jueves, 11 de abril de 2024

HOMILÍA VIRGEN DESAMPARADOS

 

HOMILÍA VIRGEN DESAMPARADOS

 

 

 

I.- En los relatos evangélicos de la Resurrección de Cristo, la Virgen María no tiene aparentemente ningún protagonismo. Pero qué difícil pensar que quien tuvo un papel fundamental en el momento de la Cruz como corredentora, no lo tenga también en el momento de la Resurrección.

¡Cómo debió vivir la Virgen María el aparente silencio de Dios Padre cuando su hijo Jesús es crucificado en el Calvario! Resonarían en su mente y en su corazón las palabras que le dijo el anciano Simeón: “Mira, este niño será signo de contradicción, y a ti, una espada atravesará tu alma”.

María fue testigo del evento de la Pasión. Ella estuvo de pie junto a la Cruz; no se dobló ante el dolor, sino que su fe la fortaleció. Ella nos fue entregada como Madre por su Hijo como parte del testamento de Cristo en la Cruz. Y en su corazón desgarrado de Madre permaneció siempre encendida la llama de la esperanza. Dios no podía dejar abandonado a su Hijo Jesús, aunque su muerte es lo que parecía transmitir. De hecho, muchos de sus discípulos vivieron la muerte del Maestro como un fracaso: ¿dónde estaban Pedro y los demás apóstoles? ¿Por qué abandonaron Jerusalén y se fueron camino de Emaús dos de sus discípulos?

Pero María, en cambio, se mantuvo firme en su esperanza, confiaba plenamente que Dios rompería su silencio. Y aunque no aparece reflejado en los Evangelios, ¿por qué no imaginar que ella fue la primera testigo de la resurrección de Jesús de entre los muertos? Ella experimento el “grito” de Dios, el “sí” que suponía la Resurrección: ¡la Vida ha vencido a la muerte! ¡La misericordia y el amor han vencido sobre el mal!

La Buena Noticia de la Resurrección de Cristo comenzaba así su andadura, iniciando un viaje a través de la historia de la humanidad, que abre un nuevo y maravilloso horizonte.

Y María es la primera en beneficiarse de esta nueva Vida, que está alimentada por la fe y la esperanza. Si Cristo ha resucitado, podemos mirar con ojos y corazón nuevos todo evento de nuestra vida, también los más negativos. Los momentos de oscuridad, de fracaso y también de pecado pueden transformarse y anunciar un camino nuevo. Cuando hemos tocado el fondo de nuestra miseria y de nuestra debilidad, Cristo resucitado nos da la fuerza para volvernos a levantar, convierte nuestras dificultades en oportunidades para crecer.

Y hoy el Evangelio nos introduce en el Cenáculo, ya de noche, el mismo día de la Resurrección de Jesús. Los discípulos de Emaús “contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24,35). Ya no hay lugar a dudas: son muchos los testimonios que, a lo largo de aquel día, han confirmado la Resurrección del Maestro. No había otro tema de conversación. Estaban hablando de estas cosas, se ayudaban mutuamente a recordar las promesas de Jesús, “cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros” (Lc 24,36). Les saludó con la paz, como tiempo atrás les había recomendado que hicieran cuando entraran a una casa (cfr. Lc 10,5).

Aunque los presentes en el Cenáculo –los Apóstoles y María-- estaban ya convencidos de la Resurrección del Señor, reaccionaron con sorpresa y temor ante la aparición, “pensando que veían un espíritu” (Lc 24,37). Les sucedió como aquella noche en el mar, cuando se les había aparecido sobre las aguas, en medio de la tormenta (cfr. Mc 6,50). En esta ocasión, Jesús les insiste en la realidad de su presencia física. Y les enseña sus heridas como si fueran sus credenciales, su documento de identidad. “Les dijo: ¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo”. Y dicho esto, les mostró las manos y los pies” (Lc 24,38-40).

 

II.- La Liturgia actualiza el misterio pascual y, por tanto, la misión apostólica. Como hace veinte siglos, Jesús resucitado nos dice ahora a nosotros: “Vosotros sois testigos de esto” (Lc 24,48). Esta llamada al apostolado forma parte de nuestra identidad cristiana. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en una llamada dirigida a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo.

Con la conciencia de una misión tan importante, queremos hacer lo mismo que aquellos primeros cristianos: Acudimos a María, Madre nuestra y Madre de los Desamparados para que nos ayude a convertirnos en anunciadores de la Pascua de Jesucristo.

María es la mujer de la Pascua, la mujer del anuncio, la mujer de la misión. Aunque poco sabemos de cómo fue la vida de la Virgen después de la Resurrección de Jesucristo, me atrevería a decir que realmente Ella vivió con alegría, energía y prontitud aquel encargo de ir por el mundo haciendo discípulos del Señor.

Para María la Resurrección de Jesús tuvo que tener un valor especial. Ella tuvo que vivirlo de forma muy distinta a los demás, porque de Ella nació Jesús, Ella lo crió, Ella lo vio crecer, Ella aprendió a guardar las cosas en su corazón al verlo predicando en el templo delante de los sacerdotes contando Jesús con apenas nueve años, Ella lo vio madurar, de Ella se despidió cuando se fue al desierto para prepararse al camino de su vida pública, Ella lo animó a hacer su primer milagro en aquella boda de Caná, Ella escuchó decir que su madre y sus hermanos son los que cumplen la voluntad de Dios y la ponen en práctica y…. Ella lo vio, y lloró amarga y desconsoladamente, roto y clavado en la Cruz. ¿Hay algo que duela más que un hijo? La Resurrección de Jesús supuso para María revivir gozosamente la inolvidable frase del ángel Gabriel: “Para Dios no hay nada imposible”.

Decía san Agustín que vivir el tiempo de Pascua consiste sencillamente en imitar con prontitud las virtudes de María. Imitar a María no es caer en la adoración hacía ella únicamente. El imitar a María es unirnos más a Jesús porque él se complace al ver que en nosotros hay algo de su Madre amadísima.

Jesús nunca nos daría, como modelo a imitar, a alguien que nos apartara de él, así que si nos dio a la Santísima Virgen fue porque ciertamente en ella encontramos a una persona humana que se dio a la causa del amor, que resistió el dolor de ver morir a su propio Hijo en la Cruz, que ante todo, respondió a la voluntad del Padre porque no cualquiera se lanza a la misión que María tuvo, no cualquiera resiste los dolores que ella experimentó, en fin, en ella tenemos a una amiga, a una compañera y sobre todo a una madre en quien confiar.

 

III.- Esta mañana estamos convocados por su Hijo, el Señor Resucitado, para honrar, contemplar y rezar una vez más a su Madre y Madre nuestra. Y al Señor Jesús queremos darle gracias porque nos ha dado a su Madre como nuestra Madre. Sintamos su presencia en nuestra vida para que nunca nos sintamos desamparados en nuestros desvalimientos y dificultades.

María es nuestra Madre y forma parte de nuestra vida. La Madre de Dios es y la sentimos como Madre nuestra: Es la madre que nunca nos abandona. ¿No es éste el significado profundo de nuestra alegría y de la manifestación de devoción y cariño a la Virgen hoy?

