martes, 8 de marzo de 2022

LA ICONOGRAFÍA PASIONAL

                         

LA ICONOGRAFÍA PASIONAL

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

Las procesiones de Semana Santa consiguen sacralizar el espacio urbano, crear un clima propicio a la conmemoración pasional, llevar las imágenes de Cristo y su Madre al encuentro de los ciudadanos, creyentes o no. Y los tronos sobre los que se exhiben las imágenes, muchas veces de enorme valor estético, se convierten en verdaderos altares.

El rito de peregrinación o procesional varía de forma sustancial de unos pueblos a otros, conforme a su historia y al carácter de sus gentes. Siendo estas la recreación plástica de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Cada pueblo ha tomado un derrotero peculiar en su configuración estética.

Las primeras Cofradías o Hermandades penitenciales tienen su origen medieval y sus manifestaciones externas pueden considerarse similares en cualquier punto de España.

En todas estas Cofradías o Hermandades hay un momento esencial, la realización de su sacramental o procesión. Se trata de la salida a la calle para efectuar una manifestación pública de fe en donde se une toda la población con los cofrades.

Y en los tiempos litúrgicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, si realizáramos una comparación desde populosas ciudades en donde el número de Hermandades es muy amplio hasta la pequeña aldea con una única procesión organizada por la humilde y sincera comunidad parroquial contemplaríamos un denominador común.

Si entramos en la diversidad de organizaciones de cada Semana Santa, en la personalidad de sus Hermandades o Cofradías tan diferentes entre sí, a pesar de lo específico de alguna de ellas como la obra de misericordia de enterrar a sus muertos, es cierto que en todos los lugares existe algo que es igual: una serie de iconografías que siempre son las mismas y están muy unidas a lo que la liturgia manda en estos días a nivel universal. Nos referimos al momento culmen en el que sale a las calles el Señor, no una imagen de un Cristo cualquiera, sino aquella a la que los lugareños ha considerado la imagen que representa a Dios hecho Hombre en dicho sitio y en un segundo lugar el momento en que el centro de atención recae en la Virgen María que acompaña a su Hijo al Calvario.

Cuáles son esas iconografías primordiales que adopta Jesús y su Madre y sin las que no existiría la catequesis plástica que es la Semana Santa. Es un número corto y simple que tiene su culmen en la figura del Nazareno con la cruz a cuestas hasta el punto de que en muchos lugares se conoce popularmente como la cofradía de Jesús o de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Se debe de añadir la imagen del Crucificado, con sus diversas advocaciones, pero no de cualquiera, sino del expirante, del que muestra el momento en que Cristo con su muerte desde su trono que es la Cruz redime a la humanidad.

La cuarta iconografía en importancia es la sucesión lógica de la anterior, la presentación al fiel del cuerpo glorioso de Cristo, el Resucitado. A este grupo hay que añadir una quinta iconografía que si bien no entra dentro del Triduo comenzado el Jueves Santo y que termina en la Vigilia Pascual tiene un desarrollo muy importante, sobre todo desde la Edad Media en la liturgia de la jornada del Domingo de Ramos, nos referimos a la entrada triunfal en Jerusalén que suele ser la que abre los desfiles, es una imagen necesaria para el comienzo de la Semana Santa, pero a diferencia de las demás, no demasiado devocional.

Junto a estas tenemos que añadir la idea de la Madre presente que sufre en la Pasión y que invita como Señora de la Iglesia a todos sus hijos a acompañarla en el sufrimiento y la meditación callada de la Pasión. En este sentido, aunque no entremos demasiado en la figura de san Juan en muchas ocasiones no sólo lo encontramos acompañando a la Virgen María o participando en algún misterio, sino en un paso propio desde el cual señala la Vía Dolorosa. Sería descabellado negar presencias como la de Santa María Magdalena o la Mujer que porta el “vero icono”, pero no aparecen con tanta frecuencia.

A estas imágenes se suman las grandes iconografías con muchas imágenes secundarias que proceden adornadas y desarrolladas de los relatos evangélicos apócrifos; que llegan incluso a representar escenas tan peculiares como el cruce del arroyo Cedrón en la ínfima traducción geográfica de una línea de los Evangelios o dogmas de fe como el manifestado en el credo apostólico y “descendió a los infiernos”.

En otras ocasiones surgen iconografías que en un momento gustaron, y con posterioridad se pierden como puede ser el caso de los lavatorios quedando reducidos y al presente vuelven a despertar el interés de nuevas fundaciones. E incluso podemos llegar a los pasos alegóricos como los del esqueleto que representa a la Muerte vencida por la Muerte de Cristo.

La iconografía de Cristo cargando en el madero los pecados de la humanidad (“Él que llevó” -- en realidad es la figura más común de encontrar en una población y aquella sobre en su propio cuerpo—“nuestros pecados sobre la cruz”) la que suele girar a nivel de veneraciones la mayoría de las Semanas Santas hasta el punto de tomar adjetivos de posesión por parte de la ciudad o del lugar donde se venera.

Es obvio que no en todas las ciudades estaban todas las órdenes religiosas, aún así de haber algunas de ellas que tuvieran una Hermandad en la que se venerara un Nazareno, sólo uno de ellos triunfaba sobre los demás; a veces incluso la historia es caprichosa y no destaca al presente el que en un principio pudiera tener más fuerza, un caso claro es el Gran Poder de Sevilla hermandad que nace en los benedictinos y pasa por muchas sedes. Desde aquí las más modernas y por lógica son de fundación secular, pero tomando lo heredado de las Hermandades regulares.

Nos encontramos también ese Cristo vestido con mayor frecuencia con rica y bordada túnica morada (alivio de luto basado en el terno litúrgico de la penitencia) que en realidad viste como un rey y que sufre como hombre, pero al mismo tiempo muestra por la riqueza que presenta incluida en el madero denota con claridad que se trata de Dios.

Ahora bien, todas las imágenes de una misma iconografía no tienen el mismo peso en esa devoción personal de los diversos nazarenos; unos gozan de su devoción asentada en un barrio, pero el interés votivo de toda la ciudad sólo lo ostenta una sola imagen con gran raigambre.

Los evangelios ponen en la boca de Cristo siete frases, las únicas que dijo desde la Cruz que tradicionalmente se conocen como las Siete Palabras. Son: Padre perdónales porque no saben lo que hacen; Tengo sed; Madre he ahí a tu Hijo, Hijo he ahí a tu Madre; En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso; Dios mío, ¿por qué me has abandonado?; Todo está consumado. Y, Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu. Estas Palabras nos llevan a la segunda iconografía en importancia; la expiración de Cristo, el momento de representarlo en la cruz sin estar vivo ni muerto (tras la pronunciación de la séptima palabra), en el justo trance en que deja la vida.

Muchas imágenes del Crucificado puede haber en una Semana Santa, pero en la que se represente este momento muy pocas; normalmente roza la unidad y si existe alguna más siempre prima una.

A nivel de catequesis plástica ha llevado a que las Cofradías que giran en torno a esta iconografía puedan denominar a su imágenes como Salvador, Perdón, Amparo, Misericordia, Buena Muerte, Concordia, o Afligidos, por ejemplo.

Existe un icono especial y bastante común en estas Cofradías que son los niños palabreros, se trata de siete niños que llevan en gallardetes bordadas en español o en latín las siete frases que Cristo dijo en la Cruz.

Adjetivos tiene la Virgen María en las letanías lauretanas y en la colección de virtudes que junto a las teologales y cardinales nos llevan a la santidad, pero sólo una va a primar sobre las demás en cada población siendo las más comunes Dolores, Soledad, Esperanza, Amargura... Estas Cofradías de Pasión comienzan a desarrollarse en un inicio en conventos de órdenes regulares entre las que hay que destacar con mucha frecuencia a franciscanos, dominicos, agustinos y carmelitas (las 4 órdenes triunfantes del II Concilio de Lyon, 1274) a las que habría que añadir trinitarios y mercedarios frente a otras muy raras en la fundación de Cofradías como pueden ser los jesuitas o cartujos. En un inicio suelen ser congregaciones de varias escuadras de las cuáles siempre una prima sobre las demás y hay que considerarla como el grupo madreo principal sobre el que giran todos los demás.

