miércoles, 1 de marzo de 2023

CAPILLAS DOMICILIARIAS, PATRIMONIO OLVIDADO.

 

CAPILLAS DOMICILIARIAS,

PATRIMONIO OLVIDADO.

 

 

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

Me invitaron a un domicilio particular a bendecir una capilla trasportable de madera con bordes dorados, de estilo gótico, con una pequeña imagen de terracota policromada –una Virgen Dolorosa con manto negro—para que visitara las casas, los enfermos, los ancianos y toda la familia en general de los miembros de la Hermandad pasional para que pudieran sentir más cerca la benéfica intercesión de esta gloriosa intercesora en favor de sus problemas y atraer todas las bendiciones del cielo que necesitan e imploran por su medio a la Santísima Trinidad.

Mi presencia en este domicilio fue una sorpresa, la verdad. Esto me hizo recordar cuando en mi pueblo llevaban la capillita de la Virgen de Fátima de casa en casa… pues esta es de la Virgen Dolorosa. Y me viene a la mente el recuerdo de aquel olor de los tazones de aceite con lamparillas encendidas que mi madre colocaba delante de la capilla cuando anochecía, inundando con su olor el comedor de la casa.

--“Que sea enhorabuena y que muchos la puedan tener en sus casas, porque hoy se necesita rezar en familia, quitar los móviles, la televisión y tener un rato de oración delante de la Virgen. Ojalá sea para todos, un momento en el que encontremos el sentido que Dios ha dado a nuestra vida”, les dije después de la bendición.

Las órdenes religiosas todas en general y cada una de ellas en particular han aportado al cristianismo una especial forma de espiritualidad, o lo que es lo mismo, una peculiar y matizada valoración de los misterios y el sentido de lo religioso, expresado en rituales: vía crucis, coronas de la virgen, jubileos, rosarios de la aurora, novenas, etc; también en la promoción y difusión de la devoción a imágenes específicas: Titulares de órdenes, advocaciones enraizadas en la geografía local --las imágenes marianas más reconocidas lo fueron por la acción de los frailes-- y santos fundadores y propios de los institutos conventuales. Igualmente, promovieron la creación de asociaciones religiosas entre seglares, tales como hermandades y órdenes terceras; difundieron el uso de símbolos: Escudos, medallas, escapularios, banderas, guiones; crearon espacios sagrados, como calvarios, capillas callejeras, ermitas, santuarios y desde luego, determinaron espacios urbanos con sus conventos, iglesias, claustros, enfermerías, huertos, etc. En síntesis, las órdenes religiosas aportaron a la vida cristiana que cristaliza en el barroco un conjunto de rituales, instituciones, imágenes, edificios y espacios que en el siglo XIX fueron transferidas a las iglesias diocesanas y a las sociedades locales.

Las órdenes mendicantes a lo largo de los siglos han generado un patrimonio religioso que ha venido a ser común para nuestra sociedad española, que lo ha incorporado como propio. No podríamos entender lo que comúnmente llamamos religiosidad popular o religión común de nuestros pueblos rurales sin la labor de concienciación llevada a cabo por los frailes mendicantes. Éstos, impulsados por una especial forma de entender el cristianismo, lo que otros llaman espiritualidad, y por la necesidad de sobrevivir y expandirse como tales instituciones, les llevó a crear rituales públicos, devociones y entretejer lazos con instituciones religiosas, que sin duda conformaron la religiosidad de nuestro pueblo.

Los frailes mendicantes difundieron iconos religiosos omnipresentes en la devoción de nuestro pueblo cristiano: la Inmaculada Concepción, patrocinada por los franciscanos, la Virgen del Rosario por los dominicos, la del Carmen por los carmelitas, la de los Remedios por los trinitarios, de las Mercedes por los mercedarios, la de la Victoria por los mínimos, la de los Dolores por los servitas y la Divina Pastora por los capuchinos. De igual suerte, los franciscanos difundieron la devoción a la Vera-Cruz, los carmelitas al Santo Sepulcro, los trinitarios al Cautivo y los agustinos al Crucificado. Junto a estas devociones genéricas, impulsaron devociones marianas específicas que hoy son en muchos casos patronas de localidades o gozan de una amplia devoción.

Pero la religiosidad del barroco no se expresa solo en la estética sino también en la forma de entender y vivir la religión, así, las cofradías entienden lo religioso sobre todo como culto externo y rituales a los que subordinan toda su capacidad económica y de organización para organizar actos de culto pero sobre todo procesionar las imágenes por las calles.

La espiritualidad de las órdenes ha dejado su huella tanto en la potenciación de determinadas advocaciones cristíferas y marianas como en las que expandieron con marcado carácter proselitista al objeto de reafirmar su personalidad e idiosincrasia dentro de la carrera ascendente emprendida por las diferentes órdenes para acapararla mayor cuota posible del que pudiera denominarse “mercado religioso”. En esta expansión entraron en competencia con el clero secular y las órdenes entre sí por obtener el favor de fundadores, patronos y benefactores y fieles en general a través de limosnas, donaciones y legados, que ayudasen a la fundación, consolidación y permanencia de los conventos como base de actuación sobre el territorio.

Una de las realidades de religiosidad popular muy arraigada son las capillas itinerantes o domiciliarias muy vigentes todavía en muchos lugares del centro de Europa, de Hispanoamérica y de España. Estas capillas domiciliarias tradicionalmente, se componen una hornacina de madera con puerta frontal de doble hoja; en la parte superior, sendas bisagras facilitan la incorporación de un frontón triangular o gablete móvil, que se decora con una estilizada forma vegetal (trébol) calada en el tímpano y una cruz griega en el remate, en su interior se incluye la imagen, en función de las advocaciones más diversas, -- algunos de los ocupantes de dichas capillas son la Santísima Trinidad, el Santo Niño, la Virgen de la medalla Milagrosa, Virgen del Rosario, santa Quiteria, la Virgen de Fátima, santa Rita, san Antonio de Padua, la Virgen de Gracia o del Carmen, entre otros-- la relación de treinta fieles con sus domicilios y una hucha para depositar las limosnas. En ocasiones, la acompañaba un libro de oraciones, o bien una oración que se incluía en una de sus puertas. Estaban primorosamente labradas y destacaba su delicada decoración, muy en sintonía con el estilo gótico francés, que se trabaja como si se tratara de un auténtico altar o de las hornacinas de un retablo.

Las primeras capillitas u hornacinas surgen de la devoción a la Virgen María en diversas advocaciones y a los santos por parte de las comunidades franciscanas. En ciertos escritos sobre las ‘visitas domiciliarias de los frailes franciscanos’, se relata cómo las hornacinas de la Virgen del Carmen, san Antonio de Padua y san Francisco de Asís, circulaban por los hogares según un orden preestablecido, para unir en la oración y en la piedad a las familias devotas.

La Contrarreforma es un momento de cultivo desde el que se fomenta este tipo de devociones y de otras similares. La influencia de la devoción a estas capillas vecinales y a las advocaciones que representan, fue fomentada desde las iglesias a las casas, como reacción al protestantismo. Añadiríamos que a pesar de ello, debido a su aspecto popular, la propagación de esta tradición fue instantáneamente mantenida y consolidada por los devotos laicos, siendo las mujeres las que de manera preponderante cuidaron y alimentaron esta costumbre.

La religiosidad popular tiene en las capillas domiciliarias o portátiles una de sus manifestaciones más brillantes, habida cuenta de que una de las señas de identidad del pueblo cristiano es el profesar veneración hacia las imágenes. Se trata de una práctica que, posiblemente, tenga sus orígenes en la actividad evangelizadora que la orden franciscana llevó a cabo en el entonces recién descubierto continente americano, dada la posibilidad que ofrecía para su transporte el pequeño tamaño de las mismas. No obstante, fueron la Contrarreforma y la consecuente reacción al protestantismo las corrientes que auspiciaron instantáneamente la difusión y consolidación de esta práctica. La religiosidad propugnada por las órdenes mendicantes, dio forma y contenidos a la religión común de los nuestros pueblos de hoy.

