viernes, 3 de febrero de 2023

FIESTA DE LAS CANDELAS O DE LA LUZ

 

FIESTA DE LAS CANDELAS O DE LA LUZ

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

El 2 de febrero, día de la “la Candelaria”, una fiesta conocida con diversos nombres: la presentación del Señor, la purificación de María, la fiesta de la Luz y la fiesta de las candelas; coincide aproximadamente con el ecuador del invierno, lo que tiene un gran simbolismo, dando origen a una fiesta de tradición cristiana, que se remonta muy atrás en el tiempo, y que pudo tener un origen pagano, en la antigua Roma.

La fiesta de las candelas –también conocida como de la Luz– tiene en el fuego su principal elemento simbólico, admitiendo varias interpretaciones, que van desde la propia identidad de Jesucristo hasta la bienvenida a la luz, tras quedar atrás el período de menos horas de sol del año.

Lo más llamativo de esta fiesta es la procesión de las candelas de ahí el nombre de “candelaria”. Esta fiesta es de origen oriental y hasta el siglo VI tenía lugar a los cuarenta días de la Epifanía, el 15 de febrero, después pasó a celebrarse el 2 de febrero, por ser a los cuarenta días de la Navidad. Los cuarenta días han sido tomados desde tiempos remotísimos como un periodo de seguridad y salvaguarda de la vida y la salud tanto de la madre como del niño después del parto. La procesión de la “candelaria” o “purificación” aunque toma elementos del ritual judaico es de origen bizantino. Esta procesión se consideraba especial y tenía lugar en las liturgias medievales, después de la hora tercia y antes de la misa de esta festividad. La procesión de la “purificación” puede considerarse como una de las más antiguas de las establecidas en la Iglesia como refleja los primeros antifonarios de la misa de esta festividad escritos en Europa en los siglos VIII-IX. En la procesión se establecen también unos cantos propios de esta celebración por supuesto en latín y al final la formación de velas de aquellos que participaban en la procesión.

A raíz del concilio Vaticano II la fecha festiva del 2 de febrero se toma como la de la consagración de Jesús (por tanto la de todas las personas consagradas: frailes, monjas, clérigos etc) y es llamada únicamente de la presentación del Señor, separándose de su foco mariano que había tomado con el tiempo recuperando de este modo su sentido original. Así ahora en esta celebración la Iglesia da mayor realce al ofrecimiento que María y José hacen de Jesús. Ellos reconocen que este niño es propiedad de Dios y salvación para todos los pueblos.

La primera bendición de las candelas en esta fiesta del “purificación” se remonta a finales del siglo IX y era precedida de la bendición del fuego como en la vigilia pascual: Se interpreta como una fiesta de la luz como símbolo de Cristo, basándose en la profecía de Simeón: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. La bendición solemne de las candelas empezó en la Iglesia galicana en el siglo X, y de ahí se fue difundiendo con lentitud. En Roma se documenta por el Sacramentario de Padua, en una edición del mismo siglo X. En la Península Ibérica, ya presente en el siglo XI, y después por el resto de Europa.

Existía en algunos lugares rurales de España hasta principios del siglo XX la mujer después del parto no podía entrar en la iglesia sin ser purificada, ya que según la tradición judeocristiana el derramamiento de sangre la contaminaba. Por eso la bendición “postpartum”, era un rito antiquísimo de purificación.

La “religiosidad popular” es sensible al acontecimiento, providencial y misterioso, de la concepción y del nacimiento de una vida nueva. En particular las madres cristianas advierten la relación que existe, a pesar de las notables diferencias – la concepción y el parto de María son hechos únicos– entre la maternidad de la Virgen, la purísima, madre de la Cabeza del Cuerpo Místico, y su maternidad: Ellas también son madres según el plan de Dios, pues han generado los futuros miembros del mismo Cuerpo Místico. En esta intuición, y como imitando el rito realizado por María, tenía origen el rito de la purificación de la que había dado a luz.

La fiesta del 2 de febrero todavía conserva un carácter popular. Sin embargo es necesario responder verdaderamente al sentido auténtico de la fiesta. No resultaría adecuado que la religiosidad popular, al celebrar la presentación del Señor, se olvidase el contenido cristológico, que es el fundamental, para quedarse casi exclusivamente en los aspectos mariológicos; el hecho de que deba "ser considerada ...como memoria simultánea del Hijo y de la Madre" no autoriza semejante cambio de la perspectiva; las velas, conservadas en los hogares, deben ser para los fieles un signo de Cristo "luz del mundo" y por lo tanto, un motivo para expresar la fe.

lunes, 2 de enero de 2023

BENEDICTO XVI: UN VIÑADOR BUENO

 

 

BENEDICTO XVI: UN VIÑADOR BUENO

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Benedicto XVI, ya ha pasado a la historia. Su corazón dejó de latir el día 31 de diciembre a las 9,34 horas. Y empezó a vivir el encuentro definitivo que él anhelaba.

Todos recordamos esa primera aparición en la Logia-balcón de la basílica de San Pedro la tarde del 19 de abril de 2005, donde se presentaba a toda la Iglesia Benedicto XVI. La imponente figura de su predecesor, san Juan Pablo II, todavía estaba en nuestro vivo recuerdo y tantos nos preguntábamos quién podría venir después como Papa.

Al aparecer el cardenal Joseph Ratzinger, convertido ya en Benedicto XVI, veíamos en sus ojos como en un espejo la inmensa responsabilidad, con toda su cruz y su gloria, cuando se asomaron a aquella familiar plaza de San Pedro para bendecir al Pueblo que el Señor le confiaba. Estas fueron sus inolvidables palabras: “Después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones”.

No era una pose ensayada, no fueron palabras prestadas, salió de su corazón abrumado y creyente decir a toda la Iglesia lo que con esa humildad suya nos contó tan brevemente. Y ya desde ese primer instante de su pontificado no quiso ocultar la conciencia que tenía de la desproporción entre sus propias fuerzas y la misión que Dios le encomendaba en su Iglesia. En la Eucaristía donde se le impuso el palio y se le dio el anillo del pescador como Sucesor de Pedro en la Urbe romana y en el Orbe cristiano, fue más explícito al desvelarnos ese noble sentimiento: “Ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todo vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Así, con esta conciencia comenzó su ministerio petrino. Fueron ocho años de una enorme intensidad, casi impropia para una persona de su edad y con sus latentes limitaciones de salud. Y por las razones que él mismo ha contó, decidió responder en conciencia al Señor con su renuncia a la sede de Pedro: era devolver a quien le llamó eso que ahora se le estaba pidiendo.

De este modo con la salud debilitada, el domingo 11 de febrero de 2013 ante la Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, Benedicto XVI salió por última vez a esa ventana del Ángelus con una serenidad que nos admiraba y anunció su renuncia al papado, efectiva a partir del 28 de febrero, bajo el argumento de que "para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". El evangelio de ese domingo hablaba de la subida al monte Tabor: “Esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a “subir al monte”, a dedicarme más aún a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar la Iglesia. Si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda continuar sirviéndola con la misma entrega y amor que he buscado hacerlo hasta ahora, pero de un modo más adecuado a mi edad y a mis fuerzas”.

El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió como nuevo pontífice al prelado argentino Jorge Mario Bergoglio; el papa Francisco, nombre que adoptó en honor a san Francisco de Asís, había sido ya uno de los cardenales más votados cuando Benedicto fue elegido en 2005, y no escatimó elogios hacia la figura de su predecesor.

Sorprende tanta sencillez, tanta sinceridad, tanto amor de verdadero padre, ante el empeño de tantos en sus cábalas numéricas para encontrar alguna razón esotérica en la decisión del Papa. Choca su actitud testimonial de amor al Señor y a la Iglesia, con los que se entretienen en dibujar los mil laberintos de motivos oscuros, en donde presuntos secretos innombrables serían para ellos las inconfesables razones de esta decisión papal: conspiraciones de intereses económicos, de lobbies homosexuales, de ansias insaciables de poder. No faltan los eruditos de la quimera fantasiosa que apelan a profecías imposibles para decirnos que estamos ante el final de la hecatombe, ante el ocaso del papado, ante las postrimerías del cristianismo. No es esta la lectura que hacemos los hijos de la Iglesia, no son estas las razones que este querido Papa nos ha dado.

