sábado, 28 de mayo de 2022

JESÚS EUCARISTÍA, SALE A NUESTRAS CALLES

 

JESÚS EUCARISTÍA, SALE A NUESTRAS CALLES

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Diocesano de Religiosidad Popular

 

 

 

No dejes de salir, Señor/ No dejes de salir, Señor, /de la Casa del Padre, /que deseamos contemplarte tan humilde y tan perfecto, /tan divino y tan humano, /tan eterno y tan cercano, / tan triunfante y tan amado.

No dejes de salir, Señor, /que tu Cuerpo esté en la calle, / y podamos adorarte, /Redentor sacrosanto. /Tañed las campanas del templo, / que ya ha llegado el momento, /su Sangre brota y su Cuerpo Sagrado, /es Corpus Christi de un pueblo.

No hay voces suficientes en la tierra, ni inteligencia preclara, ni corazón apasionado que pueda describir la grandeza del “misterio” escondido en la Eucaristía. Sólo desde la humildad de la fe y la confianza se puede cantar tan sublime “misterio”. Como Moisés en el monte del Señor, hemos de descalzarnos, porque pisamos tierra santa, para poder cantar sólo con la fe lo que por la fe hemos recibido. Quisiéramos expresar todo el amor que humanamente es posible para que también nuestro corazón se estremezca ante la potencia y la dulzura unidas en presencia tan singular.

Y por entre las cabezas de los fieles y el humo de los incensarios, se ve venir la Custodia. La Custodia, --más rica o más humilde-- trono siempre insuficiente para el Rey de Reyes, siempre es magnífica, pero lo que brilla no es el arte salido de las manos del hombre, lo que brilla es la luz del blanco de la hostia que viene decidida a pasearse por nuestros pueblos, a recorrer nuestras calles, a bendecir a todos los hombres, a entrar hasta en el último rincón de nuestras casas y de nuestra vida. Viene el Señor Eucaristía hasta nosotros; sale a nuestro encuentro; se quiere hacer el encontradizo; quiere mirar con ojos de misericordia también a los que no pueden o no quieren verlo en este “misterio”, “Pan de ángeles, Dios tan verdadero, / que, aunque se quiebra, se divide y parte, / está un inmenso Dios, trino y entero, /en cualquiera migaja y menor parte (…)”, como escribía nuestro fray Luis de León.

En esta fiesta del Corpus Christi, cuando todavía el sol ilumina nuestras calles alfombradas por juncia, menta y romero el pueblo de Dios acompaña al Santísimo por su recorrido porque Dios ha salido a la calle para pasar por nuestras puertas. No importa que nuestra acera y nuestro hogar no estén previstos en el recorrido, el Corpus Christi irá a nuestro encuentro y aguardará nuestra llegada, pues hacia nosotros camina eternamente, hacia nosotros muestra generoso su esperanza. No lo ignoremos, no hagamos como mirar para otro lado, no lo esquivemos, no le echemos la aldaba, nada te turbe, nada te espante, que ese Pan es el Cuerpo del Señor, que ese Vino es fruto de su Sangre.

El paso de la Custodia por nuestras moradas se transforma en oración de súplica y alabanza: que al recorrer la Eucaristía nuestras calles y plazas nuestra vida de cada día se penetre de su presencia. Y con nuestro gesto de adoración pongamos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, en definitiva, toda nuestra vida.

Desde antiguo, la festividad de Corpus Christi constituyó excelsa y colectiva manifestación de religiosidad popular, actualizada en capitales como Toledo, Sevilla, Granada o Valencia, entre otras, junto a una pléyade de núcleos rurales donde la devoción y la exaltación eucarística son protagonistas de la expansión festiva, con la solemnidad característica que se puede apreciar igualmente en diversas localidades de la extensa geografía peninsular e insular.

La fiesta del Corpus Christi fue establecida para el orbe católico por el papa Urbano IV en 1264 con la bula Transiturus de hoc Mundo, generalizando el culto al Sacramento iniciado por la beata Juliana de Rétine, priora del Monasterio de Monte Cornillón, (1193-1258) en la diócesis de Lieja y el milagro de la forma ensangrentada el milagro de Bolsena, (1263) cuyo corporal mandó depositar Urbano IV en Orvieto. El papa encomendó la redacción del oficio de la nueva fiesta a Tomás de Aquino que en la Summa Teológica ya defendía la presencia real de Cristo en la eucaristía. La procesión de la sagrada forma y la octava fue configurada por Juan XXII (1316-1334). Desde entonces la fiesta se extendió por todo el occidente europeo, primero en las grandes ciudades episcopales y luego en las restantes villas y lugares.

La Iglesia la instituye como el summum de todas las fiestas, porque es la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que es la mejor imagen de la Resurrección. La religiosidad popular, en cierta manera, se va apoderando de ella y añadiéndole sus elementos, y la jerarquía quiere retomarla, e incluso marca unas distancias entre lo que es lo “oficial” en la procesión, y lo que es lo “popular”. Se da una cierta pugna entre la jerarquía y las organizaciones de religiosidad popular, especialmente las hermandades, a la hora de organizar la procesión, en la actualidad

La religiosidad popular favoreció el proceso que instituyó la fiesta del Corpus Christi; a su vez, esta fue causa y motivo de la aparición de nuevas formas de piedad eucarística en el pueblo de Dios.

Durante siglos, la celebración del Corpus Christi fue el principal punto de confluencia de la piedad popular con la Eucaristía. En los siglos XVI-XVII, la fe, reavivada por la necesidad de responder a las negaciones del movimiento protestante, y la cultura – arte, literatura, folclore– han contribuido a dar vida a muchas y significativas expresiones de la religiosidad popular para con el misterio de la Eucaristía.

El Corpus Christi es la festividad que la Iglesia católica conmemoró con mayor apoteosis durante el barroco. El concilio de Trento, celebrado entre los años1545 y 1563, marcó el punto de inflexión entre un antes relativamente abierto y tolerante a las experiencias y un después más encorsetado; a la vez que permitió que en los países católicos de Europa proliferasen las procesiones del Santísimo, cuya intención fue combatir las desviaciones heréticas mediante la ayuda del fervor popular. Con aquellos desfiles se buscaron dos objetivos: honrar la presencia de Cristo en la hostia y venerarla con actos externos lleno de contenido litúrgico, frente a la piedad interior que propugna la doctrina protestante.

A principios del siglo XV apareció en el exterior de los templos la procesión bajo un binomio sacro profano. Aquel es un cortejo heterogéneo y artificioso, de mayor complejidad que el celebrado, hasta entonces, en el interior de las iglesias, porque resalta el carácter teocéntrico de la sociedad, y va acompañado de un amplio espectro de efectos alegóricos, a través de los que se intenta ensalzar lo que el protestantismo ataca. Muestra la mezcolanza entre una liturgia ortodoxa y la religiosidad popular, antagónica con las reglas y adaptadas con el beneplácito de la jerarquía religiosa. La piedad popular se mantiene viva entre unas doctrinas generales, la idiosincrasia y las necesidades de una comunidad poco formada. Por eso, la procesión se utilizó para catequizar, mediante un método basado en el docere et delectare, a un público inculto y con grandes dificultades para aprender los dogmas.

La religiosidad popular debe ser instrumento de educación de nuestro Pueblo de Dios para que capte dos realidades de fondo: que el punto de referencia supremo de la piedad eucarística es la Pascua del Señor; la Pascua, según la visión de los Santos Padres, es la fiesta de la Eucaristía, como, por otra parte, la Eucaristía es ante todo celebración de la Pascua, es decir, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús; y que toda forma de devoción eucarística tiene una relación esencial con el Sacrificio eucarístico, ya porque dispone a su celebración, ya porque prolonga las actitudes cultuales y existenciales suscitadas por ella.

La procesión de esta festividad del Cuerpo y Sangre de Cristo es, por así decir, la “forma tipo” de las procesiones eucarísticas. Prolonga la celebración de la Eucaristía: inmediatamente después de la misa, la Hostia que ha sido consagrada en dicha misa se conduce fuera de la iglesia para que el pueblo cristiano dé un testimonio público de fe y de veneración al Santísimo Sacramento.

Los fieles comprenden y aman los valores que contiene la procesión del Corpus Christi: se sienten “Pueblo de Dios” que camina con su Señor, proclamando la fe en Él, que se ha hecho verdaderamente el “Dios con nosotros”.

El Corpus constituye una manifestación festivo-ceremonial que se reproduce en todo el orbe católico. No es un ritual exclusivo de una colectividad, una localidad, o una región que profesa la religión cristiana. Si bien atiende a una pauta litúrgica homogénea, fuertemente doctrinal (la exaltación de la sagrada forma en el cuerpo de Cristo, o la Eucaristía), manifiesta una gran diversidad cultural en sus formas de expresión y modelos organizativos.