En cuanto a la Virgen María ocurre lo mismo que con el Nazareno, siempre existe una “Dolorosa” que prima sobre las demás, el porqué de una determinada con una devoción más generalizada que lleva a que la población considere que aquella es María; no existe fórmula alguna más allá de la historia de cada comunidad cristiana.

Sí es cierto que a diferencia de las iconografías de Cristo en las marianas en lugares de cierto tamaño puede haber una dualidad entre la principal dolorosa que puede salir en cualquier jornada (aunque es extraña en las primeras) y la necesaria Dolorosa del Viernes Santo por la noche o incluso del sábado santo que siempre responde o a una Virgen de los Dolores de influencia servita o al paso apócrifo de la Soledad de María.

De hecho son dos iconografías muy distintas, la servita no deja de ser una dolorosa gloriosa que recuerda el milagro de la aparición de María a san Alejo y sus compañeros que llevan a la fundación de la Orden Servita y en algunos lugares en donde la orden bien por la presencia de un convento y con más frecuencia por la rama seglar llevan incluso a que esta advocación se convierta en la patrona. Son una clase de Hermandades que pueden presentar una interesante variación eligiendo su único día de salida el Viernes de Dolores sin repetir su manifestación pública de fe el Viernes Santo. Sí es cierto que los casos en que esto ocurre suelen ser Dolorosas que pierden devoción colectiva frente a aquellas que mantienen los cultos el Viernes de Dolores y la procesión en su octava.

En realidad la Soledad a nivel general como advocación o incluso misterio representa el retiro de María tras la muerte de Jesús hasta su Resurrección, por eso se le suele representar a los pies de una cruz con un sudario.

En ambos ejemplos sí es cierto que se entiende el duelo sufrido por María y la obligación de los fieles de compartirlo con Ella, esa es la principal razón que lleva a la devoción que alcanzan las Cofradías pasionistas marianas.

Quizás Don Quijote lo definió en su locura cuando Cervantes expresa: “Iba tan puesto en llegar a los ensabanados y en librar a la señora enlutada y posteriormente el hidalgo da la razón por la que va a atacar a los disciplinantes: al punto dejéis libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras muestras que la lleváis contra su voluntad, y que algún notorio desaguisado le habedes fecho”.

En tres líneas Cervantes definía la perfección la iconografía de la dolorosa y Don Quijote el sentir doloroso que debe de trasmitir dicha imagen en los fieles.

Junto con la Dolorosa suele acompañar a las dos iconografías descritas nos aparece una tercera: Es el Cristo yacente. La fe cristiana tiene la necesidad humana de palpar que el Hijo del hombre murió. No es considerado como la procesión de un cadáver, sino la acción de mostrar el cuerpo destrozado que necesariamente tenía que estar así para resucitar, sí es cierto que la percepción de los fieles es de respeto, es un misterio que impone más que intentar buscar la devoción.

El cristiano tiene necesidad de poder certificar con su mirada que la muerte se ha producido; los fieles tienen la parquedad de ver una imagen de Cristo muerto, del Hijo del Hombre que ha terminado sus días como un mortal más y por tanto se necesita de la exposición de su cadáver al igual que ocurre en cualquier cultura, fuera de cualquier connotación religiosa.

El cuerpo sin vida debe de ser observado por los demás para entender que es cierto que ha sufrido la muerte y se pueda cerrar el capítulo final de esa vida. Por eso existe tanta desesperación cuando una persona desaparece o no se encuentra su cuerpo en un accidente catastrófico, porque los demás no han podido certificar su muerte y existe la esperanza de un regreso. Esa es la primera razón que lleva a que se muestre el cuerpo vencido, yacente de Cristo por las calles.

Es de destacar la procesión única en el mundo en la que sale un Cristo muerto y vivo a la vez. Y es que, por un privilegio papal de tiempo inmemorial, en el costado de la imagen se coloca un viril con el Santísimo Sacramento, formando una custodia.

Está perfectamente definida como el Corpus Christi del Viernes Santo de las Descalzas de Madrid. En esta magnífica procesión de Sacramento (no es un sacramental porque Cristo está presente) la Sagrada Hostia toma como viril el costado del Yacente de Gaspar Becerra (siglo XVI) y, aunque se utilizan los ternos negros que son los ideales de la jornada en esos momentos la imagen no es venerada, sino adorada porque dentro va el Santísimo.

No es el único lugar en donde existe costumbre de adorar mediante una procesión al Corpus Christi el Viernes Santo, otro caso curioso es la catedral primada de Braga en donde la Hostia se lleva tapada en una arca velada como si se tratase de un ataúd. En ese sentido no se adora a la imagen muerta, sino que se explica la necesidad de la muerte de ese templo para que en el mismo se produzca la Resurrección.

Es muy curiosa la iconografía en este sentido, pues en realidad los evangelios no cuentan lo que sucedió una vez que el cuerpo de Jesús quedó en la tumba, siquiera nadie se ha atrevido a representar iconográficamente ni por su imaginación el momento en que el Cuerpo de Jesús comenzó a tomar vida, pero sí su conservación.

No sería necesario sacar a la calle un cuerpo que posteriormente va a ser destruido o lo vamos a depositar en un determinado lugar para que la madre naturaleza actúe en el tiempo sobre él. No, se muestra en muchas ocasiones preservado sobre una urna de cristal de rica orfebrería o buena talla indicando que no es un cuerpo normal, sino aquel sobre el que se espera algo y por tanto no debe de ser destruido, todo lo contrario, protegido.

Es una idea que no sólo queda en Cristo, sino en las imágenes yacentes de la Virgen María que espera su Asunción a los cielos en cuerpo y alma, la manera de mostrar la incorruptibilidad divina de los santos para que se entienda que su cuerpo ha quedado así para demostrarnos cuál es el verdadero comportamiento de llegar a la Salvación.

Acudamos a una narración fuera de la religión como el cuento de “Blancanieves y los siete enanitos”, (Grimm, Jacob (1785-1863) estos introducen a la bella niña en una urna para que no sea corrompida y pretenden velarla infinitamente, quizás esperando el milagro que no es otro que el amor del príncipe azul: reposando en su ataúd sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.

Volviendo a los Santos Sepulcros son Hermandades que salen a la calle entorno a las vísperas del Viernes Santo, aunque existen algunos lugares en donde pueden utilizar la tarde de la jornada del sábado santo acercándose mucho a la inminente Vigilia Pascual y responden a diferentes orígenes desde las que nacen en muchas ocasiones del ritual de desclavar a Cristo de la Cruz a aquellas que van desde su fundación en una orden religiosa hasta las seculares, más comunes.

Es muy normal que se hable de la oficialidad del Santo Entierro, aquella cofradía que cierra los desfiles y es acompañada por representaciones de todas las demás, así como de las autoridades civiles y del clero porque en el fondo es la que explica que toda la catequesis vivida en los días anteriores tenía como finalidad representar ese final sin el que no se puede entender el paso siguiente y es que Cristo tenía que morir para vencer a la muerte con su Resurrección.

Esa es la siguiente iconografía la de mostrar el cuerpo glorioso de Cristo el domingo de resurrección, la de no buscar entre los muertos al que vive; un paso que si bien puede faltar en algunas Semanas Santas se intenta solventar y con iconografías muy diversas a lo largo de la historia ya que es muy difícil de representar lo inexplicable, ¿cómo es un cuerpo resucitado?

