LA CRUZ, UN RECUERDO PELIGROSO
domingo, 12 de abril de 2026
sábado, 28 de marzo de 2026
SEMANA SANTA:
UN MENSAJE, UNA CELEBRACIÓN
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
La Semana Santa es fracaso y fiesta.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se convierte en pórtico de la Pasión
y Muerte más duras e injustas de la historia. Jesús, el Hijo de Dios, obediente
al Padre hasta el límite, y veraz hasta ser la Verdad misma, es condenado por
blasfemo. La última reunión de Cristo con sus discípulos, amigos y confidentes,
durante la tarde del Jueves Santo, fue escenario de los gestos inolvidables de
amor de Jesús, y de la manifestación de la dureza del alma de Judas. Cristo,
“habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”,
les lavó los pies y les dio a comer su propio Cuerpo sacramentado. Judas,
después de presenciar estas expresiones, decide abandonar la reunión con el
Señor para dar cauce definitivo a su desamor hasta con sumar la traición más
destacada en la historia. La entrega máxima de Jesús, que da su vida en la Cruz
por el perdón de nuestras propias torpezas y pecados, es vituperada por los que
se burlaban del Crucificado porque había curado enfermos y resucitados muertos
y no era capaz de liberarse del patíbulo mortal. Las palabras con que Jesús
vencía toda oscuridad humana y sublimaba su trayectoria terrena diciendo
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” fueron seguidas por la desbandada
atemorizada de muchísimos seguidores. El cumplimiento del anuncio con que el
Señor hablaba de su muerte y sepultura como trance previo a la Resurrección
gloriosa, fue motivo de que muchos desconfiaran de ese final feliz.
No cabe duda, pues, de que la
trayectoria aparente del Maestro, del Señor, del taumaturgo, del Hijo de Dios,
del Mesías, reunió todas las características de un fracaso total a ojos
humanos. Sin embargo, la realidad habla de un triunfo definitivo. El Hijo de
Dios hecho hombre, que se encarnó en las entrañas de la Santísima Virgen María,
que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y
sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la
derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y
su reino no tendrá fin. El fracaso aparente, destruido por la Victoria real y
definitiva, se convierte en motivo del gozo más positivo y profundo y duradero
para los que creemos en Cristo Jesús. Ésa es la razón de que la Iglesia celebre,
con dimensión auténticamente sagrada y festiva, el curso de la Pasión, Muerte y
Resurrección del Mesías, salvador del mundo. Este es el motivo de que la Semana
Santa ocupa, desde el comienzo de la Iglesia, el centro del año cristiano. Una
celebración: El mundo se conmueve, las calles se transforman, el Misterio que
nos trasciende se familiariza con la inmanencia de una sociedad abocada a lo
inmediato. Un hombre nos manifiesta a Dios porque es, a la vez, el Hijo amado
del Padre que ha tomado nuestra carne para hablarnos del cielo en nuestro
propio lenguaje. Dios viene a redimirnos asumiendo nuestra humanidad de pecado
hasta clavarla, vencida para siempre, en la misma Cruz donde se entregó por
amor. La Resurrección rompe la cerca de un mundo reducido por el hombre, y
ofrece al hombre la vida por la que su corazón, aun inconscientemente, ha
suspirado siempre. Dios ha devuelto al hombre su condición divina. El hombre ha
podido reconocer el amor de Dios en la cercanía solidaria y doliente de Cristo,
el hombre Dios, el Salvador del mundo. La Semana Santa es la celebración del
Misterio de Cristo: Dios hecho hombre para que el hombre pudiera alcanzar su
plenitud en Dios. La Semana Santa es la celebración del misterio del hombre:
abocado al pecado por la concupiscencia y, a la vez, admirado ante el gesto
infinito del amor divino; ese gesto de entrega por el que Jesús de Nazaret
carga con nuestra miseria y cambia la suerte a la que nos sometió el pecado en
promesa de la Vida que podemos alcanzar con su Gracia. La Semana Santa recuerda
a los creyentes nuestra grave contradicción: la persona y la sociedad empeñados
en el egoísmo, y, a la vez, enternecidos ante la Pasión y muerte de quien ha
optado por la obediencia incondicional mediante la que se vuelca en favor nuestro
con total generosidad y con el más ejemplar desprendimiento. Vivamos la Semana
Santa como la ocasión que Dios nos brinda gratuitamente para contemplar el Amor
de Dios al hombre; como la oportunidad para reconocer nuestra filial
vinculación con Dios Padre; y como la circunstancia propicia para aprender de
Cristo, el camino para reconocer nuestra filial vinculación con Dios Padre; y
como la circunstancia propicia para aprender de Cristo, no sólo el camino hacia
el amor, sino la razón de nuestra esperanza en la vida eterna: Dios cumple
aquello que promete.
jueves, 26 de marzo de 2026
TOCAR EL MANTO DE JESÚS
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
En
muchas ocasiones en los círculos de curas pastoralistas se comenta que el mundo
de la religiosidad popular, las cofradías, la Semana Santa… es un mundo pastoralmente
perdido, o que, al menos, no merece la pena tomárselo muy en serio.