Existen, por otra parte, capillas urbanas en nuestros pueblos y ciudades y que muchas veces pasan desapercibidas de nuestra contemplación. Se trata de las capillas callejeras, que, además de participar en la sacralización del espacio público, tiene una función práctica. Se trata de pequeños santuarios urbanos u hornacinas, y surgen relacionados con la necesidad de mantener iluminados determinados enclaves de la población.

Muchas de estas hornacinas o capillas urbanas dan nombre a la calle donde están ubicadas y sirven para “sacralizar” las distintas calles y eligieron a un santo patrón en el que ampararse e identificarse que todavía pervive hoy día como “aglutinador social” con sus propias celebraciones vecinales del “día del patrón”, como san Antonio Abab o san Roque, por ejemplo.

Esta tradición de abrir capillas en las fachadas --como la de las capillas “portátiles” que se pasan por turno de casa en casa--, datan como mínimo de finales del siglo XVII, y de esta época son las hornacinas más antiguas. No se puede decir lo mismo de las figuras que las ocupan --reproducciones más o menos fieles hechas en yeso o cerámica en los años 40 --, ya que los originales fueron destruidos.

La devoción a la Virgen, en el siglo XVII, rayaba en entusiasmo: Llevaban de continuo escapularios, ponían su esfinge por las calles, y no pocas de ellas hubieran sido intransitables de noche por falta de alumbrado, si la devoción de los particulares no hubiese encendido un farol ante la efigie de María o de algún otro santo.

Esta costumbre, favorecía la protección del hogar, cumplía otros objetivos, como eran difundir la fe cristiana e incrementar la devoción; popularizar ciertas imágenes y fomentar un entorno familiar cristiano, uniendo en la oración y en la piedad a sus miembros e, incluso, a los vecinos, además de recaudar fondos para la parroquia.

En este sentido, cabe señalar que ningún otro objeto podía completar la devoción particular de manera tan perfecta como las capillas domiciliarias, más aún si se tiene en cuenta que no todas las familias podían contar en sus casas con imágenes. Así, frente a las residencias más pudientes, que tenían sus propios espacios de culto, de mayores proporciones y calidad artística, las más humildes se beneficiaban del tránsito de estas representaciones, disfrutando de su presencia para darles culto de forma particular e íntima.

Las capillas domiciliarias también fueron un método de catequesis que se adecuaba sobre todo a la gente sencilla. Estas capillas cumplieron desde sus orígenes una misión claramente apostólica, es decir, una misión evangelizadora entre el pueblo llano, especialmente entre las personas de escaso nivel cultural, que apenas sabían leer y escribir y que necesitaban de esta catequesis plástica que representaban los grabados primero y las imágenes después para comprender el misterio de la fe cristiana. Es, por tanto, una forma de cristianización muy curiosa. De aquí que las órdenes religiosas, cofradías o las parroquias se valieran de ellas para la difusión entre las gentes de sus diversos carismas o para potenciar el culto y la devoción popular hacia una determinada imagen o advocación. Así, el caso de las capillas domiciliarias de la Trinidad o de la Inmaculada es un claro exponente de lo que hemos expuesto. La gente sencilla comprendía mucho mejor estos misterios de la fe a través de las imágenes. Los distintos propósitos de estas capillas eran: la difusión de la fe cristiana, la popularización de ciertas imágenes, también el fomento de un entorno familiar cristiano y, finalmente, el recaudatorio.

Una de estas asociaciones que más difunden esta fórmula de religiosidad popular es la Asociación de la Inmaculada Concepción de la Medalla Milagrosa como un vivo y perenne memorial de la aparición de la Inmaculada Virgen en el año 1830. Esta Asociación tiene por fin tributar a la Virgen María, concebida sin pecado original, el honor que le es debido, ya procurando la santificación propia ya ejerciendo el apostolado, cosas ambas a las que exhorta y ayuda la Sagrada Medalla, tanto por los símbolos que ostenta como por la virtud de que está revestida.

La visita domiciliaria de la Virgen Milagrosa es el medio más importante de santificación y apostolado que realiza la Asociación por medio de la urna o capilla y que es llevada, por una celadora a las familias, a los enfermos, a los asilos, etc. Las personas y familias necesitadas son las que ocupan su tiempo, cercanía e imaginación: La característica del apostolado de la familia vicenciana. Este apostolado ha demostrado su eficacia en la evangelización sobre todo de los pobres y es un impulso no sólo de la oración, sino también de la unidad familiar. La visita de la Virgen mueve los corazones a devolverle la visita en la casa de su Hijo. Es una vuelta a “Jesús por María.”

Las funciones que cumplen estas capillas: Son orientar las familias hacia Dios y formar en cada hogar un pequeño santuario; promover la oración “en familia” para que se cumpla la célebre frase: “Familia que reza unida, permanece unida” y renovar la vida cristiana de quienes la reciben en su casa.

En algunas Hermandades o Cofradías existen estas capillas que van destinadas a los hermanos enfermos y mayores, pero que también son capillas para que puedan visitar a otras familias, y que puedan rezar junto a la Virgen María o en santo de la advocación. En muchos lugares, tras la bendición de las capillas se realiza el “envío” a los domicilios.

En nuestra geografía –sobre todo en nuestros pueblos rurales--  aún se mantienen en circulación y perviven estas prácticas gracias a la labor de las celadoras o custodias de las diversas capillas y al coro. Las celadoras, son las responsables de la capilla, buscar a la gente y luego de revisar y renovar la lista, si hiciera falta, aparte de recoger el dinero y llevarlo a la parroquia, es la encargada de invertirlo en un fin determinado. Hecho todo esto la pone de nuevo en funcionamiento, antes la limpia y prepara. En caso de que la capilla no llegue, la busca por las casas hasta dar con ella para ponerla en funcionamiento nuevamente. Es también la encargada de elaborar el listado y tiene que estar al tanto de la gente fallecida o que cambia de residencia. En cuanto al coro, son las mujeres que se encuentran en la lista de la capilla que va pasando de casa en casa de las mujeres del listado. Tiene una composición de treinta personas, y se pasan la capilla al anochecer, no reteniéndola más de veinticuatro horas, aunque hay quienes la mantienen días y por aquí viene el enfado propio de la vecindad.

Desde sus establecimientos conventuales repartidos con preferencia por las ciudades grandes y medias –las agrociudades--, las órdenes religiosas impulsaron la devoción a las advocaciones marianas propias de cada instituto. Los conventos se convierten así en focos difusores de advocaciones de tanto peso y popularidad en la religiosidad popular barroca como la Inmaculada Concepción, el Rosario, el Carmen, la Merced, o la Virgen de la Victoria, etc.

Todos nuestros pueblos están impregnados de esta religiosidad popular lo cual se expresa en su arte, sus fiestas, y sus costumbres. Toda esta religión popular forma parte de la cultura y se plasma según las características del grupo social al que pertenece, sirviendo por tanto de vehículo y símbolo de identificación de una colectividad o pueblo. La característica de la religiosidad popular es que tiende a expresar la propia visión de la vida (de campesinos, proletariado urbano y parte de la clase media) de un modo marcadamente simbólico, a diferencia de la religión de las clases altas o cultivadas que expresan una visión de la vida en sistemas ideológicos mucho más racionalistas, conceptuales y abstractos. Es decir, el pueblo se expresa dando prioridad a lo simbólico, concreto y experimental, y prestándole menos importancia a lo discursivo o conceptual. En definitiva, las clases populares manifiestan su religiosidad por medio de devociones y ciertas prácticas culturales, como son las oraciones, ritos, gestos simbólicos, fiestas, celebraciones y prácticas piadosas, en un intento de aproximarse a la divinidad. Esta religiosidad, a través de sus celebraciones festivo ceremoniales y en el marco de las hermandades y cofradías, es determinante para entender la configuración de algunos aspectos de nuestra sociedad.