Nuestra presencia en esta celebración eucarística no es algo postizo: Es expresión sentida de nuestro amor a la Madre. La hemos recibido en vuestra vida con todas las consecuencias. Juan “la recibió como algo propio”, es decir, como su propia madre. No se trata sólo de acogerla por un día. Los discípulos de Jesús recibimos un verdadero tesoro, justamente para que no nos sintamos nunca solos y desamparados, y, sobre todo, para que vivamos como auténticos discípulos de Cristo. Porque la Virgen María es la Madre de Dios: Ella nos da a Dios y quiere llevarnos a su Hijo, el Hijo de Dios, para que creamos en Él, le sigamos y seamos sus testigos allá donde nos encontremos.

Y, si abrimos nuestro corazón a María, podríamos preguntarnos, ¿qué nos trae la Virgen para cada uno de nosotros?

En primer lugar de la Virgen, Madre de Dios y de los Desamparados podemos decir que es la morada de Dios con los hombres. Sí, hermanos: la Virgen María fue la primera morada del Dios en este mundo. En ella el mismo Dios se hizo Hombre entre nosotros. Desde los primeros siglos a la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está unida una veneración particular a su Madre: ella tuvo la dicha de concebir en su seno virginal al Hijo de Dios, compartiendo con ella incluso el latido de su corazón.

¡Qué maravilla si somos capaces de unir nuestro corazón al latido del corazón de María! En su latido de corazón de Madre sentiremos la presencia y cercanía de Dios; en su latido acogeremos el amor de Dios hacia nosotros y le responderemos con el nuestro, como María; en este latido viviremos el amor fraterno con todos con cuantos nos encontremos en nuestro camino; y este amor fraterno será donación de si, entrega desinteresada, misericordia, perdón, renuncia, ayuda al hermano; buscaremos siempre el bien que elimina hambres, injusticias, discriminaciones, que va siempre orientado hacia la verdad y el bien del otro. ¡Qué belleza adquiere la vida humana, cuando nuestro corazón late con la fuerza que el corazón de nuestra Madre pone en nuestras vidas!

En un segundo lugar la Virgen, Madre de Dios y de los Desamparados nos enseña a vivir siempre animados por la caridad a Dios y al prójimo: por una caridad franca y verdadera, sin fingimiento ni farsas, siendo capaces de aborrecer lo malo y de apegarnos a lo bueno, para vivir siempre con esperanza y en la alegría de sabernos amados por Dios. Esta es la caridad que impulsó a María a aceptar ser Madre de Dios y Madre nuestra. Este es el amor que la llevó a olvidarse de sí misma para ponerse en manos de Dios, para acoger y cuidar la vida, para pasar los primeros meses de su embarazo al servicio de su prima Isabel, para unirse al ofrecimiento de la vida a su Hijo en la Cruz por la salvación de todos los hombres.

¡Qué hondura tiene la vida de nuestra Madre! El Espíritu Santo que hizo presente al Hijo de Dios en la carne de María, ensanchó su corazón hasta la dimensión del corazón de Dios y la impulsó por la senda de la caridad.

El mismo Espíritu Santo que la cubrió con su sombra, hizo que se pusiera al servicio de su prima Isabel, de los sirvientes en las bodas de Caná, de los discípulos del Señor, de todos nosotros. El Espíritu Santo la impulsa a salir a la misión para ir al encuentro del prójimo necesitado, quien le da la fuerza para afrontar las dificultades y los peligros para su vida. Todo gesto de amor genuino de María, contiene en sí un destello del misterio infinito del amor de Dios: la mirada de atención al hermano, estar cerca de él, compartir su necesidad, curar sus heridas, responsabilizarse de su futuro, todo, hasta los más mínimos detalles, está animado por el Espíritu de Cristo.

Ojalá que también nosotros sepamos como María tener esa mirada misericordiosa para saber ver y atender las necesidades de nuestros hermanos. Hay muchas personas que sufren en su cuerpo y en su espíritu; los enfermos, las personas que sufren soledad, los matrimonios y las familias rotas y sus hijos, o los mayores aparcados en residencias. Muchos otros sufren el paro, la precariedad económica o la angustia por no llegar a fin de mes. También hay injusticias, guerras, violencia y amenazas, la esclavitud del alcohol y las drogas.

Ante este panorama no podemos cerrar los ojos. Tampoco podemos quedarnos con los brazos cruzados. Hoy la Virgen nos anima a todos a tener su misma mirada. Por eso hoy, me atrevo a deciros como nos lo dice el Señor: “No tengáis miedo”, no os dejéis llevar por el desanimo, no perdáis nunca la esperanza. Salid a las periferias, sed testigos del amor de Dios y dadlo a conocer a todos. Como María, los cristianos sabemos muy bien, que sin Dios y su amor no somos nada. Sin Dios, el hombre pierde el norte en su vida y en la historia. Sin Dios desaparece la frescura y la felicidad de nuestra tierra. Si el hombre abdica de Dios abdica también de su dignidad, porque el hombre sólo es digno de Dios. La mayor violencia contra el hombre y su dignidad, su mayor tragedia, es la supresión de Dios del horizonte de su vida. Pertenecemos a Dios puesto que Él nos ha creado y nos llama a la Vida, y vida en plenitud: en Él está nuestro origen y en Él esta nuestro fin. Las cosas mueren; sólo Dios permanece para siempre.

 

IV.- Tenemos mucha información sobre el Jesús de la historia, pero no una fe personalizada en Cristo como misterio actual y presente, no una fe integrada en la Eucaristía, en una lectura vivencial del Evangelio, en una comunidad viva que desarrolla su comunión en una esperanza sólida. Necesitamos encontrarnos vivencialmente con Cristo en una experiencia intensamente afectiva, ilusionada, ilusionante. Necesitamos saber escucharle personalmente a él diciéndonos “soy yo, no temas”, porque afectivamente estamos lejos y fríos.

Cristo, desde la Cruz nos dio a su Madre, pero no nos podemos quedar en el Viernes Santo, sino hemos de pasar a la Pascua.

En todos los momentos de nuestra vida, incluso en los momentos difíciles y preocupantes, podemos contar con el consuelo y la protección de la Madre de Dios y Madre nuestra. Tengamos la certeza de que la Virgen nos acompaña siempre. Sabemos bien que ella nos mira y nos acoge con verdadero amor de Madre; cada uno de nosotros, nuestras familias y nuestro pueblo estamos en su corazón; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades.

Que María nos obtenga el don de saber creer y amar como Ella supo creer y amar. A María, a la “Mare de Déu dels Desamparats”, le pedimos que nos dé un corazón como el suyo. Con María tenemos que decir que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es la persona humana, su vida, su naturaleza, su dignidad, su libertad y su conciencia ante las ideologías del pensamiento único. No hay verdadero desarrollo y progreso sin este respeto a la persona que pasa por garantizar que pueda vivir según la dignidad que Dios le ha dado, desde su concepción hasta su muerte natural. María nos enseña que solamente Dios es el garante de la dignidad del ser humano, creado a su imagen; sólo Dios fundamenta su dignidad y alimenta su anhelo de ser más.