¿Razones?
Porque parece que el mundo de la religiosidad popular se centra solo en lo
exterior, en lo aparente... Porque parece que la religiosidad popular tiene un
fuerte contenido sentimental, el cual muy a menudo es desechado, porque parece
que no sirve para nada… Porque parece que los cofrades no tienen fe, o tienen
una fe muy débil, o no están comprometidos en las parroquias... Y así podríamos
continuar con otras muchas razones que son bien conocidas por los sacerdotes y
por todos aquellos que se mueven en el mundo de la religiosidad popular.
Pues
bien, yo también era uno de esos curas de los que pensaba que la religiosidad
popular no tenía mucha enjundia. Pero hete aquí que con el paso del tiempo las
personas cambiamos.
Estamos
buscando métodos para acercarnos a la gente, métodos para la nueva
evangelización, puntos en común con nuestros fieles y con la sociedad en la que
vivimos, y a veces nos olvidamos de aquellas plataformas que ya están creadas y
que durante muchos siglos han tenido su función. Creamos unas tuberías muy
buenas pensando que por ahí va a pasar el agua (y muchas veces no es así) y nos
olvidamos de todos los charcos, ríos y viejas tuberías por donde sigue corriendo
el agua, quizá no el tipo de agua que nosotros quisiéramos, quizá no de la
manera que a nosotros nos gustaría... pero sigue siendo agua.
A
menudo nos lamentamos y criticamos que el mundo cofrade y la religiosidad
popular hace esto y lo otro. Pero ahora, --siendo un poco conocedor de la
religiosidad popular, de nuestra Iglesia diocesana–, me parece de todo punto
injusto hacerlo, ya que como pastores nosotros, en muchas ocasiones, no hemos
tenido la dedicación, ni el tiempo, ni las energías… que esta realidad merece.
Juan
Pablo II nos recordaba que “la religiosidad popular no puede ser ni ignorada,
ni tratada con indiferencia ni desprecio, porque es rica en valores, y ya de
por sí expresa la relación religiosa frente a Dios. Pero tiene necesidad de ser
continuamente evangelizada, a fin de que la fe que expresa se convierta en un
acto siempre más maduro y auténtico”. Pensamos que los ejercicios de piedad del
pueblo cristiano, --procesiones pasionales o de gloria, fiestas patronales-- como
otras formas de devoción popular, son acogidas y recomendadas mientras no
sustituyan ni se mezclen en la celebración litúrgica. Una auténtica pastoral
litúrgica sabrá apoyarse sobre la riqueza de la religiosidad popular,
purificarla y orientarla hacia la liturgia como ofrenda del pueblo.
La
religiosidad popular engloba una gran experiencia religiosa básica contenida en
los símbolos y las narraciones del pueblo de Dios; se trata de la mística de
los sencillos, de la fe del pueblo, y no simple explanación del desarrollo histórico
de la doctrina. En cierto modo podemos decir que la religiosidad popular es
fuente de reflexión teológica. Merece nuestra atención.
Y
la merece porque es de nuestros fieles. Y la merece porque el centro de la
religiosidad popular, con muchas sombras como pasa en otros sectores de nuestra
pastoral (padres, novios, niños...), intenta ser el Señor quien actúa. Y la
merece porque en nuestra Iglesia, se ha apostado por acompañar a los cristianos
que viven esa religiosidad popular que tan importante es para tantos y tantos
de nuestros fieles.
Entiendo
que es un gran desafío pastoral, pero por eso mismo merece la pena. Ignoramos
los frutos que puede dar, como asimismo las dificultades que se puede uno
encontrar en el camino. Pero esto nunca ha sido obstáculo para la Iglesia –al
menos para intentarlo–, empeñada siempre en buscar lo mejor para sus hijos
(otra cosa es que a veces no se haya acertado en las maneras y las personas).
Como
pastores no podemos permitirnos tirar la toalla. Estamos llamados a ver más allá
de las apariencias, como hizo Jesús con la hemorroísa. Para esta, el manto de
Jesús era su última oportunidad. Aunque quizá nunca lo hubiera escuchado en su
predicación, aunque quizá nunca le hubiera seguido por los caminos, se aferró a
él, al manto, como extensión de Jesús mismo, porque intuía que tocando el
manto, podía acceder a la fuente no solo de la salud, sino de la salvación.
lunes, 23 de marzo de 2026
ORACIÓN POR LOS INMIGRANTES MUERTOS EN EL MAR
Por Antonio DIAZ
TORTAJADA
Señor
Dios nuestro:
Que
no nos habituemos
al
sufrimiento y dolor de nuestros hermanos.
