sábado, 18 de febrero de 2023

CUARESMA: LA IMPORTANCIA DE LA MIRADA

 

CUARESMA:

LA IMPORTANCIA DE LA MIRADA

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La Cuaresma es el despertador del letargo y de la modorra en la vida cristiana y eclesial, es el desfibrilador del corazón desbocado por la mundanidad o enquistado, asfixiado y enrocado solo en uno mismo. La Cuaresma es la permanente llamada a lo esencial: El gran misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria.

La Cuaresma es el tiempo para dejar espacio a Dios, para allanarle nuestros propios espacios personales que lo invaden todo y que tantas veces hasta lo arrincona con la excusa y el pretexto de dar supuesto que Él ocupa en nuestras vidas el espacio que nosotros mismos nos encargamos de llenarlo cada vez más de nuestro propio ego y de la banalidad y de la mundanidad que nos circunda e invade.

La Cuaresma es la gran pedagogía de Dios que sabe que continuamente tiene que recordarnos su historia de amor con todos y con cada uno de nosotros.

La Cuaresma es, sí, una nueva mirada: La que Dios siempre fija sobre nosotros y la que nosotros debemos dirigir a Dios y al prójimo. De modo que la Cuaresma es una mirada desde el corazón.

Hemos de aprender a mirar la vida desde lo alto, desde la perspectiva del cielo; a ver las cosas con los ojos de Dios, a través del prisma del Evangelio. Mirar los brazos abiertos de Cristo crucificado, dejarnos salvar una y otra vez. Y cuando nos acerquemos a confesar nuestros pecados, creer firmemente en su misericordia que nos libera de la culpa. Contemplar su sangre derramada con tanto cariño y dejarnos purificar por ella. Así podremos renacer, una y otra vez... La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: Por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.

Dice la sabiduría popular que la cara es el espejo del alma y, dentro de ella, la mirada ocupa un lugar privilegiado. Un lugar insustituible para conocer al ser humano. Hay miradas desafiantes y retadoras, miradas engreídas, las hay también pegadas al suelo --tal vez por timidez-- o apuntando al cielo -- tal vez por anhelo de Dios--. Están las miradas inocentes de los niños, las pérdidas de los deprimidos, la mirada triste del que carece de libertad o la indiferente del apático…Están las miradas vivas y despiertas de los jóvenes…y están las miradas pacientes de los mayores… Están las miradas infinitas de los sabios y las miradas dulces de los enamorados. Está la mirada recogida del místico y la mirada frívola del indolente… Hay tantas clases de miradas como personas y estados de ánimo, y toda mirada no deja de ser un signo elocuente de nuestro ser.

“Ver” y “mirar” son verbos castellanos distintos, aunque mayoritariamente confluyentes sus acepciones con ideas en la convivencia social y también religiosa, tales como “percibir, observar, contemplar, reconocer, juzgar, examinar, darse cuenta, percatarse o valorar… La “mirada”, sobre la “visión”,-- por eso de que etimológicamente procede del latín “mirari”--, le añade la complementariedad de la  “admiración y del asombro.”

La Cuaresma es un tiempo para mirar con “admiración y asombro”. Es un tiempo para convertir la mirada al estilo de Jesús, para pasar esta temporada fijándonos en lo que vivimos, en aquellas cosas que forman parte de nuestra vida.

Este tiempo exige una mirada más atenta, abierta y contemplativa a la Palabra de Dios. Cuanto más nos dejemos fascinar por la Palabra de Dios, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.

Otra propuesta sería una mirada serena y exigente de introspección, o examen continuo de conciencia. Esta mirada es clave esencial en la Cuaresma y consiste en estar en alerta, en prestar atención, en tener encendido un despertador permanente y conocer nuestro corazón, nuestras motivaciones y nuestras preocupaciones: ¿Por qué hacemos las cosas?, ¿qué buscamos?, ¿qué intereses nos mueven?, ¿buscamos de verdad la gloria de Dios y hacer su voluntad?, ¿priorizamos y estamos atentos para buscar el bien de los hermanos y hacerlo desinteresadamente?, ¿siempre nos estamos buscando preferentemente a nosotros mismos, buscamos ser apreciados como prioridad?, ¿cuál es nuestra relación con el sufrimiento de los demás: Indiferencia, interés verdadero y efectivo, intentar quitarnos el “marrón” de encima, hallar excusas para el no compromiso o el compromiso mínimo?

Esta mirada nos debe llevar a mirar a los que tenemos al lado. Tiene que ver con regalar al otro una mirada de consuelo, de acogida, de sonrisa. Una mirada que transmita en este tiempo que la Vida con mayúscula es posible. Esto es darnos.

Y cómo no, la propuesta por excelencia para este tiempo; esa que no podemos olvidar es la mirada de la oración... La Cuaresma encuentra en la oración la más apropiada de sus atmósferas y de sus escuelas. La oración cuaresmal debe ser más frecuente y habitual. Su tonalidad propia es la humildad, la insistencia, la confianza. Es oración de súplica y de petición. La oración cristiana de la Cuaresma debe intensificar sus dimensiones bíblica y litúrgica, de gran riqueza, variedad, matices y contenidos durante los cuarenta días de este tiempo. En este sentido, la oración litúrgica ha de ser más pausada, sencilla, cordial, humilde, pobre, seria y profunda.

La Cuaresma, por otra parte, es tiempo especialmente oportuno para pedir perdón por nuestros errores, negligencias, omisiones, excesos y defectos. Y debemos pedir perdón con sinceridad y humildad. Un corazón que experimenta el perdón es un corazón sanado y es un corazón evangelizado y evangelizador. Es tener un corazón y una mirada que sabe de verdad que es vedad aquello de que “quien esté libre de pecado tire la primera piedra”.

Y ahora, va uno y hace un poco de silencio. Deja retumbar dentro de sí mismo la pregunta ¿y tú desde dónde miras? Lo que la Iglesia nos propone para la Cuaresma es que seamos capaces de mirar desde Dios. Que fijándonos en el Señor Jesús, seamos capaces de mirarnos con más bondad, de mirarles con más cariño.

Cuaresma es un tiempo para dejarnos mirar por Dios, para descubrir la mirada en cada hermano y aprender nosotros a mirar como Dios mira… porque una mirada suya, bastará para convertirnos y creer en el Evangelio, en la Buena Noticia.

