virgen”, pero no se populariza hasta que el papa Nicolás V extiende tal privilegio a terciarios y cofrades mediante la bula Cum Nulla de 1452 y la divulgación de la famosa bula sabatina que arrastro casi en su totalidad a todos los fieles de la Iglesia Católica. De ahí que Edith Stein, la santa carmelita judía, pudo con razón escribir que el Escapulario marrón (como escribe ella), “vestido de salvación y signo de la protección maternal de la Virgen…nos une con innumerables fieles de todo el mundo”.

La Virgen del Carmen, por su densa historia, no solamente goza de una gran popularidad sino que ha sido fuente de inspiración para los artistas de todos los tiempos, comenzando por Masaccio en el Trecento italiano hasta Goya, pasando por Velázquez, Murillo, Gregorio Fernández, la Roldana y el Tiépolo en Venecia. Ninguna advocación mariana en la Iglesia Santa de Dios presenta tantas facetas inspiradores para el arte como Nuestra Señora del Carmen prefigurada en la Nubecilla Eliana, Abogada del Purgatorio y Patrona de las gentes del mar.

sábado, 19 de junio de 2021

PADRE JOSÉ LUIS GAGO: UN APÓSTOL DE LAS ONDAS DE RADIO

 

PADRE JOSÉ LUIS GAGO:

 

UN APÓSTOL DE LAS ONDAS DE RADIO

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La iglesia conventual de san Pablo y san Gregorio, en Valladolid, ha acogido este sábado pasado (19 de junio 2020) la apertura de la causa de canonización del fraile dominico y periodista José Luis Gago del Val. Durante muchos años fue director del programa Pueblo de Dios en TVE y consejero y director general de la Cadena COPE.

La fama de santidad del padre José Luis Gago de Val (Palencia,1934- Valladolid, 2012) era conocida entre todos los que le tratamos, pues yo estuve con él durante tres años conduciendo en la COPE “El espejo de la sociedad”. Por eso creo que la apertura de su causa no me ha sorprendido nada.

“Donde esté yo, allí también estará mi servidor”. Es la promesa de Jesucristo que como un rayo de luz ilumina nuestra vida. Nuestra fe se sostiene en la promesa de su Palabra y en el hecho que el Señor ha venido a compartir nuestra vida para que nosotros podamos compartir la suya. Ha venido para acompañarnos en cada paso, por lo que también nosotros podemos decir con san Pablo: “en la vida y en la muerte estamos con el Señor”. Nos acompaña como luz de Dios para guiarnos y enseñarnos a vivir. Sus servidores son los que viven a su luz y tratan de reflejarla y transparentarla.

Ciertamente hay personas entre nosotros, servidores del Señor en sencillez y autenticidad, que son “luz”: Reflejo y resplandor de la luz de Dios. Algunos tal vez hablen del padre Gago como “voz”, tantas veces oída en la radio o escuchada en la predicación. Pero antes que “voz”, lo que José Luis Gago fue para mi fue “luz”.

Las personas que son luz viven centradas en lo que realmente importa en la vida: En el amor, la esperanza y la fe, en la compasión y la alegría. Distinguen bien entre lo que importa y lo que no, y se entregan a ello sin confusión y sin reserva. No les tienta la fama, ni el poder ni las apariencias. Construyen su vida sobre lo fundamental, y por ello resisten en las inclemencias. El padre Gago fue una persona que supo ver dónde está lo importante y valioso de la vida, y supo atenerse a ello con fuerza.

El padre Gago quiso iluminar como predicador de la Buena Noticia. No se sirvió nunca de su profesionalidad para otros intereses que no fuera el servicio a la causa del Evangelio y de la fe de la Iglesia. Sus muchas cualidades personales y pastorales no ensombrecieron un ápice su carácter afable y delicado, sencillo y fraterno. Elegante en sus modales y sus formas, caballeroso por fuera, pero sobre todo “por dentro”; noble, íntegro, trabajador y alegre, con su inteligente chispa de humor sin ironía. No hay duda de que su exterioridad reflejaba la luz de una rica interioridad “habitada” y auténtica.

Al conocer al padre Gago pudimos vislumbrar un destello claro de luz y del amor de Dios en esta tierra; de lo que es capaz de hacer el amor de Dios en nosotros cuando encuentra un corazón bondadoso, generoso y fiel como el de José Luis.

José Luis encarnó el estilo del dominico de hoy, del predicador que acredita la voz de su palabra con la nobleza de su vida; arraigado en la tradición dominicana, en sus costumbres y devociones, sobre todo a santo Domingo y san Martín de Porres; descubridor de los nuevos lugares y “púlpitos” de predicación, y renovador de los lenguajes para llegar mejor al hombre de nuestros días; modelo de lo que está llamado a ser el comunicador cristiano: Aquel que transmite con pasión el mensaje que él mismo cree y vive en comunidad y que transparenta el estilo evangélico. Como todas las personas que son verdadera luz, sabía que la luz no le pertenece, sino que uno debe tratar sencillamente de transparentarla y ofrecérsela limpia a Dios y a los demás. Y como hombre de luz nos ha dejado como legado la única herencia verdadera que nos dejan las personas luminosas: la fe y la alegría.

