domingo, 24 de abril de 2022

El “Lignum Crucis” o “las astillas de Dios”

                                    El “Lignum Crucis” o “las astillas de Dios”

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Con los primeros días de mayo la Cruz Resucitada y Resucitadora ha salido a nuestras calles. Se construyen en esquinas y plazas de nuestros pueblos y ciudades cruces de flores. Sin duda, su origen religioso gira en torno a los festejos populares en torno a la fiesta litúrgica de la hallazgo  de la Santa Cruz promovidos por los franciscanos desde el siglo XIV, denominados de la Cruz Verde o Vera Cruz. En los ámbitos rurales iban acompañados de la bendición de los campos y rogativas por el buen tiempo.

Se exorna una cruz desnuda con flores silvestres y se le levanta un altar con telas y elementos suntuarios de las casas: velones, calderos de cobre, cacharros de cerámica, etc. Por otra parte hay un segundo modelo, en que la celebración está estructurada a través de hermandades o cofradías que tienen a la Vera Cruz como titular, o que veneran la Cruz desnuda.

“Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, --nos indica el “Directorio de piedad popular y liturgia”-- adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas del Lignum Crucis. La “invención de la Cruz”, acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz”.

“No obstante, la piedad respecto a la Cruz, --añade el citado Directorio-- con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos”.

La fiesta de la hallazgo de la Santa Cruz es propia de la Iglesia de occidente. Tradicionalmente se ha creído que esta fiesta fue primeramente adoptada por la liturgia galicana, titulada De inventione Sanctae Crucis, asignándola al tres de mayo.

La elección de la fecha, unos la vinculan a la leyenda de Judas Ciriaco, divulgada a principios del siglo VI, cuya fiesta se celebra el día siguiente, cuatro de mayo, y que fija la hallazgo del Lignum Crucis el tres de mayo y hace remontar la fiesta al propio mandato de la emperatriz Elena. El Liber Pontificalis dice al respecto en el pontificado de Eusebio (309): Él fue obispo en el tiempo de Constantino. Mientras él era obispo, la Cruz de nuestro Señor Jesucristo fue hallada, el tres de mayo, y Judas fue bautizado, que es también llamado Ciriaco.

El 3 de mayo se conmemora el descubrimiento en el año 326 de la verdadera cruz de Cristo. El santoral católico lo reconoce como la celebración del hallazgo de la Santa Cruz.

La tradición cristiana recoge que el emperador romano Constantino, en la batalla en que derrotó al tirano Majencio, tuvo la visión de la imagen de una gran cruz resplandeciente en el cielo, en la que se leía la leyenda “Cum hoc signo vinces” (‘con este signo vencerás’). Constantino venció y de inmediato reprodujo una magnífica cruz bordada en su estandarte imperial en oros, esmaltes y piedras preciosas. Con ese estandarte como bandera continuó luchando con históricas victorias. Su madre, santa Elena, conocedora de la devoción que su hijo profesaba a la Santa Cruz y apoyada en los relatos que contaban que los seguidores de Jesús habían enterrado la cruz en la que el Mesías había muerto, se trasladó a Jerusalén, mandando excavar en el monte Gólgota hasta que se encontraron tres cruces. Luego, la emperatriz ordenó que pusieran tres enfermos sobre ellas y cuentan que uno sanó.

Más tarde, colocaron tres cadáveres, uno sobre cada cruz, resucitando el que fue puesto sobre la misma cruz en la que el enfermo había recobrado la salud. Desde ese momento, la fe católica aceptó esta Cruz como aquella en la que murió Cristo.

La cristiandad asumió como signo de fe la llamada cruz latina. Su culto se expandió por todo el orbe católico. La mitad de esta milagrosa cruz se quedó en un templo en Jerusalén; la otra se envió a Constantinopla, donde el emperador mandó poner un trozo en el interior de una estatua suya; el resto viajó hasta Roma. De la parte que se quedó en Jerusalén, cuenta el que fuera obispo de esta ciudad, san Cirilo, que se cortaron muchos fragmentos sin que disminuyera su tamaño, de lo que fue este santo testigo ocular.

También recoge la tradición que fueron encontrados los tres clavos con los que prendieron a Cristo sobre la cruz, por lo que santa Elena ordenó que uno se preparara y pusiese en la corona imperial y otro en el tascafreno del caballo de su hijo Constantino. El tercero lo arrojó al mar para calmar una tempestad, aunque volvió flotando sobre el agua y fue recuperado por la emperatriz, que más tarde lo regaló a la iglesia de Tréveris. Por su parte, Constantino dio libertad a los cristianos (terminaba la persecución) para ejercer su culto en el Imperio. Se cuenta que, en el lecho de muerte, el emperador pidió ser bautizado en la fe de la Iglesia.

El culto positivo a la Cruz, como referencia privilegiada al sacrificio redentor de Cristo, nace en Jerusalén, y a su desarrollo confluyen fundamentalmente estos factores: el desescombro del Gólgota, con la erección allí de una basílica memorial, el hallazgo de la Santa Cruz, con el consiguiente reparto de reliquias, y el rescate y devolución de la sagrada reliquia jerosolimitana por el emperador Heraclio en el siglo VII. En occidente se centra, además de en el Viernes Santo, en las dos fiestas creadas en su honor: la del catorce de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz, y la del tres de mayo, hallazgo de la Santa Cruz.

A partir de la hallazgo de la Santa Cruz por santa Elena que había viajado al frente de una delegación de su hijo el emperador Constantino prometida al obispo Macario en el concilio de Nicea para desenterrar y embellecer los lugares en los que se selló el Misterio Pascual, se empieza a rendir culto positivo al Lignum Crucis, con la extensión de éstos, y se pasa finalmente al de la Cruz en general como símbolo de la redención.

La hallazgo debió ocurrir en la primavera del 326, porque de Jerusalén fue santa Elena a Constantinopla, y de allí a Roma, donde “murió entre el abrazo del hijo y de los nietos” el mismo año, última vez que su hijo Constantino visitó la Urbe, el vigésimo primero de su reinado, entre los meses de julio y septiembre; la tradición señala el día de su natalicio el dieciocho de agosto. Ya una década más tarde el emperador Juliano el Apóstata (361-363) reprobaba a los cristianos por rendir culto al leño de la cruz, por signarse con ella y por grabarla en los vestíbulos de los edificios, a lo que san Cirilo de Alejandría le contesta que el “leño saludable” trae a la memoria la muerte salvadora del Redentor.