Los propios evangelios dejan claro que ese cuerpo no era igual y al principio no es reconocido, así María Magdalena lo confunde con un hortelano, los discípulos de Emaús no lo reconocen hasta que no parte el pan y en la pesca en el lago Tiberiades tampoco se muestran conformes hasta que san Juan lo dice y nadie se atreve a preguntarle si en verdad era Él porque lo sabían.

La Vigilia Pascual y el encendido del Cirio con el reparto de la Luz de Cristo, estando el templo a oscuras, es quizás la mejor manera de recordar la Resurrección, si bien la falta de un sacramental de unas claras connotaciones gloriosas parece ser que en muchos lugares chocaba con la lógica --es difícil entender lo que es el Cirio Pascual para el pueblo llano-- y era necesario que los fieles vieran al Hijo del Hombre vivo creándose una Hermandad con la misma oficialidad que tienen los Santos Entierros, pero en la principal jornada que existe en el catolicismo; unas veces como el paso organizado por la agrupación o unión de Hermandades de esa ciudad o pueblo, y en otros casos en base a una cofradía que no suelen ir más allá del principio del siglo XX.

Los pasos pasionales de Semana Santa de riquísimas iconografías, las advocaciones y las idiosincrasias determinadas de las Hermandades son siempre sumas a la riqueza esencial, los momentos en que los fieles cristianos consideran casi de manera tangible que es la hora en que en sus calles está el Hijo del Hombre o su Madre.

 

jueves, 17 de febrero de 2022

LA CENIZA, PARÁBOLA DE NUESTRA EXISTENCIA

         

LA CENIZA, PARÁBOLA DE NUESTRA EXISTENCIA

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Me sorprende mucho cada año la seducción que ejerce la ceniza sobre la población que acude a las iglesias el miércoles inicial del tiempo de la Cuaresma. Gente diversa, más o menos acostumbrada a visitar un templo, que se encuentran atraídas por la ceremonia muy simple de la imposición de la ceniza. La gente se acerca al altar, y en silencio, a que el sacerdote le ponga con los dedos un poco de ceniza, dejándoles un más que mediano manchón sobre la frente.

La gente es muy sensible al tema de la muerte. La tradición española del tema de la muerte punza mucho la sensibilidad popular. Las bases estoicas y senequistas siguen estando presentes. El barroco destacó mucho el tema de la muerte, siendo los cuadros sobre las Postrimerías de Valdés Leal en el Hospital de la Caridad de Sevilla un ejemplo altamente elocuente. La ceniza alude también a las postrimerías.

Por otra parte existe una tendencia a poner le religioso, naturalmente abstracto e imperceptible, en motivos concretos y bien palpables. De aquí el culto a las imágenes y a toda la amplia parafernalia de la Semana Santa. Frecuentemente la población sencilla rinde más culto a una imagen que a un sagrario impersonalizado. Sorprende mucho la auténtica emoción que a las personas les produce su Virgen o su Cristo, mientras cuesta mucho más vivir intensamente una Eucaristía o un rato de oración callada. Siguiendo esta misma línea, el rezar resulta para la gente mucho más asequible que el orar. La oración verbal, la imagen bien sensible, los santos y santas claramente reconocibles, todo lo concreto palpable resulta mucho cercano para el pueblo que lo abstracto e irrepresentable. La ceniza, por todo esto, es más asequible para el sentimiento popular que el arrepentimiento o la vivencia pascual, también subyacentes en toda la celebración cuaresmal.

En la cultura bíblica, la ceniza constituye un signo que expresa la precariedad de la vida, cuando termina su existencia. Eso significaba el hecho de que sin Dios, no tenemos vida. Si nos falta Dios, a causa de nuestras propias faltas, entonces somos como ceniza; de ahí la frase bíblica: “Acuérdate que eres polvo y en polvo te has de convertir”; es decir, el ser humano, privado del Espíritu es solo materia que, eventualmente, dejará de vivir. En la liturgia anterior al Vaticano II se solía imponer la ceniza al usar la mencionada frase tomada del libro del Génesis, capítulo 3, verso 19. Actualmente se prefiere emplear las palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio”, tomada del evangelio de san Marcos 1, 15.

La ceniza era muy empleada en la cultura bíblica para expresar arrepentimiento. Cuando se cometía alguna falta contra Dios y se quería hacer penitencia, las personas se cubrían con ceniza desde la cabeza a los pies.

La ceniza es un símbolo. Su función está descrita en el importante documento de la Iglesia, núm.125 del “Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia”: “El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las Cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin: “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gn 2,7); “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gn 3,19).

En la Biblia, las cenizas son el signo que expresa la tristeza del hombre ante el dolor. “Me arroja por tierra, en el fango, confundido con el barro y la ceniza”, grita Job tras haberlo perdido todo (Job 30, 19) mientras que Tamar, hija de David, se “esparció ceniza en la cabeza” después de haber sido violada (2Sam 13, 19). Cubrirse de ceniza, acostarse en ceniza, se convirtió, lógicamente, en símbolo de duelo: “Capital de mi pueblo, vístete de saco, acuéstate en ceniza; haz duelo como por un hijo único”, pide Jeremías a Jerusalén (Jer 6, 26).

De manera más profunda, la ceniza es inseparable del polvo --los traductores griegos de la Biblia emplearon a menudo una palabra por la otra--, pues nos recuerda la procedencia del hombre antes de que Dios le insuflara la vida. “Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo», canta el salmista (Sal 103, 29), mientras Dios advierte a Adán: “Pues eres polvo y al polvo volverás” (Gén 3, 19).

La ceniza simboliza también la nada que es el hombre ante la absoluta transcendencia de Dios, que se revela a Moisés en una zarza ardiente que no se consume. Es, por lo tanto, el estado al que volverá el pecador que se aleja de Dios. Lo mismo le sucede al idólatra, que “se satisface con cenizas” (Is 44, 20) y cuyo “corazón es ceniza” (Sab 15, 10). Es también la ceniza que los profetas prometen a los pecadores: “Te reduje a cenizas sobre la tierra”, previene Ezequiel (Ez 28, 18); “Pisoteáis a los malvados, que serán como polvo bajo la planta de vuestros pies”, anuncia Malaquías (Mal 3, 21). Por analogía, al cubrirse la cabeza de ceniza los pecadores reconocen su estado y se convierten en penitentes: el rey de Nínive, tras la predicación de Jonás, «se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo» (Jon 3, 6).

Para la Biblia, sin embargo, este gesto de penitencia anticipa también la victoria para quien confía en Dios. Es el caso de Judit que, para rezar a Dios antes de combatir al babilonio Holofernes, “se echó ceniza en la cabeza y descubrió el saco que llevaba puesto” (Jdt 9, 1). Por otra parte, según Isaías, el Mesías se manifestará consolando «a los afligidos» y poniéndoles «una diadema en lugar de cenizas» (Is 61, 3).