Su último libro se titula “Gracias, la última palabra”. De este libro quiero transcribir una de sus “miniaturas” --como llamaba a sus pequeños destellos de predicación radiofónica--, para que sea la luz de su propia palabra la que dé más intensidad hoy a nuestra esperanza y confianza. Dice así: “De tal manera nos hemos acostumbrado a sentir como propia y autónoma la vida y la conciencia de existir, que hemos llegado a creernos que esta aventura de vivir es cosa nuestra, que nadie es acreedor nuestro en este milagro, que solo cada uno, pequeñas criaturas, ha hecho posible este prodigio de estar de pie, erguidos sobre esta tierra áspera y rocosa, es verdad, pero pedestal y cimiento de nuestro ser hombres en ella.

Te doy gracias, Señor, por esta vida mía en la que he sufrido y de la que he disfrutado. Nacido en tiempo y lugar adecuados, elegidos por Ti y, en consecuencia, óptimos. Tan propios, que no me imagino otros padres mejores ni otro momento más tempestivo que los que tuve. Repaso las circunstancias de mi infancia, de mi juventud y del restante recorrido de mi vida, hasta el día de hoy, y me ratifico en que solo encuentro desaliñadas e inertes aquellas que yo, por mis torpezas, he torcido. Aun así, con el hato de mi vida a la espalda, solo palabras obligadas y de bendición tengo hacia Ti y solo besar puedo la tierra que Tú pisas.

Debo también agradecerte el torrente de vida volcado sobre millones de millones de criaturas, seres que has creado, capaces de pensar como Tú piensas, y de amar como amas, miríadas de mujeres y hombres que viven, que han vivido y los que vivirán, creados y mantenidos por Ti, que somos expresión de que es fecundo y generoso tu amor. Déjame asimismo arrodillarme ante el misterio de tanta vida humana dolorida, humillada, truncada y destruida: sé que la harás fecunda y algún día gloriosa. Pero, mientras, repárteles pedacitos, al menos, de nuestra propia vida, tantas veces abusada, despilfarrada por nosotros mismos. Haz Tú por ellos lo que nosotros no hacemos. Gracias por enseñarnos a vivir. Amén”.

Hoy nos corresponde a nosotros cantar las alabanzas de una persona entrañable, delicada, trabajadora y amante de la orden de santo Domingo. Nos toca reconocer todo lo bueno que ha sabido realizar entre nosotros y, por ello, dar gracias a Dios de haber podido convivir, disfrutar y haber compartido la misma fe, en este trecho de nuestro camino, con él. Dios premie su bondad y su anhelo por dejar entrar a Cristo en las ondas de la radio. Y Dios reciba nuestro agradecimiento de todo lo que  aprendimos junto a él.

El primer paso para la beatificación de este gran profesional de la comunicación se ha dado. El padre Gago fue un referente profesional para toda una generación de periodistas cristianos. Esperemos que este proceso culmine y lo sea para la Iglesia universal.

 

 

martes, 15 de junio de 2021

FUNERAL DE MIGUEL PRIMA

 

 

 

HOMILIA EN EL FUNERAL DE MIGUEL PRIMA

 

 

Hermanos concelebrantes, familiares, y miembros de las diversas hermandades y cofradías del Cabañal, hermanos todos.

Nos hemos reunido para despedir los restos mortales de nuestro hermano y amigo en la fe Miguel Prima y celebrar juntos la Vida en Cristo Resucitado: Sed bienvenidos, y gocemos de la presencia misericordiosa de Dios Padre que nos impulsa y nos acoge en la acción sanadora y en gozoso de su Espíritu.

La vida y la muerte llegan sin avisar, como presencias invisibles y compañeras que entretejen nuestro caminar y nos sorprenden en un inesperado encuentro, cara a cara. Y aunque de improviso llegan, en el silencio de nuestras esperas las encontramos y las abrazamos.

Vivir la vida sabiendo que a la vuelta de la esquina nos encontraremos con nuestra  franciscana “hermana muerte” da un sentido diverso, --radicalmente diverso--, a lo que somos y a lo que hacemos.

En la profundidad de la conciencia de lo efímero de la vida, de su debilidad y caducidad, abrazada por la enfermedad, se encuentra aquel hondo instinto a vivir para siempre la sincera aspiración de la eternidad, que hizo exclamar a santa Teresa de Ávila:

 

“Vida, ¿qué puedo yo darle

a mi Dios, que vive en mí,

si no es el perderte a ti,

para merecer ganarte?

Quiero muriendo alcanzarte

pues tanto a mi amado quiero,

que muero porque no muero”.

 

Así han sido los últimos años de nuestro hermano Miguel Prima.

En los últimos años su vida se fueron llenando con la Eucaristía, -- vida eucarística --  con la meditación y oración, y con lecturas de carácter espiritual que estaba realizando y sobre todo con el dolor y achaques que le iban acompañando en este último período de su vida. Dentro de este clima Miguel supo envejecer y supo mirar su vida a la luz de la mirada de Nuestra Señora de los Ángeles de la que era un gran enamorado. Como un franciscano más se ha encontrado con María, reina de los Ángeles. En esta mañana, queremos celebrar este encuentro y este abrazo.

La muerte de nuestro querido Miguel nos lleva a cantar las maravillas que obra Dios en nosotros y en su mundo, y nos invita a manifestar la grandeza de una vida que ha derrochado bondad, generosidad y pasión.