El culto en la religiosidad popular de alguna manera, y aunque apoyado por la jerarquía eclesiástica, surge de forma paralela a la liturgia oficial de la Iglesia y así se mantiene, sin que el esfuerzo que a partir del concilio Vaticano II por integrarlo, o mejor, por integrar en él, la liturgia oficial eclesiástica, todavía hoy no sea otra cosa que violentarlo.

Toda la religiosidad popular está llena de sentimientos y sentimentalismos que muevan y que conmuevan. Evidentemente son la permanencia de hechos a los que, con el transcurso del tiempo, se ha ido añadiendo otros elementos que hoy en cada caso perviven haciendo distinta cada vivencia y expresión de nuestras celebraciones.

Las órdenes mendicantes recién fundadas en el siglo XIII experimentaron una gran expansión. Y a partir de las casas conventuales urbanas incluirán sobre el conjunto del territorio e irán conformando la religiosidad de los nuestros pueblos en su triple vertiente de creencias, rituales e instituciones, frente a una iglesia jerárquica poco activa y subvencionada.

 

lunes, 27 de febrero de 2023

CRISTO, SIGUE SIENDO CRUCIFICADO

 

 

CRISTO, SIGUE SIENDO CRUCIFICADO

 

 

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar. La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la Religiosidad Popular se nos invita –sobre todo en este tiempo cuaresmal-- a contemplar la Cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda. Esto es totalmente cierto, pero no queremos detenernos en esta contemplación del Crucificado.

Proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo pascual. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Miremos el aspecto cruciforme del hombre. Invito a contemplar el cuadro “Angelus Novus” de Paul Klee (1879-1940). A la acuarela de Klee llegué por un texto de Walter Benjamin (1892-1940) él la consideraba una metáfora de la historia, especialmente de los dramáticos tiempos que le tocó vivir. Es el ángel de la historia que tiene un ojo fijo en el pasado. Es el ángel asustado, aterrorizado, que contempla esa historia que se va construyendo ruina tras ruina y a cuya espalda se alza el futuro ignoto. Sus alas desplegadas por el impetuoso viento le arrastran de modo inexorable. Al final él se liberó de su propia historia al suicidarse en Port-Bou antes de caer en manos nazis, “Sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie” había escrito. La historia del hombre ha sido y es una historia marcada por el dolor, la limitación, el sufrimiento y la cruz. El libro del Qohelet nos describe la vida humana como “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Miremos cara a cara al hombre crucificado a lo largo de la historia. ¿Qué camino queda?, más aún ¿queda algún camino? Algo parece cierto, si al final de todo la última sonrisa la esboza la muerte no quedaría ningún asidero al que agarrarnos en nuestra afanosa búsqueda de sentido. Todo intento de defender una especie de plenitud inmanente quedaría definitivamente refutado. Mirado así no son tan extrañas la respuesta del sabio Sileno al rey Midas: “lo mejor no haber nacido, lo segundo mejor morir pronto” (Sófocles, Edipo en Colono; también recogida por Nietzsche en El Origen de la Tragedia). Milan Kundera reflejarían esta idea con un tinte de amargura: “Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro”. Gabriel Marcel ponía el dedo en la llaga, si al final la muerte es la realidad última, el valor se anula en el escándalo puro, la realidad se siente herida en su mismo corazón. Toda la historian del linaje humano no sería más que una fatídica procesión de fantasmas que van de la nada a la nada.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la Cruz. Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz), aquella joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía: “mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la Cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa Cruz asumida libremente muestra el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías.

La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre. La Cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto. Es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una Cruz amándonos.

Siendo así que en la historia de la salvación se nos ha ido desvelando un Dios misericordioso, es en la historia de Jesús donde esta revelación adquiere una profundidad insospechada más allá de toda lógica humana. Israel en su propia historia fue descubriendo que la misericordia no era una realidad abstracta. En la historia de Jesús esto adquiere proporciones abisales, incomprensibles. Aquí se hace añicos toda la lógica racional y se desvela una extraña lógica que nos habla de un abismo de amor que nos desborda totalmente.

 “Todo comenzó con un encuentro”, según la frase elocuente de Schillebeeckx. El recuerdo de su enseñanza y su trato con la gente, transmitida por los discípulos y conservado por las comunidades que creyeron en Él, quedó escrito en forma de diversos evangelios, éstos presentan un fascinante retrato de una persona vibrante, apasionadamente enamorada de Dios, que acentuaba el cuidado que Dios dispensaba a todos.

A la luz de la Pascua, los discípulos comenzaron a entender que Jesús había corporeizado los modos de ese reinado de un modo intensamente original. Como sostuvo Gregersten, la interpretación estaba clara: “si éste es Dios, así es Dios”. Su historia inscribe en el tiempo la revelación del corazón de Dios. La vida de Jesús fue un despliegue de amor y de misericordia frente a la miseria humana, con todos aquellos que tenían necesidad de amor y compasión, de sostén y de ayuda, de comprensión y perdón, lo que le llevó a enfrentarse a la estrecha y hostil mentalidad ambiente con tal de hacer el bien y sanar (Hb 10, 38). Aquellos hombres comprendieron que la sabiduría de Dios en Jesús había venido hasta nosotros, que en adelante la gloria de Dios no podía ser vista junto a la carne ni a través de la carne, sino en la carne y en ningún otro lugar. “El clímax de la historia de la salvación, nos dirá Rahner, no es la separación del ser humano en cuanto espíritu respecto a la tierra para llegar a Dios, sino el descenso de Dios al mundo y su irreversible entrada en él, el advenimiento del logos divino a la materia, de modo que esta se convierte en una realidad permanente en Dios”.

Pero miremos ahora el precio exigido por la fidelidad de Jesús: “Tanto amo dios al mundo que nos dio a su hijo unigénito”. Abandonado, torturado, agonizando en una humillante Cruz…una crucifixión histórica, impredecible, injusta, consecuencia del pecado humano. Jesús no solo está compartiendo la suerte de los Crucificados de la historia sino inclinándose ante el infeliz destino de todo hombre. El acontecimiento de Getsemaní y el Viernes Santo introducen en la historia de la revelación del amor misericordioso de Dios un cambio fundamental: El que pasó haciendo el bien, el que mereció la más grande de las misericordias no la obtiene. A Cristo que sufre de un modo real y terrible en Getsemaní, que se dirige en el Gólgota al Padre, aquel Padre cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado en todas sus obras, a Él no se le ahorra el sufrimiento. “A quien no conoció el pecado, dirá San Pablo, Dios le hizo pecado por nosotros”, aquí se resume el misterio de la cruz. Justamente aquí se revela de modo definitivo e incomprensible el amor y la misericordia de Dios. Esta es la justicia de Dios, su lógica que brota del amor.

Que el ser humano Jesús padeció la muerte agónica en la Cruz es un dato histórico, que en este acontecimiento fue Dios quien sufrió y murió es un dato de fe, una afirmación realizada sobre la base de la encarnación: si este es Dios, entonces así es Dios. Dios sabía del sufrimiento de las criaturas, este conocimiento es parte permanente de la relación de inhabitación (presencia) que el Espíritu mantiene con el mundo. Lo que es nuevo a la vista de la Cruz es la participación divina en el dolor y la muerte desde dentro de la carne.