Para empezar nos recuerda nuestra naturaleza finita, pues con polvo fuimos formados (Gn 2, 7) y en polvo volveremos a convertirnos (Gn 3, 19); Abraham, cuando suplica a Dios por el destino de Sodoma y Gomorra, empieza reconociendo su naturaleza contingente cuando dice a Dios:  “Sé que a lo mejor es un atrevimiento hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza…” (Gn 18, 27). También es señal de penitencia. El profeta Daniel, estudiando las escrituras y viendo el destino que esperaba a Jerusalén a causa de la conducta de sus ciudadanos, inicia una hermosa oración así: “Volví mi mirada hacia el Señor Dios para invocarlo en la oración y suplicarle por medio del ayuno, la penitencia y la ceniza…” (Dn 9, 3). como muestra Job cuando, al final de su terrible experiencia, se rinde finalmente de corazón a Dios hablándole así: “…y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza.” (Jb 42, 6)

Esta frase, eco de la costumbre funeraria de sentarse sobre cenizas (Est 4, 3; etc.), y con la cual Job, al final de la prueba, es consciente de que hasta ahora empieza a conocer a Dios, marca el final de la parte terrible de su historia, y da inicio a la restauración de su vida. Job ahora tiene un corazón nuevo, que es justamente el que interesa al Señor, más por supuesto que el simple hecho de recurrir a la ceniza como formalidad externa (Is 58, 5-9). Jesús mismo utilizará el símbolo de la ceniza en toda su fuerza, al hablar de ciudades cuyos habitantes han endurecido el corazón y, tal como ocurre actualmente, no quieren tener que ver nada con El aunque han visto sus milagros:

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han realizado en ustedes, seguramente se habrían arrepentido, poniéndose vestidos de penitencia y cubriéndose de ceniza.» (Mt 11, 21)

La ceniza igualmente se empleó en señal expiación por los pecados cometidos por los paganos contra el santuario de Dios, contra su Iglesia, tan atacada en estos tiempos (1 Ma 3, 45-46, ver también 1 Ma 4, 36-39, el pasaje donde se narra el origen de la fiesta judia de la Dedicación del templo).

La ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado...

La “Congregación para el culto divino” recuerda que el rito de las cenizas está muy arraigado en el pueblo cristiano y lo explica así: «[La] ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal». El gesto proviene de un rito que hacían los que estaban obligados a la «penitencia pública», imitando una práctica frecuente en el Antiguo Testamento.

No es por casualidad que la fórmula de imposición de las cenizas se tomara del libro del Génesis, en donde se narra la expulsión del Paraíso, después del pecado: «Eres polvo y al polvo volverás. Y el Señor Dios lo expulsó del jardín del Edén» (Gen 3,19ss). Durante la Eucaristía, los pecadores tenían que permanecer en el atrio del templo, expulsados de la Iglesia (verdadero Paraíso) y privados del Cuerpo de Cristo (fruto del verdadero árbol de la vida). Se sentían como si hubieran vuelto a la situación anterior a su bautismo. Cuando eran reconciliados regresaban al hogar, a la compañía de los Santos, anticipo e imagen de la Jerusalén celestial. También los catecúmenos debían abandonar el templo después de la liturgia de la Palabra, con la esperanza de poder permanecer dentro cuando recibieran el bautismo. Catecúmenos y pecadores públicos se sentían excluidos del Paraíso y de la tierra de promisión, que es la Iglesia. A medida que avanzaba la Cuaresma, crecían sus deseos de que llegara la Pascua, para incorporarse plenamente a la comunidad.

Con estos ritos expresaban que la vida es un camino, no exento de peligros, pero con una meta clara. A diferencia de los que no saben adónde se dirigen, se consideraban peregrinos, deseosos de llegar a su destino, que es la patria verdadera, «el descanso definitivo reservado al pueblo de Dios» (Heb 4,9). La Carta a Diogneto, citando a san Pablo, afirma que los cristianos no podemos identificarnos totalmente con el lugar donde nacimos, porque «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20): «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres […]. Toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña […]. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo».

El himno de laudes del miércoles de ceniza, tomado de las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, cumbre de la poesía española del s. XV, recuerda que la vida mortal es un camino hacia la eterna: «Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar; / mas cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar». Aquélla no es camino, sino ciudad permanente. Pero añade que hay que tener cuidado, porque hay peligros en el recorrido que pueden desviarnos. Para no perderse, propone seguir los pasos de Cristo, que ya nos ha precedido y nos espera en la meta.

Ya hemos visto que a partir del s. IX empezó a abandonarse la penitencia pública sacramental. La imposición de las cenizas se generalizó en el s. XI con un significado nuevo: el de la fragilidad de la vida, por lo que se convirtió en una invitación a estar preparados para cuando llegue la muerte. El himno del Oficio de lectura del miércoles de ceniza, recoge las estrofas más estremecedoras de la misma poesía que en laudes, que subrayan la brevedad de nuestra existencia. Empieza así: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, /cómo se viene la muerte / tan callando”.

Desde el s. XII, la ceniza proviene de la quema de los ramos y palmas que se usaron el Domingo de Ramos del año anterior para aclamar a Cristo como rey. Los ramos convertidos en ceniza denuncian que hasta nuestros mejores deseos se quedan muchas veces solo en palabras, en propósitos que no se materializan, en polvo y ceniza.

Este rito subraya, al mismo tiempo, la fragilidad del hombre y la confianza que Dios tiene en él, dándole una nueva oportunidad. San Clemente afirma que, en todas las épocas, Dios ha concedido una oportunidad de conversión, un tiempo de penitencia. Sucedió en tiempos de Noé y en tiempos de Jonás, de ello hablaron los profetas y los evangelistas. De tan variados testimonios hemos de aprovecharnos en este tiempo de gracia: «Emprendamos otra vez la carrera hacia la meta de paz que nos fue anunciada desde el principio y fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador del universo, acogiéndonos a los magníficos dones y beneficios de su paz».

Así pues, la Cuaresma es un «camino» (o una «carrera», en palabras de san Clemente, que evoca 2Tim 4,7) l. Se parte de la aceptación de nuestra fragilidad moral (expuestos al pecado) y física (sujetos a la enfermedad y a la muerte), para llegar a participar en la victoria de Cristo. En palabras de san Pablo, es el paso del hombre carnal al espiritual, de guiarse por los instintos a seguir las mociones del Espíritu Santo. El pecador es desobediente, como el viejo Adán; pero está llamado a vivir en comunión con Dios, como Jesús, nuevo Adán.

Que el recuerdo del signo bíblico de la ceniza, pero sobretodo su vivencia, que comienza con la imposición el miércoles y termina con la renovación de la pascua nos conduzcan verdaderamente a Jesucristo. El es el amor que no se agota, más allá de la muerte.

El miércoles de ceniza es el anuncio de la Pascua de cada uno de nosotros, el día en que el Señor nos “dará una diadema en vez de ceniza” (Is 61, 3). “Polvo seremos, más polvo enamorado”, recordando el famoso verso de Quevedo.

La ceniza es una parábola de la existencia cristiana: está destinada a la resurrección que es una “nueva creación”. La ceniza que nos recuerda el final de nuestra vida nos remite también a un comienzo nuevo cuyo referente es nuestro encuentro con Jesús. Se trata de un volver al amor primero que nos ha elegido y, en el seguimiento de Jesús, recorrer el camino que tiene como cumbre la victoria sobre la ceniza: la Resurrección, la manifestación de hombre nuevo, pleno y definitivo”.

 

 

martes, 25 de enero de 2022

APORTACIÓN DE LAS COFRADÍAS A LA IGLESIA

                     

 

APORTACIÓN DE LAS COFRADÍAS A LA IGLESIA

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

 

Presidente de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular y Delegado Diocesano de la Junta de Hermandades y Cofradías

 

 

 

Las cofradías y hermandades son una realidad eclesial, de naturaleza asociativa. Los miembros son, pues, fieles cristianos y, por tanto, mayoritariamente laicos. Su estructura jurídica es asociativa, no constituyendo en sí mismas una institución jerárquica, y se gobiernan por sus propios estatutos, que han de ser aprobados por la correspondiente autoridad eclesiástica.

Comparten con todas las formas de asociación en la Iglesia la búsqueda de la perfección cristiana de sus miembros, así como la promoción y la participación en la vida y misión de la Iglesia. Cada cofradía, se define por algún aspecto de esta vida de la Iglesia, a cuyo cuidado o realización se siente especialmente llamada.