Que
no nos olvidemos
de
la experiencia del llorar ante la muerte
por
tantos subsaharianos con sus esperanzas rotas por la mar.
Te
pedimos,
que
nos des comprensión, acogida y solidaridad
con
aquellos que buscan
un
futuro mejor para sus vidas
y
encontraron por los caminos del mar la muerte.
Señor
Padre de todos los hombres:
Vemos
clavada la Cruz de tu Hijo Jesucristo
en
nuestros corazones como una espina,
por
tantos hermanos nuestros inmigrantes
muertos
en el mar,
desde
esas barcazas,
que
en lugar de ser una vía de esperanza
fueron
una vía de muerte.
Deseamos
poner sus vidas en tus manos,
oh,
Dios misericordioso,
Dios
de la luz y de la paz.
Te
pedimos por todos los inmigrantes,
fallecidos
trágicamente en su intento,
de
acceder a una mejor vida en una nueva tierra.
Te
presentamos el grito de tantos hombres,
mujeres,
jóvenes y niños
que
en la desesperación de la tragedia
enterraron
sus sueños y sus esperanzas
en
los trayectos migratorios.
Llenos
de confianza te rogamos
para
que tu luz perpetua los ilumine
siempre
y para que encuentren la paz eterna en tu presencia.
Te
pedimos también por sus familias.
Que
tu amor los acompañe y los consuele en su dolor.
Y
derrama sobre todos nosotros
la
gracia y la fortaleza de tu Espíritu Santo,
para
que sepamos construir un mundo de fraternidad y justicia,
sin
exclusión de nadie.
A
ti Madre María, estrella de los mares, consuelo de los afligidos
Te
pedimos amparo, socorro y serenidad
para
obtener felicidad y dicha
para
todos los que cada día afrontan los peligros del mar
para
garantizar a sus familias el sustento necesario para la vida.
Que
los migrantes e itinerantes,
encuentren
con nosotros y nuestros pueblos
una
semilla de nuevos lazos fraternales
y
una aurora de un mundo de paz.
Te
lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
(28
de agosto de 2016)
lunes, 16 de marzo de 2026
Contemplemos al Crucificado
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
Algunos símbolos tienen un simbolismo intrínseco, irradian luz por sí mismos, provocan emociones en todas las épocas, generan preguntas y atisban respuestas. El hombre es una animal simbólico, y el símbolo da que pensar.
La cruz es uno de esos grandes símbolos, símbolo de una realidad cruciforme, pero, gran paradoja, símbolo que siempre abrirá un rayo de esperanza por espesas que sean las tinieblas que nos rodeen.
En la espiritualidad cristiana se nos invita a contemplar la cruz, o mejor al Crucificado, desde una perspectiva iluminada por la Resurrección. El Crucificado y el Resucitado serían las dos caras de una misma moneda.
Desde aquí proponemos una primera mirada sobre el Viernes Santo donde no se vislumbra aún el glorioso domingo. Un Viernes Santo que no es especulativo como lo pensara Hegel, sino real, concreto, hiriente, lleno de atrocidad, de injusticia, de dolor y de muerte.
Este paso atrás es necesario para poder descubrir, experimentar y sentir en su total radicalidad la novedad de una luz que en la Resurrección deslumbra, sorprende, y rasga definitivamente el velo de oscuridad que nubla al hombre. Para entender en profundidad aquella expresión paulina tan gastada por manida: La cruz como necedad y
escándalo (1 Cor, 1, 23). En el fondo estamos acostumbrados a ver imágenes del Crucificado, a portar cruces, algo tan común en nuestros ambientes que el propio Crucificado ya no es piedra de tropiezo.
Al final de su camino filosófico, en su escrito “Ecce homo”, Nietzsche nos presentaba este reto: “¿Se me ha comprendido?, decía, Dioniso contra el Crucificado”. Y tenía toda la razón, el Crucificado pone en tela de juicio la vida como voluntad de poder, pone en la picota todo intento de fidelidad a una tierra que todo lo engulle. El Crucificado muestra la faz de la fría muerte como el autentico señor que reina sobre todo. Pues abramos el pensamiento al abismo de la cruz, si se me permite, abramos nuestra mente y nuestro corazón a lo que supone el hecho de “Él, Crucificado”. Quizás asomándonos a ese abismo, podamos tocar la orla de lo Eterno en el deslumbrante fulgor de la Resurrección.