Ni caemos en los tremendismos de quienes proyectan sobre la Iglesia otras cuitas, tramas, estrategias, ajustes de cuentas y zancadillas tan propias y actuales del mundo de la corrupción financiera y de las insidias políticas, ni tampoco queremos caer en una ingenua visión de esta Iglesia desconociendo dentro de ella también la torpeza y el pecado, como repetidas veces ha hecho el Papa Ratzinger pidiendo perdón y no mirando jamás para otro lado.

Admirablemente lo dijo en su última catequesis haciendo recuento de esta ambivalencia eclesial claroscura y agridulce a la vez: “Ocho años después puedo decir que el Señor realmente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido percibir cotidianamente su presencia. Ha sido un trecho del camino de la Iglesia, que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce”.

Hemos de dar gracias a Dios por el regalo que ha sido Benedicto XVI para la Iglesia y el mundo de nuestros días. Una preciosa trayectoria de larga maestría como intelectual cristiano que le constituye en uno de los mejores teólogos de todos los tiempos. También la de su breve y fecundo magisterio como Papa, que nos ha dejado tres importantes encíclicas: la primera dedicada a Dios amor, la segunda sobre la esperanza cristiana que nos salva, y la tercera centrada en la caridad que se nutre de la verdad. Alguno había esperado una encíclica más que tuviera precisamente la fe como argumento. Sin duda que habría sido un redondo completar mirando a Dios amor, las tres virtudes teologales del cristiano. No obstante, quizás con este gesto de su retirada silenciosa ha escrito sin palabras esta preciosa encíclica. Porque la fe es fiarse de otro, y esto es lo que el Papa nos ha testimoniado.

Es proverbial su fina pluma y su dulce palabra. Su magisterio pasará a la historia como un precioso acervo de sabiduría cristiana, que aúna la belleza, la sencillez y la profundidad cuando escribe y cuando habla. En este sentido nos ha dejado una apretada antología de los nombres que han descrito el itinerario eclesial a través de las catequesis de cada miércoles. La vida cristiana no es una entelequia abstracta, sino el encuentro con Alguien que te cambia la vida, y por eso Benedicto XVI nos ha expuesto el cristianismo desde los mejores hijos de la Iglesia que son los santos de todos los tiempos: Apóstoles, Santos Padres, Maestros medievales, Santos fundadores y Santas mujeres. Complementariamente ha hecho un precioso comentario al evangelio dominical en la reflexión antes del Ángelus. Y en su amor a la liturgia, ahí quedan las preciosas homilías de los grandes momentos litúrgicos del calendario cristiano.

Se reconoce el esfuerzo realizado en sus 22 viajes apostólicos por los cinco continentes saliendo al encuentro de culturas, de pueblos, de mil situaciones en donde la tragedia y la esperanza de los hombres se estrella o aprende a renacer. En tres ocasiones ha visitado España, siendo el país que más veces ha contado con su presencia como Papa. Sus encuentros con los jóvenes son el precioso testimonio de alguien que no engaña. La JMJ que vivimos en Asturias y en Madrid es un recuerdo imborrable y un aviso para navegantes para quienes queremos acompañar a los jóvenes cruzando con ellos los puentes sobre las aguas turbulentas. El paso audaz y verdadero de este Papa anciano por las calles de nuestras ciudades produjo un cambio en personas adultas alejadas de la fe ante el espectáculo de una juventud distinta que tiene la osadía de creer contracorriente, rebelde ante las reducciones mezquinas del corazón con sus preguntas y sus miras. Una juventud que se sabe mirada y querida, por alguien que era padre, que era Papa poniendo de nuevo la esperanza en sus almas y en sus rostros la sonrisa.

Me parece digno de subraya su pasión por la verdad y la belleza, que le hicieron interlocutor respetuoso de quien se sabía mendigo herido de las mismas con un corazón inquieto. Ahí están sus diálogos y encuentros con intelectuales ajenos a la fe y con las personas que tenían otro credo religioso, saliendo siempre al paso de quienes dentro del cristianismo nos distancia algún tipo de separación.

Benedicto XVI ha sido un infatigable intérprete del verdadero Vaticano II, contra los que lo traicionaron por el exceso de aplicar un concilio que no existió, o por el defecto de censurar lo que en aquella asamblea eclesial se alumbró. Y tampoco se arredró el papa Ratzinger cuando hubo de afrontar humildemente los horrores de los errores como la pederastia, y las torpezas de quienes abusaron de su confianza traicionándole en casa con deslealtad como el famoso mayordomo.

Y sin embargo, siempre se fió de Dios, y no se sintió solo. Así concluyó su ministerio como sucesor de Pedro. Tal y como dijo, “tengo una gran confianza, porque sé, sabemos todos, que la Palabra de verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, dondequiera que la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Ésta es mi confianza, ésta es mi alegría”.

Nos unimos con respeto y agradecimiento al alto testimonio de libertad humilde, y de servicio a la Iglesia del Señor como trabajador de la viña de Cristo de Benedicto XVI. Que su trabajo, en el pontificado como en el silencio de su clausura a partir de hoy de frutos.

 

BENEDICTO XVI: FIGURA DISCUTIDA

 

 

BENEDICTO XVI: FIGURA DISCUTIDA

 

 

 

Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

 

El papa Benedicto XVI, fue un intelectual que aspiraba a ser un Papa pastoral pero que vio cómo su papado a veces se hundía por crisis administrativas, y se convirtió en el primer Papa en renunciar en casi 600 años, ha muerto el 31 de diciembre de 2002 a la edad de 95 años en un monasterio del Vaticano, donde se mantuvo en gran medida fiel a un voto que hizo cuando anunció su renuncia en 2013 para estar “oculto del mundo”.

En retrospectiva, Benedicto XVI, ahora parece un imponente “papa de las ironías”, con tres en particular. Durante la mayor parte de su carrera, el teólogo y prelado que se convirtió en Benedicto XVI había sido visto como el gran “doctor no” de la Iglesia desde su posición como responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Sin embargo, una vez que se convirtió en papa, Benedicto XVI fue pionero en la “ortodoxia afirmativa”, es decir, la presentación más optimista y positiva posible de la enseñanza católica clásica. La idea era enfatizar el “sí” católico, en lugar del catálogo tradicional de “no” de la Iglesia.

“El cristianismo, el catolicismo, no es una colección de prohibiciones. Es una opción positiva”, dijo Benedicto XVI. “Hemos escuchado tanto sobre lo que no está permitido que ahora es el momento de decir que tenemos una idea positiva que ofrecer”. En otras palabras, el “doctor no” como guardián doctrinal se convirtió en “padre sí” como Papa. Además, Benedicto XVI estaba poco interesado en la gestión por temperamento o formación, ya que una vez confesó abiertamente que “no tengo el carisma de gobernar”. Pagó un alto precio, sobre todo con el asunto surrealista de las “fugas del Vaticano” que estropeó las últimas etapas de su papado y, a los ojos de algunos observadores, impulsó a Benedicto XVI a la renuncia.

Una segunda gran ironía, este hombre, no gerente, también lanzó reformas de gestión históricas en dos fuentes clave de escándalo para el catolicismo, el abuso sexual infantil y el historial decididamente mixto del Vaticano sobre el dinero. Fue el primer Papa en adoptar una política de “tolerancia cero” sobre el abuso, y el primero en abrir el Vaticano a la inspección secular externa de sus cuentas. Benedicto XVI enfrentó una fuerte oposición interna para hacerlo y, al final de su pontificado, los funcionarios que se oponían a la reforma en ambos frentes habían sido en gran parte clandestinos. Aunque incompletas en el momento en que terminó su papado, estas dos operaciones de limpieza de la casa se llevaron a cabo bajo el papa Francisco.

Quizá en la ironía más notable de todas, un pontífice que a veces se consideraba arrogante y distante era en realidad un hombre de sorprendente humildad personal. Uno, por ejemplo, se produjo inmediatamente después de ser elegido, cuando Benedicto XVI insistió en volver a su apartamento en el Vaticano para recoger sus cosas y llevarlas de regreso a los apartamentos papales. Antes de salir del edificio, llamó a las puertas de los otros cardenales que vivían allí, no para despedirse, ya que obviamente los volvería a ver, sino para agradecer a las monjas que cocinaban y limpiaban por ser tan buenos vecinos.