Toda asociación canónica surge, por supuesto, de la voluntad libre de sus miembros; pero implica también siempre una llamada, una particular gracia de Dios, que hace nacer en diferentes momentos históricos estas variadas formas de vida y comunión eclesial para bien de los fieles y de la misión de la Iglesia. Las iniciativas asociativas de los fieles –y las cofradías– han de ser consideradas, por tanto, como una contribución importante para la realización del ser cristiano en cada momento, queridas por Dios.

Pues la vida de estas asociaciones es expresión de la naturaleza comunional misma de la Iglesia, y en concreto, de la dinámica de vida en el Espíritu propia de todos los fieles, aunque sus formas históricas sean siempre contingentes..

De ello habla la misma palabra “cofradía”. Muestra así la novedad profunda de estas realidades asociativas, que no son expresión de las dinámicas sociales civiles, sino que implican, manifiestan y están al servicio de la peculiar realidad de fraternidad que es la Iglesia fundada por Cristo: “Porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos”,

Se corresponde pues con la naturaleza más íntima de las cofradías el dejarse interpelar precisamente por la situación actual de la vida y de la misión de la Iglesia en nuestro mundo.

Debemos partir de una constatación sobre nuestra sociedad: No existe ya un tejido social hecho de valores cristianos, que hasta hace poco se daba por descontado. Es necesaria una “nueva evangelización”, porque la fe ha perdido fuerza en nuestras vidas e incluso resulta muchas veces desconocida en sus contenidos esenciales. Los fieles cristianos mismos tendemos a vivirla privadamente, sin la alegría y la audacia propias del creer en Jesucristo, sin mucha capacidad de comunicación.

En esta situación histórica, participando de la marcha de la Iglesia en estos momentos, ¿qué pueden significar más específicamente las cofradías, qué pueden aportar?

Conviene considerar, en primer lugar, la significación de la dimensión asociativa como tal de las cofradías para la vida de fe de los cofrades; pues el bien de sus miembros es siempre finalidad primera de toda asociación de fieles.

Los frutos de esta vida asociativa son de dos géneros: los derivados de asumir así el propio ser cristiano con un gesto personal y libre; y los provenientes del fin y de la actividad específica de la asociación, en este caso la devoción viva por el misterio de la pasión redentora de Cristo.

Así pues, ser miembro de una cofradía significa en primer lugar una forma concreta de participación en la vida de la Iglesia. Establece un vínculo que reafirma la propia relación con la Iglesia, y ello es en sí mismo un bien. Pues el ser cristiano no puede quedarse en lo abstracto, sino que necesita formas de realización, relaciones vividas, experimentables. Esto es de particular valor en el momento presente, en que la relación del fiel con la Iglesia como “pueblo de Dios” concreto y visible, como comunidad viva, no puede ya darse por descontada. De modo que la salvaguardia por las cofradías de su identidad más propia, cristiana y eclesial, es ya un servicio primordial para la fe de sus miembros.

Esta dimensión eclesial primera de las cofradías se ha expresado también en su preocupación por la vida espiritual, e incluso temporal, de sus cofrades. Esto ha significado, por ejemplo, el interés en que los participantes en las “estaciones de penitencia” se confiesen y comulguen, en la visita a los hermanos enfermos, en que reciban los últimos sacramentos, con frecuencia en la existencia de sufragios por los miembros difuntos; e incluso en el auxilio en especiales necesidades de naturaleza más temporal. Esta dimensión de caridad y solidaridad, de atención a los necesitados, ha podido tener gran importancia en la historia de algunas hermandades.

Al mismo tiempo es verdad, sin embargo, que las cofradías no se identifican con el todo de la Iglesia ni de la vida cristiana de los fieles.

Las cofradías de Semana Santa, brotan de un especial sentido de la fe del pueblo cristiano, que mira con devoción grande el misterio de la redención cumplido por nuestro Señor en la Cruz.

Son realidades del segundo milenio, enraizadas en la Edad Media y desarrolladas sobre todo a partir del siglo XVI. Tienen en común con la fe de los primeros siglos la defensa de la figura de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; pero responden a las preguntas modernas, agudas tras la “reforma” del siglo XVI: ¿dónde encuentro a un Dios misericordioso? ¿quién es Jesucristo para mí? ¿cuál es su victoria sobre el mal?

La sensibilidad por la Encarnación, manifestada en la contemplación de todos los aspectos del camino que hace humanamente el Señor Jesús por nuestra redención, está en el centro de la fe cofrade. En los padecimientos, en la paciencia infinita, en los sacrificios cumplidos por nosotros hasta el final, ven los fieles la grandeza incalculable del amor de Cristo por nosotros, comprensible, visible y conmovedora –sobre todo para quien se sabe parte del mundo pecador y causa de sufrimientos.

Ver y sentir de nuevo el drama de la pasión y de nuestra salvación en sus manifestaciones principales, percibidas en toda la densidad de la experiencia humana –de dolor y de amor inmenso– del Hijo de Dios, es una verdadera salvaguarda de la fe del fiel cofrade.

La fe adquiere así un realismo extraordinario, tanto en referencia al Dios en quien creemos, al que confesamos hecho hombre y Salvador; como con respecto al mundo y al hombre, al fiel cristiano, que se reconoce pecador, llamado al cambio, a la penitencia y al amor verdadero, es decir a la conversión.

En nuestra época es especialmente relevante seguir afirmando la fe en Jesucristo, es decir, percibiendo el significado de su humanidad, en la que Dios se revela y nos salva. Pues existen multitud de presentaciones de su figura que, con la excusa del conocimiento histórico, interpretan a Jesús al final como un hombre más en la historia del mundo.

El Vaticano II respondió ya a estas formas modernas de pensamiento –desarrolladas sobre todo al hilo del racionalismo y de filosofías e ideologías de los siglos XIX y XX–, mostrando cómo en Jesús tiene lugar la comunicación de sí definitiva que Dios hace a los hombres, manifestada sobre todo en la obra de la Pasión. No obstante, la lucha por la comprensión de la persona histórica de Jesús sigue muy viva en nuestra sociedad, ya no sólo en los debates científicos, sino también con los grandes medios actuales de comunicación.

En este contexto, se comprende la actualidad plena de la vocación cofrade y el servicio que puede prestar a la salvaguardia y a la comunicación de la fe en Jesucristo. Este es, por otra parte, el camino adecuado para poder conservar la fe en Dios, tan puesta en cuestión y tan expulsada de la vida en nuestro tiempo. Hoy día, en efecto, es convicción de muchos que Dios no existe y, en todo caso, que no cambiaría nada la vida.

Comprender el amor de Dios es posible contemplando al Crucificado y Resucitado. Y ello hace posible creer verdaderamente en Dios, sabiendo que no cuestiona, sino que crea y defiende la libertad de cada uno, llamándonos a la tarea de la vida, a la dignidad del amor. La fe en Cristo, propia de una cofradía auténtica, enseña al mismo tiempo, cuál es la dureza del pecado, la frialdad del desamor en el hombre, la tendencia hacia la muerte, que han de ser vencidas para que la vida cambie, para que el hombre, su corazón y su alma, se salven. El hermano cofrade sabe muy bien y testimonia con su presencia pública que la fe en Dios, que nos ha amado así, ilumina y cambia la vida profundamente.

Este es, pues, el testimonio de fe que las cofradías dan en la actualidad, el que deben cuidar por encima de todo, su contribución más específica: la fe y el amor verdadero por Aquel a quien llevan en su “paso”. Y así encontrarán las cofradías la razón permanente de su vida y de su unidad.

jueves, 20 de enero de 2022

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS EN EL 156 ANIVERSARIO DE “LAS PROVINCIAS”

                 

 

 

 

 

 

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS

EN EL 156 ANIVERSARIO DE “LAS PROVINCIAS”

 

 

 

Madre de Dios y Madre nuestra, Madre de los Desamparados:

Gracias por visitar nuestro lugar de trabajo.