“No habiendo podido encontrar remedio a la muerte, a la miseria, a la ignorancia, los hombres para ser felices han tomado la decisión de no pensar en ello”, decía Pascal en los albores de la ilustración.
En todo pensamiento humano subyace una filosofía, o sea, el modo que tiene el ser humano de comprender tres realidades, la naturaleza, el hombre y Dios. Cuál sería la filosofía que mana de “Él, Crucificado”. Intentemos verla sin el aura de la resurrección. Si como decía san Juan Pablo II, la Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad de Dios no solo con la naturaleza humana sino asumir también en ella todo lo que es carne, toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación y por tanto también la cruz tiene un significado cósmico y una dimensión cósmica. La cátedra de la cruz a secas está en las antípodas de toda epifanía luminosa. Benjamin Franklin afirmaba que después de las derrotas y las cruces, el hombre
se vuelve más sabio y humilde. Pero qué sabiduría nos puede desvelar la cruz sino la amañada derrota de toda existencia. Un proyecto para la muerte que hunde sus raíces en el corazón de la realidad. El absurdo de toda existencia como desvelaron algunos de los pensadores existencialistas del pasado siglo. Recuerdo cómo leyendo la “La Nausea” de Sartre, me encontré con el pasaje en el que Roquentin tiene la experiencia crucial de la nausea, de la angustia, cuando en una especie de revelación descubre que “todo está de más”, todo es fútil, pasajero sinsentido. Estaba de más el banco en que se sentaba, los arboles que contemplaba, las personas que como sombras paseaban, y cómo no, estaba de más él mismo y el universo entero. Y qué humildad aprendemos sino la de un destino en el que estamos previamente vencidos. Más aún, la cruz ahonda el drama y lo eleva a total tragedia. Ese “estar de más” va más allá de la angustia existencialista que siempre me ha pareció una pose muy del gusto burgués de los años sesenta del pasado siglo, el mismo Sartre decía al final de sus días que “el sinsentido estaba entonces de moda”. El Crucificado sin embargo muestra que no es ninguna moda sino la cruda e hiriente realidad.
Cambiemos ahora de perspectiva al contemplar la cruz a través de los ojos de Edith Stein, (Santa Teresa Benedicta de la cruz). Esta joven filósofa judía que al convertirse al catolicismo se hizo Carmelita y murió en Auschwitz nos decía: “Mientras más oscuro se va haciendo a nuestro alrededor, más debemos abrir nuestros corazones a la luz que viene de lo alto”. Pues bien esa luz que viene de lo alto se expresa en una Cruz, y solo puede ser comprensible desde una cruz. Porque la cruz, como hemos visto, habla de la realidad insoslayable de nuestro carácter contingente y finito. La Cruz habla del drama inserto en la misma realidad de la existencia. Pero esa cruz asumida libremente muestra
el dolor compartido, el sufrimiento asumido, el cáliz del mal bebido por el mismo Dios. “Cargó sobre sus hombros el dolor, el sufrimiento, el pecado del hombre” profetizo Isaías. La Cruz, junto a toda la realidad cruciforme, es transfigurada en el mismo Crucificado transformándose en el signo del amor de Dios a su criatura, a toda de la creación pero de modo infinito al hombre.
La cruz no es la realidad elocuente de un Dios muerto como gritara el profeta nietzscheano, no supone el abandono o el silencio de Dios, ni la maldición de la condición humana, sino la gran palabra de misericordia que viene de lo alto.
La Cruz es la respuesta al mal y al pecado, al sufrimiento y la muerte, en la respuesta al grito desesperado de Job. Dios nos ha juzgado en una cruz amándonos
EL
CRISTO DE LA PALMA ILUMINA NUESTRA FE
Por Antonio DÍAZ
TORTAJADA
Presidente
de la Comisión Diocesana de Religiosidad Popular.
En
el evangelio de Lucas encontramos la narración de la experiencia pascual de los
discípulos de Emaús. Estos seguidores de Jesús estaban desencantados después de
lo sucedido con él, porque no habían entendido cuanto anunciaron los profetas:
“Que era necesario que el Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria” (Lc
24,26). Les faltaba fe para descubrir en la pasión de Jesús el camino de la
resurrección gloriosa. Jesús caldea sus corazones y les abre los ojos de la fe
para que puedan reconocerle y caigan en la cuenta de que el Crucificado es el
mismo que ha salido ahora a su encuentro, una vez resucitado de entre los muertos.
