lunes, 12 de junio de 2023

CINCUENTA AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

 

CINCUENTA AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

 

 

 

Haré mías las palabras del novelista Morris West, que empieza su autobiografía de esta manera: “Cuando llegas a la edad de setenta y cinco años, sólo deberían quedar tres palabras en tu vocabulario: ¡gracias, gracias y gracias!”

Acabo de cumplir setenta y cinco años, y  reflexionando sobre los cincuenta de sacerdocio, afloran a mi mente muchos pensamientos y sentimientos; después de todo, la vida tiene sus estaciones. Pero el sentimiento que domina sobre todos los demás es el de gratitud: ¡gracias, gracias y gracias! Gracias a Dios, a la Iglesia, a mis parroquias,  a mi familia, a los muchos amigos que me han amado y ayudado, y a los miles de personas con las que me he encontrado en esos cincuenta años de ministerio.

Hace cincuenta años, un 9 de junio de 1973, Vigilia de Pentecostés, fuimos ordenados sacerdotes por el Siervo de Dios de José María García Lahiguera, en la Santa Iglesia Catedral de Valencia

Eran días de esperanza e ilusiones en la Iglesia, nos creíamos capaces de configurar una nueva época en una Iglesia renovada, ilusionada e ilusionante.

La Santa Iglesia Catedral estaba rebosante de sacerdotes, de amigos, de miembros de las diversas parroquias donde habíamos vividos los últimos años de convictorio sacerdotal, así como familiares.

Hace cincuenta años se encontraban junto a mí personas que me estimaban o me querían no tanto por mis meritos sino por motivos de paisanaje o familiares.

Hoy, sin embargo, me encuentro en una situación única: Al dirigir la palabra y recorrer la mirada por los hermosos templos por donde he vivido mis años sacerdotales experimento una emoción profunda: Quienes me rodean están unidos a mí por historias personales, por relaciones entrañables, porque habéis sido importantes en un momento de mi vida.

En mi vida sacerdotal se entrecruzan multitud de historias de amor, de estima y de afecto. Cuántas horas he pasado con tantos jóvenes, adultos y mayores. Cuantas ilusiones, amores incipientes y desconciertos compartíais conmigo.

He recibido tantas gratitudes de los miembros de las diversas parroquias donde he desarrollado mi actividad sacerdotal y yo asistido emocionado y asombrado a la evolución y madurez de tantos jóvenes, matrimonio y adultos

Algo parecido me ha pasado en tantos años de enseñanza en los colegios Castellano de Valencia, Nuestra señora de la asunción de Alboraya y la Escuela de Gestión Comercial Marketing (ESIC) de Valencia; pones lo mejor de ti mismo, pero nunca sabes si sirve para algo.

De repente, en tantas ocasiones, a veces muchos años después, te enteras que aquella siembra ha quedado prendida en personas que saben más que tú y actúan responsablemente en la sociedad.

Otro tanto puedo afirmar de todos los sacerdotes con quienes he tratado y colaborado de tantas maneras y ahora estáis aquí tenemos distintas sensibilidades, distintas trayectorias y actitudes tanto en la sociedad como en la Iglesia, pero creo poder afirmar que nos estimamos y nos queremos, con un afecto real que no afecta el paso del tiempo ni el vernos más o menos, según las circunstancias. Por eso, alrededor del altar, seremos capaces de celebrar el rito en su sentido más profundo de comunión. A causa de estas historias personales, este es un tiempo precioso de fraternidad compartida, y creo sentir que circula entre todos nosotros un fluido de amistad entrelazada.

Eso hace que no nos encontremos simplemente en una ceremonia sino en un encuentro de gente reunida por lazos de verdadero cariño. Gracias a todos por estos cincuenta años en los que hemos creado este tejido.

Mi llamada inicial al sacerdocio no fue cuestión de romance. No ingresé en el seminario porque me atrajera. Al contrario. Esto no era lo que yo deseaba.

Entre al Seminario Conciliar de Segorbe el año 1960. No tenía otro camino en mi pueblo para estudiar que “marchar” al Seminario; allí estuve muy pocos días, por Juan XXIII reestructuró las diócesis de Segorbe y Valencia y mi parroquia de Santa Marina de Torrebaja pasó a la diócesis de Valencia y tuve que incorporarme a al Seminario Metropolitano de Valencia. Aquí viví momentos inolvidables que fueron constituyendo mi vida y diseñando mi vocación sacerdotal. En el Seminario Menor nació mi vocación al sacerdocio. Hoy, puede ser que la gente cuestione el criterio y la libertad de tal decisión, pero mirando hacia atrás después de todos estos años, puedo decir honradamente que esta es la decisión es la más clara, pura y generosa que he tomado hasta ahora en mi vida. No tengo la menor pesadumbre. Al terminar el Bachillerato decidí dar el paso: Me incorporé a los estudios filosóficos con una vocación muy bien diseñada.

Digo esto porque, conociéndome y conociendo mis heridas, conozco también que yo no habría sido aproximadamente tan feliz en ningún otro estilo de vida. Fomento algunas profundas heridas, no morales sino heridas del corazón, y esas mismas heridas han sido, por la gracia de Dios, una fuente de riqueza en mi ministerio.

Además, he sido bendecido en los diversos ministerios que me han asignado mis superiores. Como sacerdote, en Nuestra Señora del Pilar, san Maximiliano María Kolbe, en Nuestra Señora de los Ángeles o santa María del Mar. Y ahora en San Mateó Apóstol y Evangelista. He sido acompañante de jóvenes matrimonios, de Mujeres Trabajadoras, de Adoradores Nocturnos y de cuanto vuelo suelto navegara por los alrededores. Todo esto, sin marginar mis trabajos periodísticos en Radio Nacional de España, Cadena Ser y la COPE, así como en la revista de información religiosa “Vida Nueva”.

Me parece que de distintas maneras y con agua distinta he cantado siempre el mismo verso, he enseñado siempre la apasionante historia de la vida de los creyentes, el predominio de la gracia sobre el pecado siempre presente, la fuerza creadora y purificadora del espíritu en vasijas siempre de barro. A pesar de todas las limitaciones e infidelidades que, a modo de cascada, infectan nuestra historia en todos sus niveles, podemos repetir con el cura rural de Bernanós, “todo es gracia”.

Un personaje que me ha acompañado en mi camino creyente, en mi labor sacerdotal y en mi visión de la historia de la Iglesia ha sido la vocación de Jeremías: “¡Ay Señor mío! Mira que no se hablar, que soy un muchacho”. El Señor contestó: “No me digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo que yo estoy contigo”.

A menudo, en mi vida he tenido la sensación de ser dirigida y llevada y no siempre según mi voluntad, aunque nunca en contra de ella.

La vocación de Jeremías me sugiere, además, el convencimiento de que el creyente es un hombre libre y autónomo porque goza del tesoro de su conciencia y de su responsabilidad. Aunque hablamos mucho de que el Espíritu actúa en cada uno de nosotros y de que la conciencia es la última instancia responsable de nuestras decisiones, en realidad, no pocas veces desconfiamos de esa libertad absoluta del espíritu y quedamos más tranquilos si nos ceñimos a las determinaciones del Derecho Canónico y del Magisterio para dirigir nuestras conciencias.

Sin embargo, estoy convencido de que nuestra primera responsabilidad consiste en conseguir que nuestras conciencias sean capaces de discernir y decidir por sí mismas siguiendo la inspiración del Señor.

En efecto, aunque sentirse en manos de la providencia y el misterio pueda reducirse a una mera frase rutinaria, no cabe duda de que vivir y experimentar en nuestra conciencia la presencia del misterio transforma nuestra vida y libera nuestro cristianismo de fórmulas y prácticas banales y, en el fondo, vacías, y nos ayuda a mostrarnos responsables y consecuentes con lo que hemos recibido.

El sacerdote es el hermano que debiera estar en este camino con gran humildad y disponibilidad. En ese encuentro de Dios con la criatura él no es actor ni protagonista, pero puede escuchar, servir y sobre todo amar. Mientras sea capaz de amar, puede ayudar.

Nuestra historia no siempre transcurre según el proyecto de Dios, pero él es el Señor de la historia y al final de los tiempos todo se consumirá en su amor. No debemos considerarnos, pues, tan protagonistas y tan decisivos, y debemos respetar más las conciencias de los creyentes, conciencias iluminadas por el evangelio y fortalecidas por la docilidad al Espíritu mucho más de lo que aceptamos. Seamos conscientes de que cuando Dios quiere a alguien lo quiere para siempre y porque nos quiere nos creó y se encarnó.

Allí donde no hay amor, Dios no está presente. Toda la historia humana se reduce al amor y al desamor, al pecado y a la gracia, a la capacidad de sentirse hijos del Padre o, por el contrario, a la incapacidad de encontrar compañía y andar errantes y vagando por el mundo y por la Iglesia cual nuevos Caínes. Todas las posibilidades de la verdad están con el que ama, mientras que el que no ama no ha descubierto a Cristo por muchos catecismos que enseñe. Si en la comunidad cristianos hubiéramos tomado en serio las consideraciones del Apóstol, nuestra historia hubiera sido diferente y nuestras relaciones mostrarían la gozosa fraternidad de los hijos de Dios. Si en lugar de organizar hogueras para quemar a pobres ignorantes, homosexuales, masturbadores o brujas, hubiésemos señalado con coraje a los incapaces de amar, todo hubiera sido distinto; si hubiéramos proclamado que Dios quiere que los hombres sean justos y se amen los unos a los otros, al menos, tanto como que crean que El está verdadera y realmente presente en el sacramento eucarístico, nuestras palabras tendrían más autoridad. Si nuestra Iglesia fuera, fundamentalmente, una comunidad de amor y no se convirtiera, a veces, en un amasijo de clanes,  seríamos verdaderos discípulos del Maestro.

A pesar de todo, resulta gozosamente motivadora la consideración de que innumerables cristianos en la historia y ahora mismo, aquí mismo, han considerado que no había mejor medio de transmitir el amor de Dios que con cataplasmas, linimentos y apósitos, limpieza, justicia, enseñanza, escucha y solidaridad. Misericordia y protección pedimos a Dios. Misericordia, amor y cercanía es cuanto podemos ofrecer a los hermanos.

