CRISTO-EUCARISTÍA SALE A NUESTRAS CALLES
(1326-2026)
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
Cuando la primavera está en pleno auge,
con la naturaleza exultante de vitalidad, la Iglesia celebra la festividad del Corpus Christi. La Solemnidad del
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, se celebra de manera solemne en los
templos, y de forma vistosa por calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades.
El Corpus,
la fiesta católica por excelencia vino a realzar uno de los misterios de fe más
queridos por los cristianos: la presencia
real de Cristo en la Eucaristía. Fiesta cristológica de gran raigambre
popular, desde sus orígenes en el siglo XIII hasta nuestros días, donde han
existido etapas que se alternaron de espectacularidad, sobriedad, y ostentación,
junto a decadencia, bullicio y recogimiento, pasión y apatía.
Los orígenes de la celebración del Corpus Christi parecen remontarse a los
primeros siglos del segundo milenio y hay que situarlos en el contexto de las
heterodoxias y polémicas religiosas que se produjeron entonces.
La Eucaristía no ocupó un lugar concreto
en la historia de la salvación, sino que es el centro de ella ya que está
presente en el Antiguo Testamento como figura, y en el Nuevo Testamento como
acontecimiento. En el presente, en el tiempo de la Iglesia, en el que vivimos
nosotros, la vivimos como sacramento. La figura anticipa y prepara el
acontecimiento, el sacramento prolonga y actualiza el acontecimiento.
Las primeras
noticias que se conservan sobre esta festividad se hallan en el calendario de Polemius
Silvius (448), en el que se hace mención de la celebración, ya
entonces, del Natalis Calicis (nacimiento
del Cáliz), festividad que se celebraba el Jueves Santo. Debido a que la Semana
Santa era lógicamente época de dolor y tristeza, durante la cual, tanto
entonces como ahora, se requiere que los fieles se centren en rememorar la
Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, el papa Urbano IV consideró la
necesidad de extraer de dicha semana la celebración del Natalis Calicis para vivir la fiesta
tal como lo conocemos hoy.
El instrumento de que se valió la Divina
Providencia para instaurar la festividad del Corpus Christi tal y como ahora la conocemos y celebramos fue santa
Juliana de Monte Cornillon, monja nacida en Retines, pequeña localidad cercana
a Lieja (Bélgica) en (1193-1258).
Juliana, desde su temprana juventud,
tuvo una gran veneración por el Santísimo Sacramento, y siempre anheló una
fiesta especial en su honor. Se afirma haberse incrementado este deseo por una
visión de la Iglesia bajo la apariencia de la luna llena que tenía un punto
negro, el cual significaba la ausencia de tal solemnidad. La fiesta del
Santísimo Sacramento debía ser instituida para reanimar la fe de los fieles y
para expiar las faltas cometidas contra este Sacramento. A partir de estas
revelaciones, intentó por todos los medios la institución de una fiesta solemne
en honor al Santo Sacramento.
Para tal empeño dio a conocer sus
visiones e intenciones principalmente a Robert de Thirete, entonces Obispo de
Lieja, al erudito Dominico Hugo, más tarde cardenal legado en los Países Bajos.y
a Jacques Pantaléon, entonces Archidiácono de Lieja, después Obispo de Verdún,
Patriarca de Jerusalén y finalmente papa Urbano IV.
El Obispo Robert quedó favorablemente
impresionado, y, puesto que los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas
para sus diócesis, convocó un Sínodo en 1246 y ordenó que la primera
celebración se realizara el siguiente año, encargando a un monje de nombre Juan
que escribiera el Oficio para la ocasión.
Jacques Pantaléon, uno de los
confidentes de santa Juliana, fue nombrado Papa el 29 de agosto de 1261,
tomando el nombre de Urbano IV, hecho que aprovechó la ermitaña Eva, después
beata, con quien Juliana había pasado algún tiempo, y también ferviente
adoradora de la Sagrada Eucaristía, para urgir encarecidamente a Enrique de
Guelders, nuevo Obispo de Lieja, a que solicitara al nuevo Papa la extensión de
la festividad al mundo entero.