Aunque su origen litúrgico arranca a mediados del siglo XIII para el mundo cristiano en general, no será hasta el siglo XIV cuando se tenga constancia de la celebración de forma generalizada en el occidente europeo, extendiéndose primero en las grandes ciudades episcopales y seguidamente en las parroquias de las diversas ciudades y pueblos de nuestra geografía. La primera ciudad en España que lo celebra es Toledo en 1280, siguiéndole por orden cronológico Barcelona en 1319 y Gerona en 1320. Se sabe que en Vich se introdujo en 1330 y en Valencia en 1348.

En Valencia en 1355 se hacía público el primer pregón o “crida” por el que se convocaba a clérigos, religiosos y fieles en general para participar en la solemne procesión en honor y reverencia de Jesucristo y su preciosísimo Cuerpo. Era por aquellas fechas obispo de Valencia Hugo de Fenollet, que llegó a un acuerdo con la ciudad, por el que el patrocinio de la fiesta correría en adelante a cargo de la autoridad municipal

A partir de este momento la festividad del Corpus se convirtió en Valencia en la más importante del año, oscilando entre épocas de mayor esplendor, una de cuyas cumbres se alcanzó en 1528, y otras de evidente declive, el cual se inició en 1836, a causa de la desamortización llevada a cabo por Mendizábal, con distintos altibajos cuyas cotas ascensionales se alcanzaron en 1875, y sobre todo en 1977, fecha en la que surgió la asociación que luego se denominaría de “Els Amics del Corpus”, cuya principal tarea sería la de repristinar y mantener el esplendor y decoro de la fiesta.

La participación ciudadana fue decisiva desde el primer momento, haciéndose patente no sólo en los actos religiosos, sino también en los de carácter lúdico, convirtiéndose la festividad solemne de Corpus Christi en una manifestación popular con la participación de autoridades, parroquias, gremios y cofradías, sin que faltaran músicos, artistas, danzantes, feriantes…, provocando un bullicio callejero altamente estimulado por la presencia de las “rocas”, los gigantes o los “nanos”.

Esta liturgia medieval con sus ceremonias, simbolismo y sentido escénico dio origen a los dramas sacros que con el tiempo salieron de los templos, comenzando a intervenir los laicos y olvidando el latín. En ocasiones propiciaron la aparición de los “pasos” procesionales que, a su vez, influyeron en la gestación de los “autos sacramentales”.

Los “autos sacramentales” son sermones puestos en verso con posibilidad de representarse, sobre cuestiones de la sagrada teología o como un verdadero acto paralitúrgico a celebrar el día del Corpus, constituyendo así una contribución al oficio litúrgico de la iglesia. Son una parte integral de la festividad religiosa, teniendo en su asunto una íntima relación con la fiesta, y siendo, como efectivamente eran en su tiempo, una contribución al oficio litúrgico de la iglesia ya que se ofrecen como una forma más de culto, aunque no oficial, a la Sagrada Eucaristía.

Por lo que respecta a Valencia, ya se conocían algunos espectáculos dramáticos en la fiesta del Corpus Christi en el siglo XIV, aunque el XV experimentó un gran desarrollo. A los músicos y coro se añadieron personajes efigiados como estatuas que pronto se dispusieron sobre carros con decoraciones alusivas, que recibieron el nombre de “entramés”. Elemento esencial en las fiestas del Corpus valenciano es la música, en dos vertientes principales: la litúrgica, que recibió un fuerte impulso con San Juan de Ribera y Juan Bautista Comes, y la popular, encarnada sobre todo en las danzas ejecutadas en la Cabalgata y la Procesión.

Es evidente que lo que centra la fiesta por antonomasia del Corpus es el Cuerpo de Cristo vivo, que de forma simbólica, pero no menos real, se convierte en un verdadero “icono” del Señor que hace presente su divinidad y su humanidad. El sacramento por excelencia de la Eucaristía se erige de este modo en un referente de Jesucristo, “sublime obra de arte de Dios”, siguiendo a Plotino, que, escondido bajo las especies de pan y de vino, transmite la gracia y lleva a la participación de lo divino y de la belleza infinita. Porque el Santísimo Sacramento no es sólo la fiesta de los sentidos prendidos por el colorido, la música y el oloroso incienso, sino fundamentalmente la fiesta del espíritu que “toca” el Cuerpo del Señor y saborea la divina esencia a través del don de Sabiduría en, un sacro festín que es preludio e inicio de las eternas bodas del Cordero. He aquí la sublimidad inigualable y la razón última de estas celebraciones, a la par litúrgicas y populares, que hacen de la misa y procesión del Corpus la fiesta de las fiestas, el “icono” de Cristo y la causa y fundamento de la verdadera alegría festiva. Sin esta dimensión de la trascendencia el Corpus se convertiría en puro folklore carente de sentido.

Un año más un pueblo a Cristo sigue,/ siendo Dios mismo el que a la calle sale,/ en el cáliz está siempre su sangre,/ su cuerpo, en la custodia, siempre vive./ Misterio del cristiano que recibe /tu Cuerpo en comunión como Dios Padre,/ Sagrada forma, ritos celestiales,/ en la mesa del pan no existe el hambre./ Ese es el milagro que a porfía /rememora vuestro pueblo soberano/, sacramento en el altar de Eucaristía./ Vuelve ya a salir tu Cuerpo custodiado, /¡aleluya, que es el hijo de María, /Corpus Christi de Jesús sacramentado!

ANTONIO DE PADUA, SANTO DE LOS POBRES

 

ANTONIO DE PADUA, SANTO DE LOS POBRES

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de religiosidad Popular

 

 

San Antonio de Padua es uno de los santos más populares y universales de toda la historia de la Iglesia, a pesar incluso de los siglos transcurridos. San Antonio es un santo popular; todos conocemos la inmensa “popularidad” de san Antonio, la difusión de su culto, su presencia en las iglesias, en las familias, en lugares públicos, en revistas y publicaciones, en la iconografía piadosa, las peregrinaciones en su honor. En efecto, la devoción antoniana, dada su continuidad en el tiempo, su amplísima difusión y su incidencia en la vida, es una de las expresiones más significativas de la religiosidad popular.

Es patrono e intercesor de realidades tan dispares como del hallazgo de objetos perdidos, de las novias y novios, de las madres gestantes o de los niños abandonados. Con todo, su grandeza e interpelación supera esta misma popularidad y los estereotipos que de él nos hemos forjado todos.

El don de la palabra, la sabiduría teológica, la caridad de su vida y su trato cercano, humilde y afectuoso hicieron pronto de él un fraile muy querido, a quien se atribuían y se siguen atribuyendo miles de milagros. Pero el gran milagro de san Antonio fue su predicación y su docencia, en suma, su palabra, que además no era suya sino eco de la palabra de Dios, estaba además acompañada de las obras.

La clave de la vida de san Antonio de Padua fue Jesucristo en el misterio de su Encarnación y de su infancia. Este fue el gran secreto --el milagro por excelencia-- de su vida y de su ministerio: tener a Jesús, portar a Jesús, mostrar a Jesús, acercar a Jesús, en la realidad de su pequeñez y de su grandeza, como el pan que el hombre de entonces y de todo tiempo, necesita. Y de ahí, de su “tener” y “mostrar” a Jesús surgió todo lo demás: su ciencia como profesor, su elocuencia como predicador y su incondicional servicio caritativo hacia los más necesitados.

El apostolado de la Iglesia de hoy y de siempre y de todos los santos, ha coincidido siempre en el amor a los pobres: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Este es el marco maravilloso donde se centra toda la vida, predicación, milagros y doctrina del doctor de la Iglesia: san Antonio de Padua, llamado y conocido por el santo de los milagros, a pesar de que sabemos a priori y en buena doctrina teológica, que sólo Dios hace milagros, aunque instrumentalmente puede servirse de todas las criaturas que han dimanado de sus poderosas manos.

El franciscanismo radical de san Antonio se manifiesta en su opción por la pobreza, que lo acercaba al pueblo; en su elección de una predicación popular fundamentada en un estudio profundo de la teología; en su valoración del pueblo como lugar privilegiado de la salvación; en su entrega y atención al pueblo, que prefiere las obras a las palabras, el testimonio a las explicaciones.

El hecho de que san Antonio sea aclamado con el título de “doctor evangélico” y, a la vez, se le proclame “dulce consolador de los pobres”, es signo de un mensaje de gracia.

San Antonio nos invita a leer la religiosidad popular como una experiencia religiosa que necesita ser purificada a la luz de la religiosidad pura; y, al mismo tiempo, nos invita a reexaminar la experiencia religiosa pura a la luz de la religiosidad popular.

En la exhortación “Evangelii Nuntiandi” se habla de la religiosidad popular como del ámbito donde el pueblo expresa su búsqueda de Dios, su fe, su sed de Dios, su capacidad de generosidad y de sacrificio, su comprensión de los atributos profundos de Dios (paternidad, providencia, presencia amorosa y constante). Es una piedad que no posee la exactitud lexicológica de la piedad docta, pero tampoco tiene la tentación de atribuir más valor e importancia a las palabras que a las obras, al saber que a la celebración.

Si leemos atentamente “los milagros” realizados por intercesión de san Antonio (el de la mula hambrienta, el de la predicación a los peces, el del corazón del avaro, el del pie unido de nuevo, y muchos otros que nos recuerda su hagiografía), podemos entenderlo como expresión popular de la predicación antoniana.