Desde estas miradas podremos  contemplar más a fondo el Misterio Pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible solo en un “cara a cara” con el Señor crucificado y resucitado “que nos amó y se entregó por nosotros”. Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo.

La Cuaresma tiempo para contemplar –mirar con el corazón—esa mirada de Jesús, que viene de tan arriba y deja caer su gracia de salvación y de vida como una lluvia… “Esa boca, / tan seca y estremecida / de haber bebido las culpas de nuestra humana malicia…/ Esas manos, mi Jesús,/ más que atadas, recogidas,/ tan delicadas, tan suaves, / tan tiernas, tan compasivas…/Esos hombros poderosos/ de apariencia tan exigua, / capaces de soportar/ lo que se les eche encima…/ Ese corazón, que late / al ritmo que el Amor dicta, / porque el amor es la esencia / de la cristiana doctrina… / Y esa sangre redentora, / que a todos nos reconcilia… ¡Ay qué dolor tan inmenso /  y, a la vez, qué inmensa dicha / ver a Jesús Nazareno”.

 

lunes, 6 de febrero de 2023

CENIZA ENAMORADA

 

CENIZA ENAMORADA

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

El camino de la Cuaresma, que nos prepara la Pascua, se inicia con el tradicional rito de la imposición de la ceniza, que va iluminado por las palabras que lo acompañan: “Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás”, o bien: “Convertíos y creed en el Evangelio”.

El símbolo de la ceniza nos recuerda el origen del hombre: “Dios formó al hombre con polvo de la tierra”. En este sentido, la ceniza representa, pues, la conciencia de la fragilidad o nada de la creatura con respecto al Creador, que nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad: “Polvo y ceniza son los hombres”.

Este ritual de imposición de la ceniza se celebra desde el siglo XI, aunque es un signo penitencial que ya encontramos en el Antiguo Testamento.

Antropológicamente, se trata de un signo muy potente: Muchas personas, incluso poco religiosas, intuyen que es una oportunidad de comenzar de nuevo, con una idea muy realista y contracultural: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. El Catecismo de la Iglesia Católica define la ceniza como un “sacramental”, es decir, un “signo que no confiere la gracia como los sacramentos, pero prepara a recibirla y dispone a cooperar con ella”.

Las cenizas cumplen en nuestra vida cristiana un importante papel de signo sacramental: Evocan a la vez la fragilidad del hombre, y son señal de penitencia y dolor de los pecados. No es que se utilicen demasiado, solo el “miércoles de ceniza” con el que se inicia la Cuaresma, pero aun así puede decirse que es uno de los signos cuyo valor penitencial permanece más arraigado, incluso en nuestra época.

Tal vez no haya más desoladora imagen de la fragilidad y la fugacidad de la vida que una urna cineraria con las cenizas de un ser querido. Y, depositada ante el altar en las exequias, no hay mayor demostración de abandono. Del abandono que es, debe ser, acaba siendo, la existencia del hombre cuando se desgonza definitivamente en las manos de un ser superior, del Dios en quien se cree.

En la cultura bíblica, la ceniza constituye un signo que expresa la precariedad de la vida. Eso significaba el hecho de que sin Dios, no tenemos vida. Si nos falta Dios, a causa de nuestras propias faltas, entonces somos como ceniza; es decir, el ser humano, privado del Espíritu es solo materia que, eventualmente, deja de vivir.

Además, la ceniza es signo del arrepentimiento y de penitencia: “Cambiemos nuestro vestido por la ceniza y el cilicio; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque nuestro Dios es compasivo y misericordioso para perdonar nuestros pecados”.

En los primeros siglos se utilizó este gesto por los cristianos culpables de pecados graves que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza, que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión. En el siglo XI, desaparecida ya la penitencia pública, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.

El “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia” nos explica mejor este símbolo: “El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

Ante la ceniza uno recuerda unos versos de Francisco de Quevedo. “Alma a quien todo un Dios prisión ha sido/, venas que humor a tanto fuego han dado/, médulas que han gloriosamente ardido/, su cuerpo dejará, no su cuidado/; serán ceniza, mas tendrá sentido/; polvo serán, mas polvo enamorado.

Ceniza enamorada. “En la tarde de la vida te examinarán en el amor”, dijo san Juan de la Cruz. Y como la tarde de la vida no es otra cosa que el morir, toda despedida definitiva, la de uno y la de los demás, es una vivencia de amor, un examen de amor. Mézclense con lo que se quiera, tristeza, dolor, incomprensión, rebeldía, impotencia, hasta odio o falta de perdón, todos los sentimientos que desata el tsunami de la muerte tocan la raíz honda que define la condición humana, que es el amor. Llorar por un ser que ha muerto es, siempre, un llanto de amor.

La muerte es derribamiento. Pero no es el final del camino, no es el fracaso. Es la culminación de la vida, y toda culminación es plenitud aunque implique agotamiento y terminación. La muerte es implosión. Al morir nos derrumbamos sobre nuestro propio centro que es Dios. No somos polvo, ceniza, nada (“pulvis, cinis, nihil”), que leímos una vez como epitafio de una tumba sin nombre en una iglesia romana. Vivimos y morimos amenazados de Resurrección. Somos semilla de eternidad. Somos ceniza sí, pero ceniza enamorada.

viernes, 3 de febrero de 2023

FIESTA DE LAS CANDELAS O DE LA LUZ

 

FIESTA DE LAS CANDELAS O DE LA LUZ

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

El 2 de febrero, día de la “la Candelaria”, una fiesta conocida con diversos nombres: la presentación del Señor, la purificación de María, la fiesta de la Luz y la fiesta de las candelas; coincide aproximadamente con el ecuador del invierno, lo que tiene un gran simbolismo, dando origen a una fiesta de tradición cristiana, que se remonta muy atrás en el tiempo, y que pudo tener un origen pagano, en la antigua Roma.

La fiesta de las candelas –también conocida como de la Luz– tiene en el fuego su principal elemento simbólico, admitiendo varias interpretaciones, que van desde la propia identidad de Jesucristo hasta la bienvenida a la luz, tras quedar atrás el período de menos horas de sol del año.