El Dios encarnado conoce ahora el sufrimiento por experiencia personal. Walter Kasper describe cómo el sufrimiento y la muerte de Cruz, ese acontecimiento inesperado e indecoroso, es ya la insuperable definición de Dios. En el Calvario se burlaban de él, “Si eres el hijo de Dios baja de la Cruz” (Mt 27,40). Pero en verdad era lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios, Jesús estaba allí en la Cruz, fiel hasta el final al designio de amor del Padre. Dios sufre por amor y a causa del amor, que es sobreabundancia de su ser. Desde luego, como señala Kasper, es necesario ser omnipotente para poder amar de ese modo. Cuando Jesús clamó “¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Ese horrífico grito que puso fin a su vida descendiendo al fondo del abandono de Dios, nos aseguraba que ya nadie tendría que vivir, sufrir, morir abandonado de Dios, ya que la presencia divina estará siempre allí.

Dios, a través de su Hijo, sufrió primero y estará para siempre cerca de nosotros en nuestros sufrimientos, esta es la cima de su poder, sufrir con y por nosotros como señaló Benedicto XVI, recogiendo de alguna manera la expresión de Santo Tomás que afirmaba que Dios manifestaba especialmente su omnipotencia en la misericordia. Es la Cruz la que nos hace comprender las raíces profundas del mal que ahondan en el pecado y que llevan a la muerte, y además se convierte en el signo histórico y escatológico de la victoria del amor y de la renovación de las personas sobre la muerte.

Hay pecado, cómo no, sufrimiento y muerte, cómo negarlo, pero la muerte ya ha sido vencida en la Cruz y ya alborea el nuevo día, pues el mal ha sido vencido, la muerte derrotada y, como dice el papa Francisco algo muy, muy importante ha sucedido, por medio de Cristo en la Cruz se nos ha devuelto la esperanza, ¡la Cruz es nuestra única y verdadera esperanza!. Esta es la gran noticia que anuncian los discípulos de Jesús, el binomio muerte pecado ha sido vencido, es la aurora de la Resurrección. Cuando recordamos la cruz, su pasión y su muerte, nuestra fe y esperanza se centra en el Resucitado, en la tarde de aquel día primero después del sábado. La cruz no decretaba el fracaso de Jesús, era todo lo contario, era la victoria.

Creer en el Crucificado que Dios ha resucitado es algo tan claro que la propia lógica de Dios, o sea la misericordia, se convierte para los discípulos de Jesús en su propio programa de vida. Creer en el Hijo Crucificado significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que todo tipo de mal. Creer que el hombre, la humanidad y el mundo viven en una auténtica historia de salvación que tiene su final en el gran abrazo de Dios. Supone, pues, creer en el amor y en la misericordia que es la dimensión indispensable del amor. Es ser impulsados hacia los demás no como simple gesto de solidaridad sino porque Cristo se hace presente en el hombre caído, en el hombre que sufre, pues “cada vez que fuimos misericordiosos con alguien fue con el mismo Cristo con quien tuvimos misericordia”. Esta es la síntesis de la Buena Nueva.

Esto no puede proceder de un conocimiento teórico, Cristo no padeció teóricamente, aquello no fue un Viernes Santo especulativo, el murió por nosotros, se entregó por nosotros, para librarnos de la muerte. Fueron las miserias del hombre, los pecados del hombre, los dolores del hombre, los que le llevaron a la Cruz y los estuvieron clavados en ella. Y solo viviendo esa realidad podremos experimentar la misericordia de Dios, como aquel joven de la parábola que cae convertido ante el amor incondicional del Padre que transforma el juicio en misericordia y fiesta.

Solo podremos experimentar la misericordia y el amor de Dios en la experiencia de nuestra debilidad y miseria, en nuestra radical humildad. Dios sale siempre a nuestro encuentro, solo es necesario un pequeño paso hacia Dios, o al menos el deseo de darlo, como nos enseña el papa Francisco en un encantador librito: “El nombre de Dios es misericordia”. La respuesta del Papa viene tras la cuestión que le plantea el entrevistador al citar la novela de Bruce Marshall “A cada uno su denario”. La escena se desarrolla en la II guerra mundial, el abad Gastón está confesando a un joven soldado alemán condenado a muerte, le pregunta sobre si le pesan sus pecados. El joven contesta honestamente diciendo que en las mismas circunstancias volvería a caer en ellos. El padre Gastón busca un resquicio para poder absolverle y le pregunta: ¿Al menos te pesa que no te pesen? Esta es una vívida imagen del Dios que aprovecha la mínima oportunidad para ofrecernos su misericordia. Es en esa fragilidad de ánforas agrietadas donde podremos sentir la mirada compasiva de Jesús.

De qué modo tan sublime lo expresó san Juan de la Cruz en el canto “En solo aquel cabello”, quien comentándolo nos decía: “El mirar de Dios es amor”, si Él, por su misericordia, no nos mirara y amara primero… y se abajara, ninguna presa hiciera en el vuelo del cabello de nuestro bajo amor”. Nuestro amor es comparado al vuelo de un simple cabello que cae sobre los hombros, basta ese pequeño cabello para que Dios se prende de nosotros: “En solo aquel cabello /que en mi cuello volar consideraste / mirástele en mi cuello /y en él preso quedaste, /y en uno de mis ojos te llegaste” (Canto 22).

Arlen Grey descubrió que había una octava palabra, el terrible grito final, que fue el último sonido que salió de su boca. Su dramática reflexión expresa la enseñanza bíblica: “De repente comprendí que este último estertor de Jesús reunió todo el sufrimiento de la tierra a lo largo de todas las épocas, lo envolvió y lo presentó ante el trono celestial, no con abundancia de palabras, sino en un paquete sagrado que contenía los pesares, sufrimientos y sueños perdidos de toda la creación, todos los pueblos , todos los tiempos , todas las condiciones; y los llevo directamente al palpitante y amoroso corazón de la Trinidad viva, donde ahora se halla. Jesús grita; y él lleno de gracia y verdad, tomó así su suplicio y todo suplicio, transfigurándolos en un medio para tocar a Dios”.

En el año 2013, en Copacabana (Brasil), ante millones de jóvenes, el Papa hablaba de una antigua tradición de Roma, nosotros podemos recordarla por la adaptación cinematográfica de la obra de Sienkiewiz “¿Quo Vadis?”. Pedro sale de Roma ante el peligro que suponía la persecución de Nerón y se encuentra con el Señor, en la vía Appia. Pedro le pregunta:”Domine, quo vadis?”.(¿Dónde vas Señor?). El Señor le contesta que vuelve a Roma, con sus amigos, sus hijos, sus discípulos, que vuelve con ellos a ser Crucificado. Pedro comprende, en este momento, que hay que seguir a Jesús hasta el final. Que el camino de la Cruz siempre nos acompañará, pero que ésta es preludio de la Resurrección.

 

LAS MIRADAS DE JESÚS DESDE LA CRUZ

 

LAS MIRADAS DE JESÚS DESDE LA CRUZ

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

La iconografía del Crucificado en el arte románico, a partir del siglo XI, lo presenta vivo sin señales de sufrimiento, sin torsión en sus miembros, con rostro sereno, y con los ojos abiertos. Desde esta iconografía y teniendo en cuenta las palabras de Jesús en la cruz que nos han transmitido los evangelios, hablamos de tres miradas del Crucificado a personas distintas y en direcciones diferentes: Jesús mira hacia arriba, se dirige al Padre, luego dirige su mirada hacia abajo, a su madre y a los que la acompañaban, también mira a los lados, para dirigirse a los otros crucificados.