Sea este un encuentro en el que no sólo compartamos nuestro dolor por su marcha entre nosotros, sino una oportunidad para bendecir y alabar al Dios de nuestra historia y de nuestra fe por el regalo de su vida, manifestado en Cristo Salvador, y por todos los gestos y jalones de su historia compartida, que han sido semilla de nueva vida.

Conocí a Miguel cuando llegue a esta parroquia, un 29 de septiembre de 1990. Descubrí, muy pronto, su magnífica condición humana y cristiana, toda ella volcada a las tareas de la Comunidad Parroquial. Diríamos con palabras humanas que me encontré con un hombre santo; un santo de cuerpo entero. Su vida entregada a la catequesis, a la HOAC ,al apostolado seglar y eucarístico, a la religiosidad popular de las diversas parroquias de este arciprestazgo san Pio X ,marcaba sus líneas de actuación. Vivió todos sus años con una vida apasionada entregada a Jesucristo, a su Madre María y a los demás.

El texto evangélico de la parábola del grano de trigo nos ayuda a entrar en el corazón de la historia de nuestro querido Miguel: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24) Se nos habla de una opción decidida por el amor. Quien ama es feliz y tendrá vida eterna. Con estas palabras, Jesús nos hace la propuesta de una vida concreta y singular: Amados para amar. Su fidelidad creativa al Padre lo conduce a entregarse, sin reservas, con un amor sin límites. Por él –por su amor incondicional-- lo dará todo, hasta entregar la vida. Éste es el misterio que estamos viviendo en esta Eucaristía.

Vivir dando vida no es fácil. Pero es lo que hizo Jesús. Con Él vamos recorriendo el camino de la vida, a través de encuentros y desencuentros, con nuestras fragilidades y nuestros dones, nuestros cansancios y nuestras desesperanzas... Pero siempre agarrados en el sueño que nos anima y nos acompaña: Aprender a vivir como Él vivió, hasta identificarnos con su mismo estilo de vida. Esta fue la propuesta de Jesús. Y este ha sido el hilo que ha ido conduciendo los frágiles pasos de Miguel Prima; sin marcha atrás, con la certeza que Él lo soporta todo; que Él lo puede todo. En Él ha encontró la fuerza y el sentido en el caminar. Él ha sido su baluarte y su único mentor.

Y este es el camino de una vida que estamos celebrando hoy, señalado, y agraciado, por la alegría de la Resurrección de Cristo, del encuentro definitivo con el Padre. La vida de Miguel ha sido un continuo camino de encuentro y búsqueda, de pasión y de compasión. Siempre una vida orientada hacia los demás, con los brazos extendidos, en permanente e insaciable caminar... Sin embargo, un camino no exento de tropiezos y caídas, pero con la mirada siempre puesta en Aquel que le ha amado sin medida. Su vida ha sido un canto de hijo esperado y amado, prójimo, abrazado y acogido, y ha proclamado, con ágiles pasos: "Mirad qué amor nos ha tenido Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1Jn 3,1). Ésta ha sido la partitura que ha dado sentido a toda su vida. En su enfermedad, en su dolor, Dios ha venido a llenarlo con su presencia. Dios no está ausente en nuestro dolor o enfermedad, sino más cerca que nunca. Esta es la expresión creíble de nuestra fe, de nuestro espíritu de fe y celo, el pentagrama de la espiritualidad franciscana y mariana de Miguel.

Y sin duda --sin quitar méritos ni momentos de silencio y de fragilidad humana--, ése ha sido el semblante con el que nuestro hermano Miguel, en el dolor y la alegría, vivió su largos años, con los que ha entregado su vida a Dios: con profunda fe, con amor agradecido y con esperanza firme de que la vida del hombre “no termina con la muerte, sino que se transforma..., porque al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una morada eterna en el Cielo”.

Hermano Miguel: Has pasado a la otra orilla de la mano de Dios Padre, con los pies andariegos de un apostolado fecundo, singular y entusiasta, y con el corazón --aunque desgastado y averiado-- sazonado de la pasión por Cristo y por aquellos que debían conocer el Evangelio.. Tus tareas, tus trabajadas y singulares ocupaciones, tus afanes pastorales en esta Comunidad Parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles... no se han perdido, han llegado a buen puerto, y forman parte de tu memoria evangelizadora. Es el momento de sentarte junto al Padre, cara a cara, y contemplar la belleza sinfónica de su obra. Y decir, como el poeta:

Y entonces vio la luz. La luz que entraba

por todas las ventanas de su vida.

Vio que el dolor precipitó la huida

y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;

ver al Amor sin enigmas ni espejos;

descansar de vivir en la ternura;

tener la paz, la luz, la casa juntas

y hallar, dejando los dolores lejos,

la Noche-luz tras tanta noche oscura.

 

Miguel:

Gracias por tu vida fraterna. Gracias por tus desvelos creativos y apostólicos, algunas veces no entendidos, otras queridos… pero con la sabiduría cierta que has cumplido lo que Dios te tenía reservado. Gracias por tu honda y apasionada espiritualidad de los sencillos. Gracias porque nos has dado a entender que la vida, toda vida, es una conquista por parte de Él. Éste ha sido el proyecto de Dios para contigo. Nos has tejido un canto vivo y fresco que, en sus notas y en sus silencios, nos armoniza la simplicidad del Evangelio.