La
sagrada imagen del Cristo de la Palma, un Cristo Crucificado y muerto, ha
iluminado la vida de fe de los fieles de esta Hermandad, y de tantas personas
que llegan a contemplar la bella imagen guiados por la luz de la fe, que
descubre el sentido de la vida y alivia los sufrimientos.
Esta
hermosa escultura del Crucificado ha sido para los fieles que aquí acuden,
peregrinando hasta ella, el reclamo de la fe que Cristo infunde en el corazón
de sus discípulos, ayudándoles a superar las decepciones y los sufrimientos de
la vida.
Por
medio de esta imagen de Cristo los fieles miran a Aquel a quien los pecados de
la humanidad llevaron al suplicio de la cruz, para contemplarlo transfigurado;
para ver en él al que reina desde el madero. Se cumplen así las palabras
proféticas que el evangelista aplica a Cristo crucificado, de cuyo costado
herido por la lanza del soldado “al instante brotó sangre y agua” (Jn 19,34).
El evangelista recuerda las palabras de Zacarías: “Mirarán al que traspasaron”
(Za 12,10; cf. Jn 19,37).
El
hombre rechaza el dolor y el sufrimiento, ansiando la liberación definitiva de
cuanto le oprime; y Cristo para aliviar el dolor humano quiso cargar sobre sí
los pecados del mundo. La cruz de Jesús no es sólo expresión suprema de la
solidaridad de Dios con el hombre, sino medicina de curación definitiva para
superar los males que aquejan al ser humano desde el pecado del origen. Como
dijo Pedro la mañana de Pentecostés, al anunciar a los congregados la
resurrección de Jesús: “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte”
(Hech 2,24). La resurrección ilumina el misterio de Cristo, porque en ella se
revela el plan de Dios para salvar al mundo: llevar su amor por la humanidad al
límite aceptando incluso la muerte en cruz de su propio Hijo.
Es
el mismo que fue crucificado el que sale al encuentro de los discípulos para
iluminar su cruz y mostrarles las heridas de los clavos y la lanza,
transfiguradas y convertidas en señales luminosas. En las heridas radiantes del
Resucitado la fe descubre el sentido del sufrimiento infligido a Cristo, porque
en ellas se revela el amor y la misericordia de Dios con la humanidad pecadora.
Entendemos que la primera carta de san Pedro reclame que hemos de proceder con
justicia, rompiendo con la complicidad del pecado; porque nos aguarda el justo
juicio de Dios, si no convertimos el corazón y despreciamos el amor que Dios
nos ha manifestado en la cruz de Jesús. Es una advertencia clara al pecador,
porque su salvación está en la confesión humilde de la fe, pues hemos sido
“rescatados no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre
de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1,18-19).
La
devoción a Cristo crucificado fortalece la fe en la redención y da cauce a la
esperanza, a pesar del pecado y de las debilidades humanas. Las llagas de
Cristo nos ayudan a no desfallecer en el cumplimiento de los mandamientos.
Cristo
ha resucitado para salir a nuestro encuentro y partir para nosotros el pan de
la Eucaristía. Los discípulos le reconocieron en la Eucaristía. Es allí donde
el Resucitado se hace presente con su sacrificio redentor, para ofrecernos el
pan de la vida.
SAN VICENTE FERRER Y SANTA MARÍA DEL ROSARIO
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA
Delegado Episcopal de Religiosidad Popular
San Vicente no es santo de una sola cara. Es una
figura poliendrica. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha
caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en
la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la
predicación.
En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene
devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba
encarnada la figura del segundo “ángel del apocalipsis”. El hombre componedor y
consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a
desaparecer.
Queremos poner de relieve, la dimensión mariológica en
su predicación. La Virgen María, como buen dominico, está muy presente en la
vida y en la predicación de San Vicente Ferrer. Es buen conocedor de la
mariología. Sus sermones tienen un espíritu eminentemente mariano y que su
quehacer deseaba que estuviera siempre presidido por la Madre de Dios.
Sus sermones estaban siempre precedidos por el saludo
del ángel a la Virgen María. Algo parecido a esos escritores que ponen el “Ave”
en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada
página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo del ángel a María es
algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le
dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar
bien Santo, o un tema que le parece difícil y misterioso, o para que, una vez
explicado, lo entiendan debidamente los oyentes.
En cuanto a las enseñanzas mariológicas en sus
sermones, San Vicente Ferrer habla de: la maternidad divina de María; la
santificación de la Virgen María (Inmaculada Concepción decimos hoy); la
perpetua Virginidad de María y las virtudes de la Virgen María como la fe, la
esperanza y el amor. También de las que podríamos denominar “virtudes de la
convivencia” tales como: humildad; preocupación de vivir y actuar de suerte que
vieran en ella un buen ejemplo los demás; las virtudes de una mujer perfecta;
también fue modélico en su comportamiento con los Apóstoles cuando convivió con
ellos.