En cuanto a la extensión de las reliquias de la Vera Cruz, son muy importantes los testimonios de san Cirilo de Jerusalén que encontramos en sus Catequesis, pronunciadas en el 347 ó 348, es decir unos veinte y pocos años después del hallazgo y unos trece de la consagración del Martyrium, en las que se presenta el leño de la cruz como testimonio de la realidad de la Encarnación y Pasión del Señor. Dice san Cirilo: “Él fue verdaderamente crucificado por nuestros pecados, lo que, si quisieres negarlo, te convencería este conocido lugar, este dichoso Gólgota en el que ahora estamos congregados por causa del que aquí fue clavado en la Cruz, y todo el orbe está ya lleno del leño de la Cruz, seccionado en fragmentos”. En otra, encontramos la siguiente afirmación: “Hay muchos testimonios verdaderos de Cristo. […] Es testigo el santo madero de la Cruz, que se contempla entre nosotros hasta el día de hoy y por los que, impelidos por la fe, separan partículas de éste y desde aquí ya poco más o menos han llenado casi completamente todo el orbe”.

La última referencia de san Cirilo dice: “La pasión, pues, fue verdadera, pues verdaderamente fue crucificado, y no nos avergonzamos; fue crucificado y no lo negamos, es más, me glorío cuando lo digo. Pues si lo negare, me lo haría constar ese Gólgota, junto al que ahora todos estamos presentes; me lo haría constar el madero de la Cruz, que en partículas desde este lugar ha sido distribuido ya por todo el orbe”.

El culto a la Vera Cruz estaba ya más que consolidado a mediados del siglo IV. A partir de la extensión de éste sobre todo para la adoración del Viernes Santo, donde no había reliquia se empezó a venerar una simple cruz, con o sin crucifijo.

En el Missale Romanum clásico, anterior a 1962, podemos encontrar dos fiestas en honor del árbol de la salvación desde la Edad Media: la fiesta del hallazgo de la Santa Cruz, el tres de mayo, reducida a calendarios particulares en la reforma del calendario universal de 1962, y la de la Exaltación de la Santa Cruz, el catorce de septiembre, que tiene categoría litúrgica de fiesta en el actual calendario romano ordinario y que es compartida con las Iglesias orientales. Las solemnidades y fiestas del Señor que se distribuyen en el tiempo ordinario del año litúrgico subrayan o desarrollan aspectos del misterio pascual de Jesucristo. No son repeticiones, porque, además, contemplan la obra de la Redención desde una óptica distinta. Se hace la conmemoración desde una perspectiva diferente. Mientras que en el propio del tiempo lo hacemos siguiendo a los sinópticos, que nos acercan detalladamente a la figura de Jesús partiendo de su infancia de una manera cronológica, en estas fiestas se vive desde el prisma joánico, con una visión teológica unitaria desde la globalidad del misterio pascual --Pasión, Muerte, Resurrección-- en el tiempo de la Iglesia.

La primera fiesta litúrgica de la Cruz, la del catorce de septiembre, surge a partir del aniversario de la dedicación del complejo jerosolimitano del Santo Sepulcro el trece de septiembre del 335, según Egeria (Itinerarium, cap. 48-49). Aunque cuando ella hizo la visita estaban las dos basílicas terminadas: Martyrium y Anástasis, dicha dedicación ocurrió antes de terminar la de la Anástasis. El cuerpo principal del conjunto era una basílica de cinco naves que el arquitecto Zenobio hizo levantar, llamada Martyrium, porque era memoria de la pasión, pues se alzaba sobre el lugar del hallazgo de la Santa Cruz. Su ábside estaba frente a la cámara sepulcral. La fachada se abría al Este, al cardo maximus.

San Adamnano de Iona (+704), siguiendo a san Arculfo, que había realizado un viaje a Tierra Santa en torno al 680, compuso en el 698 su descripción de los Santos Lugares. Cuando habla del Martyrium dice: “[basílica] levantada en el lugar donde fue hallada la Cruz del Señor, con la otras dos cruces de los ladrones, escondida bajo tierra, después de doscientos treinta y tres años, por merced del Señor”. Un atrio porticado comunicaba esta basílica con la rotonda de la Anástasis, construida en torno a la cámara sepulcral, individuada del resto del terreno. En el ángulo sudoriental del patio se encontraba a cielo abierto la cima del Gólgota, que se elevaba poco más o menos como la altura de un hombre, a cuya cima conducía una escalinata, y en cuya cumbre se erguía una cruz maciza, adornada de oro y piedras preciosas, hecha colocar allí en torno al 385 por el emperador Teodosio”.

El Arcediano Teodosio, norteafricano, con ocasión de una peregrinación suya a Tierra Santa, alrededor del 530, también vincula la fiesta del hallazgo, y dice: “Hallazgo de la Santa Cruz, cuando fue hallada por Elena, la madre de Constantino, en XXVII calendas de octubre [15 de septiembre] y por un periodo de siete días en Jerusalén, allí, junto al sepulcro del Señor se celebran misas y la propia Cruz es expuesta”.

Otros la hacen remontar a la Apparitio Crucis en Jerusalén el siete de mayo del 351, cuya memoria al pasar a occidente se vinculó al hallazgo del santo madero y quizá por error de lectura se fijó el tres de mayo. Los textos eucológicos de la misa pasaron a la redacción galicana del Sacramentario Gelasiano, y en época carolingia a los libros romanos. Hay quien opina, que esta fiesta del tres de mayo es de origen romano y aun anterior allí a la del catorce de septiembre. La celebración solemne de este día, en cualquier caso, se puede constatar desde el siglo VII; en el siglo VIII, la fiesta penetró en la Galia con la reforma litúrgica carolingia, y finalmente entró en el Misal Romano de 1570.

Esta fiesta aparece, por otra parte, lo que viene a reforzar la tesis galicana, en Hispania, en muchos calendarios y fuentes litúrgicas mozárabes. Sin embargo, la fiesta del catorce de septiembre no figura en ningún calendario hispánico, por lo que debió introducirse con el rito romano.

Terminemos esta reflexión con las palabras de san Alfonso María de Ligorio, el gran maestro napolitano de la vida espiritual del siglo XVIII, que resumen todo el contenido del símbolo de la Cruz para el pueblo cristiano: “Peleemos, pues, señores, todos juntos debajo de la Santísima Insignia de la Cruz, no sólo crucificando la vanidad de las razones heréticas, por la oposición de la santa y sana doctrina, sino crucificando también entre nosotros al antiguo Adán, con todas nuestras concupiscencias, para que, conformes a la imagen del Hijo de Dios, cuando este estandarte de la Cruz se vea plantado sobre los muros de la Jerusalén celeste, en señal de que todas sus riquezas y magnificencia serán concedidas a los que hubieren valerosamente combatido, podamos tener parte en estos ricos despojos, que el Crucifijo promete en recompensa del ánimo y valor de sus soldados, que es el tesoro de la inmortalidad.