Que la Madre de Dios y de los Desamparados, nos guíe y proteja en todos los momentos y situaciones de la vida. A Nuestra Señora la Virgen de los Desamparados encomendamos especialmente a nuestros niños y jóvenes, a nuestros matrimonios y familias, a nuestros mayores y enfermos, a todos los que sufren y toda la comunidad parroquia de Santa María.

Pidámosle a María que nos ayude también a nosotros a acoger en plenitud el anuncio pascual de la Resurrección, para encarnarlo en lo concreto de nuestra vida cotidiana, como ella lo hizo. Que la Virgen María nos dé la certeza de fe, para que cada paso sufrido de nuestro camino, iluminado por la luz de la Pascua, sea bendición y alegría para nosotros y para los demás, en especial para los que más sufren del desamparo de la sociedad de nuestro tiempo.

 

 

(Parroquia Santa María del Mar, 14 de abril 2024)

viernes, 16 de febrero de 2024

HOMILIA A LAS COFRADÍAS

 

HOMILÍA CELEBRACIÓN DE LA XLI EXPOSICIÓN DIOCESANA

 

 

BENETÚSSER, 18 FEBRERO DE 2024

 

 

 

 

 

Lectura del libro del Génesis 9, 8-15

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 18-22

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 12-15

 

 

 

1.- Con la imposición de la Ceniza comenzábamos el pasado miércoles la Cuaresma, tiempo que precede y dispone a la celebración de la gran fiesta de la Pascua.

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios “de todo corazón”, a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar.

De este tiempo de Cuaresma, que nos conduce a la Semana Santa, a la Pascua, se ha dicho infinidad de definiciones. Personalmente deseo destacar dos.

La primera, estando en pleno primer domingo de este tiempo es: La Cuaresma, una llamada a la conversión.

La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. En el Evangelio de san Marcos, que acabamos de escuchar, notamos que a dos verbos en indicativo siguen dos en imperativo: el anuncio de lo que Dios hace exige la correspondencia humana. Jesús –hemos oído- proclama la Buena Noticia, el tiempo de la promesa “ha cumplido el plazo” y “está cerca” el Reino, al que tendía toda la antigua Alianza: para acogerlo, para entrar en el Reino, es necesario “cambiar de mentalidad”, “convertirse”, y aceptar la lógica exigente y desconcertante de la fe, la adhesión amorosa y activa al designio de Dios; cambiar “el rumbo”, dejando el mal camino, el malgastar la vida, a veces cayendo muy bajo (como el Hijo Pródigo), y volver al padre, a casa, a nuestro ser hijos, a la vida, a Dios.

La segunda es: La Cuaresma, una primavera espiritual. Hace referencia al número cuarenta. Cuarenta años de Israel, de Egipto a la Tierra Prometida; cuarenta días de Moisés en el Sinaí; cuarenta días de Jesús en el desierto. Significa tiempo favorable de encuentro con Dios, un tiempo de gracia y de amor. Tiempo propicio para reconocer la voluntad de Dios en nuestra vida, de discernir y saber qué me pide Dios en esta etapa de mi vivir. Esto bien se puede calificar de arranque, de “primavera espiritual”, ocasión para renacer y crecer en el espíritu, en su voluntad. Todo crecimiento, comporta crisis, prueba. Las tentaciones son pruebas que nos permiten decir sí a Dios, confiar en Él en medio de las dificultades y contrariedades; ser fieles al camino debido, a la vocación recibida. Ahí en la prueba, en la tentación, vencer es usar la libertad para ser fieles a Dios y decir sí a Él, cueste lo que cueste.

 

2.- Junto a la libertad para ser fieles a Dios está el amor a Dios y el amor que recibimos de Dios –su gracia- con el que podemos decir sí, serles fieles hasta el fin. Se ha dicho con toda razón que hacerse hombre significa hacerse “pobre”. Ser humano es no tener nada con que presentarse fuerte frente a Dios, ningún apoyo, ninguna fuerza o seguridad fuera del compromiso y el sacrificio del propio corazón, y esto fruto de la gracia. De ahí que muchas de las vidas de los seres humanos parezcan una carrera para tapar esa pobreza radical de nuestro ser, tratando de revestirnos de dinero, de poder, fama, apariencia, nombre; de cubrir nuestra consustancial fragilidad y desnudez.

De ahí que todo eso se torne en ídolos a los que nos encadenamos y servimos: ídolos frágiles, también, mentiras con las que parecer algo en la vida, con las que tapar nuestra humana desnudez. Por ello la tentación de Satanás, desde los comienzos, hizo y hace lo mismo, y siempre le reconocemos por las palabras: “Seréis como dioses”.

Esta es la tentación de las tentaciones, con mil variaciones: la tentación contra la verdad de la naturaleza asignada al hombre. Y Jesús vence, recordando al Tentador la verdad, que sólo Dios es Dios; y cuál es la verdad, la autenticidad del ser humano. Y, por tanto, su libertad y felicidad para lo que ha sido creado. De esta manera, es necesario tener la valentía de rechazar todo lo que nos lleva fuera del camino, los falsos valores que nos engañan atrayendo nuestro egoísmo de forma sutil. Solamente Dios puede darnos la verdadera felicidad. Es inútil que perdamos nuestro tiempo buscándola en otro lugar, en las riquezas, en los placeres, en el poder, en la carrera…El Reino de Dios es la realización de todas nuestras aspiraciones, porque es, al mismo tiempo, salvación del hombre y gloria de Dios.

 

3.- Para suplicar, entender, y vivir, todo esto hemos acudido a celebrar esta Eucaristía. Para suplicarle vivir una Cuaresma de conversión, de vuelta a Dios, de renacimiento espiritual, de encuentro con Cristo nuestro Salvador, fijando nuestra mirada en su rostro, en el de Aquel que “sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios”.

Para aprender de su rostro, su mirada de compasión, y su perenne lección de humildad. Humildad, que si somos capaces de aprenderla algo más en esta Cuaresma, nos dará la necesaria sabiduría para vencer las tentaciones y escapar de las recurrentes y consabidas trampas del enemigo de nuestra salvación y de nuestra felicidad.

Que la Semana Santa a la que nos estamos preparando nos ayude a vivir de la luz y la fortaleza para seguir la voluntad de Dios en nuestras vidas. Que para ello nos dispongamos a acoger la gracia que fluye en estos días santos en la Palabra de Dios, en los ejercicios piadosos y actos de nuestras Hermandades y Cofradías, en los Sacramentos y celebraciones litúrgicas de nuestras parroquias, especialmente en el sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía.

Recordemos que para nosotros, cristianos, la Cruz es Jesús, y en nosotros gracias a Él, camino y puerta de la Resurrección. Y lo es porque aquella Cruz suya, aquel Viernes, quedó transformada por su amor; de lugar infame e ignominioso pasó a ser signo de su amor y entrega absoluta por nosotros; lugar de esperanza y de perdón.

Por ello, en tiempos de interrogantes y sufrimientos, seamos gente comprometida en volver a Dios, tan olvidado; en volver a la verdad de nosotros mismos, viviendo desde dentro la oportunidad de renacer a la fe, para ser así portadores de ayuda, ánimo y consuelo; auténticos “cirineos” en tantas pasiones dolorosas que tenemos cerca, también “cirineos” de tantos servidores del prójimo, cuidadores de nuestros ancianos, profesionales sanitarios y de servicios que atienden de tantas formas a nuestros conciudadanos.