Que todo tu ser, tu persona, tu vida, tu incansable peregrinar, sean hoy una ofrenda agradable al Padre Dios, y se convierta en semilla de nuevas llamadas y respuestas. Te ponemos en el altar, junto con Jesucristo, víctima y sacrificio, para que, en Él y con Él, seas resurrección y esperanza, vida plena para nuestra misión, y para que ya nada ni nadie te aparte del amor de Dios manifestado en Cristo. Que Él te conserve en su paz eterna.

Desde el cielo, intercede por nosotros, por tus hermanos de hermandad, por tu familia y tus amigos que te siguen queriendo, y sigue acompañándonos para que el mundo que siempre soñaste sea más humano y más hermano.

Que tu presencia siga acompañando nuestra Comunidad Parroquial a la que siempre has amado y por el que has dado todo. Nos has dejado un gran legado: Ofrecer al Señor el deseo sincero de vivir como hermanos, arraigados en el corazón de Cristo Salvador allí donde estemos.

Desde el cielo, alúmbranos. ¡Que descanses en la paz del Dios de la Vida! María, Reina de los Ángeles en tus manos ponemos la vida de Miguel.¡Viva Jesús en nuestros corazones!

 

 

Cabañal,  15 de junio de 2020

lunes, 19 de abril de 2021

VIA CRUCIS

 

VIERNES SANTO 2021

VÍA CRUCIS

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús es condenado a muerte (Mt 27,22-23. 26)

 

 

Pilatos les preguntó: ― Y ¿qué hago con Jesús, a quien llamáis el Mesías?

Contestaron ellos: ― ¡Que lo crucifiquen!

Pilatos repuso: ― Pero ¿qué ha hecho de malo?

Ellos gritaban más y más: ― ¡Que lo crucifiquen!

Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran.

 

¡Sea crucificado! Este grito, multiplicado por la ciega pasión de la multitud, resuena a lo largo de la historia. ¿Cuántos inocentes son hoy condenados a muerte? Innumerables son los condenados a morir de hambre o por el subdesarrollo, a morir en una guerra que ellos no iniciaron, a morir por el terrorismo, por el descarte y el abandono, por no permitirles nacer o por decir la verdad y defender la justicia.

De esta condena no son sólo responsables aquellos judíos; también lo es la multitud anónima que ante el dolor de los inocentes mira hacia otro lado y prefiere a Barrabás, símbolo de quien devuelve mal por mal. O tal vez nosotros mismos, cuando de forma irresponsable ponemos por delante nuestras preferencias sin valorar las consecuencias de lo que hacemos sobre el resto de la comunidad. Y he aquí que el Viviente, en quien no existe semilla de muerte, es condenado a muerte. Es Jesús quien quiere acompañar nuestra angustia y ese no saber qué va a ser de nosotros. Él, que ha vivido la angustia de una condena injusta, es capaz de compadecerse de nosotros y abrirnos caminos de esperanza.

 

 

SEGUNDA ESTACIÓN

Jesús carga con la cruz (Mt 27, 27-31)

 

Los soldados del gobernador llevaron a Jesús a la residencia y reunieron alrededor de él a toda la compañía. Lo desnudaron y le echaron una túnica roja por los hombros; le pusieron en la cabeza una corona de espinas y una caña en la mano derecha. Después, hincándose de rodillas delante de él, le hacían burla, gritando: —¡Viva el rey de los judíos! Y le escupían y le golpeaban con la caña en la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le vistieron otra vez con sus propias ropas y se lo llevaron para crucificarle.

 

A Jesús, la burla le consagra como rey. Ahí está revestido con la púrpura de los reyes, la cabeza coronada, el cetro en la mano. Pero la púrpura es la de su sangre y la sangre inocente que corre derramada por el mundo. Su corona está hecha de espinas que el suelo, maldito por los egoísmos de la humanidad, hace crecer inmisericorde. El cetro es una caña enhiesta en su mano. Y, no obstante, quienes se burlan de Él, sin saberlo, dicen la verdad: Jesús es rey de los judíos. Tal vez algún día lo sabrán, y la muchedumbre le reconocerá como rey del universo. Pero ahora sufre el desprecio y la humillación que degrada su condición de ser humano. Nosotros nos vemos obligados a tomar la cruz de prevenir o curar la enfermedad que nos amenaza. Jesús, que cargaste con la cruz injustamente y dijiste “dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien por mi causa”, ayúdanos a soportar con paciencia nuestra cruz de cada día y haz que aborrezcamos para siempre cualquier tipo de humillación que amenace la dignidad de nuestros hermanos.

 

 

 

 

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez (Lc 9, 22-25)

 

Y añadió Jesús: “Este Hombre tiene que sufrir mucho, ser reprobado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo. Quien se empeñe en salvar su vida la perderá; quien pierda su vida por mí la salvará. ¿Qué aprovecha la hombre ganar el mundo entero si se pierde o se malogra él?”