  

jueves, 7 de abril de 2022

EL RESUCITADO SE “ENCUENTRA” CON SU MADRE

 


                     

EL RESUCITADO SE “ENCUENTRA” CON SU MADRE

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Diocesano de Religiosidad Popular

 

 

 

En muchas localidades de nuestra geografía, en la mañana del Domingo de Pascua, se representa en forma de procesión el “encuentro” de Jesús resucitado con su Madre, la Virgen María. Aunque se trata de un dato no reflejado en la Escritura, la Iglesia lo ha hecho suyo a través de la Religiosidad Popular: son, todas, expresiones cultuales que exaltan la nueva condición y la gloria de Cristo Resucitado, así como su poder divino que brota de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

La Religiosidad Popular ha intuido que la asociación del Hijo con la Madre es permanente: en la hora del dolor y de la muerte, en la hora de la alegría y de la resurrección.

La afirmación litúrgica de que Dios ha colmado de alegría a la Virgen en la Resurrección del Hijo, ha sido, por decirlo de algún modo, traducida y representada por la Religiosidad Popular en el “encuentro de la Madre con el Hijo resucitado”: la mañana de Pascua dos procesiones, una con la imagen de la Madre Dolorosa, otra con la de Cristo Resucitado, se encuentran para significar que la Virgen fue la primera que participó, y plenamente, del misterio de la Resurrección del Hijo.

La reflexión teológica y litúrgica del encuentro de María con el Resucitado se ha convertido en un momento culminante de la Semana Santa de nuestros pueblos y ciudades al solemnizar así el domingo de Pascua.

Ni Pablo ni Marcos incluyen expresamente a la Madre de Jesús entre los cristianos. Más tarde, Mateo y Lucas ponen de relieve su función personal en el nacimiento de Jesús. Más tarde aún, Lucas y Juan afirmarán que ella ha sido una cristiana, suponiendo así que ha tenido una experiencia pascual. No se ha limitado a recibir con fe a su Hijo (como suponen Mateo y Lucas), sino que ha convertido en discípula de su Hijo. De todas formas, sobre el sentido de esa experiencia pascual de María hay en la Biblia una gran silencio que nosotros no queremos descorrer. Sin embargo, manteniendo un máximo respeto por lo que es desconocido, podemos y debemos esbozar algunos breves rasgos el sentido de su pascua materna.

Al hablar de una experiencia pascual de María de Nazaret la situamos al lado de María de Magdala y de Pedro, Santiago y Pablo. Estrictamente hablando, ése no es un tema bíblico, pero ha sido expuesto por algunos grandes orantes de la tradición cristiana. Ellos no son prueba, pero sí ejemplo de la forma en que millones de cristianos han imaginado la experiencia pascual de María, la Madre.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, sin embargo en ninguna de ellas se nos dice que Jesús se encontrara con su madre. Este silencio no puede conducirnos a concluir que dicha escena nunca ocurrió; al contrario, invita a los exégetas y teólogos a indagar en los motivos por los que no se refleja.

Quizá, la razón por la que el Nuevo Testamento no refiera este acontecimiento estriba en que aquellos que negaban la Resurrección de Cristo podrían haber considerado este testimonio como demasiado interesado y por tanto no merecedor de fe.

Los evangelios relatan varias apariciones de Jesús resucitado, sin embargo no pretenden hacer una descripción exhaustiva de los acontecimientos pascuales. Esto queda puesto de manifiesto al no referir aquella tan notoria en la que se apareció “a más de quinientos hermanos a la vez”, como nos recuerda san Pablo (1Co 15, 6). Ello es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.

¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cf. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo Resucitado de entre los muertos?

Aun no encontrando ningún testimonio bíblico sobre esta escena, el pueblo siempre lo creyó. Entre los “troparios” de la Resurrección que la liturgia bizantina canta cada domingo, en uno de ellos se ha conservado un breve recuerdo al encuentro de Jesús con la Virgen María: “Ángeles bajaron a tu sepulcro, y los guardianes cayeron amortecidos… Saliste al encuentro de la Virgen tú que dabas la vida. ¡Señor resucitado de entre los muertos, gloria a ti!” (Aldazábal 1992, 20).

Una antiquísima ilustración iconográfica se hace eco de esta convicción de los cristianos en el Evangeliario de Rabbula obispo de Edesa, de finales del siglo IV, conservado actualmente en la Biblioteca Laurenziana de Florencia.

Por otra parte la aparición de Jesús Resucitado a su Madre es un hecho que se daba por supuesto en la tradición recogida por Celio Sedulio, un autor del siglo V, en su poema “Carmen pascale” al afirmar que “Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre”. Así inundada por la gloria del  Resucitado, ella anticipa del resplandor de la Iglesia. Lo atestigua en la “La amarga pasión de Cristo” la beata Ana Catalina Emmerich (1774-1824), al afirmar que la Santísima Virgen le pidió a Jesucristo “que la dejase ir a morir con él”. Participó de la comunión en la última Cena y “le dijo que resucitaría y el lugar donde se le aparecería”, como de hecho sucedió.

María estuvo presente en el Calvario durante el Viernes Santo (Jn, 19, 25.) y fue modelo de la espera al Resucitado y también testigo privilegiado de la Resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del Misterio Pascual. Ella, al acoger a Jesucristo resucitado, es también un signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos. Los himnos de alegría y el Aleluya nos invitan a alegrarnos: “Reina del cielo, alégrate, Aleluya”. Así se recuerda el gozo de María con la Resurrección de Jesús prolongando el Aleluya en el tiempo pascual. Ella es también modelo de la Iglesia acompañando a los apóstoles en el cenáculo antes de Pentecostés (Hch 1,14).

San Ignacio de Loyola en una página famosa de su obra más significativa, ha evocado la más temprana aparición de Jesús resucitado. Así presenta a María como la primera que ha realizado el camino de renovación y experiencia cristiana que él propone a sus compañeros y discípulos: apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ¿también vosotros estáis sin entendimiento? (EE, 299).

Supone pues, san Ignacio, que la Biblia no ha tenido necesidad de exponer esta experiencia de la madre de Jesús, pues ella se encuentra incluida en los pasajes donde se dice o implica que el proceso de experiencia pascual no está cerrado en el grupo de personas que se citan de una forma expresa en los pasajes pertinentes. Entre los muchos a los que el Cristo se ha manifestado debe hallarse ella. Esta aparición es para Ignacio de Loyola el punto de partida de toda la experiencia pascual.

La Madre no ha tenido que salir de casa, de su casa, en la mañana de la Pascua. Ella ha visto a Jesús o, mejor dicho, ha descubierto la presencia pascual de Jesús en el centro de su vida, dentro de su casa. Todo sigue siendo normal pero todo es diferente: ella sabe desde ahora que su Hijo vive y que ella vive en él por siempre, sin necesidad de visiones exteriores.

Esta aparición debe entenderse a la luz de la experiencia previa de la anunciación (cf. Lc 1, 26-38). Pero ahora ya no viene a saludarle el ángel del Señor; viene el mismo Jesús, Hijo de Dios. En vez de pedirle colaboración, Jesús le ofrece ya su gloria. Es normal que la Religiosidad Popular haya situado esta Pascua Mariana en el comienzo de toda la experiencia de la iglesia.

