EL ROSARIO:
UNA OPORTUNIDAD PARA MIRAR A JESÚS
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado
Episcopal de Religiosidad Popular
El
Magisterio de la Iglesia ha colocado el mes de octubre bajo la mirada de la
Virgen del Rosario, cuya fiesta se celebra el día 7. Y la “religiosidad popular”,
diversa en sus expresiones y profunda en sus causas, se ha centrado en la
figura de la Virgen del Rosario como un hecho eclesial relevante y universal. Ha
brotado de la fe y del amor del pueblo de Dios a Cristo, Redentor del género
humano, y de la percepción de la misión salvífica que Dios ha confiado a María
de Nazaret, para quien la Virgen no es sólo la Madre del Señor y del Salvador,
sino también, en el plano de la gracia, la Madre de todos los hombres.
Los
cristianos entienden fácilmente la relación vital que une al Hijo y a la Madre.
Saben que el Hijo es Dios y que ella, la Madre, es también madre de ellos.
Intuyen la santidad inmaculada de la Virgen, y venerándola como reina gloriosa
en el cielo, están seguros de que ella, llena de misericordia, intercede en su
favor, y por tanto imploran con confianza su protección. Los más pobres la
sienten especialmente cercana. Saben que fue pobre como ellos, que sufrió mucho,
que fue paciente y mansa. Sienten compasión por su dolor en la crucifixión y
muerte del Hijo, se alegran con ella por la Resurrección de Jesús.
Los
cristianos celebramos con gozo las fiestas de María, participamos con gusto en
sus procesiones y acudimos en peregrinación a sus santuarios. Y no permitimos
que ninguno ofenda a María e instintivamente desconfiamos de quien no la honra.
El
Santo Rosario o “salterio de la Virgen” es una de las oraciones más excelsas a
la Madre del Señor. Por eso, el Magisterio de la Iglesia ha exhortado
repetidamente a los fieles a la recitación frecuente del mismo, oración de
impronta bíblica, centrada en la contemplación de los acontecimientos
salvíficos de la vida de Cristo, a quien estuvo asociada estrechamente la
Virgen Madre. Son numerosos los testimonios de los hombres de vida santa sobre
el valor y eficacia de esta oración.
El
Santo Rosario ha sido denominado como la oración mariana por excelencia. Fue
notablemente difundido a lo largo de la historia y es una oración muy popular,
muy del pueblo creyente. Quienes se han dedicado a la misión y a la predicación
lo han utilizado como instrumento en su tarea de anunciar el Evangelio. En el
Magisterio de la Iglesia en general, el Santo Rosario ha encontrado igualmente
un gran reconocimiento y bendición. La gran familia de la Iglesia no solo no lo
ha olvidado sino que lo sigue rezando y proponiendo.
El
Santo Rosario es una oración esencialmente contemplativa, cuya recitación exige
un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezcan, en quien ora, la
meditación de los misterios de la vida del Señor.
Perder
ese itinerario hacia la contemplación del “misterio” de Cristo, que es el Santo
Rosario, presente desde hace tantos siglos en el corazón orante de la Iglesia,
sería perder una de las perlas preciosas de la espiritualidad cristiana. El Santo
Rosario es un camino que nos conduce a la profundidad de la oración cristiana,
la oración del corazón, la que nos une al Señor y nos impulsa a anunciarlo.
En
el Santo Rosario el creyente se introduce en esta oración del Espíritu de la
mano de aquélla Mujer, María, que supo hacer de su corazón morada de este mismo
Espíritu. El Santo Rosario así no es simplemente oración a María sino con
María, la madre del Señor.
Ya
a finales del siglo XIII tenemos testimonios pictóricos en los que se
representa a la Santísima Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo de Guzmán.
