sábado, 15 de febrero de 2025
viernes, 14 de febrero de 2025
PLEGARIA SACERDOTAL
Señor Jesús:
Sacerdote eterno, presente en el sacramento eucarístico,
Tú buscaste el corazón de cada hombre para hacer de él una nuevacriatura.
De ti nació un pueblo nuevo.
Un pueblo que, al principio, fue sólo un grupo reducido,
pero dueño de una magnífica promesa: Integrar a toda la humanidad.
Tú llamaste a los que quisiste
para que participaran de tu sacerdocio;
no te elegimos nosotros a ti,
sino que fuiste tú quien nos eligió a nosotros.
Más aún, tú nos has descubierto que,
detrás de tu llamada, está la elección misteriosa de Dios Padre.
Nos llamaste a seguirte;
es decir, a ir en pos de ti, a recorrer tu propio camino;
por tanto, nos exiges sobre todo una gran confianza en ti;
confianza total, entrega completa a tu persona.
Sacerdote eterno:
Tú nos llamas a ser tus discípulos
a repetir, acompañados por ti, tu propia vida y misión.
Y esa habrá de ser en adelante
nuestra tarea fundamental como llamados a prolongar tu sacerdocio.
Una tarea que englobará y dará nuevo sentido
a toda nuestra existencia.
Somos tus discípulos,
y sientes un gran amor por nosotros.
Nos consideras como tu auténtica familia, tus amigos, no tus siervos.
Te preocupas de nosotros como una madre solícita
se esfuerza por no perder a sus hijos;
nos corriges con dulzura,
nos educas con una paciencia infinita.
Queremos aceptarte como el sentido único y absoluto de la vida:
Nos exiges el desprendimiento total de los bienes
y la renuncia a formar una familia.
Tú eres el objetivo prioritario de nuestra vida:
Tú por encima de todo.
Cada mañana vuelves a poner delante de nuestras miradas
la exigencia con que comenzó toda nuestra historia personal:
“Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre,
y ven a la tierra que te mostraré”.
¡Qué difícil resulta cortar amarras y seguirte…!
Cada mañana nos propones un camino de amor;
y no hay amor sin libertad.
La respuesta a este amor ha de ser personal, consciente y libre,
e implica a toda la persona.
Para seguirte como sacerdotes
hay que tomar una decisión personal e intransferible.
Negarse a sí mismo y tomar tu cruz…
Más pronto o más tarde,
en nuestra vida sacerdotal si esta abierta al amor
aparecerá el sufrimiento que lo cambia todo.
Es una prueba que, o destruye o madura.
El sufrimiento mal encajado rebela,
endurece y agría el corazón humano;
el sufrimiento aceptado como fruto del amor
ensancha la capacidad de amar y comprender, humaniza y fecunda.
El amor a los hermanos que has puesto en nuestra vida,
ese vaciarse para que tengan vida y vida abundante
produce dolor y sufrimiento;
aceptar este sufrimiento es tratar de vivirlo con amor
y situarlo en la perspectiva de la esperanza,
vivirlo como dolor de parto y no como dolor de muerte.
Además, Señor Jesús:
Estamos vocacionados a llevar también las cruces de los otros.
Y tomar la cruz de nuestros hermanos
significa también saberse complicar la vida en favor de ellos;
no sólo preocuparse por lo propio,
sino hacer del dolor y sufrimiento de los otros nuestro propiosufrimiento.
Señor Jesús:
Tú nos has llamado a compartir tu sacerdocio.
Aquí está el secreto.
Porque se trata de un camino difícil,
imposible de recorrer con nuestras propias fuerzas.
Sólo hay una forma de hacerlo:
Ponernos detrás de ti
y hacer que nuestros pies vayan pisando tus mismas huellas,
vivir contigo y como Tú.
Aprenderemos de esta forma a convivir contigo:
Así Tú, Sacerdote eterno, nos vas moldeando como discípulos
para que seamos imagen viva de tu presencia en el mundo.
El resultado de este seguimiento
será la plena identificación contigo.
Ya no seremos nosotros los que viviremos,
será tu sacerdocio, quien vivirá en nosotros.
Señor Jesús:
Nos has enviado a predicar con el poder de expulsar a los demonios.
Nos has enviado a ejercitar una tarea:
Nos has llamado a proclamar el Reino de Dios.
Que no seamos aprendices de un mensaje para después repetirlo
sino que te anunciemos a ti como camino, verdad y vida;
para ello, tenemos que estar contigo en intimidad constante,
escuchándote e identificándonos con tu estilo de vivir.
Sólo así podremos predicarte, anunciarte y comunicarte,
es decir, dar testimonio de lo que hemos visto y oído.
En definitiva,
podremos decir que los sacerdotes en nuestro mundo
somos Jesús mismo, que prolongamos tu acción,
que somos otro Cristo en la historia
que transmitimos a Jesús que se ensancha para poder llegar a todos.
