lunes, 3 de julio de 2017

FIESTAS PATRONALES: GRANDEZA DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR



FIESTAS PATRONALES:
GRANDEZA DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR


Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular


El verano, ese maravilloso tiempo esperado por todos, nos acerca a las vacaciones, el mar o la montaña, los amigos, los parientes y especialmente a las fiestas patronales de nuestros pueblos y barrios.
A lo largo de los meses de julio, agosto y septiembre la mayoría de nuestros pueblos celebran sus fiestas patronales. Es curioso constatar la cantidad de parroquias de nuestra diócesis tienen como titular a la Santísima Virgen en una variada y rica gama de advocaciones.
En las fiestas patronales, la depresión y la tristeza, la rutina y la cotidianidad ceden su espacio a la alegría y la exuberancia, la translocación del orden existente, a la locura y lo carnavalesco, a la excitación sensorial, es tiempo de comer y beber abundantemente.
Vemos así que la fiesta, en el orden antropológico, es un elemento importante de la vida de una comunidad. Un pueblo que las celebra tiene capacidad de asimilar los acontecimientos y avanzar confiadamente hacia el futuro. Un grupo humano que ha perdido la fuerza de sus rituales carece de pasado, presente y futuro, ha perdido su contexto y su referencia. Celebrar las fiestas requiere recuerdos comunes, esperanzas colectivas, vitalidad, integración, colectividad, participación; es época de alegría, de paz, de bienestar unido al ajetreo propio de la fiesta. Si a un pueblo le quitáramos sus celebraciones, lo acabaríamos, se consumiría en un presente sin esperanzas, perdería su identidad.
No cabe duda de que la mayoría de las fiestas populares tienen su origen y arraigo en las celebraciones religiosas. Estas, juntamente con la literatura, la pintura, la escultura y la música, sin olvidar la arquitectura – lo que llamaríamos nuestro patrimonio – han hecho posible la existencia de una cultura, nuestra cultura, que es innegablemente cristiana, y que ha llegado hasta nuestros días con todos los matices lingüísticos, geográficos e históricos que se quieran aportar. Y todo ello, ¿por qué? Porque en el momento que los pueblos entraron en contacto con el cristianismo, tomaron conciencia del significado, de la verdad, que hay detrás de cada conmemoración. Se refiera ésta a Dios, a Jesucristo en sus diversos misterios, a la Virgen o a los santos.
La cultura es algo dinámico, que un pueblo recrea permanentemente, y cada generación le transmite a la siguiente un sistema de actitudes ante las distintas situaciones existenciales, que ésta debe reformular frente a sus propios desafíos. El ser humano “es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece”. Cuando en un pueblo se ha inculturado el Evangelio, en su proceso de transmisión cultural también transmite la fe de maneras siempre nuevas; de aquí la importancia de la evangelización entendida como inculturación. Cada porción del Pueblo de Dios, al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio, da testimonio de la fe recibida y la enriquece con nuevas expresiones que son elocuentes. Puede decirse que “el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo”. Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, donde el Espíritu Santo es el agente principal.
En la “religiosidad popular” puede percibirse el modo en que la fe recibida se encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. En algún tiempo mirada con desconfianza, ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio. Fue Pablo VI en su Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” quien dio un impulso decisivo en ese sentido. Allí explica que la “religiosidad popular” refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer y que hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Más cerca de nuestros días, Benedicto XVI, señaló que se trata de un “precioso tesoro de la Iglesia católica” y que en ella “aparece el alma de los pueblos”.