 

4.- Que nuestras Hermandades y Cofradías sigan llenas de hombres y mujeres que, siempre, se sientan queridos por Dios en la persona de su Hijo. Y. por ello, fervientes testigos de su amor y portadores de esperanza.

Este tiempo de Cuaresma es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen de la ternura y del amor.

Junta Mayor Diocesana y queridos miembros de las Hermandades y Cofradías de nuestra diócesis de Valencia tan rica, gracias a vosotros de celebraciones solemnes de la Semana Santa durante generaciones: No perdáis la esperanza.

Queremos seguir las huellas de Jesucristo, pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza. Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: Misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: “Tú eres mi Dios y en ti confío”.

 

5.- Quisiera añadir una tercera idea que os debe caracterizar: “ser misioneros”. Tenéis una misión específica e importante, que es mantener viva la relación entre la fe y las culturas de los pueblos a los que pertenecéis, y lo hacéis a través de la religiosidad popular. Cuando, por ejemplo, lleváis en procesión el crucifijo con tanta veneración y tanto amor al Señor, no hacéis únicamente un gesto externo; indicáis la centralidad del misterio pascual del Señor, de su Pasión, Muerte y Resurrección, que nos ha redimido; e indicáis, primero a vosotros mismos y también a la comunidad, que es necesario seguir a Cristo en el camino concreto de la vida para que nos transforme. Del mismo modo, cuando manifestáis la profunda devoción a la Virgen María, señaláis al más alto logro de la existencia cristiana, a Aquella que por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios, así como por la meditación de las palabras y las obras de Jesús, es la perfecta discípula del Señor.

Esta fe, que nace de la escucha de la Palabra de Dios, vosotros la manifestáis en formas que incluyen los sentidos, los afectos, los símbolos de las diferentes culturas... Y, haciéndolo así, ayudáis a transmitirla a la gente, y especialmente a los sencillos, a los que Jesús llama en el Evangelio “los pequeños”.

En efecto, el procesionar juntos por nuestras calles y plazas y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador.

Es necesario seguir por este camino. Sed también vosotros auténticos evangelizadores. Que vuestras iniciativas sean “puentes”, senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él. Y, con este espíritu, estad siempre atentos a la caridad. Cada cristiano y cada comunidad es misionera en la medida en que lleva y vive el Evangelio, y da testimonio del amor de Dios por todos, especialmente por quien se encuentra en dificultad. Sed misioneros del amor y de la ternura de Dios. Sed misioneros de la misericordia de Dios, que siempre nos perdona, nos espera siempre y nos ama tanto.

Y que la Santísima Virgen del Socorro, que vivió en su soledad y dolor llena de fe al pie de la Cruz, sea el gran modelo de entereza y entrega en este tiempo. Que su amor de Madre sea nuestro socorro, llenando nuestras vidas de su luz y su consuelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Benétusser 18 febrero 2024

jueves, 30 de noviembre de 2023

MARIA: BENDITA TÚ ERES

 

MARIA: BENDITA TÚ ERES

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

María es un manantial inagotable. De ella se pintan cuadros, se haces esculturas, se escriben poemas. Esta reflexión ha estado regada con el agua del seno de María Inmaculada. Nos hemos acercado a María en su Concepción desde la sencillez y la humildad de la poesía mística.

Nos trasladamos a Roma, para escuchar a Pío IX como define como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen: “La beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción”.

Contemplemos, ahora, la silueta de esta Mujer marcada por el amor y la plenitud de gracia junto al canto litúrgico de las vísperas de la fiesta solemne de la Inmaculada, en los monasterios o en los conventos de clausura.

El gregoriano se viste de azul. Y los contemplativos quieren describirnos y explicarnos en qué consiste la palabra y el dogma de la Inmaculada.

Las palabras que salen de sus labios, las dirigen a María. Dice el himno de vísperas: “De Adán el primer pecado/ no vino en vos a caer; / que quiso Dios preservaros/ limpia como para Él/. De vos el Verbo encarnado/ recibió el humano ser/ y quiere toda pureza/ quien todo puro es también/. Si es Dios autor de leyes/ que rigen la humana grey/, para engendrar a su madre/ ¿no pudo cambiar la ley? Decir que pudo y no quiso/ parece cosa cruel/, y, si es todopoderoso/, ¿con vos no lo habrá de ser/ Que honrar al hijo en la madre/ derecho de todos es/, y ese derecho tan justo/, ¿Dios no lo debe tener?/ Porque es justo, porque os ama/, porque vais su madre a ser/, os hizo Dios tan purísima/g como Dios merece y es”.

Tras escuchar el Magisterio de la Iglesia y la Liturgia, los poetas convierten sus versos en campanarios marianos, evocando con más luz la silueta de María. Es el poeta Gerardo Diego quien habla sobre la Inmaculada: “Era ella/ y nadie lo sabía/ Pero cuando pasaba/ los árboles se arrodillaban/. Anidaba en sus ojos/ el Ave María/ y en su cabellera/ se trenzaban las letanías/. Era ella/. Era ella/. Me desmayé en sus manos/, como una hoja muerta/, en sus manos ojivales/ que daban de comer a las estrellas/. Por el aire volaban/ romanzas sin sonido/, y en su almohada de pasos/ me quedé dormido”.

El sueño del poeta Gerardo Diego, enlaza con el “despertar” de otro poeta, Dámaso Alonso, quien se siente triste y solo, con una soledad tan profunda que necesita gritar. He aquí sus versos apesadumbrados: “Como hoy estaba abandonado de todos, / como el veneno ya me llegaba al corazón, / mi corazón rompió en un grito/y era tu nombre, / Virgen María, Madre/. No, yo no sé quién eres:/Pero eres una gran ternura”.

Y nos preguntamos como hombres de pequeñita fe que alguien nos explique para qué sirve un “corazón virginal” o “una madre virginal”. Y nadie mejor que el jesuita Cándido Pozo. Este teólogo lo hace desde las profundidades teológicas, pero con un lenguaje claro, diáfano, filial. “María, la madre virginal de Jesús, vuelca sobre cada uno de los discípulos de su Hijo su corazón virginal. Precisamente el amor virginal recae sobre la persona amada sin dividirse. La virginidad de María tenía la finalidad, querida por Dios, de hacer posible a María una plena concentración de su amor en Jesús, sin que división alguna de su corazón lo dispersara. Esa misma concentración de amor por parte de María se produce sobre cada uno de nosotros, a los que María nos mira como a Jesús”.

Y termina diciendo el padre Cándido Pozo: “Nuestra confianza en María pierde así todo límite. No sólo podemos apelar ante ella a que Jesús nos ha puesto bajo su protección, sino a que el encargo ultimo del Señor moribundo a ella fue que nos mirara, a cada uno, como a Jesús. Con alegre audacia (“parresía” es la palabra griega que usa en estos casos el Nuevo Testamento) puedo presentarme ante ella y decirle: Escúchame Madre, soy Jesús que viene a Ti; cuida de mi como cuidaste de Él en Belén o Nazaret, y haz que te sienta cercana en mis horas difíciles con aquella misma solicitud con que lo acompañaste al Calvario”.