¡Sublime poder otorgado a los frágiles hombres!
¡Gran tesoro llevado en vasijas de barro!
Señor Jesús, Sacerdote eterno:
La dignidad de nuestra vocación sacerdotal,
se expresa en nuestra disponibilidad para servir,
según tu ejemplo,
que no viniste al mundo para ser servido sino para servir.
A la luz de esta actitud tuya,
sólo sirviendo podremos verdaderamente reinar.
Es decir,
que toda nuestra vida la entendamos y la vivamos como un servicio,
sólo así reinaremos como Tú, Señor.
Ahora nos volvemos a tu madre y señora nuestra, María.
Reina de los sacerdotes:
¡Tú eres nuestro refugio y esperanza en este tiempo!
¡Tú eres la reina de la esperanza!
Como una vez oraste en medio de los Apóstoles de tu Hijo Jesús
pidiendo el don prometido del Espíritu Santo,
intercede ahora por nosotros tu sacerdotes
para que por el poder de este mismo Espíritu seamos verdaderos testigosde Cristo tu Hijo.
A Él sea la gloria por los siglos.
Amén
(Valencia 24, junio, 2009)
viernes, 31 de enero de 2025
CENTENARIO JUNTA MAYOR DE SEMANA SANTA
MARINERA
I
El Señor ha estado
grande con nosotros y estamos alegres. Ha hecho maravillas en sus humildes
siervos.
En la celebración de este Centenario donde recordamos a los
fueron presidentes, secretarios y priores de la Semana Santa Marinera, se unen el
pasado, el presente y el futuro:
agradecimiento y esperanza, petición de perdón y de gracia. Vivir este Centenario
nos anima a mirar al pasado con gratitud,
vivir el presente con entusiasmo y encaminarse al futuro con esperanza.
Este Centenario nos ofrece, ante todo, una ocasión para
redescubrir lo esencial de nuestra existencia como miembros cofrades de una Hermandad
o Cofradía: El amor de Dios por cada uno, que nos llama en su Hijo, con el don
del Espíritu Santo, a ser sus hijos.
Junta Mayor de la Semana Santa Marinera fue y es una obra de la
Iglesia que peregrina por nuestros
Poblados Marineros.
Por tanto, nuestra vida como cristianos que viven de manera
pública su fe debe ser una fidelidad agradecida, porque no somos fieles a una
idea sino a una persona: a Cristo Jesús, Señor nuestro, que –podemos decir cada
uno– «nos amó y se entregó por nosotros» (Gal, 2,20). Sabernos queridos
personalmente por Dios nos empuja, con su gracia, a un amor fiel y
perseverante. Un amor lleno de esperanza en lo que Dios hará en la Iglesia y en
el mundo, a través de la vida de cada uno de nosotros, aun en medio de nuestra
fragilidad.
La celebración del Centenario de la Junta Mayor de la Semana
Santa Marinera de Valencia tiene este eco que acabo de evocar: La gratitud a los
que nos antecedieron y sembraron esta semilla que se ha hecho árbol frondoso.
Durante estos cien años, hombres y mujeres de nuestros barrios del Cabañal, del
Cañamelar y del Grao han contribuido en la misión evangelizadora y samaritana a
través de las diversas hermandades y cofradías de nuestra Semana Santa. Todo
ello ha sido y es posible por la oración, la formación y el compromiso
voluntario de cada miembro de las diversas asociaciones de fieles que han
expresado a lo largo de los años, en nuestras calles y plazas, su adhesión a la
Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
Hemos de dar gracias por estos cien años, con una memoria
agradecida, que nos impulse a vivir el presente con entrega apasionada, sin
lamentos ni nostalgias, conscientes de que “a los que aman a Dios todo les
sirve para el bien”. La memoria agradecida y el presente apasionado nos invitan
a mirar al futuro con esperanza, renovando nuestra conciencia de elegidos y
predestinados a colaborar en la obra de Dios, camino de su Reino.
Junto a la gratitud, debe ser un tiempo de petición de perdón.
Perdón por las limitaciones personales y colectivas, por las omisiones y por el
daño que cada uno de nosotros haya podido causar.
La memoria del pasado implica un redescubrimiento de los orígenes
y de la esencia de la institución, de su originalidad y su valor. Y también una
profundización en la historia, en las personas y momentos concretos, con sus
luces y sus sombras: la historia –personal o institucional– forma parte de nuestra
identidad.
Hoy el amor al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de
Jesucristo que tenemos los miembros de las diversas Hermandades, Cofradías y
Corporaciones de nuestra Junta de Semana Santa Marinera une el pasado, el presente y el futuro. Un amor que nos impulsa a
evangelizar y comprometernos con generosidad cara a las futuras generaciones. Nuestra
entrega debe ser una entrega confiada. Ella guiará nuestras mentes y nuestros corazones
y los abrirá a la acción del Espíritu Santo y al encuentro transformador con su
Hijo Jesús.