No hay duda de que la religiosidad popular necesita una purificación de sus puntos de referencia, que pueden manifestar deformaciones del cristianismo y hasta supersticiones, ambigüedades, pesimismo exagerado y utilización interesada de Dios. Pero, siguiendo a san Antonio, también podemos preguntarnos si nuestra religiosidad no debe ser más popular, a fin de expresar mejor nuestra minoridad, que no se limita, ni mucho menos, a la atención a los últimos.

San Antonio de Padua, a quien la Iglesia venera como “doctor evangélico”, más todavía, como “hombre evangélico”, es decir, como hombre no sólo llamado a anunciar, explicar y proponer el Evangelio, sino también, y sobre todo, a vivirlo, a convertirlo en forma y medida de la propia vida, según el estilo de la más pura espiritualidad franciscana.

El 12 de septiembre de 1982, durante su visita a la Basílica de San Antonio, en Padua, el papa san Juan Pablo II dijo: “Quisiera referirme inmediatamente a esa nota peculiar que aparece como constante en las vicisitudes biográficas de este Santo, y que le distingue claramente en el panorama, aunque tan amplio y casi sin límites, de la santidad cristiana. Antonio —lo sabéis bien—, durante todo el arco de su existencia terrena fue un hombre evangélico; y si como tal le veneramos, es porque creemos que en él se posó con particular efusión el Espíritu mismo del Señor, enriqueciéndole con sus dones admirables e impulsándole, “desde el interior” a emprender una acción que aun siendo notabilísima en los cuarenta años de vida, lejos de agotarse en el tiempo, continúa vigorosa y providencial incluso en nuestros días…”.

“Sin hacer exclusiones o preferencias, se trata de un signo, a saber: que en él la santidad ha alcanzado cotas de altura excepcional, imponiéndose a todos con la fuerza de los ejemplos y confiriendo a su culto la expansión máxima en el mundo. Efectivamente, resulta difícil encontrar una ciudad o un pueblo del orbe católico, donde no haya por lo menos un altar o una imagen del Santo”.

San Antonio sintió la fascinación del martirio, la desilusión del fracaso de su proyecto de entregar su vida en testimonio de la fe, la soledad y el anonimato, la fama inesperada y repentina, la vida consumada en una incesante entrega a los demás, la satisfacción del estudio bíblico y el agotador tumulto de las muchedumbres, la insaciable nostalgia de la contemplación, la experiencia de la Biblia como suma del saber, la alegría acrisoladora de la devoción, el reposo de las ansias en el encuentro con el Señor: Veo a mi Señor.

Al igual que Francisco, san Antonio abandonó una sociedad que le ofrecía la posibilidad de vivir otros horizontes y optó por vivir la alegría del “seguimiento de Cristo” en pobreza. Antonio canta su pobreza de auténtico pobre, “contento con el mínimo”, “deseoso del mínimo”, capaz de nutrirse y de saciarse de Dios, de basarse exclusivamente sobre la bondad de Dios, de ser feliz compartiendo la miseria del mundo. El Santo de Padua predica la pobreza sobre todo en cuanto “espíritu de pobreza” que refleja el “espíritu del Señor” y fortalece para no “vacilar en la prosperidad ni en la adversidad”, para no caer en la tentación, para denunciar la riqueza, para colmar de alegría: “El espíritu de pobreza y la herencia de la Pasión son más dulces que la miel y el panal en el corazón de quien ama de verdad”.

La pobreza de san Antonio ya no era la de la época de las cabañas de paja y barro, sino la de las moradas pobrecillas, donde, no obstante, debía seguir viviéndose la pobreza de bienes materiales, de triunfo social, de valoración de uno mismo. Se trataba, por tanto, de un itinerario evangélico en el que la pobreza material era sólo un escalón, el primero, para llegar a otras pobrezas. Refiriéndose a la pobreza, Antonio emplea una expresión muy típica y personal, concretamente habla del “oro de la pobreza”. Según Antonio “el oro de la pobreza” se opone, ciertamente, a la tentación del “estiércol de las riquezas” pero sobre todo manifiesta el descubrimiento de la fascinante aventura que conduce a la posesión de las “cosas celestiales” y al “abandono total de uno mismo en las manos de Dios”.

El tema de la pobreza es un tema sugestivo. Es un tema profundamente social, religioso y evangélico de nuestros días: “Los pobres siempre están con vosotros”. Esta es nuestra herencia, los pobres.

Antonio de Padua nace en la bella ciudad que los romanos llamaron felizmente Felicitas Julia y los fenicios Olissippo, la actual Lisboa, el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Santísima Virgen a los cielos, en el año 1195. Si este es el día que vio la luz del mundo san Antonio, llamado en el mundo Fernando, su nacimiento espiritual no es menos fecundo y maravilloso; la vocación religiosa ha llamado a su alma y él ha dicho a Dios, como otro Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. San Antonio nace, espiritualmente, el día que abandona su casa siguiendo el consejo evangélico: “Vende lo que tienes y dalo a los pobres; ven y sígueme”. San Antonio es distinto del joven del Evangelio; cumple los mandamientos y da a los pobres todo lo que tiene, “toma tu cruz y sígueme”.

Su itinerario espiritual posee todos los rasgos esenciales del franciscanismo, incluida la libertad de espíritu capaz de las mayores novedades. San Antonio es un franciscano que bebe y se empapa de franciscanismo sobre todo a través de la vida de los hermanos. Su franciscanismo es fascinante precisamente porque el carisma y el ideal de Francisco los encontró encarnados y enriquecidos en la convivencia cotidiana fraterna.

Sus primeros pasos religiosos los da con los canónigos regulares de san Agustín, en el convento de san Vicente de Lisboa. Viste la librea negra, correa a la cintura y zapatos con hebilla de plata. ¡A tal señor, tal honor! Fernando, que pronto se llamará fray Antonio de Padua, pertenecía a la estirpe peninsular, sangre real de los Pelayos de la Reconquista frente a la morisma. En este convento se veía acosado por las visitas de sus familiares y cariñosos amigos de su infancia, en los que él veía un peligro para su soledad y la entrega absoluta a la misma, que él había prometido. Entonces se dirigió a sus superiores y pidió, de limosna, ser enviado al monasterio de Santa Cruz de Coimbra, donde santamente pasaba su vida religiosa entregado a la oración y al estudio. En este convento era muy apreciado y las crónicas de aquellos tiempos nos narran de prodigios maravillosos dignos de ser narrados: Deseoso un día de oír misa y no pudiendo salir de su celda, oye la campana de alzar y puesto de rodillas se abren las paredes hasta contemplar el santo la Sagrada Forma en manos del sacerdote del altar. El otro fue el siguiente: Sufriendo uno de los religiosos una de las enfermedades más graves del espíritu, le cubrió su muceta y el religioso quedó repentinamente curado. Los religiosos lo estimaban grandemente y acudían a él en sus enfermedades. ¡Los altos designios de Dios!

El Señor le tenía marcado otro camino muy distinto y otra vocación más severa y más pobre, que era la de seguir a Francisco de Asís y ser pobre. ¿Qué hechos influyeron en su nueva vocación religiosa? Un testimonio fehaciente de fe. Un día, Francisco de Asís manda a sus religiosos a predicar el Evangelio a todo el mundo. Y he aquí el hecho y lo sucedido: Francisco de Asís, el “desesperado de la pobreza”, manda un buen día a sus hijos predicar el Evangelio por todo el mundo. No tardaron en arribar a Portugal y hacerse pobres moradores en la ermita de san Antonio Abad en Olivares, los primeros franciscanos con los nombres de fray Zacarías y fray Guautthier, favorecidos y agasajados por Alfonso II y su esposa doña Urraca. Estos religiosos franciscanos tenían trato y visitaban al joven agustino de Santa Cruz de Coimbra, y hablaban largamente de cosas del espíritu. Veía en los hijos del “poverello” una mansedumbre y una humildad que lo hipnotizaba… pero no tardó en realizarse el milagro. Los hijos de Francisco de Asís pasaron a África con el deseo de derramar la sangre por Cristo y por el Evangelio. “Aquella tierra de África, colocada entre las costas de España como amenazador centinela, como alfanje perpetuamente desenvainado”.

Este pensamiento de derramar la sangre por el Evangelio lo tenía en continuo éxtasis y su espíritu se salía de sí mismo y ansiaba, también, el martirio. San Antonio ya era sacerdote y diciendo misa vio en una revelación el alma de un fraile franciscano volando al cielo, y esto fue el móvil de su vocación por la Orden Franciscana, que le costó pedir, concediéndosele, la licencia para entrar en la Orden. Este es el momento solemne en que san Antonio se hace franciscano y pide el hábito ante tanto ejemplo y tanta renuncia. ¡Antonio se hace franciscano y pobre por Cristo!