Todo ello coincidió con un hecho portentoso
que animó a Urbano IV. El caso fue que Urbano IV, por aquél entonces tenía su
corte pontificia en Orvieto, al norte de Roma y muy cerca de esta localidad se
encuentra Bolsena, en 1264 se producía el denominado «Milagro de Bolsena»;
primer milagro eucarístico conocido. Un sacerdote que celebraba la Eucaristía
tuvo dudas de que la consagración fuera algo real. Al momento de partir la
Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida
el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19
junio de 1264. Hoy se conservan los corporales en Orvieto, y también se puede
ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.
Urbano IV, estimulado por estos nuevos
acontecimientos y consciente de combatir eficazmente la herejía de Berengario,
decidiera establecer la fiesta del Santísimo Cuerpo de Nuestro Señor
Jesucristo, fijandola en su Bula Transiturus
de hoc mundum (8 de septiembre de 1264), ordenó que se extendiera la fiesta
del Corpus Christi a toda la Iglesia.
El papa Clemente V retomó el asunto y,
en el Concilio General de Viena (1311), ordenó la implantación ya definitiva de
la festividad, publicando un nuevo decreto que incorporaba la bula de Urbano
IV. Más tarde Juan XXII, sucesor de Clemente V, recomendó con insistencia su
observancia.
Aunque ninguno de los decretos citados
habla de la procesión teofórica como una característica de la celebración,
parece que dicha procesión se celebró desde casi los primeros momentos, haciéndose
ya habitual sobre todo desde el siglo XIV.
La festividad del Corpus Christi fue
aceptada en 1306 en Colonia; Worms la adoptó en 1315; Estrasburgo en 1316. En
Inglaterra fue introducida desde Bélgica entre 1320 y 1325.
El Corpus
Christi, como expresión pública de la fe de la Iglesia en la presencia real
de Cristo en la Eucaristía, arraigó muy pronto en España, incluso antes del
Concilio de Viena. Así, empezó en Toledo (1280), después Sevilla (1282), para
seguir por Pamplona (1317), Barcelona (1319), Valencia (1326), Madrid (1482) y
Granada, a finales del XV.
La primera procesión en Valencia y punto
de arranque de la fiesta se celebró el 4 de junio de 1355 auspiciada por el
obispo Hugo de Fenollet (1348-1356). Hasta entonces las celebraciones del
Corpus Christi las realizaba cada parroquia de manera particular y en el ámbito
de su demarcación. Hugo de Fenollet determinó la realización de una Procesión
General: Sesenta días después del
domingo de Resurrección. Se celebra el jueves siguiente a la
solemnidad de la Santísima Trinidad, la cual se lleva a cabo el domingo
siguiente a Pentecostés. El día anterior
(miércoles) se realizaba una "cridà” o pregón invitando a los ciudadanos a
participar en la misma.
Con anterioridad el año 1348 había
tenido lugar en el Barranco de Carraixet-Alboraya-Valencia el conocido como
"Miracle dels Peixets". Corría el año 1348 y, según relata la
leyenda, un hombre de Almàssera que se encontraba al borde de la muerte avisó
al de Alboraya para confesarse por última vez en lugar de llamar al cura de su
pueblo.
El sacerdote acudió a la llamada tomando
el camino por el barranco del Carraixet, con tan mala fortuna que cayó al agua
junto a su caballo y la arqueta donde guardaba las hostias debido a la crecida
del barranco por las tormentas. El accidente desanimó al sacerdote, quien
decidió volver a Alboraya.
Posteriormente las hostias consagradas
que habían caído a las aguas del Barranco del Carraixet, fueron salvadas y
devueltas al sacerdote al que se la habían caído, por unos peces que las
llevaban en su boca.
Muchos años más tarde se construyó en la
zona residencial de Port Saplaya de Alboraya, donde se conserva el cáliz, una
ermita (1907) en conmemoración de este suceso, construida sobre los restos de
otra más antigua. En cambio, la arqueta se guarda en Almàssera, donde se
levantó una parroquia dedicada al Santísimo Sacramento, así como la llamada “capella”
(casalicio) del Miracle dels Peixets, en el lugar en el que cayeron las
formas sagradas.
