sábado, 15 de febrero de 2025

 

VIA CRUCIS
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Primera estación: Jesús es condenado a muerte.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

La condena de Jesús es un recordatorio de la fragilidad y la injusticia del sistema humano de justicia.
Nos recuerda la necesidad de trabajar por un sistema de justicia más justo y equitativo, donde se respeten los derechos humanos y se promueva el bien común.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “El juicio justo es una exigencia moral.
La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido” (n. 1807).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Segunda estación: Jesús carga con la cruz
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Al cargar con la cruz, Jesús nos muestra la importancia de aceptar nuestra propia cruz y seguirlo en su camino de amor y entrega total a Dios y a los demás.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “El camino de la cruz es el camino de la vida” (n. 2055).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Tercera estación: Jesús cae por primera vez.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

La caída de Jesús nos recuerda que incluso el Hijo de Dios tuvo que enfrentar el sufrimiento y la debilidad en su camino hacia la cruz.
Nos recuerda que todos somos vulnerables y necesitamos la ayuda y el amor de Dios y de los demás para superar nuestras caídas.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “El dolor, la enfermedad, el fracaso y la muerte son parte integrante de la vida humana y pueden convertirse en ocasiones para un encuentro más profundo con Dios y para un crecimiento en la fe y la esperanza” (n. 1501).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Cuarta estación: Jesús encuentra a su Madre.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra el amor y la preocupación que tiene por su madre y por todos nosotros, incluso en medio de su propio sufrimiento.
Nos recuerda la importancia de cuidar y amar a nuestra familia y a todos aquellos que Dios ha puesto en nuestro camino.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La familia es el lugar donde se aprende el amor, el respeto, la solidaridad y el servicio desinteresado” (n. 2207).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a Jesús a cargar la cruz.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Simón de Cirene nos muestra la importancia de ayudar a los demás en sus momentos de necesidad, incluso cuando no lo esperamos.
Nos recuerda que somos llamados a ser solidarios y a apoyar a aquellos que están sufriendo.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La caridad es la forma más perfecta de la justicia” (n. 1829).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Sexta estación: Verónica limpia el rostro de Jesús.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Verónica nos muestra la importancia de la compasión y la misericordia hacia los demás, especialmente hacia aquellos que están sufriendo.
Nos invita a ser valientes y a tomar acción para ayudar a aquellos que necesitan nuestra ayuda.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La misericordia es la respuesta adecuada al sufrimiento humano” (n. 2447).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En su segunda caída, Jesús nos recuerda que a menudo caemos en nuestras vidas espirituales y necesitamos la ayuda de los demás para levantarnos.
Nos invita a ser humildes y a reconocer nuestras debilidades, y a buscar la ayuda de los demás para superarlas.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La humildad es la base de la oración, y la oración es la base de la humildad” (n. 2559).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra su amor y preocupación por las personas que sufren.
Nos invita a ser compasivos y a buscar consolar a aquellos que están sufriendo, especialmente a aquellos que sufren por causas injustas.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La compasión hacia los enfermos y los que sufren es una de las formas más altas de la caridad cristiana” (n. 2448).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Novena estación: Jesús cae por tercera vez.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En su tercera caída, Jesús nos recuerda la importancia de la perseverancia en la vida cristiana.
A menudo, nos encontramos con dificultades y obstáculos en nuestra vida espiritual, pero Jesús nos muestra que podemos superarlos con la ayuda de Dios y la perseverancia en nuestra fe.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La perseverancia es necesaria para seguir adelante en el camino de la vida cristiana y superar las dificultades y pruebas que se presentan” (n. 162).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra su completa entrega y abandono en las manos de Dios.
Nos invita a renunciar a nuestros propios intereses y a confiar plenamente en Dios, incluso en momentos de dificultad y sufrimiento.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La renuncia a los propios intereses y la confianza plena en Dios son las claves de la vida cristiana” (n. 2544).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra su amor y entrega total a través de su sufrimiento en la cruz.
Nos invita a reflexionar sobre el significado del sufrimiento en nuestra vida y a recordar que, a través de nuestro sufrimiento, podemos unirnos más estrechamente a Cristo y a su sacrificio redentor.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “El sufrimiento, aceptado con amor, puede convertirse en fuente de purificación y de salvación para nosotros y para los demás” (n. 1499).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Duodécima estación: Jesús muere en la cruz.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra la victoria del amor y la entrega total sobre la muerte.
Nos invita a confiar plenamente en Dios en todas las circunstancias de nuestra vida y a recordar que, a través de su muerte y resurrección, tenemos la promesa de la vida eterna en el cielo.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La muerte no tiene la última palabra en la vida del cristiano, porque Cristo ha vencido la muerte y nos ha dado la esperanza de la vida eterna” (n. 1681).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Décimo tercera estación: Jesús es bajado de la cruz y entregado a su madre.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra el dolor y la tristeza que su muerte ha causado a su madre y a todos aquellos que lo amaban.
Nos invita a reflexionar sobre la importancia de acompañar y consolar a aquellos que sufren, especialmente a las madres que han perdido a sus hijos.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La Iglesia ofrece su ayuda a todas las madres que han sufrido la pérdida de un hijo, para que puedan encontrar el consuelo y la esperanza en Cristo” (n. 1030).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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Décimo cuarta estación: Jesús es sepultado en el sepulcro.
Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En este momento, Jesús nos muestra su entrega total a la voluntad del Padre, incluso en la muerte.
Nos invita a reflexionar sobre nuestra propia disposición a entregar nuestra vida a Dios y a confiar en su plan para nosotros.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “La sepultura de Cristo fue una verdadera sepultura en la que estuvo realmente muerto.
Pero por el poder divino, su cuerpo no experimentó la corrupción” (n. 626).
Padrenuestro Avemaría Gloria
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viernes, 14 de febrero de 2025