Además hablaba de su glorificación tal como se
presentaban en aquel tiempo: su muerte, su resurrección y traslado glorioso al
Cielo. También hablaba de las relaciones de la Virgen María con nosotros, los
redimidos: María entrega a los hombres a Cristo Redentor; María actúa por los
hombres con Cristo Salvador; María es medianera que distribuye las gracias a
los hombres; y nos vienen por ella las gracias sacramentales. Sus dos grandes
principios mariológicos fueron: la maternidad divina y la asociación de María
con Cristo, arraigada profundamente en su visión de la obra de Dios Padre, Dios
Hijo y Dios Espíritu Santo.
Santo Domingo de Guzmán, (1170-1211), fundador de la
Orden de Predicadores de la que San Vicente era miembro, viendo los escasos frutos
de conversión que producía con sus predicaciones, pidió a la Santísima Virgen
María un método o medio de obtener resultados más positivos y duraderos.
Fue la misma Madre de Dios quien inspiró al Santo esta
devoción, que tan maravillosamente conjuga la meditación de las verdades más
fundamentales de la vida de Nuestro Señor y los misterios más trascendentes de
su Santísima Madre, con la sencilla recitación del Padrenuestro y el Avemaría.
Santo Domingo solía reunir al pueblo en las plazas y
en los templos, y después de una instrucción doctrinal pertinente sobre las
verdades de la fe les invitaba a recitar un número determinado de veces la
salutación angélica, y de esta forma encomendar a la gracia y eficacia del amor
y compasión de María el fruto de la predicación. Los resultados fueron
maravillosos. Y muy pronto se hizo popular esta devoción y la adoptaron los
compañeros del Santo y después los más insignes devotos de María.
En la mente del glorioso Santo Domingo quería que el
rezo del Santo rosario fuera para los seglares lo que el rezo del Oficio Divino
para los sacerdotes y religiosos obligados a coro, o sea el deber principal de
alabanza y glorificación a Dios por medio de su Santísima Madre; por eso él le
denominó el «salterio mariano».
Desde entonces han sido muchos hombres de Dios que lo
han estimado, extendido y enseñado como la devoción más hermosa y delicada que
podemos ofrecer a Nuestra Madre la Virgen María. Además de Santo Domingo de
Guzmán, su fundador y propagador principal, San Vicente Ferrer, San Alfonso
María de Ligorio, que afirmaba «que entre los obsequios que se tributan a
María, ninguno le es tan agradable como el Santo Rosario; San José de Calasanz
lo legó a todos sus hijos como testamento y última voluntad; San Luis María Grignon
de Montfor le prodigó tales alabanzas que rayan en lo increíble; San Antonio
María Claret, según sus piadosas manifestaciones, fue escogido por la misma
Reina del Cielo para restaurar y propagar esta devoción, decaída en el siglo
anterior, lo mismo que en Francia lo fue para el siglo XV el beato Alano de la
Roche, a quien la Virgen María le señaló como principal adalid para propagarla
y extenderla por todas partes, diciendo de ella que «era un arma poderosísima
para extirpar las herejías, un instrumento el más apto para arrancar los vicios
y plantar las virtudes y un medio seguro para alcanzar la misericordia de
Dios».
Dios sigue enviando a la Iglesia grandes profetas y
santos modernos como en otras épocas de la historia que invitan a propagar el
rezo del Santo rosario: san Juan Pablo II, san Juan XXIII, santa Teresa de Calcuta,
el siervo de Dios padre Peyton, san Andrés Bessette, san Pío de Pietrelcina,
san Maximiliano María Kolbe, santa Faustina Kowalska, santa Teresa del Niño
Jesús y tantos otros. Dios sigue actuando en el mundo: los santos, aunque estén
ya en el cielo, siguen bendiciendo a sus devotos en la tierra. Ellos están
vivos y nos aman e interceden por nosotros.
El carácter misionero de la fe, que encarna
perfectamente san Vicente Ferrer, no pierde nunca actualidad. Supone un desafío
que también llega hasta nosotros.
Vicente Ferrer nació en Valencia en 1350 y a los
diecisiete años tomó el hábito de dominico en su cercano Real Convento de
Predicadores, emitiendo su profesión religiosa al año siguiente. El propugnaba
llevar una “vida religiosa reformada”, o sea de vuelta a las primitivas
tradiciones y costumbres de su Orden dominicana a diferencia de otros miembros
y conventos de ella, y así lo enseñó por ejemplo en su “Tratado de la Vida
Espiritual”.