La primera mirada de Jesús en la cruz se dirige a Dios, al que llama Abba, su Padre querido. Había vivido toda su vida desde la certeza de que él lo había enviado al mundo para que nosotros tuviésemos una prueba definitiva del amorque Dios nos tiene. En todo momento vivió en su presencia: “El Padre me ama…, sé que no estoy solo, porque él cuida de mí”. Por eso ahora, en medio de la oscuridad que cubría la tierra, como testifica el evangelista, “hacia el mediodía las tinieblas cubrieron toda la tierra”, el sol se estaba apagando a la par que moría el que se había presentado como “luz del mundo”, levanta sus ojos hacia Dios y le dirige unas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y junto a esta cruda interpelación también otra que expresa su absoluta confianza en él: “Padre a tus manos encomiendo mi vida”. Interrogante dramático y serena confianza son el contenido de esta primera mirada del Crucificado, que dirige sus ojos hacia arriba.

Jesús mira hacia abajo. Era el Hijo de Dios, pero siempre vivió con los pies sobre esta tierra. No fue un idealista utópico. De nuestra misma condición humana sabía lo que era el sufrimiento y la soledad de muchos, porque “pasó entre ellos haciendo el bien y curando las dolencias del pueblo”. Por eso, vuelve ahora también sus ojos hacia abajo y allí ve a su madre y al discípulo que más quería. Los ve rotos por el dolor, soportando la agonía del Hijo amado y la soledad del discípulo que había reposado su cabeza sobre su pecho. A ellos les dirige una mirada tierna y una palabra compasiva: “Madre, ahí tienes a tu hijo; Hijo, ahí tienes a tu madre”. Hecho ese ejercicio de sanación y de consuelo, como tantas veces lo había hecho con los que sufrían, luego ya pudo decir: “Todo se ha cumplido”

Mirada horizontal a los otros crucificados. De uno de ellos le llegan palabras de reproche y de burla. En cambio, el otro descalifica a su compañero, reconoce que merecían el castigo que estaban sufriendo y dirigiéndose a Jesús afirma su inocencia y le dirige una interpelación a su misericordia. Y Jesús mirando, sin duda, a uno y al otro les dice que el tiempo de gracia y de amnistía que él había inaugurado seguía vigente. Por eso, como lo había hecho con muchos pecadores desde el principio hasta el final de su vida, sentencia en alta voz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y envueltas tiernamente en su mirada les dirige estas consoladoras palabras: “Te lo aseguro hoy estarás conmigo en el paraíso”

“Fijos nuestros ojos en Jesús”. Son tres miradas de Jesús desde la cruz, que quieren servir de ejemplo y paradigma para nuestros ojos, que siempre deben “estar fijos en Jesús”.

Una primera mirada hacia arriba, buscando al Padre Porque colonizados culturalmente por los “maestros de la sospecha”, somos una generación que piensa que para alcanzar la adultez debemos “matar al padre”. Aunque lo cierto es que lo necesitamos para encontrar sentido a la vida y a la muerte. El mismo Nietzsche, en el discurso del loco, en “Así hablaba Zaratustra”, planteaba estos interrogantes: “¿Adónde vamos ahora que hemos desencadenado la tierra de su sol? ¿No hace ahora mucho más frío? ¿No tenemos que encender faroles en pleno mediodía?”. Para muchas personas la experiencia del dolor y de la muerte es una grieta por donde asomarse a la transcendencia y encontrarse con el Padre.

Otra mirada hacia abajo. Dirigida a las personas con las que convivimos, especialmente a las que han acreditado su fidelidad en todas las dimensiones de su vida: fieles con sus compromisos, coherentes con sus creencias, resistentes ante la tentación del abandono o la huida, sin dejarse llevar por la cultura laica dominante. Son la actualización de aquellos discípulos que acompañaron a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén y ahora están junto a la cruz.

No son tiempos fáciles, pero están ahí. Tampoco hoy son buenos tiempos para los millones de cristianos que en Siria, Palestina, Turquía, Corea del Norte, Afganistán, Nigeria, Sudán,… sufren persecución por mantener su fe. A pesar de todo, permanecen y hacia ellos debemos dirigir nuestra mirada tierna y agradecida.

Una mirada horizontal. También una mirada a las personas que se han equivocado en la vida, que han sufrido un fracaso sonado y han quedado marcadas de por vida. Han sido etiquetadas clasificadas y marginadas en el colectivo de “los perdidos” o “descartados” de la sociedad. Ya nadie les ofrecerá una nueva oportunidad. Son la escoria de la sociedad. Ellos actualizan la historia de Job, postrado sobre el estiércol, desfigurado por la lepra hasta el punto de que ni sus antiguos amigos le reconocían, y los que pasaban cerca de él volvían su rostro. Pero también para estos Dios tiene una mirada tierna y misericordiosa, que nosotros debemos actualizar. Porque para Dios nadie, ni la “oveja negra”, ni el hijo que se fue de casa, ni ningún crucificado está perdido.

 

EXALTACION DE LA SANTA CRUZ

 

 

EXALTACION DE LA SANTA CRUZ

 

Por Antonio DIAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar. La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.

En la Religiosidad Popular se nos invita –sobre todo en este tiempo cuaresmal-- a contemplar la Cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda. Esto es totalmente cierto, pero no queremos detenernos en esta contemplación del Crucificado.

Proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo pascual. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.

Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.

Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la Cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección”.

“No habiendo podido encontrar remedio a la muerte, a la miseria, a la ignorancia, los hombres para ser felices han tomado la decisión de no pensar en ello”, decía Pascal en los albores de la ilustración.

En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la Resurrección. Si como decía San Juan Pablo II, “la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la Cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa”.

Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la Cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad. El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo.

Recordamos cómo leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la Cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.

Si extendemos nuestra mirada a este universo que antaño se creía eterno e infinito vemos que lleva en sí la marca de la Cruz como aquella señal de la que Caín nunca pudo desprenderse. La señal de la caducidad. Toda la realidad es tu morada, si se me permite el neologismo, por la nada, su devenir es consumirse a sí misma, acabar, perecer y morir.

Engels, el gran colaborador de Marx, pensaba erróneamente en la eternidad de la materia. Pura ilusión, fue necesaria la ciencia de finales del siglo XIX y del siglo XX, para mostrar lo vano de este planteamiento. Cuando el gran crítico del cristianismo Bertrand Russell tuvo conciencia de las implicaciones filosóficas de los desarrollos últimos de la física, cayó en un profundo vacío existencial. Nada permanecería, lo único eterno era la muerte. Anticipándose “al de más” sartriano nos cuenta como toda la realidad empezó a tambalearse bajo sus pies, el valor de todo el universo era el mismo que el de una estrella fugaz que se apaga en un instante. Todo se consumiría en su propia nada. Con el agravante de que no quedaría ninguna inteligencia que pudiera contemplar el último gesto de agonía del universo. Todo lo material tiene clavada la espina de la muerte, y si la realidad del espíritu no es más que una ilusión, o a lo sumo una vaga sombra, nada puede escapar a la corrupción.

Qué decir de la vida, una vida que evoluciona a costa de una enorme cantidad de dolor y muerte. Una vida que aparece como un lugar de agonía. Como escribe Holmes Rolston: “la naturaleza es aleatoria, ciega, catastrófica, derrochadora, indiferente, egoísta, cruel, llena de sufrimiento y, en último término, muerte”. San Pablo contemplaba esta realidad y reflexionando sobre ella decía “que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente” (Rom 8,22). Es cierto que , desde lo que suponía la resurrección del Señor, la veía como una parturienta esforzándose por dar a luz la nueva creación pues también sería liberada de la servidumbre de la corrupción, algo que nosotros no nos permitimos vislumbrar todavía. El mundo natural se nos presenta como cruciforme y su proceso evolutivo como un vía crucis.