 PLEGARIA SACERDOTAL



Señor Jesús:
Sacerdote eterno, presente en el sacramento eucarístico,
Tú buscaste el corazón de cada hombre para hacer de él una nuevacriatura.
De ti nació un pueblo nuevo.
Un pueblo que, al principio, fue sólo un grupo reducido,
pero dueño de una magnífica promesa: Integrar a toda la humanidad.
Tú llamaste a los que quisiste
para que participaran de tu sacerdocio;
no te elegimos nosotros a ti,
sino que fuiste tú quien nos eligió a nosotros.
Más aún, tú nos has descubierto que,
detrás de tu llamada, está la elección misteriosa de Dios Padre.
Nos llamaste a seguirte;
es decir, a ir en pos de ti, a recorrer tu propio camino;
por tanto, nos exiges sobre todo una gran confianza en ti;
confianza total, entrega completa a tu persona.


Sacerdote eterno:
Tú nos llamas a ser tus discípulos
a repetir, acompañados por ti, tu propia vida y misión.
Y esa habrá de ser en adelante
nuestra tarea fundamental como llamados a prolongar tu sacerdocio.
Una tarea que englobará y dará nuevo sentido
a toda nuestra existencia.
Somos tus discípulos,
y sientes un gran amor por nosotros.
Nos consideras como tu auténtica familia, tus amigos, no tus siervos.
Te preocupas de nosotros como una madre solícita
se esfuerza por no perder a sus hijos;
nos corriges con dulzura,
nos educas con una paciencia infinita.
Queremos aceptarte como el sentido único y absoluto de la vida:
Nos exiges el desprendimiento total de los bienes
y la renuncia a formar una familia.
Tú eres el objetivo prioritario de nuestra vida:
Tú por encima de todo.
Cada mañana vuelves a poner delante de nuestras miradas
la exigencia con que comenzó toda nuestra historia personal:
“Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre,
y ven a la tierra que te mostraré”.
¡Qué difícil resulta cortar amarras y seguirte…!
Cada mañana nos propones un camino de amor;
y no hay amor sin libertad.
La respuesta a este amor ha de ser personal, consciente y libre,
e implica a toda la persona.
Para seguirte como sacerdotes
hay que tomar una decisión personal e intransferible.
Negarse a sí mismo y tomar tu cruz…
Más pronto o más tarde,
en nuestra vida sacerdotal si esta abierta al amor
aparecerá el sufrimiento que lo cambia todo.
Es una prueba que, o destruye o madura.
El sufrimiento mal encajado rebela,
endurece y agría el corazón humano;
el sufrimiento aceptado como fruto del amor
ensancha la capacidad de amar y comprender, humaniza y fecunda.
El amor a los hermanos que has puesto en nuestra vida,
ese vaciarse para que tengan vida y vida abundante
produce dolor y sufrimiento;
aceptar este sufrimiento es tratar de vivirlo con amor
y situarlo en la perspectiva de la esperanza,
vivirlo como dolor de parto y no como dolor de muerte.
Además, Señor Jesús:
Estamos vocacionados a llevar también las cruces de los otros.
Y tomar la cruz de nuestros hermanos
significa también saberse complicar la vida en favor de ellos;
no sólo preocuparse por lo propio,
sino hacer del dolor y sufrimiento de los otros nuestro propiosufrimiento.

Señor Jesús:
Tú nos has llamado a compartir tu sacerdocio.
Aquí está el secreto.
Porque se trata de un camino difícil,
imposible de recorrer con nuestras propias fuerzas.
Sólo hay una forma de hacerlo:
Ponernos detrás de ti
y hacer que nuestros pies vayan pisando tus mismas huellas,
vivir contigo y como Tú.
Aprenderemos de esta forma a convivir contigo:
Así Tú, Sacerdote eterno, nos vas moldeando como discípulos
para que seamos imagen viva de tu presencia en el mundo.
El resultado de este seguimiento
será la plena identificación contigo.
Ya no seremos nosotros los que viviremos,
será tu sacerdocio, quien vivirá en nosotros.

Señor Jesús:
Nos has enviado a predicar con el poder de expulsar a los demonios.
Nos has enviado a ejercitar una tarea:
Nos has llamado a proclamar el Reino de Dios.
Que no seamos aprendices de un mensaje para después repetirlo
sino que te anunciemos a ti como camino, verdad y vida;
para ello, tenemos que estar contigo en intimidad constante,
escuchándote e identificándonos con tu estilo de vivir.
Sólo así podremos predicarte, anunciarte y comunicarte,
es decir, dar testimonio de lo que hemos visto y oído.
En definitiva,
podremos decir que los sacerdotes en nuestro mundo
somos Jesús mismo, que prolongamos tu acción,
que somos otro Cristo en la historia
que transmitimos a Jesús que se ensancha para poder llegar a todos.
¡Sublime poder otorgado a los frágiles hombres!
¡Gran tesoro llevado en vasijas de barro!