Las dimensiones misionera y samaritana de nuestra Hermandades,
Cofradías y Corporaciones deben traspasar el tiempo.
II
La religiosidad popular contiene esa capacidad transformadora
que nos permite, por el contacto con el misterio del Hijo de Dios hecho “carne”,
tocar no sólo la razón, sino cada uno de los sentidos y, de esta forma,
anunciar el Evangelio al ser humano en su verdad más real.
El Dios misericordioso, que comparece en el acto de veneración
de nuestras imágenes devocionales, se presenta como fundamento de la esperanza en un camino que emprendieron nuestros
antepasados, no fiados en nuestras capacidades y grandezas, sino “amando la
pequeñez y la pobreza”, sabedores de que sólo Él es nuestro bien, “nuestro
único tesoro”. Su mirada divina se detiene en nuestra pequeñez y el impacto de
su amor ciega nuestra mirada, porque desborda la capacidad de proporción --siempre
ajustada a los cálculos de este mundo-- que caracteriza el humano sentido de la
vista.
Este Centenario debe encontrar su inspiración, por tanto, en la
profunda mirada de contemplación sobre la realidad eclesial de las parroquias
que hace cien años desarrollaban su expresión de fe atravesadas por la
incidencia de la piedad popular, y que configuraron un testimonio vivo de la
misión y la espiritualidad cristianas de su época.
Desde esta perspectiva, podemos contemplar cómo la piedad
popular, con su capacidad de encarnar el Evangelio en la vida cotidiana
preserva, de hecho, un rico patrimonio de fe, pero además pone en juego un
modelo pastoral válido y profundamente necesario para los años transcurridos a
lo largo de estos cien años. Esta piedad, que brotó del corazón del pueblo de
Dios que caminaba, y camina, en estos Poblados Marítimos, y se nutrió de sus
anhelos y desafíos, ofreció una forma de evangelización que incidió sobre la
cultura de su tiempo, promoviendo una Iglesia con sentido misionero. Hoy los
cofrades de nuestro tiempo herederos de un pasado tienen que definirse como
discípulos misioneros, de profunda espiritualidad y una sólida formación.
Estos cien años han sido un espacio de encuentro, de diálogo, de
reflexión, de contemplación y compromiso, donde las Hermandades, Cofradías y
Corporaciones han tenido la oportunidad, no sin problemas, de considerar su
identidad y su misión y, al mismo tiempo, han podido renovar su vocación
eclesial de servicio a la sociedad.
La primera actitud que
permitió reflejar la imagen de Cristo en el seno de las Hermandades y Cofradías
fue la fraternidad, antídoto frente al aislamiento que muchas veces nos rodean,
que permite superar además toda forma de soledad. Las Hermandades, Cofradías y
Corporaciones han desempeñado un papel fundamental en la cohesión social, en el
apoyo mutuo y en la promoción de valores morales cristianos, que ha hecho ver
cómo la santificación es un camino comunitario.
La pertenencia a una Cofradía o a una Hermandad o a una
Corporación no ha sido algo aleatorio, sino un hecho que ha estado íntimamente
ligado a la pertenencia familiar, primer ámbito de anuncio de la fe para los
hijos. Por ello, las Cofradías, Hermandades y Corporaciones no han sido simples
sociedades de ayuda mutua o asociaciones filantrópicas, tampoco conglomerados
sin enganche sobrenatural ni grupos que buscan favorecer y proteger intereses
personales y corporativos. Han sido un conjunto de hermanos que, queriendo
vivir el Evangelio con la certeza de ser parte viva de la Iglesia, se propusieron
poner en práctica el mandamiento del amor que impulsó a abrir el corazón a los
demás, especialmente a los que estaban atravesando dificultades y carencias.
Este Centenario, es además un momento propicio para considerar
los desafíos que se presentan a nuestras asociaciones públicas de fieles de
la Iglesia, como son las Cofradías, Hermandades, y Corporaciones y a la
sociedad en general y plantearnos cómo
podríamos contribuir mejor a dar una respuesta válida como instituciones
eclesiales a la vivencia del Evangelio.
Finalmente, este Centenario debe ser un tiempo de esperanza, con
confianza en la gracia de Dios y en la actualidad para iluminar las realidades
más complejas, de ahora y en el futuro. Confiamos en el poder del Espíritu
Santo, no en nuestras fuerzas.
Estamos en pleno jubileo eclesial del 2025, el primero del
tercer milenio, que tiene como tema “peregrinos de la esperanza”. El artista
del cartel anunciador de nuestra Semana Santa Marinera ha sabido incidir en la
raíz y fundamento de este Jubileo al plasmar que Cristo Crucificado es el ancla de nuestra esperanza.