Lo más llamativo de esta fiesta es la procesión de las candelas de ahí el nombre de “candelaria”. Esta fiesta es de origen oriental y hasta el siglo VI tenía lugar a los cuarenta días de la Epifanía, el 15 de febrero, después pasó a celebrarse el 2 de febrero, por ser a los cuarenta días de la Navidad. Los cuarenta días han sido tomados desde tiempos remotísimos como un periodo de seguridad y salvaguarda de la vida y la salud tanto de la madre como del niño después del parto. La procesión de la “candelaria” o “purificación” aunque toma elementos del ritual judaico es de origen bizantino. Esta procesión se consideraba especial y tenía lugar en las liturgias medievales, después de la hora tercia y antes de la misa de esta festividad. La procesión de la “purificación” puede considerarse como una de las más antiguas de las establecidas en la Iglesia como refleja los primeros antifonarios de la misa de esta festividad escritos en Europa en los siglos VIII-IX. En la procesión se establecen también unos cantos propios de esta celebración por supuesto en latín y al final la formación de velas de aquellos que participaban en la procesión.

A raíz del concilio Vaticano II la fecha festiva del 2 de febrero se toma como la de la consagración de Jesús (por tanto la de todas las personas consagradas: frailes, monjas, clérigos etc) y es llamada únicamente de la presentación del Señor, separándose de su foco mariano que había tomado con el tiempo recuperando de este modo su sentido original. Así ahora en esta celebración la Iglesia da mayor realce al ofrecimiento que María y José hacen de Jesús. Ellos reconocen que este niño es propiedad de Dios y salvación para todos los pueblos.

La primera bendición de las candelas en esta fiesta del “purificación” se remonta a finales del siglo IX y era precedida de la bendición del fuego como en la vigilia pascual: Se interpreta como una fiesta de la luz como símbolo de Cristo, basándose en la profecía de Simeón: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. La bendición solemne de las candelas empezó en la Iglesia galicana en el siglo X, y de ahí se fue difundiendo con lentitud. En Roma se documenta por el Sacramentario de Padua, en una edición del mismo siglo X. En la Península Ibérica, ya presente en el siglo XI, y después por el resto de Europa.

Existía en algunos lugares rurales de España hasta principios del siglo XX la mujer después del parto no podía entrar en la iglesia sin ser purificada, ya que según la tradición judeocristiana el derramamiento de sangre la contaminaba. Por eso la bendición “postpartum”, era un rito antiquísimo de purificación.

La “religiosidad popular” es sensible al acontecimiento, providencial y misterioso, de la concepción y del nacimiento de una vida nueva. En particular las madres cristianas advierten la relación que existe, a pesar de las notables diferencias – la concepción y el parto de María son hechos únicos– entre la maternidad de la Virgen, la purísima, madre de la Cabeza del Cuerpo Místico, y su maternidad: Ellas también son madres según el plan de Dios, pues han generado los futuros miembros del mismo Cuerpo Místico. En esta intuición, y como imitando el rito realizado por María, tenía origen el rito de la purificación de la que había dado a luz.

La fiesta del 2 de febrero todavía conserva un carácter popular. Sin embargo es necesario responder verdaderamente al sentido auténtico de la fiesta. No resultaría adecuado que la religiosidad popular, al celebrar la presentación del Señor, se olvidase el contenido cristológico, que es el fundamental, para quedarse casi exclusivamente en los aspectos mariológicos; el hecho de que deba "ser considerada ...como memoria simultánea del Hijo y de la Madre" no autoriza semejante cambio de la perspectiva; las velas, conservadas en los hogares, deben ser para los fieles un signo de Cristo "luz del mundo" y por lo tanto, un motivo para expresar la fe.

lunes, 2 de enero de 2023

BENEDICTO XVI: UN VIÑADOR BUENO

 

 

BENEDICTO XVI: UN VIÑADOR BUENO

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Benedicto XVI, ya ha pasado a la historia. Su corazón dejó de latir el día 31 de diciembre a las 9,34 horas. Y empezó a vivir el encuentro definitivo que él anhelaba.

Todos recordamos esa primera aparición en la Logia-balcón de la basílica de San Pedro la tarde del 19 de abril de 2005, donde se presentaba a toda la Iglesia Benedicto XVI. La imponente figura de su predecesor, san Juan Pablo II, todavía estaba en nuestro vivo recuerdo y tantos nos preguntábamos quién podría venir después como Papa.

Al aparecer el cardenal Joseph Ratzinger, convertido ya en Benedicto XVI, veíamos en sus ojos como en un espejo la inmensa responsabilidad, con toda su cruz y su gloria, cuando se asomaron a aquella familiar plaza de San Pedro para bendecir al Pueblo que el Señor le confiaba. Estas fueron sus inolvidables palabras: “Después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones”.

No era una pose ensayada, no fueron palabras prestadas, salió de su corazón abrumado y creyente decir a toda la Iglesia lo que con esa humildad suya nos contó tan brevemente. Y ya desde ese primer instante de su pontificado no quiso ocultar la conciencia que tenía de la desproporción entre sus propias fuerzas y la misión que Dios le encomendaba en su Iglesia. En la Eucaristía donde se le impuso el palio y se le dio el anillo del pescador como Sucesor de Pedro en la Urbe romana y en el Orbe cristiano, fue más explícito al desvelarnos ese noble sentimiento: “Ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todo vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Así, con esta conciencia comenzó su ministerio petrino. Fueron ocho años de una enorme intensidad, casi impropia para una persona de su edad y con sus latentes limitaciones de salud. Y por las razones que él mismo ha contó, decidió responder en conciencia al Señor con su renuncia a la sede de Pedro: era devolver a quien le llamó eso que ahora se le estaba pidiendo.

De este modo con la salud debilitada, el domingo 11 de febrero de 2013 ante la Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, Benedicto XVI salió por última vez a esa ventana del Ángelus con una serenidad que nos admiraba y anunció su renuncia al papado, efectiva a partir del 28 de febrero, bajo el argumento de que "para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado". El evangelio de ese domingo hablaba de la subida al monte Tabor: “Esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a “subir al monte”, a dedicarme más aún a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar la Iglesia. Si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda continuar sirviéndola con la misma entrega y amor que he buscado hacerlo hasta ahora, pero de un modo más adecuado a mi edad y a mis fuerzas”.