Señor Jesús, Sacerdote eterno:
La dignidad de nuestra vocación sacerdotal,
se expresa en nuestra disponibilidad para servir,
según tu ejemplo,
que no viniste al mundo para ser servido sino para servir.
A la luz de esta actitud tuya,
sólo sirviendo podremos verdaderamente reinar.
Es decir,
que toda nuestra vida la entendamos y la vivamos como un servicio,
sólo así reinaremos como Tú, Señor.
Ahora nos volvemos a tu madre y señora nuestra, María.
Reina de los sacerdotes:
¡Tú eres nuestro refugio y esperanza en este tiempo!
¡Tú eres la reina de la esperanza!
Como una vez oraste en medio de los Apóstoles de tu Hijo Jesús
pidiendo el don prometido del Espíritu Santo,
intercede ahora por nosotros tu sacerdotes
para que por el poder de este mismo Espíritu seamos verdaderos testigosde Cristo tu Hijo.
A Él sea la gloria por los siglos.

Amén     


(Valencia 24, junio, 2009)



viernes, 31 de enero de 2025

 

CENTENARIO JUNTA MAYOR DE SEMANA SANTA MARINERA

 

 

 

I

 

 

El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. Ha hecho maravillas en sus humildes siervos.

En la celebración de este Centenario donde recordamos a los fueron presidentes, secretarios y priores de la Semana Santa Marinera, se unen el pasado, el presente y el futuro: agradecimiento y esperanza, petición de perdón y de gracia. Vivir este Centenario nos anima a mirar al pasado con gratitud, vivir el presente con entusiasmo y encaminarse al futuro con esperanza.

Este Centenario nos ofrece, ante todo, una ocasión para redescubrir lo esencial de nuestra existencia como miembros cofrades de una Hermandad o Cofradía: El amor de Dios por cada uno, que nos llama en su Hijo, con el don del Espíritu Santo, a ser sus hijos.

Junta Mayor de la Semana Santa Marinera fue y es una obra de la Iglesia que peregrina por nuestros Poblados Marineros.

Por tanto, nuestra vida como cristianos que viven de manera pública su fe debe ser una fidelidad agradecida, porque no somos fieles a una idea sino a una persona: a Cristo Jesús, Señor nuestro, que –podemos decir cada uno– «nos amó y se entregó por nosotros» (Gal, 2,20). Sabernos queridos personalmente por Dios nos empuja, con su gracia, a un amor fiel y perseverante. Un amor lleno de esperanza en lo que Dios hará en la Iglesia y en el mundo, a través de la vida de cada uno de nosotros, aun en medio de nuestra fragilidad.

La celebración del Centenario de la Junta Mayor de la Semana Santa Marinera de Valencia tiene este eco que acabo de evocar: La gratitud a los que nos antecedieron y sembraron esta semilla que se ha hecho árbol frondoso. Durante estos cien años, hombres y mujeres de nuestros barrios del Cabañal, del Cañamelar y del Grao han contribuido en la misión evangelizadora y samaritana a través de las diversas hermandades y cofradías de nuestra Semana Santa. Todo ello ha sido y es posible por la oración, la formación y el compromiso voluntario de cada miembro de las diversas asociaciones de fieles que han expresado a lo largo de los años, en nuestras calles y plazas, su adhesión a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

Hemos de dar gracias por estos cien años, con una memoria agradecida, que nos impulse a vivir el presente con entrega apasionada, sin lamentos ni nostalgias, conscientes de que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. La memoria agradecida y el presente apasionado nos invitan a mirar al futuro con esperanza, renovando nuestra conciencia de elegidos y predestinados a colaborar en la obra de Dios, camino de su Reino.

Junto a la gratitud, debe ser un tiempo de petición de perdón. Perdón por las limitaciones personales y colectivas, por las omisiones y por el daño que cada uno de nosotros haya podido causar.

La memoria del pasado implica un redescubrimiento de los orígenes y de la esencia de la institución, de su originalidad y su valor. Y también una profundización en la historia, en las personas y momentos concretos, con sus luces y sus sombras: la historia –personal o institucional– forma parte de nuestra identidad.

Hoy el amor al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo que tenemos los miembros de las diversas Hermandades, Cofradías y Corporaciones de nuestra Junta de Semana Santa Marinera une el pasado, el presente y el futuro. Un amor que nos impulsa a evangelizar y comprometernos con generosidad cara a las futuras generaciones. Nuestra entrega debe ser una entrega confiada. Ella guiará nuestras mentes y nuestros corazones y los abrirá a la acción del Espíritu Santo y al encuentro transformador con su Hijo Jesús.

Las dimensiones misionera y samaritana de nuestra Hermandades, Cofradías y Corporaciones deben traspasar el tiempo.

 

 

II

 

La religiosidad popular contiene esa capacidad transformadora que nos permite, por el contacto con el misterio del Hijo de Dios hecho “carne”, tocar no sólo la razón, sino cada uno de los sentidos y, de esta forma, anunciar el Evangelio al ser humano en su verdad más real.

El Dios misericordioso, que comparece en el acto de veneración de nuestras imágenes devocionales, se presenta como fundamento de la esperanza en un camino que emprendieron nuestros antepasados, no fiados en nuestras capacidades y grandezas, sino “amando la pequeñez y la pobreza”, sabedores de que sólo Él es nuestro bien, “nuestro único tesoro”. Su mirada divina se detiene en nuestra pequeñez y el impacto de su amor ciega nuestra mirada, porque desborda la capacidad de proporción --siempre ajustada a los cálculos de este mundo-- que caracteriza el humano sentido de la vista.