Por supuesto, la abdicación voluntaria del poder por parte de Benedicto XVI fue posiblemente el acto más humilde de un Papa en siglos, si no de todos los tiempos.

Si se hubieran cumplido sus propios deseos, habría sido aún menos el centro de atención en su retiro. Los asistentes revelaron que el ex pontífice originalmente esperaba regresar a su Baviera natal, pero se dejó persuadir para permanecer en Roma rodeado de muchas de las trampas del papado.

Una figura polarizadora durante la mayor parte de su vida, Benedicto XVI pareció ganarse la simpatía hacia el final, incluso de antiguos críticos, en parte por manejar sus años posteriores a la jubilación con dignidad y discreción. A pesar de las diferencias que pudo haber sentido con el Papa Francisco, prometió lealtad y en su mayoría se mantuvo al margen de la refriega.

Benedicto XVI  fue un “guerrero afable y humilde por la verdad”. Durante la mayor parte de su vida, la parte de “guerrero” de esa fórmula pareció ser la más importante; fue solo en la jubilación, y ahora tal vez en la muerte, que la afabilidad y la humildad de Benedicto XVI finalmente también recibió la misma atención. En las primeras etapas de su carrera, Ratzinger se destacó como una de las mentes católicas más amuebladas de su generación. Fue un gran experto teológico durante el concilio Vaticano II a mediados de la década de 1960, cuando formaba parte de una amplia mayoría progresista que buscaba llevar el catolicismo a la era moderna.

El libro de Ratzinger “Introducción al cristianismo” (1968) fue ampliamente considerado como uno de los clásicos de la era inmediatamente posterior al Vaticano II. No era un manual legalista repleto de normas y reglamentos; era una meditación de fe que llegaba a lo más profundo de la experiencia humana, un libro que se atrevía a caminar desnudo ante la duda y la incredulidad para descubrir la verdad de lo que significa ser un cristiano moderno. Muchos progresistas lo encontraron estimulante.

Más tarde, sin embargo, Ratzinger comenzó a temer que la actualización lanzada por el Vaticano II se estuviera convirtiendo en una capitulación ante un panorama cultural que cambiaba rápidamente, y comenzó a asociarse con posiciones cada vez más conservadoras. Cuando el papa Juan Pablo II lo nombró en 1981 como el principal responsable de la Congregación para Doctrina de la Fe, se consideró que era una opción para una sólida defensa de la enseñanza y la tradición católicas.

Durante el siguiente cuarto de siglo, no hubo controversia católica en la que Ratzinger no tuviera un papel protagónico, desde debates sobre la teología de la liberación y la “opción por los pobres” en América Latina hasta temas candentes de moralidad sexual como la homosexualidad en Europa y América del Norte.

En 2005, cuando murió Juan Pablo II, Ratzinger era ampliamente visto como el ejecutor del Vaticano, el “policía” más obstinado de la Iglesia en nombre de la ortodoxia doctrinal. Fue el arquitecto intelectual del pontificado de casi 27 años de Juan Pablo II, que la mayoría de los eclesiásticos de alto rango consideraron un éxito asombroso, y él mismo llegó al papado con un fuerte voto de continuidad.

Incluso como papa, Benedicto se hizo tiempo para satisfacer sus intereses intelectuales. Publicó tres volúmenes sobre la vida de Jesús de Nazaret, describiéndolos como obras teológicas privadas en lugar de enseñanza papal oficial.

En un toque clásico de modestia, Benedicto invitó a la crítica de su trabajo en el prólogo del primer volumen.  “Todo el mundo es libre de contradecirme”, escribió.“Solo pediría a mis lectores esa buena voluntad inicial sin la cual no puede haber entendimiento”.

Como papa, Benedicto XVI nunca fue el gran regaño de la imaginación popular. No hubo una verdadera purga de teólogos u obispos disidentes, ni nuevos anatemas en materia de fe o moral. En cambio, trató de ser pionero en la “ortodoxia afirmativa”, es decir, la presentación más positiva posible de las posiciones católicas tradicionales.

Incluso algunos de los críticos más feroces del Papa expresaron admiración por el esfuerzo. Cuando Benedicto XVI publicó su encíclica “Deus Caritas” el 2005 sobre el amor humano, el teólogo suizo Hans Küng, antiguo colega de Joseph Ratzinger y una de las principales voces de la disidencia católica liberal, aplaude. “Papa Ratzinger asume con su estilo teológico inimitable una riqueza de temas de eros y ágape, de amor y caridad”, dijo Küng. Llamó a la encíclica “una buena señal” y expresó su esperanza de que sea “recibida cálidamente, con respeto”.

En abril de 2005, poco antes de la muerte de Juan Pablo II, el entonces cardenal Ratzinger escribió una meditación memorable para el servicio anual del Viernes Santo del Vaticano, insistiendo en la necesidad de confrontar la “suciedad” en la Iglesia.

Benedicto XVI nombró a personas de integridad personal para puestos de alto nivel; comprometió a la iglesia a la “tolerancia cero” sobre el abuso sexual y disciplinó al clero antes considerado intocable; y lanzó una glasnost financiera, incluida la apertura del Vaticano por primera vez a una inspección externa de sus políticas contra el lavado de dinero al cooperar con la autoridad contra el lavado de dinero del Consejo de Europa.

Como Papa, hubo críticas persistentes y una larga lista de lo mal que estaban las cosas. Estas alcanzaron un crescendo con el notorio asunto de las “filtraciones del Vaticano” en 2012, que involucró una oleada de documentos secretos que aparecieron en los medios italianos, los más serios con denuncias de corrupción financiera y amiguismo.

Benedicto XVI se mantuvo alejado en gran medida de la geopolítica, y rara vez estuvo en la primera línea de la historia como Juan Pablo II. Su enfoque estaba más en la vida interna de la iglesia, llamándola a un sentido más fuerte de identidad católica tradicional frente a una era altamente secular. En ese sentido, Benedicto XVI consolidó la dirección más conservadora y “evangélica” establecida por Juan Pablo II, y ahora en cierta medida repensada por Francisco.

Durante su mandato de 24 años como principal asesor doctrinal de Juan Pablo II, pidió permiso dos veces para jubilarse, en 1997 y nuevamente en 2002, para regresar a tiempo completo a la vida de la mente. Una hipótesis era que se convertiría en bibliotecario del Vaticano, otra que regresaría a su Baviera natal. Esos presagios, sin embargo, no hicieron que el 11 de febrero de 2013 fuera menos deslumbrante, cuando aprovechó una reunión de cardenales para anunciar su sorpresivo anuncio de renuncia en una prosa latina típicamente elegante.

Benedicto dijo en ese momento que se hacía a un lado porque “mis fuerzas, debido a una edad avanzada, ya no son adecuadas para un ejercicio adecuado del ministerio petrino”. Benedicto XVI nunca alimentó ninguno de esos rumores. En cambio, se retiró al monasterio Mater Ecclesiae en los terrenos del Vaticano, pasando las mañanas en el estudio que amaba, haciendo excursiones por la tarde a los jardines cercanos del Vaticano y recibiendo viejos amigos y visitantes. Fue un magnífico intelectual público, retraído como estadista y un líder de la iglesia cuya “política de identidad ” vitorearon a algunos y alarmaron a otros.

martes, 6 de diciembre de 2022

PALABRAS PARA UN PREGÓN DE ADVIENTO

 

PALABRAS PARA UN PREGÓN DE ADVIENTO

 

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

“Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.” (Is 7, 14). Este versículo del profeta Isaías nos sumerge de lleno en el misterio de la esperanza que evoca el tiempo litúrgico del Adviento.

El Antiguo Testamento está impregnado completamente de la esperanza en Dios. Se trata de una hermosa historia de amor en la que el Señor, por mucho que su pueblo le traicione continuamente, sigue dándole oportunidades para el reencuentro. Esto lo comprobamos, en primer lugar, en el Génesis, en el que, tras la caída del ser humano, vemos cómo Dios le promete al Diablo que el linaje de la mujer le aplastará la cabeza, en lo que es el primer anuncio del Mesías.