En la religiosidad popular está enclavada la devoción y el culto a san Antonio de Padua. Admitimos en buena doctrina el culto a san Antonio, su poder milagroso a favor de sus devotos y, entre todos, los más favorecidos son los pobres. ¿Cuántas clases de pobres existen dentro de la Iglesia católica, apellidada por san Juan XXIII la Iglesia de los pobres? Nos preguntamos, ¿también hay clases entre los pobres? Sí, también, pero por razón de gravedad, hay que socorrer a unos más urgentemente que a otros. Los enfermos de cuerpo y los enfermos del alma. Los enfermos del cuerpo tienen sensibilidad ante el dolor físico, y los del alma tienen que tener fe como la pecadora del Evangelio, que su amor y su fe ha arrancado del Maestro estas palabras: “Tu fe te ha salvado. Tus pecados te son perdonados”. Pobres-pobres, son los enfermos del alma, los pecadores a los que falta la amistad de Dios, más que los que carecen de pan. Luego, la pobreza puede estar en la falta económica y la mayor pobreza en una disposición interior o una actitud del alma con relación a Dios.

Como consecuencia de estas premisas, la pobreza en Israel era un mal menor que había que superar, y era también un estado despreciable porque miraba las riquezas materiales como una recompensa cierta de la gada la prueba, Dios le devolvió mayor fidelidad a Dios. No dudamos que existen pobres virtuosos; pero abundan más los perezosos y los desordenados por falta de medios y también de virtud, que a veces se convierte en ocasión de muchos pecados. Por esto decía el sabio: “No me des ni pobreza ni riqueza sino sólo lo necesario”. Los pobres deben ser considerados y tenidos en cuenta. Los profetas y los santos fueron sus defensores por antonomasia; Amos ruge contra los crímenes de Israel. Los fraudes desvergonzados en el comercio, el acaparamiento de las tierras, el esclavizamiento de los pequeños, el abuso del poder y la perversión de la justicia misma. Una de las misiones y apostolados del Mesías era defender los derechos de los míseros y de los pobres. La limosna redime y perdona los pecados. El grito de los pobres se eleva hasta los oídos de Dios. En el Nuevo Testamento se levanta un monumento al pobre y Jesús lanza el sermón maravilloso de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Jesús es el Mesías de los pobres y el testimonio que admite Juan como fe de su llegada y contraseña, que los pobres son evangelizados. Más todavía, como prueba contundente que Jesús es un pobre: Belén, Nazaret, la vida pública de Jesucristo, la cruz, ¿no nos habla de pobreza? La pobreza de Jesús nos habla por todos los sitios, hasta su entrada triunfal en Jerusalén la hace sobre un humilde jumentillo, el que es “manso y humilde de corazón”.

Jesús pone en guardia a sus discípulos del peligro de las riquezas. El que sigue a Jesucristo no debe de llevar consigo “oro, plata ni cobre”. Los primitivos cristianos no tenían nada propio. Este pensamiento de la pobreza evangélica está galardonada y es el Reino de los Cielos de quienes la cumplen en la parábola del pobre Lázaro, frente a los despilfarros y vanidades del rico Epulón. Los ricos tienen una mina y una solución para salvarse, como dice el Evangelio por san Lucas. Hacerse amigos con el dinero de mala ley. “El que ama al pobre ama a Jesucristo”. Si alguien ve a su hermano en necesidad y le cierra las entrañas, ¿cómo morará en él el amor de Dios? San Antonio de Padua cumple a la letra esta pobreza y en su nombre se establece el pan de los pobres, y él mismo se hace pobre y quiere seguir a Jesucristo más perfectamente, y para ello sigue a Francisco de Asís, el padre de los pobres. Sus predicaciones eran maravillosas, todas llenas de milagros. Numerosos prodigios milagros acompañaban la palabra del taumaturgo en todas sus intervenciones

La evangelización nace como fruto de la gracia de haber sido evangelizados. El esquema “elegidos y enviados” es el esquema universal de la historia de la salvación. Pues la evangelización, por ser “la misión esencial de la Iglesia” es igualmente expresión de ese sacramento radical que es la misma Iglesia, en cuanto cuerpo de Cristo.

El evangelizador, enseña san Antonio, es un contemplador gozoso de Dios, un testigo de la “vida angélica” y de la “ciencia madura”. La “Evangelii Nuntiandi” recuerda que los “religiosos encuentran en la vida consagrada un medio privilegiado para una evangelización eficaz”.

En una Iglesia “sedienta de absoluto”, los enamorados de Jesucristo –sacerdotes, religiosos y laicos-- son los testigos privilegiados del espíritu de las bienaventuranzas y de la disponibilidad.

Si queremos que nuestra predicación sea eficaz en nuestro tiempo hemos de ser testigos silenciosos de la pobreza y el desapego, de la pureza y la transparencia, de la entrega a la obediencia. Hemos de enclavar en la sangre la tradición de la predicación del buen ejemplo. El recuerdo de la evangelización antoniana es una invitación austera a una relectura de nuestra vida a ser posible muy franciscana. Nuestra vida debe ser “observancia del santo Evangelio”, más aún, “la vida del Evangelio”

Como sabemos también, el franciscanismo ha sido provocación y locura, y lo ha sido no por nostalgia de un evangelismo radical cuanto por deseo y empeño de encarnar el “escándalo de la cruz” y de las bienaventuranzas en las diferentes culturas y en las diversas formas de religiosidad.

En el año 1231 predica en Padua toda la Cuaresma, celebra su entrevista con el fiero Ezzelino ante el cual fracasa, y agotado por sus muchos trabajos y penitencias, muere, santamente, a las afueras de la ciudad de Padua en el convento de La Arcella el 13 de junio de 1231. El 30 de mayo del año siguiente es canonizado, solemnemente, en la catedral de Espoleto, y Pío XII lo proclamó “Doctor Evangélico” de la Iglesia el 16 de enero de 1946.

La santidad de san Antonio de Padua no ha tenido opositores a lo largo de los casi ocho siglos que sucedieron a su muerte; será proclamado santo “súbito” sin que fuesen indispensables los tiempos de las diversas etapas durante los que la Iglesia católica romana somete a pormenorizado examen la vida de aquel que los fieles estiman merecedor de ese título. Su figura forma parte del culto católico romano en Europa, América, África y Asia, como lo testimonian a través de los siglos numerosos escritos; y una rápida ojeada a variadísimos lugares y ámbitos muestra que lo ha sido y continúa siéndolo en abundancia.

La opción personal por los marginados de la época y el empuje apostólico sometido a continuas pruebas fue lo que determinó la inmediatez del reconocimiento de su santidad: Atrevido con los poderosos, misericordioso con los pobres, piadoso ante todas las miserias humanas.

viernes, 6 de mayo de 2022

 

 

EL MUNDO RURAL MIRA HACIA SAN ISIDRO

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Nuestro mundo rural mira con esperanza hacia san Isidro labrador. Nuestros hombres y mujeres del campo les lleva a vivir toda su vida e intentar iluminar los problemas y aspiraciones de sus gentes, sus luchas y sus logros bajo la protección del que pasó muchos años cultivando la tierra, de ahí su vinculación especial con el sector.

San Isidro fue “evangelio vivo de Dios”. Eso sí, nadie nace santo; los santos se han hecho a sí mismos, aunque, más propiamente hablando, habría que decir que dejaron que Dios los hiciese santos, porque no se trata de esfuerzo personal (necesario), sino de la acción de la gracia. Y esa acción santificadora de la gracia actúa en los monasterios y en las calles peatonales. Según toque a cada uno.

En las zonas religiosas y en medio del mundo, tenemos que vivir convencidos de la primacía de lo espiritual sobre lo material, porque un exponente —uno— para medir la calidad de la comunidad cristiana es su capacidad de engendrar santos.

Y se engendran santos cuando no se tiene miedo de hacer el bien y de decir la verdad, cuando nos entusiasma el doble objetivo que señala san Pío de Pietrelcina: la Iglesia y --por ende-- todo bautizado debe predicar la verdad y desenmascarar la mentira sin tibieza ni encogimientos. Sin arrogancia, pero sin complejo; sin que sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda, pero también sin esconder la luz bajo el celemín.

¿Cómo descubrir el heroísmo en la virtud que caracteriza a los santos? Aplicando el principio evangélico “por sus frutos los conoceréis”; así evitaremos confusiones y desorientaciones, y comprobaremos que siguen existiendo —como en todas las épocas— santos, personas que se esfuerzan y rezan para hacerse voluntad de Dios. Existen, y no hay que ir muy lejos para encontrarlos, los podemos tener cerca entre nosotros, tan cerca tan cerca, como la puerta de al lado.

No paso inadvertida esta frase del Papa Francisco de su exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate”, sobre la llamada a la santidad en el mundo actual: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, la clase media de la santidad”.

El Papa recuerda que estamos llamados a la santidad “desde las primeras páginas de la Biblia”. En este contexto, hace referencia a Abraham y a su llamada a caminar en la presencia del Señor y a ser perfecto. Tal referencia no pone de relieve sólo la proto-vocación a la santidad, sino que brinda una dimensión universal a dicha vocación.