Ciertamente, la “religiosidad popular” de la que se ocupa el Vaticano II y otros muchos documentos eclesiales, “es el modo peculiar que tiene el pueblo, es decir, la gente sencilla, de vivir y expresar su relación con Dios, con la Santísima Virgen y con los santos”, tal como lo expresó la Comisión Episcopal de Liturgia en “Evangelización y renovación de la piedad Popular”, (1987). Es obvio que todas las manifestaciones de la “religiosidad popular” tienen unos elementos en común, que siempre se repiten y que se han viniendo transmitiendo a lo largo de los siglos hasta nuestros días.
¿Cómo podemos renovar nuestras fiestas patronales?
Presentamos unas líneas de acción:
Hemos de subrayar que lo que se expresa por fuera ha de estar en consonancia con lo que se vive por dentro. No es puro altruismo y, mucho menos, un cumplir la tradición. Celebrar popularmente la vida cristiana (a la Virgen o a los Santos Patronos) implica echar una mirada a sus vidas. No podemos llevarlos sobre nuestros hombros su imagen y olvidar u obviar su mensaje cristiano. Eso sería puro sincretismo.
Además de identidad cultural, que lo puede ser, la “religiosidad popular” está llamada a ser cauce de un encuentro personal con Dios, con Cristo, en el Espíritu, con María o con aquellas figuras eclesiales que celebramos, dado que la “religiosidad popular” es, entre otras cosas, consecuencia de la experiencia íntima y luego expresiva de la fe católica.
La “religiosidad popular” nunca puede establecer un paralelismo entre fe exteriorizada y liturgia. La expresión más rica y mejor formada de la “religiosidad popular” es precisamente cuando se enriquece y se nutre de la Eucaristía y del resto de los sacramentos. El nivel de autenticidad de la  "religiosidad popular” viene delimitada (entre otros muchos) por tres aspectos: Crecimiento en la fe personal, comunión con la Iglesia universal y testimonio vivo ante un mundo descreído.
La “religiosidad popular” ha de llevar necesariamente a una conversión personal y comunitaria. De nada sirve celebrar externamente una fiesta patronal si, a continuación, muchos de los actos que acontecen en esas fiestas patronales van en dirección contraria a lo que decimos profesar: Blasfemias, suciedad, zafiedad, falta de respeto u olvido de la dignidad humana.
La “religiosidad popular” no se sostiene en sí misma. Es fruto del legado cristiano de muchos siglos. Es más; sin el sustrato cristiano muchas de sus expresiones se pueden convertir en fenómenos culturales, identitarios pero perdiendo su esencia: Camino que conduce a Dios
La “religiosidad popular” es patrimonio de toda la comunidad cristiana a la que, desde distintas sensibilidades, se unen otros hermanos que --por la belleza, la música, la tradición, la costumbre, etc -- pueden reencontrarse con la fe. Porque tiene luz propia es importante que nadie (especialmente los ámbitos políticos u otros grupos ideológicos incluso a nivel eclesial) capitalicen o hipotequen su futuro.
Porque la “religiosidad popular” ha modelado y lo sigue haciendo el perfil cultural y religioso de nuestros pueblos y comunidades es necesario cuidarla desde tres dimensiones: La formación (saber por qué se celebra), la liturgia (saber para qué se celebra) y la caritativa (saber a qué nos compromete).Y aquí no todo vale. Hoy, desde la “nueva evangelización” a la que nos convocan los últimos documentos papales, puede contribuir positivamente siempre y cuando preservemos en ella el aspecto religioso y sepamos quitar de ella todo aquello que la hace estéril, superficial, folclórica o incluso --a veces-- ideológica.
La Iglesia, como “madre y maestra”, siempre ha tenido buen cuidado en rectificar y en purificar, si ha sido preciso, el genuino sentido religioso que debe impregnar la “religiosidad popular” y, en consecuencia, las celebraciones y fiestas religiosas. Por supuesto que la Iglesia ha apreciado y valorado la vertiente lúdica y de descanso que conllevan las fiestas de nuestros pueblos; pero, como es lógico, lo que busca es que esas manifestaciones del pueblo cristiano hagan progresar a los creyentes en el conocimiento y en el amor a Dios y al prójimo. A todos se nos alcanza que la “religiosidad popular”, y en concreto las fiestas que se celebran en torno a ella, es susceptible de logros humanos y evangelizadores, pero también de riesgos y tergiversaciones.