La visión que tuvo san Vicente Ferrer estando enfermo
en el convento dominico de Aviñón el 3 de octubre de 1398, determinó su vida
como predicador itinerante.
Su estancia en Aviñón se prolongó cuatro años, y en
1398, tras su visión, inició su periplo como legado de Cristo (a latere Christi, según el mismo lo
reconoce). Esta actividad se prolongó hasta su muerte en la ciudad bretona de
Vannes el 5 de abril de 1419 y ha dejado un rastro indeleble. No solo se conoce
su itinerario y numerosos documentos que atañen a su biografía, sino los resúmenes
de muchos de sus sermones.
San Vicente Ferrer reúne en su persona los rasgos del
perfil del evangelizador. Fue modelo en su tiempo de una predicación centrada
en el evangelio de la misericordia de Jesucristo; predicación mediadora de un
encuentro salvador con Dios, verificable en la sinceridad de la conversión de
sus oyentes.
San Vicente Ferrer es paradigma de predicador cercano
a la gente, que emplea todos los medios y recursos a su alcance para que el
mensaje cale con amabilidad y claridad entre sus oyentes. Era capaz de hacerse
entender por gentes de procedencias muy diversas. Actualizaba la experiencia de
la iglesia de Pentecostés. Se ponía al nivel de su auditorio, al nivel de la
gente sencilla, Justamente por ello, el mensaje llegaba. A causa de esta
habilidad entre la gente del pueblo, san Vicente también es un referente de la
predicación y la piedad popular.
San Vicente Ferrer fue ejemplo de testimonio
coherente. Fue un predicador comprometido del Evangelio, un testigo de la fe,
que con su vida acreditaba lo que decía.
Además, parece ser que tuvo muy presente a un
“precursor del Rosario”, o contador de oraciones, como Santo Domingo de Guzmán pues
sus sermones nos muestran que no conocía el Santo Rosario, como lo rezamos hoy.
Sin embargo según la tradición Santo Domingo de Guzmán lo propagó en la primera
mitad del siglo XIII, y no tenía la estructuración que conocemos nosotros hasta
tiempos después de san Vicente Ferrer.
Este “salterio mariano” se fue propagando desde la
segunda mitad del siglo XIV, concretamente en los territorios de la Corona de
Aragón donde proliferaron los gozos o “goigs” a Nuestra Señora del Rosario, así
como las cofradías del Rosario bajo el titulo de Santa María.
Con esta proliferación del rezo del Santo rosario y de
las cofradías, se implanta esta advocación mariana en el pueblo de Dios,
convirtiéndose en una de las más importantes del orbe cristiano, dado que la orden
de predicadores la nombra patrona y protectora de la Orden, como principales
propagadores de esta devoción.
Nos detenemos en dos manifestaciones artísticas del
amor y devoción que san Vicente Ferrer tenía a la Virgen María. Una los gozos a
Nuestra Señora del Rosario y otra un cuadro de mediados del siglo XV del pintor
Nicolo Antonio Colantonio.
Tras la canonización de san Vicente Ferrer, el 30 de
junio de 1455, por el papa Calisto III, Isabel de Chiaromonte duquesa de
Calabria y futura Reina de Nápoles, mandó construir una capilla en la iglesia
de los dominicos de san Pedro Mártir, dedicada al Santo; capilla que visitaba a
diario, según crónicas contemporáneas.
La devoción de esta Reina por la iglesia de san Pedro
Mártir era muy grande, y en particular por la capilla que dedicó al Santo,
confesor de la orden de predicadores. Para esta capilla, la duquesa de Calabria
encargó al pintor napolitano más importante de la época, Nicolo Antonio
Colantonio, maestro del famoso Antonello da Messina, la creación del gran
retablo dedicado a san Vicente Ferrer.
En este retablo existía una hermosa y sugerente
representación iconográfica titulada “La aparición de la Virgen del Rosario a san
Vicente Ferrer en su celda” de Colantonio que podemos fechar hacia 1460 y forma
parte de un ciclo de nueve momentos de su vida y milagros “postmortem” que
rodean su imagen central en el retablo para la citada iglesia napolitana y que
está en el edificio que ahora aloja la Facultad de Letras de la Universidad
Federico II.
Este cuadro es un óleo sobre tabla, de 69,4 x 48 cm.,
que se conserva en Nápoles actualmente está ubicado en las salas de arte
napolitano del Quattrocento, en las Galerías Nacionales de Capodimonte (Italia).