Santa Teresa de Jesús ha evocado el encuentro de una forma mucho más personal. Por eso apela a su propia experiencia de plegaria: “Díjome (Jesús) que en resucitando había visto a Nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aun no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo (por aquí entendía es otro mi traspasamiento, bien diferente; “mas ¡cuál debía ser el de la Virgen!) y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla”.(Cuentas de conciencia, 13ª, 12).

Son palabras que santa Teresa de Jesús escucha en su interior después de comulgar, en actitud de profundo éxtasis. El mismo Jesús Resucitado viene a consolarle a ella, en actitud de experiencia pascual, diciéndole de alguna forma lo que en otro tiempo había dicho a su propia madre, en el momento de primera aparición resucitada.

Notemos que Teresa se sitúa en el lugar en que se hallaba antes María. Lo mismo que Jesús dijo a su madre es lo que ahora ha venido a decirle a ella. Por eso, la Eucaristía y el gozo de Dios (de Jesús) que en ella encuentra viene a interpretarse como experiencia (aparición) pascual en el camino de su vida.

Teresa estaba triste. También María, la madre de Jesús, se hallaba triste (absorta y traspasada de dolor) después del Viernes Santo. Lógicamente, Jesús viene a visitarla y consolarla, en gesto de amor largo que aparece como principio de las restantes apariciones. También ahora ha venido, viene a visitar y consolar a Teresa, en experiencia espiritual muy honda, en relación de Pascua.

San Ignacio de Loyola presentaba el tema de un modo objetivo, es decir, como una doctrina de la Iglesia, pidiendo a los ejercitantes que la aplicaran a su propia vida. Teresa de Jesús nos ha ofrecido en cambio su propia experiencia personal: el mismo Jesús Resucitado que vino a consolar a su madre en días de gran traspasamiento (dolor), viene a consolarle a ella, en la noche de su Viernes Santo, convertido en Pascua.

La aparición pascual se entiende, según eso, como ayuda para el triste: en gozo intenso, como signo de su triunfo total sobre la muerte, Jesús viene a sostener a los que sufren. Así imagina Teresa la Pascua de la madre de Jesús; así entiende la suya, pues el mismo Jesús resucitado viene a visitarla. Así deben entenderla los cristianos: la experiencia pascual no es algo que ha quedado cerrado en el pasado, no es puro recuerdo del principio, algo que sintieron sólo los apóstoles. Santa Teresa de Jesús supone que todos los cristianos pueden asumir y actualizar de alguna forma esa experiencia pascual en clave de oración intensa, en gesto de profunda donación y entrega en manos de Cristo.

Por otra parte la tradición de la Iglesia Oriental ha interpretado esta experiencia pascual de María a la luz del relato de la Encarnación. El mismo ángel que al principio le anunció el nacimiento de Cristo vino al fin a anunciarle su victoria: así como el Adviento, también el gozo de la Resurrección fue anunciado a su Madre antes que a los demás... La Virgen que alababa y suplicaba fue la primera a quien el Hijo mostró la luz de la Resurrección (Jorge de Nicomedia, siglo IX).

La Madre de Dios recibió el feliz anuncio de la Resurrección del Señor antes que todos los hombres, como era conveniente y justo; precisamente ella lo fio antes que los demás, ella gozó de su vista... y lo oyó con sus oídos, pero también la primera y la única, tocó con las manos sus santos pies (Gregorio Pálamas, siglo XIV).

Desde este fondo se entiende la más famosa de las oraciones marianas de tipo pascual, el “Regina coeli, laetare!” que, en formas diversas, se ha cantado y se sigue cantando desde antiguo en la Iglesia. Los cristianos se unen al ángel de la Pascua que anuncia a la Madre de Jesús el triunfo de su Hijo.

Dejando correr la imaginación en la línea esbozada de algún modo por el texto de Teresa de Jesús, podríamos pensar que la Madre había preparado el camino pascual cumpliendo el duelo por su hijo. Según las costumbres judías del tiempo, los parientes más cercanos tenían que observar un luto riguroso por un miembro de la familia.

Ciertamente, Jesús había fallecido de manera ignominiosa. Pero su Madre y hermanos tenían que hacer luto. Podemos suponer que esos hermanos habían sido de algún modo sus contrarios: no habían aceptado su mensaje, le habían rechazado. Pero aunque no hubieran aceptado su proyecto en vida, conforme a la costumbre social más arraigada, tenían que llorarle en la muerte.

Pues bien, en un momento determinado, que el texto no permite adivinar, la casa del luto de la madre y los parientes se ha transformado en hogar de nacimiento, en ámbito de Pascua: el llanto se vuelve alegría, la actitud anterior de oposición de los parientes ha venido a convertirse en acogida creyente. Es normal que esta experiencia de transformación pascual haya vinculado en primer lugar a la Madre de Jesús y los parientes. Es también normal que los otros grupos de personas más relacionadas con Jesús (apóstoles y mujeres) se hayan puesto en contacto con la Madre y los parientes en la Pascua.

Las mujeres han hallado en Jesús al amigo (como indicábamos hablando de María Magdalena): han descubierto en él al verdadero ser humano, al redentor universal que convoca a todos a la misma tarea del Reino. Los parientes han visto en Jesús al nuevo y verdadero israelita que rompe el tipo de familia nacional antigua, para recrear con ellos y por ellos el Israel escatológico. Pues bien, entre ellos se encuentra la Madre de Jesús que ha recuperado plenamente al Hijo que ella había criado sobre el mundo. Sólo ella puede aportar y aporta la experiencia y amor del nacimiento humano de Jesús dentro de la Iglesia

La procesión del “encuentro” de Cristo Resucitado y su Madre María es como una luminaria de espiritualidad frente a la actitud paganizante de nuestros tiempos. Si la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe cristiana, con el encuentro de las imágenes de Cristo con su Madre se pone de relieve este misterio y paso, que despiertan profundos sentimientos de devoción y de esperanza en la Resurrección.

Los verdaderos protagonistas de la procesión y “encuentro” de Cristo Resucitado y su Madre María, no son las imágenes sino las gentes que contemplan el “encuentro”, como “cristos” de carne y hueso, que sienten vibrar sus corazones y despertar a las conciencias para la conversión hacia Dios. Se nos exige que vivamos lo que celebramos. Se nos exige también una nueva evangelización de la fe.

jueves, 17 de marzo de 2022

VIA CRUCIS POR LA PAZ

                             

VIA CRUCIS POR LA PAZ

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

PRIMERA ESTACIÓN:

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

 

Cuando el gobernador volvió a preguntarles: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Ellos contestaron: ¡A Barrabás!... ¡[A Jesús] crucifícalo! (Mt 27,21-22)

 

Estamos viviendo una etapa peligrosa desde hace décadas. El marcado incremento de las guerras en los últimos años está desbordando nuestra capacidad de afrontar sus consecuencias.