miércoles, 28 de junio de 2017

La Virgen del Carmen, síntesis máxima de la devoción popular



La Virgen del Carmen, síntesis máxima de la devoción popular


Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular



La devoción a la Virgen del Carmen remonta sus orígenes al monte Carmelo, en Haifa al norte de Israel. Probablemente lo más relevante de esta devoción es aquello que se nos narra sobre la existencia de los primeros monjes de vida eremítica inspirados por el profeta Elías. El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los “carmelitas”.
En el monte Carmelo —cuentan las crónicas-- erigieron una capilla en honor a Nuestra Señora. Sobre la montaña a mano izquierda, en un lugar muy hermoso y sano, los eremitas latinos construyeron un eremitorio: ellos se llamaban hermanos del Carmelo y tenían allí una Iglesia dedicada a nuestra Señora; alrededor se encuentran fuentes milagrosas y bellas flores perfumadas (Historia del Carmelo Teresiano, 42)
Más adelante aparece en el año 1282 la idea de que la Orden fuera fundada en honor a la Virgen María, tomando el nombre de hermanos de la gloriosa Virgen María.
La dedicación de una capilla a Nuestra Señora tiene su importancia como una orden que nace a los pies de la Virgen María, resaltando su matiz mariano como una comunidad con una orientación religiosa definida. Los primeros monjes, después de vivir en Tierra Santa como eremitas, emigraron a Europa hacia el año 1274, pasando a ser una Orden Mendicante puesto que su estilo de vida estaba motivado por la pobreza y la austeridad. Dentro de este estilo de vida mendicante uno de los apostolados que más ejercieron era la expansión de la devoción de Nuestra Señora del monte Carmelo. Por ello, los primeros años de expansión por Europa testimonian también la formación y crecimiento de su devoción a la santísima Virgen.
A medida que se expandían los primeros carmelitas, se iba extendiendo a la vez el fervor a la Santísima Virgen del monte Carmelo. El nombre con que eran conocidos y que reza en las constituciones de los carmelitas era “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del monte Carmelo”. A lo largo de la historia de la Orden del Carmen, la devoción mariana de Nuestra Señora del Monte Carmelo ocupa un lugar muy privilegiado dentro de la vida litúrgica, cultual y espiritual, gracias a los signos del escapulario y el privilegio sabatino, medios de evangelización y acercamiento a esta devoción dentro de la Iglesia. Estos signos van de la mano en la devoción a la Virgen del Carmen.
“El escapulario es un signo exterior de la relación especial, filial y confiada, que se establece entre la Virgen, Reina y Madre del Carmelo, y los devotos que se confían a Ella con total entrega y recurren con toda confianza a su intercesión maternal; recuerda la primacía de la vida espiritual y la necesidad de la oración (Directorio de Religiosidad Popular y Liturgia, 205)
El signo del escapulario está ligado a la relación con la madre de Dios y es a su vez un símbolo de esperanza y confianza en las personas que lo llevan, pues para ellos es señal de protección, de patrocinio, de acercamiento a Dios por medio de la compañía de su madre y compromete a las personas que lo llevan a que se revistan de Cristo, como nos lo recuerda el apóstol Pablo cuando le escribe a los romanos: “Revestíos más bien del Señor Jesucristo” (Rm 13,14).
La entrada de los carmelitas a Europa no fue fácil, por lo que el general de la Orden del Carmen de aquel tiempo, Simón Stock, pedía incesantemente a la Virgen una señal de defensa contra los momentos difíciles por los que estaba atravesando la Orden. Por ello, el 16 de julio de 1251 la Virgen le entregó el escapulario como coraza y signo de protección frente a estos momentos adversos por los que estaban pasando.
Así se describe el hecho en un antiguo Catálogo de Santos de la Orden del siglo XIV: “Se le apareció la Bienaventurada Virgen, acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el Escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: Éste será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriese con él, no padecerá el fuego del infierno”.
El escapulario del Carmen es un signo que muchos creyentes llevan con gran devoción, ya que ellos creen en su eficacia, especialmente en el tránsito de este caminar hacia la Pascua Eterna o en los momentos de dificultad. A partir de esta religiosidad popular, de su vigencia y la capacidad de ser aclarada, enriquecida y actualizada, es con la que debemos mirar el escapulario.
Por tanto esta insignia del escapulario es para las personas creyentes un símbolo de alianza que se da entre la Virgen María, Madre de Dios y de los hombres y los fieles devotos que se revisten con el hábito de la Virgen, su escapulario. Si bien en la tradición de la Iglesia el escapulario es señal de confianza, hoy en día en la vida y existencia de tantas personas que lo llevan sigue teniendo la misma vigencia que ha tenido a lo largo de la historia, como señal de amor y entrega de la Santísima Virgen a las personas que se acogen bajo su amparo. Dice santa Teresa de Jesús, “imitadla y considerad que tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien que ha de tenerla por patrona. (Moradas, 1,3).Este signo alimenta una verdadera devoción mariana, ya que sus innumerables bienes espirituales que trae consigo a las personas sencillas que se acogen bajo su patrocinio, son un reflejo de una vida cristiana sensible a su presencia en todos los momentos de la vida. Por ello, la devoción hacia Ella no puede limitarse a oraciones y obsequios en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un ‘hábito’, es decir una tesitura permanente de la propia conducta cristiana, entretejida de oración y de vida interior, mediante la frecuente práctica de los Sacramentos y el concreto ejercicio de las obras de misericordia espiritual y corporal.