En mi vida sacerdotal he mantenido el convencimiento de que no formaba parte de una casta, de una clase de puros que administra a su arbitrio bienes que no son suyos. “Bendito seas, Padre,  porque has descubierto estas cosas a la gente sencilla” (Mt.11, 25), reconoció Jesús, haciéndonos comprender que todos podemos seguir y amar a un Dios que nos habla de familia y fraternidad, de amor, generosidad y servicio, un Dios que se hace hombre y sufre con nosotros, que participa de nuestra vida diaria sin exigirnos carnet de identidad ni libro de familia. Nuestra vida no siempre transcurre según el proyecto del Dios de la vida, pero él es el Señor de la historia y al final de los tiempos todo se consumará en su amor. Mientras tanto, nosotros, los bautizados, somos los llamados a ser testigos y de nosotros depende el desarrollo de la creación, ser sensibles a los signos de los tiempos y ser capaces de sugerir a los demás el misterio de la presencia de Dios en nuestras vidas.

 “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro y el que quiera ser primero sea esclavo vuestro. Igual que este Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos”.

La tentación del poder y del dinero permanece omnipresente en nuestras vidas. En el mundo eclesial resulta mucho más peligrosa porque jugamos con las conciencias y nos amparamos con desenvoltura en la gloria y en el nombre de Dios. “Vosotros no así”, nos advierte Cristo con claridad meridiana. El único poder del cristiano y, por supuesto, del clero, es el servicio, la escucha y el acompañamiento, sobre todo, a quienes más lo necesitan. Solo así seguimos de cerca a quien, siendo Dios, vino a servir y no a ser servido. Solo así conoceremos al hermano tal cual es, y el hermano es el papa, los obispos y sacerdotes, todos los nacidos de mujer.

A menudo, una imagen resulta más importante que mil palabras. Quiero recordar una escena brillante de la película de Zeffirelli: “Hermano Sol, hermana luna” sobre san Francisco. En la escena aparece Inocencio III, tal vez el papa más importante del Medievo, en su trono elevado al que se llega por medio de numerosos escalones. Se encuentra en la majestad de su gloria pontificia, con la mitra de piedras preciosas, su capa magna espléndida, sus blancas vestiduras de lino y puntillas, su cruz de oro y zafiros, su espléndido anillo, sus pantuflas preciosas. Los cardenales, igualmente solemnes, le acompañaban. Inocencio mira a lo lejos del salón y ve una mancha confusa que no puede individuar. Se alza y comienza a bajar los escalones y a medida que baja se le van cayendo capa, puntillas, mitra y joyas, y, a medida que se desembaraza de tal lastre, su vista es más límpida y ve con mayor y mayor claridad a Francisco de Asís. El encuentro fraterno se produce entre un Francisco con un burdo sayo y un pontífice con la simple alba. Al término del encuentro, el pontífice se encamina de espaldas a su trono y según sube los escalones vuelven a caer sobre sus hombros y sus miembros las vestiduras y joyas, al tiempo que su visión de Francisco vuelve a ser borrosa y termina desapareciendo.

Todo poder, y más el religioso, aleja, ofusca y tiraniza, sino es ejercido como lo ejerció Cristo. Toda generosidad y entrega al modo de Teresa de Calcuta, Kolbe, los hermanitos de Jesús, Oscar Arnulfo Romero y tantos otros, y, sobre todo, tanto cristiano anónimo que con su amor y ayuda consiguen que este mundo resulte más habitable y solidario, logran que el reino de los cielos esté presente en medio de nosotros. Solo así la Iglesia resultará atrayente y discípula del Maestro en un mundo tan complejo y desconcertado.

No entiendo muy bien en qué consiste la nueva evangelización, pero si, con palabras de Juan Pablo II, la nueva evangelización comenzó con el Vaticano II, podríamos considerar que la nueva evangelización trata de orientarnos hacia los brazos del Padre, quien, considerándonos adultos, nos otorga el misterio y la fortaleza de nuestra conciencia individual; trata de inculcarnos el convencimiento de que allí donde se genera amor Dios está siempre presente, aunque pueda estar ausente de tantos ámbitos en los que la palabra amor y caridad permanece en los labios, pero escasea en el corazón; trata de convencernos de que solo el amor revoluciona la realidad. Esta evangelización sí es nueva porque es la de siempre, la de Jesús y la del evangelio.

Enorme fracaso, pues, si a pesar de las apariencias nos convertimos en obstáculo y causa de alejamiento. “Aquel día, muchos dirán: “Señor, Señor, ¿No hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?” Yo entonces les declararé: “Nunca os he conocido” (Mt.7, 23-24). A pesar de todo, no existe en la historia de la humanidad tal concentración de generosidad, vidas quemadas por los demás, creatividad permanente a favor de una sociedad más humana y fraterna como en el conjunto de la historia del pueblo cristiano. Como siempre, la pelota permanece en nuestro tejado.

Hermanos: Cada vida vuestra es una historia de amor, de esfuerzos y proyectos. Cincuenta años cuántas vidas gastadas en tantos ideales de todo género. Es hora de decir en voz alta que ha valido la pena creer en Cristo, ser sacerdotes, esposos, padres, colaboradores de una sociedad más acorde al proyecto divino. Es hora de abandonar tanto llanto sobre la leche derramada y recordar que hace más por la luz el que enciende una cerilla que el que abomina de las tinieblas. Vale la pena ser optimistas y centrarnos en tanto amor, complicidad y disponibilidad como existe en nuestra gente, entre nosotros, en nuestros jóvenes. Que nadie nos amargue nuestra alegría creyente.

Dejadme concluir con un comentario que oí una vez de un sacerdote que estaba celebrando su 85 cumpleaños y 60 aniversario de su ordenación sacerdotal. Preguntado cómo se sentía sobre todo ello, dijo: “¡No siempre fue fácil! Hubo algunos momentos de amargura y soledad. Muchos de los que había en mi curso de ordenación abandonaron el sacerdocio, muchos están ya en el cielo con el Padre, y yo también estuve tentado de hacerlo. Pero me mantuve y, ahora, mirando atrás después de sesenta años, ¡estoy completamente feliz con la manera como se desarrolló mi vida!”.

Para terminar estas palabras tan personales, quisiera confirmaros con sencillez y satisfacción que durante estos cincuenta años estoy completamente feliz, con la manera como se desarrolló mi vida; nunca he dudado de mi sacerdocio ni de la Iglesia, y quiero deciros con sencillez que el Señor ha estado y está conmigo, como deseo que esté siempre con vosotros.

 

 

viernes, 9 de junio de 2023

LAS FIESTAS PATRONALES, BASE DE NUESTRA ACCIÓN MISIONERA

 

LAS FIESTAS PATRONALES, BASE DE NUESTRA ACCIÓN MISIONERA

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

El verano, ese maravilloso tiempo esperado por todos, nos acerca a las vacaciones, al mar o la montaña, a los amigos, a los parientes y especialmente a las fiestas patronales de nuestros pueblos y ciudades.

Las fiestas desbordan luminosidad externa porque son luminosas en sí mismas. Las luces, la claridad festiva de los trajes y adornos, la magnificencia expresiva de las flores, la exultación de la danza y el canto populares, el clima de grata complacencia que fundan los perfumes naturales --flores, incienso--, la solemnidad de los ritos y demás elementos de la fiesta no hacen sino dar cuerpo a la luminosidad gozosa que irradia la fiesta por el mero hecho de entreverarse en ella fecundamente diversos ámbitos de gran significación. A ese entreveramiento lo llamamos encuentro.

Las fiestas dan forma visible a algo que, de modo discreto, modela nuestra vida durante todo el año. A su vez, las fiestas proyectan su luz sobre los demás días del año. Todo pueblo vive en plenitud su vida en los días de fiesta, ya que en ellos es más fácil captar la mutua interacción de los elementos que la integran. Ello explica que la lucha entablada, a veces, entre las fiestas populares y las religiosas no haya conducido a una mejor comprensión de ambas y a su mayor florecimiento, sino a su devaluación.

Vivir la fiesta es una bella y apasionante experiencia, nos acerca al encuentro de ese espacio reservado a la expresión de valores y sentimientos, la celebración y sobre todo a la tradición y al pasado.

Las fiestas patronales y las fiestas religiosas en general han sido una de las manifestaciones culturales más importantes a lo largo de la historia, y en cierto modo, todavía lo siguen siendo.

A pesar de su carácter religioso, la teología es incapaz de explicarlas de forma satisfactoria, y ha sido la antropología social y cultural la que las ha explicado con mayor acierto y profundidad, debido a su carácter popular. No obstante, esa explicación antropológica sigue sin explicar numerosos aspectos de las fiestas religiosas y patronales. Su carácter identitario, por ejemplo, no explica por qué las fiestas religiosas y patronales tienen mucho mayor arraigo popular que otros símbolos identitarios locales o nacionales, o por qué siguen teniendo tanto arraigo popular en una sociedad mayoritariamente laica.

La mayoría de las fiestas patronales actuales se celebran en honor de un Santo o de una advocación mariana, que suele ser el patrón o la patrona de la localidad. Las fiestas patronales y la mayoría de las fiestas religiosas pertenecen a lo que actualmente se denomina  “religiosidad popular”, que es la manera cómo la población vive y practica realmente la vida religiosa.

El culto a la Virgen o a los Santos, en calidad de patronas o patronos de nuestros pueblos o ciudades, es posible gracias al arraigo que tenían en la población y a la devoción con la que se veneraban ya desde épocas muy remotas, siendo la continuación de ciertas prácticas “religiosas” precristianas, normalmente de religiones politeístas (en la península ibérica, celtas y romanas, principalmente), que fueron asimiladas por el cristianismo con el fin de conseguir la mayor difusión posible de este, igual que ha ocurrido después en África y América Latina, en lo que se conoce como inculturación, en el ámbito religioso, y aculturación, en el histórico y antropológico.