Las imágenes suelen ser más expresivas que los fríos conceptos, miremos el caso del polluelo del pelícano de reserva. Los pelicanos blancos suelen poner dos huevos con algunos días de diferencia entre el uno y el otro. El primer polluelo al romper el cascaron come, crece más y se vuelve batallador. Tiende a comportarse agresivamente con el segundo tomando la mayor parte de la comida que le ofrecen los padres y llegando a expulsar al otro polluelo fuera del nido, ignorado por los padres a pesar de sus intentos de retornar a la familia sufre inanición, solo una ínfima parte logra sobrevivir. El demacrado aspecto de este polluelo condenado al ostracismo, sus gritillos, sus desesperados intentos de volver al nido, su desplome para convertirse en alimento de gaviotas han supuesto una buena estrategia evolutiva para el pelícano, pero suponen una escena turbadora que reclama una explicación, máxime cuando la angustia de esta pequeña criatura se repite a gran escala. El elemento del sufrimiento y la tragedia siempre está ahí, siempre hay algo que está muriendo, y siempre hay algo que continua viviendo, hasta que la muerte, como el auténtico Moloch, sea todo en todos, parafraseando e invirtiendo la frase de Pablo.

Ahora miremos el aspecto cruciforme del hombre. Invito a contemplar el cuadro “Angelus Novus” de Paul Klee. A la acuarela de Klee llegué por un texto de Walter Benjamin, él la consideraba una metáfora de la historia, especialmente de los dramáticos tiempos que le tocó vivir. Es el ángel de la historia que tiene un ojo fijo en el pasado. Es el ángel asustado, aterrorizado, que contempla esa historia que se va construyendo ruina tras ruina y a cuya espalda se alza el futuro ignoto. Sus alas desplegadas por el impetuoso viento le arrastran de modo inexorable. Al final él se liberó de su propia historia al suicidarse en Port-Bou antes de caer en manos nazis, “Sólo sobre un muerto no tiene potestad nadie “había escrito. La historia del hombre ha sido y es una historia marcada por el dolor, la limitación, el sufrimiento y la cruz. El libro del Qohelet nos describe la vida humana  como “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Miremos cara a cara al hombre Crucificado a lo largo de la historia. ¿Qué camino queda?, más aún ¿queda  algún camino? Algo parece cierto, si al final de todo la última sonrisa la esboza la muerte no quedaría ningún asidero al que agarrarnos en nuestra afanosa búsqueda de sentido. Todo intento de defender una especie de plenitud inmanente quedaría definitivamente refutado. Mirado así no son tan extrañas la respuesta del sabio Sileno al rey Midas: “lo mejor no haber nacido, lo segundo mejor morir pronto” (Sófocles, Edipo en Colono; también recogida por Nietzsche en El Origen de la Tragedia).Milan Kundera reflejarían esta idea con un tinte de amargura :“Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro”.Gabriel Marcel ponía el dedo en la llaga, si al final la muerte es la realidad última, el valor se anula en el escándalo puro, la realidad se siente herida en su mismo corazón. Toda la historian del linaje humano no sería más que una fatídica procesión de fantasmas que van de  la nada a la nada.

Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la cruz. Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz), aquella  joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita  y murió en Auschwitz nos decía:“mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa cruz asumida libremente muestra el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido  por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz,  junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada  en el mismo Crucificado transformándose  en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al  hombre. La cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto. Es la respuesta  al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una cruz amándonos.

Siendo así que en la historia de la salvación se nos ha ido desvelando un Dios misericordioso, es en la historia de Jesús donde esta revelación adquiere una profundidad insospechada más allá de toda lógica humana. Israel en su  propia historia fue descubriendo que la misericordia no era una realidad abstracta. En la historia de Jesús esto adquiere proporciones abisales, incomprensibles. Aquí se hace añicos toda la lógica racional y se desvela una extraña lógica que nos habla de un abismo de amor que nos desborda totalmente.

 “Todo comenzó con un encuentro”, según la frase elocuente de Schillebeeckx. El recuerdo de su enseñanza y su trato con la gente, transmitida por los discípulos y conservado por las comunidades que creyeron en Él, quedó escrito en forma de diversos evangelios, éstos presentan un fascinante retrato de una persona vibrante, apasionadamente enamorada de Dios, que acentuaba el cuidado que Dios dispensaba a todos. A la luz de la Pascua, los discípulos comenzaron a entender que Jesús había corporeizado  los modos de ese reinado de un modo intensamente original. Como sostuvo Gregersten,  la interpretación estaba clara:” si éste es Dios, así es Dios”. Su historia inscribe en el tiempo la revelación del corazón de Dios. La vida de Jesús fue un despliegue de amor y de misericordia frente a la miseria humana, con todos aquellos que tenían necesidad de amor y compasión, de sostén y de ayuda, de comprensión y perdón, lo que le llevó a enfrentarse a la estrecha y hostil mentalidad ambiente con tal de hacer el bien y sanar (Hb 10, 38).  Aquellos hombres comprendieron que la sabiduría de Dios en Jesús había venido hasta nosotros, que en adelante la gloria de Dios no podía ser vista junto a la carne ni a través de la carne, sino en la carne y en ningún otro lugar .“El clímax de la historia de la salvación, nos dirá Rahner,  no es la separación del ser humano en cuanto espíritu respecto a la tierra para llegar a Dios, sino el descenso de Dios al mundo y su irreversible entrada en él, el advenimiento del logos divino a la materia, de modo que esta se convierte en una realidad permanente en Dios”.

Pero miremos ahora el precio exigido por la fidelidad de Jesús: “Tanto amo dios al mundo que nos dio a su hijo unigénito”. Abandonado, torturado, agonizando en una humillante cruz…una crucifixión histórica, impredecible, injusta, consecuencia del pecado humano. Jesús no solo está compartiendo la suerte de los Crucificados de la historia sino inclinándose ante el infeliz destino de todo hombre. El acontecimiento de Getsemaní y el Viernes Santo introducen en la historia de la revelación del amor misericordioso de Dios un cambio fundamental: El que pasó haciendo el bien, el que mereció la más grande de las misericordias no la obtiene. A Cristo que sufre de un modo real y terrible en Getsemaní, que se dirige en el Gólgota al Padre, aquel Padre cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado en todas sus obras, a Él no se le ahorra el sufrimiento. “A quien no conoció el pecado,  dirá San Pablo,  Dios le hizo pecado por nosotros”, aquí se resume el misterio de la cruz. Justamente aquí se revela de modo definitivo e incomprensible el amor y la misericordia de Dios. Esta es la justicia de Dios, su lógica que brota del amor.