El escapulario es por lo tanto un distintivo del cristiano que quiere seguir el proyecto del Reino de Dios, acogiendo sus exigencias en las prácticas de una vida que se experimenta llena de las bondades de Jesucristo y su Madre la Reina del Carmelo. Parecería ilógico hablar de la devoción que el pueblo sencillo le profesa a la Virgen del Carmen sin hacer mención a los favores que concede a sus hijos bajo los signos del escapulario y del privilegio sabatino. La Virgen, como buena madre que cuida de sus hijos, los acompaña en todos los momentos de sus vidas, en especial en sus dificultades intercediendo ante Su Hijo Jesucristo. Pero hay que tener claro que esta tradición tan arraigada en los pueblos donde se profesa la devoción a la Virgen del Carmen, no se ha de profundizar en su historicidad que, aunque es importante, lo son más sus contenidos innatos dentro la devoción popular. Estos contenidos llevan a los signos a tener un peso espiritual y teológico que permiten asimilar su acción de intercesión ante la Virgen María, que conduce a las personas que le claman hacia su hijo Jesucristo, como lo hizo en las Bodas de Caná de Galilea, cuando intercedió ante el novio que se le había acabado el vino: “Le dice su madre a Jesús: No tienen vino. Jesús le responde: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Dice su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga” (Jn 11,3).
Pero lo más importante de esta promesa sabatina, que está viva en la memoria de las personas que se acogen bajo su protección, es la confianza de que María es corredentora en la obra de salvación; por eso la invocamos y le decimos según las palabras de la encíclica “Spe Salvi: “Santa María madre de Dios, Madre nuestra. Enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”. (Sv,95).
Esta devoción y propagación de Nuestra Señora, bajo las diferentes advocaciones, se debe a las diferentes comunidades u órdenes religiosas, que bajo su patrocinio van alimentando la fe y la devoción en la Virgen María. En este sentido, las imágenes de la Virgen reflejan de forma sublimada el amor de madre, muy arraigado en nuestro pueblo.
Al hablar de María en el horizonte de la fe de nuestro pueblo no se puede olvidar que Ella ha sido y sigue siendo el sustento de la fe en muchas de las poblaciones. En estas venera a María dado que se ve en Ella la figura de la madre, la mujer del pueblo, sencilla que conoce y acompaña el camino hacia Dios a través de los diferentes signos religiosos que se van gestando en la cultura de cada región. Por lo tanto, la religiosidad popular mariana sigue jugando un papel fundamental dentro de la reflexión popular del pueblo que clama en María las raíces propias de una liberación, de una conversión permanente que permee la vida cristiana, para que estos signos de confianza en Ella sigan teniendo validez en el trascurso de la vida diaria, muy en especial en la expresión de la religiosidad popular.
La religiosidad popular permite asomarse a los trasfondos históricos y religiosos de los pueblos; por tanto, allí se capta esa fe innata, pura que las personas manifiestan a través de diversos ritos y cantos,
Si quisiéramos adentrarnos en la significación semántica de la religiosidad popular, la respuesta la encontraríamos en el documento de Puebla al referirse a ésta como aquellas manifestaciones hondas y profundas de los creyentes, que expresan esa filiación a Dios de manera sencilla: Su religiosidad está arraigada en la vida: En el camino inexorable que debe recorrer el hombre desde su nacimiento hasta su muerte.
Podemos decir entonces que la religiosidad popular se caracteriza por sus expresiones de fe en medio de un pueblo sencillo, pero que no se queda allí, sino que es capaz de permear todas las clases sociales y económicas de la sociedad. Esta religiosidad manifiesta su piedad de una manera muy rústica, además de que impregna de manera arrolladora la vida eclesial y personal de las personas que se acercan a los templos donde se gestan estas devociones, por medio de peregrinaciones, pidiendo un favor o en acción de gracias por un favor recibido.
Se hace entonces evidente que el hombre es un ser religioso por naturaleza; él se pone en escena frente a Dios, pero ahora a través de lo sagrado. Incluir completamente a Dios en la esfera del conocimiento humano es eliminar su divinidad, de ahí que muchos creyentes sepan cómo hablar a Dios, pero no como hablar de y sobre Dios. Es decir, que la esfera de lo religioso lleva al hombre a llenar de sentido de aquello que sale a su encuentro: Lo sagrado permea toda la vida, guía su historia, la naturaleza se constituye en una naturaleza.
En cuanto a la religiosidad popular mariana se debe tener en cuenta que ha sido desde sus orígenes uno de los medios de evangelización y mecanismo en busca de la salvación y de la protección de la Virgen María.
La religiosidad popular mariana lo que pretende es un acercamiento a lo absoluto, en donde las personas desean encontrarse con Dios, reconociendo que Él puede ayudar o remediar sus dificultades y lo hacen por medio de la intercesión de su Madre.
Desde que Jesús, desde lo alto de la cruz, poco antes de morir, pronunció aquellas palabras sobre su Madre, el pueblo humilde nunca más se separó de la Virgen. La lleva consigo, dentro de su corazón, dentro de su casa, donde quiera que vaya. Jesús lo mandó. Fue su última voluntad. Por este motivo, ellos buscan en la Virgen María un alivio a las dificultades a las que se ve abocado el hombre en su diario vivir, en las situaciones límites y frágiles de la vida o cuando están atravesando momentos de dolor, de enfermedad, ante un fracaso económico, personal o familiar, cuando están en desempleados o con problemas familiares, acuden a la madre, pues sienten la confianza de que Ella los fortalecerá y los amparará en estos momentos.
La fe que profesan tantos y tantos pueblos a la Virgen del Carmen es porque se han sentido amparados por la acción y protección de la Virgen y por la evangelización de los carmelitas.