Nicolo Antonio Colantino nos muestra a san Vicente
Ferrer vestido con habito dominicano en su habitación conventual o celda. Una
sencilla y austera arquitectura enmarca la escena. A nuestra izquierda, el
Santo arrodillado en actitud de devotísima oración ante la Virgen con el divino
Niño, que aparecen en el cielo a través de la pequeña ventana que ilumina toda
la habitación. Es una hermosa presentación de la vida del Santo no muy habitual
en su iconografía tanto por su ambientación --su celda-- como por su vinculación con la Virgen, si bien
sus biógrafos recogen apariciones de ella como se representa en una de las
pechinas de la Iglesia de la antigua Capitanía General de Valencia.
Y es que san Vicente Ferrer tenía una gran devoción a la
Virgen María. Junto con su comunidad todas las noches los dominicos procesionaban
al altar de la Virgen cantando la Salve Regina.
Otro aspecto de la biografía de san Vicente Ferrer son
los “gozos a la Virgen del Rosario”, atribuidos tanto a san Vicente Ferrer como
a su hermano Bonifacio, general de los Cartujos de la obediencia de Avignon.
Estos gozos se difundieron muy tempranamente en el ámbito catalán y valenciano;
los más antiguos que se conservan datan de finales del siglo XV. Este
manuscrito con el texto de estos gozos es del siglo XV y se conserva en la
biblioteca de Catalunya (ms. 854, folis 110 i 111).
Leemos en la tablilla con los gozos de la Virgen del
Rosario:
Vostres goigs ab gran plaer / cantarèm, Vèrge María; /
puix la vòstra Senyoría / es la Vèrge del
Roser.
Déu plantà dins vos, Señora, / el Roser molt excel-lent,
/ quant vos feu mereixedora / de concèbre`l purament: / donant fe al missager, /
que del cél vos trametia / Déu lo Pare
que volia./ foseu Mare del Roser.
Del sant ventre produïda / la planta del Roser vérd, /
fou de Àngels circuïda, / y servida amb gran concèrt: / y restà pur i sancer /
vostre cos ab alegría, / quan florí en
l´establía al celestial Roser.
Quant els Reyes devots sentiren / del Roser la gran
olor, / amb l´estrella ensems partiren / per adorar lo Senyor; / y trobaren ser
el ver / de Baláam la profecía, / quam
vòstra Senyoría / en els bracos el Roser.
Gran délit us presentaba / vostre Fill ressuscitat, / amb cinc roses que portava / en les mans ,
peus y costat, / per les quals lo Llucifer, / qui dels sants l´infèrn omplia, /
fonc robat en aquest dia, / que florí lo
sant Roser.
Reparada la gran èrra / d´Adám, per la mòrt cruèl, /
trasplantat fou de la tèrra / el Roser a dalt el cél; / y pujant amb gran
poder, / el partir no us entristia, / contemplant,
com Deu rebia / amb gran goig el sant Roser.
No fou de menor estima / el goig de l´Esperit Sant, /
quant vingué de l´alta cima / en vòstre Col-lègi sant / y regà aquell gran
planter, / que el gran Déu s´hi elegia / per
estar en compañía / del celestial Roser.
Vòstra vida ya acabada, / el major dels gòigs sentís,
/ com a Deu sou presentada / triomfant
al Paradis: / i Senyora us volgué fer / del gran hórt que posseïa, /
col-locant-vos , com devia, / sota l´ombra del Roser. / Puix mostreu vostre
poder / Fent miracles cada dia: / preserveu,
Vèrge María, / els cofrares del Roser.
Existen muchas representaciones conocidas de este Santo.
La más célebre es aquella donde el predicador aparece revestido con el hábito
dominico, con el antebrazo derecho elevado y su índice señalando al cielo,
mientras que la mano izquierda porta la Biblia; coronando el nimbo luce la
filacteria con la célebre inscripción apocalíptica “Timete Deum et date Illi honorem quia venit hora Judicii”
En un mundo marcado por las guerras, las injusticias,
las pandemias y las crisis ecológicas, Nuestra Señora del Rosario sigue siendo signo
de esperanza y consuelo para la Iglesia. Su presencia materna recuerda san
Vicente que la fe no se vive desde la evasión, sino desde la confianza activa
en medio del dolor.
El Rosario que ella entrega a la orden dominicana no
es un objeto mágico, sino una escuela de contemplación que enseña a mantener la
mirada en Cristo, a cuidar la interioridad y a traducir la oración en gestos
concretos de amor y servicio.
Esta devoción del Santo Rosario, nacida del corazón de
la tradición de la Orden de Predicadores, fue confiada —según la tradición— por
la misma Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para fortalecer la predicación y
sostener la fe del pueblo cristiano. Desde entonces, el Rosario ha sido un
camino sencillo y profundo para contemplar los misterios del Evangelio con los
ojos de María, aprender de su paciencia y responder a los desafíos del mundo
con esperanza y acción.
(5 de abril 2026)