Isaías le da un nombre a este personaje: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos la esperanza de Israel en la llegada de ese ungido por Dios que salvará a su pueblo.

El profeta Isaías también dice: “Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahvé ha hablado.»” (Is 40, 3-5).

Como bien sabemos, el testigo de esa preparación de los caminos del Señor lo recogió un nuevo profeta, Juan Bautista, el precursor del Señor. El desierto, en lenguaje bíblico, es un lugar de encuentro con Dios, pero también un lugar de prueba y desolación. Juan clamará desde él por la conversiónde los corazones, precisamente porque la llegada del Señor estaba próxima. Así, Juan nos aclara cómo abrir el camino al Señor para poder recibirle adecuadamente. Él tuvo el privilegio de encontrarse con Él incluso desde el seno materno, cuando María visitó a su prima Isabel.

Pero la palabra de Dios no es letra muerta. Se actualiza a cada momento. Lo que era cierto entonces sigue siendo cierto ahora. ¡Dios nos pide que le preparemos el camino para su llegada! Como en los tiempos bíblicos, tenemos que abrir camino al Señor en el desierto, seguros de que viene. Pero, ¿dónde está nuestro desierto?

No tenemos que hacer ningún viaje para encontrarlo. Está en nosotros mismos y en nuestro mundo. En primer lugar en nosotros mismos, ya que, reconozcámoslo, no somos precisamente buenos cristianos en muchas ocasiones. Nos cuesta hacer viva la Palabra de Dios, porque no es tan fácil como dejarla apartada, escondida, en algún rincón de nuestra memoria. ¿Cuántas veces nos conformamos con un mero cumplir con Dios, en lugar de vivir en Él?

En segundo lugar, en nuestro mundo. ¿Acaso no parece un lugar de prueba y desolación? Sin embargo, es también un lugar en el que encontrar a Dios. Porque este mundo tecnificado y acelerado reniega de Dios mientras se deja a muchas personas por el camino. Si no tienes, no eres.

Nuestra obligación es preparar el camino al Señor. Y eso pasa necesariamente por la conversión de nuestro corazón. Si realmente nos creemos que somos queridos por Dios, que Él mismo se hace presente en el prójimo, que se encarnó y nos salvó, esa conversión se reflejará en nuestra vida. Y nuestra vida podrá ir tocando otras vidas, anunciándoles la Buena Nueva: Dios te ama. Dios viene por ti, a salvarte a ti en exclusiva.

Dios quiere profetas que le anuncien, que preparen su camino, que recuerden a los pobres y a los marginados la esperanza de la venida de Dios. Sólo tiene esperanza quien confía en Dios. Nosotros debemos ser profetas de esa Buena Nueva, de esa esperanza. Debemos acercar a Dios a los demás en nuestra vida ordinaria. Porque “la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros”, cumpliendo las profecías y dando fin y nuevo comienzo a la historia de la esperanza. Y decidió no abandonarnos jamás. Dios con nosotros.

Así pues, no podemos pasar este tiempo como si se tratara de un simple acercarse a las vacaciones. Tampoco de manera que parezca que no pasa nada. Hay que recordar que estamos en el mundo pero no somos del mundo. ¡Somos de Cristo Jesús! Por tanto, no estamos llamados a vivir estas fechas con un sentimentalismo simplón, que pasará a la vez que la Navidad y que, por cierto, es lo que nos tratan de vender continuamente todos los medios de comunicación. Nos inundarán con telemaratones y supuestos buenos sentimientos, pero con fecha de caducidad muy clara: tras la Navidad, se acabó.

Al contrario, estamos llamados a vivir la alegría de nuestra vocación a la santidad de forma sencilla, sin estridencias, pero transmitiendo la fe que nos impulsa adelante. Fe que, como escribe Benedicto XVI en su carta “Porta Fidei”, tiene que ser viva, con el corazón plasmado por la gracia que transforma. De esta manera podremos transmitirla con todo nuestro ser, porque viviremos lo que creemos.

Esta época puede ser especialmente indicada para esa “nueva evangelización” que tanto necesita nuestra Iglesia. En nuestros días, en este desierto de los países desarrollados mucha gente vive perdida, sin referencias a una Luz que les guíe o les centre. Les falta una esperanza superior, que llene su ser. En este contexto, como también nos recuerda la “Porta Fidei”, “como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente”. Tenemos el deber de ser los portadores de esa agua, de ser la sal y la luz del mundo. Se trata de una gran responsabilidad. Y el propio Jesús nos dice lo que pasa si la sal se desvirtúa:“Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres”. De la misma forma, si no vivimos nuestra fe, difícilmente transmitiremos otra cosa que no sea hipocresía.

No seremos capaces de ser la sal y la luz del mundo si no preparamos el camino al Señor también en el desierto interior. De la preparación en ese desierto se derivará, necesariamente, la preparación en el desierto del mundo. Necesitamos la conversión; todos y cada uno de nosotros. miremos nuestro interior: ¿no es verdad? Cada uno sabe lo que lleva, lo que hace que no esté tan cerca de Dios como debiera. Quizá orgullo. Puede que soberbia. A lo mejor egoísmo. Todos tenemos valles que rellenar y montes que aplanar. Pero eso sólo lo podemos lograr colaborando con la gracia de Dios y dejando que Él nos salve.

La esperanza que se dio en la historia de Israel tiene que mantenerse en nosotros. Porque, igual que hay que preparar el camino al Señor, Jesús sigue naciendo hoy: nace en los corazones dispuestos a escucharle. Nace en los corazones que se abren a los demás. Y, muy especialmente, nace en el corazón de aquellos que siempre han sido sus predilectos: los necesitados.

Cristo viene a nuestro encuentro desde los pobres, desde los desfavorecidos. ¿Seremos capaces de reconocerle? Muchos no lo hicieron hace más de dos mil años porque era de condición humilde. Un simple carpintero nacido en un pueblo sin importancia. Sin embargo, no podemos evitar recordar que fueron precisamente los pastores, gente sencilla, los primeros que le fueron a adorar.

En nuestro contexto espacio-temporal, marcado por una profunda crisis moral, nos corresponde a los cristianos traer la esperanza. Porque nuestra esperanza no es simplemente humana, sino que tiene su fundamento en la fe, en la confianza en nuestro Señor, de cuya vida divina participamos por la gracia. En el prójimo vemos a un hermano. Es más, vemos al propio Cristo que nos interpela. Más aún en este tiempo de Adviento y Navidad, en el que tenemos presente el gran misterio de amor de un Dios que ama tanto a sus criaturas que se decide a adoptar su naturaleza. Se trata de hacer actual en nuestras vidas la historia de amor del Señor con su pueblo. La esperanza que hace más de dos mil años se condensó en un pequeño niño recostado en un pesebre, hoy se tiene que volver a vivir. Porque el Señor sigue viniendo y nos busca. Y lo que hagamos con el prójimo se lo hacemos a él. “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Nuestra norma de vida es el amor. “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza.”

Que este Adviento sea realmente para nosotros un tiempo de conversión y gracia, preparando el camino del Señor con alegría y anunciando con nuestra propia vida este encuentro para el que nos estamos preparando en nuestros corazones

 

 

viernes, 21 de octubre de 2022

SENTIDO DEL DIA DE DIFUNTOS

                         

 

 

SENTIDO DEL DÍA DE DIFUNTOS

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

"El máximo enigma de la vida humana es la muerte". Sin embargo, la fe en Cristo convierte este enigma en certeza de vida sin fin. Él proclamó que había sido enviado por el Padre "para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga la vida eterna" y también: "Esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna; yo le resucitaré en el último día". Por eso, en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano la Iglesia profesa su fe en la vida eterna: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".

Apoyándose en la Palabra de Dios, la Iglesia cree y espera firmemente que "del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado".

La fe en la Resurrección de los muertos, elemento esencial de la revelación cristiana, implica una visión particular del hecho ineludible y misterioso que es la muerte.

La muerte es el final de la etapa terrena de la vida, pero "no de nuestro ser", pues el alma es inmortal. "Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida"; desde el punto de vista de la fe, la muerte es también "el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino".