Este Centenario debe encontrar su inspiración, por tanto, en la profunda mirada de contemplación sobre la realidad eclesial de las parroquias que hace cien años desarrollaban su expresión de fe atravesadas por la incidencia de la piedad popular, y que configuraron un testimonio vivo de la misión y la espiritualidad cristianas de su época.

Desde esta perspectiva, podemos contemplar cómo la piedad popular, con su capacidad de encarnar el Evangelio en la vida cotidiana preserva, de hecho, un rico patrimonio de fe, pero además pone en juego un modelo pastoral válido y profundamente necesario para los años transcurridos a lo largo de estos cien años. Esta piedad, que brotó del corazón del pueblo de Dios que caminaba, y camina, en estos Poblados Marítimos, y se nutrió de sus anhelos y desafíos, ofreció una forma de evangelización que incidió sobre la cultura de su tiempo, promoviendo una Iglesia con sentido misionero. Hoy los cofrades de nuestro tiempo herederos de un pasado tienen que definirse como discípulos misioneros, de profunda espiritualidad y una sólida formación.

Estos cien años han sido un espacio de encuentro, de diálogo, de reflexión, de contemplación y compromiso, donde las Hermandades, Cofradías y Corporaciones han tenido la oportunidad, no sin problemas, de considerar su identidad y su misión y, al mismo tiempo, han podido renovar su vocación eclesial de servicio a la sociedad.

La primera actitud que permitió reflejar la imagen de Cristo en el seno de las Hermandades y Cofradías fue la fraternidad, antídoto frente al aislamiento que muchas veces nos rodean, que permite superar además toda forma de soledad. Las Hermandades, Cofradías y Corporaciones han desempeñado un papel fundamental en la cohesión social, en el apoyo mutuo y en la promoción de valores morales cristianos, que ha hecho ver cómo la santificación es un camino comunitario.

La pertenencia a una Cofradía o a una Hermandad o a una Corporación no ha sido algo aleatorio, sino un hecho que ha estado íntimamente ligado a la pertenencia familiar, primer ámbito de anuncio de la fe para los hijos. Por ello, las Cofradías, Hermandades y Corporaciones no han sido simples sociedades de ayuda mutua o asociaciones filantrópicas, tampoco conglomerados sin enganche sobrenatural ni grupos que buscan favorecer y proteger intereses personales y corporativos. Han sido un conjunto de hermanos que, queriendo vivir el Evangelio con la certeza de ser parte viva de la Iglesia, se propusieron poner en práctica el mandamiento del amor que impulsó a abrir el corazón a los demás, especialmente a los que estaban atravesando dificultades y carencias.

Este Centenario, es además un momento propicio para considerar los desafíos que se presentan a nuestras asociaciones públicas de fieles de la Iglesia, como son las Cofradías, Hermandades, y Corporaciones y a la sociedad en general y plantearnos cómo podríamos contribuir mejor a dar una respuesta válida como instituciones eclesiales a la vivencia del Evangelio.

Finalmente, este Centenario debe ser un tiempo de esperanza, con confianza en la gracia de Dios y en la actualidad para iluminar las realidades más complejas, de ahora y en el futuro. Confiamos en el poder del Espíritu Santo, no en nuestras fuerzas.

Estamos en pleno jubileo eclesial del 2025, el primero del tercer milenio, que tiene como tema “peregrinos de la esperanza”. El artista del cartel anunciador de nuestra Semana Santa Marinera ha sabido incidir en la raíz y fundamento de este Jubileo al plasmar que Cristo Crucificado es el ancla de nuestra esperanza.

 

 

III

 

Las Hermandades, Cofradías y Corporaciones, como expresiones vivas de la piedad popular, son fenómenos complejos que han de ser comprendidos desde diversas perspectivas: antropológica, histórica, teológica y eclesiológica. Estas instituciones eclesiales reflejan ciertamente las necesidades humanas de pertenencia y trascendencia, pero tienen sobre todo una profunda raigambre histórica, actuando como transmisoras de la fe en un tiempo y lugar concreto. En el plano teológico, encarnan una espiritualidad orientada a la devoción y al misterio cristiano, mientras que, desde el punto de vista de la eclesiología, representan una forma de comunión y participación en la vida de la Iglesia. Cada una de estas dimensiones aporta claves esenciales para entender el papel multifacético de las hermandades en la sociedad y en la fe.

Las Hermandades, Cofradías y Corporaciones tienen una profunda dimensión antropológica, ya que responden, en el seno de la Iglesia, a la permanente necesidad humana de pertenencia, identidad y trascendencia. Estas instituciones eclesiales reúnen a personas que ponen en juego valores, tradiciones y una fe común, fortaleciendo así el sentido de comunidad. Además, expresan el anhelo humano de encuentro con Dios a través de la Sagrada Liturgia, las procesiones y los actos devocionales que permiten acoger el don de la gracia divina.

Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñar a la Iglesia, y para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar mucha atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización, porque la teología debe aprender, profundizar, sistematizar las expresiones de la piedad católica popular que representan el sentido de la fe cristiana.