III
Las Hermandades, Cofradías y Corporaciones, como expresiones
vivas de la piedad popular, son fenómenos complejos que han de ser comprendidos
desde diversas perspectivas: antropológica, histórica, teológica y
eclesiológica. Estas instituciones eclesiales reflejan ciertamente las
necesidades humanas de pertenencia y trascendencia, pero tienen sobre todo una
profunda raigambre histórica, actuando como transmisoras de la fe en un tiempo
y lugar concreto. En el plano teológico, encarnan una espiritualidad orientada
a la devoción y al misterio cristiano, mientras que, desde el punto de vista de
la eclesiología, representan una forma de comunión y participación en la vida
de la Iglesia. Cada una de estas dimensiones aporta claves esenciales para
entender el papel multifacético de las hermandades en la sociedad y en la fe.
Las Hermandades, Cofradías y Corporaciones tienen una profunda
dimensión antropológica, ya que responden, en el seno de la Iglesia, a la
permanente necesidad humana de pertenencia, identidad y trascendencia. Estas
instituciones eclesiales reúnen a personas que ponen en juego valores,
tradiciones y una fe común, fortaleciendo así el sentido de comunidad. Además,
expresan el anhelo humano de encuentro con Dios a través de la Sagrada Liturgia,
las procesiones y los actos devocionales que permiten acoger el don de la
gracia divina.
Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñar a
la Iglesia, y para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos
prestar mucha atención, particularmente a la hora de pensar la nueva
evangelización, porque la teología debe aprender, profundizar, sistematizar las
expresiones de la piedad católica popular que representan el sentido de la fe
cristiana.
Al reflexionar sobre la misión evangelizadora, alma de las Hermandades,
Cofradías y Corporaciones en el contexto de una sociedad en constante
transformación, muy diferente de hace cien años, es fundamental reconocer la
riqueza que la tradición y la piedad popular aportan como claves de comprensión
de la cultura y sus expresiones. Aunque no cabe aferrarse a sueños nostálgicos
de restauración, tampoco se pueden ignorar los valores que la tradición
representa. La historia, como maestra, ofrece lecciones perdurables, incluso
frente al vertiginoso avance del tiempo.
El desafío de la evangelización cara al futuro implica no solo
humanizar la tecnología, sino también redescubrir la maravilla ante la belleza
como vía privilegiada para el encuentro con Dios. Las Cofradías, Hermandades y
Corporaciones herederas de una rica tradición de fe, actúan como garante de
estos signos indelebles, invitando a nuevas generaciones a valorar y continuar
este legado en el marco de un cambio cultural que redefine nuestro modo de
pensar y actuar.
Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, hizo esta
afirmación emblemática: “el cristiano del futuro o será un místico o no será
cristiano”. E insistía: “sin la experiencia religiosa interior de Dios, ningún
hombre puede permanecer siendo cristiano a la larga bajo la presión del actual
ambiente secularizado”.
Celebrar este Centenario de historia es una invitación a
recuperar la dimensión contemplativa, de nuestras Hermandades, Cofradías y
Corporaciones, especialmente en una sociedad acelerada que a menudo deja poco
lugar para el silencio y la meditación. En los actos piadosos (besamanos,
besapiés, viacrucis…), pero sobre todo en las procesión de nuestras imágenes
durante la Semana Santa, la contemplación de las imágenes sagradas, auténticas
obras de arte que expresan la fe del Pueblo de Dios, deben presentarse como una
puerta de entrada a la experiencia de lo divino.
Las tallas de Cristo y de la Virgen María, con su extraordinaria
belleza y su valor patrimonial e histórico, deben ser el centro de un ejercicio de oración. Nuestras
procesiones, que son actos de culto externo, están llamadas a recordar a todos
que estas imágenes son medios para contemplar el misterio de la salvación que llega de Cristo y de la intercesión de
María, la Virgen al pie de la Cruz. Estas procesiones deben ser una inmensa luz
que alumbre el existir, mirando más allá de lo visible y descubriendo en cada
expresión la grandeza del mensaje evangélico.
A raíz de la controversia iconoclasta desencadenada por el
emperador León III –que negaba todo valor a las imágenes y que derivó en la
oleada de destrucción de los principales iconos de la Iglesia oriental–, el año
787 fue convocado el II concilio de Nicea. Durante su desarrollo, los padres
conciliares procuraron fundar teológicamente el culto a las imágenes a través
del principio de la “veneración”, que permite una “traslatio ad prototypum”, es decir, las imágenes tienen la
capacidad de reenviar a su modelo a quienes las contemplan. De un modo análogo
a la Encarnación del Verbo, las imágenes se erigen en una cierta mediación
visible que, no obstante, remite a una verdad oculta y misteriosa.