 

Después de la angustia sufrida por Jesús en Getsemaní, que le hizo sudar sangre; después de la interminable noche en las dependencias del Sanedrín, soportando un juicio amañado desde el principio; después del ir y venir del Pretorio al palacio de Herodes, como moneda de cambio que nadie quiere; después del castigo de la flagelación y las burlas de los soldados; después de cargar con una cruz insoportable, las fuerzas le abandonaron y cae por tierra. Mejor sería terminar allí mismo, pero aún quedaba camino por recorrer; aún faltaba algo por cumplir. Y a duras penas se levantó para seguir hasta el final. Le pesan a Jesús nuestras vidas. Le pesan tantas atrocidades contra el ser humano.

Le pesan nuestras deserciones y nuestro pesimismo, le pesa la falta de voluntad política y las complicidades para acabar con el hambre y con todo lo que oprime y mortifica a tanta gente inocente: niños privados de su infancia, mujeres maltratadas y prostituidas, gentes descartadas porque no interesan.

Cansados por la monotonía y atemorizados por la inseguridad, sentimos la tentación de dejarnos llevar por el desánimo o de huir hacia adelante sin tomarnos en serio las normas que preservan nuestra seguridad y la de los que nos rodean. Tal vez deseamos terminar de una vez, en lugar de seguir luchando. Acompáñanos, Jesús, en este camino doloroso, Tu que fuiste capaz de levantarte después de haber tropezado bajo el peso insoportable de la cruz. Que tu ejemplo y tu cercanía nos sostengan.

 

 

CUARTA ESTACIÓN

Jesús encuentra a su Madre (Lc 2,34-35; Jer 31,16)

 

Simeón los bendijo y anunció a María, la madre del niño: —Mira, este niño va a ser causa en Israel de que muchos caigan y otros muchos se levanten. Es un signo de contradicción puesto para descubrir los más íntimos pensamientos de mucha gente. En cuanto a ti misma, una espada te atravesará el corazón.

Pues así dice el Señor: —Reprime tus sollozos, enjuga tus lágrimas, tu trabajo será pagado, volverán del país enemigo.

 

María, mujer fuerte y lúcida, su consentimiento hace libre nuestra libertad. Si ella no hubiera aceptado ser la madre de Jesús, la Palabra viviente de Dios no se hubiera encarnado en nuestro mundo. Pero tuvo el valor de decir: “Que suceda como has dicho”. María, tú eras una joven, casi una niña, de Galilea. Entonces no podías comprender todo lo que estaba pasando, y tu rostro se tornaba serio y dulce cuando en silencio meditabas tales anuncios.

Ahora te cruzas con tu hijo, abatido bajo el peso de la cruz, y recuerdas sus últimas confidencias, como las imaginó el poeta José Luis Martín Descalzo en “Diálogos de Pasión” Cuando le dijiste: “Yo, hijo, esperaba que el hombre entendería y que habría un atajo para salvar sin muerte”, a lo que él te respondió: “Eso no es posible, madre. El mal es duro. Y sólo a golpes de auténtico dolor puede resquebrajarse. No basta simular un combate y decirte: “Mañana resucitaré”, como quien traga un vaso de ricino. No. Morir es morirse, sin trampa ni cartón, sin tramoyas teatrales o pensando: “Bebámoslo, mañana vendrá el sol”. Hay que entrar en el túnel a contra corazón, creyendo (pero sin saberlo) que hay luz al otro lado”.

Madre has seguido a Jesús por el camino de la cruz, con una espada en el corazón. También nosotros tenemos clavada la espada de la angustia en nuestros corazones. Tú, madre fuerte y dulce a la vez, sostén nuestro ánimo en nuestros amargos días; mantén viva la esperanza en nosotros; haz fecundo nuestro sufrimiento para que, cuando salgamos de nuestro túnel, seamos más hermanos, mejores ciudadanos y dóciles discípulos de tu hijo.

 

 

 

QUINTA ESTACIÓN

Jesús es ayudado por el Cirineo (Mc 15,21; Mt 16,24)

 

Por el camino encontraron a un hombre que volvía del campo, un tal Simón, natural de Cirene, padre de Alejandro y Rufo, y le obligaron a cargar con la cruz de Jesús.

Dirigiéndose a sus discípulos, Jesús añadió: —Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme.

 

Simón procedía del lejano Cirene, acaso era un inmigrante. Lo cierto es que era un campesino, como precisa san Marcos; un número más entre la gente, uno de aquellos considerados ‘malditos’ por los fariseos, porque no conocía bien la Ley. Volvía del campo con ganas de descansar junto a su mujer y sus dos hijos, y nada sabía de lo ocurrido en el Sanedrín y en el Pretorio; seguramente, nunca había hablado con Jesús de Nazaret. Un soldado romano, consciente del agotamiento del reo, se fijó en Simón, porque era de brazos robustos y espaldas anchas, y, además, era uno de esos despreciables hebreos sobre los que tenía autoridad para tratarlos como esclavos.