De hecho, si seguimos reconociendo en Abraham “el padre de todos los creyentes”, podemos reconocer también en esta llamada primordial la vocación de todos los creyentes a la santidad. Esta verdad fundamental viene confirmada por una convicción muy clara: “El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes”. Y justamente, por este motivo, cada cual podría sentirse llamado a este camino.

Por lo demás, para involucrar más a todos, el Papa hace suya la expresión de Joseph Malègue al hablar de “la clase media de santidad” y forja su propio neologismo al invitar a pensar, no solo en los santos canonizados y beatificados, sino también en los de “la puerta de al lado”.

Estos santos son aquellas personas que no hacen la historia, viven de una manera sencilla su vida diaria, pero acogiendo la gracia y haciendo cada cosa bajo la guía del Espíritu Santo. Adondequiera que es posible vivir realmente la unión con Cristo, dejando fructificar la gracia del bautismo, ahí está la santidad. Sin embargo, no existe un modelo de santidad estándar o válida para todos. Todos estamos llamados, pero cada uno tiene que seguir el camino que le conviene personalmente. Hay quien ha recibido el don de vivir la santidad de una manera extraordinaria y excepcional, pero es también posible vivirla sencillamente a través de los “pequeños gestos” de cada día.

Necesitamos, pues, una cierta “conversión” de mentalidad para poder admitir que la santidad, por una parte, no es un asunto exclusivo de los obispos, de los sacerdotes y de los religiosos, sino de todos.

El Papa precisa que no se trata ni siquiera de concebir una vida espiritual separada de la vida cotidiana, una vida de oración separada del servicio. Antes bien, se deben integrar los varios aspectos de la existencia. Por otra parte, la santidad tampoco es una realidad exclusiva de la Iglesia católica, sino que puede existir también fuera de ella. Francisco reasume lo que Juan Pablo II ya dejó claro al respecto: “el testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes”.

El Papa no duda en equiparar felicidad o bienaventuranza con santidad. La verdadera santidad, en coherencia con la gracia de Dios y con su Palabra, es felicidad, bienaventuranza. El contenido de cada bienaventuranza es expresión de la santidad porque brinda el retrato del Dios-Santo que se hace visible en Jesús. Es una tarea nada fácil, sobre todo cuando se presta una mayor atención a los detalles de cada una de ellas. Es como un pasar por la famosa puerta angosta del Evangelio. La expresión utilizada por el Papa es: una santidad “a contracorriente”. De paso, observamos que, a la hora de comentar las bienaventuranzas, el Papa nunca parte de un principio dogmático o teológico abstracto. Antes bien, se refiere siempre a experiencias concretas. Esto hace su exposición todavía mucho más accesible. Después, al final de su interpretación, el Papa reformula cada bienaventuranza a su manera y termina repitiendo: “esto es santidad”, confirmando así la equivalencia entre bienaventuranza y santidad.

El papa Francisco habla en su exhortación apostólica “Gaudete et exultate” de “los santos de la puerta de al lado”, pero, ¿quiénes son esos santos “de la puerta de al lado”, es decir, esas personas corrientes como nosotros con algunos de los cuales nos hemos cruzado por la calle o hemos convivido en el trabajo, en el deporte, en la familia, en la diversión?

Uno de estos santos es san Isidro labrador, patrón de los agricultores, muy popular en diversas partes del mundo. La santidad no es individualista y, como nos recuerda el papa Francisco en “Gaudete et Exsultate”, “la vida comunitaria, sea en la familia, en la parroquia, en la comunidad religiosa o en cualquier otra, está hecha de muchos pequeños detalles cotidianos”. Por eso miramos a san Isidro en sus relaciones comunitarias y en sus ilustrativos detalles.

San Isidro es “un santo de la puerta de al lado”, como nos dice el Papa Francisco: vivió como discípulo de Cristo y anunció el Evangelio como esposo, padre, vecino y trabajador en el Madrid de siglo XII.

En primer lugar, no podemos pensar en este santo sin acordarnos de su esposa, santa María de la Cabeza. Tenemos aquí una muestra luminosa de que, como escribe el Papa, “hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge”. Además, esta figura femenina nos hace recordar y valorar a las mujeres campesinas, que en no pocas zonas de la tierra son víctimas de diversas discriminaciones y situaciones que las humillan. Al mismo tiempo, numerosos ejemplos muestran que las mujeres rurales son los verdaderos artífices del desarrollo de sus hogares y del progreso de sus comunidades.

Uno de los episodios más conocidos de la vida de san Isidro se refiere a cómo los ángeles acudían a ayudarle en su trabajo. Los ángeles son mediadores de Dios y su figura nos hace valorar la importancia de las mediaciones. Tanto la ayuda mutua como los avances técnicos son importantes en el mundo rural. Desde el arado romano al tractor moderno, pasando por los fertilizantes, los sistemas de riego y otras innovaciones, debemos reconocer en estas ayudas otras tantas mediaciones para acercarnos al plan de Dios sobre la humanidad. Por eso mismo hemos de cuidar que esos medios no se conviertan en malos ángeles que atrapen la libertad, provoquen contaminación, generen dependencias, lleven a deudas desmesuradas y, en definitiva, lastren el desarrollo sostenible y la vida buena.

Otro ejemplo nos lleva a la escena de san Isidro con los bueyes que araban su campo. Esta imagen permite vincular agricultura y ganadería en una visión armónica. Desde los tiempos de Caín y Abel hasta nuestros días, las relaciones entre campesinos sedentarios y pastores nómadas no han estado exentas de conflictos, muchas veces de carácter étnico y motivadas por el control de los recursos naturales. También en este punto, el ejemplo y la intercesión de san Isidro pueden ayudarnos a cuidar la casa común, ya que “la interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común», lo cual incluye «programar una agricultura sostenible y diversificada”, dice el Papa en la encíclica “Laudato si”.

La figura de san Isidro, por otra parte, nos trae a la mente la importancia del relevo generacional en el mundo de la agricultura. La especulación en los mercados agrarios, la globalización, el desigual reparto de los beneficios a lo largo de la cadena, la liberalización de las fronteras comerciales, así como los altos costes de producción y de las materias primas, han cooperado a que se produzca una falta de rentabilidad en el sector agrícola, impulsando a muchos jóvenes al abandono de sus tierras. Para invertir esta tendencia es fundamental incentivar en las nuevas generaciones el amor al campo y al cultivo de la tierra. Y ofrecerles una adecuada formación, así como acceso a la tierra y al crédito.

Digamos unas palabras sobre san Isidro labrador y Dios. Hombre de piedad sincera y espiritualidad recia, su vida es un ejemplo contra “la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración”. La espiritualidad del trabajo campesino muestra que el “ora et labora” no es exclusivo de los monjes ni de las personas cultivadas; es también propia de los laicos, incluyendo los labradores como san Isidro y santa María de la Cabeza.

Finalmente, recordemos la cantidad de personas que, a lo largo de la historia y aún hoy, se han encomendado a la intercesión de san Isidro ante dificultades como el hambre o la sequía. “No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo”, dice el papa Francisco en “Gaudete et Exsultate”. Porque la vida de san Isidro muestra que “la oración es preciosa si alimenta una entrega cotidiana de amor”. Esto es algo que el pueblo sencillo ha sabido captar con nitidez. Por eso acude confiado a la oración, en medio de sus luchas, anhelos y adversidades.

Que la evocación, en nuestros pueblos rurales, de este santo afiance en nosotros el deseo de custodiar la tierra, nuestra vocación de ser solidarios y compartir los recursos que hallamos en la casa común que a todos nos acoge. Que su figura nos estimule a estar cerca de los campesinos y sus problemáticas. Que su intercesión, en palabras de san Juan XXIII en la “Mater et magistra”, nos mueva a realizar “esfuerzos indispensables para que los agricultores no padezcan un complejo de inferioridad frente a los demás grupos sociales; antes, por el contrario, vivan persuadidos de que también dentro del ambiente rural pueden no solamente consolidar y perfeccionar su propia personalidad mediante el trabajo del campo, sino además mirar tranquilamente el porvenir”.

Pongamos el acento en esta clase de santidad que es dignificar a aquellas personas anónimas que no escribieron historia: simplemente trabajaron y pasaron por la vida y --porque se sabían pecadores-- aceptaron la salvación en esperanza,  personas discretas o desconocidas, pero que acogieron la gracia de la llamada a la santidad y la vivieron en la cotidianidad.

El mundo rural mira desde su religiosidad popular a este hombre humilde y sencillo, que en palabras de Juan XXIII  “aparece ante los agricultores y campesinos como ejemplo luminoso, simultaneando con las faenas del campo, que realizaba diligentemente, el ejercicio eminente de la obediencia y de la caridad”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 24 de abril de 2022

El “Lignum Crucis” o “las astillas de Dios”

                                    El “Lignum Crucis” o “las astillas de Dios”

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Con los primeros días de mayo la Cruz Resucitada y Resucitadora ha salido a nuestras calles. Se construyen en esquinas y plazas de nuestros pueblos y ciudades cruces de flores. Sin duda, su origen religioso gira en torno a los festejos populares en torno a la fiesta litúrgica de la hallazgo  de la Santa Cruz promovidos por los franciscanos desde el siglo XIV, denominados de la Cruz Verde o Vera Cruz. En los ámbitos rurales iban acompañados de la bendición de los campos y rogativas por el buen tiempo.