Debemos cuidar que nunca se pierda de vista la “carne” de
Jesucristo, esa carne hecha de pasiones y emociones, sentimientos y relatos
concretos, manos que tocan y sanan, miradas que liberan y animan; de
hospitalidad y perdón, indignación, valor, y arrojo. En una palabra: Amor.
Cuenta Chesterton, en su biografía “San Francisco”, que cuando san
Francisco de Asís montó con su característica sencillez la representación “Navidad
en Belén”, en el que reyes y ángeles vestían ropajes vistosos y acartonados, al
estilo medieval y pelucas doradas, se produjo un milagro lleno de encanto
franciscano: El Niño Dios era un muñeco de madera, y cuentan que cuando san
Francisco lo abrazó, aquella imagen cobró vida en sus brazos.
Ante las imágenes de nuestra Semana Santa Marinera, también
nosotros nos sentimos mirados, pues no son meras pantallas, sino que, en ellas,
es Dios mismo quien cruza su viva mirada con la nuestra, hasta el punto de que
somos vistos por el Señor, alcanzados por el milagro de su Vida, y de su Carne.
Que así sea.
Poblados Marítimos, 1 de febrero de
2025
miércoles, 6 de noviembre de 2024
HOMILÍA PARA LA FIESTA DE SAN MARTÍN DE TOURS
HOMILÍA PARA LA FIESTA DE SAN MARTÍN DE TOURS
Los innumerables testimonios de los
santos que imitan a Cristo han de servirnos de lámparas según las cuales hemos
de navegar en nuestras vidas.
Sus historias nos muestran cómo
sobrellevar reveses, crisis y burlas de la manera más acorde a nuestra fe. Sus
biografías nos muestran el camino que nosotros también estamos llamados a
seguir. Y es muy esperanzador ver lo que personas como nosotros (como tú y como
yo) han logrado hacer.
No hace falta que nos inventemos nada
nuevo, ellos nos han precedido por los senderos hacia la santidad, y así sus
ejemplos concretos nos sirven de inspiración, y los sacramentos y la oración como
combustible para seguirlos.
Todos los santos son un enorme tesoro
para la Iglesia y, por eso, es tan importante recordar las obras y momentos que
marcaron sus vidas.
Recordamos hoy a san Martín, obispo
de Tours, uno de los santos más célebres y venerados de Europa. Nacido de
padres paganos en Panonia, en la actualidad Hungría, en torno al año 316.
Es un santo muy conocido por su gesto
de caridad hacia un pobre con el que compartió sus ropas, pero que fue sobre
todo un gran obispo de los primeros siglos de la Iglesia, y un obispo que tuvo
un papel muy importante en el desarrollo del monacato en Occidente.
La vida de san Martín de Tours nos
puede servir de modelo en muchos aspectos.
El papa Francisco dice que “el
Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de
Dios, […] cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de
Jesucristo y regala a su pueblo.(Gaudete
et exúltate, 6 y 21).
¿Cuál es el mensaje que el Espíritu
Santo nos regala en la vida de San Martín?
1.- Lo primero que destaca de San
Martín y por lo que ha pasado a la historia de la Iglesia es su caridad inmensa.
El episodio de su vida que más se
conoce sucedió en la etapa de su juventud, cuando el santo tenía tan solo 18
años. La convicción y el valor que mostró ya con esa edad son muestra de que
estaba lleno del Espíritu Santo.
Se trata del episodio del pobre
hombre que tiritaba de frío al que encontró por el camino. Martín, que no
llevaba nada para regalarle, sacó la espada y dividió su manto en dos partes,
dándole la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños a Jesucristo que se le
presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que
le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”.
Lo que experimentó san Martín es la
verdad de lo que Jesús dice en el evangelio: que Él se identifica con el pobre,
con el que pasa hambre o sed, el que está desnudo o cualquiera que necesite
nuestra ayuda. Así lo vivió san Martín, como también otros santos, que tomaron
en serio las palabras de Jesús y las hicieron vida, dedicándose a acoger a los
más pobres y servirles, porque en ellos veían el rostro mismo de Cristo.
Nosotros, cristianos, también debemos
hacer nuestras estas actitudes, que son un signo claro de nuestra fe. Servir y
amar a Cristo en los más pobres, ser solidario con ellos, ayudar a que se
integren en la vida de la sociedad, son actitudes básicas de quien cree en
Cristo. Creo que celebrar a san Martín como patrono significa, comprometerse de
manera especial en el servicio a los más pobres.
El gesto caritativo de san Martín se
inscribe en la misma lógica que impulsó a Jesús a multiplicar los panes para
las multitudes hambrientas y, sobre todo, a entregarse él mismo como alimento
para la humanidad en la Eucaristía, signo supremo del amor de Dios. Es la
lógica de la comunión, con la que se expresa de modo auténtico el amor al
prójimo.
