jueves, 24 de septiembre de 2026

 

EL ROSARIO:

UNA OPORTUNIDAD PARA MIRAR A JESÚS

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

El Magisterio de la Iglesia ha colocado el mes de octubre bajo la mirada de la Virgen del Rosario, cuya fiesta se celebra el día 7. Y la “religiosidad popular”, diversa en sus expresiones y profunda en sus causas, se ha centrado en la figura de la Virgen del Rosario como un hecho eclesial relevante y universal. Ha brotado de la fe y del amor del pueblo de Dios a Cristo, Redentor del género humano, y de la percepción de la misión salvífica que Dios ha confiado a María de Nazaret, para quien la Virgen no es sólo la Madre del Señor y del Salvador, sino también, en el plano de la gracia, la Madre de todos los hombres.

Los cristianos entienden fácilmente la relación vital que une al Hijo y a la Madre. Saben que el Hijo es Dios y que ella, la Madre, es también madre de ellos. Intuyen la santidad inmaculada de la Virgen, y venerándola como reina gloriosa en el cielo, están seguros de que ella, llena de misericordia, intercede en su favor, y por tanto imploran con confianza su protección. Los más pobres la sienten especialmente cercana. Saben que fue pobre como ellos, que sufrió mucho, que fue paciente y mansa. Sienten compasión por su dolor en la crucifixión y muerte del Hijo, se alegran con ella por la Resurrección de Jesús.

Los cristianos celebramos con gozo las fiestas de María, participamos con gusto en sus procesiones y acudimos en peregrinación a sus santuarios. Y no permitimos que ninguno ofenda a María e instintivamente desconfiamos de quien no la honra.

El Santo Rosario o “salterio de la Virgen” es una de las oraciones más excelsas a la Madre del Señor. Por eso, el Magisterio de la Iglesia ha exhortado repetidamente a los fieles a la recitación frecuente del mismo, oración de impronta bíblica, centrada en la contemplación de los acontecimientos salvíficos de la vida de Cristo, a quien estuvo asociada estrechamente la Virgen Madre. Son numerosos los testimonios de los hombres de vida santa sobre el valor y eficacia de esta oración.

El Santo Rosario ha sido denominado como la oración mariana por excelencia. Fue notablemente difundido a lo largo de la historia y es una oración muy popular, muy del pueblo creyente. Quienes se han dedicado a la misión y a la predicación lo han utilizado como instrumento en su tarea de anunciar el Evangelio. En el Magisterio de la Iglesia en general, el Santo Rosario ha encontrado igualmente un gran reconocimiento y bendición. La gran familia de la Iglesia no solo no lo ha olvidado sino que lo sigue rezando y proponiendo.

El Santo Rosario es una oración esencialmente contemplativa, cuya recitación exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezcan, en quien ora, la meditación de los misterios de la vida del Señor.

Perder ese itinerario hacia la contemplación del “misterio” de Cristo, que es el Santo Rosario, presente desde hace tantos siglos en el corazón orante de la Iglesia, sería perder una de las perlas preciosas de la espiritualidad cristiana. El Santo Rosario es un camino que nos conduce a la profundidad de la oración cristiana, la oración del corazón, la que nos une al Señor y nos impulsa a anunciarlo.

En el Santo Rosario el creyente se introduce en esta oración del Espíritu de la mano de aquélla Mujer, María, que supo hacer de su corazón morada de este mismo Espíritu. El Santo Rosario así no es simplemente oración a María sino con María, la madre del Señor.

Ya a finales del siglo XIII tenemos testimonios pictóricos en los que se representa a la Santísima Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo de Guzmán. Una piadosa tradición avalaba esta representación artística. Esa piadosa tradición contaba cómo Santo Domingo, en su incansable tarea de predicación en el sur de Francia, se encontraba un día exhausto y hasta un tanto desmoralizado por la dificultad que suponía la conversión de los herejes. Así, en medio de un sueño, recibió de la Madre de Dios lo que ella denominaba como “arma infalible” para la predicación, la cual había de propagar y enseñar a todos. Y esa arma era el Santo Rosario. Esta tradición subraya así lo que podíamos denominar como el “origen sobrenatural” del Santo Rosario.

La historia nos da cuenta de la gran devoción que Santo Domingo tenía a la Virgen, a la que consagró la orden de predicadores: va a ser invocada como Madre de misericordia y reina de Predicadores. El mismo Santo Domingo, tal como nos dicen los primeros cronistas de la Orden, tenía claro el origen mariano de la misma.

Los dominicos heredan por tanto del propio Santo Domingo su espíritu contemplativo y también la costumbre de rezar así, desarrollando y difundiendo esa forma de orar.