Al reflexionar sobre la misión evangelizadora, alma de las Hermandades, Cofradías y Corporaciones en el contexto de una sociedad en constante transformación, muy diferente de hace cien años, es fundamental reconocer la riqueza que la tradición y la piedad popular aportan como claves de comprensión de la cultura y sus expresiones. Aunque no cabe aferrarse a sueños nostálgicos de restauración, tampoco se pueden ignorar los valores que la tradición representa. La historia, como maestra, ofrece lecciones perdurables, incluso frente al vertiginoso avance del tiempo.

El desafío de la evangelización cara al futuro implica no solo humanizar la tecnología, sino también redescubrir la maravilla ante la belleza como vía privilegiada para el encuentro con Dios. Las Cofradías, Hermandades y Corporaciones herederas de una rica tradición de fe, actúan como garante de estos signos indelebles, invitando a nuevas generaciones a valorar y continuar este legado en el marco de un cambio cultural que redefine nuestro modo de pensar y actuar.

Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX, hizo esta afirmación emblemática: “el cristiano del futuro o será un místico o no será cristiano”. E insistía: “sin la experiencia religiosa interior de Dios, ningún hombre puede permanecer siendo cristiano a la larga bajo la presión del actual ambiente secularizado”.

Celebrar este Centenario de historia es una invitación a recuperar la dimensión contemplativa, de nuestras Hermandades, Cofradías y Corporaciones, especialmente en una sociedad acelerada que a menudo deja poco lugar para el silencio y la meditación. En los actos piadosos (besamanos, besapiés, viacrucis…), pero sobre todo en las procesión de nuestras imágenes durante la Semana Santa, la contemplación de las imágenes sagradas, auténticas obras de arte que expresan la fe del Pueblo de Dios, deben presentarse como una puerta de entrada a la experiencia de lo divino.

Las tallas de Cristo y de la Virgen María, con su extraordinaria belleza y su valor patrimonial e histórico, deben ser el centro de un ejercicio de oración. Nuestras procesiones, que son actos de culto externo, están llamadas a recordar a todos que estas imágenes son medios para contemplar el misterio de la salvación que llega de Cristo y de la intercesión de María, la Virgen al pie de la Cruz. Estas procesiones deben ser una inmensa luz que alumbre el existir, mirando más allá de lo visible y descubriendo en cada expresión la grandeza del mensaje evangélico.

A raíz de la controversia iconoclasta desencadenada por el emperador León III –que negaba todo valor a las imágenes y que derivó en la oleada de destrucción de los principales iconos de la Iglesia oriental–, el año 787 fue convocado el II concilio de Nicea. Durante su desarrollo, los padres conciliares procuraron fundar teológicamente el culto a las imágenes a través del principio de la “veneración”, que permite una “traslatio ad prototypum”, es decir, las imágenes tienen la capacidad de reenviar a su modelo a quienes las contemplan. De un modo análogo a la Encarnación del Verbo, las imágenes se erigen en una cierta mediación visible que, no obstante, remite a una verdad oculta y misteriosa.

Debemos cuidar que nunca se pierda de vista la “carne” de Jesucristo, esa carne hecha de pasiones y emociones, sentimientos y relatos concretos, manos que tocan y sanan, miradas que liberan y animan; de hospitalidad y perdón, indignación, valor, y arrojo. En una palabra: Amor.

Cuenta Chesterton, en su biografía “San Francisco”, que cuando san Francisco de Asís montó con su característica sencillez la representación “Navidad en Belén”, en el que reyes y ángeles vestían ropajes vistosos y acartonados, al estilo medieval y pelucas doradas, se produjo un milagro lleno de encanto franciscano: El Niño Dios era un muñeco de madera, y cuentan que cuando san Francisco lo abrazó, aquella imagen cobró vida en sus brazos.

Ante las imágenes de nuestra Semana Santa Marinera, también nosotros nos sentimos mirados, pues no son meras pantallas, sino que, en ellas, es Dios mismo quien cruza su viva mirada con la nuestra, hasta el punto de que somos vistos por el Señor, alcanzados por el milagro de su Vida, y de su Carne.

Que así sea.

 

Poblados Marítimos, 1 de febrero de 2025

miércoles, 6 de noviembre de 2024

HOMILÍA PARA LA FIESTA DE SAN MARTÍN DE TOURS

 HOMILÍA PARA LA FIESTA DE SAN MARTÍN DE TOURS



 

Los innumerables testimonios de los santos que imitan a Cristo han de servirnos de lámparas según las cuales hemos de navegar en nuestras vidas.

Sus historias nos muestran cómo sobrellevar reveses, crisis y burlas de la manera más acorde a nuestra fe. Sus biografías nos muestran el camino que nosotros también estamos llamados a seguir. Y es muy esperanzador ver lo que personas como nosotros (como tú y como yo) han logrado hacer.

No hace falta que nos inventemos nada nuevo, ellos nos han precedido por los senderos hacia la santidad, y así sus ejemplos concretos nos sirven de inspiración, y los sacramentos y la oración como combustible para seguirlos.

Todos los santos son un enorme tesoro para la Iglesia y, por eso, es tan importante recordar las obras y momentos que marcaron sus vidas.

Recordamos hoy a san Martín, obispo de Tours, uno de los santos más célebres y venerados de Europa. Nacido de padres paganos en Panonia, en la actualidad Hungría, en torno al año 316.