viernes, 19 de mayo de 2017

LA EUCARISTIA, CENTRO DE LA RELIGIOSIDAD POPULAR


Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular


La renovación litúrgica del concilio Vaticano II acentuó la dimensión celebrativa y festiva de la fe cristina, centrada en el misterio pascual de Cristo Salvador, en particular en la Eucaristía. A partir de esta renovación crecen las manifestaciones de la religiosidad popular, especialmente la piedad eucarística.
El culto al Santísimo Sacramento constituye uno de los pilares de la espiritualidad popular. La Eucaristía no ocupa un lugar concreto en la historia de la salvación, sino que la ocupa toda ella, de tal manera que está presente en el Antiguo Testamento como figura; está presente en el Nuevo Testamento como acontecimiento y está presente en el tiempo de la Iglesia, en el que vivimos nosotros, como sacramento. La figura anticipa y prepara el acontecimiento, el sacramento prolonga y actualiza el acontecimiento. Por tanto, en el mismo corazón de la Iglesia se encuentra el Santísimo Sacramento, que la alienta y vivifica.
A la luz de la naturaleza y las características propias del culto cristiano, es evidente, ante todo, que los ejercicios de piedad deben ser conformes con la sana doctrina y con las leyes y normas de la Iglesia; además deben estar en armonía con la Sagrada Liturgia, y tener en cuenta, en la medida de la posible, los tiempos del año litúrgico y favoreciendo una participación consciente y activa en la oración común de la Iglesia.
Los ejercicios de piedad pertenecen a la esfera del culto cristiano. Por esto, la Iglesia siempre ha sentido la necesidad de prestarles atención, para que a través de los mismos, Dios sea glorificado dignamente y el hombre obtenga provecho espiritual e impulso para llevar una vida cristiana coherente.
La Liturgia, por naturaleza, es superior, con mucho, a los ejercicios de piedad, por lo cual en la praxis pastoral hay que dar a la Liturgia el lugar preeminente que le corresponde respecto a los ejercicios de piedad; Liturgia y ejercicios de piedad deben coexistir respetando la jerarquía de valores y la naturaleza específica de ambas expresiones cultuales.
Una consideración atenta de estos principios debe llevar a un verdadero empeño para armonizar, en la medida de lo posible, los ejercicios de piedad con los ritmos y las exigencias de la Liturgia; esto es, sin fusionar o confundir las dos formas de piedad; para evitar, consiguientemente, la confusión y la mezcla híbrida de Liturgia y ejercicios de piedad.
No debemos contraponer la Liturgia a los ejercicios de piedad o, ir contra el sentir de la Iglesia, eliminándolos, produciendo un vacío que con frecuencia no se ve colmado, en perjuicio del pueblo fiel de los ejercicios de piedad.
En los ejercicios de piedad se debe acentuar el espíritu bíblico y la inspiración litúrgica, y también debe encontrarse en su expresión el aspecto ecuménico.
Se debe mostrar en ellos el núcleo esencial, descubierto a través del estudio histórico y hacer que reflejen aspectos de la espiritualidad de nuestros días, teniendo en cuenta las conclusiones ya adquiridas por una sana antropología, respetando la cultura y el estilo de expresión del pueblo al que se dirigen, sin perder los elementos tradicionales arraigados en las costumbres populares
Las expresiones eucarísticas de la piedad popular son: Adoración el Jueves Santo (“Monumento”); visita diaria a Jesús Sacramentado (“Quince minutos en compañía de Jesús”), novena al Santísimo Sacramento, octavario breve al Santísimo Sacramento, Jueves eucarísticos, Jueves Santo (hora santa por las vocaciones sacerdotales), Adoración Nocturna, Jubileo eucarístico o Cuarenta horas, y Adoración perpetua o Adoración continua, entre otras.
Centremos nuestra atención en algunas de estas expresiones eucarísticas de la piedad popular.
Jueves Santo: La visita al lugar de la reserva del Santísimo Sacramento. La piedad popular es especialmente sensible a la adoración del Santísimo Sacramento, que sigue a la celebración de la misa en la cena del Señor. A causa de un proceso histórico, que todavía no está del todo claro en algunas de sus fases, el lugar de la reserva se ha considerado como “santo sepulcro". Los fieles acudían para venerar a Jesús que después del descendimiento de la Cruz fue sepultado en la tumba, donde permaneció unas cuarenta horas. Es preciso iluminar a los fieles sobre el sentido de la reserva: Realizada con austera solemnidad y ordenada esencialmente a la conservación del Cuerpo del Señor, para la comunión de los fieles en la celebración litúrgica del Viernes Santo y para el Viático de los enfermos, es una invitación a la adoración, silenciosa y prolongada, del sacramento admirable, instituido en este día.
Por lo tanto, para el lugar de la reserva hay que evitar el término "sepulcro" ("monumento"), y en su disposición no se le debe dar la forma de una sepultura; el sagrario no puede tener la forma de un sepulcro o urna funeraria: El Sacramento hay que conservarlo en un sagrario cerrado, sin hacer la exposición con la custodia. Después de la media noche del Jueves Santo, la adoración se realiza sin solemnidad, pues ya ha comenzado el día de la Pasión del Señor
La solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor: El jueves o domingo siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor. La fiesta, extendida en 1269 por el Papa Urbano IV a toda la Iglesia latina, por una parte constituyó una respuesta de fe y de culto a doctrinas heréticas acerca del misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía; por otra parte fue la culminación de un movimiento de ardiente devoción hacia el augusto Sacramento del Altar. La piedad popular favoreció el proceso que instituyó la fiesta del Corpus Christi, con su consiguiente procesión por las calles del Santísimo en la custodia o expositor, a su vez, esta fue causa y motivo de la aparición de nuevas formas de piedad eucarística en el pueblo de Dios.
Durante siglos, la celebración del Corpus Christi fue el principal punto de confluencia de la piedad popular a la Eucaristía. En los siglos XVI-XVII, la fe, reavivada por la necesidad de responder a las negaciones del movimiento protestante, y la cultura  –arte, literatura, folclore –han contribuido a dar vida a muchas y significativas expresiones de la piedad popular para con el misterio de la Eucaristía.
La procesión de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo es, por así decir, la "forma tipo" de las procesiones eucarísticas. Prolonga la celebración de la Eucaristía: inmediatamente después de la Misa, el pan que ha sido consagrado en dicha misa se conduce fuera de la iglesia para que el pueblo cristiano dé un testimonio público de fe y de veneración al Santísimo Sacramento.
Los fieles comprenden y aman los valores que contiene la procesión del Corpus Christi: Se sienten "pueblo de Dios" que camina con su Señor, proclamando la fe en Él, que se ha hecho verdaderamente el "Dios con nosotros". Con todo, es necesario que en las procesiones eucarísticas se observen las normas que regulan su desarrollo, en particular las que garantizan la dignidad y la reverencia debidas al santísimo Sacramento; y también es necesario que los elementos típicos de la piedad popular, como el adorno de las calles y de las ventanas, la ofrenda de flores, los altares en los diversos ángulos de las calles donde se colocará el Santísimo en las estaciones del recorrido, los cantos y las oraciones muevan a todos a manifestar su fe en Cristo, atendiendo únicamente a la alabanza del Señor, y ajenos a toda forma de emulación.
Las procesiones eucarísticas concluyen, normalmente, con la bendición del Santísimo Sacramento. En el caso concreto de la procesión del Corpus Christi, la bendición constituye la conclusión solemne de toda la celebración: En lugar de la bendición sacerdotal acostumbrada, se imparte la bendición con el Santísimo Sacramento.
Es importante que los fieles comprendan que la bendición con el Santísimo Sacramento no es una forma de piedad eucarística aislada, sino el momento conclusivo de un encuentro cultual suficientemente amplio. Por eso, la normativa litúrgica prohíbe la exposición realizada únicamente para impartir la bendición.
La adoración eucarística: La adoración del Santísimo Sacramento es una expresión particularmente extendida del culto a la Eucaristía, al cual la Iglesia exhorta a los sacerdotes y fieles. Su forma primigenia se puede remontar a la adoración que el Jueves Santo sigue a la celebración de la misa en la Cena del Señor y a la reserva de las sagradas especies. Esta resulta muy significativa del vínculo que existe entre la celebración del memorial del sacrificio del Señor y su presencia permanente en las especies consagradas.
La reserva de las especies sagradas, motivada sobre todo por la necesidad de poder disponer de las mismas en cualquier momento, para administrar el Viático a los enfermos, hizo nacer en los fieles la loable costumbre de recogerse en oración ante el sagrario, para adorar a Cristo presente en el Sacramento. De hecho, la fe en la presencia real del Señor conduce de un modo natural a la manifestación externa y pública de esta misma fe. La piedad que mueve a los fieles a postrarse ante la santa Eucaristía, les atrae para participar de una manera más profunda en el misterio pascual y a responder con gratitud al don de aquel que mediante su humanidad infunde incesantemente la vida divina en los miembros de su Cuerpo.
Al detenerse junto a Cristo Señor, disfrutan su íntima familiaridad, y ante Él abren su corazón rogando por ellos y por sus seres queridos y rezan por la paz y la salvación del mundo. Al ofrecer toda su vida con Cristo al Padre en el Espíritu Santo, alcanzan de este maravilloso intercambio un aumento de fe, de esperanza y de caridad. De esta manera cultivan las disposiciones adecuadas para celebrar, con la devoción que es conveniente, el memorial del Señor y recibir frecuentemente el Pan que nos ha dado el Padre.
La adoración del Santísimo Sacramento, en la que confluyen formas litúrgicas y expresiones de piedad popular entre las que no es fácil establecer claramente los límites, puede realizarse de diversas maneras: La simple visita al Santísimo Sacramento reservado en el sagrario: Breve encuentro con Cristo, motivado por la fe en su presencia y caracterizado por la oración silenciosa en el Sagrario o expuesto en la custodia o en la píxide, de forma prolongada o breve, o bien en la denominada Adoración Perpetua o la de las Cuarenta Horas, que comprometen a toda una comunidad religiosa, a una asociación eucarística o a una comunidad parroquial, y dan ocasión a numerosas expresiones de piedad eucarística.
Todos estos actos de piedad popular, tan arraigados en la vida de nuestro pueblo cristiano, hacen que sean espacio para que Cristo se haga presente, y desde ellos debemos evangelizar esta experiencia de fe que nos resulta “próxima”.