Simón obedeció porque había que obedecer; tomó sobre sí el madero del hombre extenuado: un harapiento como él, aunque más desgraciado. “Será ―pensó―un bandido o un alborotador”. Pero acaso un furtivo cruce de miradas abrió su corazón a la compasión, a una pasión compartida. Seguramente, Simón se hizo cristiano, pues sus dos hijos, Alejandro y Rufo, no eran desconocidos para la comunidad a la que Marcos escribió su evangelio. Hay ocasiones en las que el destino nos interpela, una cruz se nos impone, un grito de auxilio del que no es posible huir nos apremia. Esas ocasiones pueden cambiar la vida de arriba a abajo, como le ocurrió a Simón de Cirene. Este dolor o esta enfermedad, que se ha cruzado en nuestras vidas está obligando a muchos a llevarla cruz de otras personas, nos está obligando a todos a cargar con la cruz del aislamiento y del temor. ¿No será también la oportunidad que Dios pone en nuestro camino para reorientar la vida personal y comunitaria?

 

 

 

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús (Is 53,2-3; Sal 27, 8-9)

 

 

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado.

Anda ―dice mi corazón―, busca su rostro. Y yo busco tu rostro, Señor; no me escondas tu rostro; no rechaces con ira a tu siervo, tú que eres mi auxilio, no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

 

Se decía entonces que un esclavo era un “sin rostro”, y he aquí que “el más bello de los hijos de los hombres” es un pobre esclavo torturado, tanto menos presentable cuanto más se le tortura. Así es como Jesús se ha identificado con todos los “sin rostro” de la historia, con aquellos cuyos rostros han sido desfigurados por los golpes de una agresividad ciega y creciente, con aquellos a los que la droga ha robado el alma y la conciencia, con quienes son deseados sin ser amados..., con todos aquellos a quienes se les roba la infancia y la juventud con el espejismo de una falsa felicidad.

Sólo una mujer, criatura de ternura y compasión, con un decidido gesto de valentía, ha limpiado tu rostro, Jesús, tratando de quitarte esa máscara de sudor, sangre y salivazos. Tu santo rostro, Señor, ha quedado impreso en el velo de Verónica, y ese será su nombre para siempre.

¡Cuántas personas sin nombre, en estos días duros de nuestra historia limpian el sudor de la enfermedad de muchos rostros! ¡Cuántos son los que se están ocupando de que los rostros de los “sin techo” encuentren cobijo! ¡Cuántos los que descubren tu rostro, Señor, en aquellos a quienes ayudan a salir de esa espiral de destrucción hacia la que han sido arrastrados por gentes sin conciencia!

 

 

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez (Jn 12, 24)

 

“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

 

A pesar de la ayuda del Cirineo, Jesús vuelve a caer. Le faltan las fuerzas. Ya le faltaron en Getsemaní, cuando tuvo que ser reconfortado por el ángel. Le faltan las fuerzas, pero no le falta el ánimo. Y se pone en pie y sigue adelante, hacia el Calvario, hasta la cruz. Son muchos los que, golpeados reiteradamente por la vida, ya no se levantan ni quieren seguir luchando. Marcados por la desgracia, se vuelven escépticos y amargados. Los que, atenazados por el vicio, desesperan. Son muchos también los que intentan levantarse pero no pueden, porque el peso es superior a sus fuerzas o la bota del opresor los aplasta. Durante este tiempo de nuestra historia que llevamos a cuestas, han llegado a nuestros móviles noticias de todo tipo: algunas nos ayudan a mantener encendida la llama de la esperanza y alimentado el ardor de la caridad. Pero también llegan sugerencias irresponsables que banalizan la situación, noticias que especulan o mienten e, incluso, se aprovechan del dolor ajeno. Mira a Jesús que no cede y se levanta de nuevo. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal a fuerza de bien.

 

 

 

 

OCTAVA ESTACIÓN

Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén (Lc 23,27-29. 31)

 

Detrás iba también mucha gente del pueblo y mujeres que lloraban y se lamentaban. Jesús, en cierto momento, se volvió a ellas y les dijo: — Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad, más bien, por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque vienen días en que se dirá: “¡Felices las estériles, los vientres que no concibieron y los pechos que no criaron!” Porque si al árbol verde le hacen esto, ¿qué no le harán al seco?

 

Jesús, nunca tuvo enemigos entre las mujeres. Una desconocida derramó sobre su cabeza un precioso perfume, una prostituta bañó con sus lágrimas sus pies y los secó con sus cabellos. Le parecía bien que María se quedara embelesada escuchando sus palabras y dio la razón a Marta, que le reconoció como el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Una mujer cananea tuvo tanta confianza en El que se sintió obligado a decirle: “Mujer, qué grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Y otra, que llevaba doce años con hemorragias que nadie sabía curar, tocó furtivamente su manto convencida de que sanaría... Ahora, cuando camina hacia el Calvario, un grupo de mujeres rompen las normas que prohibían hacer duelo públicamente por los ajusticiados, y le acompañan llorando. Y aún tienes ánimo para agradecer su gesto y decirles: “llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”.

El mundo está empapado con las lágrimas de las madres que han perdido a sus hijos por el sinsentido del terrorismo y de las guerras. El mundo está empapado con las lágrimas de las madres, cuyos hijos les han sido robados por la droga, el dinero o el hambre. El mundo está empapado por la sangre de tantas mujeres masacradas por la violencia y la incomprensión de sus parejas. En muchos rincones de nuestra tierra lloran ahora las madres y esposas a las que la enfermedad ha arrebatado a sus hijos, esposos y seres queridos... Y el Señor, aplastado por el peso de todas esas cruces que cada día se descargan sobre sus hombros, las mira con dolor y compasión y quiere decirles que no están solas, que él también las acompaña a ellas.