Es un santo muy conocido por su gesto de caridad hacia un pobre con el que compartió sus ropas, pero que fue sobre todo un gran obispo de los primeros siglos de la Iglesia, y un obispo que tuvo un papel muy importante en el desarrollo del monacato en Occidente.

La vida de san Martín de Tours nos puede servir de modelo en muchos aspectos.

El papa Francisco dice que “el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, […] cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo.(Gaudete et exúltate, 6 y 21).

¿Cuál es el mensaje que el Espíritu Santo nos regala en la vida de San Martín?

 

1.- Lo primero que destaca de San Martín y por lo que ha pasado a la historia de la Iglesia es su caridad inmensa.

El episodio de su vida que más se conoce sucedió en la etapa de su juventud, cuando el santo tenía tan solo 18 años. La convicción y el valor que mostró ya con esa edad son muestra de que estaba lleno del Espíritu Santo.

Se trata del episodio del pobre hombre que tiritaba de frío al que encontró por el camino. Martín, que no llevaba nada para regalarle, sacó la espada y dividió su manto en dos partes, dándole la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños a Jesucristo que se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”.

Lo que experimentó san Martín es la verdad de lo que Jesús dice en el evangelio: que Él se identifica con el pobre, con el que pasa hambre o sed, el que está desnudo o cualquiera que necesite nuestra ayuda. Así lo vivió san Martín, como también otros santos, que tomaron en serio las palabras de Jesús y las hicieron vida, dedicándose a acoger a los más pobres y servirles, porque en ellos veían el rostro mismo de Cristo.

Nosotros, cristianos, también debemos hacer nuestras estas actitudes, que son un signo claro de nuestra fe. Servir y amar a Cristo en los más pobres, ser solidario con ellos, ayudar a que se integren en la vida de la sociedad, son actitudes básicas de quien cree en Cristo. Creo que celebrar a san Martín como patrono significa, comprometerse de manera especial en el servicio a los más pobres.

El gesto caritativo de san Martín se inscribe en la misma lógica que impulsó a Jesús a multiplicar los panes para las multitudes hambrientas y, sobre todo, a entregarse él mismo como alimento para la humanidad en la Eucaristía, signo supremo del amor de Dios. Es la lógica de la comunión, con la que se expresa de modo auténtico el amor al prójimo.

San Martín nos debe ayudar a comprender que solamente a través de un compromiso común de solidaridad es posible responder al gran desafío de nuestro tiempo: construir un mundo de paz y de justicia, en el que todos los hombres puedan vivir con dignidad. Esto puede suceder si prevalece un modelo de auténtica solidaridad, que permita garantizar a todos nuestros hermanos el alimento, el agua, la asistencia médica necesaria, pero también el trabajo y los recursos energéticos, así como los bienes culturales, el saber científico y tecnológico.

 

2.- El segundo aspecto que podemos destacar de la vida de san Martín es su vocación monástica. San Martín, que comenzó siendo soldado como su padre, después de su conversión a la fe en Cristo dejó la espada y buscó la soledad. Su maestro san Hilario de Poitiers, le cedió unas tierras para que edificara con algunos amigos  un monasterio y se retirara allí. Fue el primer monasterio que hubo en Europa, el de Ligugé. En esta soledad estuvo diez años dedicado a orar, hacer sacrificios y estudiar las Sagradas Escrituras. Este monasterio se convirtió muy pronto a en un gran centro de vida religiosa. Todo esto nos habla de la importancia de la oración en la vida del cristiano.

San Martín buscaba y deseaba el retiro y la oración, porque sabía que era indispensable para vivir en el seguimiento de Cristo. La vida de este santo nos obliga a preguntarnos qué lugar ocupa la oración en nuestra vida: ¿dedicamos tiempo al silencio y la contemplación? ¿leemos con serenidad las Sagradas Escrituras dejando que transformen nuestra vida?

Ser devoto de San Martín significa, también, dedicar como él tiempo a la oración.

 

3.- Finalmente, unos diez años después de establecerse en Tours, los cristianos de la ciudad, que se habían quedado sin pastor, lo aclamaron como su obispo. Desde entonces san Martín, se dice que él lo aceptó por “deber”,  se dedicó con ardiente celo a la evangelización de las zonas rurales y a la formación del clero.

Lo cierto es que fue un obispo evangelizador, que realizó un gran esfuerzo porque el Evangelio de Jesús llegara a todos los rincones y a todas las personas. Para ello recorrió cada pueblo de su diócesis, dejando a un sacerdote en cada uno de ellos. Con ello, fue el fundador de las parroquias rurales en Francia.

San Martin evangelizaba no sólo con la palabra sino con el testimonio de su vida. Además de la caridad con los más pobres, que mantuvo siempre, tenía buen genio y era alegre y amable. En su trato empleaba la más exquisita bondad con todos, por lo que se ganó el cariño de todo el pueblo.

 

La vida de san Martín nos interpela para que nosotros también seamos evangelizadores. Los cristianos del siglo XXI hemos perdido la fuerza misionera. Quizás nuestra fe es demasiado débil o nos sentimos acomplejados ante una sociedad que está muy alejada de Dios. Hemos de recuperar la alegría de vivir la fe y de transmitirla.

“El Señor nos ha ungido, nos ha enviado a llevar la buena nueva a los desvalidos de nuestra sociedad”. Estas palabras eco de las palabras del profeta se cumplen en san Martín y están dirigidas también a nosotros.