San Martín nos debe ayudar a
comprender que solamente a través de un compromiso común de solidaridad es
posible responder al gran desafío de nuestro tiempo: construir un mundo de paz
y de justicia, en el que todos los hombres puedan vivir con dignidad. Esto
puede suceder si prevalece un modelo de auténtica solidaridad, que permita
garantizar a todos nuestros hermanos el alimento, el agua, la asistencia médica
necesaria, pero también el trabajo y los recursos energéticos, así como los
bienes culturales, el saber científico y tecnológico.
2.- El segundo aspecto que podemos
destacar de la vida de san Martín es su vocación
monástica. San Martín, que comenzó siendo soldado como su padre, después de
su conversión a la fe en Cristo dejó la espada y buscó la soledad. Su maestro san
Hilario de Poitiers, le cedió unas tierras para que edificara con algunos
amigos un monasterio y se retirara allí.
Fue el primer monasterio que hubo en Europa, el de Ligugé. En esta soledad
estuvo diez años dedicado a orar, hacer sacrificios y estudiar las Sagradas
Escrituras. Este monasterio se convirtió muy pronto a en un gran centro de vida
religiosa. Todo esto nos habla de la importancia de la oración en la vida del
cristiano.
San Martín buscaba y deseaba el
retiro y la oración, porque sabía que era indispensable para vivir en el
seguimiento de Cristo. La vida de este santo nos obliga a preguntarnos qué
lugar ocupa la oración en nuestra vida: ¿dedicamos tiempo al silencio y la
contemplación? ¿leemos con serenidad las Sagradas Escrituras dejando que
transformen nuestra vida?
Ser devoto de San Martín significa,
también, dedicar como él tiempo a la oración.
3.- Finalmente, unos diez años
después de establecerse en Tours, los cristianos de la ciudad, que se habían
quedado sin pastor, lo aclamaron como su obispo. Desde entonces san Martín, se
dice que él lo aceptó por “deber”, se
dedicó con ardiente celo a la evangelización de las zonas rurales y a la
formación del clero.
Lo cierto es que fue un obispo evangelizador, que realizó un
gran esfuerzo porque el Evangelio de Jesús llegara a todos los rincones y a
todas las personas. Para ello recorrió cada pueblo de su diócesis, dejando a un
sacerdote en cada uno de ellos. Con ello, fue el fundador de las parroquias
rurales en Francia.
San Martin evangelizaba no sólo con
la palabra sino con el testimonio de su vida. Además de la caridad con los más
pobres, que mantuvo siempre, tenía buen genio y era alegre y amable. En su
trato empleaba la más exquisita bondad con todos, por lo que se ganó el cariño
de todo el pueblo.
La vida de san Martín nos interpela para
que nosotros también seamos evangelizadores. Los cristianos del siglo XXI hemos
perdido la fuerza misionera. Quizás nuestra fe es demasiado débil o nos
sentimos acomplejados ante una sociedad que está muy alejada de Dios. Hemos de
recuperar la alegría de vivir la fe y de transmitirla.
“El Señor nos ha ungido, nos ha
enviado a llevar la buena nueva a los desvalidos de nuestra sociedad”. Estas
palabras eco de las palabras del profeta se cumplen en san Martín y están
dirigidas también a nosotros.
Cada uno somos enviados para
proclamar la buena nueva a todos, pero especialmente a los más pobres. Si nos
comprometemos al servicio de los pobres, y vivimos unidos a Dios en la oración
y recuperamos el entusiasmo evangelizador, habremos celebrado con autenticidad
esta fiesta en honor del glorioso san Martín.
Dirijámonos ahora a la Virgen María,
para que nos ayude a ser, como san Martín, testigos generosos del Evangelio de
la caridad y constructores incansables de la comunión solidaria.
Y que san Martín parta su capa con
nosotros para que nuestro corazón no se hiele de frio y nos otorgue vivir como
comunidad cristiana la vida de Cristo.
Amén.
11 de
noviembre 2024
PLEGARIA ANTE LA CATÁSTROFE DE VALENCIA
PLEGARIA ANTE LA CATÁSTROFE DE VALENCIA
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Valencia
Dios y Señor de todo este
mundo transitorio
que te compadeces y nos das
la vida y el amor:
escucha nuestras oraciones y
que nuestros gritos lleguen a Ti;
lloramos con nuestro pueblo,
de Valencia;
escucha tu los lamentos
desconsolados de niños y de mayores,
y haznos sentir la amargura y
desesperación
de quienes buscan a sus seres
queridos entre el agua y el barro.
Queremos ponernos en tus
manos, Padre bueno,
para que nos cuides a todos y
cada uno de nosotros.
Nos unimos en oración
esperanzada
porque necesitamos de tu
amparo y de tu protección,
pues sabemos que Tú todo lo
haces posible
y que no nos dejas solos en
ningún instante de nuestras vidas.
En medio de nuestra oración en
estos momentos de dolor
nos hemos preguntado, ¿dónde
te escondes, Señor, que no te vemos?