Satisfechas nuestras interrogantes teológicas,  es el poeta Francisco Pino quien se encarga de ofrecernos este listado, tomado de su “Letanía de los pobres a María”:

María, la pobre. Trono de ningún trono. Causa de la alegría de los que no la tienen. Vaso en el que la materia se hace ala. Vaso del agua, rosa del hambriento. Chabola sin paredes. Chabola en vilo. Casa de adobes azules. Arca soñada de un ajuar soñado. Puerta sin puerta. Tragaluz que ilumina el abrazo de la pareja. Almohada de los encarcelados. Chacha arrodillada sobre la baldosa de los pobres. Nodriza de los que no esperan comer mañana. Ruega por nosotros”.

A la pregunta de un cristiano de a pie: ¿Quién es la Virgen María?

Me respondo, también, con acento poético: María es un sueño de Dios, pero un sueño realizado. Porque el primer sueño de Dios que fue el hombre fracasó. María nos deja el encargo de imitarla, siendo también, cada hombre y mujer de la historia, sueños realizados de Dios.

Proclamemos bienaventurada a María Inmaculada porque el Creador puso su mirada en ti y fuiste la llena de gracia; porque con tu silencio fecundo --gozosa contemplación-- hiciste posible el nacimiento de la Luz. Porque en el encuentro amargo de la vía dolorosa con el Dios-Hijo, el don de tu mirada abrió de nuevo un cielo con estrellas y porque aquella mañana que esperaron los siglos, nueva Pascua perenne, te pusiste en camino, en busca del prodigio, estrenaste alegría y comenzó la fiesta.

viernes, 20 de octubre de 2023

LAS COFRADÍAS DE “ÁNIMAS”

 

 

 

 

LAS COFRADÍAS DE “ÁNIMAS”

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

La muerte y cuanto la rodea está siempre presente en nuestras vidas. Este ha sido uno de los grandes miedos en la sociedad y se sufre, sobre todo, por no saberse qué será de nosotros tras el fallecimiento. La preocupación por los difuntos que penan sus culpas, hasta cumplir un tiempo de purificación, ha formado parte de la mentalidad colectiva desde antiguo. Este miedo existencial generó una praxis que derivaría en gracias, privilegios y beneficios para los fallecidos y, sobre todo, para ser recordado por los que aún viven.

La Escritura no menciona a las “ánimas”, pero existen referencias que el cristianismo utilizará para darle carta de naturaleza. Son aquellas almas que, en vida, cometieron algún pecado cuya penitencia no se saldó de forma suficiente para poder entrar directamente en el cielo y que, por ello, deben permanecer transitoriamente penando en el llamado “Purgatorio” para purificarse.

La Iglesia incidió en la necesidad de realizar sufragios por los difuntos y, desde san Agustín y san Gregorio Magno, se orientaron hacia las misas, oraciones, limosnas y obras piadosas, como el ayuno y la abstinencia. En el terreno espiritual, corresponde al siglo XII la aparición del “Purgatorio”, entendido como un más allá intermedio en el que algunos muertos sufren una prueba que puede llegar a acortarse gracias a los sufragios y a la ayuda espiritual de los vivos. Este sería el estado transitorio de purificación para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios y teniendo segura su salvación, necesitan purgar ciertos pecados, de carácter menos grave --los veniales, que no permitían la salvación inmediata pero tampoco condenaban eternamente a quienes los hubieran cometido--, para llegar a la santidad y ganar el cielo. Se trata de un más allá intermedio, antesala del Paraíso.

Esta preocupación va a propiciar el culto a las benditas ánimas del Purgatorio. La institución eclesiástica promoverá, en torno de las cofradías, una estructura de sufragios.

Se establece un círculo en el que los vivos, mediante sufragio e indulgencias, salvan las almas de los que están en el purgatorio y, a cambio, éstos, una vez salvados de las llamas purificantes, interceden por los mortales desde el cielo.

Se establecerá así una interrelación escatológica entre la Iglesia militante y la purgante mediante una ayuda mutua: la militante ofrece oraciones y misas, y la purgante su intermediación divina para con los vivos. Es una relación de socorro-mediación, esto es, de auxilio mutuo, una especie de pacto transaccional entre partes. La doctrina de las indulgencias es un concepto ligado al pecado y Purgatorio. Su formulación se fundamenta en que ciertas consecuencias del pecado, como la pena temporal del mismo, puedan ser objeto de una remisión o indulgencia concedida, bajo ciertas condiciones, por determinados representantes de la Iglesia, como administradores de la redención. No perdona el pecado en sí mismo, sino que exime de las penas de carácter temporal que, de otro modo, los fieles deberían purgar, sea durante su vida terrenal o sea tras la muerte.

El pontífice que aceptó y divulgó sin reservas el Purgatorio fue Inocencio III (1198-1216), aunque sería Bonifacio VIII quien concedió indulgencias a las ánimas con motivo del año Jubilar de 1300. El II concilio de Lyon (1274), el de Florencia (1439) y el de Trento (1545-1563) confirmarán la doctrina sobre el Purgatorio (cfr. DS 1820) contra los reformadores, sobre todo Lutero. Según la doctrina tridentina, las almas recibían su principal alivio --indulgencia-- a través del sufragio de los fieles, especialmente con la celebración de las misas.

La institución eclesiástica extendió su poder, ejerciendo su influencia y control no sólo sobre la Iglesia militante, sino también sobre la llamada purgante, con la concesión de gracias espirituales o indulgencias. Este espíritu de ayuda, cuando no de necesidad recíproca, es el que se halla en el origen de las “cofradías de Ánimas”, impulsoras de ese pacto transaccional. En una sociedad sacralizada, alcanzaron gran difusión y popularidad y se constituyeron en instituciones garantizadoras del tránsito al más allá.

Después de Trento se establece que en las parroquias se desarrollen tres directrices devocionales: el culto a Dios a través de las cofradías del Santísimo Sacramento; a la Virgen, con las cofradías de gloria; y a las ánimas penantes, con las de las “Ánimas benditas del Purgatorio”. Es el llamado tridente devocional tridentino.

Durante la modernidad, estas asociaciones de seglares sometidas a la alta dirección de la Iglesia fueron el instrumento empleado para fomentar y encauzar la religiosidad de las personas en el seno de la misma. Su rápida expansión se debe a que daban respuesta a la necesidad de ayuda recíproca y a la misteriosa comunión que se establece entre vivos y difuntos, paradigma popular del dogma de la “comunión de los santos”. Estas cofradías van a canalizar los dos niveles de culto ritual en torno a las ánimas: el externo, centrado en aquellos actos que tienen la calle como protagonista; y el culto interno, basado en las misas y en las oraciones.

Junto a la implantación de las cofradías del Santísimo Sacramento en todas las parroquias, se implantaron las de “ánimas”; hasta la edad moderna, una de las principales funciones de estas asociaciones era la de asistir a los cofrades en su muerte así como enterrar a los cofrades.