El 13 de marzo de 2013, el cónclave eligió como nuevo pontífice al prelado argentino Jorge Mario Bergoglio; el papa Francisco, nombre que adoptó en honor a san Francisco de Asís, había sido ya uno de los cardenales más votados cuando Benedicto fue elegido en 2005, y no escatimó elogios hacia la figura de su predecesor.

Sorprende tanta sencillez, tanta sinceridad, tanto amor de verdadero padre, ante el empeño de tantos en sus cábalas numéricas para encontrar alguna razón esotérica en la decisión del Papa. Choca su actitud testimonial de amor al Señor y a la Iglesia, con los que se entretienen en dibujar los mil laberintos de motivos oscuros, en donde presuntos secretos innombrables serían para ellos las inconfesables razones de esta decisión papal: conspiraciones de intereses económicos, de lobbies homosexuales, de ansias insaciables de poder. No faltan los eruditos de la quimera fantasiosa que apelan a profecías imposibles para decirnos que estamos ante el final de la hecatombe, ante el ocaso del papado, ante las postrimerías del cristianismo. No es esta la lectura que hacemos los hijos de la Iglesia, no son estas las razones que este querido Papa nos ha dado.

Ni caemos en los tremendismos de quienes proyectan sobre la Iglesia otras cuitas, tramas, estrategias, ajustes de cuentas y zancadillas tan propias y actuales del mundo de la corrupción financiera y de las insidias políticas, ni tampoco queremos caer en una ingenua visión de esta Iglesia desconociendo dentro de ella también la torpeza y el pecado, como repetidas veces ha hecho el Papa Ratzinger pidiendo perdón y no mirando jamás para otro lado.

Admirablemente lo dijo en su última catequesis haciendo recuento de esta ambivalencia eclesial claroscura y agridulce a la vez: “Ocho años después puedo decir que el Señor realmente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido percibir cotidianamente su presencia. Ha sido un trecho del camino de la Iglesia, que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce”.

Hemos de dar gracias a Dios por el regalo que ha sido Benedicto XVI para la Iglesia y el mundo de nuestros días. Una preciosa trayectoria de larga maestría como intelectual cristiano que le constituye en uno de los mejores teólogos de todos los tiempos. También la de su breve y fecundo magisterio como Papa, que nos ha dejado tres importantes encíclicas: la primera dedicada a Dios amor, la segunda sobre la esperanza cristiana que nos salva, y la tercera centrada en la caridad que se nutre de la verdad. Alguno había esperado una encíclica más que tuviera precisamente la fe como argumento. Sin duda que habría sido un redondo completar mirando a Dios amor, las tres virtudes teologales del cristiano. No obstante, quizás con este gesto de su retirada silenciosa ha escrito sin palabras esta preciosa encíclica. Porque la fe es fiarse de otro, y esto es lo que el Papa nos ha testimoniado.

Es proverbial su fina pluma y su dulce palabra. Su magisterio pasará a la historia como un precioso acervo de sabiduría cristiana, que aúna la belleza, la sencillez y la profundidad cuando escribe y cuando habla. En este sentido nos ha dejado una apretada antología de los nombres que han descrito el itinerario eclesial a través de las catequesis de cada miércoles. La vida cristiana no es una entelequia abstracta, sino el encuentro con Alguien que te cambia la vida, y por eso Benedicto XVI nos ha expuesto el cristianismo desde los mejores hijos de la Iglesia que son los santos de todos los tiempos: Apóstoles, Santos Padres, Maestros medievales, Santos fundadores y Santas mujeres. Complementariamente ha hecho un precioso comentario al evangelio dominical en la reflexión antes del Ángelus. Y en su amor a la liturgia, ahí quedan las preciosas homilías de los grandes momentos litúrgicos del calendario cristiano.

Se reconoce el esfuerzo realizado en sus 22 viajes apostólicos por los cinco continentes saliendo al encuentro de culturas, de pueblos, de mil situaciones en donde la tragedia y la esperanza de los hombres se estrella o aprende a renacer. En tres ocasiones ha visitado España, siendo el país que más veces ha contado con su presencia como Papa. Sus encuentros con los jóvenes son el precioso testimonio de alguien que no engaña. La JMJ que vivimos en Asturias y en Madrid es un recuerdo imborrable y un aviso para navegantes para quienes queremos acompañar a los jóvenes cruzando con ellos los puentes sobre las aguas turbulentas. El paso audaz y verdadero de este Papa anciano por las calles de nuestras ciudades produjo un cambio en personas adultas alejadas de la fe ante el espectáculo de una juventud distinta que tiene la osadía de creer contracorriente, rebelde ante las reducciones mezquinas del corazón con sus preguntas y sus miras. Una juventud que se sabe mirada y querida, por alguien que era padre, que era Papa poniendo de nuevo la esperanza en sus almas y en sus rostros la sonrisa.

Me parece digno de subraya su pasión por la verdad y la belleza, que le hicieron interlocutor respetuoso de quien se sabía mendigo herido de las mismas con un corazón inquieto. Ahí están sus diálogos y encuentros con intelectuales ajenos a la fe y con las personas que tenían otro credo religioso, saliendo siempre al paso de quienes dentro del cristianismo nos distancia algún tipo de separación.

Benedicto XVI ha sido un infatigable intérprete del verdadero Vaticano II, contra los que lo traicionaron por el exceso de aplicar un concilio que no existió, o por el defecto de censurar lo que en aquella asamblea eclesial se alumbró. Y tampoco se arredró el papa Ratzinger cuando hubo de afrontar humildemente los horrores de los errores como la pederastia, y las torpezas de quienes abusaron de su confianza traicionándole en casa con deslealtad como el famoso mayordomo.

Y sin embargo, siempre se fió de Dios, y no se sintió solo. Así concluyó su ministerio como sucesor de Pedro. Tal y como dijo, “tengo una gran confianza, porque sé, sabemos todos, que la Palabra de verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, dondequiera que la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Ésta es mi confianza, ésta es mi alegría”.

Nos unimos con respeto y agradecimiento al alto testimonio de libertad humilde, y de servicio a la Iglesia del Señor como trabajador de la viña de Cristo de Benedicto XVI. Que su trabajo, en el pontificado como en el silencio de su clausura a partir de hoy de frutos.