La Iglesia cristianizó, ya desde el principio de su historia, las fiestas paganas, haciendo coincidir las fechas de las fiestas cristianas con las de las principales fiestas prerromanas. De esta manera, se hicieron coincidir con los solsticios de invierno (la Navidad) y de verano (san Juan), y con los equinoccios de primavera (san José y la Semana Santa) y de otoño (san Miguel). Pero, aunque las fiestas cristianas sustituyeron a las paganas, se conservaron en muchas de ellas los rituales de las antiguas fiestas precristianas (las hogueras de san Juan, por ejemplo), que a veces se continuaron celebrando solo con leves modificaciones onomásticas o simbólicas, pero conservando gran parte de aquellos rituales precristianos.

La “religiosidad popular”, por otra parte, es “utilitarista”, ya que era el remedio sobrenatural para la curación de ciertas enfermedades y epidemias, es una creencia directa y concreta, que está desprovista por completo de conceptos teológicos abstractos, y está basada en el culto a los santos y a las vírgenes como los únicos seres (sobrenaturales) que pueden solucionar y remediar los problemas sanitarios y de otra índole de la población en la sociedad preindustrial.

La función de los Santos y a las Vírgenes son para los creyentes mediadores entre Dios y los hombres, ya que ante las enfermedades o epidemias ellos han sido los intermediarios, que han tenido influencia sobre la Providencia para poder aplacar su ira, --si es que la ha habido-- para que cesara en su castigo y tuviera misericordia de sus criaturas. Y, ¿quién mejor que su Madre, la Virgen, o los Santos, como personas de vida ejemplar, para realizar esa mediación? Sin embargo, en la “religiosidad popular” no se concibe realmente esta intermediación de la Virgen o de los Santos ante Dios, sino que, a quien realmente pedían los fieles el cese de las enfermedades y epidemias, era a la Virgen o a los Santos, ya que la intermediación con Dios es un concepto demasiado abstracto para la mayoría de la población, que hasta el siglo XX era mayoritariamente analfabeta, y sobre todo para los que no tenían una formación teológica, que era la mayoría de la gente. De esta manera, cada Santo o cada Virgen era capaz de curar determinadas enfermedades o catástrofes, y no otras (santa Bárbara para las tormentas, san Gregorio contra las plagas de langosta, san Blas contra la difteria, la Virgen de las Virtudes contra la peste, etc., etc.).

Se trata, por tanto, de un auténtico “politeísmo” cristiano, que además es claramente utilitarista, ya que tiene la función de solucionar los problemas graves de la gente. Las fiestas patronales, basadas en la “religiosidad popular”, venían a ser, por tanto, la única solución que encontraba la sociedad feudal a la que aferrarse para intentar evitar las calamidades sanitarias (epidemias) o climatológicas (sequías) que sufrían cíclicamente nuestros antepasados como consecuencia de las crisis de subsistencias, escasez de alimentos y hambrunas, tan usuales en aquel tipo de sociedad.

La revelación es esencialmente interpersonal: es la manifestación de Dios al hombre. Es Dios el sujeto y el objeto de la revelación, ya que es el Dios que revela y que se revela. A través de ella el hombre es llamado a entrar en comunicación de vida con Él. Dios irrumpe en nuestra vida personal.

Pero no sólo irrumpió en los profetas y los grandes de la historia de la salvación fueron llamados. ¡Cuántos lo fueron en el Nuevo Testamento! Los Apóstoles fueron llamados, los primeros discípulos fueron llamados, y a través de los siglos, una multitud de hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos son llamados por Dios a la salvación eterna, son llamados a la santidad, son llamados a participar de la bienaventuranza eterna.

En las fiestas de nuestros pueblos sigue irrumpiendo y haciéndose presente en nuestras comunidades. Primero irrumpió en la carne y se hizo hombre como en un cuenco: a través de su estrategia amorosa de vaciamiento. Ahora irrumpe en la fiesta, a través del sonido, los colores, las formas y el movimiento extático de los cuerpos. Más que por vaciamiento por saturación. Como en un espejo.

A lo largo de su rica trayectoria histórica, la Iglesia —el Pueblo de Dios— se ha constituido en el lugar del anuncio del Reino y en imagen del Dios Trinitario. Cada pueblo, con su propia historia, sus costumbres y su cultura, ha enriquecido el mosaico de esta Iglesia multicolor, que para constituirse como tal requiere de la forma y el color específico de cada pieza que la compone. Así, cada pueblo nos puede enseñar un aspecto del rostro de Dios. Por esta razón, de buen grado la teología y el magisterio indican que, sin los pueblos, cada uno con su propia idiosincrasia, no puede existir la Iglesia Universal.

La “religiosidad popular”, en este sentido, forma parte del sustrato de la Iglesia. En la “religiosidad popular” puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al concilio Vaticano II. Fue san Pablo VI en su Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi· quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la “religiosidad popular” “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” y que “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe”. Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un “precioso tesoro de la Iglesia católica” y que en ella “aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”

A través de la “religiosidad popular”, con sus imágenes y fiestas, no sólo se expresa el genio de cada pueblo sino también se hace vida el mensaje del Evangelio. Así lo plantea el papa Francisco en “Evangelii Gaudium”, donde destaca las prácticas de la piedad popular como la encarnación de una auténtica vida teologal. Para entender esta  “religiosidad popular” hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. “Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor –-dice el papa Francisco-- podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres. Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan hilvanar las proposiciones del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones”.

La “religiosidad popular” nos enseña la cercanía de Dios Padre, que se manifiesta en imágenes de Cristo, la Virgen y los Santos ricamente decoradas, las cuales son celebradas durante días con trajes, música y danza. Como expresa papa Francisco con el título de su exhortación, la piedad popular nos enseña el “gozo del Evangelio”.

A su vez, las fiestas religiosas ordenan nuestro calendario como una hermosa constelación. A ellas asistimos para regenerar nuestra vida rutinaria y para hacer comunidad, y, en último término, para actualizar la alianza sellada por Cristo entre lo humano y lo divino.

Así, a lo largo de todo nuestros pueblos y durante todo el año se celebran cientos de fiestas religiosas que, junto con convertirse en un espacio de encuentro con Dios, van configurando fuertes y duraderos lazos de amistad. Porque además de transmitir la alegría de lo santo, la fiesta religiosa es profundamente eclesial. En ella la comunión se puede tocar: en el roce de los cuerpos danzantes y en la fracción del pan y el vino.

La  “religiosidad popular” nos recuerda que la comunión no es un sentimiento sino un estado de vida. En este sentido, la “religiosidad popular” nos pone ante las siguientes interrogantes: ¿Qué calidad tiene nuestra vida eclesial, más allá de la participación del ciclo litúrgico? ¿En qué gestos y prácticas concretas se traduce nuestra vida comunitaria? ¿Vivimos realmente nuestra pertenencia a la Iglesia como la participación activa en una comunidad?

La denominación “religiosidad popular” son las formas y manifestaciones tradicionales, propias de cada pueblo, que encierran la riqueza del misterio cristiano: religiosidad respetada, aunque debe alimentarse y purificarse.

El concilio Vaticano II habló de respetar en su justa medida las formas de “religiosidad popular”. No podemos convertir la “religiosidad popular” en una forma pagana de vivir la fe que se queda anclada en “algo” (ritos, procesiones, formas etc.) y no en “Alguien”.

Tras la “religiosidad popular” hay valores que hay que salvaguardar. Tal es la convivencia, la solidaridad, el compartir, la hospitalidad, el sentido intuido pero no clarificado de trascendencia. Se trata de discernir, descubrir y valorar lo que hay de positivo. Hay que partir de él para iniciar una auténtica evangelización. Es decir, no se trata tanto de eliminar como de encauzar y purificar.

¿Cómo evangelizar la “religiosidad popular”? Esta pregunta resulta tan curiosa como inútil, y que podríamos cambiarla por otra más importante y comprometida: ¿Cómo queremos que sea el futuro? Si ha de ser evangelizador, trabajemos ya por la evangelización. Aceptemos los medios pastorales de los que disponemos y hagamos de ellos un “espacio de esperanza”. Entre esos medios, contamos con la “religiosidad popular”, en la que, entre otros muchos valores, hay una genuina expresión de fe cristiana.

Por una parte, crece el número de los que se confiesan indiferentes en materia religiosa. Por otra, aumenta la participación de esas mismas personas en acontecimientos religiosos. Las asociaciones relacionadas con la “religiosidad popular” viven un pujante momento, no solo por el aumento del número de hermanos, cofrades, sino de interés por el conocimiento, la formación, el acercamiento a lo que significa esta peculiar manera de vivir la fe. Un fenómeno para estudiar: los templos vacíos y la celebraciones religiosas populares multitudinarias.

Lo religioso llega a los ámbitos más distintos, crea interés y es fuerza de convocatoria y de participación social del pueblo, que expresa su fe en un lenguaje total de palabras, gestos, música, imágenes, costumbres, vestidos... Se comparte la alegría de la fiesta religiosa y se toma nuevo aliento para vivir con mayor fidelidad la vida cristiana. Es obligado decir que, para que produzcan tan buenos frutos, es necesaria una adecuada acción pastoral y catequética. De ahí que será oportuno tener en cuenta que el pasado no ahogue el presente y el presente no quite esperanza al futuro.

domingo, 4 de junio de 2023

LA FIESTA DE LA SANGRE: DEL CULTO LITÚRGICO A LA PIEDAD POPULAR

 

LA FIESTA DE LA SANGRE:

DEL CULTO LITÚRGICO A LA PIEDAD POPULAR

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

El misterio de la Sangre de Cristo ocupa un puesto central en la fe y en la salvación y por tanto en el campo de la religiosidad popular con diversas festividades y advocaciones centrándose en la figura icónica del “Ecce Homo”

Esta devoción y el culto a la Preciosísima Sangre de Jesucristo son de fuerte arraigo en la historia de la Iglesia, alcanzando en la Edad Media un gran apogeo. En España se va a propagar primeramente por Cataluña, donde a finales del siglo XIV san Vicente Ferrer funda en la iglesia de Nuestra Señora del Pino de Barcelona la Archicofradía de la Sangre. Después se propaga y extiende por el Reino de Valencia la devoción a la Preciosa Sangre del Redentor, fundando en Valencia el arzobispo san Juan de Ribera, gran propulsor de la devoción a la Sangre de Cristo, la Hermandad de la misma advocación, así mismo siguen las fundaciones por ciudades como Xátiva 1520-1530, Alcoi 1545, Cullera 1546, Oliva (1596), y Requena 1560, entre otras. Será la Orden de la Merced la que hará suyo en el siglo XV la propagación del culto a la Sangre de Cristo, apoyando la fundación de instituciones en todos sus conventos con este objetivo devocional, muy especialmente en los de nueva fundación. Hemos de recordar que el fundador san Vicente Ferrer era acompañado en sus viajes apostólicos por el padre mercedario fray Juan Gilabert Jofré.