Tú nos has puesto en el camino para ser misioneros de tu luz y tu verdad;

concédenos el don de satisfacer en todos los momentos la nobilísima necesidad

de la inteligencia por conocer la verdad del acontecer humano.

Para que al hacerlo con respeto y oportunidad,

estemos ensanchando cotidianamente los dominios de la Verdad

 y preparando a las voluntades los dominios al servicio del bien.

Que lleguemos a ser desde las columnas de nuestro periódico

esos maestros, eso obreros, esos soldados, esos hermanos del pueblo

de cuya misión se espera orientación y enseñanza.

Desde nuestro lugar de trabajo hemos vuelto nuestros ojos hasta tu imagen,

Tú, que te consideraste la humilde esclava del Señor,

que dijiste “sí” al plan de Dios en tu vida,

nos enseñas a ponernos confiadamente en las manos de nuestro Padre.

Tú, que serviste a Isabel, nos enseñas a servir a todos los hombres nuestros hermanos.

Tú, que buscaste y hallaste a Jesús en el templo,

nos enseñas el sendero hacia el que es Luz del mundo;

Tú, la mujer atenta a las necesidades de los novios de Caná,

nos enseñas a fijar nuestra atención en los más necesitados.

Tú, que estabas de pie ante la Cruz de tu Hijo,

nos enseñas a no desesperar ante las dificultades que vamos encontrando.

Te pedimos, Madre de los Desamparados, que nos protejas, que guardes a tu pueblo,

que veles por todos y cada uno de nosotros.

Haz que nuestras columnas periodísticas defiendan las causas nobles de nuestro pueblo.

Haz que informemos para orientar.

Que critiquemos para construir.

Que provoquemos la risa con el fin trascendente de evitar el llanto.

Haz que nuestro trabajo esté inspirado en la Luz de la Verdad

y en la ley de la Justicia;

para que así, logremos hacer ágil lo que es sólido,

hacer atractivo lo que es serio,

hacer alegre lo que es Santo y dar a las Verdades Eternas

el aire de sorpresa apasionante de las últimas noticias.

Entonces, Señora y Madre de los Desamparados,

Tu que fuiste oyente de aquel que dijo ser el Camino, la Verdad y la Vida,

esperamos nos concedas todo aquello que pueda realizar nuestra misión de periodistas.

 

(Valencia 22 de enero de 2022)

 

Antonio DÍAZ TORTAJADA

Sacerdote-periodista

 

 

PLEGARIA QUE SE LEYO EN LA REDACCIÓN DE “LAS PROVINCIAS” CON MOTIVO DE LA VISITA DE LA IMAGEN

martes, 18 de enero de 2022

             

2 de febrero

 

 

LA CANDELARIA O LA FIESTA DE LA LUZ

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

 

La conmemoración litúrgica de la Presentación de Jesús en el Templo y la purificación de María, es una de las celebraciones cristianas más enraizada en la religiosidad popular de nuestros pueblos, llamada Candelaria, fiesta de las Candelas o fiesta de la luz, es una fiesta popular católica, advocación mariana muy arraigada de España así como en Hispanoamérica.

Qué duda cabe que en nuestra religiosidad popular la Virgen María ocupa un lugar de gran relieve.

Dice una canción popular:

“Cuarenta días Señora estuvisteis recogida/en el portal de Belén guardando la ley divina./No viene a lavar sus manchas la sin mancha concebida/viene a cumplir con la ley que Dios puso a las paridas.

María como es tan pobre no le ofrece a Dios cordero/que le ofrece dos palomas como reza el Evangelio./El corazón de la Virgen fue partido de dolor/al oir la profecía del anciano Simeón”

Esta fiesta siempre ha tenido un marcado carácter popular. Los fieles, de hecho asisten con gusto a la procesión conmemorativa de la entrada de Jesús en el templo y de su encuentro, ante todo con Dios Padre, en cuya morada entra por primera vez, después con Simeón y Ana.

Esta procesión, que en Occidente había sustituido a los cortejos paganos licenciosos y que era de tipo penitencial, posteriormente se caracterizó por la bendición de las candelas, que se llevaban encendidas durante la procesión, en honor de Cristo “luz para alumbrar a las naciones”.

Además las comunidades cristianas son sensibles al gesto realizado por la Virgen María, que presenta a su Hijo en el Templo y se somete, según el rito de la Ley de Moisés, al rito de la purificación. En la religiosidad popular el episodio de la purificación se ha visto como una muestra de la humildad de la Virgen, por lo cual, la fiesta del 2 de febrero es considerada con frecuencia la fiesta de los que realizan los servicios más humildes en la Iglesia.

La primera noticia de esta conmemoración nos la da Egeria en su peregrinación a Jerusalén a finales del siglo IV. Se llamaba “Quadragesima de Epiphania” porque entonces se celebraba aún el nacimiento también el seis de enero, es decir, el catorce de febrero.

Junto a la Presentación del Señor como primogénito, motivo central de la fiesta pese a su título mantenido hasta la última reforma del calendario romano, en la que también María cobra una importancia especial por la profecía de la espada, va pareja la purificación de María, pues toda mujer que pariera un varón debía presentarse para su purificación acaba la cuarentena, rito al que se somete por humildad. Ambas ceremonias se reseñan y aparecen en Lucas 2, 22: “Cumplidos los días de la purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor”.

Desde Jerusalén esta fiesta se fue extendiendo por Oriente. En Constantinopla, donde se celebraba ya a principios del siglo VI, tenía ya esta fiesta un carácter mariano muy marcado, pues se invitaba en ella a recurrir a la intercesión mariana y la corte imperial la celebraba en el templo mariano de la Blancherna.

El Emperador Justiniano I, en agradecimiento por atribuir a la intercesión mariana el cese de una epidemia, en el 542 extendió su celebración a todo su Imperio como día festivo. Se trasladó al dos de febrero porque la Navidad ya había sido fijada el veinticinco de diciembre.

Originalmente, la fiesta de la Candelaria se llamaba “Ipapante”, palabra griega que significa encuentro, en referencia al encuentro entre Jesús, María y José,y Simeón y Ana en el templo. Se ha atestiguado desde el siglo IV, en Oriente, y posteriormente, gracias al Papa Sergio I, también se extendió en Occidente.

A Roma la debieron llevar los monjes bizantinos. Según el “Liber Pontificalis”, la fiesta de la Purificación, a la que, según la ley mosaica tuvo que someterse María, se celebraba ya en Roma con carácter mariano en el pontificado de Sergio I (687-701), de origen sirio.

El título de Purificación aparece por primera vez en el “Sacramentario Gelasiano” (siglo VIII), y se cree de procedencia galicana, aunque este tema no desempeña papel alguno en los textos eucológicos que se centran en la figura de Jesús, aunque pasó al Misal Romano, hasta la reforma de 1969, en que pasó a denominarse de la Presentación del Señor.

San Cirilo de Alejandría, a principios del siglo V, ya habla de las candelas. En Roma aparece ya la procesión de los cirios en el Orden de San Pedro, del 667, que es ratificada por el citado Sergio I, por lo que la fiesta recibe el nombre popular de Candelaria. El origen de las luces quizá provenga de que estas procesiones eran nocturnas.

Esta procesión en Roma tenía un marcado carácter penitencial, pues la comitiva pontificia iba descalza, con ornamentos primero negros y luego morados, color que se conservó hasta la reforma de 1969. Debió adquirirlo, lo que se cree a partir de Beda, como desagravio por los Amburbalia, fiesta pagana de purificación de la ciudad, que consistía en recorrer la muralla procesionalmente llevando las víctimas a sacrificar una vez acabado el itinerario, celebrada por última vez el 394. Aunque era una fiesta movible, se solía celebrar en febrero.