Se exorna una cruz desnuda con flores silvestres y se le levanta un altar con telas y elementos suntuarios de las casas: velones, calderos de cobre, cacharros de cerámica, etc. Por otra parte hay un segundo modelo, en que la celebración está estructurada a través de hermandades o cofradías que tienen a la Vera Cruz como titular, o que veneran la Cruz desnuda.

“Las expresiones de devoción a Cristo crucificado, numerosas y variadas, --nos indica el “Directorio de piedad popular y liturgia”-- adquieren un particular relieve en las iglesias dedicadas al misterio de la Cruz o en las que se veneran reliquias, consideradas auténticas del Lignum Crucis. La “invención de la Cruz”, acaecida según la tradición durante la primera mitad del siglo IV, con la consiguiente difusión por todo el mundo de fragmentos de la misma, objeto de grandísima veneración, determinó un aumento notable del culto a la Cruz”.

“No obstante, la piedad respecto a la Cruz, --añade el citado Directorio-- con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el designio salvífico de Dios. En la fe cristiana, la Cruz es expresión del triunfo sobre el poder de las tinieblas, y por esto se la presenta adornada con gemas y convertida en signo de bendición, tanto cuando se traza sobre uno mismo, como cuando se traza sobre otras personas y objetos”.

La fiesta de la hallazgo de la Santa Cruz es propia de la Iglesia de occidente. Tradicionalmente se ha creído que esta fiesta fue primeramente adoptada por la liturgia galicana, titulada De inventione Sanctae Crucis, asignándola al tres de mayo.

La elección de la fecha, unos la vinculan a la leyenda de Judas Ciriaco, divulgada a principios del siglo VI, cuya fiesta se celebra el día siguiente, cuatro de mayo, y que fija la hallazgo del Lignum Crucis el tres de mayo y hace remontar la fiesta al propio mandato de la emperatriz Elena. El Liber Pontificalis dice al respecto en el pontificado de Eusebio (309): Él fue obispo en el tiempo de Constantino. Mientras él era obispo, la Cruz de nuestro Señor Jesucristo fue hallada, el tres de mayo, y Judas fue bautizado, que es también llamado Ciriaco.

El 3 de mayo se conmemora el descubrimiento en el año 326 de la verdadera cruz de Cristo. El santoral católico lo reconoce como la celebración del hallazgo de la Santa Cruz.

La tradición cristiana recoge que el emperador romano Constantino, en la batalla en que derrotó al tirano Majencio, tuvo la visión de la imagen de una gran cruz resplandeciente en el cielo, en la que se leía la leyenda “Cum hoc signo vinces” (‘con este signo vencerás’). Constantino venció y de inmediato reprodujo una magnífica cruz bordada en su estandarte imperial en oros, esmaltes y piedras preciosas. Con ese estandarte como bandera continuó luchando con históricas victorias. Su madre, santa Elena, conocedora de la devoción que su hijo profesaba a la Santa Cruz y apoyada en los relatos que contaban que los seguidores de Jesús habían enterrado la cruz en la que el Mesías había muerto, se trasladó a Jerusalén, mandando excavar en el monte Gólgota hasta que se encontraron tres cruces. Luego, la emperatriz ordenó que pusieran tres enfermos sobre ellas y cuentan que uno sanó.

Más tarde, colocaron tres cadáveres, uno sobre cada cruz, resucitando el que fue puesto sobre la misma cruz en la que el enfermo había recobrado la salud. Desde ese momento, la fe católica aceptó esta Cruz como aquella en la que murió Cristo.

La cristiandad asumió como signo de fe la llamada cruz latina. Su culto se expandió por todo el orbe católico. La mitad de esta milagrosa cruz se quedó en un templo en Jerusalén; la otra se envió a Constantinopla, donde el emperador mandó poner un trozo en el interior de una estatua suya; el resto viajó hasta Roma. De la parte que se quedó en Jerusalén, cuenta el que fuera obispo de esta ciudad, san Cirilo, que se cortaron muchos fragmentos sin que disminuyera su tamaño, de lo que fue este santo testigo ocular.

También recoge la tradición que fueron encontrados los tres clavos con los que prendieron a Cristo sobre la cruz, por lo que santa Elena ordenó que uno se preparara y pusiese en la corona imperial y otro en el tascafreno del caballo de su hijo Constantino. El tercero lo arrojó al mar para calmar una tempestad, aunque volvió flotando sobre el agua y fue recuperado por la emperatriz, que más tarde lo regaló a la iglesia de Tréveris. Por su parte, Constantino dio libertad a los cristianos (terminaba la persecución) para ejercer su culto en el Imperio. Se cuenta que, en el lecho de muerte, el emperador pidió ser bautizado en la fe de la Iglesia.

El culto positivo a la Cruz, como referencia privilegiada al sacrificio redentor de Cristo, nace en Jerusalén, y a su desarrollo confluyen fundamentalmente estos factores: el desescombro del Gólgota, con la erección allí de una basílica memorial, el hallazgo de la Santa Cruz, con el consiguiente reparto de reliquias, y el rescate y devolución de la sagrada reliquia jerosolimitana por el emperador Heraclio en el siglo VII. En occidente se centra, además de en el Viernes Santo, en las dos fiestas creadas en su honor: la del catorce de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz, y la del tres de mayo, hallazgo de la Santa Cruz.

A partir de la hallazgo de la Santa Cruz por santa Elena que había viajado al frente de una delegación de su hijo el emperador Constantino prometida al obispo Macario en el concilio de Nicea para desenterrar y embellecer los lugares en los que se selló el Misterio Pascual, se empieza a rendir culto positivo al Lignum Crucis, con la extensión de éstos, y se pasa finalmente al de la Cruz en general como símbolo de la redención.

La hallazgo debió ocurrir en la primavera del 326, porque de Jerusalén fue santa Elena a Constantinopla, y de allí a Roma, donde “murió entre el abrazo del hijo y de los nietos” el mismo año, última vez que su hijo Constantino visitó la Urbe, el vigésimo primero de su reinado, entre los meses de julio y septiembre; la tradición señala el día de su natalicio el dieciocho de agosto. Ya una década más tarde el emperador Juliano el Apóstata (361-363) reprobaba a los cristianos por rendir culto al leño de la cruz, por signarse con ella y por grabarla en los vestíbulos de los edificios, a lo que san Cirilo de Alejandría le contesta que el “leño saludable” trae a la memoria la muerte salvadora del Redentor.

En cuanto a la extensión de las reliquias de la Vera Cruz, son muy importantes los testimonios de san Cirilo de Jerusalén que encontramos en sus Catequesis, pronunciadas en el 347 ó 348, es decir unos veinte y pocos años después del hallazgo y unos trece de la consagración del Martyrium, en las que se presenta el leño de la cruz como testimonio de la realidad de la Encarnación y Pasión del Señor. Dice san Cirilo: “Él fue verdaderamente crucificado por nuestros pecados, lo que, si quisieres negarlo, te convencería este conocido lugar, este dichoso Gólgota en el que ahora estamos congregados por causa del que aquí fue clavado en la Cruz, y todo el orbe está ya lleno del leño de la Cruz, seccionado en fragmentos”. En otra, encontramos la siguiente afirmación: “Hay muchos testimonios verdaderos de Cristo. […] Es testigo el santo madero de la Cruz, que se contempla entre nosotros hasta el día de hoy y por los que, impelidos por la fe, separan partículas de éste y desde aquí ya poco más o menos han llenado casi completamente todo el orbe”.

La última referencia de san Cirilo dice: “La pasión, pues, fue verdadera, pues verdaderamente fue crucificado, y no nos avergonzamos; fue crucificado y no lo negamos, es más, me glorío cuando lo digo. Pues si lo negare, me lo haría constar ese Gólgota, junto al que ahora todos estamos presentes; me lo haría constar el madero de la Cruz, que en partículas desde este lugar ha sido distribuido ya por todo el orbe”.

El culto a la Vera Cruz estaba ya más que consolidado a mediados del siglo IV. A partir de la extensión de éste sobre todo para la adoración del Viernes Santo, donde no había reliquia se empezó a venerar una simple cruz, con o sin crucifijo.

En el Missale Romanum clásico, anterior a 1962, podemos encontrar dos fiestas en honor del árbol de la salvación desde la Edad Media: la fiesta del hallazgo de la Santa Cruz, el tres de mayo, reducida a calendarios particulares en la reforma del calendario universal de 1962, y la de la Exaltación de la Santa Cruz, el catorce de septiembre, que tiene categoría litúrgica de fiesta en el actual calendario romano ordinario y que es compartida con las Iglesias orientales. Las solemnidades y fiestas del Señor que se distribuyen en el tiempo ordinario del año litúrgico subrayan o desarrollan aspectos del misterio pascual de Jesucristo. No son repeticiones, porque, además, contemplan la obra de la Redención desde una óptica distinta. Se hace la conmemoración desde una perspectiva diferente. Mientras que en el propio del tiempo lo hacemos siguiendo a los sinópticos, que nos acercan detalladamente a la figura de Jesús partiendo de su infancia de una manera cronológica, en estas fiestas se vive desde el prisma joánico, con una visión teológica unitaria desde la globalidad del misterio pascual --Pasión, Muerte, Resurrección-- en el tiempo de la Iglesia.