Que el ser humano Jesús padeció la muerte agónica en la cruz es un dato histórico, que en este acontecimiento fue Dios quien sufrió y murió es un dato de fe, una afirmación realizada sobre la base de la encarnación: si este es Dios, entonces así es Dios. Dios sabía del sufrimiento de las criaturas, este conocimiento es parte permanente de la relación de inhabitación (presencia) que el Espíritu mantiene con el mundo. Lo que es nuevo a la vista de la cruz es la participación divina en el dolor y la muerte desde dentro de la carne. El Dios encarnado conoce ahora el sufrimiento por experiencia personal (Moltman). Walter Kasper describe cómo el sufrimiento y la muerte de cruz, ese acontecimiento inesperado e indecoroso, es ya la insuperable definición de Dios.  En el calvario se burlaban de él, “Si eres el hijo de Dios baja de la cruz” (Mt 27,40). Pero en verdad era lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios,  Jesús estaba allí en la cruz, fiel hasta el final al designio de amor del Padre. Dios sufre por amor y a causa del amor, que es sobreabundancia de su ser. Desde luego, como señala Kasper, es necesario ser omnipotente para poder amar de ese modo. Cuando Jesús clamó“¡Dios mío!¡ Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”Ese horrífico grito que puso fin a su vida descendiendo al fondo del abandono de Dios, nos aseguraba que ya nadie tendría que vivir, sufrir, morir abandonado de Dios, ya que la presencia divina estará siempre allí. Dios, a través de su hijo, sufrió primero y estará para siempre cerca de nosotros en nuestros sufrimientos, esta es la cima de su poder, sufrir con y por nosotros como señaló Benedicto XVI, recogiendo de alguna manera la expresión de Santo Tomás que afirmaba que Dios manifestaba especialmente su omnipotencia en la misericordia. Es la cruz la que nos hace comprender las raíces profundas del mal que ahondan en el pecado y que llevan a la muerte, y además se convierte en el signo histórico y escatológico de la victoria del amor y de la renovación de las personas sobre la muerte.  Hay pecado, cómo no, sufrimiento y muerte, cómo negarlo, pero la muerte ya ha sido vencida en la cruz y ya alborea el nuevo día, pues el mal ha sido vencido, la muerte derrotada y, como dice el Papa Francisco algo muy, muy importante ha sucedido, por medio de Cristo en la cruz se nos ha devuelto la esperanza, ¡la cruz es nuestra única y verdadera esperanza!.Esta es la gran noticia que anuncian los discípulos de Jesús, el binomio muerte pecado ha sido vencido, es la aurora de la resurrección. Cuando recordamos la cruz, su pasión y su muerte, nuestra fe y esperanza se centra en el resucitado, en la tarde de aquel día primero después del sábado. La cruz no decretaba el fracaso de Jesús, era todo lo contario, era la victoria.

¿Qué significa creer en el Crucificado que Dios ha resucitado? , algo tan claro que la propia lógica de Dios, o sea la misericordia, se convierte para los discípulos de Jesús en su propio programa de vida. Creer en el Hijo Crucificado significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que todo tipo de mal. Creer que el hombre, la humanidad y el mundo viven en una auténtica historia de salvación que tiene su final en el gran abrazo de Dios.  Supone, pues, creer en el amor y en la misericordia que es la dimensión indispensable del amor. Es ser impulsados hacia los demás no como simple gesto de solidaridad sino porque Cristo se hace presente en el hombre caído, en el hombre que sufre, pues “cada vez que fuimos misericordiosos con alguien fue con el mismo Cristo con quien tuvimos misericordia”. Esta es la síntesis de la Buena Nueva.

Esto no puede proceder de un conocimiento teórico, Cristo no padeció teóricamente, aquello no fue un Viernes Santo especulativo, el murió por nosotros, se entregó por nosotros, para librarte de la muerte. Fueron las miserias del hombre, los pecados del hombre, los dolores del hombre, los tuyos y los míos los que le llevaron a la cruz y los estuvieron clavados en ella. Y solo viviendo esa realidad podremos experimentar la misericordia de Dios, como aquel joven de la parábola que cae convertido ante el amor incondicional del Padre que transforma el juicio en misericordia y fiesta. Solo podremos experimentar la misericordia y el amor de Dios en la experiencia de nuestra debilidad y miseria, en nuestra radical humildad. Dios sale siempre a nuestro encuentro, solo es necesario un pequeño paso hacia Dios, o al menos el deseo de darlo, como nos enseña el papa Francisco en un encantador librito: “El nombre de Dios es misericordia”. La respuesta del Papa viene tras la cuestión que le plantea el entrevistador al citar la novela de Bruce Marshall “A cada uno su denario”. La escena se desarrolla en la II guerra mundial, el abad Gastón está confesando a un joven soldado alemán condenado a muerte, le pregunta sobre si le pesan sus pecados. El joven contesta honestamente diciendo  que en las mismas circunstancias volvería a caer en ellos. El padre Gastón busca un resquicio para poder absolverle y le pregunta: ¿Al menos te pesa que no te pesen? Esta es una vívida imagen  del Dios que aprovecha la mínima oportunidad para ofrecernos su misericordia. Es en esa fragilidad de ánforas agrietadas donde podremos sentir la mirada compasiva de Jesús.

De qué modo tan sublime lo expresó San Juan de la Cruz  en el canto “En solo aquel cabello”, quien comentándolo nos decía:“El mirar de Dios es amor”, si Él, por su misericordia, no nos mirara y amara primero… y se abajara, ninguna presa hiciera en el vuelo del cabello de nuestro bajo amor”. Nuestro amor es comparado al vuelo de un simple cabello que cae sobre los hombros, basta ese pequeño cabello para que Dios se prende de nosotros:  “En solo aquel cabello /que en mi cuello volar consideraste / mirástele en mi cuello /y en él preso quedaste, /y en uno de mis ojos te llegaste”  (Canto 22)

Arlen Grey descubrió que había una octava palabra, el terrible grito final, que fue el último sonido que salió de su boca. Su dramática reflexión expresa la enseñanza bíblica : “De repente comprendí que este último estertor de Jesús reunió todo el sufrimiento de la tierra a lo largo de todas las épocas, lo envolvió y lo presentó ante el trono celestial, no con abundancia de palabras, sino en  un paquete sagrado que contenía los pesares, sufrimientos y sueños perdidos de toda la creación, todos los pueblos , todos los tiempos , todas las condiciones; y los llevo directamente al palpitante y amoroso corazón de la Trinidad viva, donde ahora se halla. Jesús grita; y él lleno de gracia y verdad, tomó así su suplicio y todo suplicio, transfigurándolos en un medio para tocar a Dios”.

En el año 2013, en Copacabana (Brasil), ante millones de jóvenes, el Papa nos hablaba de una antigua tradición de Roma, nosotros podemos recordarla por la adaptación cinematográfica de la obra de Sienkiewiz “¿Quo Vadis?”. Pedro sale de Roma ante el peligro que suponía la persecución de Nerón y se encuentra con el Señor, en la vía Appia. Pedro le pregunta:”Domine, Quo Vadis?”.(¿Dónde vas Señor?). El Señor le contesta que vuelve a Roma, con sus amigos, sus hijos, sus discípulos, que vuelve con ellos a ser Crucificado. Pedro comprende, en este momento, que hay que seguir a Jesús hasta el final. Que el camino de la cruz siempre nos acompañará, pero que ésta es  preludio de la resurrección.

 

 

 

HOMILIA SEDE JUNTA DIOCESANA DE HERMANDADES

 

HOMILIA SEDE JUNTA DIOCESANA DE HERMANDADES

 

L´ALCUDIA,  26 DE FEBRERO 2023

 

 

 

Os saludo con afecto a todos los que participáis en esta jornada-encuentro para inaugurar la Sede 2023-2024 de la Junta de Hermandades de Semana Santa en L´Alcudia y que habéis venido de diversas ciudades y pueblos de nuestra Diócesis.

Un saludo los que con un corazón cofrade, dedicáis parte de vuestro tiempo a la hermosa labor de anunciar en la calle la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Un saludo a todos los que en este tiempo de preparación para vivir el esplendor de nuestra Semana Santa ya tenéis revisados y dispuestos todos los elementos necesarios para la procesión, porque nada se improvisa y todo lo cuidáis con esmero.

Un saludo a vosotros, que habéis demostrado que sois conscientes de vuestra gran responsabilidad y de que sois enviados por la Iglesia a la evangelización, a sacar a la calle el “misterio central de nuestra Fe”.

1.- El miércoles pasado comenzamos el tiempo de Cuaresma, tiempo fuerte, fundamental en el devenir del año litúrgico, y en la vida de los cristianos, en la vida de los hombres y mujeres de fe, en la vida de los cofrades, si durante todo el año estamos intentado reflexionar sobre lo que significa seguir a Jesús hoy, en este tiempo lo debemos hacerlo de una forma especial. Cuaresma, cuarenta días de preparación a lo que son los acontecimientos centrales de nuestra fe: Pasión, Muerte y sobre todo Resurrección de Jesús.