El culto de “Ánimas” siempre ha estado relacionado con la estética; por ello se ha mantenido la intención de embellecer cualquier aspecto relacionado con manifestaciones cultuales religiosas. En el catolicismo, las imágenes religiosas encarnan la realidad sobrenatural y divina que sostiene y hacia la que se dirigen los rituales. Son los referentes simbólicos. Las imágenes, cualquiera que sea su naturaleza artística, son símbolos que forman parte de la cosmovisión de los individuos, de su manera de entender e interpretar el mundo. Fue en el siglo XVIII cuando asistimos al apogeo de esta devoción, acaso al constituirse estas cofradías, y la doctrina católica que las sustentaba, en paradigma estructural de la religiosidad popular.

Una de las funciones implícitas de estas asociaciones era la realización de altares e imágenes relacionadas con el Purgatorio. Este era un lugar horrible donde se podía vivir la esperanza, y sus representaciones flamígeras van a producir un impacto emocional e inmediato sobre los feligreses. En la labor propagandística y de difusión contribuyó la imprenta con la proliferación de obras de tratadistas que influyeron y crearon el imaginario colectivo.

La Iglesia contó además con el arte para difundir de una manera eficaz y muy gráfica los horrores del Infierno y Purgatorio. El imaginario ígneo ya aparece en el medioevo, y es confirmado, posteriormente, por la estética barroca.

Se pintaron cuadros, se hicieron retablos y se fundaron capillas, sabiamente colocados por los muros de las iglesias. Estas imágenes encarnaban la realidad sobrenatural hacia la que se dirigían los rituales. Las representaciones pseudo teatrales, que en los mismos aparecían, eran el escenario para catequizar a los fieles sobre su destino final. En el Purgatorio las almas sufrientes encarnan claramente la caducidad de nuestra existencia y el esquema premio-castigo del comportamiento ético-cristiano. Aunque su iconografía se adorna de tintes infernales, en cuanto a lo conceptual, el Purgatorio llegó a ser la patria común de todos los difuntos, incluso de los elegidos, que permanecen en él un cierto tiempo.

La pastoral emanada de Trento encontraba en dicho lugar el punto de encuentro entre la Iglesia militante, purgante y triunfante, y se propone como nexo de unión, pudiendo ser redimidos los purgantes por los vivos que interceden ante la divinidad.

viernes, 29 de septiembre de 2023

MARÍA: PILAR DE NUESTRA FE

 

MARÍA: PILAR DE NUESTRA FE

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La fiesta de Nuestra Señora del Pilar es una de las devociones más antiguas y populares de las que se celebran en España e Hispanoamérica.

La Santísima Virgen es la primera y la más fiel discípula de Cristo, al adherirse total y responsablemente a la voluntad de Dios, acogiendo la Palabra y poniéndola en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio; porque recorrió su propio camino de fe y acompañó a su Hijo, Jesucristo, en su sacrificio de redención del mundo.

Tal y como se recoge en unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, la historia de la devoción a la Virgen del Pilar, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo.

En el año 40 después de Cristo, los Apóstoles habían empezado a cumplir la misión evangelizadora. Y nos dicen los documentos que el Apóstol Santiago, “pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro". El Apóstol fue viendo que aquella civilización era increíblemente dura. Era muy difícil hacer llegar a esas gentes las palabras del Evangelio, por lo que, Santiago comienza a desanimarse al ver que su esfuerzo no da frutos.

Fue en la noche del 2 de enero del año 40 el apóstol Santiago, que se encontraba descansando con sus discípulos junto al río Ebro, la Santísima Virgen María, en carne mortal, vino desde Jerusalén a Zaragoza para consolar y confortar al apóstol Santiago en su misión de predicar el Evangelio.

El Apóstol de repente "oyó voces de ángeles que cantaban “Ave, María, gratia plena” y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".

Desde entonces el santo nombre de María resuena bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar.

Este hecho queda narrado en los folios finales del códice «Moralia sive Expositio in Job» datado en 1297 conservado en el archivo de la Catedral-Basílica.

Desde esa bendita hora, María se ha hecho entre los cristianos pilar y templo de nuestra fe  en la que se asienta gran parte de la espiritualidad de todo un pueblo. María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

María es el paradigma de la santidad auténtica, representando el modelo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo, pues por su inmediación rinde culto al Padre Eterno. También supone el ejemplo del amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva. María es la muestra de aquel culto que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios y de este, un compromiso de vida.

Desapareció la Virgen y quedó el pilar. El apóstol Santiago y los ocho testigos, comenzaron a edificar una iglesia en aquel sitio. Pero antes que estuviese terminada, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresar a Judea.

Años más tarde, el Papa Clemente XII (siglo XVII) es consciente de esta profunda devoción e instaura el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar.

Y es el 12 de octubre de 1492 cuando Cristóbal Colón pone el primer pie en América y así queda patente que hay mundo más allá de Hispania. Por este motivo Nuestra Señora, la Virgen del Pilar es patrona de la hispanidad porque se puso bajo su manto la evangelización de las nuevas tierras.

La devoción del pueblo por la Virgen del Pilar es tan profunda entre los españoles y desde épocas tan remotas, que la Santa Sede permitió el establecimiento del Oficio e la fiesta del Pilar en el que se consigna la aparición de la Virgen del Pilar como "una antigua y piadosa creencia".

La Virgen del Pilar no está dormida ni callada, nos habla en lenguaje claro y clave moderna constituyendo un elemento importante de cohesión y de identidad en España y en el mundo católico. El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como símbolo de la firmeza de fe de los españoles. No olvidemos que la fe sin obras está muerta. Aspiremos a ‘la fe que actúa por la caridad’. Que la fe de los cristianos, a imagen de la fe de María, sea fecunda y operante. Que se haga solicitud hacia todos, especialmente hacia los más necesitados, marginados, minusválidos, enfermos y los que sufren en el cuerpo y en el alma.

María: Esa columna, sobre la que posa leve sus plantas tu pequeña imagen, sube hasta el cielo: puente, escala, guía de peregrinos. Cantan tus glorias las generaciones, todas te llaman bienaventurada, la roca firme, junto al Ebro enhiesta, gastan a besos. Abre tus brazos virginales, Madre, vuelve tus ojos misericordiosos, tiende tu manto, que nos acogemos bajo tu amparo.

 

sábado, 16 de septiembre de 2023

 

 

EL ROSARIO EN NUESTRAS CALLES

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Una de las devociones más extendidas de la “religiosidad popular” es la de Nuestra Señora del Santo Rosario.

Según cuenta la tradición, el origen del Santo Rosario se remonta al siglo XIII, concretamente al año 1208, momento en el que se apareció la Virgen María a Santo Domingo y le enseñó a rezarlo así como le insistió de la necesidad de llevar a cabo esta práctica contra las herejías del momento.

Aunque el proceso de creación de Cofradías y Hermandades para el rezo del Santo Rosario comienza en el siglo XV, al que dio gran impulso el apoyo prestado por san Pío V que atribuyó a la Virgen del Rosario el triunfo en Lepanto (1571) y el de Gregorio XIII que estableció su fiesta en el primer domingo de octubre; así mismo el llamamiento de Felipe IV a los obispos en1655 para que promocionaran esta práctica. Fue, sin embargo, Inocencio XI, quien impulsó esta práctica religiosa en toda la Iglesia.

He aquí algunas de las peculiaridades de este fenómeno de “religiosidad popular” que van más allá de una imagen devocional, una cofradía o una serie de manifestaciones populares. La devoción al Santo Rosario es el resultado que deriva de la práctica de una oración, vocal o mental, en la que el fiel contempla los misterios de la vida de Cristo a través de la figura de la Virgen María.