Cada uno somos enviados para proclamar la buena nueva a todos, pero especialmente a los más pobres. Si nos comprometemos al servicio de los pobres, y vivimos unidos a Dios en la oración y recuperamos el entusiasmo evangelizador, habremos celebrado con autenticidad esta fiesta en honor del glorioso san Martín.

Dirijámonos ahora a la Virgen María, para que nos ayude a ser, como san Martín, testigos generosos del Evangelio de la caridad y constructores incansables de la comunión solidaria.

Y que san Martín parta su capa con nosotros para que nuestro corazón no se hiele de frio y nos otorgue vivir como comunidad cristiana la vida de Cristo.

Amén.

 

 

 

 

 

 

11 de noviembre 2024

PLEGARIA ANTE LA CATÁSTROFE DE VALENCIA

 

PLEGARIA ANTE LA CATÁSTROFE DE VALENCIA

 

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Valencia

 

 

Dios y Señor de todo este mundo transitorio

que te compadeces y nos das la vida y el amor:

escucha nuestras oraciones y que nuestros gritos lleguen a Ti;

lloramos con nuestro pueblo, de Valencia;

escucha tu los lamentos desconsolados de niños y de mayores,

y haznos sentir la amargura y desesperación

de quienes buscan a sus seres queridos entre el agua y el barro.

Queremos ponernos en tus manos, Padre bueno,

para que nos cuides a todos y cada uno de nosotros.

Nos unimos en oración esperanzada

porque necesitamos de tu amparo y de tu protección,

pues sabemos que Tú todo lo haces posible

y que no nos dejas solos en ningún instante de nuestras vidas.

En medio de nuestra oración en estos momentos de dolor

nos hemos preguntado, ¿dónde te escondes, Señor, que no te vemos?

A veces nos gustaría tener una respuesta fácil,

saber dónde estás cuando pasan estas cosas,

pero nuestra relación contigo no es algo mágico.

Sabemos que no te escondes para no embarrarte,

ni estás mirando como ausente lo que estamos viviendo,

pero desde nuestro dolor y con nuestras manos manchadas

deseamos ver tu rostro Señor,

en medio de este acontecimiento como la DANA

que nos ha golpeado a todos muchísimo.

Permanece cerca de nosotros en estos momentos de angustia.

Conforta a todos aquellos cuyos hogares han sido arrasados.

Consuela y fortalece a todos los que han perdido a sus seres.

Llena con tu paz a los que esperan

en medio del miedo y la incertidumbre.

Que te veamos más allá de lo que nos está permitido,

que veamos el corazón humano cuando le inunda los temores y los miedos.

Y como no entendemos este misterio,

inevitablemente nos tenemos que hacer preguntas.

Te hemos visto pisando nuestras calles,

y entre papa y pala quitando el barro, llevando la esperanza,

de que Tú nos abrazas con tu Muerte y Resurrección,

aunque ahora no podamos entender nada.

Sabemos que Tú incluso comprendes la indignación

que nos causan estos hechos que nos desbordan,

oprimen y arrebatan las vidas de tantos seres queridos.

Estas calles cargadas de dolor, rabia y muerte

que encogen el corazón para soportar tanta angustia

que las manos de nuestros hermanos sean tus manos, Señor.

Queremos que ellas sean el lugar al que Tú acudes

para acompañarnos, cuando viene la hora de soledad en este destierro.

Señor, queremos sentirte muy cerca en estos momentos duros

en los que vemos que nuestro mundo se desvanecerse.

Y sabemos que Tú estás con nosotros

cubriendo con tus dos alas la soledad de nuestras alma,

la angustia de nuestro dolor, y la ausencia de nuestros seres queridos.

Y que sólo si es así, con nuestros huesos derrotados

y nuestra piel cubierta con la arcilla de este barro

aunque no te veamos es el fondo de este infierno humano el lugar,

donde Tú nos recoges y nos haces hijos de la Eternidad.

En estos momentos sólo queremos estar unidos a Ti

que eres el único que en medio de tanta oscuridad

puedes darnos la luz y la paz que tanto necesitamos.

Sabemos que este desastre también es producto

de nuestro descuido, y de nuestra indiferencia,

pues sabemos que Tú creaste todo lo existente,

pero fue la mano del hombre quien no cuidó la tierra

que Tú nos diste por hogar.

Por eso hoy, Señor, reconocemos las culpas

de lo que haya sido falta por nuestra responsabilidad,

y te pedimos perdón con un corazón arrepentido.

Enséñanos a vivir la esperanza del dolor.

Enséñanos a sentir con plena seguridad

que después del sufrimiento,

amaneceremos de nuevo a un mundo se nos presentará

empapado en claridad.

Oh, Virgen, Madre de los Desamparados,

te pedimos que intercedas con tu Hijo en favor nuestro,

para que, asumiendo esta tragedia humana

y animados con un verdadero espíritu de gratitud,

hacia los que han extendido su mano generosa ante tanta necesidad

sigamos los pasos de tu Hijo Jesucristo.

Amén.

martes, 2 de julio de 2024

MARíA DEL CARMEN, LA GRAN MISIONERA

 

MARÍA DEL CARMEN, LA GRAN MISIONERA

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Cada 16 de julio, la Iglesia celebra la memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Pocas advocaciones de la Virgen han tenido tanta devoción a través de los siglos como es esta de la Virgen bajo la advocación del Monte Carmelo: la Virgen del Carmen, día marcado de forma especial en el calendario litúrgico de muchas localidades.

