sábado, 28 de marzo de 2026

 

SEMANA SANTA:

UN MENSAJE, UNA CELEBRACIÓN

 

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA

Delegado Episcopal de Religiosidad Popular

 

 

La Semana Santa es fracaso y fiesta. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se convierte en pórtico de la Pasión y Muerte más duras e injustas de la historia. Jesús, el Hijo de Dios, obediente al Padre hasta el límite, y veraz hasta ser la Verdad misma, es condenado por blasfemo. La última reunión de Cristo con sus discípulos, amigos y confidentes, durante la tarde del Jueves Santo, fue escenario de los gestos inolvidables de amor de Jesús, y de la manifestación de la dureza del alma de Judas. Cristo, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”, les lavó los pies y les dio a comer su propio Cuerpo sacramentado. Judas, después de presenciar estas expresiones, decide abandonar la reunión con el Señor para dar cauce definitivo a su desamor hasta con sumar la traición más destacada en la historia. La entrega máxima de Jesús, que da su vida en la Cruz por el perdón de nuestras propias torpezas y pecados, es vituperada por los que se burlaban del Crucificado porque había curado enfermos y resucitados muertos y no era capaz de liberarse del patíbulo mortal. Las palabras con que Jesús vencía toda oscuridad humana y sublimaba su trayectoria terrena diciendo “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” fueron seguidas por la desbandada atemorizada de muchísimos seguidores. El cumplimiento del anuncio con que el Señor hablaba de su muerte y sepultura como trance previo a la Resurrección gloriosa, fue motivo de que muchos desconfiaran de ese final feliz.

No cabe duda, pues, de que la trayectoria aparente del Maestro, del Señor, del taumaturgo, del Hijo de Dios, del Mesías, reunió todas las características de un fracaso total a ojos humanos. Sin embargo, la realidad habla de un triunfo definitivo. El Hijo de Dios hecho hombre, que se encarnó en las entrañas de la Santísima Virgen María, que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin. El fracaso aparente, destruido por la Victoria real y definitiva, se convierte en motivo del gozo más positivo y profundo y duradero para los que creemos en Cristo Jesús. Ésa es la razón de que la Iglesia celebre, con dimensión auténticamente sagrada y festiva, el curso de la Pasión, Muerte y Resurrección del Mesías, salvador del mundo. Este es el motivo de que la Semana Santa ocupa, desde el comienzo de la Iglesia, el centro del año cristiano. Una celebración: El mundo se conmueve, las calles se transforman, el Misterio que nos trasciende se familiariza con la inmanencia de una sociedad abocada a lo inmediato. Un hombre nos manifiesta a Dios porque es, a la vez, el Hijo amado del Padre que ha tomado nuestra carne para hablarnos del cielo en nuestro propio lenguaje. Dios viene a redimirnos asumiendo nuestra humanidad de pecado hasta clavarla, vencida para siempre, en la misma Cruz donde se entregó por amor. La Resurrección rompe la cerca de un mundo reducido por el hombre, y ofrece al hombre la vida por la que su corazón, aun inconscientemente, ha suspirado siempre. Dios ha devuelto al hombre su condición divina. El hombre ha podido reconocer el amor de Dios en la cercanía solidaria y doliente de Cristo, el hombre Dios, el Salvador del mundo. La Semana Santa es la celebración del Misterio de Cristo: Dios hecho hombre para que el hombre pudiera alcanzar su plenitud en Dios. La Semana Santa es la celebración del misterio del hombre: abocado al pecado por la concupiscencia y, a la vez, admirado ante el gesto infinito del amor divino; ese gesto de entrega por el que Jesús de Nazaret carga con nuestra miseria y cambia la suerte a la que nos sometió el pecado en promesa de la Vida que podemos alcanzar con su Gracia. La Semana Santa recuerda a los creyentes nuestra grave contradicción: la persona y la sociedad empeñados en el egoísmo, y, a la vez, enternecidos ante la Pasión y muerte de quien ha optado por la obediencia incondicional mediante la que se vuelca en favor nuestro con total generosidad y con el más ejemplar desprendimiento. Vivamos la Semana Santa como la ocasión que Dios nos brinda gratuitamente para contemplar el Amor de Dios al hombre; como la oportunidad para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, el camino para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, no sólo el camino hacia el amor, sino la razón de nuestra esperanza en la vida eterna: Dios cumple aquello que promete.

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