En nuestros días, concretamente el 30 de junio de 1960, san Juan XXIII escribió la carta apostólica Inde a primis, sobre el fomento del culto a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Había sido el papa Pío IX quien, en 1849, instituyó la fiesta litúrgica en honor de esta singular devoción, fijándola el primer domingo de julio, mientras que después san Pío X la trasladó al día 1 de julio. Por eso, este mes ha quedado asociado, en la piedad popular, al recuerdo del infinito amor de Cristo.

Esta advocación -- cofradías cuyo titular es la Preciosísima Sangre (Pego, Picanya), Santísima Sangre (Denia, Lliria), Purísima Sangre (Sagunto, Tavernes de Valldigna), aparece en nuestros pueblos en el siglo XVI gracias a la bula dada por el papa Pablo III y fechada el 14 de abril de 1540, cuyas causas remotas, podemos citar las Cruzadas y la custodia de Tierra Santa, la devoción a la humanidad de Cristo, los disciplinantes y la Peste Negra. Otros elementos, se circunscriben más al ámbito territorial en el que se desarrollan estas cofradías o hermandades y entre ellos nos encontramos con la figura de san Vicente Ferrer, los milagros eucarísticos (Llutxent) que suceden en el Reino de Valencia y la presencia del Santo Cáliz de la Cena en la catedral de Valencia.

La presencia de la reliquia del Santo Cáliz de la Cena en la Catedral de Valencia contribuyó a la difusión de la devoción a la Sangre de Cristo. Éste Cáliz, llegado a Valencia en 1424, es el que, según la tradición, usó el Señor para consagrar el vino en la última Cena. Desde Jerusalén fue llevado a Roma, donde lo utilizaron los primeros Papas en la celebración de la Santa Misa, como recoge el canon romano en las palabras que anteceden a la consagración del vino: “acabada la cena, tomó éste cáliz glorioso en sus santas y venerables manos, dando gracias te bendijo, y lo dio a sus discípulos…”

San Juan de Ribera fue el arzobispo que puso en práctica los decretos del concilio de Trento para la renovación de la vida cristiana en la diócesis, y aunque por distintos motivos no convocó ningún concilio provincial, sí que reunió siete sínodos diocesanos entre 1578 y 1607 y efectuó once visitas pastorales a la diócesis, dictando claras normas para favorecer la vida cristiana y aumentar el nivel religioso de la sociedad; entre otras, dio normas para el desarrollo correcto de la vida de las Hermandades y Cofradías.

Parece claro que el culto a la Sangre de Cristo desde sus mismos comienzos ha estado íntimamente unido al de la Eucaristía, si bien es cierto que a lo largo de los siglos fue desarrollándose más profusamente la adoración al Cuerpo de Cristo que a su Sangre ya que progresivamente, por una parte los fieles fueron dejando de recibirla en la Sagrada Comunión y, por otra, tampoco quedaba reservada para administración a los enfermos y su adoración cotidiana, por los graves inconvenientes que entrañaba.

El elemento de gran importancia en el campo de la religiosidad popular es el culto a la imagen sacra: el Ecce Homo. Este icono cristológico constituye el tema iconográfico paradigmático en la expresión de la fe a la Sangre de Cristo. Es un icono bien considerado desde antiguo por la sensibilidad española, querenciosa de versiones directas y concretas para acercarse al misterio de la Sangre de Cristo.

El Ecce Homo asume la “función hierofánica” en cuanto que hace cercana la divinidad a los fieles. El icono cristológico se convierte en un referente para toda comunidad popular y en símbolo de su identidad colectiva.

En el Ecce Homo se subraya el dolor físico y moral de Cristo en la soledad del ultraje, preparando para el tipo iconográfico su definitiva emancipación del hecho narrativo. En efecto, el Ecce Homo corresponde en el relato joánico (19, 1-5) a la Ostentatio Christi o presentación de Cristo al pueblo por Pilatos.

La genérica nomenclatura del Ecce Homo admite también la imagen aislada de Cristo durante la coronación de espinas, el episodio más cercano en el relato evangélico y que comporta iguales atributos, con la única distinción de la posición sedente o en pie de Cristo.

Igualmente se identifica con el Cristo de la Humildad y Paciencia o Cristo pensativo sentado en una peña, esperando la crucifixión, tipo de gran éxito devocional por su impacto emotivo y muy difundido a partir de las estampas de Durero, o también con el Cristo Varón de Dolores, mostrando sus llagas, tipo nórdico medieval procedente de la Misa de San Gregorio, de marcado carácter simbólico.

El potencial narrativo y emocionante del Ecce Homo fue recogido a la perfección por nuestros místicos. Así lo meditaba Fray Luis de Granada: “Mira pues agora, ánima mía, quién sea este Señor, que teniendo imagen de Rey, está como siervo despreciado, lleno de confusión. Está coronado con corona; mas esa corona traspasa su cabeza con agudas espinas. Está vestido de púrpura real; mas en ella no es honrado, sino despreciado. Tiene por cetro real una caña en la mano; mas con ella le hieren en la cabeza. Adóranlo hincadas las rodillas, y llámanlo rey; mas escupen su rostro, y danle de bofetadas y pescozones”

Fray Luis de Granada lo expresa meridianamente, continuando su devota meditación sobre el Ecce Homo: “Y no pienses esto como cosa ya pasada, sino como presente; no como dolor ajeno, sino como tuyo propio. A ti mismo te pon en lugar del que padesce, y mira lo que sintieras si en una parte tan sensible como en la cabeza te hincases muchas y muy agudas espinas que penetras en hasta los huesos...”

La espiritualidad de la catolicidad militante de la Contrarreforma exalta la esencial cualidad ética del Misterio de la Redención del género humano. Las reflexiones de Luis de la Palma, en su Historia de la Sagrada Pasión, parecen confirmarlo: “quiso el Señor que, para sus amigos y fieles imitadores, la afrenta y el dolor fuesen como dos joyas de inestimable precio, las cuales Él en su reino dejaba vinculadas a su corona”.

Por otro lado, su cualidad ritual, que encuentra en los mecanismos de la retórica sus modelos de inmediatez y eficacia, abunda en la inmanencia de estas imágenes, tan cara a la modernidad, potenciando el impacto emocional sobre el devoto. Por ello recomendaba Fray Luis de Granada: “Demás desto conviene en todos estos pasos tener a Cristo ante los ojos presente, y hacer cuenta que le tenemos delante cuando padesce, y tener cuenta no sólo con la historia de su Pasión, sino también con todas las circunstancias della, especialmente estas cuatro (...): quién padesce, por quién padesce, cómo padesce, por qué causa padesce”.

Como dijo san Juan Pablo II en su carta apostólica Salvici doloris, de 1984, en Jesucristo, el sufrimiento es vencido por el amor; y su sangre ofrece un excelente símbolo de esta dinámica salvífica.

Con el misterio de la Sangre salvadora se relacionan o remiten al mismo: el acontecimiento de la Encarnación del Verbo (cfr. Jn 1,14) y el rito de incorporación del recién nacido Jesús al pueblo de la Antigua Alianza, mediante la circuncisión.

Igualmente a la figura bíblica del Cordero, con una multitud de aspectos e implicaciones: "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"; en la que confluye la imagen del "Siervo sufriente" de Isaías 53, que carga sobre sí los sufrimientos y el pecado de la humanidad o el "Cordero pascual", símbolo de la redención de Israel.

La Sangre está unida también al "cáliz de la pasión", del que habla Jesús, aludiendo a su inminente muerte redentora, cuando pregunta a los hijos de Zebedeo: "¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?" y el cáliz de la agonía del huerto de los olivos, acompañado del sudor de sangre.

El cáliz eucarístico, que en el signo del vino contiene la Sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por la remisión de los pecados, y es memorial de la Pascua del Señor y bebida de salvación, conforme a las palabras del Maestro: "el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día".

El acontecimiento de la muerte, porque mediante la sangre derramada en la Cruz, Cristo puso en paz el cielo y la tierra: el golpe de la lanza que atravesó al Cordero inmolado, de cuyo costado abierto brotaron sangre y agua, testimonio de la redención realizada, signo de la vida sacramental de la Iglesia – agua y sangre, Bautismo y Eucaristía --, símbolo de la Iglesia nacida de Cristo dormido en la Cruz.

Los fieles cristianos han encontrado sus cauces para expresar la devoción a la Sangre derramada en pasión de Jesucristo. Adviértase que la piedad hacia Cristo puede quedar obscurecida inadecuadamente frente a los santos y la Virgen, que son titulares de muchas más cofradías, ermitas o iglesias, y sus fiestas objeto de voto, precisamente porque ya de por sí los misterios de la Encarnación y la Pasión son centrales en la religiosidad y en la liturgia: mientras hay que buscar santos intercesores y protectores, se cuenta de base con la Redención y se tributa culto a Cristo en las fiestas más importantes del año litúrgico. De modo que, como en otros lugares, no hay por qué negar que al final del Medievo triunfara la piedad patética hacia Cristo sufriente, aunque sería algo más tarde cuando cristalizara en hermandades pasionistas, penitenciales y disciplinantes.