Cada año permanecen abiertos en el mundo más de treinta conflictos. El impacto directo de las guerras en las poblaciones civiles se ha ido agravando. A menudo son víctimas buscadas de los bombardeos, ataques y abusos, y cuando no, quedan atrapadas entre las facciones en liza sin posibilidad de recibir asistencia, o se ven obligadas a huir en las más adversas condiciones.

Más de dos mil años han pasado y seguimos condenando a Jesús. Detrás de cada rostro humano que padece las consecuencias de la guerra se nos está mostrando Dios condenado a muerte. Es urgente que los hombres escribamos de otra manera la historia de nuestro tiempo. Es urgente que se desbaraten las oscuras maquinaciones de los hombres malvados que provocan las muertes de los más inocentes.

Que el Padre dé sabiduría más allá de la humana a los pacificadores que buscan un camino equitativo y menos violento. Que los políticos ejerzan la sabiduría que viene de lo alto, que es pacificadora, amable, dispuesta a ceder y llena de misericordia. Perdona, al mundo que te condenó a muerte en la vida de nuestros hermanos. Y juntos, en el abrazo de la paz, nos miremos con los ojos de misericordia y de amor con los que Jesús nos mira.

 

 

SEGUNDA ESTACIÓN:

JESÚS CARGA CON LA CRUZ

 

Cargando su Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario. (Jn 19,17)

 

En el actual contexto social, la situación de nuestra vida es una vida amenazada. Vivimos angustiados. Nos sentimos frágiles. Tenemos miedo. Hoy los países padecen guerras que desencadenan las organizaciones terroristas y otras las provocan los países para prevenir la misma guerra. Las multinacionales de las armas florecen. Toda guerra es una derrota para todas las partes implicadas. El único que goza es el diablo, que baila sobre las cabezas de los cadáveres y juega con el dolor de las viudas, los huérfanos y las madres de duelo.

En la Cruz de Jesús están todas las cruces de nuestro mundo: todas las heridas, todas las violencias, todos los maltratos, todos los dolores, todas las enfermedades, todas las pandemias, todas las hambrunas, todas las injusticias, todos los egoísmos, en definitiva todas las faltas de servicio y de desamor.

A medida que trabajamos con y para aquellos cuyas cruces son las más pesadas --los hambrientos, los sedientos, los oprimidos-- tal vez nos sorprenderá lo que encontremos. Si verdaderamente buscamos el rostro de Cristo en los que viven en la pobreza, que son objeto de la discriminación, ridiculizados y olvidados, descubriremos algo nuevo sobre nosotros mismos, sobre lo que significa ser ricos y pobres, sobre lo que significa cargar nuestra Cruz y seguir en el camino de Cristo.

Cristo cargó la Cruz con valentía y entrega, pero también con una esperanza de cambiar el corazón del hombre. La Cruz que se elevará en el Calvario --la que mató a Jesús-- es el crisol donde de la muerte se pasa a la vida. Hoy, esa Cruz cobra vida en la muerte de nuestros hermanos.

Señor, que te miremos en cada uno de los hermanos. Que seamos valientes al asumir las cruces que producen la violencia de las guerras. Y que estas cesen en toda la tierra; quebrantando los arcos, destrozando las lanzas, y arrojando los carros al fuego. Que se cree una paz que sea fuerte y no débil.

 

 

TERCERA ESTACIÓN:

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

 

Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme a todo esto! Padre, ¡da gloria a tu nombre! (Jn 12, 27-28)

 

Dios ha tocado el suelo y su caída es signo de humanidad única. Sus rodillas rasguñadas por las piedras y lo áspero del terreno sumado al peso de la Cruz, debió doler esta caída. Pero el pensamiento de Jesús, estaba en la misión de salvar al hombre.

La violencia física es una de las principales causas de caídas y muerte. Poner fin a esta violencia física es sin duda importante, pero no es suficiente. El concepto moderno de violencia estructural pone de manifiesto que podemos matar sin necesidad de recurrir a la violencia directa.

Tenemos en nuestros corazones a las víctimas de desastres naturales: inundaciones, huracanes, tornados, incendios forestales. Tal vez veamos sus rostros en las noticias. Quizás vemos sus rostros a nuestro lado. Tenemos en nuestros corazones a las víctimas de la violencia: las guerras civiles que dividen naciones, la violencia armada que destruye las comunidades, el abuso y la discriminación que destroza a las familias.

Nos preguntamos cómo podemos ser mensajeros de la paz en medio de la aparente oscuridad. Dios no quiere que caigamos, pero, inevitablemente, cuando lo hacemos nos da a cada uno la oportunidad de estar de pie otra vez, mirar alrededor y evaluar nuestra situación y a nosotros mismos. ¿Dónde está Dios trabajando, incluso en el sufrimiento, el dolor, la agonía?

Te pedimos, Señor, que rescates de las manos de sus enemigos a los que se encuentran en una situación de vulnerabilidad, para que puedan vivir sin temor delante de ti todos sus días. Que en tu caída podamos ver los pueblos que están en plena guerra. Que en medio de las caídas podamos encontrar la paz. Que podamos ver en tu caída la oportunidad de levantar el reino de Dios.

 

 

CUARTA ESTACIÓN:

JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE

 

Simeón los bendijo y le dijo a María [...] A ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres. (Lc 2, 34-35)

 

Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia. Y para el forastero, el migrante, el refugiado, el prófugo y el solicitante de asilo, todas las puertas de la nueva tierra son también una oportunidad de encuentro con Jesús. Su invitación “Venid y veréis” se dirige hoy a todos nosotros, a las comunidades locales y a quienes acaban de llegar. Es una invitación a superar nuestros miedos para poder salir al encuentro del otro, para acogerlo, conocerlo y reconocerlo.

Cada forastero es una invitación que nos brinda la oportunidad de estar cerca del otro, para ver dónde y cómo vive. En el mundo actual, para quienes acaban de llegar, acoger, conocer y reconocer significa conocer y respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los han acogido.

La sangre de los cristianos asesinados por la guerra es, en esencia, el sacrificio de mártires que, lejos de debilitarla, fortalecen en la comunión de los santos a esta Iglesia peregrina y sufriente. De hecho, es la voz moral más influyente en el mundo.

Responder con violencia a la violencia lleva, en el mejor de los casos, a un enorme sufrimiento, ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares son sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes del mundo.

María tu seguiste a tu Hijo y más allá, estando presente para sus amigos, reconfortándoles en su miedo, animándoles mientras crecía la joven Iglesia. Enséñanos, María, a amar y servir a Dios tu que superaste el sufrimiento con el que te encontraste.

 

 

QUINTA ESTACIÓN:

SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ

 

En ese momento, un tal Simón de Cirene...volvía del campo, y los soldados le obligaron a que llevara la cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

 

Los seres humanos son seres sociales. Estamos llamados a vivir en comunidad. Al estar juntos, ayudándonos unos a otros, nos convertimos en las mejores versiones de nosotros mismos. Construimos un mejor planeta. Hacemos presente el Reino de Dios.