EL SACERDOTE, LLAMADO A LA SANTIDAD




EL SACERDOTE, LLAMADO A LA SANTIDAD

Por Antonio DIAZ TORTAJADA


El sacerdote secular está llamado, por el bautismo, y su ordenación a ser hijo y templo de Dios, dándonos la posibilidad real de vivir inmersos en el mismo Dios y de comunicarnos abiertamente con él. Por eso, vivir la vida de la gracia de forma permanente está al alcance de todos los cristianos, y ese modo de ser y de vivir es precisamente el modo contemplativo de vivir.
La mayoría de la gente cree que esta forma de vida sacerdotal está reservado sólo a los místicos. Sin embargo, el encuentro personal con el Dios vivo es el centro y el núcleo de toda vida cristiana y, por lo tanto, es una gracia que Dios pone al alcance de todos los bautizados para que puedan entrar en la experiencia que nos descubre el auténtico rostro de Dios, y descubran cómo vivir en comunión con él.
En el fondo, la vida sacerdotal consiste en vivir el encuentro humano con Dios de manera consciente y personal, lo que hace que el sacerdote supere la vivencia rutinaria de la fe y descubra en sí mismo un ser distinto, una nueva dignidad, que le permite ser lo que realmente es, aquello a lo que Dios le llama a ser desde la creación, tal como dice san Pablo: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia”.
Nuestra vida contemplativa no es incompatible con el hecho de vivir como sacerdotes en el mundo. Dios también vive en el mundo. Y precisamente en medio del mundo, entre los hombres, asi el sacerdote se convierte en testigo vivo del Dios escondido.
Por eso, el Señor no le dice al sacerdote secular que se retire del mundo, sino que se guarde del maligno. Lo cual no significa que tenga que diluirse en el mundo; porque si el sacerdote pertenece a Dios, no puede pertenecer al mismo tiempo al mundo, puesto que no puede servir a la vez a dos señores. Tiene que desarrollar y mantener una opción radical a favor de Dios, aunque esté inmerso en las realidades del mundo, que amenazan con dividirlo. Y para lograrlo, tendrá que aceptar la contradicción, la incomprensión y el rechazo que comporta ineludiblemente la ruptura con el mundo, tal como nos avisa el mismo Jesús.
El sacerdote secular, es decir, aquel al que Dios llama a vivir unido a él en medio del mundo, ha de guardarse del mundo, sin cortar con él; insertarse en el mundo, sin diluirse en él. Ha de buscar el delicado equilibrio que consiste en compaginar la presencia en el mundo y una cierta desvinculación del mismo, siguiendo el ejemplo de Jesús en Nazaret. Es un difícil equilibrio que se manifiesta en una forma de vida peculiar, y que hace que el sacerdote esté siempre próximo, permaneciendo distante; solidario, queriendo estar solitario; presente a los demás, pero inquieto únicamente por Dios. Para lograrlo, debe tener el convencimiento de que lo fundamental no es la mera soledad exterior, sino la búsqueda apasionada de Dios; porque el aislamiento por sí mismo no garantiza el encuentro con Dios. Y para que toda su vida esté centrada en la búsqueda de Dios, tendrá que salvaguardar, a cualquier precio, adaptándolo a la vida en el mundo, el silencio, la oración, la lectio divina, la soledad, etc.