En toda Europa, en los reinos hispánicos parece confirmarse el afán de revivir y apropiarse sensorialmente los misterios más dramáticos de la Salvación realizada por Cristo, dentro y fuera del un marco litúrgico. Pero parece que debe relativizarse la afirmación rotunda de un cristocentrismo radical por encima de la devoción a los santos y a la Virgen; es más adecuado hablar de cambios titubeantes, y no lineales, en la espiritualidad de los creyentes medios. El culto interiorizado de compasión a los dolores de Cristo coincidiría con el sentido difuso de la divinidad y la obligación del hombre de servir a Dios, acompañados de la falta de una conciencia nítida sobre la especificidad esencial del cristianismo, la encarnación de Dios en la humanidad. Los intercesores eran necesarios, y la cruz siempre fue lo que la liturgia del Viernes Santo ha cantado y sigue cantando durante el ritual de su adoración: el árbol del que estuvo clavada la salvación del mundo.

 

viernes, 2 de junio de 2023

REVITALIZACIÓN DE LAS HERMANDADES EUCARISTICAS

 

REVITALIZACIÓN DE LAS HERMANDADES EUCARÍSTICAS

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La fiesta del Corpus es el misterio de la Eucaristía. Es el cuerpo de Cristo, visible cuando te acercas al sacerdote para comulgar. El cuerpo de Cristo es el pan, y en el cáliz está la sangre de Jesús. La Eucaristía es el resultado de la consagración del pan y del vino en la misa, donde actúa el Espíritu Santo: “Envía Señor tu Espíritu sobre este pan y este vino para que se transformen en el cuerpo y en la sangre de Jesús”.

La Eucaristía es el sacrificio de Jesucristo en la Cruz y que se renueva en cada celebración. En el pan y el vino se hace presente de manera real Jesucristo, el Salvador. Esa presencia no es simbólica, sino real. Se trata del misterio de la transubstanciación, es decir, la transformación de la sustancia del pan y del vino. A partir de este cambio del pan y el vino, viene la fiesta del Corpus Christi, en el que de una manera misteriosa, Jesús está presente.

Hubo un momento en la historia de la Iglesia donde se tomó conciencia de la presencia de Cristo en el pan guardado en el sagrario. Una existencia real y, en el siglo XIII, una religiosa, Juliana de Cornillon, animó a celebrar esta fiesta en honor al cuerpo y sangre de Cristo.

En la Edad Media el pensamiento sobre la Eucaristía fue cuajando dando lugar a esta celebración. Hay que matizar que la materia prima del pan es sin fermentar y de harina. El vino por su parte tiene que ser natural, sin mezclas. De ello surge el cuerpo y la sangre de Cristo después de la Consagración.

El Corpus comenzó a celebrarse en el siglo XIII, cuando también en el momento de la celebración la hostia consagrada el sacerdote la levantaba y la mostraba al pueblo, un gesto que aún sigue haciendo en misa. Un poco más tarde, tuvo lugar un hecho milagroso en torno a la hostia consagrada, lo que se conoce como 'milagro eucarístico'.

En varios lugares ha habido algún milagro donde se ha hecho visible la presencia real de Cristo en el pan y en el vino. Por ejemplo, en Bolsena (Italia), donde durante la celebración de una Eucaristía, la hostia consagrada comenzó a sangrar y se empapó el corporal donde se estaba celebrando la misa y quedó la mancha en el altar. Se sigue contemplando como un milagro de la Eucaristía. Pero en otros lugares hubo milagros similares, una manifestación de la presencia de Cristo en la Eucaristía.

El hecho de Bolsena fue muy difundido y llegó al Papa a mediados del siglo XIII, llevándole a instituir la Fiesta del Corpus Christi. Le pidió a Santo Tomás de Aquino que preparase los textos litúrgicos de este día, y que a día de hoy se siguen cantando cuando se celebra el Corpus.

La procesión del Corpus comenzó en el siglo XIV pero en el interior de los templos. Así fue evolucionado la celebración. Ya en el siglo XV comenzaría la procesión del Corpus por las calles de Roma, comienzan las custodias, los carros triunfantes... hasta llegar a hoy.

Hoy asistimos en nuestra Iglesia a una revitalización de las hermandades eucarísticas desempeñando una labor esencial en cuanto a la dignificación y culto del Cuerpo de Cristo, presente en la Eucaristía.

A lo largo de los siglos hubo hermandades penitenciales que, se fusionaron con hermandades eucarísticas, concibiéndose en la actualidad como hermandades penitenciales sacramentales. Pero debemos remontarnos precisamente a la segunda mitad del siglo XV, cuando el culto al Santísimo Sacramento se consolida, alcanzando gran importancia a partir del siglo XVI, coincidiendo con la eclosión de las cofradías sacramentales y el aumento del culto eucarístico, como consecuencia del impulso por parte de la Compañía de Jesús y las directrices emanadas del concilio de Trento, las cuales fueron decisivas en su potenciación como respuesta a la reforma protestante.

Todo ello justifica la proliferación de hermandades eucarísticas a lo largo de los siglos XVI y XVII, llevándose a cabo incluso la celebración del Corpus Christi cuyos orígenes, se remontan a la época bajomedieval, momento en que se fortalece el culto al Santísimo. En este contexto es importante recalcar que el culto a la Eucaristía ya se inicia como respuesta a las herejías de principios del siglo XI, dado el cuestionamiento a nivel europeo sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Por este motivo, a partir de entonces estas hermandades eucarísticas irían cobrando especial importancia, pero fundamentalmente a partir del siglo XV, comenzando a constituirse varias de ellas, así como procesiones eucarísticas con el fin de atraer la atención de los fieles sobre el misterio eucarístico.

A mediados del siglo XVI se constata la fundación de diversas cofradías bajo la advocación de la Sangre de Jesucristo, como consecuencia de la influencia del movimiento propagador auspiciado por Teresa Enríquez y Gutierrez de Cárdenas, conocida como “La Loca del Sacramento”. Constituye una figura esencial por tanto en la fundación y desarrollo de las cofradías con esta idiosincrasia tan peculiar que comenzaron a surgir en este momento, ya que fue la primera en fundar una hermandad dedicada a la devoción al Santísimo Sacramento en su retiro toledano de Torrijos tras abandonar su vida cortesana, comenzando a partir de entonces a atender a enfermos y empleando parte de sus rentas a la redención de cautivos confiando la labor a mercedarios y trinitarios, intensificando aún más la devoción al Santísimo.

En esta línea, otra figura determinante en relación a la proliferación de hermandades sacramentales en el primer tercio del siglo XVI fue el papa Julio II quien, mediante su bula “Pastoris Aeternis” expedida en Roma en 1508, concedió por petición expresa de la citada Teresa Enríquez una serie de ruegos como la de erigir cofradías sacramentales en todas las parroquias de los reinos de Castilla y Aragón, otorgando indultos y privilegios para las cofradías eucarísticas que se iban instituyendo bajo el patrocinio de esta dama.

Así las cosas, conviene tener en consideración además de ello, que todas estas hermandades que fueron constituyéndose debieron su origen y gran parte de su desarrollo a la hermandad Sacramental de San Lorenzo “in Dámaso” en Roma, en la que el papa León X concedía mediante bula todos los privilegios que ésta disfrutaba para aquellas corporaciones que se fundasen bajo la advocación del Santísimo Sacramento. Todo ello permitió una mayor proliferación de las mismas, nutriéndose de un gran patrimonio litúrgico, histórico y material, aumentado si cabe tras el Concilio de Trento.

Son numerosas las hermandades eucarísticas actualmente que entre sus actos incluyen el culto al Santísimo Sacramento. En este sentido, de una u otra forma, a pesar de no contar con una trayectoria histórica de otras hermandades respecto a esta cuestión, se mantiene la tradición de aquellas vigentes en la Edad Media y Moderna.

Tal es así que estas hermandades desarrollan diversos actos que entroncan con las características de las antiguas cofradías del Santísimo Sacramento, como el montaje y adoración al monumento del Jueves Santo, así como al Santísimo en cada estación de penitencia y celebración de quinario y triduo, la procesión del Corpus por las calles de pueblos y ciudades, además de la realización en la octava del Corpus del triduo sacramental.

¿Qué significa esta fiesta para estas hermandades eucarísticas? Estas hermandades eucarísticas, en esta fiesta buscan que aumente la fe, de cada uno de nosotros, en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.

Necesariamente, cambiar nuestra vida. La presencia de Cristo en el sagrario cambia la vida del que tiene fe, porque es distinto una presencia de Jesús constante que una ausencia de Cristo. La presencia de Cristo es una cuestión íntima, pero en la Custodia está el Señor, por lo que es posible un encuentro con la persona a la que amas, que es la persona de Jesucristo. Hacer pública manifestación de fe en la Eucaristía es hermosa tarea.

 

 

 

 

 

 

 

martes, 2 de mayo de 2023

LA CORONA DE LA VIRGEN: DEMENTES, EMIGRANTES, NIÑOS NO NACIDOS, MUJERES ABANDONADAS

 

 

LA CORONA DE LA VIRGEN: DEMENTES, EMIGRANTES, NIÑOS NO NACIDOS, MUJERES ABANDONADAS

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La gran historia de la Virgen de locos, dementes, inocentes, no nacidos, prostitutas y “desamparados”, empezó en Valencia, creando para ellos el primer hospital o casa de acogida y de posible curación del mundo occidental.

El padre Joan Gilabert Jofré (Valencia, 1350 - El Puig de Santa María, 1417) fue un valenciano ejemplar, mercedario, profesor y predicador ambulante, redentor de cautivos y hombre de Iglesia, cuyo recuerdo está vinculado, sobre todo, a una de las obras más importantes y por la que será recordado: La creación del primer Hospital psiquiátrico del mundo occidental, puesto bajo la advocación de Nuestra Señora de los Desamparados que el pintor valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923) supo captar en un cuadro famoso la inspiración y el momento de su fundación.

Ésta fundación es la aportación básica del padre Juan Gilabert Jofré a la historia de la cultura y a la espiritualidad de la Iglesia: Él puso de relieve eso que pudiéramos llamar el “evangelio” de los locos, viendo que es Cristo quien vive y sufre en ellos, y lo hizo creando en Valencia, una obra eficaz para “ampararles”, tanto en el plano humano como sanitario.