La primera fiesta litúrgica de la Cruz, la del catorce de septiembre, surge a partir del aniversario de la dedicación del complejo jerosolimitano del Santo Sepulcro el trece de septiembre del 335, según Egeria (Itinerarium, cap. 48-49). Aunque cuando ella hizo la visita estaban las dos basílicas terminadas: Martyrium y Anástasis, dicha dedicación ocurrió antes de terminar la de la Anástasis. El cuerpo principal del conjunto era una basílica de cinco naves que el arquitecto Zenobio hizo levantar, llamada Martyrium, porque era memoria de la pasión, pues se alzaba sobre el lugar del hallazgo de la Santa Cruz. Su ábside estaba frente a la cámara sepulcral. La fachada se abría al Este, al cardo maximus.

San Adamnano de Iona (+704), siguiendo a san Arculfo, que había realizado un viaje a Tierra Santa en torno al 680, compuso en el 698 su descripción de los Santos Lugares. Cuando habla del Martyrium dice: “[basílica] levantada en el lugar donde fue hallada la Cruz del Señor, con la otras dos cruces de los ladrones, escondida bajo tierra, después de doscientos treinta y tres años, por merced del Señor”. Un atrio porticado comunicaba esta basílica con la rotonda de la Anástasis, construida en torno a la cámara sepulcral, individuada del resto del terreno. En el ángulo sudoriental del patio se encontraba a cielo abierto la cima del Gólgota, que se elevaba poco más o menos como la altura de un hombre, a cuya cima conducía una escalinata, y en cuya cumbre se erguía una cruz maciza, adornada de oro y piedras preciosas, hecha colocar allí en torno al 385 por el emperador Teodosio”.

El Arcediano Teodosio, norteafricano, con ocasión de una peregrinación suya a Tierra Santa, alrededor del 530, también vincula la fiesta del hallazgo, y dice: “Hallazgo de la Santa Cruz, cuando fue hallada por Elena, la madre de Constantino, en XXVII calendas de octubre [15 de septiembre] y por un periodo de siete días en Jerusalén, allí, junto al sepulcro del Señor se celebran misas y la propia Cruz es expuesta”.

Otros la hacen remontar a la Apparitio Crucis en Jerusalén el siete de mayo del 351, cuya memoria al pasar a occidente se vinculó al hallazgo del santo madero y quizá por error de lectura se fijó el tres de mayo. Los textos eucológicos de la misa pasaron a la redacción galicana del Sacramentario Gelasiano, y en época carolingia a los libros romanos. Hay quien opina, que esta fiesta del tres de mayo es de origen romano y aun anterior allí a la del catorce de septiembre. La celebración solemne de este día, en cualquier caso, se puede constatar desde el siglo VII; en el siglo VIII, la fiesta penetró en la Galia con la reforma litúrgica carolingia, y finalmente entró en el Misal Romano de 1570.

Esta fiesta aparece, por otra parte, lo que viene a reforzar la tesis galicana, en Hispania, en muchos calendarios y fuentes litúrgicas mozárabes. Sin embargo, la fiesta del catorce de septiembre no figura en ningún calendario hispánico, por lo que debió introducirse con el rito romano.

Terminemos esta reflexión con las palabras de san Alfonso María de Ligorio, el gran maestro napolitano de la vida espiritual del siglo XVIII, que resumen todo el contenido del símbolo de la Cruz para el pueblo cristiano: “Peleemos, pues, señores, todos juntos debajo de la Santísima Insignia de la Cruz, no sólo crucificando la vanidad de las razones heréticas, por la oposición de la santa y sana doctrina, sino crucificando también entre nosotros al antiguo Adán, con todas nuestras concupiscencias, para que, conformes a la imagen del Hijo de Dios, cuando este estandarte de la Cruz se vea plantado sobre los muros de la Jerusalén celeste, en señal de que todas sus riquezas y magnificencia serán concedidas a los que hubieren valerosamente combatido, podamos tener parte en estos ricos despojos, que el Crucifijo promete en recompensa del ánimo y valor de sus soldados, que es el tesoro de la inmortalidad.

  

jueves, 7 de abril de 2022

EL RESUCITADO SE “ENCUENTRA” CON SU MADRE

 


                     

EL RESUCITADO SE “ENCUENTRA” CON SU MADRE

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Diocesano de Religiosidad Popular

 

 

 

En muchas localidades de nuestra geografía, en la mañana del Domingo de Pascua, se representa en forma de procesión el “encuentro” de Jesús resucitado con su Madre, la Virgen María. Aunque se trata de un dato no reflejado en la Escritura, la Iglesia lo ha hecho suyo a través de la Religiosidad Popular: son, todas, expresiones cultuales que exaltan la nueva condición y la gloria de Cristo Resucitado, así como su poder divino que brota de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

La Religiosidad Popular ha intuido que la asociación del Hijo con la Madre es permanente: en la hora del dolor y de la muerte, en la hora de la alegría y de la resurrección.

La afirmación litúrgica de que Dios ha colmado de alegría a la Virgen en la Resurrección del Hijo, ha sido, por decirlo de algún modo, traducida y representada por la Religiosidad Popular en el “encuentro de la Madre con el Hijo resucitado”: la mañana de Pascua dos procesiones, una con la imagen de la Madre Dolorosa, otra con la de Cristo Resucitado, se encuentran para significar que la Virgen fue la primera que participó, y plenamente, del misterio de la Resurrección del Hijo.

La reflexión teológica y litúrgica del encuentro de María con el Resucitado se ha convertido en un momento culminante de la Semana Santa de nuestros pueblos y ciudades al solemnizar así el domingo de Pascua.

Ni Pablo ni Marcos incluyen expresamente a la Madre de Jesús entre los cristianos. Más tarde, Mateo y Lucas ponen de relieve su función personal en el nacimiento de Jesús. Más tarde aún, Lucas y Juan afirmarán que ella ha sido una cristiana, suponiendo así que ha tenido una experiencia pascual. No se ha limitado a recibir con fe a su Hijo (como suponen Mateo y Lucas), sino que ha convertido en discípula de su Hijo. De todas formas, sobre el sentido de esa experiencia pascual de María hay en la Biblia una gran silencio que nosotros no queremos descorrer. Sin embargo, manteniendo un máximo respeto por lo que es desconocido, podemos y debemos esbozar algunos breves rasgos el sentido de su pascua materna.

Al hablar de una experiencia pascual de María de Nazaret la situamos al lado de María de Magdala y de Pedro, Santiago y Pablo. Estrictamente hablando, ése no es un tema bíblico, pero ha sido expuesto por algunos grandes orantes de la tradición cristiana. Ellos no son prueba, pero sí ejemplo de la forma en que millones de cristianos han imaginado la experiencia pascual de María, la Madre.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, sin embargo en ninguna de ellas se nos dice que Jesús se encontrara con su madre. Este silencio no puede conducirnos a concluir que dicha escena nunca ocurrió; al contrario, invita a los exégetas y teólogos a indagar en los motivos por los que no se refleja.

Quizá, la razón por la que el Nuevo Testamento no refiera este acontecimiento estriba en que aquellos que negaban la Resurrección de Cristo podrían haber considerado este testimonio como demasiado interesado y por tanto no merecedor de fe.

Los evangelios relatan varias apariciones de Jesús resucitado, sin embargo no pretenden hacer una descripción exhaustiva de los acontecimientos pascuales. Esto queda puesto de manifiesto al no referir aquella tan notoria en la que se apareció “a más de quinientos hermanos a la vez”, como nos recuerda san Pablo (1Co 15, 6). Ello es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.

¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cf. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo Resucitado de entre los muertos?

Aun no encontrando ningún testimonio bíblico sobre esta escena, el pueblo siempre lo creyó. Entre los “troparios” de la Resurrección que la liturgia bizantina canta cada domingo, en uno de ellos se ha conservado un breve recuerdo al encuentro de Jesús con la Virgen María: “Ángeles bajaron a tu sepulcro, y los guardianes cayeron amortecidos… Saliste al encuentro de la Virgen tú que dabas la vida. ¡Señor resucitado de entre los muertos, gloria a ti!” (Aldazábal 1992, 20).

Una antiquísima ilustración iconográfica se hace eco de esta convicción de los cristianos en el Evangeliario de Rabbula obispo de Edesa, de finales del siglo IV, conservado actualmente en la Biblioteca Laurenziana de Florencia.