En Almàssera dicen que son dos “els peixets”, mientras que para Alboraya
son tres. La disparidad de criterios gira en torno a si ocurrió el hecho antes
o después de haber dado la comunión al enfermo en peligro de muerte, un moro
converso de nombre Hassán-Arda, habitante de una alquería en Almàssera.
El conocimiento de este hecho milagroso
por parte del obispo Hugo de Fenollet, le llevó a consolidad y a instaurar una procesión
general en Valencia en honor al Santísimo Sacramento.
Finalmente fue el concilio de Trento
quien declararía que todos los años, el jueves siguiente a la solemnidad
de la Santísima Trinidad,
se celebrase este excelso y venerable Sacramento con singular veneración y
solemnidad, y reverente y honoríficamente fuese llevado el Corpus Christi en procesión por las calles y lugares públicos.
Valencia acogió con una gran alegría
esta fiesta del Corpus Christi, que fue poco a poco arraigando en nuestras
comunidades. Y es el año 1355 cuando se hacía público el primer “pregón” o
“crida” por el que se convocaba a clérigos, religiosos y fieles en general para
participar en la solemne procesión en honor y reverencia del Santísimo Sacramento
de la Eucaristía. Fue el obispo de la diócesis de Valencia Hugo de Fenollet quien
llegó a un acuerdo con la ciudad, por el que el patrocinio de la fiesta
correría en adelante a cargo de la Autoridad Municipal e invitó al pueblo
valenciano a engalanar las calles y a participar en la procesión.
A partir de este momento la festividad
del Corpus se convirtió en Valencia en la más importante del año, oscilando
entre épocas de mayor esplendor, una de cuyas cumbres se alcanzó en 1528, y
otras de evidente declive, el cual se inició en 1836, a causa de la “desamortización”
llevada a cabo por Juan Álvarez de Mendizábal. Las cotas ascensionales de los
fiesta del Corpus se alcanzaron en 1875, y sobre todo en 1977, fecha en la que
surgió la asociación que luego se denominaría de “Los amigos del Corpus de la ciudad de Valencia”, cuya principal
tarea sería la de repristinar y mantener el esplendor y decoro de la fiesta.
La fiesta del Corpus Christi es una jornada grande para la Iglesia, y en cada
pueblo y lugar adopta un rostro particular,--desde la pobreza a la
majestuosidad-- enriquecido por la diversidad de carismas y la rica pluralidad
de las comunidades cristianas, que es una sola reunida en torno al Banquete de
su Señor.
Al mirar a Jesucristo-Eucaristía pasear
por nuestras calles de Valencia en su hermosa “custodia de los pobres”, obra de
Francisco Pajarón Suay, y diseño del arquitecto Vicente Traver Tomás, toda ella
es un poema labrado en plata cuyo argumento es la glorificación de
Jesucristo-Eucaristía, reconocemos al Dios que se entrega y que ha querido
quedarse a nuestro lado “todos los días hasta el fin del mundo”. Y con él
aprendemos a ofrecernos al Padre como sacrificio agradable con nuestra vida
santa.
Contemplar a Cristo-Eucaristía por
nuestras calles no es un “espectáculo”. Contemplar a Cristo-Eucaristía es un
acto de fe. Al contemplar o acompañar a Jesús-Eucaristía los cristianos nos
sentimos discípulos y dejamos que la Palabra y la acción del Señor modele
nuestro corazón como fue modelado el corazón de los Apóstoles.
La mirada de Cristo desde la custodia es
una llamada a la conversión, acogiéndonos a la infinita misericordia de Dios y
convirtiéndonos en auténticos heraldos de la misericordia en nuestros propios
ambientes.
El amor más grande manifestado en el Misterio
Eucarístico nos lleva a “eucaristizar” nuestra vida viviendo de manera heroica
la caridad, que es el amor de Dios recibido y comunicado a nuestro prójimo,
especialmente aquel que está más necesitado.
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