Es emocionante reconocer el plan de Dios en nuestras vidas, y darnos cuenta de cómo podemos usar nuestros dones para servir a los demás. Pero no olvidemos nunca que nosotros también estamos de alguna manera necesitados y aquellos a quienes servimos terminan sirviéndonos. Nunca debemos ser demasiado orgullosos para aceptar lo que otros nos dan.

Los refugiados son personas que huyen del conflicto y la persecución. El dar la mano cuando se requiere es una expresión maravillosa del amor cristiano. Que al igual que el hombre de Cirene, demos el paso hacia delante, hacia el hermano refugiado o aquel que vive con miedo. Acerquémonos a ellos y mostrémosles que no nos da miedo ser los cirineos de hoy.

Son muchas las causas que destruyen la paz e impiden su construcción. Una de las más importantes es: la profunda desigualdad social mundial. Desigualdad que se expresa en el simple hecho de que alrededor del uno por ciento de multibillonarios controlen gran parte de los ingresos, es decir, ingresos altísimos para unos pocos y pobreza infame para las grandes mayorías. Y el agravamiento de la desigualdad va en aumento.

Escuchamos rumores de guerras, pero tú, Señor, eres nuestra roca, nuestra fortaleza y nuestro libertador. Nuestra esperanza está en ti. Haz que seamos valientes como el Cireneo y podamos dar el paso hacia delante, alzar nuestra voz para gritar por la justicia. Que denunciemos los valores de la cultura de la muerte y los transformemos en cultura de vida.

 

 

SEXTA ESTACIÓN:

LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO A JESÚS

 

Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos (Mt 10,16)

 

La fe es una gracia de Dios para con nosotros y muchos nos movemos y actuamos por esta gracia. La Verónica responde de forma inmediata. En ese momento ella no mide las consecuencias, sólo actuó por fe y por lo que le dictaba su corazón.

El verdadero encuentro con el otro no se limita a la acogida sino que nos involucra a todos en las otras acciones como proteger, promover e integrar. Y en el verdadero encuentro con el prójimo, ¿sabremos reconocer a Jesucristo?

Como nos enseña la parábola evangélica del juicio final: el Señor tenía hambre, sed, estaba desnudo, enfermo, era extranjero y estaba en la cárcel, y fue asistido por algunos, mientras que otros pasaron de largo. Este verdadero encuentro con Cristo es fuente de salvación, una salvación que debe ser anunciada y llevada a todos. Lo que hizo Verónica no fue ni limpio ni simple. En esta estación vemos a una mujer que, literalmente, se abre camino—con su propio cuerpo—en medio del sufrimiento y la lucha, en medio de una turba donde difícilmente puede permanecer segura. Se trata de una mujer que dejó de lado las normas y tabúes culturales y decidió actuar.

El rostro de Jesús estaba golpeado y ensangrentado. Un poco de tela no iba a cambiar nada. Él estaba en camino hacia la muerte ¿por qué perder el tiempo y hacer el esfuerzo para tocarlo?

Nosotros también podemos estar tentados a pensar de esta manera cuando nos enfrentamos al desafío abrumador del sufrimiento humano. Pero nunca hay que subestimar el valor de estar presente junto a un ser humano, porque comparte el carácter sagrado y la dignidad del ser hecho a imagen y semejanza de Dios.

Señor que cuando caminemos por las calles de nuestra ciudad, compartamos los pequeños actos de bondad. Que buscamos la mirada de las personas que nos encontremos y no la desplacemos a otro lado. Que nos inspiremos en el ejemplo de Verónica, tanto en nuestras comunidades inmediatas como en nuestra comunidad global.

 

 

SÉPTIMA ESTACIÓN:

JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

 

Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados… (Col 3,15)

 

El Cristo, cansado y abatido por el peso de la Cruz, cae por segunda vez. Sabe, y tiene la certeza, de que su fin está más cerca. Pero va sólo a mitad del camino hacia el Calvario. A pesar de estar agotado encuentra la fuerza para levantarse y continuar.

Cada conflicto armado tiene unos motivos que alientan el enfrentamiento entre las partes. Ninguna guerra es igual a otra. Cada una obedece a situaciones excepcionales y solo se puede materializar en un espacio y un tiempo específicos. Sólo cambian las denominaciones, las fechas y los lugares, pero los elementos estructurales que las originan no se modifican.

La guerra no nace en los campos de batalla, entre soldados con armas, sino en el corazón del hombre. Mucho antes de empezar a guerrear, matar personas o destruir naciones, ya hemos matado a las personas mentalmente. Cuánta violencia ha sido mental antes de convertirse en violencia física. Se comienza a decir “sí” a la muerte mucho antes de decir “sí” a la violencia física.

No hay una única razón para la guerra, pero las consecuencias en todos los casos sí son comunes: violaciones de derechos humanos, aumento de las desigualdades --sobre todo entre las poblaciones más vulnerables-- y la necesidad de ayuda humanitaria para paliar el sufrimiento de las personas más débiles.

Somos tentados a darnos por vencidos en ese momento. Pero ahí no termina, la vida sigue. Todo lo que necesitamos hacer es estrechar nuestras manos con nuestros hermanos. Cristo camina cada paso de nuestro camino con nosotros y cuando lleguemos al final él estará ahí esperando para darnos la bienvenida con los brazos abiertos.

Señor, la construcción de la paz se inicia por el corazón de la persona. Porque en el corazón se genera la violencia, y de él proceden el orgullo y la prepotencia que la engendra. Que nuestros hermanos refugiados y emigrantes sean parte de nuestra familia

 

 

OCTAVA ESTACIÓN:

JESÚS CONSUELA A LAS PIADOSAS MUJERES

 

Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal… (Mt 5,38-39)

 

Jesús siempre estuvo profundamente involucrado con las preocupaciones de las personas. No se limitó a ir a los líderes políticos o religiosos para aprender acerca de lo que las personas están pensando. Jesús fue directamente a la fuente, a la persona misma. Y aquí, incluso al final de su misión en la tierra, le vemos atento a las necesidades de personas específicas, compartiendo sus propias penas y alegrías con ellas, y escuchando las suyas.

Qué tentador es asumir que somos los expertos en cada situación. Vemos dolor y sufrimiento en las noticias—ya sea en nuestras propias ciudades o en ciudades de todo el mundo—e inmediatamente saltamos a nuestros propios remedios rápidos, opiniones y soluciones. Sin embargo, Jesús señala un camino diferente: el del diálogo. Jesús nos anima a reconocer que aquellos que viven dentro de los sistemas de la opresión, la pobreza o dificultades son de hecho los más adecuados para reimaginar esos mismos sistemas rotos. Nuestra función es acompañarles y escucharles.

Necesitamos parar la espiral de violencia que se origina desde el fondo de nuestro interior y desarmar nuestras conciencias. Pero la construcción de la paz no se agota en el interior, pasa por la familia, la comunidad cristiana, por la Iglesia, la sociedad…

La construcción de la paz pasa también por el difícil terreno de las relaciones sociales. Y va precedida por la justicia.