En esa línea retomó un aspecto básico de la vida y obra de Jesús, que fue ante todo un “amigo” de los locos, de aquellos que en su tiempo tendían a llamarse “poseídos por el diablo”. Jesús quiso acogerles y curarles. De un modo semejante, el padre José Gilabert Jofré quiso ocuparse también de los locos, ofreciéndoles una casa donde pudieran vivir sin ser amenazados y condenados por el resto de la población. Entre Jesús y el padre Jofré hay una semejanza grande, aunque con una diferencia. Jesús quiso “curar” los locos (expulsar su demonio), para que pudieran ser acogidos en la comunidad mesiánica, como privilegiados de Dios. No creó un hospital separado; quiso que toda la comunidad fuera su hospital y casa, pues ellos (locos, enfermos, publicanos, prostitutas…) eran el corazón del Reino de Dios.

Las palabras básicas de su sermón cuaresmal que fueron conservadas y transmitidas en el “Acta fundacional del Hospital” constituyen uno documento cristiano profundo, preciso y muy significativo.

En aquel tiempo había en esta ciudad muchas obras piadosas, caritativas y de gran provecho para los pobres; pero faltaba una que era de suma necesidad: Es decir, un Hospital o Casa en donde los pobres inocentes y enajenados fuesen acogidos. Pues muchos pobres inocentes iban por la ciudad pasando grandes necesidades de hambre, frío y malos tratos; por tal razón y como por su estado no sabían ganar ni pedir lo que necesitaban para el sustento, dormían por las calles y morían de hambre y de frío. Y existían personas sin Dios ni conciencia que los maltrataban y ofendían y especialmente si los encontraban dormidos los herían, mataban algunos y si eran mujeres inocentes sucedían que abusaban de ellas.

Significativamente, el padre Juan Gilabert Jofré asume como propia la suerte de los más pobres, de aquellos que no tienen familia poniéndose en su lugar y procurando descubrir el daño que ellos sufrían. Más que una obra social el padre Juan Gilabert Jofré quería crear una obra liberadora, al servicio de los excluidos de la buena sociedad y familia (pobres inocentes y locos).

Los locos son necesitados en plano laboral, pues no pueden trabajar, ni pedir de un modo organizado. Eso significa que son los últimos de la sociedad: Vienen después de los mismos mendicantes o pobres que están necesitados pero, al menos, saben hablar y pedir, buscando un sustento. Los locos no poseen ni siquiera la palabra para reivindicar sus derechos.

El razonamiento y experiencia del padre Juan Gilabert Jofré resulta muy realista y actual. Ciertamente, le importa el buen orden de la sociedad, pero le preocupa sobre todo la vida y dignidad de los amenazados indefensos, es decir, de los inocentes locos, de los que no tienen familia. Toda la argumentación del padre Juan Gilabert Jofré nos ofrece es el retrato de una sociedad vista al revés: No desde el triunfo de los grandes, no desde la fuerza y salud de los sanos, no desde la buena familia de los privilegiados de la sociedad, sino desde el sufrimiento de los “inocentes”, entendidos aquí como los más necesitados.

Estos locos no son simplemente inocentes en sentido moral, son simplemente necesitados, como los expulsados sociales, como los emigrantes sin familia, como los niños abandonados. Ellos eran hace seiscientos años “el centro de la familia de Dios”, en la ciudad de Valencia y en toda la cristiandad.

Precisamente estos locos, incapaces de libertad y responsabilidad, hombres y mujeres que no tienen ni siquiera la conciencia de su propio padecimiento personal, estos "inocentes" son a los ojos del padre Juan Gilabert Jofré los representantes de Dios y han de ser los privilegiados de la sociedad. La misma existencia de estos inocentes abre una especie de juicio de Dios en el centro de la sociedad y ciudad de Valencia. Ellos son para los buenos valencianos del 1409 el verdadero sacramento de Dios, la señal de su presencia.

La primera reacción es el miedo: Es arriesgado encontrarse con un loco por la calle pues los locos, andando libres por la ciudad, pueden dañar a muchas personas. Tenemos miedo de los que no son de “buena familia”, de los emigrantes, de los rechazados sociales.

El mismo miedo se puede convertir en sadismo y violencia: Hay personas tan malvadas y sin Dios que se atreven a herir, violar o matar a los dementes. A los ojos del padre Juan Gilabert Jofré, este era (y sigue siendo) la suma perversión del ser humano: Aprovecharse de los débiles para maltratarles o ignorarles.

La respuesta de Juan Gilabert Jofré y de la ciudad de Valencia fue realista en el plano asistencial y sanitario. No basta con rezar por los locos y los excluidos de la buena familia. Hay que saber construir para ellos un hospital, bien administrado y dirigido, que les pudiera ofrecer lugar de curación o de vida digna. Hay que saber ofrecer escuela y trabajo a los que viven en la calle, hay que ofrecer familia a los que no tienen familia.

Pues bien, el año 1409, el conjunto de la ciudad de Valencia y su rey Martín de Aragón, asumieron y ratificaron la construcción de un hospital psiquiátrico y de una casa de acogida para los “desamparados”. De todas formas (a diferencia del padre Jofré), el Rey se fija en la seguridad ciudadana más que en el bien de los propios “inocentes o locos”.

Por su parte, el Rey, sin negar el aspecto de ayuda a los “desamparados”, destaca ante todo el objetivo de la seguridad ciudadana. Ciertamente, le interesa el bien de los “dementes”, pero más que ellos le importa la tranquilidad social de Valencia: Quiere que no existan peligros en ella.

Sea como fuere, la palabra desencadenante en la construcción del Hospital fue la del padre Juan Gilabert Jofré y la de otros ciudadanos de Valencia: Ellos pusieron en movimiento un proceso de ayuda en favor de los dementes, porque veían en ellos el signo de Cristo. No hay que llevarles al hospital para “sacarles de la circulación” (para evitar peligros al resto de los ciudadanos) sino para ofrecerles espacio de misericordia, para darles una casa donde se encuentren acogidos y queridos.

Podemos decir que ha sido una de las instituciones más importantes de la ciencia y caridad humana-cristiana de los tiempos modernos y así la han considerado médicos y sociólogos de todas las tendencias (en casi todos los tratados de psiquiatría se cita el Hospital de los Desamparados de Valencia, como primer lugar en el que se ha tratado de ayudar a “desamparados” y locos, de un modo científico y humano, social y religioso).

La devoción a la Virgen bajo el título de Madre y protectora de los “inocentes” y en general de todos los “desamparados” fue naciendo y creciendo de un modo natural en el entorno del padre Juan Gilabert Jofré y de su hospital. No fue necesaria una aparición especial, sino la misma experiencia de la ayuda a los “desamparados”, a quienes se empezó a ver como hijos privilegiados de la familia de María. Ellos, los que no tenían familia, los excluidos de la sociedad, por locura o por otras causas, eran en Valencia la familia de María, la madre de Jesús.

De esta manera reinterpretó el padre Juan Gilabert Jofré la devoción de la Virgen de la Merced (virgen de la redención de cautivos) como Virgen de los locos (Virgen que protege la obra de ayuda a los “desamparados”).

Ésta es una devoción que nació y creció con la obra del “Hospital de los Inocentes”, obra que fue asumiendo y dando sentido a otras actividades de tipo asistencial y caritativo en favor de los marginados (“desamparados”) de la sociedad que fueron surgiendo en Valencia. De esa manera, la Virgen María no aparece sólo como Inmaculada y triunfante sobre el cielo. No es tampoco la Madre Dolorosa que llora ante el Calvario. Es todo eso, pero lo es de un modo especial, desde la perspectiva de los “desamparados” (de los más oprimidos del mundo) a los que ella avala, sostiene y protege como Madre poderosa.

Con este fin, como signo de la Virgen que acoge como hijos suyos a los más “desamparados” se construye una hermosa imagen agachada, en gesto de acogerles, adoptarles como hijos y elevarles a la suprema dignidad de la redención cristiana.

Así nace la imagen de la Virgen de los “desamparados”. Ella se inclina materna, cercana, cariñosa: Se inclina y se abaja para acoger, bendecir y salvar a los más desamparados, a los mismos que han sido ajusticiados por la ciudad.

Este es un signo de extraordinaria profundidad teológica y humana: Había entonces personas que “abandonaban” y deshonraban a los ajusticiados, echándoles a una fosa común, sin bendición cristiana, sin esperanza. En contra de eso, los cofrades de la Virgen acogen bajo su protección a esos “desamparados” y así ponen la imagen de María sobre el ataúd de los ajusticiados, para iniciar con ellos una procesión salvadora y enterrarlos a lugar sagrado. Es hermoso que la Madre de Jesús haya recibido este título de suprema misericordia: Es Madre de los “desamparados”, protectora y salvadora de aquellos que han muerto sin familia, es Madre de aquellos a los que la buena sociedad ha condenado y ajusticiado como malhechores o bandidos.

La misma Virgen toma bajo su protección a las mujeres prostitutas, de tal forma que la Cofradía de la Virgen de los Inocentes (vinculada al Hospital de los Desamparados) les ofrece protección y ayuda. El Evangelio presenta a Jesús como “amigo de publicanos y prostitutas” es decir, de gentes de “mala familia”. Pues bien, esta Madre de los “desamparados” aparece en Valencia como Virgen evangélica y cristiana por excelencia.

Así viene a presentarse como signo y garantía de ayuda cristiana y social para todos los oprimidos y expulsados. Antes que posibles pecadores, los ajusticiados y las prostitutas, lo mismo que los locos y los maleantes, son hijos de Dios, necesitados de misericordia y protección. Eso es lo que quiere ofrecerles la Madre de Jesús a través de su Cofradía (de la obra de sus cofrades) y de su mismo nombre: Ella es Madre de todos los “desamparados”.