El Santo Rosario es una oración esencialmente contemplativa, cuya recitación exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezcan, en quien ora, la meditación de los misterios de la vida del Señor.

El Santo Rosario nos invita a contemplar pasajes --o misterios-- fundamentales de los Evangelios y de la vida de María, lo cual hace que nuestro modo de contemplar a Dios sea diferente a medida que avanzamos en el rezo del Santo Rosario.

Por ejemplo, no es lo mismo lo que sentimos cuando rezamos las Avemarías mientras contemplamos la Anunciación, a cuando contemplamos el Nacimiento del Señor, la Oración en el Huerto de los Olivos o a Jesús muerto en los brazos de su Madre. También interviene mucho nuestro estado anímico, pues no es igual rezar el Santo Rosario con la alegría de haber conseguido un buen puesto trabajo, a hacerlo desde la angustia de tener a un familiar gravemente enfermo. Todo eso es lo que hace del Santo Rosario un camino orante que cambia día a día.

No podemos dejar desapercibido su marcado carácter catequético y pedagógico, y su importantísima contribución a lo largo de tantos siglos a que el pueblo fiel, que por lo general era analfabeto y sin acceso a las Sagradas Escrituras, comprendiera de forma sencilla, y práctica, los principales misterios de la vida de Cristo y la Virgen.

Al subrayar sobre el valor y belleza del Santo Rosario se debemos evitar expresiones que rebajen otras formas de piedad también excelentes o no tengan en cuenta la existencia de otras devociones marianas, también aprobadas por la Iglesia, o que puedan crear un sentimiento de culpa en quien no lo recita habitualmente: El Santo Rosario es una oración excelente, pero el cristiano debe sentirse libre, atraído a rezarlo, en serena tranquilidad, por la intrínseca belleza del mismo.

Y es que, a medida que vamos tomando pericia y destreza en este rezo, notamos cómo va aunando y armonizando las dimensiones de nuestra persona --intelecto, corazón y corporalidad-- y las recoge en nuestro interior para focalizarlas en Dios. Por una parte, nos pide tener el intelecto atento en el misterio que estamos contemplando, así como en lo que le decimos a la Virgen María. Si no estamos atentos, el Santo Rosario pierde bastante de su sentido. Pero este “estar atentos” no significa que necesariamente debamos razonar el contenido de lo que estamos orando. Aunque no está contraindicado hacerlo, más que razonar, es mejor limitarnos contemplar. Por eso, en vez de meditar los misterios mientras hacemos un silencio reflexivo, lo hacemos mientras rezamos “avemarías”, porque el objetivo es contemplar los misterios con los ojos de María.

El Santo Rosario nace como oración vocal y mental que se concreta en un instrumento de cuentas, pero que pronto se hace estética palpable en las imágenes de la Virgen con esta advocación, en las Cofradías y Hermandades, pero sobre todo es un fenómeno específico de la “religiosidad popular” desde fines del siglo XVII con el uso de los “Rosarios” públicos o callejeros.

Será a partir del siglo XIX cuando el “Rosario público” o se limitara progresivamente a las procesiones de la aurora los días festivos y la devoción se irá centrando en la imagen de la Virgen de esta advocación a la que se rinde culto y se la procesiona acompañada de faroles, música y la gente comienza a salir a rezar el Santo Rosario en las primeras horas del día por las calles y plazas.

Las hermandades que salían a las calles a rezar o cantar el Santo Rosario en la madrugada antes del alba, se les empezó a conocer como de la “aurora” tanto a la institución, como al ritual e incluso a los cantos que entonaban, fuera cual fuere la advocación mariana bajo cuya protección se colocaban.

Este fenómeno del “Rosario” público tiene sus raíces en la plena Edad Media y en un ámbito mixto entre monjes cartujos y frailes dominicos principalmente, pero no se consolida y adquiere su conformación y primera expansión hasta la segunda mitad del siglo XV.

Parte indisociable de los “rosarios de la aurora” estaban los campanilleros o auroros cuya función era recordar que era llegada la misa y el Santo Rosario, y ello lo hacían con el repiqueteo de sus campanas y entonando trovos, muchos de ellos de tono satírico.

Es fundamental subrayar la unión inseparable del Santo Rosario con la Orden de Predicadores, que fue la encargada de consolidar su estructura y expandir por todo el mundo esta devoción. Y es precisamente esta Orden la abanderada del Santo Rosario, a quien debemos uno de los fenómenos socio-religiosos más importantes para la difusión del Santo Rosario por todo el mundo: la creación de Cofradías o Hermandades del Rosario.

Pero estas asociaciones de fieles no verían la luz plena hasta dos siglos más tarde de manos de dos frailes dominicos, Alano de la Roca (1428-1475), que sistematiza y populariza el rezo del Santo Rosario tal como lo conocemos hoy, y Jacobo Sprenger (1435-1495), que partiendo de las bases cimentadas por Alano de la Roca, funda la primera Cofradía del Rosario en Colonia, con la aprobación del papa Sixto IV en 1448.

Los “rosarios públicos” constituyen una de las expresiones más pujantes de la “religiosidad popular”. El fenómeno se inicia en las postrimerías del siglo XVII y alcanza su esplendor en el primer tercio de la centuria del setecientos con la fundación de nuevas hermandades y la reorientación de algunas antiguas.

Lo que convierte el “rosario público” en un acontecimiento original, a diferencia de los hitos anteriores, es la iniciativa popular, que crea una expresión nueva en el rezo y devoción del Rosario, consolidando el aspecto comunitario y abriendo la modalidad coral a un escenario eminentemente público: la calle, las plazas de la ciudad, de los pueblos, el ámbito vivencial de las gentes que, de esta manera, se sacralizaba al hacerse presente la “trascendencia” a través de la comitiva de devotos.

El “rosario público” o callejero es un fenómeno primordial y casi exclusivo español e hispanoamericano, que surge en el entorno del clima misional barroco de la segunda mitad del siglo XVII y se constituye como el más genuino exponente de la “religiosidad popular” española moderna.

El “rosario público”, uso tremendamente dinámico, convierte las calles y plazas en un auténtico templo cada día que sale al amanecer a la calle, como una misión permanente que lleva a Cristo y la Virgen María a las personas allí donde se encuentran, con la novedad de que es el propio pueblo quien los hace presentes con su oración y cantos.

Juan Pablo II sorprendía al mundo cuando, poco después de ser elegido, decía a los fieles en la plaza de San Pedro: “El Santo Rosario es mi oración predilecta” (29 de octubre de 1978). Y dando pruebas de su mentalidad, profundamente teológica, ponía en relación esta oración mariana con la orientación que el concilio Vaticano II había dado sobre la Virgen: “Se puede decir que el Santo Rosario es un comentario-oración sobre el capítulo final de la constitución “Lumen gentium”.

sábado, 1 de julio de 2023

Una mirada: La devoción de la Virgen del Carmen

 

Una mirada:

La devoción de la Virgen del Carmen

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de religiosidad Popular

 

 

La devoción a la Virgen del Carmen remonta sus orígenes al monte Carmelo, en Haifa al norte de Israel. Probablemente lo más relevante de esta devoción es aquello que nos narra sobre la existencia de los primeros monjes de vida eremítica inspirados por el profeta Elías. “El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los ‘Carmelitas’. En el monte Carmelo, en un lugar muy hermoso y sano, los eremitas latinos dedicaron un templo a nuestra Señora.