El Evangelio de hoy nos ha colocado al Señor al comienzo de su vida pública, siendo tentado por el diablo, nosotros también vamos a comenzar un camino, el camino de este tiempo cuaresmal. Nos ponemos en el punto de salida, y en este lugar comienza la posibilidad de que sea un éxito o un fracaso. Es preciso determinar hacia dónde vamos, cuál es nuestra meta, cuál es nuestro objetivo, el miércoles de ceniza nos lo recordaron: Conviértete y cree en el evangelio. Ese es nuestro punto de partida, nuestra meta y nuestro objetivo: la conversión, el llegar a renovar de tal modo nuestra manera de pensar y de actuar que realmente terminemos como hombres y mujeres nuevos. Morir con Jesús en la Cruz, para resucitar con Él como personas cambiadas la noche del Sábado Santo.

Quienes hemos vivido ya muchas cuaresmas puede que perdamos el valor fuerte de los gestos y palabras tantas veces repetidos, y podemos caer en la monotonía de vivir una Cuaresma más o podemos también ponernos al inicio de un camino, conscientes de la tarea que tenemos por delante. De nosotros depende que escojamos una cosa u otra.

 2.- Hemos comenzado la Cuaresma como el tiempo favorable para reavivar nuestras relaciones con Dios y con los demás; para abrirnos en el silencio a la oración y a salir del baluarte de nuestro yo cerrado; para romper las cadenas del individualismo y redescubrir, a través del encuentro y la escucha, quién es el que camina a nuestro lado cada día, y volver a aprender a amarlo como hermano o hermana.

La Cuaresma ciertamente es el tiempo favorable para volver a lo esencial, para despojarnos de lo que nos pesa, para reconciliarnos con Dios, para reavivar el fuego del Espíritu Santo que habita escondido entre las cenizas de nuestra frágil humanidad. Es el tiempo de gracia para volver a Dios de todo corazón

Este es el tiempo favorable para convertirnos, para cambiar la mirada antes que nada sobre nosotros mismos, para vernos por dentro. Cuántas distracciones y superficialidades nos apartan de lo que es importante. Cuántas veces nos centramos en nuestros deseos o en lo que nos falta, alejándonos del centro del corazón, olvidándonos de abrazar el sentido de nuestro ser en el mundo.

La Cuaresma es un tiempo de verdad para quitarnos las máscaras que llevamos cada día aparentando ser perfectos a los ojos del mundo; para luchar, contra la falsedad y la hipocresía. No las de los demás, sino las nuestras.

3.- Vosotros, mis queridos hermanos cofrades, estáis llamados, por vuestra propia vocación cristiana y piedad particular, a restaurar la armonía en el seno de vuestras cofradías, que han de ser auténticas escuelas de fraternidad y concordia.

La unión entre quienes formáis las hermandades, es mucho más que la suma de los esfuerzos para sacar un paso, entonar hermosos acordes para acompañarlos o seguirlos con orden en una respetuosa y silenciosa procesión. Lo que representamos en unos pocos, pero intensos días de la Semana Santa, ha de ser la expresión de lo que estamos llamados a vivir durante todo el año tanto dentro como fuera de las sedes de nuestras cofradías.

Muchas veces nos veremos tentados para querer destacar sobre otros, o realizar nuestros actos de manera exclusiva y diferenciada, o desear que los intereses particulares primen sobre los generales. Somos personas limitadas, y sabemos de nuestras debilidades, pero precisamente la pertenencia a una Hermandad que ante todo ha de estar unida en el amor a Jesucristo, nos va purificando y ayudando a vivir con coherencia el Evangelio del Señor, superando esas carencias y abriéndonos al don de su misericordia en la reconciliación con Dios y con los hermanos.

Nuestras cofradías penitenciales tienen permanentemente el reto de vivir inmersas en el ambiente cotidiano, pero no para diluirse en sus mismos intereses y objetivos, o para mantener las relaciones de enfrentamiento e imposición que tanto lo caracteriza, sino para “ser sal y luz” en medio de la sociedad en la que vivimos, para que viendo como nos amamos, y cómo cuidamos la fraterna unidad, el mundo crea en el Señor.

Las cofradías no son una simple asociación de personas para conseguir unos objetivos más o menos inmediatos. Las cofradías es una forma de vivir en cristiano, de seguir a Jesucristo, de estar en la Iglesia, de caminar como ciudadanos de este mundo, de sentir el calor de la propia familia.

Una hermandad o cofradía no es solamente una agrupación a la que se pertenece, ni siquiera una serie de actividades religiosas en torno a unas imágenes veneradas. La hermandad es un espíritu, una vida, una fe, un patrimonio espiritual. A vosotros, tan importantes y necesarios, queridos cofrades, os pido que aprovechéis este tiempo de Cuaresma y Semana Santa para espabilar vuestros oídos escuchando la Palabra de Dios, potenciando las obras de caridad y que deis gracias a Dios por todas las oportunidades que os regala para la alegría.

Vivir como cristianos todos los días y amar al Señor Jesús de verdad, nos favorece para acogerle en nuestro corazón y en nuestra propia vida.

Para todos los cristianos, pero especialmente para los cofrades, Cristo es el centro de atención y hacia Él deben dirigirse nuestros pasos, pensamientos y toda la actividad, porque Jesús nos ha dado ejemplo de amar a Dios Padre, de hacer su voluntad y de entregar la vida por amor.

 4.- Queridos cofrades, vosotros sois custodios de la piedad popular, de ese bendito tesoro que tiene la Iglesia y que nos ayuda para permanecer en una sana espiritualidad. Dadlo a conocer, anunciadlo a todos con generosidad y proclamad a los cuatro vientos vuestra felicidad por haberos fiado de Jesucristo.

El olor del incienso al paso de las sagradas imágenes nos recuerda la importancia de dar testimonio de vida, porque las buenas obras de caridad, llegan a los otros antes que la palabra y exhalan el buen olor de la fe. Así evangelizaréis las cofradías, con el ejemplo antes que con la palabra, y despertaréis los sentimientos de fe profunda, que están en el corazón de nuestro pueblo y favoreciendo la cercanía del necesitado al corazón misericordioso de Dios.

Acudid siempre a Cristo, fuente inagotable, refuercen su fe, cuidando la formación espiritual, la oración personal y comunitaria, la liturgia. A lo largo de los siglos, las Hermandades han sido fragua de santidad de muchos que han vivido con sencillez una relación intensa con el Señor. Caminad con decisión hacia la santidad; no se conformen con una vida cristiana mediocre, sino que su pertenencia sea un estímulo, ante todo para ustedes, para amar más a Jesucristo.

 5.- Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia os quiere. Sed una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas… Amad a la Iglesia. Dejaos guiar por ella. En las parroquias, en las diócesis, sed un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana.

Cuando veo en nuestras o plazas la gran variedad de colores y de signos en vuestras túnicas, tengo presente a la Iglesia. Así es la Iglesia: Una gran riqueza y variedad de expresiones en las que todo se reconduce a la unidad, al encuentro con Cristo.

Os encomiendo especialmente al cuidado de la Santísima Virgen María, en sus diversas advocaciones, pidiéndole que os ayude a todos los cofrades a responder tan rápidamente como los discípulos a la llamada de Cristo, para que por donde paséis seáis portadores de paz, misericordia y perdón; también para que caminéis siempre cerca de Jesús y atendáis con el mismo corazón del Señor los gritos y súplicas de los que están en las cunetas de los caminos pidiéndonos ayuda. Le pido a Nuestra Señora que os de fortaleza para que seáis generosos en dar el amor y la ternura de Dios.

Que así sea.

 


(L´Alcudia, 26 de febrero de 2023)