Finalmente, la Cofradía de la Virgen los inocentes y “desamparados” toma bajo su protección a los niños abandonados o sin familia, a los que acoge y cuida el mismo hospital de los locos. En ese sentido, la devoción mariana tiene que expresarse, conforme a la inspiración y obra del padre Juan Gilabert Jofré, a través de una fuerte solidaridad social. La Virgen no nos saca de este mundo, para consolarnos y ofrecernos una ayuda en plano puramente interno, sino que nos hace asumir un fuerte compromiso en favor de los más necesitados, emplazando por los locos y terminando por los niños sin hogar o sin familia

Resulta difícil encontrar una "galería" más impresionantes de marginados sociales y oprimidos: Locos y ajusticiados, prostitutas y niños abandonados o no nacidos. Ellos son los que Valencia pone bajo la protección de la Virgen María, el año 1409 y siguientes, en los momentos quizá más importantes de la historia de la ciudad. Parece que estamos volviendo a los tiempos iniciales del mensaje de Jesús que anuncia su evangelio y ofrece su ayuda redentora a publicanos y pecadores, a enfermos y prostitutas, a posesos y a todo tipo de bandidos, incluido el ladrón que está a su lado en el Calvario. Pues bien, aquellos tiempos son nuestros tiempos.

Este año 2023, el mundo sigue siendo ciudad de locos y “desamparados”, ciudad de niños abandonados y no nacidos, de emigrantes y familias desestructuras. Ellos tenían que ser, ellos son, los destinatarios privilegiados del signo de Dios, expresado en la “corona de caridad” de la Virgen María, Madre de los “desamparados”.

 

jueves, 30 de marzo de 2023

“VIA CRUCIS” VIVIDO POR SUS COPROTAGONISTAS

 

“VIA CRUCIS” VIVIDO POR SUS COPROTAGONISTAS

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de religiosidad popular

 

I Estación: Habla Pilato:

Señor Jesús: Sí, tú eres la Verdad. Yo, Pilato, te pregunté qué era la verdad, y ahora he obtenido la respuesta. Tarde, pero al fin. Aunque yo sabía bien que te habían entregado por envidia y Tú no eras reo de lo que te estaban acusando: Tú no eras enemigo del Cesar, Tú no estabas animando ninguna revuelta contra el poder de Roma. Tú eres la Verdad, y yo la tuve frente a mí, y no quise reconocerla, y preferí sucumbir a la mentira. Y he pasado a la historia como un sanguinario y un corrupto: Maté a los galileos que estaban en el templo, y me acobardé cuando me dijeron que, si no te condenaba, no era amigo del César. La carrera era la carrera y no valían escrúpulos; así que, aunque no tuve dudas de tu inocencia, e incluso mi esposa me había dicho que te dejase en paz, no tuve reparo en entregarte en sus manos para que te crucificaran “según su Ley”. Y yo me lavé las manos. Eras Tú, Jesús, el que te ibas introduciendo en mi alma, y yo sin querer darme cuenta. Fui un cobarde, pero al final te encontré: “Ecce Homo”.

 

II Estación: Habla el sayón que puso la cruz sobre los hombros de Jesús:

Señor Jesús: Ahora te he conocido y he creído en tí, y soy un hombre nuevo, pero entonces me ensañé contigo. Mi nombre lo sabes Tú y basta. Soy uno de esos sirios que nos distinguíamos por nuestra crueldad, y por eso los romanos nos empleaban para los trabajos más crueles. Yo fui de los que sacudían los látigos con los que te azotamos en el pretorio. Fue una orgía de sangre. Y convertimos tu cuerpo en un mapa de sangre y de desgarros. También tejí tu corona y te la puse en la cabeza, empujándola con la caña para que las espinas penetraran bien hondo en tus sienes benditas. Y me burlé de ti, haciéndote el saludo: ¡Salve Rey de los judíos!. Y me tocó cargarte la pesada cruz en la que todos pusimos nuestras manos, y que incluso a mí, me pareció terrible. Cegado por mi crueldad, no dejó de impresionarme tu mansedumbre. No nos insultabas, como solían hacer todos los reos. Tú eras como un manso cordero. Y se diría que, más que coger la cruz, te abrazaste a ella, con la ternura y la delicadeza con la que se abraza a la esposa, a la madre, al hijo…. Y tus ojos ¡tus ojos Señor! Tengo clavada en mi alma tu mirada. Llegue a obsesionarme, recordando tus ojos mirándome sin odio y sin rencor. Pero ahora ya no me siento inquieto como entonces. Me estabas diciendo que era por mí. ¡Era por mí por quien te abrazabas a la cruz! Y ya la Cruz no me parece tan horrible, porque yo ahora soy hijo de esa Cruz.

 

III. Estación: Habla el soldado que abría el camino:

Señor Jesús: Yo abría el camino. A tu caminar hacia el Calvario luego lo llamaron “vía crucis”. Yo era un soldado romano más de la guarnición de Jerusalén. Tú conoces mi historia. Envilecido y embrutecido me tocó conducirte hasta el suplicio. No era algo agradable, aunque a fuerza de repetirlo, me había insensibilizado. ¡Había llevado a tantos! Pero tu caminar hacia el Calvario fue distinto. Los judíos hablaban de ti. Opiniones divididas, unos decían que eras el Mesías que esperaban, otros, que un impostor. A mí me daba igual. Aquella mañana me impresionó tu mansedumbre: ¡cómo llevabas la cruz! Se hubiera dicho que estabas casi feliz de llevarla, pero pensar eso entonces hubiera parecido monstruosidad. Ahora sé que sí: Que estabas cumpliendo la voluntad de tu Padre, porque tú, desde toda la eternidad, vives para cumplir su voluntad. Y su voluntad es que nosotros vivamos. De repente, caíste al suelo: La cruz era demasiado pesada y tú estabas demasiado roto por la crueldad con que te habían tratado. Yo quería terminar cuanto antes, por eso te agarré bruscamente para levantarte, mientras que otro te fustigaba con un látigo. Y tú, alzándote en un esfuerzo sobrehumano, me miraste casi con gratitud y seguiste tu “vía crucis”

 

IV Estación: Habla Juan, el discípulo amado:

¡Jesús mío! ¡Han sido tantas las cosas que hemos comprendido cuando te hemos visto resucitado de entre los muertos! Ese consejo nos lo diste tú mismo al bajar de Tabor, cuando nos dejaste entrever el resplandor de tu gloria, y nos dijiste que no contásemos a nadie lo que habíamos visto. Todos huyeron menos yo. Y no fue porque, yo no fuera más que un muchacho, poco más que adolescente. Tú me habías hecho “un hombre” cuando la víspera, al terminar tu Cena, me dejaste reclinar la cabeza junto a tu pecho, para que me hicieran madurar de golpe los latidos de tu Corazón. Por eso, cuando Judas consumó tu traición y vino la guardia a prenderte, yo no huí como los otros, sino que corrí junto a tu madre. Ahora sé que fue para esto para lo que la víspera me habías preparado: para ser su hijo. ¡Qué duro lo que ella vivió siguiéndote hasta el Calvario! La turba enloquecida te insultaba. Ella y yo, logramos salirte al encuentro. Y el gozo inmenso de haberte visto luego vivo, ni siquiera ahora, que soy anciano, ha podido hacerme olvidar el inmenso sufrimiento de este encuentro. Pobre madre al contemplar tu rostro, el del más hermoso de los hombres, tumefacto por las bofetadas y cubierto de sangre y salivazos. “¡Hijo mío!” fue lo único que te pudo decir, y tú ni siquiera pudiste articular palabra, pero fue suficiente.

 

V Estación: Habla Simón de Cirene:

Señor Jesús, soy Simón de Cirene; mis hijos son Alejandro y Rufo, hombres conocidos en la Iglesia, y yo también. Aunque entonces lo hice de mala gana, ahora sé que fui un afortunado, porque cuando hablamos de llevar tu cruz es siempre en sentido figurado: la enfermedad, la desgracia, la muerte de los seres queridos…, pero yo ¡la llevé de verdad! Tu cruz que – ¡yo lo noté!– se iba haciendo cada vez más pesada, y no porque tú ya casi no tuvieses fuerzas, porque yo sí las tenía. Ahora he comprendido que son nuestros pecados los que hacen más pesada tu cruz. Y que tú la llevas. Pero he comprendido también que esas cruces, si somos capaces de unirlas a la tuya, ya no son nuestra cruz, sino la tuya.  ¡Yo ayudé a mi Dios a llevarla cruz! Y por eso casi, casi, en la Iglesia me he convertido en una reliquia tuya. Llevar tu cruz es muy sencillo basta con abrazarse a ella y seguir en pos de ti.

 

VI. Estación: Habla la Verónica:

Señor Jesús, me hace feliz saber que, aunque me llaman la “Verónica”, mi nombre sólo lo conoces tú. Y que en los evangelios no aparezco ni siquiera en un rinconcito. Pero yo hice lo que los otros no se atrevieron. Yo era una de esas mujeres que fueron tras de tí por los caminos de Israel, embelesada con tu predicación, admirándome con tus signos, hambrienta de una mirada tuya, como miraste a la hemorroisa, como miraste al joven rico, pero tú eras el Maestro. Y, sin embargo, me tenías reservado este privilegio: limpié tu rostro. Yo pude –y tú me dejaste– ayudarte. Tú me mostraste tu rostro, terriblemente lacerado por los tormentos, pero me pareció hermosísimo, tan hermoso que lo quisiste dejar impreso en mi lienzo y en mi alma. Ansío volver a ver tu rostro en el cielo, aquí solo te podemos ver mirando al hermano que sufre, al pobre que es despreciado, al anciano que es abandonado, al niño que es vejado…

 

VII. Estación: Habla el joven rico:

Señor Jesús: tú me conoces y yo también te conozco: Yo te hice vivir un fracaso porque, cuando me acerqué a ti, preguntándote qué había de hacer para heredar la vida eterna, tú no me regalaste los oídos, sino que me propusiste un camino, y por él, me invitaste a seguirte. Me miraste con cariño, pero yo no fui valiente, no afronté tu exigencia, todo lo contrario, me fui porque era muy rico, o mejor aún, porque con mi corazón apegado a tantas cosas que lo lastraban, pretendía seguirte con comodidad y sin esfuerzo. Tú te entristeciste y yo también, tanto que ya no volví a ser feliz con todo eso que, aunque yo lo valorara tanto, no me servía para nada. O bueno, sí: me sirvió para seguirte de lejos, cobarde, sin atreverme a dar el paso, admirándote secretamente. Por eso me uní a la turba que te seguía, y que te insultaba sin compasión haciendo aún más duro tu vía crucis. Y no sé bien cómo fue –estoy seguro que tú lo dispusiste así–, pero cuando caíste de nuevo al suelo, aplastado por el peso de esa cruz que se te iba haciendo cada vez más pesada, yo me encontré a tu lado. Y te miré. No me dijiste nada, simplemente otra vez, olvidándote de tu derrumbe, volviste a mirarme “con cariño”. Pero fue suficiente.