Una piadosa tradición avalaba esta representación artística. Esa piadosa
tradición contaba cómo Santo Domingo, en su incansable tarea de predicación en
el sur de Francia, se encontraba un día exhausto y hasta un tanto desmoralizado
por la dificultad que suponía la conversión de los herejes. Así, en medio de un
sueño, recibió de la Madre de Dios lo que ella denominaba como “arma infalible”
para la predicación, la cual había de propagar y enseñar a todos. Y esa arma
era el Santo Rosario. Esta tradición subraya así lo que podíamos denominar como
el “origen sobrenatural” del Santo Rosario.
La
historia nos da cuenta de la gran devoción que Santo Domingo tenía a la Virgen,
a la que consagró la orden de predicadores: va a ser invocada como Madre de
misericordia y reina de Predicadores. El mismo Santo Domingo, tal como nos
dicen los primeros cronistas de la Orden, tenía claro el origen mariano de la
misma.
Los
dominicos heredan por tanto del propio Santo Domingo su espíritu contemplativo
y también la costumbre de rezar así, desarrollando y difundiendo esa forma de
orar.
Fue
el gran papa dominico, san Pío V, quien determinó en el siglo XVI la forma
actual del Santo Rosario, estableciendo en quince el número de los misterios a
meditar e instituyó para el siete de octubre su la fiesta, llamada primeramente
de Nuestra Señora de las Victorias, pues con esta fiesta el papa quería
agradecer al Señor y a su Madre, la Virgen, la victoria cristiana en la famosa
batalla de Lepanto, la cual, a juicio del papa, fue ganada gracias a la
intercesión de la Virgen María invocada en aquella ocasión a través del rezo
del Rosario. Y en 1573, el papa Gregorio XIII le cambió el nombre a la fiesta,
por el de Nuestra Señora del Rosario, en lugar de Nuestra Señora de las
Victorias.
Posteriormente
el Santo Rosario se fue enriqueciendo. El Ave
María se completa con el Santa María
en los siglos XVI y XVII y posteriormente se van incluyendo en el Santo Rosario
el rezo de las Letanías,
concretamente la lauretana, que originaria de 1500, es incluida en el Santo Rosario
por expreso deseo del papa León XIII durante el mes de octubre, pasado
finalmente a ser otro elemento fijo del Rosario. Más reciente es la inclusión
de los cinco nuevos misterios luminosos, completándose así la contemplación de
todo el misterio de Cristo en el Rosario, por expreso deseo del papa san Juan
Pablo II, quien nos dejó también una hermosa encíclica dedicada a esta
bellísima y rica oración que es el Santo Rosario.
El
Santo Rosario, tal y como hoy lo conocemos, es el fruto final de un hermoso
proceso y desarrollo. Ha nacido y crecido al calor de la orden de Santo Domingo
y se ha desarrollado en el corazón de toda la Iglesia, convirtiéndose así en la
oración mariana más eclesial y universal.
Esta
preciosa oración del Santo Rosario ha gozado de la bendición de la Iglesia a
través del Magisterio de sus Pontífices, que siempre han considerado el gran
valor que tiene el Santo Rosario para la vida de los fieles.
El
Santo Rosario es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar
al cristiano según el corazón de Cristo. Podríamos llamarlo el “camino de María”.
Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la “escuela” de María
para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. Con
él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de
Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Santo Rosario,
el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos
de la madre del Redentor.
“En
realidad, el Santo Rosario no se contrapone a la meditación de la Palabra de
Dios –escribía Benedicto XVI--, y a la oración litúrgica; es más, constituye un
complemento natural e ideal, en particular como preparación y como acción de
gracias a la celebración eucarística. Contemplamos al Cristo encontrado en el
Evangelio y en el Sacramento en los diferentes momentos de su vida gracias a
los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. En la escuela de la
Madre, el cristiano aprende así a conformarse con su Hijo divino y a anunciarlo
con la misma vida.
El
Santo Rosario es una oración mariana de una importancia capital en la “religiosidad
popular” de la Iglesia. Y forma parte de la hermosa tradición orante de la
Iglesia. Ha sido grandemente difundido y propuesto como una oración
intensamente contemplativa que desvela ante nosotros el rostro de Cristo
Salvador, rostro admirado, adorado y acogido por nosotros en comunión con la
Santísima Virgen María.
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