 

BENEDICTO XVI: FIGURA DISCUTIDA

 

 

BENEDICTO XVI: FIGURA DISCUTIDA

 

 

 

Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

 

El papa Benedicto XVI, fue un intelectual que aspiraba a ser un Papa pastoral pero que vio cómo su papado a veces se hundía por crisis administrativas, y se convirtió en el primer Papa en renunciar en casi 600 años, ha muerto el 31 de diciembre de 2002 a la edad de 95 años en un monasterio del Vaticano, donde se mantuvo en gran medida fiel a un voto que hizo cuando anunció su renuncia en 2013 para estar “oculto del mundo”.

En retrospectiva, Benedicto XVI, ahora parece un imponente “papa de las ironías”, con tres en particular. Durante la mayor parte de su carrera, el teólogo y prelado que se convirtió en Benedicto XVI había sido visto como el gran “doctor no” de la Iglesia desde su posición como responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Sin embargo, una vez que se convirtió en papa, Benedicto XVI fue pionero en la “ortodoxia afirmativa”, es decir, la presentación más optimista y positiva posible de la enseñanza católica clásica. La idea era enfatizar el “sí” católico, en lugar del catálogo tradicional de “no” de la Iglesia.

“El cristianismo, el catolicismo, no es una colección de prohibiciones. Es una opción positiva”, dijo Benedicto XVI. “Hemos escuchado tanto sobre lo que no está permitido que ahora es el momento de decir que tenemos una idea positiva que ofrecer”. En otras palabras, el “doctor no” como guardián doctrinal se convirtió en “padre sí” como Papa. Además, Benedicto XVI estaba poco interesado en la gestión por temperamento o formación, ya que una vez confesó abiertamente que “no tengo el carisma de gobernar”. Pagó un alto precio, sobre todo con el asunto surrealista de las “fugas del Vaticano” que estropeó las últimas etapas de su papado y, a los ojos de algunos observadores, impulsó a Benedicto XVI a la renuncia.

Una segunda gran ironía, este hombre, no gerente, también lanzó reformas de gestión históricas en dos fuentes clave de escándalo para el catolicismo, el abuso sexual infantil y el historial decididamente mixto del Vaticano sobre el dinero. Fue el primer Papa en adoptar una política de “tolerancia cero” sobre el abuso, y el primero en abrir el Vaticano a la inspección secular externa de sus cuentas. Benedicto XVI enfrentó una fuerte oposición interna para hacerlo y, al final de su pontificado, los funcionarios que se oponían a la reforma en ambos frentes habían sido en gran parte clandestinos. Aunque incompletas en el momento en que terminó su papado, estas dos operaciones de limpieza de la casa se llevaron a cabo bajo el papa Francisco.

Quizá en la ironía más notable de todas, un pontífice que a veces se consideraba arrogante y distante era en realidad un hombre de sorprendente humildad personal. Uno, por ejemplo, se produjo inmediatamente después de ser elegido, cuando Benedicto XVI insistió en volver a su apartamento en el Vaticano para recoger sus cosas y llevarlas de regreso a los apartamentos papales. Antes de salir del edificio, llamó a las puertas de los otros cardenales que vivían allí, no para despedirse, ya que obviamente los volvería a ver, sino para agradecer a las monjas que cocinaban y limpiaban por ser tan buenos vecinos.

Por supuesto, la abdicación voluntaria del poder por parte de Benedicto XVI fue posiblemente el acto más humilde de un Papa en siglos, si no de todos los tiempos.

Si se hubieran cumplido sus propios deseos, habría sido aún menos el centro de atención en su retiro. Los asistentes revelaron que el ex pontífice originalmente esperaba regresar a su Baviera natal, pero se dejó persuadir para permanecer en Roma rodeado de muchas de las trampas del papado.

Una figura polarizadora durante la mayor parte de su vida, Benedicto XVI pareció ganarse la simpatía hacia el final, incluso de antiguos críticos, en parte por manejar sus años posteriores a la jubilación con dignidad y discreción. A pesar de las diferencias que pudo haber sentido con el Papa Francisco, prometió lealtad y en su mayoría se mantuvo al margen de la refriega.

Benedicto XVI  fue un “guerrero afable y humilde por la verdad”. Durante la mayor parte de su vida, la parte de “guerrero” de esa fórmula pareció ser la más importante; fue solo en la jubilación, y ahora tal vez en la muerte, que la afabilidad y la humildad de Benedicto XVI finalmente también recibió la misma atención. En las primeras etapas de su carrera, Ratzinger se destacó como una de las mentes católicas más amuebladas de su generación. Fue un gran experto teológico durante el concilio Vaticano II a mediados de la década de 1960, cuando formaba parte de una amplia mayoría progresista que buscaba llevar el catolicismo a la era moderna.

El libro de Ratzinger “Introducción al cristianismo” (1968) fue ampliamente considerado como uno de los clásicos de la era inmediatamente posterior al Vaticano II. No era un manual legalista repleto de normas y reglamentos; era una meditación de fe que llegaba a lo más profundo de la experiencia humana, un libro que se atrevía a caminar desnudo ante la duda y la incredulidad para descubrir la verdad de lo que significa ser un cristiano moderno. Muchos progresistas lo encontraron estimulante.

Más tarde, sin embargo, Ratzinger comenzó a temer que la actualización lanzada por el Vaticano II se estuviera convirtiendo en una capitulación ante un panorama cultural que cambiaba rápidamente, y comenzó a asociarse con posiciones cada vez más conservadoras. Cuando el papa Juan Pablo II lo nombró en 1981 como el principal responsable de la Congregación para Doctrina de la Fe, se consideró que era una opción para una sólida defensa de la enseñanza y la tradición católicas.

Durante el siguiente cuarto de siglo, no hubo controversia católica en la que Ratzinger no tuviera un papel protagónico, desde debates sobre la teología de la liberación y la “opción por los pobres” en América Latina hasta temas candentes de moralidad sexual como la homosexualidad en Europa y América del Norte.