Para poder vivir como sacerdote secular en medio del mundo es necesario construir una espiritualidad específica, que se apoye en los siguientes medios fundamentales: Disponer del tiempo y el modo necesarios para la oración contemplativa. Buscar frecuentemente espacios amplios de tiempo para hacer retiros espirituales. Vivir las realidades del mundo de forma radicalmente evangélica. Encontrar el propio ritmo de la fidelidad a Dios permaneciendo en el mundo. Ordenar el tiempo y las diferentes tareas seculares con criterio evangélico para que no obstaculicen el desarrollo de la vida interior. Regular adecuadamente el descanso. Rehusar en lo posible todo lo que dispersa, como visitas innecesarias, televisión, cine, etc., pero estando informado de lo sustancial que sucede en el mundo.
Todo esto permitirá al sacerdote secular vivir como le pide el Señor: en el mundo, sin ser del mundo; sin aislarse del mundo, pero guardándose del maligno. Porque estar en el mundo no debe llevarle a dispersarse o diluirse en él, perdiendo así su identidad, sino a armonizar la primacía absoluta de Dios con la misión en el mundo que el mismo Dios le encomienda.
Este estilo de vida se suscita y crea  a través de un encuentro personal con Jesucristo y dándole la gracia que potencia el ser bautismal, para impulsarle con fuerza hacia la unión con Él y a la transformación en Cristo.”Ya no soy yo el que vico, sino que es Cristo quien vive en mí”
Se trata de algo semejante a lo que sucedió con el llamamiento del pueblo de Israel. Dios quería establecer un pacto con la humanidad entera, de forma que todos llegaran a ser sus hijos; y para ello escogió un pueblo, ciertamente pequeño e insignificante, como prototipo de la relación de amor que quería establecer con todos los pueblos, y como instrumento para hacer posible que el resto de la humanidad llegara a ser el pueblo de Dios. Quizá, de igual modo, él elige a unas pocas personas como signos visibles de la obra que quiere realizar en todos los hombres, y también para convertirlos en instrumentos de esta transformación universal que desea.
Dios quiere que a todos los hombres llegue el mensaje del Evangelio, y no lo puede conseguir por las circunstancias de pecado de los pueblos, de las personas y de la misma Iglesia. Y, por medios ordinarios y extraordinarios, se empeña en que algunas personas lo conozcan; no sólo por ellas mismas, sino también para que sean instrumentos eficaces de la propagación del Evangelio. Este evidente empeño que tiene Dios por entregar su gracia a algunas personas, no significa que no quiera que ese proceso se realice en todos.
La misma vida de los santos que la Iglesia nos propone como modelos y intercesores tiene, precisamente, esta misma finalidad. El convencimiento de que la santidad es la llamada de Dios para todos, y no para unos pocos privilegiados, forma parte del patrimonio de la Iglesia desde sus primeros momentos. Por eso, aunque la santidad no sea la forma de vida común a la mayoría de los cristianos, la vida de los santos nos muestra el afán de Dios para lograr que ellos alcancen la meta que él desea para todos; de modo que nadie pueda justificarse pensando que los santos son una casta especial de cristianos con una meta diferente a la del resto; y que el común de los cristianos posee una vocación distinta a la santidad.
De hecho, los santos no son sino cristianos que se han tomado en serio la gracia bautismal y han realizado en su vida el proyecto de transformación en Cristo que Dios desea para todo ser humano. De este modo se han convertido en modelos universales de santidad; como si Dios nos dijera: Mirad lo que sucede en ellos; pues eso es lo que deseo para todos.