La primera bendición de las candelas se remonta a finales del siglo IX y era precedida de la bendición del fuego como en la vigilia pascual: se interpreta como una fiesta de la luz como símbolo de Cristo, basándose en la profecía de Simeón: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

La bendición solemne de las candelas empezó en la Iglesia galicana en el siglo X, y de ahí se fue difundiendo con lentitud. En Roma se documenta por el “Sacramentario” de Padua, en una adición del mismo siglo X. En la Península Ibérica, ya presente en el siglo XI, y después por el resto de Europa.

Esta fiesta conocida popularmente como la “Candelaria” tiene un alto componente de religiosidad y fervor popular, cuyas raíces se entroncan con la siembra de la fe de muchos de nuestros pueblos con siglos de vivencia de fe y de amor respetuoso hacia la Santísima Virgen. Es una de las celebraciones cristianas en las que la religiosidad popular ha introducido desde antiguo muchísimas costumbres y tradiciones: como el usar velas, luces o candelas para significar que Cristo es luz; presentar niños en el templo como hicieron los padres de Jesús en su tiempo; suelta de palomas como en la ofrenda que llevaron entonces José y María al anciano sacerdote Simeón…

En muchos pueblos los niños nacidos en el último año son presentados a la Virgen y se bendicen a las madres poniendo de manifiesta la antigua bendición “post partum” La bendición post-parto es un momento especial de la madre con Dios, y sería una hermosa práctica volver a hacerla propia.

La fiesta de la Presentación del Señor y Purificación de María conserva un carácter popular, tanto en lo religioso como en lo culinario. Sin embargo es necesario que esta fiesta responda verdaderamente al sentido auténtico de la misma.

No resultaría adecuado que la religiosidad popular, al celebrar esta fiesta se olvidase el contenido cristológico, que es el fundamental, para quedarse casi exclusivamente en los aspectos mariológicos; el hecho de que deba “ser considerada como memoria simultánea del Hijo y de la Madre” no autoriza semejante cambio de la perspectiva; las velas, conservadas en los hogares, deben ser para los fieles un signo de Cristo “luz del mundo” y por lo tanto, un motivo para expresar la fe.

 

 

miércoles, 5 de enero de 2022

SAN ANTONIO ABAD, ENLAZA CON NUESTRO TIEMPO

 

 

SAN ANTONIO ABAD, ENLAZA CON NUESTRO TIEMPO

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

San Antonio, San Antonio Abad, o San Antón, está integrado dentro de lo que se podría tomar como el estrato antiguo de santos de devoción cristiana bien enraizado en la religiosidad popular.

La historia de las devociones populares es una historia de desplazamientos de objetos de devoción hacia unas u otras figuras de santos o advocaciones cristológicas o marianas. Tal vez, mucho más viejas que la propia referencia cristiana que el santo proporciona, sean las prácticas festivas asociadas al santo que se suponen procedentes de celebraciones paganas anteriores.

Entre esas prácticas se encuentra el culto al fuego. Sin embargo es más que probable, que la celebración a este santo no sea la única que haya recogido los cultos al fuego (o del fuego) pues es sabido que prácticas rituales con tratamientos variados del fuego están muy repartidas a lo largo del año, bastante más que en relación con las transiciones solsticiales o equinocciales. Inevitablemente salta aquí la cuestión de las supervivencias y se cruza con la siempre mal tapada irrupción del paganismo en los cultos cristianos. Pero ambas cuestiones no pueden ser resueltas tan sólo con las referencias en torno a una manifestación festiva como ésta y han de dejarse una vez más en suspenso.

Según Julio Caro Baroja, las vidas de los santos son la “parte narrativa que ilustra la parte dogmática”, aquella que se expresa tanto en los decretos de la Iglesia como en los textos de teología.

El desierto estuvo presente en la historia del pueblo judío desde el abandono de Egipto, con sus posteriores cuarenta años de marcha por el desierto hasta Israel. Y también en las profecías: “Voz que clama en el desierto: Preparad el camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane” Así hablaba el profeta Isaías, y así continúa Cristo, cuando acude al encuentro con Dios mediante la oración en las montañas. Lo que diferencia al monje eremita de cualquier otro cristiano es la energía desplegada en su esfuerzo o la perfección que el monje trata de expresar en su vida cotidiana.

Los orígenes del monacato y de sus características primeras son oscuros. No obstante, debemos señalar el extremo rigor de las primeras prácticas de las comunidades cristianas que fueron configurándose en núcleos poblacionales pequeños o en verdaderos yermos. Especialmente, en Egipto. Fue en los desiertos de la Tebaida donde el propio san Antonio se retiró y predicó sin ser visto. El monacato como idea o concepto fue obra de san Atanasio, obispo de Alejandría y primer “hagiógrafo” de san Antonio: Con su “Vita Antonii” elaboró el perfil del santo anacoreta, paradigma de lo que será el monacato, del cual el obispo fue uno de sus principales hacedores. Más que una biografía propiamente dicha fue un “espejo de monjes”; intenta proporcionar a los monjes un ejemplo insigne para que lo imiten.

Pero san Antonio no fue el primer anacoreta en el sentido monástico que vivió separado de los hombres, pues el retiro espiritual era cosa muy extendida en Egipto, sobre todo entre las clases bajas de la sociedad copta, con algunas excepciones y provenientes, en general, de un mundo ingenuo, rudo, sin refinamientos de ninguna clase. Así era el propio san Antonio. Pero la extrema soledad no era tan exagerada como nos la han pintado desde entonces. De hecho, era habitual que se visitasen unos a otros. Tal es el caso de san Antonio y su visita a san Pablo de Tebas, al cual vio morir en su retiro.

Hay muchos elementos en la “Vita Antonii” de san Atanasio comunes al monacato como concepto y, una vez constituido en órdenes, como regla: El combate espiritual con los demonios, la oración continua, la importancia de la lectura [que en el caso de San Antonio no se da, pues era analfabeto] y la meditación en la vida del asceta; la armoniosa conjunción de una amplia actividad pastoral y una vida de oración y contemplación; el ascetismo como sucedáneo del martirio; el dinámico concepto de la vida espiritual como un continuo crescendo.

Llama la atención que san Antonio no leyera la Biblia constantemente durante sus soledades en el desierto, al ser analfabeto, sino que, precisamente sin conocer la Biblia más que de oídas durante los oficios religiosos, practicase dicha vida de virtud y ejemplo. Esto realza aún más la figura del santo, pues aun sin conocer a fondo los textos fundamentales del cristianismo, pasa a convertirse en modelo de santidad por su propio ejemplo, infundado, por la gracia divina. San Antonio era un “alma sedienta de Dios”.

La “Vita Antonii” presenta el monacato como un movimiento ascensional y eminentemente dinámico, que, en vez de decrecer y aquietarse con los años, se va acelerando más y más; la misma muerte aparece como el último estadio terrestre y, por así decirlo, la consumación de este perpetuo superarse.

Este carácter de ascensión tiene una clara intención escatológica de la narración, encaminada constantemente hacia ese éxtasis de la muerte que “salva” al santo de no ser un mártir, pero que, sin embargo, sí muere por Dios. Esa ascensión se plasma en las vidas de san Antonio, que comenzaron a escribirse a partir del modelo y fuente primaria de la “Vita Antonii” de san Atanasio, mediante la “tensión narrativa”, que es la que capta la atención del lector y lo hace empatizar con el santo, entrando en comunión con su vida y viéndose en él reflejado: Es el elemento que podemos denominar como carácter catárquico presente en las vidas de santos.

La “Vita Antonii” es uno de los textos cristianos más populares de todos los tiempos. Desde su composición por el obispo Atanasio en el 357 d. C., (es decir, inmediatamente después de la muerte del eremita) la obra ejerció una influencia enorme y se convirtió en un texto indispensable para la formación de todo monje que se preciara durante la Antigüedad Tardía y la Edad Media. Su legado alcanzó incluso la Edad Moderna.