En 2005, cuando murió Juan Pablo II, Ratzinger era ampliamente visto como el ejecutor del Vaticano, el “policía” más obstinado de la Iglesia en nombre de la ortodoxia doctrinal. Fue el arquitecto intelectual del pontificado de casi 27 años de Juan Pablo II, que la mayoría de los eclesiásticos de alto rango consideraron un éxito asombroso, y él mismo llegó al papado con un fuerte voto de continuidad.

Incluso como papa, Benedicto se hizo tiempo para satisfacer sus intereses intelectuales. Publicó tres volúmenes sobre la vida de Jesús de Nazaret, describiéndolos como obras teológicas privadas en lugar de enseñanza papal oficial.

En un toque clásico de modestia, Benedicto invitó a la crítica de su trabajo en el prólogo del primer volumen.  “Todo el mundo es libre de contradecirme”, escribió.“Solo pediría a mis lectores esa buena voluntad inicial sin la cual no puede haber entendimiento”.

Como papa, Benedicto XVI nunca fue el gran regaño de la imaginación popular. No hubo una verdadera purga de teólogos u obispos disidentes, ni nuevos anatemas en materia de fe o moral. En cambio, trató de ser pionero en la “ortodoxia afirmativa”, es decir, la presentación más positiva posible de las posiciones católicas tradicionales.

Incluso algunos de los críticos más feroces del Papa expresaron admiración por el esfuerzo. Cuando Benedicto XVI publicó su encíclica “Deus Caritas” el 2005 sobre el amor humano, el teólogo suizo Hans Küng, antiguo colega de Joseph Ratzinger y una de las principales voces de la disidencia católica liberal, aplaude. “Papa Ratzinger asume con su estilo teológico inimitable una riqueza de temas de eros y ágape, de amor y caridad”, dijo Küng. Llamó a la encíclica “una buena señal” y expresó su esperanza de que sea “recibida cálidamente, con respeto”.

En abril de 2005, poco antes de la muerte de Juan Pablo II, el entonces cardenal Ratzinger escribió una meditación memorable para el servicio anual del Viernes Santo del Vaticano, insistiendo en la necesidad de confrontar la “suciedad” en la Iglesia.

Benedicto XVI nombró a personas de integridad personal para puestos de alto nivel; comprometió a la iglesia a la “tolerancia cero” sobre el abuso sexual y disciplinó al clero antes considerado intocable; y lanzó una glasnost financiera, incluida la apertura del Vaticano por primera vez a una inspección externa de sus políticas contra el lavado de dinero al cooperar con la autoridad contra el lavado de dinero del Consejo de Europa.

Como Papa, hubo críticas persistentes y una larga lista de lo mal que estaban las cosas. Estas alcanzaron un crescendo con el notorio asunto de las “filtraciones del Vaticano” en 2012, que involucró una oleada de documentos secretos que aparecieron en los medios italianos, los más serios con denuncias de corrupción financiera y amiguismo.

Benedicto XVI se mantuvo alejado en gran medida de la geopolítica, y rara vez estuvo en la primera línea de la historia como Juan Pablo II. Su enfoque estaba más en la vida interna de la iglesia, llamándola a un sentido más fuerte de identidad católica tradicional frente a una era altamente secular. En ese sentido, Benedicto XVI consolidó la dirección más conservadora y “evangélica” establecida por Juan Pablo II, y ahora en cierta medida repensada por Francisco.

Durante su mandato de 24 años como principal asesor doctrinal de Juan Pablo II, pidió permiso dos veces para jubilarse, en 1997 y nuevamente en 2002, para regresar a tiempo completo a la vida de la mente. Una hipótesis era que se convertiría en bibliotecario del Vaticano, otra que regresaría a su Baviera natal. Esos presagios, sin embargo, no hicieron que el 11 de febrero de 2013 fuera menos deslumbrante, cuando aprovechó una reunión de cardenales para anunciar su sorpresivo anuncio de renuncia en una prosa latina típicamente elegante.

Benedicto dijo en ese momento que se hacía a un lado porque “mis fuerzas, debido a una edad avanzada, ya no son adecuadas para un ejercicio adecuado del ministerio petrino”. Benedicto XVI nunca alimentó ninguno de esos rumores. En cambio, se retiró al monasterio Mater Ecclesiae en los terrenos del Vaticano, pasando las mañanas en el estudio que amaba, haciendo excursiones por la tarde a los jardines cercanos del Vaticano y recibiendo viejos amigos y visitantes. Fue un magnífico intelectual público, retraído como estadista y un líder de la iglesia cuya “política de identidad ” vitorearon a algunos y alarmaron a otros.

martes, 6 de diciembre de 2022

PALABRAS PARA UN PREGÓN DE ADVIENTO

 

PALABRAS PARA UN PREGÓN DE ADVIENTO

 

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

“Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.” (Is 7, 14). Este versículo del profeta Isaías nos sumerge de lleno en el misterio de la esperanza que evoca el tiempo litúrgico del Adviento.

El Antiguo Testamento está impregnado completamente de la esperanza en Dios. Se trata de una hermosa historia de amor en la que el Señor, por mucho que su pueblo le traicione continuamente, sigue dándole oportunidades para el reencuentro. Esto lo comprobamos, en primer lugar, en el Génesis, en el que, tras la caída del ser humano, vemos cómo Dios le promete al Diablo que el linaje de la mujer le aplastará la cabeza, en lo que es el primer anuncio del Mesías.

Isaías le da un nombre a este personaje: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos la esperanza de Israel en la llegada de ese ungido por Dios que salvará a su pueblo.

El profeta Isaías también dice: “Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahvé ha hablado.»” (Is 40, 3-5).

Como bien sabemos, el testigo de esa preparación de los caminos del Señor lo recogió un nuevo profeta, Juan Bautista, el precursor del Señor. El desierto, en lenguaje bíblico, es un lugar de encuentro con Dios, pero también un lugar de prueba y desolación. Juan clamará desde él por la conversiónde los corazones, precisamente porque la llegada del Señor estaba próxima. Así, Juan nos aclara cómo abrir el camino al Señor para poder recibirle adecuadamente. Él tuvo el privilegio de encontrarse con Él incluso desde el seno materno, cuando María visitó a su prima Isabel.