 

 

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez (Mt 26, 73-75)

 

Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: “Seguro que tú también eres de ésos, pues tu habla te delata”. Entonces él empezó a imprecar y jurar: “No conozco a ese hombre”. Y enseguida el gallo cantó. Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había advertido: “Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y saliendo afuera lloró amargamente.

 

A Jesús le pesaba el odio de los escribas y fariseos, que venían tramando su muerte, le pesaba también que la masa del pueblo, siempre manipulable, hubiera olvidado el entusiasmo de aquellos días en los que pregonaban que todo lo hacía bien; pero seguramente le pesaba más la deserción de sus discípulos y las negaciones de Pedro. Y, como verdadero hombre que también era, le costaba aceptar el silencio de Dios en estos momentos. ¡Demasiado peso para que no vacilase de nuevo con la cruz a sus espaldas!

Las consecuencias de la crisis sanitaria que nos toca vivir también pesan de muchas maneras sobre no pocos emprendedores y pequeños empresarios, que ven cómo se derrumba su negocio. Y sobre los responsables de la economía, que temen los efectos de una recesión de consecuencias impredecibles. Y pesa con angustia sobre tantos obreros amenazados de quedarse sin trabajo.

En esta repetida caída, Jesús nos acompaña en medio del temor; su debilidad sana nuestra fragilidad y nos da ánimo para no abandonarnos a la desesperanza. Su mirada sanó la debilidad de Pedro; su mirada quiere sostener nuestra esperanza en esta hora.

 

 

 

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es despojado de sus vestidos (Jn 19, 23-25)

 

 

Entonces los soldados, cuando crucificaron a Jesús, tomaron sus ropas, hicieron cuatro partes y se las repartieron. Pero la túnica, como no tenía costura, sino que estaba tejida de una pieza, se dijeron: no la rompamos, sino echémosla a suertes. Y así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y sortearon mi túnica”.

 

El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, se despojó de su condición divina, se despojó de sí mismo, y aceptó ser tomado como uno de tantos. Renunció a todo aquello que es deseado como meta para de la vida: los honores, el respeto, las riquezas... Nació como hijo de unos pobres viajeros en el azar de un viaje, y le acogieron las tibias pajas de un pesebre. Mientras recorrió los caminos de Palestina, muchas veces no tuvo donde reclinar su cabeza. Y cuando su vida estaba llegando al límite, se repartieron sus vestidos, lo único que le quedaba.

El expolio de Jesús no ha terminado; ha seguido a lo largo de los siglos y continúa en nuestros días, porque “todo lo que hacéis a uno de estos, mis humildes hermanos, me lo hacéis a mí”: niños a los que se les quita la inocencia, mujeres a las que se les roba su dignidad, ancianos perdidos en la soledad anónima de las ciudades, campesinos a quienes se les quitan sus tierras, y tantos otros que han perdido su alegría y su canción. En la vivencia de nuestra historia actual, corremos el riesgo de que la pandemia nos quite la esperanza.

Miremos a Jesús despojado de todo y dejémonos arropar por él en estos momentos de vaciamiento; no estamos solos; él también sufrió el despojo de todo y, sin embargo, ha sido revestido de gloria. Sus heridas pueden curarnos.

 

 

 

 

 

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es clavado en la cruz (Mt 27,35-42; Jn 19,25-27)

 

Cuando ya le habían crucificado, los soldados se quedaron allí sentados para vigilarle. Los que pasaban le insultaban, y, meneando la cabeza, decían: — ¡Tú que derribas el templo y en tres días vuelves a edificarlo, sálvate a ti mismo! ¡Baja de la cruz si eres el Hijo de Dios! De igual manera, los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y los ancianos se burlaban de él, diciendo: —Ha salvado a otros, pero no puede salvarse a sí mismo. Que baje ahora mismo de la cruz ese rey de Israel y creeremos en él.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, María la mujer de Cleofás, que era hermana de su madre, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y, junto a ella, al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y, desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa.

 

El Maligno ya había tentado a Jesús en el desierto para que realizase prodigios fascinantes con los que convencer a la gente de su poder divino. Jesús lo rechazó con frase tajante: “No tentarás al Señor tu Dios”, porque el poder divino es el poder del amor, no de la fuerza. En este momento supremo de su existencia terrena, lo tienta de nuevo por boca de la gente y de los jefes del pueblo: “Si eres hijo de Dios, baja de la cruz”. Ni Dios ni Jesús podían acceder a esta provocación, porque aquella muerte ignominiosa y tremenda era la prueba de otra cosa: de que amaban y siguen amando a la humanidad hasta el extremo.

Junto a la cruz estaba la Madre dolorida y dolorosa, el amigo y dos mujeres, las únicas personas que se mantuvieron fieles, el germen de la primera Iglesia; los otros habían huido. La liturgia la acompaña con los piadosos gemidos, que escuchamos en el “Stabat mater”: Estaba la madre afligida / llorando junto a la cruz / de la que el Hijo pendía...

En estos días de enfermedad y muertes, también la Madre está firme al pie de la cama de los hospitales, en los que mueren muchos hijos suyos queridos a causa del coronavirus. Dejémonos acompañar por ella, con corazón piadoso y apenado, mientras brota en nosotros la oración.