Esta advocación mariana surge en el siglo XII en torno a la cueva de Elías, situada en el Monte Carmelo, en la actual ciudad de Haifa (Israel). Unos ermitaños, precursores de las órdenes carmelitas, construyeron sobre la cueva una iglesia que dedicaron a la Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Los carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Ya en el siglo XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal carmelita contenía una Misa para la Inmaculada Concepción.

Desde que en el siglo XIII se apareciera la Virgen al Superior General de los Carmelitas san Simón Stock, según la tradición, el 16 de julio de 1251, con estas palabras: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”, y le entregara el hábito y el escapulario, la devoción a la Virgen del Carmen se fue extendiendo por toda Europa, y España fue una de las naciones donde pronto su devoción por la Virgen del Carmen fue adquiriendo una devoción especial.

Después, fueron precisamente los frailes y las monjas, calzados y descalzos carmelitas los que llevaron la devoción a su patrona, a la Virgen del Carmen, a diferentes países.

Existen hoy órdenes de carmelitas en todo el mundo, masculinas y femeninas, que han asumido esta forma de vida, centrando la espiritualidad en la Virgen del Carmen.

En el año 1209 el patriarca de Jerusalén, Alberto, entregó a los ermitaños una Regla de vida, que sintetiza el ideal del Carmelo: la contemplación, la meditación de la Palabra de Dios y el trabajo.

También destaca entre las más antiguas formas de culto, especial y necesario a María Santísima, que cooperan a que “al ser honrada la Madre, sea mejor conocido, amado, glorificado el Hijo, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamiento”. La celebración de la Virgen del Carmen, está entre las fiestas “que hoy, por la difusión alcanzada, pueden considerarse verdaderamente eclesiales”.

La Virgen nos enseña a: vivir abiertos a Dios y a su voluntad, manifestada en los acontecimientos de la vida. Escuchar la Palabra de Dios en la Biblia y en la vida, a creer en ella y a poner en práctica sus exigencias. Orar en todo momento, descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias y a vivir cercanos a las necesidades de nuestros hermanos y a solidarizarnos con ellos.

Juan Pablo II, escribió: “También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el Escapulario del Carmen. Por el amor que siento hacia nuestra Madre celestial común, cuya protección experimento continuamente, deseo que este año mariano ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fíeles que la veneran filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la Misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia”.

Los hombres del mar la tienen por su fiel protectora, la Marina española la tiene como patrona. Ella es la Estrella de los Mares. María es muy querida por los hombres y mujeres del mar, honrada y festejada por la Marina Española y admirada por todos los discípulos de su Hijo, porque ella es la Estrella del Mar, que ilumina el camino, que es como el faro seguro que conduce a Cristo, puerto de Salvación. María, para nosotros, es siempre luz en nuestro caminar, faro seguro que orienta hacia Cristo, puerto seguro de salvación.

La vida de María es un canto al amor a Dios y al amor a los hermanos. Su vida entera es una vida consagrada a Dios y al cumplimiento de lo que Dios le pedía: Por amor a Dios, está siempre atenta a lo que Dios puede pedirle, descubriendo, desde esa escucha, los planes de Dios sobre ella; por amor a Dios, se pone plenamente a su servicio y de cuanto Él le pedía; por amor, ante el anuncio del Ángel de parte de Dios que iba ser la Madre del Salvador, ella pronunció su “hágase en mi según tu palabra”, y esta va a ser la respuesta constante de su vida toda: tanto cuando las cosas le son favorables y a Cristo le aclama el pueblo como un verdadero profeta, buen predicador y gran milagrero, como cuando pasaba por momentos de dolor y angustia viendo a su Hijo condenado a muerte y muriendo en la cruz, ella va a seguir diciendo “hágase”. Y por amor a Dios antepone siempre los planes de Dios a sus propios planes.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado en marzo de 1980 durante su ministerio episcopal, al menos en tres ocasiones, se refirió con palabras muy hermosas a la Virgen del Carmen y a las celebraciones del 16 de julio. El Arzobispo alaba esta devoción y pide que se convierta en una plataforma de evangelización y de liberación. Con un estilo pastoral que nos recuerda mucho al documento de “Aparecida” y también al papa Francisco. Romero nos invita a descubrir la fuerza evangelizadora que late tras la piedad popular que --aunque en ocasiones deba ser purificada de ciertos riesgos como el sentimentalismo pasajero, el mero “exteriorismo” folclórico o la falta de compromiso en la vida-- supone una riqueza enorme para toda la Iglesia. En esta piedad el pueblo sencillo encuentra en muchas ocasiones la forma de expresar las grandes verdades de la fe, así como su esperanza y su confianza en Dios a través de la Virgen María.

No hay predicadora más atrayente que la Virgen del Carmen en medio de nuestro pueblo”—decía monseñor Romero en 1977-: “Nuestro pueblo siente que María, bajo ese título del Carmen, es la gran misionera popular (…). Unamos pues nuestra reflexión a este cariño del pueblo, de la vida religiosa y sacerdotal a Nuestra Señora del Carmen”. Poco tiempo después, el Arzobispo era tiroteado mientras celebraba la eucaristía y caía muerto cerca de una imagen de la Virgen del Carmen.