Pero la palabra de Dios no es letra muerta. Se actualiza a cada momento. Lo que era cierto entonces sigue siendo cierto ahora. ¡Dios nos pide que le preparemos el camino para su llegada! Como en los tiempos bíblicos, tenemos que abrir camino al Señor en el desierto, seguros de que viene. Pero, ¿dónde está nuestro desierto?

No tenemos que hacer ningún viaje para encontrarlo. Está en nosotros mismos y en nuestro mundo. En primer lugar en nosotros mismos, ya que, reconozcámoslo, no somos precisamente buenos cristianos en muchas ocasiones. Nos cuesta hacer viva la Palabra de Dios, porque no es tan fácil como dejarla apartada, escondida, en algún rincón de nuestra memoria. ¿Cuántas veces nos conformamos con un mero cumplir con Dios, en lugar de vivir en Él?

En segundo lugar, en nuestro mundo. ¿Acaso no parece un lugar de prueba y desolación? Sin embargo, es también un lugar en el que encontrar a Dios. Porque este mundo tecnificado y acelerado reniega de Dios mientras se deja a muchas personas por el camino. Si no tienes, no eres.

Nuestra obligación es preparar el camino al Señor. Y eso pasa necesariamente por la conversión de nuestro corazón. Si realmente nos creemos que somos queridos por Dios, que Él mismo se hace presente en el prójimo, que se encarnó y nos salvó, esa conversión se reflejará en nuestra vida. Y nuestra vida podrá ir tocando otras vidas, anunciándoles la Buena Nueva: Dios te ama. Dios viene por ti, a salvarte a ti en exclusiva.

Dios quiere profetas que le anuncien, que preparen su camino, que recuerden a los pobres y a los marginados la esperanza de la venida de Dios. Sólo tiene esperanza quien confía en Dios. Nosotros debemos ser profetas de esa Buena Nueva, de esa esperanza. Debemos acercar a Dios a los demás en nuestra vida ordinaria. Porque “la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros”, cumpliendo las profecías y dando fin y nuevo comienzo a la historia de la esperanza. Y decidió no abandonarnos jamás. Dios con nosotros.

Así pues, no podemos pasar este tiempo como si se tratara de un simple acercarse a las vacaciones. Tampoco de manera que parezca que no pasa nada. Hay que recordar que estamos en el mundo pero no somos del mundo. ¡Somos de Cristo Jesús! Por tanto, no estamos llamados a vivir estas fechas con un sentimentalismo simplón, que pasará a la vez que la Navidad y que, por cierto, es lo que nos tratan de vender continuamente todos los medios de comunicación. Nos inundarán con telemaratones y supuestos buenos sentimientos, pero con fecha de caducidad muy clara: tras la Navidad, se acabó.

Al contrario, estamos llamados a vivir la alegría de nuestra vocación a la santidad de forma sencilla, sin estridencias, pero transmitiendo la fe que nos impulsa adelante. Fe que, como escribe Benedicto XVI en su carta “Porta Fidei”, tiene que ser viva, con el corazón plasmado por la gracia que transforma. De esta manera podremos transmitirla con todo nuestro ser, porque viviremos lo que creemos.

Esta época puede ser especialmente indicada para esa “nueva evangelización” que tanto necesita nuestra Iglesia. En nuestros días, en este desierto de los países desarrollados mucha gente vive perdida, sin referencias a una Luz que les guíe o les centre. Les falta una esperanza superior, que llene su ser. En este contexto, como también nos recuerda la “Porta Fidei”, “como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente”. Tenemos el deber de ser los portadores de esa agua, de ser la sal y la luz del mundo. Se trata de una gran responsabilidad. Y el propio Jesús nos dice lo que pasa si la sal se desvirtúa:“Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres”. De la misma forma, si no vivimos nuestra fe, difícilmente transmitiremos otra cosa que no sea hipocresía.

No seremos capaces de ser la sal y la luz del mundo si no preparamos el camino al Señor también en el desierto interior. De la preparación en ese desierto se derivará, necesariamente, la preparación en el desierto del mundo. Necesitamos la conversión; todos y cada uno de nosotros. miremos nuestro interior: ¿no es verdad? Cada uno sabe lo que lleva, lo que hace que no esté tan cerca de Dios como debiera. Quizá orgullo. Puede que soberbia. A lo mejor egoísmo. Todos tenemos valles que rellenar y montes que aplanar. Pero eso sólo lo podemos lograr colaborando con la gracia de Dios y dejando que Él nos salve.

La esperanza que se dio en la historia de Israel tiene que mantenerse en nosotros. Porque, igual que hay que preparar el camino al Señor, Jesús sigue naciendo hoy: nace en los corazones dispuestos a escucharle. Nace en los corazones que se abren a los demás. Y, muy especialmente, nace en el corazón de aquellos que siempre han sido sus predilectos: los necesitados.

Cristo viene a nuestro encuentro desde los pobres, desde los desfavorecidos. ¿Seremos capaces de reconocerle? Muchos no lo hicieron hace más de dos mil años porque era de condición humilde. Un simple carpintero nacido en un pueblo sin importancia. Sin embargo, no podemos evitar recordar que fueron precisamente los pastores, gente sencilla, los primeros que le fueron a adorar.

En nuestro contexto espacio-temporal, marcado por una profunda crisis moral, nos corresponde a los cristianos traer la esperanza. Porque nuestra esperanza no es simplemente humana, sino que tiene su fundamento en la fe, en la confianza en nuestro Señor, de cuya vida divina participamos por la gracia. En el prójimo vemos a un hermano. Es más, vemos al propio Cristo que nos interpela. Más aún en este tiempo de Adviento y Navidad, en el que tenemos presente el gran misterio de amor de un Dios que ama tanto a sus criaturas que se decide a adoptar su naturaleza. Se trata de hacer actual en nuestras vidas la historia de amor del Señor con su pueblo. La esperanza que hace más de dos mil años se condensó en un pequeño niño recostado en un pesebre, hoy se tiene que volver a vivir. Porque el Señor sigue viniendo y nos busca. Y lo que hagamos con el prójimo se lo hacemos a él. “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Nuestra norma de vida es el amor. “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza.”