A veces nos gustaría tener una
respuesta fácil,
saber dónde estás cuando
pasan estas cosas,
pero nuestra relación contigo
no es algo mágico.
Sabemos que no te escondes
para no embarrarte,
ni estás mirando como ausente
lo que estamos viviendo,
pero desde nuestro dolor y
con nuestras manos manchadas
deseamos ver tu rostro Señor,
en medio de este acontecimiento
como la DANA
que nos ha golpeado a todos muchísimo.
Permanece cerca de nosotros
en estos momentos de angustia.
Conforta a todos aquellos
cuyos hogares han sido arrasados.
Consuela y fortalece a todos los
que han perdido a sus seres.
Llena con tu paz a los que
esperan
en medio del miedo y la incertidumbre.
Que te veamos más allá de lo
que nos está permitido,
que veamos el corazón humano
cuando le inunda los temores y los miedos.
Y como no entendemos este
misterio,
inevitablemente nos tenemos
que hacer preguntas.
Te hemos visto pisando
nuestras calles,
y entre papa y pala quitando
el barro, llevando la esperanza,
de que Tú nos abrazas con tu
Muerte y Resurrección,
aunque ahora no podamos entender
nada.
Sabemos que Tú incluso
comprendes la indignación
que nos causan estos hechos
que nos desbordan,
oprimen y arrebatan las vidas
de tantos seres queridos.
Estas calles cargadas de
dolor, rabia y muerte
que encogen el corazón para
soportar tanta angustia
que las manos de nuestros
hermanos sean tus manos, Señor.
Queremos que ellas sean el
lugar al que Tú acudes
para acompañarnos, cuando viene
la hora de soledad en este destierro.
Señor, queremos sentirte muy
cerca en estos momentos duros
en los que vemos que nuestro
mundo se desvanecerse.
Y sabemos que Tú estás con
nosotros
cubriendo con tus dos alas la
soledad de nuestras alma,
la angustia de nuestro dolor,
y la ausencia de nuestros seres queridos.
Y que sólo si es así, con
nuestros huesos derrotados
y nuestra piel cubierta con
la arcilla de este barro
aunque no te veamos es el
fondo de este infierno humano el lugar,
donde Tú nos recoges y nos
haces hijos de la Eternidad.
En estos momentos sólo
queremos estar unidos a Ti
que eres el único que en
medio de tanta oscuridad
puedes darnos la luz y la paz
que tanto necesitamos.
Sabemos que este desastre
también es producto
de nuestro descuido, y de
nuestra indiferencia,
pues sabemos que Tú creaste
todo lo existente,
pero fue la mano del hombre
quien no cuidó la tierra
que Tú nos diste por hogar.
Por eso hoy, Señor,
reconocemos las culpas
de lo que haya sido falta por
nuestra responsabilidad,
y te pedimos perdón con un
corazón arrepentido.
Enséñanos a vivir la
esperanza del dolor.
Enséñanos a sentir con plena
seguridad
que después del sufrimiento,
amaneceremos de nuevo a un
mundo se nos presentará
empapado en claridad.
Oh, Virgen, Madre de los
Desamparados,
te pedimos que intercedas con
tu Hijo en favor nuestro,
para que, asumiendo esta
tragedia humana
y animados con un verdadero
espíritu de gratitud,
hacia los que han extendido
su mano generosa ante tanta necesidad
sigamos los pasos de tu Hijo
Jesucristo.
Amén.
martes, 2 de julio de 2024
MARíA DEL CARMEN, LA GRAN MISIONERA
MARÍA DEL CARMEN, LA GRAN MISIONERA
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado
Episcopal de Religiosidad Popular
Cada 16 de julio, la Iglesia celebra la
memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Pocas advocaciones
de la Virgen han tenido tanta devoción a través de los siglos como es esta de
la Virgen bajo la advocación del Monte Carmelo: la Virgen del Carmen, día
marcado de forma especial en el calendario litúrgico de muchas localidades.
Esta advocación mariana surge en el
siglo XII en torno a la cueva de Elías, situada en el Monte Carmelo, en la
actual ciudad de Haifa (Israel). Unos ermitaños, precursores de las órdenes
carmelitas, construyeron sobre la cueva una iglesia que dedicaron a la Virgen
bajo la advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
Los carmelitas han sido conocidos por su
profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la
visión de Elías como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Ya en el siglo
XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal carmelita
contenía una Misa para la Inmaculada Concepción.
Desde que en el siglo XIII se apareciera
la Virgen al Superior General de los Carmelitas san Simón Stock, según la
tradición, el 16 de julio de 1251, con estas palabras: “Toma este hábito, el
que muera con él no padecerá el fuego eterno”, y le entregara el hábito y el
escapulario, la devoción a la Virgen del Carmen se fue extendiendo por toda
Europa, y España fue una de las naciones donde pronto su devoción por la Virgen
del Carmen fue adquiriendo una devoción especial.