Al igual que la Liturgia, la Religiosidad Popular se muestra muy atenta a la memoria de este acontecimiento de la muerte de nuestros hermanos y es solícita en las oraciones de sufragio por ellos.

En la "memoria de los difuntos", la cuestión de la relación entre Liturgia y religiosidad popular se debe afrontar con mucha prudencia y tacto pastoral, tanto en lo referente a cuestiones doctrinales como en la armonización de las acciones litúrgicas y los ejercicios de piedad.

Es necesario, ante todo, que la Religiosidad Popular sea educada por los principios de la fe cristiana, como el sentido pascual de la muerte de los que, mediante el Bautismo, se han incorporado al misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo; la inmortalidad del alma; la comunión de los santos, por la que "la unión... con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales": "Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor"; la resurrección de la carne; la manifestación gloriosa de Cristo, "que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos"; la retribución conforme a las obras de cada uno; la vida eterna.

En los usos y tradiciones de algunos pueblos, respecto al "culto de los muertos", aparecen elementos profundamente arraigados en la cultura y en unas determinadas concepciones antropológicas, con frecuencia determinadas por el deseo de prolongar los vínculos familiares, y por así decir, sociales, con los difuntos. Al examinar y valorar estos usos se deberá actuar con cuidado, evitando, cuando no estén en abierta oposición al Evangelio, interpretarlos apresuradamente como restos del paganismo.

La fiesta de los Fieles Difuntos se celebra con mucha devoción, en nuestros pueblos, es una fiesta de fe y oración, adornada con un tinte cultural, y esto se ve plasmado en la Religiosidad Popular y cultural en los cementerios, con flores abundantes y adornos en las tumbas, música, comida, rezos y por supuesto la celebración de la santa misa, para orar por el alma de los que ahora están ahí sepultados.

Es como volver a refrescar la memoria recordándoles, y al mismo tiempo pidiendo para que sus almas hayan sido aceptadas en el Reino de los Cielos y gocen ya de la presencia de Dios; recordarles es hacer memoria de todo lo bonito que compartieron y que Dios nos dio a través de ellos mientras compartieron su historia con nosotros.

El papa Francisco en la misa que ofició en el cementerio de Roma en 2014 afirmaba que: “El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios”.

Muchos se preguntan, porque tenemos que orar por ellos, la respuesta es sencilla. Oramos por aquellos familiares y amigos que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio, aquellos que de acuerdo a nuestra fe no pueden entrar al cielo porque aún tienen faltas que purificar, recordemos lo que dice el Libro del Apocalipsis “al cielo no entrará nada manchado”, por ello es deber nuestro orar y ofrecer sufragios por sus almas, para que sus faltas sean perdonadas y puedan entrar a la gloria eterna.

La Iglesia, ya desde sus mismos orígenes, vive con la convicción de su comunión con los difuntos y por ello ha mantenido con gran piedad la memoria de los difuntos, ofreciendo por ellos sus sufragios. Esto se afirma ya en el Antiguo Testamento: Es una idea piadosa y sana rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado. Nuestra oración por ellos se actúa especialmente por el ofrecimiento del sacrificio de la Eucaristía. También son sufragios las limosnas, las obras de penitencia y las indulgencias, que tienen su eficacia a partir del ministerio de la Iglesia, cuando aplica en casos concretos los méritos o satisfacción de Cristo y de los santos.

De acuerdo a la tradición de la Iglesia, esta fiesta se le atribuye al santo francés San Odilón, cuarto abad del célebre monasterio benedictino de Cluny, en el año 998, eligiendo para celebrarla el 2 de noviembre, es decir, el día después de la festividad de Todos los Santos; de esta manera la Iglesia hace una comunión completa; porque el día primero se recuerda con fe y esperanza a la Iglesia triunfante (Todos los Santos), que son todos los que ya llegaron y gozan de la presencia de Dios por toda la eternidad, y el día siguiente oramos por la Iglesia purgante (las Almas del Purgatorio) para que salgan de un estado de purificación y entren al reino de los cielos. Con ese objetivo este sabio abad, creo esta celebración. Nosotros, como Iglesia militante aun en esta tierra hacemos comunión con ellos a través de nuestra oración.

Poco a poco esta fiesta se fue extendiendo por toda la Iglesia, todo esto gracias a la gran influencia que tenía la orden del Cluny en aquella época, y su amplia extensión por las tierras de Europa contribuye eficazmente a la divulgación del uso en todo el orbe cristiano.

Pero fueron en un primer momento el papa Benedicto XIV que entre los años 1740 y 1754, quien prácticamente estableció esta conmemoración de manera casi oficial, porque concedió a los obispos y sacerdotes la celebración de tres misas ese día, para orar por la memoria de los fieles difuntos, un privilegio que, en 1915, es establecido de forma oficial por el Papa Benedicto XV a toda la Iglesia Universal.

Para terminar, la celebración del Día de los Difuntos no es sino una expresión más del dogma que rezamos en el Credo llamado la “comunión de los santos”, por el cual, los méritos y sufragios de los miembros de la comunidad pueden ser benéficos para los demás, lo que faculta a la Iglesia a ofrecer por ellos la misa, las indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, así como, por supuesto, los méritos sobreabundantes de la pasión de Cristo.

 

 

martes, 19 de julio de 2022

EL CARMEN, EN EL CENTRO DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR

                         


EL CARMEN, EN EL CENTRO DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La idea de la búsqueda de Dios por parte del hombre, base de cualquier religión natural, encuentra su lugar propio en el contexto de la religión revelada, con la particularidad de que, a la luz de la Revelación, es Dios y no el hombre el que ha tomado la iniciativa, el que ha hablado primero, el primero en buscar al hombre.

En consecuencia, desde la perspectiva abierta por la Revelación, la búsqueda del hombre se descubre ella misma como una respuesta al amor originario de Dios, expresado ya en el mismo acto de la creación. Así lo recuerda una de las peticiones de la Iglesia en la liturgia del Viernes Santo: “Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti…”

El hombre vive en una auténtica sed de Dios, que lo lleva a estar en una constante búsqueda de encuentro con Dios. Diríamos que el hombre es un eterno buscador de Dios.

Es así que muchos hombres y mujeres ven en la imagen de la Madre de Dios el camino seguro para llegar hasta su hijo Jesús, pues estos actos de peregrinación, de fiesta, de súplicas y acción de gracias son expresiones de una fe sincera que se da en esta búsqueda y tiene como expresión estos elementos que permiten hacer romería de la acción de Dios en su vida y lo trasmiten en tales actos hacia la Virgen.

Una de nuestras preocupaciones es la comprensión de la “religiosidad popular”, ya que muchas veces ha sido vista con suspicacia en la reflexión teológica, pues ha sido presa de malas interpretaciones y se ha mezclado con supersticiones y rituales esotéricos que la han marginado. Pero, si se parte de que la “religiosidad popular” tiene en su raíz la mayor intención de acercar al hombre con su Dios, los hombres han bebido de la “religiosidad popular” y han encontrado en ella el medio para acercarse a Dios, por medio de la intercesión de los santos o de la Santísima Virgen, como en el caso de la advocación de María del Carmen que nos ocupa y que se remonta a las tradiciones del profeta Elías en el monte Carmelo.

Cuando se empieza a pensar lo religioso se parte de dos ideas fundamentales: Dios y el hombre, estos dos conceptos en la religión juegan un papel importante ya que a partir de allí se empezó a recorrer el camino de la religión, entendida en su perspectiva fenomenológica que se va articulando en unos acontecimientos que se enmarcan en el espacio de lo sagrado para brindarle así su fundamento. En este sentido, se podría decir que la religión es fruto de una conducta especial en el hombre, que se ve determinada por sus comportamientos y su ubicación en el mundo. Así, sus diversos predicados inciden en la forma de actuar, teniendo como base el fenómeno. Esto es lo que se nos desvela Mircea Eliade que sostiene que “el hombre encuentra sus manifestaciones de lo sagrado en todo lo que ama, necesita y siente”. Podemos afirmar entonces que este hecho de lo sagrado surge debido a que el hombre está abocado a la grandiosidad que rodea toda su existencia, sin importar su ideología o cultura.