 

 

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muere en la cruz (Lc 23, 44s.)

 

Era ya cerca de la hora sexta, y se hizo la oscuridad sobre todo el país hasta la hora nona, al eclipsarse el sol, y se desgarró por medio la cortina del templo. Jesús gritó con una gran voz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” Y diciendo esto, expiró.

 

Las tinieblas parecen condensarse en Jesús. El Hijo de Dios ha sufrido humanamente nuestro infierno, el infierno del silencio de Dios subrayado por las palabras del salmo: “ ¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Por un instante, ha parecido que la unidad entre Padre e Hijo se desgarraba; hasta tal punto Jesús se ha identificado con nuestra misma pregunta desesperada. Pero Jesús no duda de la bondad del Padre. Sabe que, si hasta ahora ha permanecido en silencio, ha sido porque quería mostrarnos que su amor hacia nosotros es tan verdadero que mantenía sus manos atadas para que el Hijo apurase el cáliz del dolor hasta el final, como tantas veces nos toca a nosotros. Entonces, cuando todo estuvo consumado, se escuchó que el Hijo se acogía confiadamente en las manos de su Padre: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu.” Y el abismo, por un instante abierto, se inundó con el gran soplo de la resurrección.

 

 

DECIMO TERCERA ESTACIÓN

Jesús es bajado de la cruz (Jn 20, 38-42)

 

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió autorización a Pilatos para retirar el cuerpo de Jesús. Pilatos se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo. A aquel que anteriormente había ido a verle de noche con una mezcla de unas cien libras de mirra y áloe.

 

Y cuando todo está consumado, dos hombres piadosos bajan de la cruz el cuerpo sin vida del Maestro y lo depositan en el regazo de la Madre. Tal vez sea éste el paso más entrañable de todo este camino de la cruz, por esa imagen de piedad desconsolada de la Madre y ese gesto “inútil” de estos dos hombres, que dan la cara por el ajusticiado cuando ya todo se ha consumado. Estos dos son la viva imagen de la ambigua valentía que tantas veces mostramos, cuando ya poco queda por defender.

Y de prisa y corriendo, porque se echaba encima el intangible descanso del gran Sábado, un sepulcro nuevo, prestado por uno de aquellos amigos del último momento, acoge el cuerpo sin vida del crucificado. Un sepulcro que vela la Madre en soledad.

Pero esta muerte no será la última palabra, sino la primera pregunta: ¿qué hay detrás de tanto sufrimiento, sólo la nada sin sentido? Este virus inesperado y ladino se ha llevado por delante la vida de muchos seres queridos, casi sin que sus familiares y amigos hayan podido despedirlos como hubieran deseado. No nos resignamos a que todo termine así. Jesús reclinado en el regazo de su Madre, con ese gesto de piedad, nos hace levantar la mirada hacia el cielo de donde esperamos un futuro mejor.

 

 

DECIMO CUARTA ESTACIÓN

Jesús es sepultado (Jn 19, 40s.)

 

José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas, con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Pusieron allí a Jesús, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca.

 

Las mujeres y el Espíritu velan a Jesús que duerme en el sepulcro, aunque en velatorios muy diferentes. Las mujeres, esperando que apunte el alba del tercer día, cuando ya haya pasado del descanso del gran Sábado, para ir a embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, que fue enterrado de prisa y corriendo, porque la tarde de aquel primer Viernes Santo tocaba a su fin. El Espíritu, preparando la luminosa claridad del que en adelante será ya el primer día de la semana, y tratando de contener los gemidos de una tumba, que no es capaz de contener dentro de sí al Viviente, como reconoce el himno pascual: “Muerto le bajaban / a la tumba nueva. / Nunca tan adentro / tuvo al sol la tierra. / Daba el monte gritos, / piedra contra piedra. / ¿Qué ves en la noche, / dinos, centinela?”

El único que no debía morir se nos ha entregado por amorosa fidelidad, y h ahecho de la muerte una Pascua. En la tumba Jesús duerme y sobre ella se ha pretendido poner la piedra del olvido. Pero con sus manos imperiosas aferra al Hombre y a la Mujer ―a todos los hombres y mujeres― y los recrea en la luz.

En medio del dolor que el virus está sembrando en nuestra tierra, se abre paso la aurora de la Resurrección. Esta historia, que hemos revivido en el Vía Crucis es una historia singular e insólita: la de un muerto que vive y sigue irradiando su imagen sobre el tejido de la historia humana. La última estación no es ésta, sino la irrupción gloriosa del Resucitado que, contra todo pronóstico, ha vencido la muerte para siempre, como cantará la Iglesia en la mañana de Pascua: La muerte, en huida, /ya va malherida. / Los sepulcros se quedan desiertos. /Decid a los muertos: /” ¡Renace la Vida /, y la muerte ya va de vencida!”/ Quien le lloró muerto / lo encontró en el huerto, / hortelano de rosas y olivos. / Decid a los vivos: /” ¡Viole jardinero / quien le viera colgar del madero!” / Las puertas selladas /hoy son derribadas. / En el cielo se canta victoria. / Gritadle a la gloria / que hoy son asaltadas / por el hombre sus “muchas moradas”.