Después, fueron precisamente los frailes
y las monjas, calzados y descalzos carmelitas los que llevaron la devoción a su
patrona, a la Virgen del Carmen, a diferentes países.
Existen hoy órdenes de carmelitas en
todo el mundo, masculinas y femeninas, que han asumido esta forma de vida,
centrando la espiritualidad en la Virgen del Carmen.
En el año 1209 el patriarca de
Jerusalén, Alberto, entregó a los ermitaños una Regla de vida, que sintetiza el
ideal del Carmelo: la contemplación, la meditación de la Palabra de Dios y el
trabajo.
También destaca entre las más antiguas
formas de culto, especial y necesario a María Santísima, que cooperan a que “al
ser honrada la Madre, sea mejor conocido, amado, glorificado el Hijo, y que, a
la vez, sean mejor cumplidos sus mandamiento”. La celebración de la Virgen del
Carmen, está entre las fiestas “que hoy, por la difusión alcanzada, pueden
considerarse verdaderamente eclesiales”.
La Virgen nos enseña a: vivir abiertos a
Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida. Escuchar
la Palabra de Dios en la Biblia y en la vida, a creer en ella y a poner en
práctica sus exigencias. Orar en todo momento, descubriendo a Dios presente en
todas las circunstancias y a vivir cercanos a las necesidades de nuestros
hermanos y a solidarizarnos con ellos.
Juan Pablo II, escribió: “También yo
llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el Escapulario del Carmen. Por
el amor que siento hacia nuestra Madre celestial común, cuya protección
experimento continuamente, deseo que este año mariano ayude a todos los
religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fíeles que la veneran
filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta
Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la Misericordia,
Madre de la esperanza y de la gracia”.
Los hombres del mar la tienen por su
fiel protectora, la Marina española la tiene como patrona. Ella es la Estrella
de los Mares. María es muy querida por los hombres y mujeres del mar, honrada y
festejada por la Marina Española y admirada por todos los discípulos de su
Hijo, porque ella es la Estrella del Mar, que ilumina el camino, que es como el
faro seguro que conduce a Cristo, puerto de Salvación. María, para nosotros, es
siempre luz en nuestro caminar, faro seguro que orienta hacia Cristo, puerto
seguro de salvación.
La vida de María es un canto al amor a
Dios y al amor a los hermanos. Su vida entera es una vida consagrada a Dios y
al cumplimiento de lo que Dios le pedía: Por amor a Dios, está siempre atenta a
lo que Dios puede pedirle, descubriendo, desde esa escucha, los planes de Dios
sobre ella; por amor a Dios, se pone plenamente a su servicio y de cuanto Él le
pedía; por amor, ante el anuncio del Ángel de parte de Dios que iba ser la
Madre del Salvador, ella pronunció su “hágase en mi según tu palabra”, y esta
va a ser la respuesta constante de su vida toda: tanto cuando las cosas le son
favorables y a Cristo le aclama el pueblo como un verdadero profeta, buen
predicador y gran milagrero, como cuando pasaba por momentos de dolor y
angustia viendo a su Hijo condenado a muerte y muriendo en la cruz, ella va a
seguir diciendo “hágase”. Y por amor a Dios antepone siempre los planes de Dios
a sus propios planes.
Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo
de San Salvador, asesinado en marzo de 1980 durante su ministerio episcopal, al
menos en tres ocasiones, se refirió con palabras muy hermosas a la Virgen del
Carmen y a las celebraciones del 16 de julio. El Arzobispo alaba esta devoción
y pide que se convierta en una plataforma de evangelización y de liberación.
Con un estilo pastoral que nos recuerda mucho al documento de “Aparecida” y
también al papa Francisco. Romero nos invita a descubrir la fuerza
evangelizadora que late tras la piedad popular que --aunque en ocasiones deba
ser purificada de ciertos riesgos como el sentimentalismo pasajero, el mero
“exteriorismo” folclórico o la falta de compromiso en la vida-- supone una
riqueza enorme para toda la Iglesia. En esta piedad el pueblo sencillo
encuentra en muchas ocasiones la forma de expresar las grandes verdades de la
fe, así como su esperanza y su confianza en Dios a través de la Virgen María.
No hay predicadora más atrayente que la
Virgen del Carmen en medio de nuestro pueblo”—decía monseñor Romero en 1977-: “Nuestro
pueblo siente que María, bajo ese título del Carmen, es la gran misionera
popular (…). Unamos pues nuestra reflexión a este cariño del pueblo, de la vida
religiosa y sacerdotal a Nuestra Señora del Carmen”. Poco tiempo después, el
Arzobispo era tiroteado mientras celebraba la eucaristía y caía muerto cerca de
una imagen de la Virgen del Carmen.