martes, 8 de septiembre de 2026

 

XXV ANIVERSARIO DE LA BEATIFICACIÓN DE LOS MÁRTIRES VALENCIANOS

 

 

HOY LOS MÁRTIRES NOS SIGUEN HABLANDO

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

Los mártires de nuestro tiempo son parte de una misma historia que comenzó hace dos mil años en Jerusalén, que pasó por Roma, que recorrió los campos de España en el siglo XX y que hoy late en las periferias del mundo.

Los mártires son “el Evangelio vivo”. Es decir, en ellos, Cristo mismo hace presente su fuerza salvadora en cada momento de la historia. El tiempo de los mártires no ha terminado. Para san Juan Pablo II, el siglo XX fue verdaderamente un “siglo de mártires”, marcado por persecuciones ideológicas y totalitarismos que intentaron erradicar la fe cristiana. Sin embargo, lejos de debilitar a la Iglesia, esa sangre derramada se convirtió en semilla de fidelidad y esperanza. Recordar actualmente a esos testigos no es un ejercicio de memoria histórica, sino un deber espiritual: su testimonio no puede perderse.

Benedicto XVI profundizó en esta perspectiva subrayando que el martirio es el máximo testimonio de la verdad y de la libertad cristiana. En un contexto cultural marcado por el relativismo, el mártir proclama que existe una verdad por la cual vale la pena dar la vida. Su entrega no es fanatismo, sino acto supremo de conciencia y de amor a Cristo.

Hoy hay más mártires que en los primeros siglos. Muchos cristianos siguen siendo perseguidos, asesinados o marginados por su fe. La sangre compartida ha dado lugar a lo que el papa Francisco llamaba un “ecumenismo de la sangre”: los perseguidores no distinguen confesiones, matan simplemente a cristianos. Por eso, los mártires son criterio de autenticidad para la vida cristiana presente: nos recuerdan que la fe no es costumbre social, sino adhesión real a Cristo.

Nuestros mártires son una llamada actual a vivir un Evangelio sencillo, valiente y fraterno, capaz de perdonar, servir y sostener a los más vulnerables. Al recordarlos, la Iglesia no glorifica la muerte: custodia una luz, la certeza de que el amor puede ser más fuerte que el miedo, también en nuestros tiempos.

El siglo XX ha sido el siglo de los mártires, pero nadie habla de ello. O apenas nadie. Es un tabú, porque tales catástrofes y genocidios son difícilmente compatibles con la imagen idealizada de un siglo XX presentado solamente como el de la “declaración de los derechos humanos y de la democracia”.

Pero no queremos ni podemos olvidar a nuestros mártires. La Iglesia no olvida a sus mártires, ni a ninguna de las víctimas inocentes de la violencia ejercida por regímenes muy desarrollados técnicamente, pero ateos y antihumanos.

La Iglesia define el martirio como el “supremo testimonio de la verdad de fe y de la doctrina que profesa”. Así lo recoge igualmente el Decreto “Ad Gentes”: Porque todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra el nombre nuevo de que se revistieron por el bautismo, y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos con la confirmación”.

La memoria de los mártires es un signo perenne, especialmente significativo, de la verdad del amor cristiano. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor.

La enseñanza de la Iglesia sigue la lógica neotestamentaria del sufrimiento de Cristo. Quien quiera ser discípulo ha de estar dispuesto a sufrir vejaciones, insultos, persecuciones e incluso la muerte por causa de Jesús y de su Evangelio (identificación con el Misterio Pascual de Cristo). En la muerte de Jesús, como la muerte del mártir, lo que está en juego es el testimonio de Dios.

El mártir muere unido a Cristo en la esperanza de la victoria mediante la fuerza de la Resurrección. El mártir entrega su vida a Dios porque confiesa plenamente sus planes, y muere perdonando. El catecismo de la Iglesia católica lo describe como el supremo testimonio de la verdad de la fe, insistiendo que dicha creencia llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo muerto y Resucitado, al cual está unido por el amor. El mártir da prueba de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Un acto de fortaleza que le lleva a soportar la muerte.

Es virtuoso y necesario estar prontos a sufrir por Cristo las persecuciones, si éstas llegan, pero no es lícito buscar estas persecuciones o provocarlas. Por otra parte, sería una temeridad provocar a los perseguidores para que lleven a cabo un crimen.

El mártir ejercita la virtud de la fortaleza resistiendo un mal, la muerte corporal, y no abandona la fe y la justicia ante el peligro de muerte. Por eso la fortaleza es el hábito que reviste al martirio. Pero el mérito del martirio le viene de la caridad porque, como dice san Pablo, “si repartiera todos mis bienes, y si entregara mi cuerpo al fuego, si no tengo caridad, de nada me aprovecha”.

El mártir es testigo perfecto de la fe cristiana, pues entrega la propia vida como testimonio generoso e incondicional de su fe. “La Iglesia sigue escribiendo su martirio”, así se expresaba san Juan Pablo II el 30 de marzo de 1980, poco después de la muerte de monseñor Óscar Romero. “Seréis mis mártires en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”, es decir, seréis aquellos que se juegan su vida por fidelidad a su compromiso cristiano. La vida es el don más precioso que posee el hombre y renunciar a ese tesoro evidencia claramente que se tiene una fe fuerte. El martirio existente actualmente en la Iglesia se asemeja al de los tres primeros siglos de su historia. La persecución que anunció Jesús a sus primeros discípulos vuelve a ser hoy una experiencia cotidiana a lo largo y ancho de nuestro mundo.

Podemos concluir, que el siglo XX ha sido el siglo de los mártires y de innumerables víctimas inocentes a causa de los muchos conflictos. Las noticias contra cristianos solo por motivos religiosos nos siguen conmoviendo en nuestros días. Queda mucho por descubrir, sin duda, en la enorme cantidad de víctimas y mártires del siglo XX cuyas muertes nos sirven de ejemplo y estímulo en la historia reciente, pues son testimonio y legado de nuestra Iglesia. Su testimonio es esperanza de una nueva sociedad. Hoy día los mártires de Jesucristo nos siguen hablando.

En la Cruz está la vida y el consuelo / y ella sola es el camino para el Cielo”, versos inolvidables de la doctora de la Iglesia, santa Teresa de Jesús. Realidad inolvidable para san Pablo y muy presente para los cristianos de nuestro tiempo. En la Cruz de Cristo está la salvación.

Los cristianos son verdaderamente santos, cuando viven la lucha de la fe. Es una lucha espiritual, no está centrada en la política ni en la cultura sino una lucha contra el “padre de la mentira”, enraizado en nuestro mundo y en nuestra carne.

El siglo XX es el siglo de las víctimas. Por eso es también el siglo de los “testigos” de Dios. Dios manifiesta vivo a los hombres de cada época su rostro y su presencia.

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