La reflexión del episcopado latinoamericano en Aparecida dio grandes avances sobre la “religiosidad popular”. Es verdad que la fe que se encarnó en la cultura puede ser profundizada y penetrar cada vez mejor la forma de vivir de nuestros pueblos. Pero eso sólo puede suceder si valoramos positivamente lo que el Espíritu Santo ya ha sembrado.

La “religiosidad popular” es un ‘imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda’. Por eso, el discípulo misionero tiene que ser ‘sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables’. Cuando afirmamos que hay que evangelizarla o purificarla, no queremos decir que esté privada de riqueza evangélica. Simplemente deseamos que los miembros del pueblo de Dios, reconociendo el testimonio de María, traten de imitarla cada día más. De igual manera vemos que la espiritualidad es una “parte de la teología que estudia el dinamismo que produce el Espíritu, en la vida del alma: cómo nace, crece, se desarrolla, hasta alcanzar la santidad a la que Dios nos llama desde la eternidad y trasmitirla con la palabra, el testimonio de vida y el apostolado eficaz”.

Adicionalmente, hemos de tener presente que la espiritualidad, según su fundamentación bíblica, es: La espiritualidad es la vida misma según el Espíritu que nos acompaña, que habita en nuestra existencia. Espiritualidad no hay sino una, la del hombre. La espiritualidad no es patrimonio exclusivo de personas especiales profesionalmente religiosas, o santas, ni siquiera es privativa de los creyentes. La espiritualidad es patrimonio de todos los seres humanos. Más aun, la espiritualidad es una realidad comunitaria, es la conciencia y la motivación de un grupo, de un pueblo. Cada pueblo tiene su cultura y cada cultura tiene su espiritualidad.

La devoción a la Virgen del Carmen, como centro de una “religiosidad popular” remonta sus orígenes al monte Carmelo, en Haifa al norte de Israel. Probablemente lo más relevante de esta devoción es aquello que se nos narra sobre la existencia de los primeros monjes de vida eremítica inspirados por el profeta Elías.

El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX (a.de Cristo) defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero.

Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los ‘Carmelitas’. En el monte Carmelo erigieron una capilla en honor a Nuestra Señora. Sobre la montaña a mano izquierda, en un lugar muy hermoso y sano, los eremitas latinos poseen un eremitorio: ellos se llaman hermanos del Carmelo y tienen allí una Iglesia dedicada a nuestra Señora; alrededor se encuentran fuentes milagrosas y bellas flores perfumadas.

Más adelante aparece en el año 1282 la idea de que la Orden fuera fundada en honor a la Virgen María, tomando el nombre de hermanos de la gloriosa Virgen María. La dedicación de una capilla a Nuestra Señora ostenta su importancia como una orden que nace a los pies de la Virgen María, resaltando su matiz mariano como una comunidad con una orientación religiosa definida. Los primeros monjes, después de vivir en Tierra Santa como eremitas, emigran a Europa hacia el año 1274, pasando a ser una Orden Mendicante, puesto que su estilo de vida estaba motivado por la pobreza y la austeridad. Dentro de este estilo de vida mendicante uno de los apostolados que más ejercieron era la expansión de la devoción de Nuestra Señora del monte Carmelo. Por ello, los primeros años de expansión por Europa testimonian también la formación y crecimiento de su devoción a la santísima Virgen. A medida que se expandían los primeros carmelitas, se iba expandiendo a la vez el fervor a la Santísima Virgen del monte Carmelo. El nombre con que eran conocidos y que reza en las constituciones de los carmelitas era “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del monte Carmelo”. Así, asociados, por la gracia de Dios, a los hermanos de la Bienaventurada Virgen María, los miembros de estas comunidades viven entroncados con una familia que se consagra a su amor y culto”. Más adelante estas constituciones hacen mención de sus orígenes, como la siguiente: “Santa María llena con su presencia la vida de la Orden que tiene sus orígenes en el Monte Carmelo, recibe su nombre de la capilla dedicada allí a nuestra Señora y ostenta como timbre de gloria del vivir”.

A lo largo de la historia de la Orden del Carmen, la devoción mariana de Nuestra Señora del Monte Carmelo ocupa un lugar muy privilegiado dentro de la vida litúrgica, cultual y espiritual, gracias a los signos del escapulario y el privilegio sabatino, medios de evangelización y acercamiento a esta devoción dentro de la Iglesia. Estos signos van de la mano en la devoción a la Virgen del Carmen.

Esta devoción y propagación de Nuestra Señora, bajo las diferentes advocaciones, se debe a las diferentes comunidades u órdenes religiosas, que bajo su patrocinio van alimentando la fe y la devoción en la Virgen María. En este sentido, las imágenes de la Virgen reflejan de forma sublimada el amor de madre, muy arraigado en nuestro pueblo. Así se puede ver en los diferentes santuarios, donde acude mucha gente sencilla a implorarle a su madre que interceda ante su Hijo Jesucristo por alguna necesidad particular. También es común ver en los diferentes caminos que atraviesan nuestras las tierras, grutas en honor de Nuestra Señora, muy en especial la imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los conductores y navegantes.

El tema de la “religiosidad popular” tiene su auge en el pensamiento eclesial de los últimos tiempos a partir del documento de Puebla, en donde surgió un discurso que avaló este medio de evangelización en nuestros pueblos. La “religiosidad popular” permite asomarse a los trasfondos históricos y religiosos de nuestros pueblos; por tanto, allí se capta esa fe innata, pura que las personas manifiestan a través de ritos y cantos, muy asociada al culto y veneración hacia la Virgen María. Ahora bien, si se quisiera adentrar en la significación semántica de la “religiosidad popular”, se debería definir qué se entiende por religiosidad y por popular. Y a la respuesta la dio el documento de Puebla al referirse a ésta como aquellas manifestaciones hondas y profundas de los creyentes, que expresan esa filiación a Dios de manera sencilla: “Su religiosidad está arraigada en la vida: en el camino inexorable que debe recorrer el hombre desde su nacimiento hasta su muerte”.

Podemos decir entonces que la “religiosidad popular” se caracteriza por sus expresiones de fe en medio de un pueblo sencillo, pero que no se queda ahí, sino que es capaz de permear todas las clases sociales y económicas de la sociedad. Esta religiosidad manifiesta su piedad de una manera muy rústica, además de que impregna de manera arrolladora la vida eclesial y personal de las personas que se acercan a los santuarios o templos donde se gestan esta devoción, por medio de peregrinaciones, pidiendo un favor o en acción de gracias por un favor recibido.

Se hace entonces evidente que el hombre es un ser religioso por naturaleza; él se pone en escena frente a Dios, pero ahora a través de lo sagrado. Martín Buber afirmará que “incluir completamente a Dios en la esfera del conocimiento humano es eliminar su divinidad, de ahí que muchos creyentes sepan cómo hablar a Dios, pero no como hablar de y sobre Dios”. Es decir, que la esfera de lo religioso lleva al hombre a llenar de sentido de aquello que sale a su encuentro: “lo sagrado penetra toda la vida, guía su historia, la naturaleza se constituye en una naturaleza”. Esta expresión sencilla, llena de sentido para cada persona, está ahí, pero necesita de los signos concretos para ser develado. Asimismo, cada persona manifiesta de manera diferente este sentimiento. Pero, también la religiosidad popular se ha mirado con recelo en la reflexión eclesial, ya que en muchos casos ha caído en excesos y no ha cumplido con ese papel primordial de acercar a los hombres con el trascendente de una manera diáfana y trasparente, sino que se ha mezclado con un sincretismo religioso que no deja ver su acción limpia, sencilla, con que los creyentes buscan a Dios: En cuanto a la “religiosidad popular” mariana se debe tener en cuenta que ha sido desde sus orígenes uno de los medios de evangelización y mecanismo en busca de la salvación y de la protección de la Virgen María. Como es bien sabido, la veneración de los fieles hacia la Madre de Dios ha tomado formas diversas según las circunstancias de lugar y tiempo, la distinta sensibilidad de los pueblos y su diferente tradición cultural. En otras palabras, la “religiosidad popular” mariana lo que pretende es un acercamiento a lo absoluto, en donde las personas desean encontrarse con Dios, reconociendo que Él puede ayudar o remediar sus dificultades y lo hacen por medio de la intercesión de su Madre.