Los primeros monjes, después de vivir en Tierra Santa como eremitas, emigran Europa hacia el año 1274, pasando a ser una orden mendicante, puesto que su estilo de vida estaba motivado por la pobreza y la austeridad. Dentro de este estilo de vida mendicante uno de los apostolados que más ejercieron era la expansión de la devoción de Nuestra Señora del monte Carmelo. A medida que se expandían los primeros carmelitas, se iba expandiendo a la vez el fervor a la Santísima Virgen del monte Carmelo. El nombre con que eran conocidos y que reza en las constituciones de los carmelitas era “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del monte Carmelo”.

Más adelante estas constituciones hacen mención de sus orígenes, como la siguiente: Santa María llena con su presencia la vida de la Orden que tiene sus orígenes en el monte Carmelo, recibe su nombre de la capilla dedicada allí a nuestra Señora y ostenta como timbre de gloria del vivir”.

A lo largo de la historia de la Orden del Carmen, la devoción mariana de Nuestra Señora del monte Carmelo ocupa un lugar muy privilegiado dentro de la vida litúrgica, cultual y espiritual, gracias a los signos del escapulario y el privilegio sabatino, medios de evangelización y acercamiento a esta devoción dentro de la Iglesia. Estos signos van de la mano en la devoción a la Virgen del Carmen.

Al tratar de la devoción a la Virgen del Carmen no podemos olvidar su escapulario, signo que en la tradición de la Iglesia y del Carmelo ha tenido mucho significado. El escapulario es el signo de mayor devoción y que, por tanto, más ha calado en la vida de los fieles devotos de la Virgen del Carmen: El escapulario es un signo exterior de la relación especial, filial y confiada, que se establece entre la Virgen, Reina y Madre del Carmelo, y los devotos que se confían a Ella con total entrega y recurren con toda confianza a su intercesión maternal; recuerda la primacía de la vida espiritual y la necesidad de la oración. Este signo está ligado a la relación con la madre de Dios y es a su vez un símbolo de esperanza y confianza en las personas que lo llevan, pues para ellos es señal de protección, de patrocinio, de acercamiento a Dios.

Este signo es un símbolo de alianza que se da entre la Virgen y sus devotos. Si bien en la tradición de la Iglesia el escapulario – nos señala el directorio de piedad popular y la liturgia --es señal de exterior de la relación especial, filial y confiada, que se establece entre la Virgen, Reina y Madre del Carmelo, y los devotos que se confían a Ella con total entrega y recurren con toda confianza a su intercesión maternal; recuerda la primacía de la vida espiritual y la necesidad de la oración”.

Este signo está ligado a la relación con la madre de Dios y es a su vez un símbolo de esperanza y confianza en las personas que lo llevan, pues para ellos es señal de protección, de patrocinio, de acercamiento a Dios por medio de la compañía de su madre y compromete a las personas que lo portan a que se revistan de Cristo, así como lo recuerda el apóstol Pablo cuando le escribe a los romanos: “revestíos más bien del Señor Jesucristo”.

La confianza, hoy en día en la vida y existencia de tantas personas que lo portan sigue teniendo la misma vigencia que ha tenido a lo largo de la historia, como señal de amor y entrega de la Santísima Virgen a las personas que se acogen bajo su amparo. Bien dice Santa Teresa, “imitadla y considerad que tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien que ha detenerla por patrona”. Este signo alimenta una verdadera devoción mariana, ya que sus innumerables bienes espirituales que trae consigo a las personas sencillas que se acogen bajo su patrocinio, son un reflejo de una vida cristiana sensible a su presencia en todos los momentos de la vida. Por ello, la conciencia de que la devoción hacia Ella no puede limitarse a oraciones y obsequios en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un ‘hábito’, es decir una tesitura permanente de la propia conducta cristiana, entretejida de oración y de vida interior, mediante la frecuente práctica de los Sacramentos y el concreto ejercicio de las obras de misericordia espiritual y corporal.

El escapulario es por lo tanto un distintivo del cristiano que quiere seguir el proyecto del Reino de Dios, acogiendo sus exigencias en las prácticas de una vida que se experimenta llena de las bondades de su Hijo Jesucristo y su Madre la Reina del Carmelo.

La Virgen, como buena madre que cuida de sus hijos, los acompaña en todos los momentos de sus vidas, en especial en sus dificultades intercediendo ante su Hijo Jesucristo. Pero hay que tener claro que esta tradición tan arraigada en los pueblos donde se profesa la devoción a la Virgen del Carmen, nos lleva a profundizar los contenidos innatos dentro la devoción popular. Estos contenidos llevan a los signos a tener un peso espiritual y teológico que permiten asimilar su acción de intercesión ante la Virgen María, que conduce a las personas que le claman hacia su hijo Jesús, así como lo hizo en las Bodas de Caná de Galilea. De esta misma manera, a través de estos privilegios o regalos, la Virgen María sigue intercediendo ante su Hijo por las necesidades de las personas que se acogen bajo su amparo.

El privilegio sabatino está íntimamente ligado al escapulario del Carmen, por el cual la Virgen promete a sus seguidores que el sábado después de su muerte, los sacará del purgatorio sí allí fueren.

Según la tradición de la Iglesia, este privilegio lo concedió Juan XXII por medio de una visión que tuvo, en la cual la Virgen le prometió la pronta liberación del purgatorio a los que guardaran castidad. Sobre este episodio de la visión del Papa Juan XXII se ha especulado mucho. Lo que interesa en este caso es que “desde Alejandro V (1409), han hablado repetidas veces de manera positiva. En 1613 se promulgó un decreto por el que se permitía la predicación de la especial asistencia de la Virgen a sus devotos en el purgatorio, particularmente el sábado” Desde esta fecha hasta nuestros días se habla de este privilegio de salvación que entre los devotos de la Virgen del Carmen tiene mucho significado: “entonces tenemos el sábado por ejemplo en nuestra liturgia ahí aparece el pedir por todos los peregrinos porque es una responsabilidad de nosotras grandísima.

Este privilegio está ligado con la salvación de las personas y la esperanza de la gente que se acerca a Ella esperando ser librada de todo mal y peligro, en concreto en el paso de esta vida mortal a la eterna. Aunque se debe clarificar que este tema del purgatorio es un tema que versó en la popularidad de la gente antes del concilio Vaticano II, “el pueblo sigue creyendo lo que hasta antes del Vaticano II se predicaba, de que ella libra de las penas del purgatorio el sábado siguiente a la muerte, a los que pertenecen a la cofradía del Carmen y lleven consigo el escapulario

Pero lo más importante de esta promesa, que aun está viva en la memoria de las personas que se acogen bajo su protección, es la confianza en que María es corredentora en la obra de salvación; por eso la invocamos y le decimos según las palabras de la encíclica “Spe Salvi”: “Santa María madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brillas obre nosotros y guíanos en nuestro camino”.