Fue el gran papa dominico, san Pío V, quien determinó en el siglo XVI la forma actual del Santo Rosario, estableciendo en quince el número de los misterios a meditar e instituyó para el siete de octubre su la fiesta, llamada primeramente de Nuestra Señora de las Victorias, pues con esta fiesta el papa quería agradecer al Señor y a su Madre, la Virgen, la victoria cristiana en la famosa batalla de Lepanto, la cual, a juicio del papa, fue ganada gracias a la intercesión de la Virgen María invocada en aquella ocasión a través del rezo del Rosario. Y en 1573, el papa Gregorio XIII le cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario, en lugar de Nuestra Señora de las Victorias.

Posteriormente el Santo Rosario se fue enriqueciendo. El Ave María se completa con el Santa María en los siglos XVI y XVII y posteriormente se van incluyendo en el Santo Rosario el rezo de las Letanías, concretamente la lauretana, que originaria de 1500, es incluida en el Santo Rosario por expreso deseo del papa León XIII durante el mes de octubre, pasado finalmente a ser otro elemento fijo del Rosario. Más reciente es la inclusión de los cinco nuevos misterios luminosos, completándose así la contemplación de todo el misterio de Cristo en el Rosario, por expreso deseo del papa san Juan Pablo II, quien nos dejó también una hermosa encíclica dedicada a esta bellísima y rica oración que es el Santo Rosario.

El Santo Rosario, tal y como hoy lo conocemos, es el fruto final de un hermoso proceso y desarrollo. Ha nacido y crecido al calor de la orden de Santo Domingo y se ha desarrollado en el corazón de toda la Iglesia, convirtiéndose así en la oración mariana más eclesial y universal.

Esta preciosa oración del Santo Rosario ha gozado de la bendición de la Iglesia a través del Magisterio de sus Pontífices, que siempre han considerado el gran valor que tiene el Santo Rosario para la vida de los fieles.

El Santo Rosario es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Podríamos llamarlo el “camino de María”. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la “escuela” de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Santo Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la madre del Redentor.

“En realidad, el Santo Rosario no se contrapone a la meditación de la Palabra de Dios –escribía Benedicto XVI--, y a la oración litúrgica; es más, constituye un complemento natural e ideal, en particular como preparación y como acción de gracias a la celebración eucarística. Contemplamos al Cristo encontrado en el Evangelio y en el Sacramento en los diferentes momentos de su vida gracias a los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. En la escuela de la Madre, el cristiano aprende así a conformarse con su Hijo divino y a anunciarlo con la misma vida.

El Santo Rosario es una oración mariana de una importancia capital en la “religiosidad popular” de la Iglesia. Y forma parte de la hermosa tradición orante de la Iglesia. Ha sido grandemente difundido y propuesto como una oración intensamente contemplativa que desvela ante nosotros el rostro de Cristo Salvador, rostro admirado, adorado y acogido por nosotros en comunión con la Santísima Virgen María.

 

martes, 8 de septiembre de 2026

 

XXV ANIVERSARIO DE LA BEATIFICACIÓN DE LOS MÁRTIRES VALENCIANOS

 

 

HOY LOS MÁRTIRES NOS SIGUEN HABLANDO

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

Los mártires de nuestro tiempo son parte de una misma historia que comenzó hace dos mil años en Jerusalén, que pasó por Roma, que recorrió los campos de España en el siglo XX y que hoy late en las periferias del mundo.

Los mártires son “el Evangelio vivo”. Es decir, en ellos, Cristo mismo hace presente su fuerza salvadora en cada momento de la historia. El tiempo de los mártires no ha terminado. Para san Juan Pablo II, el siglo XX fue verdaderamente un “siglo de mártires”, marcado por persecuciones ideológicas y totalitarismos que intentaron erradicar la fe cristiana. Sin embargo, lejos de debilitar a la Iglesia, esa sangre derramada se convirtió en semilla de fidelidad y esperanza. Recordar actualmente a esos testigos no es un ejercicio de memoria histórica, sino un deber espiritual: su testimonio no puede perderse.

Benedicto XVI profundizó en esta perspectiva subrayando que el martirio es el máximo testimonio de la verdad y de la libertad cristiana. En un contexto cultural marcado por el relativismo, el mártir proclama que existe una verdad por la cual vale la pena dar la vida. Su entrega no es fanatismo, sino acto supremo de conciencia y de amor a Cristo.

Hoy hay más mártires que en los primeros siglos. Muchos cristianos siguen siendo perseguidos, asesinados o marginados por su fe. La sangre compartida ha dado lugar a lo que el papa Francisco llamaba un “ecumenismo de la sangre”: los perseguidores no distinguen confesiones, matan simplemente a cristianos. Por eso, los mártires son criterio de autenticidad para la vida cristiana presente: nos recuerdan que la fe no es costumbre social, sino adhesión real a Cristo.