Señor, necesitamos acoger a tantas familias que viven dispersas por el dolor, la violencia o la guerra. Hoy, más que nunca, necesitamos manos que construyan la paz. Hoy necesitamos inteligencia para trazar caminos para la paz. Hoy necesitamos corazones que acojan y amen a todos los que sufren por causa de la guerra. Necesitamos bienaventurados pies que pronto, como el mensajero del profeta Isaías, anuncie al mundo la paz.

 

 

NOVENA ESTACIÓN:

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

 

Pero el padre dijo a sus servidores: ¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies… (Lc 15, 22)

 

Y cae de nuevo Jesús. Parece sucumbir. Pero he aquí que con extrema fatiga se vuelve a levantar.

Muchos de nuestros hermanos en todo el mundo están sufriendo pruebas tremendas porque siguen a Jesús. Están subiendo con Él hacia el Calvario y con Él están también cayendo bajo las persecuciones que desde hace dos mil años laceran el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

A veces podemos sentir que hemos caído demasiadas veces. No podemos levantarnos de nuevo. Pensamos que Dios nos ha abandonado. Seguimos cayendo, seguimos fallando y estamos abrumados por la vergüenza y la culpabilidad. Nadie puede amarnos lo suficiente para que podamos seguir adelante.

¡Pero Dios no nos abandona! ¡Dios no se cansa de perdonarnos, de mostrarnos su misericordia!

Como hijos de Dios, es nuestra responsabilidad aceptar ese perdón, aceptar esa nueva oportunidad, y luego tratar el asunto de la justicia, la misericordia y la paz. El asunto de construir el reino de Dios.

La paz es la plenitud que resulta de las relaciones correctas Dios, con uno mismo, y con otras personas. Sin estas relaciones correctas, esto es la justicia, nunca disfrutaremos de la paz.

Nuestras caídas pertenecen al misterio de la encarnación. Nos ha buscado en nuestra debilidad, bajando hasta lo más hondo de ella, para levantarnos hacía él. Nos ha mostrado en sí mismo la vía de la humildad, para abrirnos la vía del regreso. Nos ha enseñado la paciencia como arma con la que se vence el mundo.

Señor, nos encontramos caídos en tierra una vez más, mientras te compadeces de nuestras debilidades. Tú nos indicas la manera de no sucumbir en la prueba: perseverar, permanecer firmes y constantes. Simplemente: permanecer contigo, Señor. ¡Ayúdanos!

 

 

DÉCIMA ESTACIÓN:

JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDOS

 

El universo está inquieto…pero le queda la esperanza; porque el mundo creado también dejará de trabajar para el polvo, y compartirá la libertad y la gloria de los hijos de Dios. (Rom 8, 19-21)

 

Impresiona sobremanera el gesto humilde y paciente de Jesús al dejarse arrancar lo único que le quedaba: la túnica. Antes se había despojado de su categoría de Dios. De todo ello, Jesús se había despojado por fidelidad a Dios y por amor a los hombres.

Jesús nos enseña que si queremos seguir sus huellas, debemos estar dispuestos a despojarnos no de aquello que nos sobra o que nos es fácil dar, sino sobre todo de todas aquellas seguridades en las que nos apoyamos.

Cuántos países y comunidades ricos en recursos, y, sin embargo, su gente vive en la pobreza. ¿Cómo nos aseguramos que las maravillas del mundo natural sean utilizadas de una manera sustentable y equitativa? Dar un pez a un hombre, como dice el viejo refrán, sólo resuelve el problema por un día.

Para conseguir la paz se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra. Se precisa valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones; sí a la sinceridad y no a la doblez.

Para todo esto se requiere valor, mucho valor y una gran fuerza de ánimo.

La paz es un don suyo, Señor, pero es tarea nuestra difundirla. Somos gentes de la no violencia. La no violencia exige, ante todo, la no cooperación con el mal y la denuncia pública de las injusticias. Nuestras “armas” se reducen a la fuerza de la verdad. Tú nos llamas, Señor, a ser corresponsables de los sufrimientos de nuestros hermanos. Te pedimos que, por los méritos de tus dolores, tengas misericordia de todos aquellos que sufren los horrores de la guerra. Ilumina las mentes y los corazones de los gobernantes de las naciones para que surjan leyes que exalten y respeten la dignidad humana.

 

UNDÉCIMA ESTACIÓN:

JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

 

Y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos. (Col 1,20)

 

Muchas veces los que sufrieron el horror y el sufrimiento de la guerra, se han preguntado dónde estaba Dios. Algunos de ellos, anunciaron que Dios estaba sufriendo con ellos. En cada uno de los seres que sufre está Dios. Los que condenaron a Jesús a la muerte, y los que siguen asesinándolo hoy en los rostros de tantos hermanos excluidos, siguen poniendo trampas, haciendo de la vida algo invivible. Los pueblos de refugiados e inmigrantes, los marginados por tantas y tantas causas, son pueblos crucificados que hay que bajar de la Cruz.

El ángel de Dios que consoló a Jesús en su oración en el huerto, no le evitó el trago sino que lo fortaleció hasta el final. Dios no está fuera de lo que está aconteciendo en nuestra sociedad. Dios no está arriba en los cielos indiferente y apático. Jesús, sumergiéndose en el mar del dolor, asumiendo el infortunio de los santos inocentes, los perdedores, los refugiados, las víctimas de la guerra, está experimentando que el amor es pasión.

En este tiempo que nuestra sociedad está produciendo miedo y trayendo muerte a muchas personas en todo el mundo, la crucifixión de Cristo adquiere un significado especial.

Es necesario que los recuerdos envenenados se conviertan en recuerdos pacificados. Esto no es fácil, desgraciadamente, nuestro tiempo ha descuidado la educación en el perdón y la reconciliación. Todos hemos sido clavados en la Cruz. Y muchas veces sentimos haber llegado al final del camino. No podemos movernos, no podemos encontrar una salida a esta sombría situación. Nos han dejado solos a la deriva.

Señor, miraste con cariño al ladrón con el que fuiste crucificado, aquel a quien le dijiste: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso. No tomaste nota de su nacionalidad o del color de su piel. En cambio, en solidaridad con el sufrimiento del prójimo, simplemente aseguraste al hombre el amor de Dios y reconociste que juntos, estaríais en el paraíso.

 

 

DUOCÉCIMA ESTACIÓN:

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

 

Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separa, la enemistad. (Ef 2,14)

 

En cada persona herida por el odio y la violencia, o marginada por el egoísmo y la indiferencia, Cristo sigue sufriendo y muriendo. En los rostros de los derrotados en la vida se dibujan las facciones del rostro de Cristo que muere en la Cruz. Cuando miramos la Cruz, lo que más nos aterra y avergüenza no es el dolor de los clavos ni el calambre de las espinas. Es lo solo y abandonado que muere Jesús.

