TOCAR EL MANTO DE JESÚS
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
En
muchas ocasiones en los círculos de curas pastoralistas se comenta que el mundo
de la religiosidad popular, las cofradías, la Semana Santa… es un mundo pastoralmente
perdido, o que, al menos, no merece la pena tomárselo muy en serio.
¿Razones?
Porque parece que el mundo de la religiosidad popular se centra solo en lo
exterior, en lo aparente... Porque parece que la religiosidad popular tiene un
fuerte contenido sentimental, el cual muy a menudo es desechado, porque parece
que no sirve para nada… Porque parece que los cofrades no tienen fe, o tienen
una fe muy débil, o no están comprometidos en las parroquias... Y así podríamos
continuar con otras muchas razones que son bien conocidas por los sacerdotes y
por todos aquellos que se mueven en el mundo de la religiosidad popular.
Pues
bien, yo también era uno de esos curas de los que pensaba que la religiosidad
popular no tenía mucha enjundia. Pero hete aquí que con el paso del tiempo las
personas cambiamos.
Estamos
buscando métodos para acercarnos a la gente, métodos para la nueva
evangelización, puntos en común con nuestros fieles y con la sociedad en la que
vivimos, y a veces nos olvidamos de aquellas plataformas que ya están creadas y
que durante muchos siglos han tenido su función. Creamos unas tuberías muy
buenas pensando que por ahí va a pasar el agua (y muchas veces no es así) y nos
olvidamos de todos los charcos, ríos y viejas tuberías por donde sigue corriendo
el agua, quizá no el tipo de agua que nosotros quisiéramos, quizá no de la
manera que a nosotros nos gustaría... pero sigue siendo agua.
A
menudo nos lamentamos y criticamos que el mundo cofrade y la religiosidad
popular hace esto y lo otro. Pero ahora, --siendo un poco conocedor de la
religiosidad popular, de nuestra Iglesia diocesana–, me parece de todo punto
injusto hacerlo, ya que como pastores nosotros, en muchas ocasiones, no hemos
tenido la dedicación, ni el tiempo, ni las energías… que esta realidad merece.
Juan
Pablo II nos recordaba que “la religiosidad popular no puede ser ni ignorada,
ni tratada con indiferencia ni desprecio, porque es rica en valores, y ya de
por sí expresa la relación religiosa frente a Dios. Pero tiene necesidad de ser
continuamente evangelizada, a fin de que la fe que expresa se convierta en un
acto siempre más maduro y auténtico”. Pensamos que los ejercicios de piedad del
pueblo cristiano, --procesiones pasionales o de gloria, fiestas patronales-- como
otras formas de devoción popular, son acogidas y recomendadas mientras no
sustituyan ni se mezclen en la celebración litúrgica. Una auténtica pastoral
litúrgica sabrá apoyarse sobre la riqueza de la religiosidad popular,
purificarla y orientarla hacia la liturgia como ofrenda del pueblo.
La
religiosidad popular engloba una gran experiencia religiosa básica contenida en
los símbolos y las narraciones del pueblo de Dios; se trata de la mística de
los sencillos, de la fe del pueblo, y no simple explanación del desarrollo histórico
de la doctrina. En cierto modo podemos decir que la religiosidad popular es
fuente de reflexión teológica. Merece nuestra atención.
Y
la merece porque es de nuestros fieles. Y la merece porque el centro de la
religiosidad popular, con muchas sombras como pasa en otros sectores de nuestra
pastoral (padres, novios, niños...), intenta ser el Señor quien actúa. Y la
merece porque en nuestra Iglesia, se ha apostado por acompañar a los cristianos
que viven esa religiosidad popular que tan importante es para tantos y tantos
de nuestros fieles.
Entiendo
que es un gran desafío pastoral, pero por eso mismo merece la pena. Ignoramos
los frutos que puede dar, como asimismo las dificultades que se puede uno
encontrar en el camino. Pero esto nunca ha sido obstáculo para la Iglesia –al
menos para intentarlo–, empeñada siempre en buscar lo mejor para sus hijos
(otra cosa es que a veces no se haya acertado en las maneras y las personas).
Como
pastores no podemos permitirnos tirar la toalla. Estamos llamados a ver más allá
de las apariencias, como hizo Jesús con la hemorroísa. Para esta, el manto de
Jesús era su última oportunidad. Aunque quizá nunca lo hubiera escuchado en su
predicación, aunque quizá nunca le hubiera seguido por los caminos, se aferró a
él, al manto, como extensión de Jesús mismo, porque intuía que tocando el
manto, podía acceder a la fuente no solo de la salud, sino de la salvación.
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