Estos creyentes que se acercan a la Virgen María, bajo la advocación de “el Carmelo” tienen la concepción de que María es la madre de Dios y que Él la dejó como Madre de todos los hombres en la cruz. Siguiendo las Sagradas Escrituras, “cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. Desde entonces el pueblo humilde nunca más se separó de la Virgen. La lleva consigo, dentro de su corazón, dentro de su casa, donde quiera que vaya. Jesús lo mandó. Fue su última voluntad.

Por este motivo, ellos buscan en la Virgen María un alivio a las dificultades a las que se ve abocado el hombre en su diario vivir, en las situaciones límites y frágiles de la vida o cuando están atravesando momentos de dolor, de enfermedad, ante un fracaso económico, personal o familiar, cuando están en desempleados o con problemas familiares, acuden a la madre, pues sienten la confianza de que Ella los fortalecerá y los amparará en estos momentos. Por ello, podemos estar de acuerdo en que “La religiosidad popular” considera a la Virgen María como infalible intercesora ante Dios.

Pero, no sólo en estos momentos límites de la existencia humana es que las personas acuden a la Virgen María, también las personas se acercan a Ella en acción de gracias, o ven en María la mujer que encarna las virtudes de una cristiana, como lo expresa la Marialis Cultus. Porque en sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios; porque acogió la palabra y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio: porque, es decir fue la primera y la más perfecta discípula de Cristo: lo cual tiene valor universal permanente. Esto viene a responder por qué la gente le tiene tanta fe y devoción a la Virgen María. Como en el caso de miles de devotos –pescadores sobre todo-- que ven en la Virgen del Carmen un modelo de madre y de mujer que lo llevan a vivir una vida cristiana. En este sentido, la imagen de María refleja sublimada la experiencia popular de la madre; comprensiva, cariñosa, dispuesta a interceder por los hijos, con una capacidad ilimitada para soportar las fatigas y el sufrimiento. Con estos sentimientos que subyacen en lo más profundo de las personas, y como fruto de las enseñanzas de los mayores, es que las personas van creciendo con la certeza de que María es la madre de Dios.

sábado, 28 de mayo de 2022

JESÚS EUCARISTÍA, SALE A NUESTRAS CALLES

 

JESÚS EUCARISTÍA, SALE A NUESTRAS CALLES

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Diocesano de Religiosidad Popular

 

 

 

No dejes de salir, Señor/ No dejes de salir, Señor, /de la Casa del Padre, /que deseamos contemplarte tan humilde y tan perfecto, /tan divino y tan humano, /tan eterno y tan cercano, / tan triunfante y tan amado.

No dejes de salir, Señor, /que tu Cuerpo esté en la calle, / y podamos adorarte, /Redentor sacrosanto. /Tañed las campanas del templo, / que ya ha llegado el momento, /su Sangre brota y su Cuerpo Sagrado, /es Corpus Christi de un pueblo.

No hay voces suficientes en la tierra, ni inteligencia preclara, ni corazón apasionado que pueda describir la grandeza del “misterio” escondido en la Eucaristía. Sólo desde la humildad de la fe y la confianza se puede cantar tan sublime “misterio”. Como Moisés en el monte del Señor, hemos de descalzarnos, porque pisamos tierra santa, para poder cantar sólo con la fe lo que por la fe hemos recibido. Quisiéramos expresar todo el amor que humanamente es posible para que también nuestro corazón se estremezca ante la potencia y la dulzura unidas en presencia tan singular.

Y por entre las cabezas de los fieles y el humo de los incensarios, se ve venir la Custodia. La Custodia, --más rica o más humilde-- trono siempre insuficiente para el Rey de Reyes, siempre es magnífica, pero lo que brilla no es el arte salido de las manos del hombre, lo que brilla es la luz del blanco de la hostia que viene decidida a pasearse por nuestros pueblos, a recorrer nuestras calles, a bendecir a todos los hombres, a entrar hasta en el último rincón de nuestras casas y de nuestra vida. Viene el Señor Eucaristía hasta nosotros; sale a nuestro encuentro; se quiere hacer el encontradizo; quiere mirar con ojos de misericordia también a los que no pueden o no quieren verlo en este “misterio”, “Pan de ángeles, Dios tan verdadero, / que, aunque se quiebra, se divide y parte, / está un inmenso Dios, trino y entero, /en cualquiera migaja y menor parte (…)”, como escribía nuestro fray Luis de León.

En esta fiesta del Corpus Christi, cuando todavía el sol ilumina nuestras calles alfombradas por juncia, menta y romero el pueblo de Dios acompaña al Santísimo por su recorrido porque Dios ha salido a la calle para pasar por nuestras puertas. No importa que nuestra acera y nuestro hogar no estén previstos en el recorrido, el Corpus Christi irá a nuestro encuentro y aguardará nuestra llegada, pues hacia nosotros camina eternamente, hacia nosotros muestra generoso su esperanza. No lo ignoremos, no hagamos como mirar para otro lado, no lo esquivemos, no le echemos la aldaba, nada te turbe, nada te espante, que ese Pan es el Cuerpo del Señor, que ese Vino es fruto de su Sangre.

El paso de la Custodia por nuestras moradas se transforma en oración de súplica y alabanza: que al recorrer la Eucaristía nuestras calles y plazas nuestra vida de cada día se penetre de su presencia. Y con nuestro gesto de adoración pongamos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, en definitiva, toda nuestra vida.

Desde antiguo, la festividad de Corpus Christi constituyó excelsa y colectiva manifestación de religiosidad popular, actualizada en capitales como Toledo, Sevilla, Granada o Valencia, entre otras, junto a una pléyade de núcleos rurales donde la devoción y la exaltación eucarística son protagonistas de la expansión festiva, con la solemnidad característica que se puede apreciar igualmente en diversas localidades de la extensa geografía peninsular e insular.

La fiesta del Corpus Christi fue establecida para el orbe católico por el papa Urbano IV en 1264 con la bula Transiturus de hoc Mundo, generalizando el culto al Sacramento iniciado por la beata Juliana de Rétine, priora del Monasterio de Monte Cornillón, (1193-1258) en la diócesis de Lieja y el milagro de la forma ensangrentada el milagro de Bolsena, (1263) cuyo corporal mandó depositar Urbano IV en Orvieto. El papa encomendó la redacción del oficio de la nueva fiesta a Tomás de Aquino que en la Summa Teológica ya defendía la presencia real de Cristo en la eucaristía. La procesión de la sagrada forma y la octava fue configurada por Juan XXII (1316-1334). Desde entonces la fiesta se extendió por todo el occidente europeo, primero en las grandes ciudades episcopales y luego en las restantes villas y lugares.

La Iglesia la instituye como el summum de todas las fiestas, porque es la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que es la mejor imagen de la Resurrección. La religiosidad popular, en cierta manera, se va apoderando de ella y añadiéndole sus elementos, y la jerarquía quiere retomarla, e incluso marca unas distancias entre lo que es lo “oficial” en la procesión, y lo que es lo “popular”. Se da una cierta pugna entre la jerarquía y las organizaciones de religiosidad popular, especialmente las hermandades, a la hora de organizar la procesión, en la actualidad

La religiosidad popular favoreció el proceso que instituyó la fiesta del Corpus Christi; a su vez, esta fue causa y motivo de la aparición de nuevas formas de piedad eucarística en el pueblo de Dios.

Durante siglos, la celebración del Corpus Christi fue el principal punto de confluencia de la piedad popular con la Eucaristía. En los siglos XVI-XVII, la fe, reavivada por la necesidad de responder a las negaciones del movimiento protestante, y la cultura – arte, literatura, folclore– han contribuido a dar vida a muchas y significativas expresiones de la religiosidad popular para con el misterio de la Eucaristía.

El Corpus Christi es la festividad que la Iglesia católica conmemoró con mayor apoteosis durante el barroco. El concilio de Trento, celebrado entre los años1545 y 1563, marcó el punto de inflexión entre un antes relativamente abierto y tolerante a las experiencias y un después más encorsetado; a la vez que permitió que en los países católicos de Europa proliferasen las procesiones del Santísimo, cuya intención fue combatir las desviaciones heréticas mediante la ayuda del fervor popular. Con aquellos desfiles se buscaron dos objetivos: honrar la presencia de Cristo en la hostia y venerarla con actos externos lleno de contenido litúrgico, frente a la piedad interior que propugna la doctrina protestante.