 

VIII. Estación: Hablan las mujeres de Jerusalén:

Señor Jesús, quedamos desconcertadas. Tus palabras antes de llegar al Calvario nos las dijiste a nosotras y sonaron a reproche: “No lloréis por mí, sino por vosotras y por vuestros hijos”. Nosotras que, viendo cómo estabas, rompimos a llorar compadeciéndonos de la mala suerte habías tenido, cayendo en manos de los jefes del pueblo y de los fariseos. Nosotras, ilusas, de buen corazón, pero sin pasarnos, pensábamos que nuestros lloros te proporcionarían algún alivio, sin saber que la historia había sido justamente al revés, que habías sido tú, cuándo y cómo habías querido que te capturasen, para que se cumpliese tu “hora”, esa en la que ibas a consumar el plan salvífico que, desde toda la eternidad, tu Padre del Cielo y tú habíais establecido. Luego comprendimos tus palabras y nos las aplicamos. No lloréis por mí, porque os estoy dando la vida. No lloréis por mí porque con mi sacrificio mi Padre es perfectamente glorificado. Llorad por vosotras y por vuestros hijos. Llorad por tantos que a lo largo de la historia harán estéril mi sacrificio.

 

IX. Estación: Habla un paisano de Jesús:

Señor Jesús: Verdaderamente partía el alma verte caminar cargando con la Cruz a pocos metros ya del Calvario, pero eso lo pensamos después. Entonces creímos que se nos acababa el espectáculo. Aquella mañana te seguíamos, era eso lo que buscábamos, espectáculo. Yo soy de Nazaret. Te conozco desde pequeño, e incluso alguna vez jugué contigo. Luego te fuiste y nosotros incluso te criticamos, diciendo que habías dejado sola a tu madre viuda. Más tarde tu fama nos hizo pensar que qué bien, que qué despierto y espabilado había salido el hijo del carpintero, tanto que a lo mejor hacía también famosa a nuestra aldea. Pero cuando llegaste al pueblo y aquel sábado nos hablaste en la sinagoga, nosotros te pedimos espectáculo, y tú nos hablaste de seguimiento. Y eso nos escoció y te llevamos fuera del pueblo, pretendiendo despeñarte por un barranco, pero no pudimos. Y nos quedó un agrio y fuerte resentimiento contra tí. Quisimos ver en Jerusalén el espectáculo que no quisiste hacer en Nazaret. Yo te empujé. Puse mi mano físicamente sobre tí, pero entonces sentí que no era solo mi mano la que te empujaba, eran miles y miles, millones de manos, provocando tu tercera caída.

 

X. Estación: Habla uno que se benefició de los milagros de Jesús:

Señor Jesús, soy uno de los diez leprosos que curaste, bueno, uno de los nueve que no volvimos para agradecértelo. Acudimos a tí, buscando que limpiases nuestra carne corrompida, que nos condenaba a una muerte en vida, obligándonos a vivir apartados de los demás y gritando nuestra presencia para que nadie se contaminase por tratar con nosotros. Acudimos a tí y tú tuviste misericordia de nosotros curando nuestra lepra. Cuando al que volvió le preguntaste que dónde estábamos los demás, sabías bien que había desaparecido la lepra, pero solo de nuestros cuerpos, no de nuestras almas. Por eso luego, en tu vía crucis no tuve reparo en llevar el canasto con los clavos y el martillo. Y yo, que había sido testigo de tu compasión, fuí testigo de tu paciencia, cuando profanando tu santo pudor te arrancaron tus vestiduras, y quedaste completamente desnudo, ante la turba vociferante y burlona. Yo, tan experto en carnes podridas, no me conmoví cuando tu sangre volvió a fluir en abundancia, de las heridas que cubrían todo tu cuerpo. Pero lo que ocurrió en mí aquella mañana solo lo comprendí después. Tú me miraste. Tú que lo sabes todo me reconociste. Y, en tus ojos, al mirarte descubrí un que empezaba a desaparecer en mi alma la lepra de mis pecados.

 

XI. Estación: Habla Tomás:

Señor Jesús, yo vi tu crucifixión. Y la oí. Desde muy lejos, pero lo vi todo. Por eso luego fui tan reticente a la hora de creer que estabas vivo y no quise convencerme hasta que pude meter mi dedo en el agujero de tus llagas y mi mano en la brecha de tu costado. Pero en la mañana del viernes santo, desde lejos, bien embozado para no ser reconocido, lo vi todo, y sobre todo oí los martillazos con lo que, con saña, te clavaron a la Cruz. Y desde la altura de tu Cruz, tu mirada se extendió sobre aquella multitud sedienta de sangre que contemplaba el macabro espectáculo. Una mirada que yo experimente, extraordinariamente cercana, como si solo me estuvieras mirando a mí. Y es que Tú nos estabas mirando a cada uno, porque tú nunca nos miras como una multitud anónima, sino a cada uno en particular. Fueron tan rotundos los martillazos, que no dudé que habían conseguido su propósito: Muerto y bien muerto. Perdóname, Señor, tanta reticencia como luego mostré para reconocerte vivo. Gracias porque aquellos clavos dejaron en tus manos y en tus pies unas llagas tales que yo pude pasar por ellas mi dedo incrédulo, porque la brecha de tu costado fue tan grande, que yo pude meter mi mano, y tocar tu divino Corazón. Y aunque mi incredulidad se hizo proverbial, también mi fe.

 

XII. Estación: Habla Longinos:

“Señor mío y Dios mío”. No fue Tomás el primero que te confesó con estas palabras. Fui yo, Longinos, entonces centurión romano, y hoy el más rendido de tus siervos, porque yo, que vi tu muerte, fui también el primero en confesarte. Llegó tu “hora”. Tres largas horas de agonía; no sé cómo aguantaste tanto, o sí, sí lo sé. Cada estertor, cada intento de atrapar una bocanada de aire, alzándote sobre los clavos de tus pies, fue un suplicio aún mayor que todos los que te habíamos infringido antes. Y no te ahorramos ninguno. A los sufrimientos físicos se unieron los morales: la chusma vociferante insaciable de sangre, los jefes del pueblo y los fariseos insultándote, el mal ladrón desesperándose…. Y tú, Señor, en medio de tu suplicio, repartiendo, abundantemente, el bálsamo de tu gracia: a tu Madre regalándole a Juan, a Dimas, el buen ladrón, regalándole el cielo… a tus verdugos regalándoles el perdón, a todos nosotros regalándonos la vida.

 

XIII: Estación: Habla la Santísima Virgen:

Bajaron tu cuerpo de la cruz y, delicadamente, lo colocaron en mi regazo, y yo te cubrí de besos y de lágrimas. Tú, el más hermoso de los hombres, no eras más que una piltrafa humana. Tu rostro, que adoran los ángeles y en el que yo siempre seguí viendo la bellísima carita de mi niño, terriblemente desfigurado; tus manos, aquellas manos que me acariciaban como solo los hijos acarician a sus madres, traspasadas y agarrotadas; tus labios cuarteados y ensangrentados…Toda tu vida pasó por mi mente en un segundo. El cofre de mi corazón en el que yo fui guardándolo todo se abrió de golpe. Y entonces lo comprendí: Ésta era la espada de dolor que el viejo Simeón predijo que habría de traspasar mi alma. Ésta era la plenitud del “hágase en mí según tu Palabra” con el que respondí a la propuesta que Dios me hacía por medio del ángel. Entonces no entendí lo que quería decir, pero me fié del todo; ahora sí lo entendí y seguí fiándome. Mientras se llevaban tu cuerpo, yo pensé en todas las madres que pasan por el terrible trance de ver morir a sus hijos, físicamente, o moralmente por los vicios y el pecado. Y yo, la soledad sola, acepte entonces ser la consoladora de todos los que sufren. Lo que vino después tú lo sabes. Yo fui la primera en verte resucitado, fue nuestro secreto.

 

XIV. Estación: Habla Nicodemo:

Señor Jesús: Nosotros hemos pasado a la historia como los que te prestamos el último servicio de bajar tu cuerpo de la cruz y colocarlo en el sepulcro. Pedimos permiso al gobernador. Yo te baje de la cruz, José de Arimatea, tu discípulo oculto, te prestó su sepulcro nuevo, y allí te pusimos; luego corrimos la piedra de la entrada y nos volvimos, rumiando nuestro dolor y nuestra pena. Y también nuestro desencanto. En tu inmenso dolor, la más serena era tu Madre. Juan consolándola, Magdalena llorando sin consuelo, nosotros tragándonos las lágrimas… Las horas que siguieron dieron para mucho, pensando casi obsesivamente en lo que había ocurrido. Yo recordaba sin cesar algo que una vez me dijiste, cuando fui a verte de noche, que entonces no entendí. Que había que “nacer de nuevo”, pero también me aferraba a que aquello no podía ser el final. Y es que tú, desde el primer encuentro que tuvimos, ya te fuiste metiendo en mi alma, y aunque yo no lo sabía, la fuiste llenando de esperanza. Esa virtud que, si sabemos conjugarla con la fe, y expresarla en la caridad, jamás nos defrauda, porque tú eres más cierto que nosotros mismos. Fue por nosotros por los que quisiste sufrir tu pasión y tu cruz, y es para nosotros por lo que, al tercer día, surgiste glorioso del sepulcro.