Nuestros mártires son una llamada actual a vivir un Evangelio sencillo, valiente y fraterno, capaz de perdonar, servir y sostener a los más vulnerables. Al recordarlos, la Iglesia no glorifica la muerte: custodia una luz, la certeza de que el amor puede ser más fuerte que el miedo, también en nuestros tiempos.

El siglo XX ha sido el siglo de los mártires, pero nadie habla de ello. O apenas nadie. Es un tabú, porque tales catástrofes y genocidios son difícilmente compatibles con la imagen idealizada de un siglo XX presentado solamente como el de la “declaración de los derechos humanos y de la democracia”.

Pero no queremos ni podemos olvidar a nuestros mártires. La Iglesia no olvida a sus mártires, ni a ninguna de las víctimas inocentes de la violencia ejercida por regímenes muy desarrollados técnicamente, pero ateos y antihumanos.

La Iglesia define el martirio como el “supremo testimonio de la verdad de fe y de la doctrina que profesa”. Así lo recoge igualmente el Decreto “Ad Gentes”: Porque todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra el nombre nuevo de que se revistieron por el bautismo, y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos con la confirmación”.

La memoria de los mártires es un signo perenne, especialmente significativo, de la verdad del amor cristiano. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor.

La enseñanza de la Iglesia sigue la lógica neotestamentaria del sufrimiento de Cristo. Quien quiera ser discípulo ha de estar dispuesto a sufrir vejaciones, insultos, persecuciones e incluso la muerte por causa de Jesús y de su Evangelio (identificación con el Misterio Pascual de Cristo). En la muerte de Jesús, como la muerte del mártir, lo que está en juego es el testimonio de Dios.

El mártir muere unido a Cristo en la esperanza de la victoria mediante la fuerza de la Resurrección. El mártir entrega su vida a Dios porque confiesa plenamente sus planes, y muere perdonando. El catecismo de la Iglesia católica lo describe como el supremo testimonio de la verdad de la fe, insistiendo que dicha creencia llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo muerto y Resucitado, al cual está unido por el amor. El mártir da prueba de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Un acto de fortaleza que le lleva a soportar la muerte.

Es virtuoso y necesario estar prontos a sufrir por Cristo las persecuciones, si éstas llegan, pero no es lícito buscar estas persecuciones o provocarlas. Por otra parte, sería una temeridad provocar a los perseguidores para que lleven a cabo un crimen.

El mártir ejercita la virtud de la fortaleza resistiendo un mal, la muerte corporal, y no abandona la fe y la justicia ante el peligro de muerte. Por eso la fortaleza es el hábito que reviste al martirio. Pero el mérito del martirio le viene de la caridad porque, como dice san Pablo, “si repartiera todos mis bienes, y si entregara mi cuerpo al fuego, si no tengo caridad, de nada me aprovecha”.

El mártir es testigo perfecto de la fe cristiana, pues entrega la propia vida como testimonio generoso e incondicional de su fe. “La Iglesia sigue escribiendo su martirio”, así se expresaba san Juan Pablo II el 30 de marzo de 1980, poco después de la muerte de monseñor Óscar Romero. “Seréis mis mártires en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”, es decir, seréis aquellos que se juegan su vida por fidelidad a su compromiso cristiano. La vida es el don más precioso que posee el hombre y renunciar a ese tesoro evidencia claramente que se tiene una fe fuerte. El martirio existente actualmente en la Iglesia se asemeja al de los tres primeros siglos de su historia. La persecución que anunció Jesús a sus primeros discípulos vuelve a ser hoy una experiencia cotidiana a lo largo y ancho de nuestro mundo.

Podemos concluir, que el siglo XX ha sido el siglo de los mártires y de innumerables víctimas inocentes a causa de los muchos conflictos. Las noticias contra cristianos solo por motivos religiosos nos siguen conmoviendo en nuestros días. Queda mucho por descubrir, sin duda, en la enorme cantidad de víctimas y mártires del siglo XX cuyas muertes nos sirven de ejemplo y estímulo en la historia reciente, pues son testimonio y legado de nuestra Iglesia. Su testimonio es esperanza de una nueva sociedad. Hoy día los mártires de Jesucristo nos siguen hablando.

“En la Cruz está la vida y el consuelo / y ella sola es el camino para el Cielo”, versos inolvidables de la doctora de la Iglesia, santa Teresa de Jesús. Realidad inolvidable para san Pablo y muy presente para los cristianos de nuestro tiempo. En la Cruz de Cristo está la salvación.

Los cristianos son verdaderamente santos, cuando viven la lucha de la fe. Es una lucha espiritual, no está centrada en la política ni en la cultura sino una lucha contra el “padre de la mentira”, enraizado en nuestro mundo y en nuestra carne.

El siglo XX es el siglo de las víctimas. Por eso es también el siglo de los “testigos” de Dios. Dios manifiesta vivo a los hombres de cada época su rostro y su presencia.