A principios del siglo XV apareció en el exterior de los templos la procesión bajo un binomio sacro profano. Aquel es un cortejo heterogéneo y artificioso, de mayor complejidad que el celebrado, hasta entonces, en el interior de las iglesias, porque resalta el carácter teocéntrico de la sociedad, y va acompañado de un amplio espectro de efectos alegóricos, a través de los que se intenta ensalzar lo que el protestantismo ataca. Muestra la mezcolanza entre una liturgia ortodoxa y la religiosidad popular, antagónica con las reglas y adaptadas con el beneplácito de la jerarquía religiosa. La piedad popular se mantiene viva entre unas doctrinas generales, la idiosincrasia y las necesidades de una comunidad poco formada. Por eso, la procesión se utilizó para catequizar, mediante un método basado en el docere et delectare, a un público inculto y con grandes dificultades para aprender los dogmas.

La religiosidad popular debe ser instrumento de educación de nuestro Pueblo de Dios para que capte dos realidades de fondo: que el punto de referencia supremo de la piedad eucarística es la Pascua del Señor; la Pascua, según la visión de los Santos Padres, es la fiesta de la Eucaristía, como, por otra parte, la Eucaristía es ante todo celebración de la Pascua, es decir, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús; y que toda forma de devoción eucarística tiene una relación esencial con el Sacrificio eucarístico, ya porque dispone a su celebración, ya porque prolonga las actitudes cultuales y existenciales suscitadas por ella.

La procesión de esta festividad del Cuerpo y Sangre de Cristo es, por así decir, la “forma tipo” de las procesiones eucarísticas. Prolonga la celebración de la Eucaristía: inmediatamente después de la misa, la Hostia que ha sido consagrada en dicha misa se conduce fuera de la iglesia para que el pueblo cristiano dé un testimonio público de fe y de veneración al Santísimo Sacramento.

Los fieles comprenden y aman los valores que contiene la procesión del Corpus Christi: se sienten “Pueblo de Dios” que camina con su Señor, proclamando la fe en Él, que se ha hecho verdaderamente el “Dios con nosotros”.

El Corpus constituye una manifestación festivo-ceremonial que se reproduce en todo el orbe católico. No es un ritual exclusivo de una colectividad, una localidad, o una región que profesa la religión cristiana. Si bien atiende a una pauta litúrgica homogénea, fuertemente doctrinal (la exaltación de la sagrada forma en el cuerpo de Cristo, o la Eucaristía), manifiesta una gran diversidad cultural en sus formas de expresión y modelos organizativos.

Aunque su origen litúrgico arranca a mediados del siglo XIII para el mundo cristiano en general, no será hasta el siglo XIV cuando se tenga constancia de la celebración de forma generalizada en el occidente europeo, extendiéndose primero en las grandes ciudades episcopales y seguidamente en las parroquias de las diversas ciudades y pueblos de nuestra geografía. La primera ciudad en España que lo celebra es Toledo en 1280, siguiéndole por orden cronológico Barcelona en 1319 y Gerona en 1320. Se sabe que en Vich se introdujo en 1330 y en Valencia en 1348.

En Valencia en 1355 se hacía público el primer pregón o “crida” por el que se convocaba a clérigos, religiosos y fieles en general para participar en la solemne procesión en honor y reverencia de Jesucristo y su preciosísimo Cuerpo. Era por aquellas fechas obispo de Valencia Hugo de Fenollet, que llegó a un acuerdo con la ciudad, por el que el patrocinio de la fiesta correría en adelante a cargo de la autoridad municipal

A partir de este momento la festividad del Corpus se convirtió en Valencia en la más importante del año, oscilando entre épocas de mayor esplendor, una de cuyas cumbres se alcanzó en 1528, y otras de evidente declive, el cual se inició en 1836, a causa de la desamortización llevada a cabo por Mendizábal, con distintos altibajos cuyas cotas ascensionales se alcanzaron en 1875, y sobre todo en 1977, fecha en la que surgió la asociación que luego se denominaría de “Els Amics del Corpus”, cuya principal tarea sería la de repristinar y mantener el esplendor y decoro de la fiesta.

La participación ciudadana fue decisiva desde el primer momento, haciéndose patente no sólo en los actos religiosos, sino también en los de carácter lúdico, convirtiéndose la festividad solemne de Corpus Christi en una manifestación popular con la participación de autoridades, parroquias, gremios y cofradías, sin que faltaran músicos, artistas, danzantes, feriantes…, provocando un bullicio callejero altamente estimulado por la presencia de las “rocas”, los gigantes o los “nanos”.

Esta liturgia medieval con sus ceremonias, simbolismo y sentido escénico dio origen a los dramas sacros que con el tiempo salieron de los templos, comenzando a intervenir los laicos y olvidando el latín. En ocasiones propiciaron la aparición de los “pasos” procesionales que, a su vez, influyeron en la gestación de los “autos sacramentales”.

Los “autos sacramentales” son sermones puestos en verso con posibilidad de representarse, sobre cuestiones de la sagrada teología o como un verdadero acto paralitúrgico a celebrar el día del Corpus, constituyendo así una contribución al oficio litúrgico de la iglesia. Son una parte integral de la festividad religiosa, teniendo en su asunto una íntima relación con la fiesta, y siendo, como efectivamente eran en su tiempo, una contribución al oficio litúrgico de la iglesia ya que se ofrecen como una forma más de culto, aunque no oficial, a la Sagrada Eucaristía.

Por lo que respecta a Valencia, ya se conocían algunos espectáculos dramáticos en la fiesta del Corpus Christi en el siglo XIV, aunque el XV experimentó un gran desarrollo. A los músicos y coro se añadieron personajes efigiados como estatuas que pronto se dispusieron sobre carros con decoraciones alusivas, que recibieron el nombre de “entramés”. Elemento esencial en las fiestas del Corpus valenciano es la música, en dos vertientes principales: la litúrgica, que recibió un fuerte impulso con San Juan de Ribera y Juan Bautista Comes, y la popular, encarnada sobre todo en las danzas ejecutadas en la Cabalgata y la Procesión.

Es evidente que lo que centra la fiesta por antonomasia del Corpus es el Cuerpo de Cristo vivo, que de forma simbólica, pero no menos real, se convierte en un verdadero “icono” del Señor que hace presente su divinidad y su humanidad. El sacramento por excelencia de la Eucaristía se erige de este modo en un referente de Jesucristo, “sublime obra de arte de Dios”, siguiendo a Plotino, que, escondido bajo las especies de pan y de vino, transmite la gracia y lleva a la participación de lo divino y de la belleza infinita. Porque el Santísimo Sacramento no es sólo la fiesta de los sentidos prendidos por el colorido, la música y el oloroso incienso, sino fundamentalmente la fiesta del espíritu que “toca” el Cuerpo del Señor y saborea la divina esencia a través del don de Sabiduría en, un sacro festín que es preludio e inicio de las eternas bodas del Cordero. He aquí la sublimidad inigualable y la razón última de estas celebraciones, a la par litúrgicas y populares, que hacen de la misa y procesión del Corpus la fiesta de las fiestas, el “icono” de Cristo y la causa y fundamento de la verdadera alegría festiva. Sin esta dimensión de la trascendencia el Corpus se convertiría en puro folklore carente de sentido.

Un año más un pueblo a Cristo sigue,/ siendo Dios mismo el que a la calle sale,/ en el cáliz está siempre su sangre,/ su cuerpo, en la custodia, siempre vive./ Misterio del cristiano que recibe /tu Cuerpo en comunión como Dios Padre,/ Sagrada forma, ritos celestiales,/ en la mesa del pan no existe el hambre./ Ese es el milagro que a porfía /rememora vuestro pueblo soberano/, sacramento en el altar de Eucaristía./ Vuelve ya a salir tu Cuerpo custodiado, /¡aleluya, que es el hijo de María, /Corpus Christi de Jesús sacramentado!