Que este Adviento sea realmente para nosotros un tiempo de conversión y gracia, preparando el camino del Señor con alegría y anunciando con nuestra propia vida este encuentro para el que nos estamos preparando en nuestros corazones

 

 

viernes, 21 de octubre de 2022

SENTIDO DEL DIA DE DIFUNTOS

                         

 

 

SENTIDO DEL DÍA DE DIFUNTOS

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

 

"El máximo enigma de la vida humana es la muerte". Sin embargo, la fe en Cristo convierte este enigma en certeza de vida sin fin. Él proclamó que había sido enviado por el Padre "para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga la vida eterna" y también: "Esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna; yo le resucitaré en el último día". Por eso, en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano la Iglesia profesa su fe en la vida eterna: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".

Apoyándose en la Palabra de Dios, la Iglesia cree y espera firmemente que "del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado".

La fe en la Resurrección de los muertos, elemento esencial de la revelación cristiana, implica una visión particular del hecho ineludible y misterioso que es la muerte.

La muerte es el final de la etapa terrena de la vida, pero "no de nuestro ser", pues el alma es inmortal. "Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida"; desde el punto de vista de la fe, la muerte es también "el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino".

Al igual que la Liturgia, la Religiosidad Popular se muestra muy atenta a la memoria de este acontecimiento de la muerte de nuestros hermanos y es solícita en las oraciones de sufragio por ellos.

En la "memoria de los difuntos", la cuestión de la relación entre Liturgia y religiosidad popular se debe afrontar con mucha prudencia y tacto pastoral, tanto en lo referente a cuestiones doctrinales como en la armonización de las acciones litúrgicas y los ejercicios de piedad.

Es necesario, ante todo, que la Religiosidad Popular sea educada por los principios de la fe cristiana, como el sentido pascual de la muerte de los que, mediante el Bautismo, se han incorporado al misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo; la inmortalidad del alma; la comunión de los santos, por la que "la unión... con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales": "Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor"; la resurrección de la carne; la manifestación gloriosa de Cristo, "que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos"; la retribución conforme a las obras de cada uno; la vida eterna.

En los usos y tradiciones de algunos pueblos, respecto al "culto de los muertos", aparecen elementos profundamente arraigados en la cultura y en unas determinadas concepciones antropológicas, con frecuencia determinadas por el deseo de prolongar los vínculos familiares, y por así decir, sociales, con los difuntos. Al examinar y valorar estos usos se deberá actuar con cuidado, evitando, cuando no estén en abierta oposición al Evangelio, interpretarlos apresuradamente como restos del paganismo.

La fiesta de los Fieles Difuntos se celebra con mucha devoción, en nuestros pueblos, es una fiesta de fe y oración, adornada con un tinte cultural, y esto se ve plasmado en la Religiosidad Popular y cultural en los cementerios, con flores abundantes y adornos en las tumbas, música, comida, rezos y por supuesto la celebración de la santa misa, para orar por el alma de los que ahora están ahí sepultados.

Es como volver a refrescar la memoria recordándoles, y al mismo tiempo pidiendo para que sus almas hayan sido aceptadas en el Reino de los Cielos y gocen ya de la presencia de Dios; recordarles es hacer memoria de todo lo bonito que compartieron y que Dios nos dio a través de ellos mientras compartieron su historia con nosotros.

El papa Francisco en la misa que ofició en el cementerio de Roma en 2014 afirmaba que: “El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización están en Dios”.

Muchos se preguntan, porque tenemos que orar por ellos, la respuesta es sencilla. Oramos por aquellos familiares y amigos que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio, aquellos que de acuerdo a nuestra fe no pueden entrar al cielo porque aún tienen faltas que purificar, recordemos lo que dice el Libro del Apocalipsis “al cielo no entrará nada manchado”, por ello es deber nuestro orar y ofrecer sufragios por sus almas, para que sus faltas sean perdonadas y puedan entrar a la gloria eterna.

La Iglesia, ya desde sus mismos orígenes, vive con la convicción de su comunión con los difuntos y por ello ha mantenido con gran piedad la memoria de los difuntos, ofreciendo por ellos sus sufragios. Esto se afirma ya en el Antiguo Testamento: Es una idea piadosa y sana rezar por los difuntos para que sean liberados del pecado. Nuestra oración por ellos se actúa especialmente por el ofrecimiento del sacrificio de la Eucaristía. También son sufragios las limosnas, las obras de penitencia y las indulgencias, que tienen su eficacia a partir del ministerio de la Iglesia, cuando aplica en casos concretos los méritos o satisfacción de Cristo y de los santos.

De acuerdo a la tradición de la Iglesia, esta fiesta se le atribuye al santo francés San Odilón, cuarto abad del célebre monasterio benedictino de Cluny, en el año 998, eligiendo para celebrarla el 2 de noviembre, es decir, el día después de la festividad de Todos los Santos; de esta manera la Iglesia hace una comunión completa; porque el día primero se recuerda con fe y esperanza a la Iglesia triunfante (Todos los Santos), que son todos los que ya llegaron y gozan de la presencia de Dios por toda la eternidad, y el día siguiente oramos por la Iglesia purgante (las Almas del Purgatorio) para que salgan de un estado de purificación y entren al reino de los cielos. Con ese objetivo este sabio abad, creo esta celebración. Nosotros, como Iglesia militante aun en esta tierra hacemos comunión con ellos a través de nuestra oración.

Poco a poco esta fiesta se fue extendiendo por toda la Iglesia, todo esto gracias a la gran influencia que tenía la orden del Cluny en aquella época, y su amplia extensión por las tierras de Europa contribuye eficazmente a la divulgación del uso en todo el orbe cristiano.

Pero fueron en un primer momento el papa Benedicto XIV que entre los años 1740 y 1754, quien prácticamente estableció esta conmemoración de manera casi oficial, porque concedió a los obispos y sacerdotes la celebración de tres misas ese día, para orar por la memoria de los fieles difuntos, un privilegio que, en 1915, es establecido de forma oficial por el Papa Benedicto XV a toda la Iglesia Universal.

Para terminar, la celebración del Día de los Difuntos no es sino una expresión más del dogma que rezamos en el Credo llamado la “comunión de los santos”, por el cual, los méritos y sufragios de los miembros de la comunidad pueden ser benéficos para los demás, lo que faculta a la Iglesia a ofrecer por ellos la misa, las indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, así como, por supuesto, los méritos sobreabundantes de la pasión de Cristo.