Por otra parte la aparición de Jesús Resucitado a su Madre es un hecho que se daba por supuesto en la tradición recogida por Celio Sedulio, un autor del siglo V, en su poema “Carmen pascale” al afirmar que “Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre”. Así inundada por la gloria del  Resucitado, ella anticipa del resplandor de la Iglesia. Lo atestigua en la “La amarga pasión de Cristo” la beata Ana Catalina Emmerich (1774-1824), al afirmar que la Santísima Virgen le pidió a Jesucristo “que la dejase ir a morir con él”. Participó de la comunión en la última Cena y “le dijo que resucitaría y el lugar donde se le aparecería”, como de hecho sucedió.

María estuvo presente en el Calvario durante el Viernes Santo (Jn, 19, 25.) y fue modelo de la espera al Resucitado y también testigo privilegiado de la Resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del Misterio Pascual. Ella, al acoger a Jesucristo resucitado, es también un signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos. Los himnos de alegría y el Aleluya nos invitan a alegrarnos: “Reina del cielo, alégrate, Aleluya”. Así se recuerda el gozo de María con la Resurrección de Jesús prolongando el Aleluya en el tiempo pascual. Ella es también modelo de la Iglesia acompañando a los apóstoles en el cenáculo antes de Pentecostés (Hch 1,14).

San Ignacio de Loyola en una página famosa de su obra más significativa, ha evocado la más temprana aparición de Jesús resucitado. Así presenta a María como la primera que ha realizado el camino de renovación y experiencia cristiana que él propone a sus compañeros y discípulos: apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ¿también vosotros estáis sin entendimiento? (EE, 299).

Supone pues, san Ignacio, que la Biblia no ha tenido necesidad de exponer esta experiencia de la madre de Jesús, pues ella se encuentra incluida en los pasajes donde se dice o implica que el proceso de experiencia pascual no está cerrado en el grupo de personas que se citan de una forma expresa en los pasajes pertinentes. Entre los muchos a los que el Cristo se ha manifestado debe hallarse ella. Esta aparición es para Ignacio de Loyola el punto de partida de toda la experiencia pascual.

La Madre no ha tenido que salir de casa, de su casa, en la mañana de la Pascua. Ella ha visto a Jesús o, mejor dicho, ha descubierto la presencia pascual de Jesús en el centro de su vida, dentro de su casa. Todo sigue siendo normal pero todo es diferente: ella sabe desde ahora que su Hijo vive y que ella vive en él por siempre, sin necesidad de visiones exteriores.

Esta aparición debe entenderse a la luz de la experiencia previa de la anunciación (cf. Lc 1, 26-38). Pero ahora ya no viene a saludarle el ángel del Señor; viene el mismo Jesús, Hijo de Dios. En vez de pedirle colaboración, Jesús le ofrece ya su gloria. Es normal que la Religiosidad Popular haya situado esta Pascua Mariana en el comienzo de toda la experiencia de la iglesia.

Santa Teresa de Jesús ha evocado el encuentro de una forma mucho más personal. Por eso apela a su propia experiencia de plegaria: “Díjome (Jesús) que en resucitando había visto a Nuestra Señora, porque estaba ya con gran necesidad, que la pena la tenía tan absorta y traspasada, que aun no tornaba luego en sí para gozar de aquel gozo (por aquí entendía es otro mi traspasamiento, bien diferente; “mas ¡cuál debía ser el de la Virgen!) y que había estado mucho con ella, porque había sido menester, hasta consolarla”.(Cuentas de conciencia, 13ª, 12).

Son palabras que santa Teresa de Jesús escucha en su interior después de comulgar, en actitud de profundo éxtasis. El mismo Jesús Resucitado viene a consolarle a ella, en actitud de experiencia pascual, diciéndole de alguna forma lo que en otro tiempo había dicho a su propia madre, en el momento de primera aparición resucitada.

Notemos que Teresa se sitúa en el lugar en que se hallaba antes María. Lo mismo que Jesús dijo a su madre es lo que ahora ha venido a decirle a ella. Por eso, la Eucaristía y el gozo de Dios (de Jesús) que en ella encuentra viene a interpretarse como experiencia (aparición) pascual en el camino de su vida.

Teresa estaba triste. También María, la madre de Jesús, se hallaba triste (absorta y traspasada de dolor) después del Viernes Santo. Lógicamente, Jesús viene a visitarla y consolarla, en gesto de amor largo que aparece como principio de las restantes apariciones. También ahora ha venido, viene a visitar y consolar a Teresa, en experiencia espiritual muy honda, en relación de Pascua.

San Ignacio de Loyola presentaba el tema de un modo objetivo, es decir, como una doctrina de la Iglesia, pidiendo a los ejercitantes que la aplicaran a su propia vida. Teresa de Jesús nos ha ofrecido en cambio su propia experiencia personal: el mismo Jesús Resucitado que vino a consolar a su madre en días de gran traspasamiento (dolor), viene a consolarle a ella, en la noche de su Viernes Santo, convertido en Pascua.

La aparición pascual se entiende, según eso, como ayuda para el triste: en gozo intenso, como signo de su triunfo total sobre la muerte, Jesús viene a sostener a los que sufren. Así imagina Teresa la Pascua de la madre de Jesús; así entiende la suya, pues el mismo Jesús resucitado viene a visitarla. Así deben entenderla los cristianos: la experiencia pascual no es algo que ha quedado cerrado en el pasado, no es puro recuerdo del principio, algo que sintieron sólo los apóstoles. Santa Teresa de Jesús supone que todos los cristianos pueden asumir y actualizar de alguna forma esa experiencia pascual en clave de oración intensa, en gesto de profunda donación y entrega en manos de Cristo.

Por otra parte la tradición de la Iglesia Oriental ha interpretado esta experiencia pascual de María a la luz del relato de la Encarnación. El mismo ángel que al principio le anunció el nacimiento de Cristo vino al fin a anunciarle su victoria: así como el Adviento, también el gozo de la Resurrección fue anunciado a su Madre antes que a los demás... La Virgen que alababa y suplicaba fue la primera a quien el Hijo mostró la luz de la Resurrección (Jorge de Nicomedia, siglo IX).

La Madre de Dios recibió el feliz anuncio de la Resurrección del Señor antes que todos los hombres, como era conveniente y justo; precisamente ella lo fio antes que los demás, ella gozó de su vista... y lo oyó con sus oídos, pero también la primera y la única, tocó con las manos sus santos pies (Gregorio Pálamas, siglo XIV).

Desde este fondo se entiende la más famosa de las oraciones marianas de tipo pascual, el “Regina coeli, laetare!” que, en formas diversas, se ha cantado y se sigue cantando desde antiguo en la Iglesia. Los cristianos se unen al ángel de la Pascua que anuncia a la Madre de Jesús el triunfo de su Hijo.

Dejando correr la imaginación en la línea esbozada de algún modo por el texto de Teresa de Jesús, podríamos pensar que la Madre había preparado el camino pascual cumpliendo el duelo por su hijo. Según las costumbres judías del tiempo, los parientes más cercanos tenían que observar un luto riguroso por un miembro de la familia.

Ciertamente, Jesús había fallecido de manera ignominiosa. Pero su Madre y hermanos tenían que hacer luto. Podemos suponer que esos hermanos habían sido de algún modo sus contrarios: no habían aceptado su mensaje, le habían rechazado. Pero aunque no hubieran aceptado su proyecto en vida, conforme a la costumbre social más arraigada, tenían que llorarle en la muerte.

Pues bien, en un momento determinado, que el texto no permite adivinar, la casa del luto de la madre y los parientes se ha transformado en hogar de nacimiento, en ámbito de Pascua: el llanto se vuelve alegría, la actitud anterior de oposición de los parientes ha venido a convertirse en acogida creyente. Es normal que esta experiencia de transformación pascual haya vinculado en primer lugar a la Madre de Jesús y los parientes. Es también normal que los otros grupos de personas más relacionadas con Jesús (apóstoles y mujeres) se hayan puesto en contacto con la Madre y los parientes en la Pascua.

Las mujeres han hallado en Jesús al amigo (como indicábamos hablando de María Magdalena): han descubierto en él al verdadero ser humano, al redentor universal que convoca a todos a la misma tarea del Reino. Los parientes han visto en Jesús al nuevo y verdadero israelita que rompe el tipo de familia nacional antigua, para recrear con ellos y por ellos el Israel escatológico. Pues bien, entre ellos se encuentra la Madre de Jesús que ha recuperado plenamente al Hijo que ella había criado sobre el mundo. Sólo ella puede aportar y aporta la experiencia y amor del nacimiento humano de Jesús dentro de la Iglesia

La procesión del “encuentro” de Cristo Resucitado y su Madre María es como una luminaria de espiritualidad frente a la actitud paganizante de nuestros tiempos. Si la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe cristiana, con el encuentro de las imágenes de Cristo con su Madre se pone de relieve este misterio y paso, que despiertan profundos sentimientos de devoción y de esperanza en la Resurrección.

Los verdaderos protagonistas de la procesión y “encuentro” de Cristo Resucitado y su Madre María, no son las imágenes sino las gentes que contemplan el “encuentro”, como “cristos” de carne y hueso, que sienten vibrar sus corazones y despertar a las conciencias para la conversión hacia Dios. Se nos exige que vivamos lo que celebramos. Se nos exige también una nueva evangelización de la fe.