Después de tres años de dedicación a los más desheredados de la sociedad, después de haber curado enfermos, de haber perdonado pecados y de haber dado de comer a multitudes que tenían hambre, después de haber mimado hasta el colmo a doce íntimos, suyos, Jesús muere en la más espantosa de las soledades. Y Jesús muere solo… Hasta el mismo Dios parece haberse contagiado de la enfermedad de esconderse.

Lo que vemos como un fracaso, Dios lo transforma en victoria. Donde vemos sólo desesperación y devastación, Dios obra de maneras sorprendentes y espectaculares. Tenemos que reconciliarnos para alcanzar la paz.

De lo contrario el grito de Jesús será el grito compartido en el matadero de la historia y el grito de innumerables víctimas. Y las víctimas serán los chivos expiatorios del orden socio religioso y político, y los velos de los templos, se recoserán y se volverán a rasgar, como un camino sin retorno…

Señor que exista una distribución más justa de las riquezas para que, los descartados, tengan una esperanza viva. Que podamos cambiar con nuestras acciones ese futuro oscuro, por uno lleno de luz brillante. Que la memoria de tu pasión sea un aguijón en el corazón de todo discurso religioso. Que a partir de ahora, ya no sea posible prescindir de las víctimas, porque siempre estarán incomodando y la sangre de Abel seguirá clamando…

 

 

DECIMOTERCERA ESTACIÓN:

JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ

 

Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo. (Jn 16,33)

 

Crucificado como maldito de Dios. Solidario con los sufrientes y los malditos. Dureza y más dureza de corazón, le dicen que baje de la Cruz, que se salve. Y no saben que Jesús desde dentro, desde lo más suyo, está dando su vida, y que no baja de la Cruz porque se ha puesto en manos del Padre.

Le quitan la vida pero Jesús la está dando, no genera violencia, ni resistencia porque hasta el final Jesús se negará a generar sufrimiento, el clavo del mal no se quita con mal, la violencia no se elimina con violencia, el dominio no se derrumba con otro dominio. El Dios desde el que se ha vivido como fuente de la Vida no puede generar muerte, el Dios de la compasión no puede generar odio, el Dios de la misericordia no puede acreditarse con venganzas, el Bendito no puede maldecir, el Santo no puede generar más infiernos. Víctima con las víctimas, dando un fuerte grito expiró.

Al contemplar el cuerpo destrozado de Jesús, recordamos su plena humanidad. Nos recuerda nuestra llamada a la solidaridad porque, a partir de nuestra propia experiencia corporal de la creación, podemos entender y apreciar la del otro, no importa dónde o cuándo, él o ella pueda vivir.

Ser constructor de paz no se puede hacer en solitario. Es importante que la paz de Dios se haga visible en una fraternidad humana. Sólo desde la fraternidad tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotros mismos.

Al vivir la Eucaristía, como pan partido y compartido, recibimos una oportunidad de poner nuestras propias necesidades a un lado y reemplazarlas con las de otro con las necesidades de nuestro prójimo como lo hizo Dios, así que nos despojamos de lo que significa ser “yo” y comprender mejor lo que significa ser alguien más.

 

 

DECIMOCUARTA ESTACIÓN:

JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO

 

Gracia y paz a vosotros de parte de ‘Aquel que es, que era y que va a venir’ (Ap 1,4)

 

Jesús ha muerto... ha entregado su cuerpo y derramado su sangre por la liberación de los hombres. Jesús ha vencido al pecado.

Todo ha terminado. Silencio y dolor en el corazón de los que le amaban. En la comunidad del llanto y del duelo mantienen el recuerdo de todo lo vivido con Jesús. Ellos se han dispersado, todo huele a fracaso, negación, traición y debilidad. Han herido al pastor y se han dispersado las ovejas.

Nosotros sabemos cómo termina la historia. Sabemos que después de sólo tres días, la victoria de Dios resplandece. Pero ellos no sabían que la historia terminaría en triunfo. Para ellos, la historia ya había terminado, y todo había sido en vano.

Para los cristianos ser constructores de paz no es una opción. Es una “obligación sagrada” sea cual sea nuestra situación. Es una vocación a tiempo completo y, en este momento de la historia, tal vez, la más urgente de todas nuestras tareas. Es una forma de vida que compromete continuamente todo nuestro ser.

Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas.

Señor, nuestra fe nos dice que has vencido. La última palabra no la tendrá la violencia, la muerte o la guerra, sino la cultura de la vida. La oscuridad ha terminado. Las semillas que plantamos hoy darán fruto mañana. Nuestros esfuerzos de amar nunca se pierden. Somos profetas de un futuro que no es nuestro.

 

 

DECIMOQUINTA ESTACIÓN:

JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS

 

Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘la paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. (Jn 20, 19-21)

 

María Magdalena está rota, le han arrancado lo que más quería, dolida y mirando los lugares de muerte, llora, ni el consuelo de su cadáver tiene, pues o lo han robado o lo han echado al muladar. Busca, pregunta como en la Cantar de los Cantares si han visto al amor de su vida, la aflicción no le ha matado el deseo. ¡María!, el corazón se le conmueve y se le abren los ojos, se siente llamada por su nombre, se siente invadida por una infinita ternura. La gente de la ley al tratar a una mujer como a ella la llamaba pecadora, manchada, poseída. El Viviente la llama por su nombre, la lleva consigo a las fuentes de la vida.

El Padre estaba con Jesús, todo su vivir fue un tratar a la gente por su nombre. El que estaba muerto para los criminales está vivo para Dios. El blasfemo para el templo ha sido la visita de Dios a su pueblo. La vida se abre al futuro de Dios. Es posible percibir toda la realidad desde la vida y no desde la muerte.

¿Cuántos de nosotros estamos viviendo nuestros propios “tres días”, un período oscuro aparentemente sin fin a la vista? ¿Cuántos de nosotros tiramos la toalla rápidamente, para decir que nuestros esfuerzos para hacer del mundo un lugar mejor, para llevar a cabo la misericordia, la justicia y la paz son en vano y sin esperanza?  La esperanza se asienta en la experiencia de la fe en el Dios vivo, una fe más fuerte que la violencia, la división, el juicio o la guerra. No somos un grupo de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La comunidad cristiana es la expresión de una victoria ya conseguida: La muerte ha sido vencida, por eso, somos gentes de paz, de esperanza y agradecidas.

Señor, tu gloriosa Resurrección ha transformado la muerte en vida, hoy te damos gracias porque somos bienaventurados, pues nos has abierto las puertas de una Vida nueva, nos has enseñado que el sufrimiento lleva a la gloria y que la esperanza no muere. Escucha las suplicas que la Iglesia eleva a ti. Señor, que en este momento que has vencido a la muerte, lleva contigo todos los dolores y sufrimientos de los hermanos que sufren los flecos de la guerra para que sea más fácil el camino que nos queda por recorrer