La particularidad de este santo, abstracto en tanto que paradigma del santo anacoreta, aun en su soledad del desierto se nos presenta como un personaje ejemplar.

Los datos puramente biográficos de san Antonio son los siguientes: Nacido entre los años 250 y 252, cerca de Coma, Egipto, de familia cristiana y dueña de una gran propiedad, la cual vendió a la muerte de sus padres, cuyas ganancias repartió entre los pobres, tras lo cual ingresa a su hermana en un convento y él se retira al desierto, por donde estuvo vagando durante toda su vida. Primeramente, va al desierto para buscar al primer anacoreta, Pablo de Tebas, el cual, y al hilo de los procesos de beatificación y canonización posteriores, fue declarado como primer ermitaño en el catálogo de los santos, gracias al testimonio de San Antonio.

En el desierto, san Antonio es tentado con los recuerdos de su perdida y holgada vida familiar, primero, y con incitaciones eróticas por parte del diablo, que se le aparece en forma de mujer muy bella. Todas estas tentaciones soporta san Antonio mediante la firme insistencia en la oración. Tras esto, se traslada a una zona más alejada en el desierto, donde encontró unas ruinas en las que se encerró. Allí volvieron a encontrarle el diablo y sus secuaces, quienes esta vez le torturaron físicamente hasta el borde de la muerte, pero nuevamente su fe se afirma aguantando estoicamente.

Tras veinte años encerrado, se decide a marchar hacia el monte Kolzim. Allí obró milagros con personas enfermas y también con animales, lo que luego le valdría el ser asociada su figura con un pequeño cerdo que le acompañará en sus representaciones iconográficas, así como las fiebres denominadas como “fuego de san Antón”.

En el año 311, sale del desierto. Por entonces el emperador Maximino se encontraba realizando una de las últimas purgas contra los cristianos del Imperio romano. A causa de esto, san Antonio casi se gana el martirio, pues se encontraba en Alejandría consolando a los cristianos durante el traslado de unos mártires. En el 317, estando nuevamente entre las montañas del Egipto Medio, hubo de regresar a Alejandría para rebatir a los arrianos, que lo hacían partidario de su causa (no sabemos hasta qué punto esto es cierto, pues la hagiografía de san Atanasio probablemente fuese escrita con fines de legitimación eclesiástica).

La biografía de san Antonio abad -- el “Flos Sanctorum” de Villegas -- comienza con la visión que Juan narra en el libro del Apocalipsis, la promesa del Reino de los cielos a aquellos que han “salido con victoria en el suelo, en la guerra que el demonio, enemigo común, nos hace”. Una de esas victoriosas almas es la de san Antonio Abad.

El momento más importante en la vida de san Antonio fue su conversión: Siendo él y su hermana poseedores de la hacienda y los bienes legados por sus padres tras su muerte, reflexionaba sobre la lectura de los Hechos de los Apóstoles, en la que se cuenta cómo la primitiva Iglesia de Jerusalén y sus apóstoles vendían sus bienes, se bautizaban y repartían las riquezas entre los pobres; escuchó esto justo mientras entraba en la iglesia a la que solía ir, cuando el diácono estaba cantando el Evangelio, y a la sazón decía aquellas palabras que dijo Cristo a un joven: a quien [estaba] exhortando a que fuese perfecto. Si lo quieres ser, le dice, ve, y vende tu hacienda, y dala a los pobres, y ven, y sígueme”. A Antonio pareció que estas palabras iban dirigidas a él.

En este primer episodio de la vida de san Antonio, tenemos la primera hierofanía de todo el relato, manifestada no por milagros ni apariciones celestiales, sino por la palabra, demostrando con este caso que la lectura de la Palabra de Dios y la Eucaristía son parte activa de la religiosidad, llegando a convertir a ricos en pobres por propia voluntad: inmediatamente, Antonio vendió sus posesiones, dejó un poco para su hermana, la llevó a un convento de monjas y repartió el resto entre los pobres. La primera virtud, pues, del santo, está directamente conectada con la Iglesia primitiva: El voto de pobreza, la humildad, el desprecio por lo material.

La conclusión de Villegas para la vida de san Antonio es una explícita defensa de los santos: “Tienen los santos particulares privilegios de Dios para interceder por particulares necesidades y trabajos”. El particular don de san Antonio, según Tomás de Aquino y según cita Villegas, es el de repeler el fuego: “No sólo de enfermedades que tienen ese nombre, sino del infierno, librando Dios a muchos que tienen con él devoción”. Nuevamente se defiende el papel intercesor de los santos ante Dios.

San Antonio es un santo muy popular y sobre él cabe admitir que se ha focalizado de forma muy acusada la religiosidad popular. Su culto sirve como expresión muy clara de cómo las apropiaciones populares se han producido una y otra vez estimuladas por iniciativas eclesiásticas y se han desarrollado según los modos propios las prácticas propuestas, aunque eso suponga frecuentemente derivas luego consideradas heterodoxas o inapropiadas.

En ocasiones pueden haber sido tenidas como resistentes a las innovaciones por mantener otras más antiguas. Es el caso de algunas de las prácticas asociadas a este santo, como la representación del cerdo junto al santo en las imágenes, las entradas de los animales, las danzas y representaciones en recinto sagrado y con diablos, la bendición del fuego o los saltos sobre él, etc.

La “popularidad” del santo implica prácticas y creencias diversas y entre ellas un tratamiento de familiaridad que muy expresivamente trasmiten las coplas que se cantan en torno a la fiesta, pero también todo el discurso común que se intercambia en ella. Tan reveladora familiaridad se casa difícilmente con la gravedad de la representación iconográfica (un santo asceta, heroico por haber sobrevivido al desierto) y con los valores formalmente atribuidos a las imágenes y advocaciones religiosas. Del mismo modo y en relación de polaridad también se ha hecho “popular” en este caso (y en algunos otros) la incorporación de las figuras de los demonios al culto y a la celebración festiva, en una dirección bastante diferente de la presencia que tiene en el arte religioso.

Es reconocido que la fiesta tuvo sus tiempos álgidos en las poblaciones rurales antes de la industrialización del campo y muy generalmente se ha destacado que estaba llamada a desaparecer porque la reducción de los animales de trabajo y transporte en las áreas rurales llevó comúnmente a pensar que el santo se había ido quedando sin “oficio”, aun cuando en algún pueblo se mantuviera la fiesta cambiando la bendición de animales por la bendición de maquinaria agrícola. Pero es tal vez sorprendentemente una fiesta resucitada. Por doble proceso. Las mismas poblaciones que la abandonaron, más tarde la hicieron revivir, animada por un impulso revitalizador de tradiciones perdidas en busca casi siempre de aliento para una identidad necesitada de revigorización.

Y por otra parte, resucitada con la incorporación de un nuevo objeto de la protección del santo, los animales de compañía (urbanos casi todos ellos), tan extremadamente variados en su especie como variada es la intención de los dueños en hacerlos desfilar, mientras el celo eclesiástico estimula su acogida en la iglesia (el entorno de la iglesia) como un programa de acomodación a los nuevos tiempos. De los animales-útiles a los animales-adorno, san Antón no parece haber cambiado demasiado de oficio.

Y de esta forma imprevista la fiesta liga las referencias más viejas a supervivencias de pasados remotos a las modernas compañías de la soledad urbana, relaciona las viejas cofradías con las sociedades protectoras de animales y dibuja una continuidad entre la tradicional explotación ganadera y la creciente sensibilidad ecológica y de defensa de la diversidad biológica.

San Antonio no sólo hace interseccionar “naturaleza y cultura”, sino también lo santo y lo demoníaco, lo rural y lo urbano, el culto al fuego remoto y la nueva sensibilidad ecológica.